Salambó

Part 13

Chapter 133,951 wordsPublic domain

Los clinabaros, con los caballos cansados, no pudieron detenerlos. Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les llevara al río; pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que habían sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba; ya se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció Amílcar.

Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado, bañado en sudor. Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento y tenía su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su pica de tres puntas, se detuvo el ejército.

Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo al otro, y partieron a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad.

La falange exterminó a placer el resto de los bárbaros. Cuando llegaban bajo las espadas, las víctimas alargaban el cuello, cerrando los párpados. Otros se defendieron a todo trance, pero se les abrumaba de lejos a pedradas, como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado que se hicieran cautivos; pero los cartagineses le obedecieron a regañadientes, por el placer que sentían en degollar bárbaros. Como tenían mucho calor, operaban con los brazos desnudos, a manera de segadores; y cuando se interrumpían para tomar aliento, seguían con la mirada a un jinete que galopaba tras un soldado huyendo. Conseguía cogerle de los cabellos, lo tenía así un rato y concluía por derribarle de un hachazo.

Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían desaparecido. Los elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las torres incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río, engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar.

Dos horas después llegó Matho. A la luz de las estrellas vio largos montones desiguales tendidos en tierra.

Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos estaban muertos; llamó a voces y nadie le contestó.

Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con sus soldados, en dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir de Útica, y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del puente aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el camino más corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron por el llano, no encontró a ninguno.

A su frente, se levantaban en la sombra masas piramidales, y del lado del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces inmóviles. Era que los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para engañar a los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la otra orilla.

Matho, avanzando siempre, creyó ver enseñas púnicas, porque las cabezas de caballo que no se movían aparecían en el aire, fijas en astas, en listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran rumor, un ruido de canciones y de copas que chocaban.

No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a Espendio, lleno de angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa por el mismo camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó la ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas, así como esqueletos de gigantes junto a las murallas.

Todo reposaba en silencio y en abandono extraordinarios. Entre sus soldados, al borde de las tiendas, hombres casi desnudos dormían de espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza. Algunos llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían la cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo largo de los caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, o bien miraban el horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz.

Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de tela puesto sobre dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja.

Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin, Matho murmuró:

--¡Vencidos!

Espendio contestó con voz sombría:

--¡Sí; vencidos!

Y a todas las preguntas respondía con gestos desesperados.

Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho entreabrió la tela, y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre en el mismo lugar, y dijo:

--¡Miserable!, otra vez...

Espendio le interrumpió:

--¡Tampoco tú estabas!

--¡Es una maldición! --exclamó Matho--. ¡Pero yo le esperaré, le venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!...

La idea de no haberse encontrado en la batalla lo desesperaba más que la derrota. Se quitó la espada y la tiró por el suelo.

--Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses?

El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía estar viéndolas, y se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al puente, debió ir a atacar a Amílcar por retaguardia.

--¡Lo sé! --dijo Espendio.

--Convenía doblar las filas, no comprometer los vélites contra la falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se podía probar otra vez, nunca huir.

Respondió Espendio:

--Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los brazos levantados, más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró, y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada.

--¿Habrá elegido tal vez el día? --se decía Matho.

Y se hacían preguntas tratando de descubrir qué habría traído al Sufeta en las circunstancias más desfavorables. Hablando de la situación, para atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo que aún quedaba esperanza.

--¡Aunque no la haya, no importa! --dijo Matho--; yo solo continuaré la guerra.

--Y yo también --repuso el griego, muy agitado, brillantes las pupilas y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal.

--¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no estoy hecho para las batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la vista: es una enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame murallas que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los cadáveres estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a alguien, alguna cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, aunque sea la hija de un rey, y la traeré, si lo deseas, a tus pies con prontitud. Me reprochas de haber perdido la batalla contra Hannón y, sin embargo, la gané. ¡Confiésalo! Mi piara de cerdos nos sirvió más que una falange de espartanos.

Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de tomar el desquite, fue enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios.

--¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al galo! Más tarde, en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República; Giscón los volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. ¡Ah! ¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te llevé a Cartago; yo he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de _ella_. ¡Yo haré más aún!...; ¡ya verás!

Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba asombrado. Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde y terrible.

El griego añadió en tono jovial, castañeteando los dedos:

--¡Evohé! Después de la lluvia sale el sol. He trabajado en las canteras y he bebido másica en un bajel que era mío, bajo un palio de oro, como un Tolomeo. La desgracia debe servirnos para hacernos más hábiles. A fuerza de trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los diestros. ¡Ella cederá!

Y tomando del brazo a Matho:

--Amo, los cartagineses están ahora confiados en su victoria. Tú tienes un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen. Ponlos delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres mil carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se puede formar toda una falange. ¡Vamos!

Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su espada, gritando:

--Sígueme. ¡Vamos!

Los exploradores volvieron anunciando que los cartagineses se habían llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había desaparecido con su ejército.

IX

EN CAMPAÑA

Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.

Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.

En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica, con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente. Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo; Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas. Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les encontraba muertos en los olivares y en las viñas.

Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria, envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla. Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca; los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás de ellos, los empujaban a latigazos.

¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros, parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían otorgarle nuevos honores y preeminencias.

Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita, para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.

En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos, aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero el odio pudo más que su prudencia.

Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas; muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos.

Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos, y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el pueblo en una misma venganza.

No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales; era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico enrojecido.

A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita.

Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.

* * * * *

El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago.

En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur; Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún, veinticinco elefantes y seis mil jinetes.

El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio. Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta más furioso que los bárbaros.

Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.

Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido.

Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación, muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a fuerza de ultrajes, las obligaron a irse.

Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en matrimonio las rubias espartanas.

Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres, les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba, ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él les respondió:

--Yo no las tengo.

El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los llenaba de piedras para volverlos estériles.

Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles. Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla, el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía dirigirlos.

Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses; las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.

Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles; y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas. La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los patricios de su facción le apoyaban con tibieza.

Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.

Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar, para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes.

Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies desnudos.

Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda. No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades, cumplimientos y excusas.

Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa, con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados, y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.

El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos, oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las divisas de Roma.

Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina; después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.

De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas con exactitud.

Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos, de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria, pasaron la noche comiendo.

Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en una fortaleza.

En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para señalar algo con el brazo derecho.

Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta, deliraban con la alegría de capturarle.

Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas, los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.

--¡Sois todos unos cobardes! --gritó Matho.

Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta había recogido en el puente sus catapultas abandonadas.

Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la colina.

Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas rodaban incesantemente a lo largo de la planicie.