Sab (novela original)

Part 1

Chapter 13,862 wordsPublic domain

BIBLIOTECA LATINO-AMERICANA

DIRIGIDA POR

Hugo D. BARBAGELATA

* * * * *

GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA

SAB

(_Novela Original_)

_Venta exclusiva_:

AG ERÍA EDITORIAL EXCELSIOR 27, Quai de la Tournelle PARIS

Gertrudis Gómez de AVELLANEDA

(1814-1873)

_El sol la alumbró con sus primeros rayos en Puerto Príncipe, el 23 de marzo de 1814._

_En el apogeo literario de esta mujer, cuyos íntimos llamaron_ Tula, _Cuba no era, por sus adelantos, uno de los tantos islotes perdidos en la inmensidad de los mares, ni tampoco sólo histórico lugar recordador de todas las angustias, de todos los dolores, de todas las alegrías y de todos los anhelos que en confuso tropel se presentaran ante la imaginación caldeada y ambiciosa del genovés iluminado; era algo más, pues si los recuerdos del pasado la hacían grande, las glorias del presente la elevaban por encima del yugo inquebrantable que sobre ella hiciera pesar España_.

_«Poco antes que la silva de Bello--afirma Rodó--viese la luz en las páginas de aquel_ Repertorio Americano, _que fué como gallarda ostentación de la inteligencia y cultura de la América libre en el seno de la vida europea, habíanse publicado en Nueva York los versos de un desterrado de Cuba, cuyo nombre debía tener para la posteridad la resonancia del Niágara a que aquellos versos daban ritmo.» También, antes que él, antes que el cubano José María de Heredia, un autor con un libro había abierto el pórtico de oro que mostraba, exuberante de savia y de verdura, la pródiga vegetación americana, y descorrido el velo que cubría bajo sus pliegues poco diáfanos el don sublime del romántico decir junto a la prodigiosa facultad creadora del poeta: ese libro era_ René, _y ese autor Chateaubriand_.

_A aquella patria, a la que produjo a Heredia, Plácido, Zenea y Martí, y que no era la península donde el novelista francés se inspirara, pertenece la Avellaneda. Sin embargo, su obra literaria se distingue de la de sus compatriotas. En éstos domina la nota triste y gemebunda; sufrieron la influencia de las circunstancias extraordinarias que los rodeaban. Hijos de una generación cuyo ideal fué la independencia de la isla, a él consagraron sus estrofas y algunos hasta su vida; los contrastes y las persecuciones, lejos de apagar, enardecían su entusiasmo, y cuando la censura pretendía ahogar su voz, cantaban a Polonia, a Grecia, a Irlanda, a todos los pueblos cuya suerte se asemejaba a la de Cuba martirizada. La literatura francesa, y sobre todo la romántica, la de la época de_ Athala, Pablo y Virginia, Graciela _y_ Los Destinos, _fué también la que ejerció mayor influencia sobre esos espíritus melancólicos y desesperados_.

_La Avellaneda no sintió sólo esas influencias; desde muy joven, acontecimientos privados la separaron de ese ambiente de aspiraciones patrióticas; a ella, retoño vigoroso de un feliz connubio de andaluza y americana sangre; a ella, que por los temas en que se inspira y por la energía resaltante de sus versos parece más bien nacida para cantar a los mártires y a los héroes que para imitar a Arriaza y Meléndez._

_Quintana sí merecía ese honor, y también Byron el excelso._

_Mas, ella pagó su tributo a Natura, que hizo originales a los hombres, relegando al olvido a las mujeres. Por eso sus producciones son reposadas, serenas, de corte clásico. «La poesía de Cuba--afirma Merchán,--ha sido quejumbrosa en los últimos treinta años (1881); de todas nuestras grandes arpas sólo la de Gertrudis Gómez de Avellaneda ha sido herida por otros vientos, y es claro que habiéndose formado su genio en España no pudo sufrir, como todos los demás, la acción opresora de un Gobierno que no quería ni debía hacerse amar.»_

_El talento de doña Gertrudis fué de una precocidad admirable. Si es verdad que el poeta nace y no se hace, esta_ Melpómene moderna, _como alguien la ha llamado, nació con el estro de la poesía: a la edad de ocho años perdió a su padre, y en tiernas estrofas lloró su duelo y su orfandad. A aquellas siguieron otras composiciones poéticas que su autora entregó más tarde al fuego, porque las consideraba simples ensayos, indignos de perdurar._

_«Nadie podría--escribe un crítico español--negarle la supremacía sobre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira castellana, así en éste como en los pasados siglos.» Fué también la primera que logró hacer representar obras dramáticas en los lugares donde antes actuara como actriz aficionada: en 1840, escribió, en Sevilla, su primer drama_, Leoncia, _que obtuvo un éxito lisonjero en los teatros de Cádiz, Málaga y Granada_.

_En 1844, ya perfeccionado su gusto y su estilo gracias a los benéficos consejos de don Juan Gallego, el ilustre traductor de Manzoni, publicó_ Alfonso Munio, _tragedia de estilo clásico, imitada de Byron, y también_ Saúl, _según Durieu «uno de los más atrevidos y felices rasgos de ingenio del teatro español.»_

_Tras otras varias, dió a luz_ Baltazar, _tragedia de argumento bíblico, que algunos críticos estiman como su obra maestra, bien que no se desprende en ella la autora de la influencia del soldado de Missolonghi; no obstante el corte clásico del drama, se notan en él ciertos caracteres románticos a través del estilo y la tendencia_.

_Publicó, por último, varias novelas, a las cuales la crítica las juzga, con motivo, la parte más débil de su actividad literaria, a pesar del aplauso que le prodigaron sus contemporáneos._

_En sus célebres sonetos_ A Washington, Al Sol, _y_ Al Partir, _escrito en 1836, cuando por primera vez se alejaba de la perla de las Antillas, se descubre el carácter vigoroso, la energía intensa de doña Gertrudis que, según su biógrafo don Manuel de la Cruz, «no sintió nunca afectos dulces o apacibles.»_

_Finalizamos, pues, nuestro modesto juicio, y sin rayar en las exageraciones de aquellos que, en su sed de ensalzar lo grande ya de por sí, hacen a la Avellaneda superior a Hugo, a Goldsmith, a Meléndez, a Tíbulo, a Racine y a Corneille, nos vemos en la necesidad de considerarla mujer incomparable y poetisa de alto vuelo, que perdurará mientras perdure la lengua castellana, y mientras haya amantes de lo bello, de lo grande y de lo extraordinario._

* * * * *

_Tal cosa escribimos, niños casi, en una revista destinada a difundir entre los compañeros de aula el conocimiento de la literatura hispanoamericana; de la literatura que Rodó, catedrático en esa época, nos enseñaba a amar en los claustros de la Universidad de Montevideo. Era en tiempos en que nos placía repetir con el poeta de_ Los Novios: «_Poco noto ad altrui, poco a me stesso--gli uomini e gli anni me diran chi sono._»

_Con algo más de experiencia y con algunas canas prematuras plateando nuestra frente, no nos desdecimos de lo que antecede, pero sí aprovechamos la ocasión para divulgar en el continente colombino la parte menos conocida de la obra de una mujer que seguimos considerando extraordinaria hija de Cuba; de Cuba, que nunca olvidó y a cuyo príncipe de los poetas a la par que gran patriota dedicara sentida elegía; de Cuba, a la que más de una vez se refiriera, cuando hablaba del «amargo adiós postrero que al suelo damos donde el sol primero alimentó nuestra vida.» Acaso por eso y como resarcimiento de afirmaciones semi infantiles, engalanamos hoy nuestra biblioteca con una novela de la Avellaneda, no de las más populares aunque de las mejores en su género, en un período histórico en el que Doña Gertrudis ocupó con brillo un lugar entre los literatos de su lengua._

SAB _es novela cubana, y debe interesarnos más que_ Dolores, _que_ El artista barquero _o que_ Espatolino. _Indígena es Sab, mulato esclavo, más nuestro que los personajes de las tres obras citadas, cuyos episodios pasan, sin embargo, en tres países latinos cual son España, Francia e Italia._ SAB, _la primera novela de nuestra autora, es también más indoamericana que_ Guatimotzín _y que_ El cacique de Turmequé, _otras dos novelas de aquélla inspiradas en temas de Hispanoamérica. Pretendemos descubrir en_ SAB _menos ingenuidades, menos inverosimilitudes que en_ El artista barquero, _por ejemplo, libro en el que la Avellaneda nos recuerda por momentos a Dumas, y en el que se nos antoja algo así como la precursora de los hacedores de novelas de aventuras, de los novelones para cines con los que se llenan hoy columnas enteras de los periódicos de ambos mundos. Escapa, acaso, a esa objeción el segundo tomo de_ Dos mujeres.

_Aunque admiradora de Madame de Staël, a la que creía parecerse, y de Walter Scott, que hizo entrar su romanticismo dentro del género histórico entonces en boga, la Avellaneda gustaba pintar seres de excepción aunque de existencia posible, a la manera de un dramaturgo francés actual de los que más nos atraen. A uno de esos seres, a Sab, lo hace nacer cubano, contemporáneo suyo, por lo que el libro que nos lo pinta resulta uno de aquellos que ocupan un lugar intermedio entre la novela histórica y la de costumbres._

_Y cabe aquí consignar que el tema que en_ SAB _se desarrolla tiene el mérito, si ese es uno, de no haber sido inspirado por los populares volúmenes de Miss Stowe sobre_ La Cabaña del tío Tomás, _pues éstos fueron publicados entre 1850 y 1852, o sea once años más tarde que aquél. En cambio_, Nuestra señora de París _de Hugo e_ Indiana _de Sand dieron la vuelta al mundo antes que_ SAB _la de la Península ibérica. Mas, pasemos, que harto daría que hacer la Avellaneda con sus novelas llenas de apreciaciones personales, sin que buscásemos en aquéllas influencias no difíciles de descubrir._

_Hora es de terminar una nota en la que no se pretende dar ningún juicio crítico completo. Y, parodiando a Lamartine, la finalizamos convencidos de que aunque los enemigos de todo lo que huele a romanticismo se obstinen en no detenerse a considerar las obras de sus mejores cultores latinoamericanos que demos, de nuevo, a luz, de acuerdo con nuestro eclecticismo literario, siempre habrá unas manos femeninas, las cuales, cada mañana, dejarán ocultos, bajo la almohada de su lecho, libros como el de_ SAB _que hoy reproducimos._

_Hugo D. BARBAGELATA._

_Paris, 1920._

DOS PALABRAS AL LECTOR

Por distraerse de momentos de ocio y melancolía han sido escritas estas páginas. La autora no tenía entonces la intención de someterlas al terrible tribunal del público.

Tres años ha dormido esta novelita casi olvidada en el fondo de su papelera; leída después por algunas personas inteligentes que la han juzgado con benevolencia y habiéndose interesado muchos amigos de la autora en poseer un ejemplar de ella, se determina a imprimirla, creyéndose dispensada de hacer una manifestación del pensamiento, plan y desempeño de la obra, al declarar que la publica sin ningún género de pretensiones.

Acaso si esta novelita se escribiese en el día, la autora, cuyas ideas han sido modificadas, haría en ella algunas variaciones; pero sea por pereza, sea por la repugnancia que sentimos en alterar lo que hemos escrito con una verdadera convicción (aun cuando ésta llegue a vacilar), la autora no ha hecho ninguna mudanza en sus borradores primitivos, y espera que si las personas sensatas encuentran algunos errores esparcidos en estas páginas, no olvidarán que han sido dictadas por los sentimientos algunas veces exagerados pero siempre generosos de la primera juventud.

PRIMERA PARTE

CAPITULO I

--¿Quién eres? ¿cuál es tu patria? . . . . . . . . . . . . . . . . . . --Las influencias tiranas de mi estrella, me formaron monstruo de especies tan raras, que gozo de heroica estirpe allá en las dotes del alma siendo el desprecio del mundo. CAÑIZARES.

Veinte años hace, poco más o menos, que al declinar una tarde del mes de junio un joven de hermosa presencia atravesaba a caballo los campos pintorescos que riega el Tínima, y dirigía a paso corto su brioso alazán por la senda conocida en el país por el nombre de camino de Cubitas, por conducir a las aldeas de este nombre, llamadas también tierras rojas. Hallábase el joven de quien hablamos a distancia de cuatro leguas de Cubitas, de donde al parecer venía; y a tres de la ciudad de Puerto Príncipe, capital de la provincia central de la isla de Cuba en aquella época, como al presente, pero que hacía entonces muy pocos años había dejado su humilde dictado de villa.

Fuese efecto de poco conocimiento del camino que seguía, fuese por complacencia de contemplar detenidamente los paisajes que se ofrecían a su vista, el viajero acortaba cada vez más el paso de su caballo y le paraba a trechos como para examinar los sitios por donde pasaba. A la verdad, era harto probable que sus repetidas detenciones sólo tuvieran por objeto admirar más a su sabor los campos fertilísimos de aquel país privilegiado, y que debían tener mayor atractivo para él si como lo indicaban su tez blanca y sonrosada, sus ojos azules, y su cabello de oro había venido al mundo en una región del Norte.

El sol terrible de la zona tórrida se acercaba a su ocaso entre ondeantes nubes de púrpura y de plata, y sus últimos rayos, ya tibios y pálidos, vestían de un colorido melancólico los campos vírgenes de aquella joven naturaleza, cuya vigorosa y lozana vegetación parecía acoger con regocijo la brisa apacible de la tarde, que comenzaba a agitar las copas frondosas de los árboles agostados por el calor del día. Bandadas de golondrinas se cruzaban en todas direcciones buscando su albergue nocturno, y el verde papagayo con sus franjas de oro y de grana, el cao de un negro nítido y brillante, el carpintero real de férrea lengua y matizado plumaje, la alegre guacamaya, el ligero tomeguín, la tornasolada mariposa y otra infinidad de aves indígenas, posaban en las ramas del tamarindo y del mango aromático, rizando sus variadas plumas como para recoger en ellas el soplo consolador del aura.

