Sainetes

Part 4

Chapter 43,930 wordsPublic domain

BALBINO.—A ver. He visto bostezar a _Catalino_ y he dicho las doce y cuarto y nos hemos venío pa acá en busca del _lunche_. (_Descarga el serón con las verduras y lo pone junto a la taberna y le coloca al burro en el cuello el saco del pienso._)

ROSA.—Siempre estás de güen humor, hijo.

BALBINO.—¿Yo? Yo no. El que es feliz es mi _socio_. Aquí lo tié usté; tié tres cargos, cuadrúpedo, industrial y verdulero, pus entavía le queda tiempo pa sus asuntos particulares con una burra vecina. Místelo; nos queremos como hermanos. Hace cinco años que nos hemos juntao bajo la razón social de Balbino Verdolaga y Compañía, y menos en las algarrobas en tóo lo demás vamos a medias; pues aún no hemos tenío el más ligero disgusto. ¿Qué le falta a este burro pa ser una persona?... ¡Darme un par de coces! Y no lo espero, ¿verdá _Catalino_?

ROSA.—¿Qué dice?

BALBINO.—¿Dice que si usté gusta?

ROSA.—Gracias, hijo.

BALBINO.—¡Ande come uno comen dos, no sea usté niña!

ROSA (_Levantándose y marchándose._)—¡Anda y que te dé el viento, guasón! (_Vase._)

BALBINO.—Usté se lo pierde. (_Mira el reloj._) ¡Cuánto tarda la Lucila! Voy a avisar que nos preparen la comida. (_Mete al burro por la calle de la derecha y entra él en la taberna._)

ESCENA V

SEÑOR MANFREDO. _Luego_, BALBINO.

(_Manfredo, que es un viejo desastrado que se dedica a pasear anuncios, sale por la izquierda llevando en alto y sujeto por un palo un gimnasta de músculos atléticos, pintado en un lienzo en actitud de sostener dos enormes pesas en las que se leen las palabras: “Fuerza”, “Robustez”, “Hermosura”, “Virilidad” y a los pies de la figura un letrero que dice_: BOLA, 10, GRAN GIMNASIO.)

=Música=

MANFREDO

Quien quiá ser un señor de poder y vigor y adquirir robustez, puede ir Bola diez. Me alquilé para anunciar como ustedes pueden ver, mi misión es pasear y exhibirme por doquier y aunque no expreso el rubor que esta exhibición me da, digo para mi interior: ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá! Cuántas tonterías hacen los mortales cuando necesitan tres o cuatro reales. Yo he visto a un banquero que quebró en León bailando guajiras en un callejón.

——

Ayer tarde me paré en la calle de Alcalá y una joven de buen ver que pasó con su mamá, al mirar este Sansón le salió del pecho un ¡ah! y exclamó con timidez: ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá! y la madre al verla tan acongojada y tan suspirante y tan colorada, dijo: no hagas caso, que es una ilusión, Siempre se exagera la musculación. Este sansón vale un millón.

=Hablado=

MANFREDO (_Mirando al gimnasta._)—¡Chitsss!... Hercúleo... ¿Vamos a ver si nos fían media copa?... Bueno. (_Se dirige a la taberna._)

BALBINO (_Que sale de ella._)—¡Calle!... (_Reparando en Manfredo._) ¡Manfredo!... pero, ¿eres tú?...

MANFREDO.—¡Balbino de mi alma!... ¡¡Cuánto me alegro!!

BALBINO.—¡No te había conocido! Chico, ¿pero qué es eso que llevas a cuestas?

MANFREDO.—¡Un _azleta_!

BALBINO (_Mirándolo._)—¡Gachó, qué tío! (_Leyendo._) Fuerza, robustez, hermosura, _verilidaz_... ¿Y tóo eso, qué es?

MANFREDO.—Cinco reales. Que me he metido a niñera d’anuncios; los llevo a paseo.

BALBINO.—Pues la cosa no es mu pesá que digamos.

