Part 19
Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín. Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se retiraron hordas numerosas.
Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se hundió. Probaron hacerlas en otro sitio; pero Amílcar adivinaba siempre su dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además, contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera, y cuando las empujaban se hundían en los agujeros.
Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza que permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir.
* * * * *
La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al comenzar el sitio, costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de plata; las provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo del hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos.
Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes. Los viejos transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra. Atravesadas en las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos y vestidos, que se fundían al calor de los cirios que ardían junto a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas, y el llanto por el rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En todo este tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las murallas.
La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios. Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba el recinto y devoraba hasta los cadáveres.
Unos hombres que llevaban en señal de desesperación mantos hechos con harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles, declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje. Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su política.
Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se habían cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros los Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar el orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?»
Ansiedad permanente agitaba los colegios de los pontífices. Los de la Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim.
Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con las pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba eran más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no perdonaba a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él, Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas santas, aunque no era esto lo que el sacerdote quería decir.
Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las experimentaba ya. Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el malestar de su ama.
Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de buey, arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava se asombró de su insensibilidad.
La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas, al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales, y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de los bárbaros, y en los días que no había asalto, podía enterarse de sus ocupaciones. Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera, o bien lavaban en el mar los brazos ensangrentados; las tiendas estaban cerradas; las acémilas comían, y en lontananza, las hoces de los carros, puestos en semicírculo, parecían una cimitarra de plata extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los discursos de Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses, era ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo.
Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la contemplaba enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a sus fatigas. La hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los mercenarios; quería saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le contestaba que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph.
El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes militares. No comprendía en qué pudo ella emplear las horas que pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque temía que las maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado. Contaba únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que luego se quedó dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o por exceso de candor, no dando importancia a los besos del bárbaro; además, que todo esto flotaba en su mente de un modo melancólico y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no hubiera podido expresarlo con palabras.
Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al Sufeta.
Palideció Amílcar, y replicó vivamente:
--Que suban.
Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel cubierto con un manto de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la capucha que le tapaba el rostro, dijo:
--¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo!
El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía delante.
Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana. Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo. Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil, con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa.
Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz baja:
--Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa, sepan de él.
Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían visto entrar.
--Las calles estaban desiertas --contestó el esclavo.
A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche, viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.
* * * * *
Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las comunicaciones y empezó a padecerse hambre.
Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne, cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían levantado barricadas por miedo a los vecinos.
Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura que el viento agitaba sobre las terrazas.
Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose en los cadáveres injurias como _puerco_, _chacal_, _piojo_; y burlas como «¡Lo tengo bien merecido!»
La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo que se hartaron durante tres días.
Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el golfo.
Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo, extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes, y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de los arsenales y reparar nuevamente las máquinas.
Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres; fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a cumplir la orden.
Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza. Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos después de un viaje demasiado largo.
Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una catapulta flanqueada por dos ballestas.
Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia.
Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios. Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.
En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron algunas cabezas de bárbaros.
Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas, agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo, apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas.
Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras, chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una lluvia sobre los combatientes.
Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho tiempo los sobrevivientes.
Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos de hombres por el aire, con los brazos extendidos.
Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda, aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente, habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación, cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.
De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba.
Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas, y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho como la rueda de un carro.
Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza, se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes; las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas.
Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente, los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis. Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió para llamar a sus compañeros.
Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer, y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.
Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos, semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas, sacudiendo el tridente.
Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación, impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le vociferaba injurias.
Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas, agotado.
Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas que cantaban con cadencia.