Part 18
El rumor de la guerra había traspasado los confines del imperio púnico; desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene pensaban en ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche, a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares, espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída, en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas, ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los bárbaros, se dieron a conocer.
No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde hacía tiempo componían el tercer ejército), sino los nómadas de la planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de camello; los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido en cuadrigas; los garamantes, tapados con velos negros, sentados en la cola de yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o en búfalos; algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol; trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de monos.
Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del istmo, con los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse de allí.
Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente, el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos; aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota; por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares, llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo. Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos de la laguna.
Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que usurpaban, y como una nube a ras del suelo, la multitud de negros, llegados del Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de estandartes.
Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos hombres amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con carcajes de piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como asnos, y que no ladraban.
Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, y para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de la especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil de bestia y de risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas, pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre.
La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas. Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera, hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda, triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes.
Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, sucios de alquitrán como barcos, derribaban a las mujeres que llevaban los hijos a las ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las murallas.
El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación, se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros, resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados del acueducto.
Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada, cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones, capiteles y caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias; sesenta carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así llegaron ante las murallas.
Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. Los mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas, porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que resultaría una victoria o un exterminio completos.
Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas ofrecían una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición ventajosa para rechazar a los asaltantes.
Sin embargo, del lado de las catacumbas faltaba un lienzo de muralla, y en las noches obscuras, entre los bloques desunidos, se veían luces en los chamizos de Malqua. En ciertos sitios dominaban la altura de los baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las mujeres de los mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron contenerse; agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo una mañana que todas habían huido. Unas habían pasado entre las piedras; otras, más intrépidas, habían bajado con cuerdas.
Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que la guerra le impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago, supuso que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los centinelas del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía falta gente para la defensa del recinto.
El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días en disparar flechas a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho que hiciera encender una gran hoguera de paja y que la tropa diera al mismo tiempo grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino de Túnez.
A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia el acueducto; el sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la base de las piedras.
Los centinelas de la plataforma se paseaban tranquilamente. Viéronse grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los soldados de su facción, creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia Cartago.
Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro fondo del cielo. Le iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le daba de lejos el aspecto de un obelisco andando.
Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas preparó su honda. Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo:
--No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a mí!
Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y apoyándolo en el tobillo del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha.
El hombre no cayó; desapareció.
--Si estuviera herido, le oiríamos --dijo Espendio; y subió aprisa, de pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una cuerda y de un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un pico con su martillo y se volvió.
No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo. Espendio había removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla en su sitio.
Calculando la distancia por el número de pasos, llegó precisamente al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en las tres horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, respirando apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno de angustia y creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; una piedra enorme, desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta abajo, y de repente una catarata, todo un río, cayó en el llano. El acueducto, cortado por la mitad, se desbordaba. Era la muerte de Cartago; la victoria para los bárbaros.
En un instante, los cartagineses, despertados, salieron a las murallas, de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban, gritando, bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída de agua, y en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza.
Viose en la cima del acueducto un hombre, con la túnica rota, hecha jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando hacia abajo, como asustado de su obra.
En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire soberbio, como pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros aplaudieron; los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de desesperación. Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como auriga triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba los brazos.
XIII
MOLOCH
Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África, porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se erizaban las máquinas.
No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron muchas veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos sistemas: unas funcionaban como hondas y otras como arcos.
Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, con dos montantes verticales y una barra horizontal. En su parte anterior, un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba, yendo a dar contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida.
Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, se desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las flechas.
Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose de un puñetazo hacía saltar el resorte.
Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían entre las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio de palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o quicios variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían avanzar, y los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del enemigo.
Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando por detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las murallas.
Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de encina, parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en pequeñas chozas cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se abrigaban los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes de cuerdas, mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las llevaban a los soldados.
También se preparaban los cartagineses.
Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás.
Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros, armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las repararon bien, porque eran entendidos en estas obras.
Quedaban inaccesibles los dos lados septentrional y oriental, defendidos por el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas de molino, vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de arena las más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar su espesor.
Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir en seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas que se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque.
Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el sol, resonó un gran golpe en la puerta de Kamón.
Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de hierro la reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo de un hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con oscilación regular al empuje de los desnudos brazos.
Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En las ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos dentados interiormente. Estas máquinas mordían a los arietes. Los soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche.
Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los altos de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de algodón, de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en horquillas y hoces.
Con esto empezó una furiosa resistencia.
Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de las torres caían torrentes de pedernal y de tejos.
Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de Tagarte. Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia de materiales, que las hojas no se abrieron y quedaron en pie.
En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas abiertas para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron mejor gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la mañana hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión de un bastidor de tejedor.
Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual. Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de la ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, y los dardos caían en montón, doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como para seguirlos.
Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. Alegres con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las máquinas. A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos.
Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, formada por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la parte superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra. Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló en el llano, con un solo movimiento, y llegó al pie de las murallas como un mar desbordado.
Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas, una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido, quedaba inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos brazos extendidos.
El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia.
En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras; brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos como rodrigón en una viña incendiada.
Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones, o sea unos instrumentos compuestos de una larga viga puesta transversalmente sobre otra, y llevando al extremo una cesta cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas.
Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados, ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire, giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se les volvió a ver.
Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto, se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas, que estaban sujetas con cables, disparaban flechas envenenadas. Los cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de la fortificación morir entre atroces convulsiones.
Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el jugo de ciertas hierbas que les preservaba del veneno.
En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y, cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las obras de los mercenarios y volvían a subir.
Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía cosas terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció una traición, y en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su cadáver, tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas al pie de los fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la madera de un bosque para pegarla fuego e incendiar a Cartago como una madriguera de zorras.
Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas espantables, como no se habían visto nunca.