MANFREDO.—Sin embargo; ¡el Herculitos este tié sus deficultades, no creas!

BALBINO.—¿Cuálas?

MANFREDO.—Pues mira, primero, la chirigota pública. Ayer sin ir más lejos nos ven dos señoritos y va uno y le dice al otro: ¡Miá qué grupo tan bonito: _Sansón y Donlila!_ Y el pitorreo siempre molesta: Y segunda y prencipal, que como tóo el peso lo llevas arriba, en cuanto te tomas dos copas, te empieza a _titubear_ el _azleta_ y de una legua te conocen que has bebido.

BALBINO.—¿Por la _oscilación_?

MANFREDO.—Natural. (_Deja el gimnasta apoyado en la tapia de la taberna y se sientan._) ¿Y tú qué haces por estos barrios?

BALBINO.—Pues náa, chico, que ahora comemos aquí.

MANFREDO.—¿Sus habéis mudao?

BALBINO.—Arganzuela, decisiete. Hace un mes escaso.

MANFREDO.—¿Y tu vástaga?

BALBINO.—Dedicá a su comercio. Ya no tardará.

MANFREDO.—¿Y tu sobrino?

BALBINO.—¿Quién, Serafín? No sé de él.

MANFREDO.—¡Repringue! pero, ¿no vive con vosotros?

BALBINO.—Hace dos meses. Nos la jugó de puño.

MANFREDO.—¡Chico!... ¡No lo hubiá creído! ¡Qué _engratetú_! Toa la vida a tu lao y de repente...

BALBINO (_Con tristeza._)—Y lo peor de que nos haiga dejao no es la _engratetú_, Manfredo...

MANFREDO.—Pues, ¿qué es? (_Con interés._)

BALBINO (_Acercándose a su interlocutor y con misterio._)—Lo peor es que con ese motivo estoy atravesando un drama de familia que atufa.

MANFREDO.—¡Porra! Pero, ¿es de veras?

BALBINO.—¿Que si es de veras? Te quiero como un hermano y te lo voy a contar tóo pa que veas cómo las estoy pasando.

MANFREDO.—Me dejas _demudao_. Cuenta, cuenta...

BALBINO.—Mira, Manfredo, tú ya sabes que respetive al bienestar, mi casa era un eden... ¡Más!... ¡Un _eden concert_!...

MANFREDO.—Me costa.

BALBINO.—Ya que mi chica perdió a su madre a los tres años, dije, pues que no eche de menos el cariño que la va a faltar y la _quintudupliqué_ el mío; que tú sabes que ciego por ella y si me pide la luna no se la traigo porque no sé por dónde se sube, que si no, se la bajaba de un cuerno.

MANFREDO.—Me sigue _costando_.

BALBINO.—De chiquilla, pa que tuviese con quién juar, recogí a mi sobrino Serafín, como sabes, cuando murió mi cuñada y me lo llevé a casa.

MANFREDO.—Acción meritoria.

BALBINO.—Pues bien, los chicos, primero con el apego de criarse juntos, después con lo natural que da el roce, pues lo que era una cosa, luego fué otra, y en total, que mi Lucila se _pirrió_ por Serafín, sin que él se diese cuenta, y de pronto, cuando más mochales estaba la chica, va el ganso ese y se nos larga a vivir con una tal Carmen.

MANFREDO.—¡Mi madre!

BALBINO.—Lo que oyes.

MANFREDO.—¿Ella se habrá quedao _desconsoladisma_?

BALBINO.—¡Carcúlate! Ahora, que ya la conoces, y como ella cree que yo no me he enterao de náa, pues pa no darme el desgusto, la creatura se repudre por dentro y se va a llorar por los rincones; pero delante de mí siempre está con unas risas y unas alegrías que m’hacen más daño que un clavo en las botas.

MANFREDO.—Pues vaya una coba triste.

BALBINO.—¡Considera! Y yo, la verdad, quisiera una cosa de ti.

MANFREDO.—¿Cuála?

