Salambó

Part 2

Chapter 24,063 wordsPublic domain

--Él perseguía en el bosque al monstruo hembra, cuya cola ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera en que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de la llama.

Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de haber vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada de este:

--A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua.

Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma cananeo, que no entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que ella diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos alrededor de ella, sobre las mesas, sobre los escabeles y en las ramas de los sicomoros, con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban de retener estas vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a través de la obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes.

Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a Salambó. Temblaban sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las que de vez en cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas mujeres, temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la virgen cantora.

Pero nadie la miraba como un joven capitán númida, que estaba en la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado a las sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros ensombrecía su rostro, del que no se veían más que las llamas de sus dos ojos fijos. Se encontraba por casualidad en el festín. Por orden de su padre vivía con los Barcas, según la costumbre de los reyes, que enviaban sus hijos a las grandes familias, a fin de preparar futuras alianzas; pero hacía seis meses que Narr-Habas vivía allí, y aún no conocía a Salambó. Sentado sobre los talones y con la barba tocando las astas de sus jabalinas, la contemplaba, inflamadas las ventanas de la nariz, como leopardo agazapado en los bambúes.

Al otro lado de las mesas hallábase un libio de colosal estatura y de cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo militar, cuyos adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el vello de su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza abierta, sonreía a la cantora.

Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó simultáneamente todos los idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlos con aquella delicadeza de mujer. Hablaba en griego a los griegos; luego se dirigía a los ligures, a los campanios, a los negros, y todos, al escucharla, hallaban en su voz la dulcedumbre de sus patrias. Impulsada por los recuerdos de Cartago, cantaba ahora las antiguas batallas contra Roma; y ellos aplaudían. Se entusiasmaba al resplandor de las desnudas espadas; gritaba con los brazos abiertos. Calló su lira y enmudeció, y apretándose el corazón con las dos manos, quedó por algunos momentos con las pupilas cerradas, saboreando la agitación de todos aquellos hombres.

El libio Matho estaba junto a ella. Involuntariamente, la joven se acercó a él, e impulsada por el conocimiento de su orgullo, le echó en una copa de oro un gran chorro de vino, para reconciliarse con el ejército.

--¡Bebe! --dijo Salambó.

Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios cuando un galo, el mismo que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él con aire jovial, bromeando en la lengua de su país. Espendio, que allí estaba, se ofreció a traducir las palabras.

--Habla --le dijo Matho.

--¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo es la boda?

--¿Qué bodas?

--Las tuyas; porque entre nosotros --explicó el galo--, cuando una mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el tálamo.

No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas dio un salto, y sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho en el borde de la mesa, lo lanzó contra Matho.

Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el brazo del libio, lo clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura temblaba en el aire.

Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas: estaba desnudo. Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró a Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta tal punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar las espadas. Matho avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando se irguió, Narr-Habas había desaparecido. Le buscó con los ojos, y entonces vio que Salambó también se había ido.

Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo alto que la puerta roja de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella.

Viéronle todos correr entre las proas de las galeras; aparecer luego a lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja, que empujó de un empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer.

Un hombre le había seguido, y en medio de la obscuridad, porque las luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por el ángulo del palacio. Matho reconoció a Espendio.

--¡Vete! --le dijo.

El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes su túnica; arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente, palpándoselo para dar con la herida.

A la luz de un rayo de luna que rompió entre las nubes, Espendio vio en medio del brazo una enorme herida. La cubrió con un ancho vendaje; pero el otro, irritado, decía:

--¡Déjame! ¡Déjame!

--¡Oh, no! --dijo el esclavo--. ¡Tú me has librado de la ergástula: te pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda!

Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la terraza, aguzando el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las cañas doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo, desesperado.

--Óyeme --le dijo el esclavo--, no me desprecies por mi debilidad; he vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme por las paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas.

--¡Bah! ¿Qué me importa? --repuso Matho.

Espendio se calló.

Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía ante ellos; los manchones de la sombra parecían enormes olas de un negro mar petrificado.

En este instante se advirtió una franja luminosa por el lado del Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de Megara empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras, las terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del alba; y en torno de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de blanca espuma, en tanto que el mar, color de esmeralda, parecía como cuajado con el frescor de la mañana. A medida que el rosado cielo iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas inclinadas en las vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras negras que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse; las palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las paredes, estaban quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban escudos de plata perdidos en los patios; empezaba a palidecer el faro del promontorio Hermeo. En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de cipreses, los caballos de Eschmún, al surgir la luz, ponían los cascos sobre el parapeto de mármol y relinchaban del lado del sol.

Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos, dio un grito.

Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como si el Dios se desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón parecía irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los templos, cuyas puertas empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas de la campiña rechinaban en las losas de las calles; los dromedarios, cargados de bagajes, bajaban las rampas. Los cambistas ponían en las encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban las cigüeñas y palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el tamboril de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a humear los hornos en que se cocían los ataúdes de arcilla.

Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los dientes, y repitió:

--¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas ahora el saqueo de la casa.

Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas palabras; pero no que las entendiera. Espendio continuó:

--¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las guardan ni hierro tienen para defenderlas!

Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que bordeaban el muelle por la arena, para buscar lentejuelas de oro:

--Mira --añadió--, la República es como esos miserables: encorvada al borde de los mares, hunde en todas las playas sus ávidos brazos, y el ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe tras ella la pisada de un amo.

Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y mostrándole el jardín, en el que resplandecían las espadas de los soldados, colgadas de los árboles:

--Aquí hay hombres fuertes, exasperados por el odio. ¡Nada les liga a Cartago: ni sus familias, ni sus juramentos, ni sus dioses!

Matho seguía apoyado en la pared; acercándose Espendio, siguió diciéndole en voz baja:

--¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos cubiertos de púrpura, como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré esclavos, a mi vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber vinagre de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a los buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y débil, vayas de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a los niños y a las vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias de tus jefes, de los campamentos en la nieve, de las carreras al sol, de las tiranías de la disciplina y de la eterna amenaza de la cruz. Después de tantas miserias, te han dado un collar de honor, así como se cuelga del pecho de los asnos una collera de cascabeles para aturdirlos en su marcha y que no sientan la fatiga. ¡Un hombre como tú, más valiente que Pirro! ¡Ah, si tú quisieras! ¡Ah, qué feliz serías en las grandes salas frescas, al son de las liras, acostado sobre flores, con bufones y con mujeres! ¡No me digas que la empresa es imposible! ¿Acaso los mercenarios no han poseído Regio y otras plazas fuertes de Italia? ¿Quién te lo impide? Amílcar está ausente; el pueblo odia a los ricos; Giscón no puede hacer nada con los cobardes que le rodean. ¡En cambio, tú eres valiente; todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es nuestro!: ¡lancémonos!

--No --dijo Matho--; la maldición de Moloch pesa sobre mí. La he sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que reculaba.

Y añadió, mirando en torno suyo:

--¿Dónde está ella?

Comprendió Espendio la inmensa inquietud que le obsesionaba, y no se atrevió a hablarle más.

Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de sus ennegrecidas ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio quemados, en medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca abierta al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza, deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los elefantes balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas trompas. En los graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos, y bajo la puerta, una línea espesa de carretas amontonadas por los bárbaros. Los pavos reales subidos en los cedros hacían la rueda y empezaban a gritar.

Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a Espendio. Estaba más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo en el horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de oro brillaba a lo lejos, entre el polvo, en el camino de Útica; era el cubo de un carro de dos mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón, las llevaba de las riendas. En el carro iban dos mujeres sentadas. Las crines de los animales formaban bucles entre las orejas, a la usanza persa, bajo una red de perlas azules.

Las conoció Espendio y contuvo un grito.

Por detrás del carro flotaba al viento un gran toldo.

II

EN SICCA

Dos días después, los mercenarios salieron de Cartago.

Se les dio a cada uno una moneda de oro, a condición de que fueran a acampar en Sicca; se les había halagado, además, con toda clase de lisonjas.

--Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo en ella la reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se completará vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a vuestros países.

No había nada que contestar a tales promesas. Aquellos hombres acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una ciudad; no costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para verlos partir.

Desfilaron por la calle de Kamón y la puerta de Cirta, todos mezclados en montón: arqueros con hoplitas, capitanes con soldados, lusitanos con griegos. Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las losas sus pesados coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas, y ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos salían de las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas, entrechocaban con los pomos de las espadas, y por los agujeros del cobre, se veían los miembros desnudos, espantosos como máquinas de guerra. Los montantes, las hachas, los venablos, los gorros de fieltro y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo movimiento. Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre altas casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de hierro o de cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en silencio a los bárbaros.

Las azoteas, las fortificaciones, las murallas, desaparecían bajo la multitud de cartagineses, vestidos de negro, que las llenaban. Las túnicas de los marineros parecían manchas de sangre entre aquella sombría muchedumbre; los niños, casi desnudos, de piel brillante, con brazaletes de cobre, gesticulaban en el follaje de las columnas o en las ramas de las palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas de las torres, y de trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en actitud soñadora, parecía de lejos, en el fondo del cielo, un fantasma, tan inmóvil como las piedras.

Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud: se temía que los bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de permanecer en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con juramentos y apretones de mano. Había quien les incitaba a que no abandonaran la ciudad, por ardid de política y audacia de hipocresía. Se les echaba perfumes, flores y monedas de plata. Se les daba amuletos contra las enfermedades; pero no sin haber escupido antes tres veces encima de ellos, para atraer la muerte, o encerrado tres pelos de chacal, que vuelven al corazón cobarde. Se invocaba a grito herido el favor de Melkart, y, en voz baja, su maldición.

Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y de rezagados. Los enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban, renqueando, en el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los voraces, con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano y loros en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras. Las mujeres de raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras que abandonaban por los soldados los lupanares de Malqua; muchas daban de mamar a criaturas colgadas del pecho con una correa de cuero. Las mulas, aguijoneadas con la punta de las espadas, hundían el lomo bajo el peso de las tiendas; y había innumerables criados y portadores de agua, macilentos, amarillos por las fiebres y llenos de sabandijas, escoria de la plebe cartaginesa que seguía a los bárbaros.

Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin que el pueblo dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la anchura del istmo.

La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las lanzas, al alejarse, parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se desvaneció en una densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para mirar a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en el horizonte sus almenas vacías.

Entonces los bárbaros oyeron un gran grito. Creyeron que algunos de sus compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían en saquear cualquier templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino.

Se sentían alegres de encontrarse, como antes, marchando juntos en campo abierto; los griegos cantaban la vieja canción de los mamertinos:

--Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy el amo de la casa. El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y Gran Rey.

Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban cuentos; se había acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían lejos, sin duda, y no se preocuparon más de ellos.

Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al pie de las murallas, y la gente de la población vino a hablar con los soldados.

Durante toda la noche viéronse fogatas que iluminaban el horizonte, del lado de Cartago; lumbreras como antorchas gigantes, que se agrandaban en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía decir qué fiesta se celebraba con aquellas luminarias.

Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña cultivada. Las granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes del camino; las acequias corrían entre palmerales; los olivos formaban largas líneas verdes; rosados vapores flotaban en las gargantas de las colinas; montañas azules se erguían por atrás. Soplaba un viento caliente. Los camaleones rastreaban por las anchas hojas de las pitas.

Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud. Se disgregaron en destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos intervalos. Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba, miraban estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los arados, como anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio. Les deslumbraba esta opulencia de la tierra y esos inventos de la sabiduría.

Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin desplegarlas, y dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de Amílcar.

Al mediodía siguiente se hizo alto a orillas de un río, entre matas de adelfas. Aquí se apresuraron a dejar lanzas, escudos y cinturones. Se lavaban a gritos, llenaban sus cascos de agua y otros bebían de bruces, entremezclados con las acémilas, a las que se les caía la carga.

Espendio, sentado en un dromedario robado al parque de Amílcar, vio de lejos a Matho, que con el brazo junto al pecho, desnuda la cabeza y la mirada baja, dejaba beber a su mula viendo correr el agua. El esclavo se abrió paso a través de la turba, llamándole:

--¡Amo! ¡Amo!

Apenas si Matho le dio las gracias. Sin preocuparse por ello, Espendio siguió andando detrás de él, y de vez en cuando volvía los ojos inquietos hacia donde estaba Cartago.

Era hijo de un retórico griego y de una prostituta campania. Al principio se había enriquecido vendiendo mujeres; luego, arruinado por un naufragio, había hecho la guerra a los romanos con los pastores del Samnio. Le cogieron prisionero y se escapó; le volvieron a apresar y entonces trabajó en las canteras, se quemó en las estufas, gritó en los suplicios, conoció muchos amos y todo género de miserias. Un día, al fin, desesperado, se lanzó al mar desde lo alto de la trirreme en que bogaba. Marineros de Amílcar recogiéronle moribundo y le encerraron en la ergástula de Megara. Pero como los tránsfugas debían ser devueltos a los romanos, aprovechó el desorden del festín para huir con los soldados.

Durante toda la marcha estuvo cerca de Matho; le llevaba comida, le ayudaba a apearse y de noche le extendía su tapiz bajo la tienda. Matho acabó por conmoverse con estas atenciones, y poco a poco fue haciéndose comunicativo: contó al esclavo su historia.

Había nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le llevó en peregrinación al templo de Ammón. Cazó después elefantes en los bosques de los Garamantes. En seguida se alistó al servicio de Cartago. Le nombraron tetrarca en la toma de Drepanum. La República le debía cuatro caballos, veintitrés _medimnas_ de trigo y la soldada de un invierno. Temía a los dioses y deseaba morir en su patria.

Espendio le habló de sus viajes, de los pueblos y templos que había visitado, y de muchas cosas que él sabía, como fabricar sandalias, venablos y sedas, domesticar animales feroces y cocer venenos.

A veces, interrumpiéndose, brotaba del fondo de su garganta un grito ronco; la mula de Matho apretaba la marcha; las demás se apresuraban a seguirla; luego, Espendio volvía a empezar, agitado siempre por su angustia. Esta se calmó en la noche del cuarto día.

Iban juntos, a la derecha del ejército, por el flanco de una colina. Abajo se prolongaba la llanada, perdida en los vapores de la noche. Las líneas de soldados que desfilaban por abajo producían ondulaciones en la sombra. A veces pasaban por las eminencias de terreno alumbradas por la luna; entonces temblaba una estrella en la punta de las picas, espejeaban por un instante los cascos; desaparecía todo y otros seguían haciendo lo mismo. En lontananza, balaban los rebaños despertados, y algo, de una infinita dulcedumbre, parecía cernerse sobre la tierra.

Espendio, doblada la cabeza y con los ojos entornados, aspiraba a bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía los dedos para sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se ilusionaba con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su dromedario, que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su tristeza; sus piernas colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al restregarse en sus coturnos, producían un chirrido continuado.

Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse nunca. Al extremo de una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda; luego se bajaba a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte parecían deslizarse conforme iban acercándose a ellas. A trechos surgía un río entre tamariscos, para perderse al volver una colina. A veces se erguía una enorme roca, a manera de proa de una nave o de pedestal de un coloso derribado.

Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños templos cuadrangulares, que servían de estaciones a los peregrinos que iban a Sicca. Estaban cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran, golpeaban con fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro.

Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba en un terreno arenoso erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros ramoneaban entre las piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un vellón azul, y que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas de los soldados.