Salambó

Part 14

Chapter 143,879 wordsPublic domain

Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo; y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero, cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía, porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de los otros pronto y fácilmente.

Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los cisalpinos, cuya lengua no comprendían.

Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén; hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la desesperación de una empresa fallida.

En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas. Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar. Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la tristeza en los días siguientes.

Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su inacción al ejército púnico.

En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos, arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza, y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho.

Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín; luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos, sobre todo.

Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en rendirse, seguros de morir en suplicios.

A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un modo espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de trigo, tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni aceite, ni salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía bajar el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas. A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna, un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían. Otras veces se oían terribles ladridos, y el hombre no subía. En la cuarta diloquia de la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a cuchilladas, disputándose una rata.

Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto, ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas. Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían.

Todos los días, el sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra desde muy temprano. Al frente y por detrás, subían las faldas grises del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más liso y frío a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir contra ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el pueblo, ni el Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza. La situación era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que llegaría a ser peor.

* * * * *

Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de cólera y de odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se hubiera dejado vencer al principio.

Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo. ¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas las armas. Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para hacerlos desaparecer.

Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus? Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los peones de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los vendedores de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y hasta el último galopín corregía las faltas de Amílcar.

Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no había ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado llevar consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba la violencia de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el Sufeta, fuese crucificado.

Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra calamidad. De las orillas del lago venían hedores insoportables, que se mezclaban en el aire con la humareda de los aromas que se quemaban en las esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas, llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio, corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de cara de víbora y que rechinaban los dientes.

Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse a los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban, confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal. Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban el oído. Pasado el temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la convicción de su impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que redoblaba cuando, por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban nueve veces, y con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás de la laguna lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado de los bárbaros.

Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, saliendo de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la resurrección del año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un modo de unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en el fondo, se la deseaba y quería más.

Todas las calamidades venían, pues, por la pérdida del zaimph. Salambó había, indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba, sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso, joven, virgen, de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos los días, unos hombres desconocidos invadían los jardines de Megara; los esclavos, temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles. Aquellos no pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban abajo, mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna.

X

LA SERPIENTE

Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de Amílcar.

Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su gran serpiente, la pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los cartagineses, un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija del limo de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita pies para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su temperatura, las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad, y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los planetas, la inteligencia de Eschmún.

La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su hermosa piel, tachonada, como el firmamento, de manchas de oro en fondo negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado ancha para su cuerpo; alrededor de su cabeza se extendía un moho algodonoso, y en el ángulo de sus pupilas se veían moverse pequeños puntos rojos. De vez en cuando, Salambó se acercaba a su canastilla de hilos de plata, apartaba la cortina de púrpura, las hojas de loto, el colchón de plumas, y la veía siempre arrollada, más inmóvil que liana seca; y, a fuerza de mirarla, concluía por sentir en su corazón como una espiral, como otra serpiente que le subía poco a poco a la garganta y la estrangulaba.

Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y, sin embargo, experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía a los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó, horrorizándose a sí misma, sentía no haberlo quitado.

Casi siempre estaba agachada en el fondo de su habitación, con las manos en la pierna izquierda, replegada; entreabierta la boca, y pensativos los ojos. Se acordaba con espanto de la cara de su padre; quería ir a las montañas de Fenicia, en peregrinación al templo de Afaka, donde Tanit bajó en forma de estrella; toda clase de ensueños la asaltaban y conturbaban; vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba lo que era de Amílcar.

Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y arrastrando sus pequeñas sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba, se paseaba por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios del artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y Salambó volvía la cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca las ánforas suspendidas; se abanicaba con anchos abanicos, o bien se distraía en quemar cinamomo en perlas ahuecadas. Al ponerse el sol, Taanach retiraba las bandas de fieltro negro que tapaban las aberturas de la pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las de Tanit, entraban de golpe, pisando con sus rojos pies las losas de vidrio, entre granos de cebada que las echaba Salambó a puñados, como un sembrador en el campo. Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el gran lecho hecho con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma palabra, pálida como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de los monos en los palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través de los pisos, enviaba un raudal de agua pura a la pila de pórfido.

No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños, turbios astros que pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este se presentaba, ella no tenía nada que decirle.

No podía vivir sin el consuelo de ver al gran sacerdote, pero se sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él, a un tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a la singular voluptuosidad que experimentaba a su lado.

Había adivinado en el sacerdote la influencia de la Rabbet, por su gran habilidad en distinguir los dioses que enviaban las enfermedades. Para curar a Salambó, hacía regar todas las mañanas su aposento con lociones de verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza apoyada en una almohada de hierbas aromáticas escogidas por los pontífices; empleó, además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven en el septentrión para espantar los genios funestos; y, volviéndose hacia la estrella polar, murmuraba tres veces el nombre misterioso de Tanit; pero Salambó sufría siempre, y aumentaban sus angustias.

Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su juventud, estudió en el colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia; visitó luego la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos de los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las riberas del Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara con un velo y agitando antorchas, había tirado un gallo negro en una hoguera de sandaraca, ante el pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a las cavernas de Proserpina, había visto girar las quinientas columnas del laberinto de Lemnos y resplandecer el candelabro de Tarento, que llevaba tantas lámparas como días tiene el año; algunas noches recibía a los griegos para interrogarles. No le inquietaba tanto la constitución del mundo como la naturaleza de los dioses; en las armillas del pórtico de Alejandría había observado los equinoccios; acompañado hasta Cirene a los hematistas de Evergeto, que medían el cielo calculando el número de pasos; y ahora llenaba su pensamiento una religión particular, sin fórmula precisa y, por lo mismo, llena de vértigos y de ardores. No creía que la tierra fuera como una piña; la creía redonda, rodando eternamente en la inmensidad, con velocidad tan prodigiosa, que no se advertía su movimiento.

Por la posición del sol encima de la luna, deducía el predominio de Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo que veía en la tierra le forzaba a reconocer como supremo un principio macho exterminador. Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio de su vida, porque una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los címbalos, le había arrancado bajo una patera de agua hirviente su futura virilidad. Desde entonces, seguía con vista melancólica a los hombres que se solazaban con las sacerdotisas en el fondo de las tinieblas.

Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los vasos de oro, las pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las túnicas de las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para rizar los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la viña de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de las puertas del santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de rodillas en las mismas losas, en tanto que a su alrededor circulaba por los corredores una turba de sacerdotes con los pies desnudos, envueltos en un eterno crepúsculo.

En la aridez de su vida, Salambó era como una flor en la hendidura de un sepulcro. No obstante, era duro para ella y no la ahorraba penitencias y palabras amargas. Su condición establecía entre ellos como una igualdad de sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el verla tan hermosa y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba en seguir su pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más abandonado, más solo, más vacío.

Algunas veces se le escapaban palabras extrañas, que parecían a Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre todo, cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las tinieblas.

El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría de las almas que bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos del zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la generación humana, y en Capricornio la de la vuelta a los dioses; Salambó se esforzaba en verlo, porque tomaba estas concepciones por realidades; aceptaba como verdaderos en sí mismos los que eran puros símbolos, y hasta las maneras del lenguaje obscuro del sacerdote.

--Las almas de los muertos --decía este-- se resuelven en la luna, como los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad; es un lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades.

Salambó preguntaba lo que sería de ella.

--Al principio languidecerás, liviana como un vapor que flota sobre las olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al hogar del sol, la fuente misma de la inteligencia.

Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que era por pudor de la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que designaba la luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por fin él exclamó:

--¡No, no! Ella toma del sol toda su fecundidad. ¿No la ves moverse a su alrededor como mujer amante que corre tras un hombre en el campo?

Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz.

Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba, por el contrario, y hasta él mismo parecía participar de la alegría de desconsolarla con revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de las penas de su amor, se sentía arrobada.

No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim de Tanit, más quería creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento. Le faltaba alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la esperanza de obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía salvar a la vez su patria y su creencia.

Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y las desgracias que se producían hasta en las regiones celestes. Luego, de repente, le anunció el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que mandaba Matho; porque Matho, para los cartagineses, era a causa del velo, como el rey de los mercenarios; y añadió que la salvación de la República y de su padre dependía solo de ella.

--¿De mí? --exclamó Salambó--. ¿Cómo puedo yo?...

--¡No consentirás nunca! --repuso el sacerdote, con una sonrisa de desdén--. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el zaimph!

Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando con los brazos extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una víctima al pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos, veía girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una cosa: la de que seguramente iba a morir pronto.

Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era devuelto y Cartago salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba Schahabarim. Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir.

Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por la noche la hizo llamar.

Para inflamar mejor su corazón la enteró de todas las invectivas que se vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo; añadiendo que ella había faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la Rabbetna ordenaba el sacrificio.