BALBINO.—Que t’aguardes, y cuando venga la chica, yo me largo ahí dentro, y a ver si tú _pués_ sacarla con maña su verdadero sentir. No sea que me haga algún disparate que me amargue.

MANFREDO.—No lo creo; pero en fin, déjamela a mí, que yo la hablaré. (_Se oyen risas lejanas._)

BALBINO.—¡Calla!... ¡Ella viene! Ya está ahí.

MANFREDO.—¡Y cómo se ríe!

BALBINO.—Lo de siempre. ¡La pobrecilla, pa engañarme!...

ESCENA VI

DICHOS _y_ LUCILA

LUCILA (_Sale por la izquierda con una cesta llena de juguetes baratos, y atado al asa un hilo con globitos de colores. Viene riéndose exageradamente y mirando atrás._)—¡Já, já, já! ¡Qué gracia! ¡El demonio del hombre! (_A su padre._) ¡Hola, agüelo!

BALBINO.—¿Pero qué te pasa, tarambana?

LUCILA.—¡Náa... calle usté, que vengo partía de risa! ¡Já, já, já! ¡Qué salao!

MANFREDO.—¿Pero qué t’ha sucedío pa ese jolgorio?

LUCILA.—¡Quite usté, señor Manfredo! ¡La gracia _el_ mundo! Un señor viejo que m’ha preguntao que cuánto quería por los _juetes_ con escaparate y tóo.

BALBINO.—¿Y tú qué has dicho?

LUCILA.—Que veinticinco años y un bigote rubio.

BALBINO.—¿Y qué t’ha contestao?

LUCILA.—Que no llevaba suelto, y le he añadío que pa gaitas ya las vendo yo. ¡Já, já! ¡Qué salero!

MANFREDO.—¡Eres el demonio!

BALBINO.—¿Y has vendío mucho?

LUCILA.—¿Vender?... ¡Ganas! Dende que ha salío el futu-bul se están poniendo las creaturas que no siendo a coces no saben a qué juar. ¡El mejor día agarro yo el _bazar_, le pego un puntapié y _futu-bul_! En toa la mañana no he vendío más que Don Nicanor tocando el tambor, a una señora gruesa, y _Don Genaro_ saludando a una estitutriz, que como era francesa no ha entendío el saludo y me lo quería devolver. Total: entre la señora y la estitutriz, dos perras. Se lleva una perra el Ayuntamiento, conque le queda a usté otra pa mantención, ropa limpia y ladridos... ¡Usté verá el negocio!

BALBINO.—¡Pa echar _utomóvil_! Vaya, voy a avisar que nos calen la sopa. (_Vase a la taberna._)

LUCILA.—Sí, que traigo gazuza, padre.

ESCENA VII

LUCILA, MANFREDO. _Luego_ BALBINO.

Manfredo (_Aparte._)—¡A ver si se me franquea! (_Hace señas de inteligencia a Balbino, que se asoma con disimulo tras la puerta de la taberna. Alto a Lucila_.) Oye, ya m’ha dicho tu padre que sus habéis mudao.

LUCILA.—Sí, señor, en la cae la Arganzuela. Tenemos un chalete lujosísimo, con vistas a la mar... a la mar de solares.

MANFREDO.—Ya iré a veros.

LUCILA.—Pues vaya usté pronto, que está la escalera pa caerse. ¿Y l’habrá dicho a usté también que Serafín nos hizo rabona, eh?

MANFREDO.—Eso m’ha contao. Y que se fué con una tal Carmen.

LUCILA (_Con tristeza._)—Sí, señor. Mañana precisamente hace dos meses, mire usté.

MANFREDO.—¿Tú habrás tenido el primer disgusto?

LUCILA.—¡Hombre... sí que lo sentí, porque le tenía una miaja de ley, pero náa más! Ahora que... ¡lo que son las cosas de la Providencia!... ¿A que no sabe usté lo que he sabío esta mañana, señor Manfredo?

MANFREDO.—¿Qué has sabido?

LUCILA.—¡Pues que Serafín y la Carmen han tarifao ya!

MANFREDO.—¡Rediez!

LUCILA.—¡Y de mala manera! Me he encontrao al cojo Changa, ese amigote suyo, y me lo ha contao tóo. Al mes de vivir juntos, la madre lo echó a la calle; creo que no congeniaban. Al menos eso dicen ellas. Pero la verdá de la cosa es que la Carmen no le quería, y se ha encaprichao, según dicen, con el señor Valeriano, el pollero, que tié guita larga, y ha dejao al otro por puertas.

MANFREDO.—¡Buen castigo! ¿Tú te habrás alegrao de ole?

LUCILA.—¿Yo? ¿Por qué me voy a alegrar?

MANFREDO.—¿Que por qué?... ¡Porque sí! No disimules; porque tú quiés a Serafín hasta donde se pué querer.

LUCILA (_Sorprendida._)—¿Yo? ¡Qué tontería! ¿Quién se lo ha dicho a usté?

MANFREDO.—Un pajarito que tóo lo sabe: la experencia. ¡Tú le quieres, no lo niegues!

LUCILA.—¡Hombre... quererle, claro!... Algo.

MANFREDO.—¡Mucho!

LUCILA.—Es natural... ¡Toa la vida a su lao!... Que cuidarle cuando se ponía malo... que reirme con sus bromas... que adivinarle los gustos... Y un año y otro, siempre juntos... pues, claro, aunque una sea un perro... se toma cariño.

MANFREDO.—Es que tú l’has tomao un poquito más que cariño.

LUCILA (_Vacilando._)—¡Tanto como eso no, pero he pasao malos ratos, sí, señor; pa qué le voy a usté a engañar! Pero no se lo diga usté a mi padre, ¿eh?

MANFREDO.—¡Descuida, mujer!

LUCILA.—Pues los he pasao; porque yo que sé lo que es querer, he visto que ella no le quería y él cáa vez más loco. A una palabra suya iba de cabeza, y en cambio mis consejos y mis _avertencias_, náa... Como si soplase usté al sol pa enfriarlo: inútil. Pero el querer es así: loco, y hay que aguantarse. Ya ve usté, yo era todo por su bien, sin interés denguno... (_Se le saltan las lágrimas_,) y ella en cambio, le desprecia... pus se ha ido con ella, y es que la vida tié esas cosas... ¡Ay! ¡Si yo me hubiese podido hacer más chiquita, más chiquirritita de lo que soy... y me hubiese podido esconder en el corazón de esa mujer, entonces sí que le hubiera querido, señor Manfredo, entonces sí que le hubiera querido! (_Llora._)

MANFREDO (_Conmovido._)—¡Me caso en el gimnasta! ¡Maldita sea mi suerte!

LUCILA (_Secándose las lágrimas._)—(¡Chito! ¡Calle usté! ¡Mi padre!)

BALBINO.—Ya está la sopa, tú.

LUCILA.—Vamos.

BALBINO.—Oye, (_Observándola._) ¿pero qué es eso? ¿Llorabas?...

LUCILA.—¿Yo?... ¡Quite usté, hombre! ¿Llorar? (_Ríe._) ¡Já, já! ¡qué gracia!... Pues precisamente le estaba diciendo al señor Manfredo, que estoy mu contenta porque ca día está usté más arriscadete y más guapo. ¡Como que unas señoras me lo querían coger anteanoche pa una tómbola!... ¡Misté qué ojos más ladrones... y misté qué nariz! ¿Usté ha visto una alcachofa más bonita en su vida?

BALBINO.—¡No seas niña, Lucila, y no desimules!

LUCILA.—¡Bendito sea mi padre! ¡Ele! ¡Esto sí que se quiere de veras en el mundo, señor Manfredo! ¡Él pa mí, yo pa él, sin coba, ni paripé... siempre juntos los dos! (_Le abraza._) ¡mi agüelete!... ¡Ele! (_Quiere reir y llora._)

BALBINO.—¿Lo ves, lo ves cómo lloras?

LUCILA.—Bueno, ¿y qué? Aunque llore, ¿qué? Es de alegría, señor. También se llora de alegría. Hay días que llueve con sol, ¿verdá usté?... (_Empujando a su padre._) ¡Eche usté pa alante, so gitanazo! ¡Já, já! ¡Místelo, tié la esbeltez del talego! (_Abrazándole._) ¡pues no quiero yo na a este tío viejo!

BALBINO.—¡Pero lloras, lloras!

LUCILA (_Llorando francamente._)—¡De alegría... de alegría! ¡Si es de alegría, señor!

BALBINO (_A Manfredo._)—¿Estás viendo? ¡Maldita sea!... (_Entran abrazados en la taberna._)

MANFREDO (_Furioso, cogiendo el gimnasta._)—¡Mecachis hasta en!... ¡Después de ver esto, hoy te va a pasear a ti tu señora agüela! (_Se lo echa al hombro y sale corriendo por detrás del solar._)

ESCENA VIII

SERAFÍN _y_ LADISLAO

_Salen por la derecha. Vienen mirando hacia atrás como ocultándose de alguien._

SERAFÍN (_Azorado._)—¿Es la Carmen?

LADISLAO.—Sí, es ella. Se ha parao en la tienda de telas con una mujer.

SERAFÍN.—La esperaré aquí.

LADISLAO.—Bien hecho. Y atiende, Serafín; espero que quedes como un _hombrito_; duro con esa golfa, y que no te ablande el cariño que l’has tenido.

SERAFÍN.—No tengas cuidao. Lo que no la diga, será porque no me deje la rabia.

LADISLAO.—Piensa que esa mujer te ha tomao de pito en tales términos... que te puede utilizar un sereno _impugnemente_; y piensa que por su culpa estás siendo el _hazme de reir_ de la sociedad.

SERAFÍN.—Lo he pensao tóo, y que no me quiera y me deje por otro es lo que me importa. Lo demás, ¡a mí qué!

LADISLAO (_Furioso._)—¿Cómo que a ti qué?... ¿Y el honor?... ¿Y la guapeza de un hombre tirá por los suelos?... ¿Y la befa social?... ¿Son fruslerías? Ten denidaz.

SERAFÍN.—¡Lo que tengo es que no puedo vivir sin ella, y hay que arreglarlo sea como sea!

LADISLAO.—Por la tremenda. Créeme a mí. La mujer es un ser fútil y veleta que compará con nosotros no vale el pan que come. Ahora tú procede.

SERAFÍN.—¡Chist! ¡Cállate! Ya viene.

Ladislao.—Pues ahí estoy. A ver esas agallitas. (_Se oculta junto a la barbería._)

ESCENA IX

SERAFÍN _y_ CARMEN

_Carmen sale por la derecha y va a seguir y marcharse por la izquierda hasta que la detiene Serafín._

SERAFÍN (Estoy temblando, no sé si de coraje u de qué.) (_Alto a Carmen._)—¡Carmen!

CARMEN (_Volviéndose sorprendida._)—¡Tú!

SERAFÍN.—Yo, sí, señora.

CARMEN.—Bueno, ¿y qué quieres?

SERAFÍN.—Dos palabras.

CARMEN.—Vengan y que no sean más.

SERAFÍN.—Mucha prisa llevas.

CARMEN.—Regular. Conque, ¿qué hay? Acaba.

SERAFÍN (_Titubeando._)—Náa... que yo... que yo no puedo estar así más tiempo.

CARMEN (_Con frialdad._)—Pues cambia de postura.

SERAFÍN.—Miá, Carmen, no te burles, que vengo muy en serio. ¿Tú es que quieres mi perdición?

CARMEN.—De ti no quiero nada, ni eso; ya lo sabes.

SERAFÍN (_Exaltado._)—Entonces, ¿por qué me has engañao?

CARMEN.—Y dale molino. La engañá he sido yo, Serafín; te lo he dicho cincuenta veces; yo, que creí que la simpatía que te tuve podría ser cariño, que luego he visto que no y que prefiero ser franca a ponerte en ridículo. Me lo debías de agradecer.

SERAFÍN.—¡Carmen, piensa lo que dices!

CARMEN.—Estas cosas del querer no se piensan, chico; se sienten u no se sienten, y en paz. Conque me alegro verte bueno... (_Intenta irse._)

SERAFÍN (_Sujetándola._)—Aguarda, miá que voy a hacer una barbaridad, Carmen.

CARMEN.—No lo creo.

SERAFÍN.—Miá que tú no sabes cómo te quiero; miá que estoy en ridículo, y miá que lo sé todo; porque tú me has dejao por otro.

CARMEN.—¡Mentira!

SERAFÍN.—Y ahora tiés prisa pa ir a buscarle.

CARMEN.—¡Mentira!

SERAFÍN.—Verdá; y es el señor Valeriano el pollero.

CARMEN.—Bueno, y últimamente, ¿qué? ¿No soy libre? Ese u otro, alguno tié que ser; porque monja no querrás que me meta. Conque suelta...

SERAFÍN.—No te suelto... no... ¡Tú te vienes conmigo!

CARMEN.—Vaya, Serafín, no te pongas pelma, y déjame...

SERAFÍN.—Pues vente.

CARMEN.—¡Ni arrastrá! Suéltame o grito.

SERAFÍN (_Exasperado._)—¿Qué gritas?... ¡Maldita sea, no sé como no te ahogo!

CARMEN.—¡Ay!... (_Luchando por desasirse._) ¡Suelta, granuja!... ¡Guardias!

SERAFÍN.—¡Calla! ¡calla!

CARMEN (_Llorando._)—¡Déjame!... ¡Suelta!... ¡Guardias! (_Empieza a asomarse gente a las puertas._)

ESCENA X

DICHOS, SEÑÁ ANTONIA _y_ SEÑOR VALERIANO _por la izquierda_

ANTONIA.—¡Carmen! ¡Carmen!

CARMEN (_Soltándose de Serafín._)—¡Madre! (_Se abraza a ella._)

ANTONIA.—¿Pero qué es eso?... ¿Es ese golfo?... ¿Qué te hacía ese golfo?

CARMEN.—No, nada; si no era nada.

ANTONIA.—¿Pero otra vez a atosigarte? Quita... (_Queriendo soltarse._) deja... déjame que lo lisie, ¡ladrón, sinvergüenza, granuja!

SERAFÍN.—¡Usté tié la culpa de tóo!

ANTONIA (_Gritando._)—¿Pero es que no nos vas a dejar en paz, so randa?... ¡so vago!... ¡Que maldita sea la hora que te conocimos!... ¡Dilo! ¡dilo! (_Pausa._)

VALERIANO (_Que ha quedado en último término, adelanta con cachaza y le dice a Carmen en voz baja, casi al oído._)—Que no escandalice.

ANTONIA.—¡Habla, so chulo sinvergüenza, habla!

CARMEN.—Madre, por Dios, no escandalice usté, que se asoma gente. (_Se van asomando más vecinos por esquinas, puertas y ventanas._)

ANTONIA.—¿Y qué?... (_A grito pelado._) ¿Y qué que escandalicemos? ¡Mejor! Así se enterará tóo el mundo, que no, que no, y que no lo quieres, no señor... ¡por granuja! ¡por golfo! ¡Eso es!... (_A todos._) ¡Sí, señores, ya lo saben ustés!...

SERAFÍN (_Amenazador._)—¡Si no fuá usté una mujer!...

ANTONIA.—Pos si no fuera yo una mujer, ya hace tiempo que llevarías tú las narices con medias suelas: que por eso has abusao, so gallina; pero se acabó la ganga... Ya hay un hombre que nos defiende... ¡Uno!... ¡Ahí lo tienes!... ¡Atrévete ahora! (_Señala a Valeriano._)

VALERIANO (_Al oído de Antonia._)—¡No me ponga usté en ridículo!

SERAFÍN.—Ya he visto a ese señor, sí señora; y sé cómo se llama y todo: don Nadie.

VALERIANO (_Va hacia él con calma._)—Creo que hace usté mal en faltarme, joven.

SERAFÍN.—Lo dicho, está dicho.

ANTONIA.—¡Vale más que tú, cien mil veces!

SERAFÍN.—¡Mentira!

VALERIANO.—Con sosiego. (_Vuelve hacia Serafín._)

CARMEN (_Intentando detenerlo._)—¡Por Dios, Valeriano!

VALERIANO (_Al oído._)—No me pego con obleas. (_A Serafín._) Esclarecido pollo. Esa joven y su respetable y distinguida madre...

BALBINO (_Que está asomado con Lucila a la puerta de la taberna, tose._)—¡Ejem! ¡ejem!

VALERIANO (_Siempre en su voz._)—¡Tolú! Quedan desde este momento bajo mi salva... guardia; con lo cual quiero decir que el camino de su domicilio para usté desde hoy, es una senda erizada de cosco... rrones. Punto. En la brevedaz está la claridaz.

ANTONIA.—¡Mu bien dicho!

SERAFÍN.—¡A mí, Prim!

VALERIANO.—Sin embargo, medite. (_A los vecinos._) Y esto se ha arrematao, curioso vecindario. (_Saludando a todos con el sombrero._) De ustés afeztísimos. (_A Carmen y Antonia._) Caminen.

ANTONIA.—Toma quina. (_Vanse los tres izquierda._)

SERAFÍN (_Dando un puñetazo en una mesa y sentándose violentamente._) ¡Maldita siá!

LUCILA.—¡Bribonas! ¡Infames!... ¡Serafín!

BALBINO.—¡Chist! Nosotros ni pío. Se lo tiene ganao. Adentro. (_Entran en la taberna._)

VECINA 1.ª (_Con sorna a Eustasia, que está a la puerta del solar._)—Oye, Ustasia, ¿has visto qué fresco... que qué fresco hace?

EUSTASIA.—Éntrate no te costipes, chica.

VECINA 1.ª—¡Ja jay! (_Ríe. Los vecinos se retiran sonriendo con burla y comentando en voz baja el ridículo de Serafín._)

ESCENA XI

SERAFÍN, LADISLAO, _que sale de su escondite_

_Ladislao, cuando ya se han ido todos, sale como disparado y furioso del sitio donde se ocultaba, va hacia Serafín, que habrá quedado de bruces sobre la mesa en que se apoyó, y levanta la estaca como para sacudirle un palo en la cabeza, deteniéndola luego en el aire. Le mira, después con desprecio y escupe._

SERAFÍN (_Levantando la cabeza y mirando a Ladislao._)—¿Has oído?

LADISLAO (_Se sonríe, se acerca a él, y casi en su oído imita el balido de un cordero._)—¡Béee!

SERAFÍN (_Levantándose descompuesto._)—¡Ladislao!

LADISLAO (_Muy serio._)—¡Béee!

SERAFÍN (_Con rabia._)—¿Y qué quiés decir con eso?

LADISLAO.—Que te lo _traduzgan_.

SERAFÍN.—¿Qué me quiés decir, contesta? ¡Y no me vuelvas más loco de lo que estoy!

LADISLAO.—Serafín, has quedao a la altura de un cacahué apaisao.

SERAFÍN.—¿Y qué quiés que haga, dímelo?... ¿Qué voy a hacer?

LADISLAO (_Con energía._)—Después de la chunga de que eres _vírtima_, no tiés más que dos caminos: u vengarte u rifar el bigote. _Ozta_.

SERAFÍN.—¡Ladislao!

LADISLAO.—En seco. Piensa en el choteo de tóo el mundo; en que los vecinos se te han pitorreado; y sobre tóo, en que esa y ese a estas horas se están columpiando con tu mansedumbre.

