Salambó

Part 21

Chapter 213,920 wordsPublic domain

Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los velos de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, que arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron entonces el himno sagrado.

--¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra, Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios!

Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que tocaban a la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los schemunits de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, silbaban, tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y a pesar del furor de los clarines, el solsalim crujía como alas de langosta.

Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito quedó vacío.

Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los instrumentos; crepitaba el fuego.

Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, observando a la multitud.

Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, que era considerada como preliminar de las que venían después; pero nadie se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno escogió su tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban las mejillas y pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se enlazaron de los brazos y, rodeando a los niños, formaron otro gran ruedo que se contraía y se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con estas contracciones, atrayendo a la multitud con el vértigo de este movimiento sanguinario y clamoroso.

Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las llamas perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas eran cada vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se tambaleaba, un hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una gran losa y prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías de la muerte y los renacimientos de la eternidad.

Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría tapicería les impedía ver y ser vistos.

Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al lado de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando trajeron el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto de horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en el pecho la placa de oro cubierta de piedras fatídicas, de las que la llama despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente; y los dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las llamas levantaban las colas de sus mantos.

Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez que se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!» Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina, conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!»

Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color escarlata de la estatua.

Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el objeto de saciarle mejor, le apilaron las víctimas en las manos con una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron contarlos al principio, para ver si el número de los niños correspondía a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo; hasta la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro, y entonces se vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer los restos de las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por los cuerpos enteros.

Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera, exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez.

A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí del pueblo; como disminuía el número de las víctimas, gritaban unos que se necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al aire para que el sacrificio se esparciera por la ciudad, hasta la región de las estrellas.

Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie de las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el espectáculo estremecidos de horror.

XIV

EL DESFILADERO DEL HACHA

Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron las nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer gruesas gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio.

Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era la voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada, abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna, gritaban para facilitar su tarea.

La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos en los patios, cascadas en las escaleras y torbellinos en las esquinas de las calles. Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados; gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios, y los tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos; las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas, cascote y muebles.

Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para llenarlos de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones de la hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la cabeza y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria renacía.

Sentían los cartagineses una especie de necesidad de hacer pagar a otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos. Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la complicidad en los crímenes irreparables.

Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal cerradas; al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en el barro, buscando sus armas y municiones averiadas.

Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta dudó unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo aceptó.

Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta en cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma.

Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron tumultuosamente gentes de la costa de la Libia, porque Barca había entrado en su territorio, procurándose bastimentos.

Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis; Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara, jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se cuidó de reemplazarlos.

Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche hizo pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa entró en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres, cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes animales consagrados a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que al fin el dios iba a intervenir en la guerra.

Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida subió al palacio de Salambó.

No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida, distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de sus derechos de esposo: poseerla.

Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque todos los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su presencia. Mandó que le dijeran que no podía recibirle.

Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró.

En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas para su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres.

Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia, le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los mercenarios en la Cerdeña y aun negándose a reconocer como súbditos a los habitantes de Útica.

Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba para conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago; tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y tres mil rebel de buen trigo.

Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía que si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían resistirles.

En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales. Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas, renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo.

Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta. Este había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la Cirenaica y armaduras del Brucio, y continuó la guerra.

Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba.

* * * * *

Los bárbaros trataron al principio de envolverle con pequeños destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses.

Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano soñolientos y abrumados por el peso de las armas, asomaba de pronto en el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube de pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas, envueltos en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos, apretando con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían dar una vuelta bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a cierta distancia, provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían más terribles, aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en que se procuraba ganar las montañas.

Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró en ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio Hermeo a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era este un medio de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua incertidumbre en que los mantenía, concluía por exasperarlos más que una derrota. Sin desanimarse, le seguían los pasos.

Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de Plomo, en medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, sorprendieron los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo estaba allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites, entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían en tumulto; se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros le gritaron con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por pereza o por prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. La caballería salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los empujaban sobre los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de la llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo, se detuvo. No se descubría ninguna salida.

Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron atrás, pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante para hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino.

Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las rocas las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente la boca del desfiladero.

Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo; protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que estaban más atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el terreno en este lugar era un arenal movedizo, imposible de escalar a pie. Casi en seguida llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo, alto, de cuarenta codos, hecho a la medida exacta del hueco, se interpuso entre ellos, como un reducto caído del cielo.

Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos. Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un triunfo como el obtenido.

Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta la mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca, tallada a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de este callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas. Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre intentaron el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron escalar la cumbre, pero aquellas o se desmoronaban o no ofrecían asidero a causa de su forma redonda. Quisieron hender el terreno a ambos lados de la garganta, pero sus herramientas se rompieron. Con los palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero el fuego no podía incendiar la montaña.

Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y cabelleras ensangrentadas.

Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba de víveres. A causa de haber perdido sus bagajes, apenas tenían para dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros. Los mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los pensamientos fueron menos sombríos.

Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto; rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de Túnez.

El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer los tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el fondo de los cascos.

Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos buscaban a los bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos.

Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de la infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas.

Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas, un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban como niños.

Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que mitigara sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban piedras a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus cortas provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina, que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más desconfiados, se mantenían de pie, de espaldas contra la montaña.

Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar la cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte veces al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles, parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para observar si se derritieron las nieves.

Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas; como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres, y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol. Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo de la banda hizo una señal, y echándose sobre los cadáveres con sus cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre los talones, los devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta desaprensión.

A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se acercaban pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron otros, y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los labios esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la comieron con deleite.

Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, incluso aquellos que al principio rehusaban el trato con los garamantes. Asaban la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la salaban con polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de los tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos.

Solo tenían veinte cartagineses cautivos en el último encuentro, y en los que nadie se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una venganza lógica. Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por esta alimentación, se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres.