Salambó

Part 11

Chapter 113,995 wordsPublic domain

--A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría, por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte nimes de oro al mes por cada trirreme.

--Lo sé. ¿Cuántas se perdieron?

--Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han repartido las pérdidas entre los asociados. Por cuerdas tomadas a los arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica.

--¡Siempre ellos! --dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra él--. No veo los gastos de Megara...

Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas tablillas de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero.

Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de un condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y quedó estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un exorbitante consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos.

Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del festín de los bárbaros. No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados.

Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; rechinando los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las franjas con las uñas.

--¡Levántate! --dijo, y salió.

Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el grano.

--¡Ya lo ves, Ojo de Baal! --dijo el servidor--, ¡no se lo llevaron todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes. Tu casa está repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría.

Amílcar se sonrió:

--Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del Brucio, de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es preciso que yo solo posea todo el trigo de Cartago.

No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro, de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la impresión de una columna rota.

Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a caballo, debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, marcadas con un toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores, de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas de Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes que la mano; botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas cortas de la antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho o de cardenillo, o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas con redes o en los saqueos, entre los escombros de las poblaciones. Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra.

Atravesando más corredores y salas, llegaron ante una puerta guardada por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían crecido extraordinariamente su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando:

--¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el sol. ¡En nombre de tu padre, perdón!

Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una antorcha y desapareció en las tinieblas.

Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; pero no se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los ladrones y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada, y por la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en forma de cono.

Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal de granito, se levantaba la estatua de un kabiro, Aletes de nombre, inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos.

Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas, azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases de esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, de hielos azules, de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas, en rayos y en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno, brillaban junto a las calcedonias, que curan los peces. Había topacios del monte Zabarca para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana, que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos para tener sueños.

Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban en los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los brazos cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le ligaban al centro del mundo.

Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, fue directamente hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una línea horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas, paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira. Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró como una sola pieza.

Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y volvió a subir.

Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando, al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y bendiciones.

En la galería circular a la que afluían todos los corredores, estaban acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas. A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los rayos del sol.

Surgió una nube de vapor.

--¡Empuja la puerta!

Entraron.

Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un trípode de cobre.

El _Jefe de los olores suaves_, pálido y larguirucho como un cirio de cera, salió a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo de metopión, en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus secretos.

Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una cuchara de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres bezares indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno de bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica; apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara.

Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más.

Tras esto preguntó dónde estaban tres cajas de psagas destinadas para su uso.

El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas.

--¿De modo que los temes más que a mí? --gritó el Sufeta, y a través del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima--. Abdalonim, antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen bien.

Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a pesar de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía siempre en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con la vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el granero del silfio.

Fue a inspeccionar al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros. Amílcar les dijo:

--¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta!

Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que se le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por el hierro y por la llama.

Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera, procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos:

--¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno.

Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante.

Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como en un bosque donde han acampado pastores, estorbaban el camino; las empalizadas estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos.

Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería.

A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba de aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes de púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las minas a todos los esclavos de las huertas.

Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; pero Amílcar tomó el camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea lúgubre.

En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus manos para que no la pudieran coger.

A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza. Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron sobre las rodillas; los demás siguieron, pasándoles por encima.

Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos, y compareció este personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido; porque su túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus piernas, subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una serpiente enroscada a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas, llevaba un collar de granos de piedras negras para conocer los hombres sujetos al mal sagrado.

Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los bozales. Entonces, todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre la harina, devorándola con la cara metida en el montón.

--¡Los tienes extenuados! --dijo el Sufeta.

Giddenem alegó que esto era necesario para domarlos.

--No valía la pena de enviarte a Siracusa, a la escuela de los esclavos. ¡Haz venir a los demás!

Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores, porteadores de literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio hasta el parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos contenían el aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo de las catacumbas. Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso lento.

--¿Qué haré de estos viejos? --dijo--. Véndelos. Hay demasiados galos: son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos. Cómprame capadocios, asiáticos y negros.

Quedó extrañado del poco número de niños.

--Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos nacimientos. Dejarás de noche todas las habitaciones abiertas para que se junten con libertad.

Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos y los amotinadores. Dictó castigos, con reproches a Giddenem; y este, como un toro, bajaba la cabeza frunciendo las cejas.

--Mira, Ojo de Baal --dijo, señalando a un libio robusto--, a este le han sorprendido con una cuerda al cuello.

