Salambó

Part 20

Chapter 204,047 wordsPublic domain

Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto, y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos. Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la catapulta.

Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas. Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación, en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo. Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en cascos y ánforas.

Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas, y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados, empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio, soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis, contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas.

Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción. Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud; pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.

No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre, se mostraba como una gran mancha de púrpura.

La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis, cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían, despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro.

Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua cenagosa.

¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez descansados, volverían a la carga.

El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto nada.

En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que dormían tenían aspecto de muertos.

* * * * *

Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres, recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la República, iban sin duda a vengarse.

Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch, el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían; y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de recomendarla como la más fácil y menos dura.

Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba exclusivamente sobre las grandes familias.

Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido. Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos, sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos, hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay cosas más arduas de decir que de ejecutar.

La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.

Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de la que muchos bebieron echados de bruces.

Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.

Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y que el rey de Macedonia enviaría un ejército.

Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.

Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne.

Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines.

--¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!...

Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la otra luna, acompañado de un viejo.

Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos.

Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.

Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y jadeante como si se fuera a morir.

Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció Giddenem.

--¡Oye! --le dijo--. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto!

Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un niño; un pobre niño delgado y abotargado a un mismo tiempo. Su piel parecía tan gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras de las moscas.

¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo.

--¡Vete! --gritó.

El intendente de los esclavos se fue más que de prisa.

La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no buscaba un medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de la puerta. Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se impacientaban.

Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente con los puños cerrados.

El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las abluciones de Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un armario de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y otro en la espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de diamantes. Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello un collar de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las mismas sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación, y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar.

En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!»

Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno de los miserables parásitos del palacio.

--¿Qué quieres? --le preguntó el Sufeta.

El esclavo, temblando horriblemente, balbució:

--¡Soy su padre!

Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible, y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar: «¡Perdón!»

Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, diciéndole:

--¿Es que lo llevas para...?

No tuvo fuerzas para acabar la pregunta.

Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor.

Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro algo que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello le parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio. Contestó con una mirada más fría y más pesada que el hacha del verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar pasó por encima de él.

Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto al disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el suelo dando agudos gritos:

--¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, mi vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!

Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las plañideras en un entierro.

--¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él!

Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera un corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos.

Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera galería, entre los largueros de marfil, apareció un hombre terrible, que con los brazos extendidos, gritaba:

--¡Hijo mío!

De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca con las manos, dijo a su vez:

--¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco! ¡Basta, basta!

Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos, cerrando en pos, de un golpe, la puerta.

Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran. Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus lágrimas.

Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó, desató las cuerdas de Aníbal. El niño, exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le contuvo con una caricia.

Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con _Lamia_, ogresa de Cirene:

--¿Dónde está? --preguntó el niño.

Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que vengan, y los mataré!»

Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin, rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a la luz de los destellos que le rodeaban.

Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire. Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro.

Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño, llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por tanta ternura, se callaba.

Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la luna se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía el esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que brillaba en el cielo, y se sintió más fuerte que los Baales y los despreció.

* * * * *

Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el templo de Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre, sin tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo empujaron hacia la plaza de Kamón.

Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban la altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el ejercicio de su cólera.

Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron a un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre.

Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos del Baal supremo que volvían hacia su principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante su esplendor.

El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún, azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños en pañales, que con los talones rozaran el suelo.

Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad: Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria; Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz, sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares influencias no dañasen la suya, se blandían largas perchas con estrellas de metal de distintos colores; desde el negro Nabo, genio de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de plata; bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en canastillas por los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta orden llevaban sus fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos olvidados, incluso los símbolos místicos de los navíos, como si Cartago quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y de desolación.

Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus vestidos, que luego guardaban como cosas venerandas.

La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. Los Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de Megara; los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes, soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales, todos ellos con las insignias de su magistratura o con los instrumentos de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la Acrópolis, entre los colegios de los pontífices.

Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas que temblaban sobre los pálidos rostros.

Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una alambrada para contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies.

Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión en dialecto megaro.

De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos, con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros. Arrancaban de las profundidades del pecho una entonación bronca y cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en el polvo y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer el orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces, con la cara junto a la alambrada de cobre.

Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim. Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices. Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su dios; a empellones trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol.

Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente su pensamiento decidiéndose por Baal.

Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. Sentía romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad clemente. Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía participar del culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una vuelta alrededor de todos los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud, que se apartaba al acercarse él.

Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas del coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; los ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros de cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, los niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al cielo.

Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles en el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente como árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas.

Muchos de los espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como absorto en el anhelo del terror.