Salambó

Part 10

Chapter 104,013 wordsPublic domain

--Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros, vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los pies. Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará vuestras tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú caerás, Cartago!

Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el anatema. Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo. Retrocedieron.

Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que estaba, todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de la bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que se oía el ruido del mar a lo lejos.

Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas, estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo, les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír, se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo, porque expirando el contrato de los soldados con la guerra, quedaban libres terminada esta; exaltó la valentía del ejército y todas las ventajas que se podrían sacar interesándoles a favor de la República con donaciones y privilegios.

Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, revolviendo sus ojos amarillos:

--Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino, o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran diez mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!

Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando:

--Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo tiempo.

--Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, como hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos.

--¡Qué desgracia! --dijo imprudentemente Kapuras.

--¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? --decían otros.

Amílcar respondió:

--¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a Cartago? Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en medio de vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas.

Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo:

--Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las fuerzas púnicas contra los mercenarios.

--Rehúso --contestó Amílcar.

--¡Te daremos plena autoridad! --dijeron los jefes de los Sisitas.

--No.

--Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el dinero que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta «zerets» de tierra por cada cadáver enemigo.

--¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer.

--¡Tiene miedo!

--Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos.

--¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos --agregó alguien-- y volverse contra nosotros.

Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló:

--¡Quiere hacerse rey!

Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas; lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de las mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los dientes, los desafió inmóvil bajo el candelabro de oro.

Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie. Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando Amílcar oyó estas palabras:

--¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija!

Y una voz más alta, que añadió:

--No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los mercenarios.

Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim. Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de ellos, y en medio de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban:

--¡Le han visto salir de su habitación!

--¡Una mañana del mes de Tamuz!

--¡Es el ladrón del zaimph!

--¡Un hombre muy hermoso!

--¡Más grande que tú!

Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de ocho rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y con las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos de oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas. Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima; lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, hasta el vientre. Se detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en sus manos dos puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer de horror a todos los cartagineses, y dijo:

--¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes! ¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!...

Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta, pero más calmosa:

--¡Que ni yo mismo la hablaré!

Entraron los servidores sagrados de los peines de oro, unos con esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul. Subía el sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho del dios de cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas, le hizo abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y dilatar sus enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse con el astro y recorrer juntos las inmensidades.

Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se oían. Pero su cólera contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar.

--Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún.

--Iré.

--Te haremos condenar por los ricos.

--Y yo a vosotros por el pueblo.

--Ten cuidado no mueras en la cruz.

--Y vosotros destrozados en las calles.

Así que salieron del patio, recobraron todos la calma.

* * * * *

A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La mayor parte se fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó las riendas; los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia las piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal era la velocidad del vehículo.

El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como pirámides, con una mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos, todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta. Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro, soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro, de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas. Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de bronce.

Cuando el resonante carro entró por la estrecha puerta, paró en un ancho cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno.

Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por miedo a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. Los labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes; los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de tela, según su servicio o la industria que ejercían.

Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que vivían sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche en las huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en la oreja; muchos de ellos no habían visto nunca al Sufeta.

Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se lanzaron sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables.

Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de Baal, florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la avenida de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra blanca, se adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.

Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella venían todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas de oro que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban en soles. Sobre estas vestiduras blancas, amarillas y azules, resplandecían los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se oía el ruido de las sandalias juntamente con el de los pies desnudos que hollaban el entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que sobresalía sobre los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así que se calmó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira.

El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre la bruma.

Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se consideraba como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado contra Salambó. Esta seguía andando.

Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias, hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío.

Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le dijo:

--¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer, satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada, ¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas.

Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que humeaba una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo:

--Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora.

Él contestó:

--¡Bendita seas! --y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le brindaba.

Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó, temblorosa, balbució:

--Te han dicho, oh, señor...

--¡Sí, lo sé! --dijo Amílcar en voz baja.

¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar añadió algunas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba arreglar solo.

--¡Oh, padre! --exclamó Salambó--; ¡no podrás reparar lo que es irreparable!

Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible iba a acontecer, y exclamó:

--¡Perdón!

Amílcar bajó lentamente la cabeza.

Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para leer en el fondo de su corazón.

Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros, intimidada por esta mirada tan persistente. Él estaba seguro ahora de que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres, que se agruparon en torno de ella.

Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se abrió la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro, con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices.

El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente, pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por el mar Tenebroso; gomas del país de los negros desbordaban en sacos de corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia, de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían por las puntas formando un arco alrededor de la puerta.

Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba orgulloso su mitra puntiaguda.

Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara con él la espuma de las tempestades. Contestó que había enviado una flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas.

Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava, para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para anunciar que habían tomado los númidas una trirreme en Rusicada, «porque están con ellos, amo».

Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía por detrás sobre la espalda.

Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar; bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos con cara humana vegetaban en las rocas y sus pupilas se secaban como flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía por ahora a equipar otras.

Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la campiña. Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de las granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara, roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas; ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos formidables cuchillos.

No bien se volvió Amílcar a él, gritó invocando a todos los Baales. La culpa no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas, los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna, inspeccionado a los esclavos, economizado ropa...

A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los cuchillos siguió diciendo atropelladamente:

--¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de árboles han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en Ubada y cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños, quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin que quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella --y añadía llorando--: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que estaban los graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros! ¡Ah, los hermosos toros!

A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló:

--¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí!

Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el suelo.

Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos, bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro, de plata y de cuerno, y empezó diciendo:

--Ciento noventa y dos casas en los Mapales, alquiladas a los cartagineses nuevos a razón de un beka por luna.

--No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a la República. ¡Después!

Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le arrancó de las manos las bandas de tela.

--¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren.

El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, añadió:

--Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, con la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las marismas.

--¡Porque no eran robustos! --dijo riendo el Sufeta--. No importa: si necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés, según la riqueza de las personas.

Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la Diosa.

--¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo!

Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos.

--¡Basta! ¿Qué has pagado?