SERAFÍN.—¡Eso es verdá! En eso tiés razón.

LADISLAO.—Cuando una moza le hace a un hombre lo que esa te ha hecho a ti, el hombre tié derecho a todo... ¡a todo!

SERAFÍN.—¿Qué quiés decir?... (_Se asoman a la taberna Balbino y Lucila._)

LADISLAO.—Que pa un sujeto de vergüenza es más dizno un grillete que un cencerro. Ya lo sabes. Conque si quiés recuperar mi estimación, hoy se toman los dichos el Guitarrero y la Isabel; La Carmen y el señor Valeriano son los padrinos; a las doce y media pasará por aquí la comitiva pa ir a la Vicaría; pues bien, vente aquí a esa hora, espéralos, y a la una ponme un Besa tu mano dende la delegación u dende la Casa de Socorro. De lo contrario ya sabes el piropo que te aguarda en la historia. ¡Béee!

SERAFÍN (_Desesperado._)—¡Es verdá!... ¡Adiós! (_Le alarga la mano._)

LADISLAO (_Rechazándola con el bastón._)—No, la manita no. ¡Cuando la _denifiques_!

SERAFÍN.—¡Por éstas, que me las pagan! (_Vase corriendo por la derecha._)

LADISLAO.—¡Anda con ellos! (_Se sienta._) Náa, que está visto; hombres que tengan vergüenza no quedamos en el mundo arriba de siete.

ESCENA XII

LADISLAO, SEÑOR BALBINO _y_ LUCILA, _de la taberna_

BALBINO (_Acercándose a Ladislao de puntillas y acercándose a su oído._)—¡Béee!

LADISLAO (_Asustándose._)—¡Canario!

LUCILA (_Por el otro lado._)—¡Béee!

LADISLAO.—¿Pero qué es esto?

LUCILA.—Que te balamos. (_Sentándose a su lado._)

BALBINO (_Sentándose también._)—Y de esos siete que tienen vergüenza déjalo en media docena.

LUCILA.—Pa que sea cuenta redonda.

LADISLAO.—¿Quién sobra?

BALBINO.—¡Tú!

LADISLAO.—¿Yo?

LUCILA (_Imitando el balido._)—¡Síiii!

LADISLAO.—Señor Balbino, si es broma...

BALBINO (_Levantándose._)—Ven aquí, obelisco de la _morralidaz_, diosa _Cimbeles_ del honor: y tú que precipitas a una perdición a un pobre chico que le ves amargao de un desengaño, dime... ¿Aonde tiés enterrao el cadáver del que se fué a vevir con tu mujer y encima te rompió un brazo?... ¡Contesta!

LUCILA.—¡Es una pregunta suelta!

LADISLAO.—¡Señor Balbino, lo mío era otra cosa! Me engañó mi mujer y fué con un amigo, pero yo tenía un hijo.

LUCILA.—Y no sabías de quien era... la culpa... ¿verdá?

BALBINO.—¿Y aonde están los restos del que luego la puso una churrería, y del monecipal que la usufructuó tres meses, y del que la mantiene ahora?, ¿dónde? ¿Es en la _negrópolis_ del Este, por un casual?...

LUCILA.—¡Contesta rico, no te cortes, que semos de confianza!...

LADISLAO.—Lo mío fué una desgracia.

BALBINO.—¿Una desgracia?... ¡Béee!

LADISLAO.—¡Hombre, si se pone usté así!...

LUCILA.—¿Y tú le niegas la mano a un hombre honrao?... ¡Béee!

LADISLAO.—¡Si no fueran ustés un viejo y una chica!... (_Furioso._)

LOS DOS.—¡Béee!

LADISLAO.—¡Maldita siá! (_Vase rápido izquierda._)

BALBINO.—¡Adiós, so _pulcro_!

LUCILA.—¡_Canalla_... novedá!

LOS DOS.—¡Sinvergüenza!

BALBINO.—¡Va servido!