--¡Ah! ¿Quieres morir? --preguntó desdeñosamente el Sufeta.

Y el esclavo, con voz intrépida:

--¡Sí! --contestó.

Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario, Amílcar dijo a los criados:

--¡Lleváoslo!

Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como una desgracia que se infligía para prevenir otras más terribles.

Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de los otros; Amílcar los vio.

--¿Quién te ha cortado el brazo?

--Los soldados, Ojo de Baal.

A un samnita, que vacilaba como una garza herida:

--Y a ti, ¿quién te ha hecho esto?

Fue el gobernador, que le había roto una pierna con una barra de hierro.

Esta atrocidad imbécil indignó al Sufeta, y arrancando de manos de Giddenem el collar de piedras, dijo:

--¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño! ¡Estropeas esclavos, bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo ahoguen en el estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a los soldados?

Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas las mujeres. Los esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos; Giddenem besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía levantados los brazos sobre él.

Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte de las batallas, recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y a la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía de un golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos le engañaban; se contenía demasiado tiempo.

--¡Que los traigan! --gritó--. ¡Que los señalen en la frente con hierro encendido, como a los cobardes!

Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín grilletes, argollas, cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos que apretaban las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, rematados con garfios de cobre.

Los condenados fueron puestos de cara al sol, del lado de Moloch devorador, echados en tierra en posición supina, y los que habían de ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones: uno que daba los azotes y otro que los iba contando.

Silbaban las correas, arrancando la corteza de los árboles. La sangre mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se retorcía un cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados, se arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera, resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas, unos hombres con soplillos avivaban los carbones, y apestaba el olor a carne quemada. Desfallecían los flagelados; pero sujetos por los brazos, doblaban la cabeza, cerrando los ojos. Los espectadores gritaban asustados; los leones, acordándose tal vez del festín, se desperezaban bostezando, al borde de los fosos.

Viose entonces a Salambó en la plataforma de la terraza, corriendo asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que levantaba los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de horror, se perdió en el parque de los leones.

Estos animales constituían el orgullo de las grandes casas púnicas. Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las guerras, y eran venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más fuertes de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim el juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados, quedando únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos de su comida.

Conocieron a Amílcar y se le acercaron. Uno tenía las orejas horriblemente mutiladas; otro, una ancha herida en la pierna; el tercero, el hocico cortado. Le miraban con aire triste, como personas; y el del hocico cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las corvas, le acariciaba suavemente con el extremo del muñón llagado.

Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre Abdalonim.

--¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz!

Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas.

Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas humaredas subían al cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo.

Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le hubiera tocado un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo haberse apaciguado tan pronto.

Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la ergástula: un caserón de piedra negra rodeado de un foso cuadrado, con un camino alrededor, y cuatro escaleras en las esquinas.

Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda, la noche. «No corre prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le gritaron: «Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron.

El viento agitaba la puerta abierta; entraba el crepúsculo por los estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas en las paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra.

Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron apoyarse con una mano en la pared para no caer.

El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza, y cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de nopales.

A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el templo de Eschmún, dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de las fuerzas púnicas contra los bárbaros!»

VIII

LA BATALLA DEL MACAR

Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos veinte y tres mil kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre los ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo que era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a los colegios de los sacerdotes a que dieran dinero.

Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de todas las armas. A los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los bienes, y para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta armaduras y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del Marfil.

Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil montañeses acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis meses, a razón de quince minas diarias.

Le hacía falta un ejército; pero no aceptó, como Hannón, a todos los ciudadanos. Rechazó por de pronto a la gente de ocupaciones sedentarias; luego, a los demasiado obesos o de aspecto pusilánime; admitió a los hombres deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de los bárbaros y los libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses nuevos el derecho completo de ciudadanía.

Su primer cuidado fue la reforma de la Legión. Estos arrogantes jóvenes, considerados como la majestad militar de la República, se gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a todos rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus familias venían a verles y les compadecían.

Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más fuertes. Fijó el número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban en el templo de Moloch trescientos pilums romanos, los tomó, a pesar de las reclamaciones del Pontífice.

Con los que habían vuelto de Útica y otros de particulares organizó una falange de setenta y dos elefantes, que hizo formidables. Armó a sus conductores con un martillo y un escoplo para que rompieran el cráneo a estos animales en caso de que huyeran.

No consintió que sus generales fueran nombrados por el Gran Consejo. Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no les hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la violencia de su genio.

Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de la hacienda; y con el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus cuentas al Sufeta Hannón.