Part 15
Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado clamor que atravesaba los Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y desde lo alto de la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón, gritando que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, creyendo inútil este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido acuchilladas. Al cabo se les permitió ir, y, por una especie de homenaje a Moloch o por un vago deseo de destrucción, arrancaron grandes cipreses de los bosques de los templos, y encendiéndolos en las antorchas de los Kabiros, los llevaban por las calles, cantando. Estas llamas monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban con su luz las bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos de los colosos, los espolones de las naves, rebasaban las azoteas y formaban como soles que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió la puerta de Malqua.
--¿Estás pronta? --preguntó Schahabarim--, ¿o bien ordenaste digan a tu padre que le has abandonado?
Salambó se tapó la cara con los velos, y las grandes luminarias se alejaron poco a poco por el borde de las aguas.
Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a Moloch, miedo a Matho. Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del zaimph, dominaba la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de los mismos fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces el cuerpo de los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había dicho que ella debía vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y mezclaban en su pensamiento y ambos a dos la perseguían.
Quiso conocer su porvenir y se acercó a la serpiente; porque se sacaban los augurios por la actitud de las serpientes. Pero la canastilla estaba vacía. Salambó se turbó.
La encontró enroscada por la cola en uno de los balaustres de plata, cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de la vieja piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba como espada sacada a medias de la vaina.
En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba, engordaba y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice era el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó qué era necesario hacer para que Matho devolviera el velo.
--¡Reclamarlo! --contestó Schahabarim.
--¿Y si él rehúsa?
El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que ella no había visto nunca en él.
--Sí; ¿qué hacer? --repitió la joven.
Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las tocas que caían de su tiara, con los ojos bajos e inmóvil. Al fin, viendo que ella no comprendía, dijo:
--Estarás sola con él.
--¿Después?
--Sola en su tienda.
--¿Y entonces?
Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo.
--¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas, no te asustes! Serás humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del cielo.
--Pero, ¿y el velo?
--¡Los dioses te inspirarán! --repuso Schahabarim.
Salambó dijo:
--¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras!
--¡No!
La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda alzada y la derecha extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que el pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida.
Le indicó todas las purificaciones y ayunos que debía hacer y el modo de llegar hasta Matho. Además, la acompañaría un hombre, conocedor del camino.
Salambó se sintió como libertada. No pensó más que en la dicha de volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus exhortaciones.
* * * * *
Era el tiempo en que las palomas de Cartago emigraban a Sicilia, en la montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus. Antes de su partida, durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse, y, por fin, volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme nube blanca hendía el cielo, muy alta, por encima del mar.
El horizonte se teñía de color de sangre. Las palomas parecían bajar a las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y caídas por sí mismas en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó la cabeza, y Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura:
--¡Ama, ellas volverán!
--Sí; lo sé.
--¡Y tú las volverás a ver!
--¡Quién sabe! --contestó Salambó suspirando.
No había confiado a nadie su resolución. Para realizarla más discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de Kinvido (en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La vieja esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a preguntar nada; llegó el día fijado por Schahabarim para la partida.
A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los sicomoros un ciego viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba delante de él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie de cítara de madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido escrupulosamente apartados para que nadie pudiera enterarse del misterio que se preparaba.
Taanach encendió en los ángulos de la habitación cuatro trípodes llenos de estrobos y de cinamomo; desplegó grandes tapices babilonios, que tendió sobre cuerdas alrededor de la cámara; porque Salambó no quería ser vista, ni siquiera por las paredes. El tocador de kinnos estaba agachado detrás de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de caña. Por fuera disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas se alargaban ante el peristilo de los templos; y al otro lado del golfo, las faldas de las montañas, los olivares y las tierras amarillas ondulaban indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se oía ningún ruido; una postración indefinible flotaba en el aire.
Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una grada de ónice; levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó sus abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados.
Taanach le trajo en una redoma de alabastro un líquido, casi coagulado; era la sangre de un perro negro, degollado por mujeres estériles en una noche de invierno, en los escombros de una sepultura. Con ella se frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano derecha, que le quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta.
Salió la luna, y en este instante, la cítara y la flauta tocaron al unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los brazaletes y el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos minutos, los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas, furiosas, siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la flauta, y Taanach marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en tanto que Salambó, balanceando el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le iban cayendo una a una todas sus vestiduras.
Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la cuerda que la sostenía asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como gota de agua que se desliza por una pared, se arrastró por las ropas esparcidas y luego, con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta, asaetando a Salambó con sus ojos, más encendidos que carbunclos.
El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven; pero acordándose de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se aplanó, y dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a las caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola después por las mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de la serpiente, y con los ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de la luna. La argentada luz parecía envolverla en una niebla de plata; la huella de sus pasos húmedos brillaba en el pavimento; palpitaban las estrellas en la profundidad del agua, y la serpiente apretaba a Salambó con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la joven con este peso excesivo, doblaba los riñones, se sentía morir, en tanto que la pitón le golpeaba suavemente el muslo con la punta de la cola. Al fin cesó la música y la serpiente se desenroscó y cayó.
Encendió Taanach dos candelabros con luces encerradas en bolas de cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de las manos de la virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde de sus párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y patas de moscas aplastadas.
Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba hacer a la esclava. Pero estos toques, no menos que el olor de los perfumes y los ayunos que había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava cesó en sus operaciones.
--¡Sigue! --dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para animarse. Y llena de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa.
--¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando --repuso la esclava en tono de reproche.
--Sí --contestó Salambó--; alguien me espera.
