Part 16
LIBRADA.—Y diga usté que muy bien da que ha estao.
JUSTA.—Pero, ¿tenía motivos la Bizca?
LIBRADA.—¡Digo!... como que la Gala la debe dos quincenas del alquiler de los chicos. Un abuso.
JUSTA.—¡Ah! ¿Pero le tenía alquilás las creaturas?
LIBRADA.—Hace mes y medio. Por seis reales diarios. Una peseta el mayorcito y cinco gordas el chavea. Que es regalao, porque hay que ver lo que vale ese niño pa pedir.
JUSTA.—Tengo oído que es una alhaja.
LIBRADA.—Como que no hay noche que no se retire con sus tres pesetas corridas. Pero se lo merece; es un lince. Le suelta usté en la cá Alcalá, ve a una señorita de esas muy _antravés_ con un señorón de _levosa_, y ya le tiene usté agarrao a los faldones diciéndole al caballero: “Señorito, una limosna, por la salú de la señorita, que es muy guapa. Ya la podía usté comprar un coche, con esos ojos que tiene. Cómpreselo usté, ande usté.” Hasta que le miran; se echan a reir; el señorito dice: “¡Qué granuja!...” La señorita: “¡Es muy mono!” Y no hay pareja que no le apoquine de dos a tres perras.
JUSTA.—¡Vaya un vivales de creatura!
LIBRADA.—¡Pos y el mayorcito!
JUSTA.—¿El jorobeta?
LIBRADA.—Jorobeta y tóo lo que usté quiera, hija, pero es un portento. Ese coge una cestita, una botella vacía, se para en una esquina de tránsito, se echa al suelo, rompe a llorar amargamente que su alma se la arrancan, y cuando tiene corro hay que oirle: “¡Ay, mi pobre madre!... ¡Ay, después de cuarenta y ocho horas que no comemos!... ¡Ella, que va y me da dos pesetas pa traer aceite, y voy y las pierdo! ¡Ay, que yo no vuelvo a mi casa, con mi pobre padre enfermo como está!... ¡Ay, un día que podía alimentarse!...” Y misté, la gente se conmove de oir a la creatura aquellos lamentos, hacen una _porrata_... y no hay llorera que no le suba al chaval de cinco a seis reales.
JUSTA.—Pos diga usté que esos dos niños son dos minitas.
LIBRADA.—Dan más que una casa empeños. ¿Y sabe usté de mendigantas la que también se saca lo suyo?
JUSTA.—¿Cuála?
LIBRADA.—Doña Encarnación, la de la cae San Bernabé.
JUSTA.—Doña Encarnación..., doña Encarnación... No caigo.
LIBRADA.—Hija, paece usté tonta. Esa que pide de luto, con manto largo, que lleva la cara tapá, que paece que la sale la voz de una cisterna.
JUSTA.—¡Ah, sí!... ¿Y esa dice usté que saca?...
LIBRADA.—Como que no se deja cortar un deo por seis mil pesetas.
JUSTA.—Bueno; pero es que esa he sentío decir que tira al gran mundo.
LIBRADA.—Pide na más que en las iglesias de señorío, a las salidas de los _vermuses_ u en los _cines_ y _fives cloques_ de moda. Su martinganla es que en cuantito que ve a una señora se arrima y la dice con voz que lo oiga toa la gente de alrededor: “Señora marquesa, me hallo famélica; agradecería a vuecencia un pequeño óbolo.”
JUSTA.—¿Qué es óbolo?
LIBRADA.—No sé; pero debe ser una cosa cara, porque siempre que lo dice la dan más de veinte céntimos.
JUSTA.—¿Y cómo conoce a los títulos?
LIBRADA.—No, si lo de marquesa lo dice al tuntún; pos ahí está la gracia. A lo mejor le llama vuecencia a un ama de cría.
JUSTA.—Hija, lo que saben algunas.
LIBRADA.—Esa lo trae de casta. Ha sío una señorona en sus prencipios. Diga usté que no se emborrachara, y ya quisieran más de cuatro sus modales. A mí me tié dicho que es hija de un hacendao de Chinchón.
JUSTA.—Por lo menos, a eso huele toas las mañanas.
LIBRADA.—Tié un habla mu fina; siempre que me ve me llama _escuálida_, que no sé lo que es.
JUSTA.—Algo delicao será.
LIBRADA.—Seguro. Cuando ella lo dice...
JUSTA.—¿Y usté ya no pide en San Ginés, señá Librada?
LIBRADA.—No, señora; tuve unas palabras con el _sacris_, y no he güelto. Iba mucha gentuza. Ahora me he conchavao con la Pelitos y nos hemos hecho vergonzantas.
JUSTA.—¿Y las va a ustés bien?
LIBRADA.—Pos, hija, pa como están las cosas, se va tirandillo. Sino que es mucho aperreo. Porque, un supongamos, viene la vesita de San Vicente a mi casa; pos ya me tié usté pasando tó el _mobilario_ a cá la Pelitos. Me quedo con un jergón, el baúl viejo, media vela en una botella y una silla inválida; acostamos a Casimiro, el chico de la Onofra, que es una especialidad en toses y quejidos, y presentamos un cuadro que es pa caérsele el corazón a una pantera. Que, otro suponer, va la vesita _domicilaria_ a cáa la Pelitos: pos me pasa a mí tóos sus trastos, se echa en una manta el señor Cosme, que hace el moribundo que asusta de bien, y raro es el día que no nos dejan, a más del donativo semanal, tres u cuatro pesetas de su _motu_.
JUSTA.—Así se están ustés poniendo el cuerpo de ensalás de escabeche y frascos de vino.
LIBRADA.—¿Y no se lo gana una con lo que tié una que lidiar con esas tías de señoronas, que le piden a usté recibo hasta de una perra chica...?
EL SEÑOR CELIPE. (_Terciando en la conversación._)—Y que lo digas... ¡Que hay que ver lo de mala fe que se ha puesto la caridá hoy en día! Un asco. ¡Amos!; la otra tarde, que salí a pedir, me hizo a mí una señorita una ación, que si no hay gente la pego.
JUSTA.—Pues ¿qué le hizo a usté?
SEÑOR CELIPE.—Náa, que le digo en un tono que era pa partir grava de dolorido, y quitándome la gorra y todo: “Señorita, por la salú de sus hijos, deme usté pa un panecillo, que hace cuarenta y ocho horas que no lo pruebo.” Se hace la _magoya_ y aprieta el paso. “Señorita, que tengo mucha nesecidá. Si no se fía usté, allí hay una tahona. Cómpremelo usté misma.” Y va y dice: “Bueno, venga usté conmigo.” Y vamos y me compra una libreta, salimos a la calle y, ¡pasmarse!..., me la parte por la metá antes de dármela.
LIBRADA.—¡Qué pécora!
JUSTA.—Pa quitarte de revenderla.
SEÑOR CELIPE.—Claro, como que es lo que yo pensaba hacer si no me la mutila. ¡Serán sinvergonzonas!
LIBRADA.—Haberla pegao, so primo.
SEÑOR CELIPE.—Déjate, que ya la conozco.
JUSTA.—¿Y _lo del pañuelo_, va cundiendo, señor Celipe?
SEÑOR CELIPE.—Es lo más produtivo, pero ya va en baja.
LIBRADA.—¿Y qué es _lo del pañuelo_?
SEÑOR CELIPE.—Pues náa, un truco que se le ha ocurrío al señor _Quintín el Bolas_, que es un diantre pa inventar. Nos ha reclutao a siete u ocho conocidos de la Cuesta e las Descargas: nos carateriza de albañiles con un poco de yeso, que paece talmente que acabamos de bajar del andamio, nos lleva a Recoletos, tiende un pañuelo de hierbas en metá del paseo y le dice, señalándonos, a tóo el que pasa: “Grupo de obreros sin trabajo.”
LIBRADA.—¿Y sacaban ustés mucho?
SEÑOR CELIPE.—Ha habido día que hemos _porrateao_ a seis ochenta por barba, descontá la cena, vino y puros. Pero la otra tarde, que íbamos decisiete, tendimos el moquero en la Castellana, y... _ñascas_. Ni quince céntimos..., y eso que pasó el Presidente del Consejo, que no es que nos diera na, pero animó bastante.
EL PENDINGUE. (_Cargándose a cuestas el artefacto._)—¡Amos, estoy oyéndoles a ustés y me paece mentira que haiga primos que trabajemos entavía!...
SEÑOR CELIPE.—¿Qué te pasa, Pendingue?
PENDINGUE.—¡Valiente mano de sinvergüenzas! Hacen pero que muy bien en recogerlos a ustés y meterlos en los asilos.
SEÑOR CELIPE.—¡Recogernos... jay... jay! ¡Pos no lo han intentao veces!... ¡Si se creerá el alcalde que es hacer compota!...
LIBRADA.—A más, que si no diesen no pediríamos.
JUSTA.—Esa es la fija. De forma que si quién acabar con la mendicidaz y quieren recoger, que no recojan a los pobres que piden, que recojan a los tontos que dan, que son los culpables.
SEÑOR CELIPE.—¡Aplastante!
PENDINGUE.—¡Oye, pues eso es verdá! Si me lo tropiezo, se lo digo al alcalde. (_Vase._)
SEÑOR CELIPE.—Y dale dulces... recuerdos.
TELÓN
LA RISA DEL PUEBLO
Pasadas las Ventas, en la carretera de Alcalá, antes de encontrar el camino del Este, sobre un altozano, hay una casa humilde, taller de cantería, donde se trabaja para el inmediato cementerio.
Es la tarde de un domingo. Los sillares yacen silenciosos al pie de los sombrajos. No golpea sobre ellos con su son alegre el pico de los canteros. Unas cuantas gallinas escarban afanosas en el estiércol, y varios chiquillos juegan y alborotan dejándose resbalar por la cuesta de un desmonte próximo.
A la derecha, borroso por la niebla de la tarde fría y gris, se ve el cementerio con su enorme vastedad erizada de cruces; y más allá diseminados en la lejanía, los barrios de Doña Carlota, Pueblo Nuevo y Zafra; los caseríos míseros de La Elipa y Puente de Vallecas; y más lejos aún, los tejares del Olivar de Perales. Suburbios tristes, yermos, que circundan Madrid como mendigos que acosan a un viejo hidalgo.
Bonifacio Menéndez, el maestro cantero, sentado a la puerta de la casa, echa un pitillo y lee un periódico. La _señá_ Angustias, su mujer en serio, canturrea trajinando dentro del hogar. Primitivo y el _Sardina_, dos próceres del riñón del Avapiés, con pañuelos de luto al cuello y las cachabas colgadas del antebrazo, bajan lentos, tristes, silenciosos, del camino del cementerio. Al ver al señor Bonifacio se detienen, y uno de ellos grita desde la carretera:
PRIMITIVO.—Adiós, canterito.
BONIFACIO. (_Dejando de leer y mirando por encima de las gafas._)—¡Atiza, qué pareja de pollos! (_A su mujer._) Atiende, tú.
LA ANGUSTIAS. (_Que se asoma a la puerta._)—¡Virgen!... ¡Vaya un par de banderillas de lujo!
BONIFACIO.—Pero, ¿de dónde salís tan enlutaos?
EL SARDINA. (_Muy serio._)—De la Negrópolis.
PRIMITIVO.—Venimos de inumanizar a Saturnino, el de la Bastiana.
LA ANGUSTIAS. (_Asombrada._)—¿S’ha muerto?
EL SARDINA.—Del todo. En cinco días. Ayer la diñó.
BONIFACIO.—¿Y qué ha sido?
PRIMITIVO.—Pos un paralís local que le cogió tó el cuerpo y parte de la cadera.
LA ANGUSTIAS.—¡Buena estará la pobre viuda!
EL SARDINA.—¡Carcúlate!... Una chica soltera, sin costumbre de estas cosas... pues está que no la deja un ataque que no la coja otro.
PRIMITIVO.—En la cama la hemos dejao con uno, que los gritos se oían en la Arganzuela.
BONIFACIO.—Pero pasar si queréis, galanes.
EL SARDINA.—¿Dais algo?
LA ANGUSTIAS.—Las buenas tardes y un taburete.
PRIMITIVO.—No es pa repartir invitaciones.
EL SARDINA.—¿No tendrías un buchito de cualisquier cosa pa un dolor de muelas que trae aquí mi _cólega_?
BONIFACIO.—¿Sus haría triple anís?
EL SARDINA.—¡Digo!... Mejor que el Polo.
BONIFACIO.—Pues adentro, pirandones.
EL SARDINA.—Hale, Primi.
(_Suben, se sientan; la Angustias saca unas copas y un frasco de aguardiente y la visita bebe, fuma y charla._)
EL SARDINA. (_A Bonifacio._)—¿Y tú por qué eres tan pigre, que no bajas por allá abajo de cuándo en cuándo?
BONIFACIO.—Hombre, no me apaño a ir, la verdá. Le pilla a uno un destierro. ¡Tú sabes la distancia!
PRIMITIVO.—Como que hay que echar merienda.
BONIFACIO.—¿Y que hay de _nuvotés_ por aquellos andurriales?
EL SARDINA.—Pues que tu compadre el _Pintao_ ya no tié la taberna en la cae del Amparo.
LA ANGUSTIAS.—¿La traspasó?
EL SARDINA.—De parte a parte. Por mil doscientas _beatas_ y un juego de alcoba bastante viejo.
BONIFACIO.—¿Y s’ha quedao sin na?
PRIMITIVO.—Ca, hombre. Ahora ha puesto un bar en la Glorieta y lo ha titulao el “Bar Quito”... que me creo que es un chiste.
LA ANGUSTIAS.—¡Mi madre, qué tontería!
EL SARDINA.—Dice que, al mismo tiempo que rótulo, es _retrúcano_ y s’hará popular.
BONIFACIO.—¿Sigue tan chirigotero?
PRIMITIVO.—¡Uf... es morirse de risa entrar en aquel establecimiento! Allí van el _Berruga_, Paco el _Chalana_, Sisto el _Curial_, Mariano el _Pajero_... ¡la jovialidaz de Embajadores!
EL SARDINA.—¡Los amos de la gracia!
LA ANGUSTIAS.—¡Menudos peines!
BONIFACIO.—Aquello será una función cómica.
PRIMITIVO.—Más que un teatro. Entras y te esgarras a reir.
EL SARDINA.—Hay días que nos tronzamos. Cuéntale, pa que vea, el chiste que se le ocurrió ayer al _Chalana_.
PRIMITIVO.—¡Chiquillo, nos revolquemos!
BONIFACIO.—A ver.
PRIMITIVO.—Pues nos preguntó que en qué se parecía San José a un melón de cuelga.
LA ANGUSTIAS.—¡Mi madre, qué raro!
BONIFACIO. (_Estupefacto._)—¿Y en qué se parece?
PRIMITIVO. (_Muerto de risa._)—¡En que tiene _Pepitas_!
EL SARDINA. (_Riendo a todo reir._)—¡Pepitas!... ¡Ja, ja, ja!... ¡Fíjate!... ¡Pepitas!... Claro, San José... de Pepes, Pepitas.
BONIFACIO. (_Dudando._)—Pos no m’acaba a mí de hacer una gracia loca, la verdá.
LA ANGUSTIAS.—¿Loca...? Ni atontolinada siquiera. Menuda gansá. Amos, que paece mentira que padres de familia, cargaos de miseria y de hijos, se entretengan en esas tontunas.
EL SARDINA.—Pos poquito que nos reímos.
PRIMITIVO.—Y pué que lo de anoche tampoco os haga gracia.
BONIFACIO.—¿Qué fué?
PRIMITIVO.—Na, que como enfrente del bar la calle hace mucha cuesta y la acera es estrechita, fué el _Berruga_ y a la plancha del alcantarillao, que es de plomo, la dió de jaboncillo, y no pasaba un transeunte que no resbalase y se diese una costalada.
EL SARDINA.—Y no sus quiero decir ca talegazo la juerga que s’armaba en el bar.
BONIFACIO.—¡Pero qué cachos de brutos!
PRIMITIVO.—¡Brutos porque nos divertimos!...
LA ANGUSTIAS.—¡Valiente diversión!
EL SARDINA.—No vamos a ser como vosotros, que yo no sé si de hacer lápidas u qué, sois una familia más triste que un responso.
PRIMITIVO.—Tenéis una formalidaz que acongoja.
LA ANGUSTIAS.—¿Pos qué querías, mirarnos por detrás y encontrarte con un chascarrillo, como en las hojas d’almanaque?
EL SARDINA.—Yo, a ti que eres de Cadalso de los Vidrios, hija de un cochero de funeraria, hermana de un calavera, y que encima te llamas Angustias, no te voy a pedir que seas un parque de Recreos. Pero éste... ¡Amos, que paece mentira que haiga nacido en el Portillo de Embajadores, que es la cuna del chirigoteo madrileñista!
PRIMITIVO.—No paeces hijo de Madrid, Bonifacio.
BONIFACIO.—¡Alto allá! ¡Yo soy más hijo de Madrid que vosotros!
EL SARDINA.—No chilles, que te se va a espantar el macho.
BONIFACIO.—Y na más. ¡Y las cosas con pruebas, que es lo que vale!
PRIMITIVO.—¡Pero si tú eres más serio que una corbata negra!...
BONIFACIO.—Yo soy como me sale del bolsillo. Lo que tiene es que ca uno vive según los prencipios que l’han dao. Vosotros, ¿en qué sus habéis divertido siempre? Pues yo te lo diré. De chicos, en iros por las mañanas con los tiradores a matar pájaros a la Moncloa, por las tardes a la pedrea y por las noches, con las estacas, a perseguir gatos por el barrio. Total, a disfrutar haciendo daño. Luego, de mocitos, a correr de calle en calle, atormentando a _Garibaldi_ u a cualisquiera vieja borracha, a tocarles la chepa a los jorobaos y a burlaros de los cojos. A gozar con el dolor del prójimo.
EL SARDINA.—Hombre, esas son cosas de la juventud.
LA ANGUSTIAS.—Cosas de cafres... Si tuviás tú un hijo con joroba, ¿te gustaría que se rieran de él? ¿No te morirías de pena? Pues ca vez que veas a un lisiao piensa que te está oyendo su madre.
PRIMITIVO.—Amos, Angustias, no te pongas macabra.
LA ANGUSTIAS.—¡Oye, eso de macabra se lo dices a tu suegra!
PRIMITIVO.—¡No es ningún insulto, señor!
LA ANGUSTIAS.—Por si acaso.
BONIFACIO.—Y luego, ya de hombres, ¿a qué le llamáis vosotros diversión? Pos a ver destripar caballos en los toros. A marcharse en patrulla armando bronca por los bailes de los merenderos; a acosar por las calles a mujeres indefensas con pellizcos y gorrinerías; a escandalizar en los cines y a insultar a las cupletistas. ¿Y eso es alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia...? Eso es barbarismo, animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro... hasta que la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría suya... la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable. Bonifacio Menéndez, ris ras, rubricao.
LA ANGUSTIAS.—Chócate, Boni, que has estao súper.
PRIMITIVO.—Bueno, bueno... (_Él y El Sardina se levantan._) Esta Cuaresma te vas a las Carboneras, te pones un bonete, te encaramas al púlpito, y el padre Calpena es un gorrión a tu lao.
BONIFACIO.—Pero ¿es que no os he convencido...?
EL SARDINA.—¡Qué nos vas a convencer!... Lo que tiene es que yo no te desenvuelvo ahora mismo dos teorías pa pelarte al rape porque nos están esperando; que si no...
PRIMITIVO.—Es verdá, chiquillo; no m’acordaba. (_Mirando el reloj._) Anda, que son las cuatro y media.
BONIFACIO.—Pero ¿ande vais tan corriendo?
EL SARDINA.—Al solar de Vítor el _Mengue_, que ha organizao unas carreras de cojos, que va a ser morirse de risa.
BONIFACIO. (_Con asombro._)—¡Carreras de cojos!...
PRIMITIVO.—Na, que ha comprometío al cojo _Tranca_, a Natalio el _Patapalo_ y a dos u tres cojos más y hacen carreras pa batir el récor de las dos vueltas con muletas y sin ellas. El premio son doce docenas de pájaros fritos y seis frascos de Morapio, que sufraga Indalecio el de la Corrala.
EL SARDINA.—¿Por qué no te vienes? Verás qué risa.
BONIFACIO. (_Sonriendo._)—Hombre, mira; ves, eso tiene gracia... ¡Carreras de cojos!... Y dices que pájaros fritos... (_Vacila._)
PRIMITIVO.—Tira pa alante. Verás qué tarde pasamos.
BONIFACIO. (_Se levanta._)—Oye, Angustias, mira, yo voy a acercarme con éstos... No tardo.
LA ANGUSTIAS.—Pero ¿serás capaz de ir...? ¡Tú a divertirte con unos desgraciaos!... ¡Pero no estabas diciendo que si el salvajismo, que si!...
BONIFACIO.—Mujer, uno conoce las cosas... Pero, después de tóo, ¿qué culpa tengo yo de que haiga cojos ni de que me gusten los pájaros fritos...? Es el fatalismo humano. Siéntate, que no tardo.
Los tres hombres se alejan riendo. Por el desgarrón de una nube morada brilla un rayo de sol que inunda el lejano cementerio de luz amarilla. La mujer ve alejarse a los hombres, que ríen, y se dibuja en sus labios una sonrisa extraña.
LA ANGUSTIAS. (_Sentándose a la puerta de su casa._)—¡Qué hombres!... Será que la vida es así. ¡Conoce uno que no se debe de reir del mal de otro, y como si no!... (_Encogiéndose de hombros._) Bueno.
TELÓN
LOS PASIONALES
Paco el _Metralla_, un jovenzuelo de mediana estatura, enteco, amarillo, de mirada cínica, muy compuesto, con su traje flamante, sus botas de caña, su corbatita de nudo y su gorrilla inglesa, va con paso resuelto y marchoso Torrecilla del Leal abajo. A poco, atraviesa la calle de Zurita, tuerce por la de la Fe y viene a dar con la del Salitre, frente por frente a la iglesia de San Lorenzo, simpática parroquia enclavada en el riñón del Madrid castizo y jaranero.
Está anocheciendo. El chulillo detiénese en la última esquina. Sus miradas iracundas e inquisitivas, se dirigen a un frontero obrador de plancha, cuya luz ya se ha encendido, y en el que trabajan, sofocadas, alegres y dicharacheras unas cuantas mocitas de garbo.
Paco pasa y repasa por delante del obrador, _dejándose ver_.
Al reparar en él, se hace un enojoso silencio entre las bulliciosas muchachas; y una de ellas, la más desenvuelta y garbosa, dice con sincera acritud, sacando una plancha del anafre y arrimándosela a la mejilla:—Ya está ahí ese mosca.
—Pos ahora verás—exclama la maestra, y cierra violentamente la puerta vidriera del obrador.—¡Miá que es pelma el niño!—añade iracunda.—Pero ¿qué se habrá creído ese chulo de baile?
Más excitado por el incidente, retorna el bullicio entre aquella alborotadora y femenina juventud, y la voz entonada y firme de una mocita destaca esta copla, llena de punzante ironía:
“Me he cansao de quererte, búscate otra, o aguarda a San Isidro si quieres _tontas_.”
Paco, plantado en la esquina, calcula por la indirecta la hostilidad con que es recibido, y al terminar la copla tira con rabia la colilla contra el suelo, haciendo estallar en chispas la lumbre del cigarro, y masculla amenazador:—¡Maldita siá!... ¡Pa que no vayas a la Casa de Socorro esta noche!... No tendría yo lacha. Tú saldrás.
Pasea por la acera con paso desigual y nervioso; se estira la visera de la gorra, se zarandea el chaleco, se afirma el pantalón. Al fin, decidido a esperar, se recuesta en la esquina.
A poco, un nuevo _personaje_, Gumersindo, el _Chulo de Postas_, menos joven, pero peor encarado y más cínico que el _Metralla_, le pone la mano en el hombro cariñosamente.
——
GUMER.—¡Gachó, tú de puntalito!
PACO (_Secamente._)—Hola.
GUMER (_Mirando con guasa a lo alto._)—Oye, ¿pero es que amenaza ruina esta medianería?
PACO (_Con ira._)—Lo que amenaza ruina es que esta noche no duermo yo en mi casa, Gumer.
GUMER.—¿Y eso lo das como novedá?
PACO.—Es que no se lo paso; ¡mialás!... ¡Que la pincho, por mi salú!
GUMER.—Pero, ¿quiés cordinar, ninchi, a ver si te cojo el hilo?
PACO.—Na, hombre... la Nieves.
GUMER.—¿Qué t’ha hecho?
PACO.—Una tontería... ¡Pa diez años de cárcel!
GUMER.—Es una niña de pronóstico. Te lo tengo advertido. En fin, vuelca el talego.
PACO.—Verás qué rica. Pos na: que después de ocho meses de relaciones, que me ha tenío hecho una oveja, sacándola a paseos y _cines_ cuando l’ha dao la gana y haciéndola el favor de llevarla a mi diestra; después de tenerme sacrificao, que me dice “no mires a ninguna”—y tengo que mirar de reojo;—después que me compra una corbata y me la tengo que poner aunque no me guste... ¡y encima—y esto es lo más horrible—que me he gastao con ella un dineral!...
GUMER.—¿Sobre cuánto?
PACO.—Pos tóo lo que me ha dao en los ocho meses pa que se lo guardara y tres pesetas mías.
GUMER.—¡Qué bárbaro! ¡Estáis echando a perder a las mujeres!
PACO.—Bueno; pos después de esa conduzta modelo—tóo por los cuatro cochinos duros semanales que gana, que me cuesta un triunfo sacárselos,—la llevo el sábado al baile de Provisiones, porque me dijo que quería perfeccionarse en el _tuesten_, y porque al entrar me distraigo media hora en el guardarropa con la _Piñones_, va, se atufa, se mete en el salón y se me pone a bailar con el _Petaca_.
GUMER.—¡Arrea!... ¡Con lo postinoso que es ese pa las mujeres!
PACO.—¡Carcula!
GUMER.—Te sentaría peor que el escabeche pasao.
PACO.—Como que la saqué a la calle y la pegué una bofetá que la salté un diente.
GUMER.—¡Y pué que lo tomara a mal!
PACO.—¿Que si lo tomó?... Que me dijo que habíamos acabao.
GUMER.—¡Qué graciosas! Toas lo mismo. De seguida quién acabar... y el hombre que ya tié arreglaos sus gastos al jornal que le gana una mujer, que se chinche ¿verdá?
PACO.—Yo, de primeras, lo tomé por un dicho de esos de cuando una cosa les da coraje; pero, chiquillo, que nada... que ha estao dos días dándome esquinazo sin venir a planchar; y el jueves pos vino acompañá de un tío municipal que tiene; que no me quise arrimar, porque yo con el Ayuntamiento no tengo valor pa nada.
GUMER.—Haces bien.
PACO.—Y, por último, ayer, pa celebrar el santo de la maestra, se fueron de juergueo al Partidor, al ventorro del _Cuevas_.
GUMER.—Lo he sabido.
PACO.—De que me lo noticiaron, voy y me encamino pa allí con Pepe el _Rosca_. Lleguemos... ¡y no quiás saber!... Miro y me la encuentro agarrá a un panoli, a la vera de un manubrio, y bailándose otro _tuesten_.
GUMER.—¡Rediez, cuánto _tuesten_!
PACO.—¿No es pa quemarse?
GUMER.—¡Pa tener hollín!
PACO.—De que los guilé me dió un vuelco el corazón, y me voy pa ellos, y metiéndoles así la mano por entre los dos pa detenerlos, le digo a él: “¿Me permite usted una vuelta con la socia?” “Pa Carnaval”, me contesta el tío, y siguen girando.
GUMER.—¡Qué boceras!
PACO.—Me quedé helao. Vuelven a pasar, secundo la petición, y me dice que me presente a concurso. Hasta que yo, harto de chuflas, me arranco a él de mala forma y, dándole un manotazo en el hombro, le digo: “¿Pero es que ha heredao usté a esta joven, pollo?” “Sí, señor; me la ha dejao un tío.” “Pues a mí me la va a dejar un primo”; y agarro del brazo a Nieves, y tiro de ella, y va él entonces, arrima su cara a la mía y me estornuda a un milímetro cuadrao de mis narices... y, ¡chiquillo, qué bofetá!
GUMER.—¿Le diste?
PACO.—Viceversa.
GUMER.—¡Él a ti!
PACO.—Que me cogió la acción. Pero cómo me dejaría este carrillo de dormido, que hasta la quinta bofetá no se me empezó a desperezar.
GUMER.—¿Te sopló leña?