Salambó

Part 17

Chapter 173,956 wordsPublic domain

Al extremo de una larga pradera, el lago de Hippo-Zarita resplandecía al sol poniente. A la derecha, blancas casas aglomeradas rebasaban un cinturón de murallas; seguía el mar, ensanchándose indefinidamente. Los bárbaros, pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias. Caía una nube de polvo gris.

Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se ensancharon; a medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos abandonaban los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre las grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los agonizantes.

Cuando fue completamente de noche, unos perros de piel amarilla, bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron calladamente a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el vientre.

Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como sombras; las mujeres se atrevieron a volver, pues quedaban algunas a pesar de la matanza que hicieron los númidas.

Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para encender antorchas; otros guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver, lo echaban a un lado.

Los encontraban extendidos en largos rimeros, de espaldas, con la boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en montón, y a menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el montón. En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de sus frentes; estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula, estrangulados o hendidos por los colmillos de los elefantes. Aunque muertos al mismo tiempo, no estaban igualmente corrompidos. Los hombres del Norte aparecían inflados por una hinchazón lívida; los africanos, más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y se iban secando. Se reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos; los veteranos de Antíoco llevaban un gavilán; los que habían servido en Egipto, la cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un hacha, una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil de una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos enteramente cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y nuevas heridas.

Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de raza latina: samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas con las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a sus difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los cántabros los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los doblaban en dos, con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban en la playa, para que las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos se entristecían por no poder encerrar las cenizas en urnas; los nómadas echaban de menos el calor de las arenas, que momifican los cadáveres; y los celtas, tres piedras bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo de un golfo tormentoso.

Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado silencio: era para obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían obstinadamente, a intervalos regulares.

Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos, como prescribían sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en períodos infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba, preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los muertos por haberse dejado vencer.

El resplandor de las grandes hogueras empalidecía las caras exangües, entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras lágrimas, los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los abrazos, más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, boca con boca, frente con frente; había que golpearlas para que se retiraran cuando los enterraban. Se ennegrecían las mejillas, se cortaban los cabellos; se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían cortes a imitación de las heridas que desfiguraban sus muertos. Estallaban rugidos a través del ruido de los címbalos. Algunos se arrancaban sus amuletos, escupiéndolos encima. Los moribundos se contraían en el fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los puños mutilados; y cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se mataron entre sí, como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las hogueras, se apagaron las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y cansados de gritar, débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus hermanos muertos; los que quedaban con vida llenos de inquietudes, y algunos con deseos de no despertar.

* * * * *

Con la luz del alba, aparecieron en los límites de los bárbaros algunos soldados que desfilaban con cascos en la punta de las picas, que, saludando a los mercenarios, les preguntaban si no encargaban nada para sus patrias.

Se acercaron otros, y los bárbaros reconocieron a algunos de sus antiguos camaradas.

El Sufeta había propuesto a los cautivos que sirvieran en sus tropas. Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a no alimentarlos ni abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, ordenándoles no combatir más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes el miedo a los suplicios hizo dóciles, se les distribuyó las armas del enemigo, y estos eran los que se presentaban a los vencidos, menos por reducirlos que por vanidad o curiosidad.

Contaban, en primer lugar, el buen trato del Sufeta, y los bárbaros lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A las primeras palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias a que vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos huyeron, y ya no se vio en la cima de la montaña sino las puntas de las lanzas rebasando el borde de las empalizadas.

Un dolor más pesado que la humillación de la derrota abrumó a los bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se quedaron con los ojos fijos, rechinando los dientes.

A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron en tumulto sobre los prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no habían podido descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de batalla, aún estaban aquellos en el foso profundo.

Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas hicieron un círculo alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas de treinta y cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se les daba, corrían estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e inclinadas sobre los cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las lavanderas golpean la ropa; aullando el nombre de sus maridos, los laceraban con las uñas y les reventaron los ojos con las agujas de sus cabellos. Vinieron después los hombres, y les atormentaron los pies, cortándoles la piel desde los tobillos hasta la frente, arrancando tiras, con las que se ceñían la cabeza. Los «Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil atrocidades: envenenaban las heridas, echándoles polvos, vinagre y cascos de loza; otros se ponían detrás y bebían la sangre que corría, como hacen los vendimiadores alrededor de las cubas de mosto.

A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en el mismo sitio donde le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni oía.

Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante sí un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente cestos, tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se clavaron en el suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera hundido en la tierra.

La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella de una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza. Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó hacia las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada.

De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba.

--¡Apártate de aquí! --le dijo Matho--; sé que eres un valiente.

Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le faltaban fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo una señal y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas y Autharita.

Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su valentía. ¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en el incendio de los libios, en la pérdida del zaimph, en el súbito ataque de Amílcar y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no confesaba su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota.

Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente.

No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía sangrando de sus heridas?

--¡Yo me encargo! --dijo Espendio.

Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, subía corriendo la montaña. Agitaba unas tablillas en el extremo del brazo, y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon.

Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que recomendaban a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás cautivos, porque un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago, les había enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era poderosa.

La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este se presentara.

Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó otro correo, más agitado y más lleno de polvo. Espendio le arrancó de las manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez iban a venir con grandes refuerzos.

Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos capadocios, se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando a todos por espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba las promesas del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los intendentes; a todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un cebo para perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían, a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar mucho tiempo, porque la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino estirado: «¡Mirad! ¡Leed! Aquí están sus promesas. Yo no miento.»

Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar.

Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía, fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses, acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás, como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión! ¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza del golpe!»

Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban todavía; se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron tres pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la tienda de Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los demás.

Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, tenía el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la respiración movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara extremadamente pálida, miraban de un modo continuo e intolerable.

Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban, cuando un garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña. Comprendieron todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!»

El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la cabeza y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, vertiendo dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas saltó encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses. Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó describiendo una parábola por encima del campo púnico.

A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad, ni dioses, y que rehusaban por adelantado a toda negociación, reexpidiendo a los parlamentarios con las manos cortadas.

Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente, y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan.

Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una ciudad.

* * * * *

Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante el orgullo que sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente atacarlos en seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la guerra. Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil. Tomó la resolución de ser implacable.

Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que le enviaran otro ejército.

Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph, anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de Cartago parecía que le pertenecían ahora.

Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. Por el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes del término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, el cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros.

Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su teniente Magdasan, para que acaudillara las tropas de desembarco, en vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad, destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero; a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un velo.

Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar.

Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia el Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus celos le impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus planes, comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al Gran Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago, furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban, como si con el silencio alejaran el peligro.

Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general, tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades, y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad hizo naufragar una flota con víveres para Cartago. Los dioses estaban, sin duda, contra ella.

Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron subir a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar.

* * * * *

Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las órdenes en contrario de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con mandrágora; cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas, y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus antiguos aliados.

Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante la posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el Sufeta, y perdió la esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido.

Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, y él se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la guerra.

Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se lanzaron en su persecución.

Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, sin que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros sobre sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron de vista.

No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá con el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez y arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de flechas que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las montañas del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo.

Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una cosa verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se vieron obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol para no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón!

Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza de un palacio, por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los brazos, enviaba besos al aire y murmuraba:

--¡Ven! ¡Ven!

Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron en su barba.

--¿Qué te detiene? --preguntó Espendio--. ¡Date prisa! ¡En marcha! El Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras como un hombre ebrio.

Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los ojos, como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, exclamó:

--¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo!

Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en su sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro y siniestro a los rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia, como perro que azuza el ganado.

A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los cojos precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes.

En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando a su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole con la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que se alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas para que subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba dando saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban de detenerlo, o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se habían replegado, cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros la acometían.

La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de todo el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se detuvo.

Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y empezaron a tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había que obstinarse y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a Cartago.

* * * * *