Retrocedió sorprendida la esclava.
--Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho tiempo... ¡Tú sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los pezones de mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! --y se golpeaba los pechos secos--. Ahora soy vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me ocultas tus penas; desdeñas a tu nodriza.
Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus mejillas cortadas por los tatuajes.
--¡No --dijo Salambó--; no, sigo queriéndote; consuélate!
Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un mono viejo, prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un tiempo exquisito e ingenuo.
Encima de una primera túnica, delgada y de color de fresa, la esclava le puso otra bordada de plumas de pájaro. Colgaban de la cintura escamas de oro, y los flecos de los bombachos azules, eran estrellas de plata. Luego la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas verdes, hecha con tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura, con el borde inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre todas estas vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a los talones. Al concluir la tarea, la esclava contempló a su ama, y orgullosa de su obra, no pudo menos de decir:
--¡No estarás más hermosa el día de tu boda!
--¿Mi boda? --repitió Salambó, pensativa, con el codo apoyado en la silla de marfil.
Taanach la puso delante un espejo de cobre tan ancho y tan alto, que Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando gesto se arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído.
Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro, encrespada en la frente, y colgando por la espalda, sus largos tirabuzones terminados en perlas. Las luces del candelabro avivaban el afeite de sus mejillas, el oro del vestido, la blancura de su piel. Llevaba alrededor del talle, en brazos, manos y dedos del pie tal abundancia de piedras preciosas, que el espejo, como un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó, de pie al lado de la esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este deslumbramiento de su hermosura.
Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo que faltaba para la partida.
De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó prendió a sus cabellos un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se calzó unos botines de cuero azul y dijo a Taanach:
--Mira si debajo de los mirtos está un hombre con dos caballos.
Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la escalera.
--¡Ama! --exclamó la nodriza.
Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca, la ordenó discreción.
Taanach anduvo a lo largo de las proas de las galeras hasta el pie de la terraza, y de lejos, a la claridad de la luna, vio en la avenida de los cipreses una sombra gigantesca que iba a la izquierda de Salambó y en sentido oblicuo, lo cual era presagio de muerte.
La esclava subió a la habitación; se echó en el suelo, se arañó la cara; se arrancaba los cabellos y daba grandes alaridos; pero comprendiendo que podían oírla, se calló, sin dejar de sollozar, con la cabeza entre las manos y tendida sobre las losas.
XI
EN LA TIENDA DE CAMPAÑA
El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más allá del faro, hacia las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal Moluya, lleno de callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando, las vigas de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a bajar la cabeza. Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así llegaron a la puerta de Teveste.
Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la pasaron, y en seguida se cerraron tras ellos.
Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la altura de las Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla que separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés.
A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar ni en el campo. Las olas, de color de pizarra, se agitaban suavemente, y el viento que empujaba sus espumas las manchaba con rasgones blancos. A pesar de sus velos, Salambó temblaba por el frío de la mañana; el movimiento y el aire libre la aturdían. Después se levantó el sol, que la mordía en la nuca, e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos caballos trotaban juntos, hundiendo los pies en la muda llanura.
Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes, siguieron a paso más rápido, porque el piso era más firme.
Los campos, por más que era el tiempo de la siembra y de la labranza, estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían manchas de trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro horizonte, las ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e incoherentes.
A trechos se levantaban en el borde del camino lienzos de muralla medio calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se veían restos de vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A menudo, un ser cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilas ardientes, salía de estas ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó y su guía no se detenían.
Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo.
El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los servidores del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones peligrosas. Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo, envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de correr.
A mitad del día cruzaron el camino tres bárbaros, vestidos con piel de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez, doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios, y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros, algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano.
Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada.
Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas encendidas, yéndose el humo por los agujeros del techo. Sus blancos cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses.
El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las brasas balbuceaba:
--Los diez dedos están cortados. La boca no come más.
El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la vieja, pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel.
Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas de los caballos, tendidas en un rincón de la sala.
Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le acercó callado, y de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba sobre el corazón.
Prosiguieron la marcha.
A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba por pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el sol la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas que iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba una víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo manchar sus hermosos vestidos.
A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas, buscando la sombra, y luego seguían su camino.
La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, no encontraban a nadie; la región era estéril y los bárbaros no habían pasado por ella.
Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, como últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas que llenaban las calles.
Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. Subieron durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto divisaron ante ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro.
Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio.
Salambó hizo un movimiento para adelantarse; pero el hombre de Schahabarim la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el campo de los bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció.
En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la mano y la pica a la espalda.
Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó una flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella, gritando, y él la preguntó qué quería.
--Hablar a Matho --contestó ella--. Soy un tránsfuga de Cartago.
El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en distancia.
Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando.
Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de la noche.
Al fin ella le dijo:
--¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero!
Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro. Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba.
--¡Sígueme! --la dijo.
Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y daba un salto.
Recordaba ella haberlos ya visto; pero tenían ahora las barbas más largas, sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas. Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo, que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación, que todos le obedecían.
Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar.
Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban caras en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas cortadas; pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua púnica.
Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la puerta. Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió.
Era una tienda espaciosa, con un mástil en medio. La alumbraba una lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un escudo; látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares se entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda, había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas.
--¿Quién eres? --preguntó Matho.
Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se detuvieron en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había una cosa azulada y chispeante.
Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de ella, se sentía impaciente.
--¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes?
Respondió ella, señalando el zaimph:
--¡Para llevármelo!
Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. Matho retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi aterrorizado.
Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras elocuentes y soberbias.
Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica, levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una gasa morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con una perla hueca cada una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y Matho la miraba caer.