El viajero después de haber atravesado sabanas inmensas donde la vista se pierde en los dos horizontes que forman el cielo y la tierra, y prados coronados de palmas y gigantescas ceibas, tocaba por fin en un cercado, anuncio de propiedad. En efecto, divisábase a lo lejos la fachada blanca de una casa de campo, y al momento el joven dirigió su caballo hacia ella; pero lo detuvo repentinamente y apostándole a la vera del camino pareció dispuesto a esperar a un paisano del campo, que se adelantaba a pie hacia aquel sitio, con mesurado paso, y cantando una canción del país cuya última estrofa pudo entender perfectamente el viajero.

Una morena me mata tened de mí compasión, pues no la tiene la ingrata que adora mi corazón[1].

El campesino estaba ya a tres pasos del extranjero, y viéndole en actitud de aguardarle detúvose frente a él y ambos se miraron un momento antes de hablar. Acaso la notable hermosura del extranjero causó cierta suspensión al campesino, el cual por su parte atrajo indudablemente las miradas de aquél.

Era el recién llegado un joven de alta estatura y regulares proporciones, pero de una fisonomía particular. No parecía un criollo blanco, tampoco era negro ni podía creérsele descendiente de los primeros habitadores de las Antillas. Su rostro presentaba un compuesto singular en que se descubría el cruzamiento de dos razas diversas, y en que se amalgamaban, por decirlo así, los rasgos de la casta africana con los de la europea, sin ser no obstante un mulato perfecto.

Era su color de un blanco amarillento con cierto fondo oscuro; su ancha frente se veía medio cubierta con mechones desiguales de un pelo negro y lustroso como las alas del cuervo; su nariz era aguileña pero sus labios gruesos y amoratados denotaban su procedencia africana. Tenía la barba un poco prominente y triangular, los ojos negros, grandes, rasgados, bajo cejas horizontales, brillando en ellos el fuego de la primera juventud, no obstante que surcaban su rostro algunas ligeras arrugas. El conjunto de estos rasgos formaba una fisonomía característica; una de aquellas fisonomías que fijan las miradas a primera vista y que jamás se olvidan cuando se han visto una vez.

El traje de este hombre no se separaba en nada del que usan generalmente los labriegos en toda la provincia de Puerto Príncipe, que se reduce a un pantalón de cotín de anchas rayas azules, y una camisa de hilo, también listada, ceñida a la cintura por una correa de la que pende ancho machete, y cubierta la cabeza con un sombrero de yarey bastante alicaído:[2] traje demasiado ligero, pero cómodo y casi necesario en un clima abrasador.

El extranjero rompió el silencio y hablando en castellano, con una pureza y facilidad que parecían desmentir su fisonomía septentrional, dijo al labriego:--Buen amigo, ¿tendrá usted la bondad de decirme si la casa que desde aquí se divisa es la del ingenio[3] de Bellavista, perteneciente a don Carlos de B...?

El campesino hizo una reverencia y contestó:--Sí, señor, todas las tierras que se ven allá abajo, pertenecen al señor don Carlos.

--Sin duda es usted vecino de ese caballero y podrá decirme si ha llegado ya a su ingenio con su familia.

--Desde esta mañana están aquí los dueños, y puedo servir a usted de guía si quiere visitarlos.--El extranjero manifestó con un movimiento de cabeza que aceptaba el ofrecimiento, y sin aguardar otra respuesta, el labriego se volvió en ademán de querer conducirle a la casa, ya vecina. Pero tal vez no deseaba llegar tan pronto el extranjero, pues haciendo andar muy despacio a su caballo volvió a entablar con su guía la conversación, mientras examinaba con miradas curiosas el sitio en que se encontraba.--¿Dice usted que pertenecen al señor de B... todas estas tierras?

--Sí, señor.

--Parecen muy feraces.

--Lo son, en efecto.

--Esta finca debe producir mucho a su dueño.

--Tiempos ha habido, según he llegado a entender,--dijo el labriego deteniéndose para echar una ojeada hacia las tierras objeto de la conversación,--en que este ingenio daba a su dueño doce mil arrobas de azúcar cada año, porque entonces más de cien negros trabajaban en sus cañaverales; pero los tiempos han variado y el propietario actual de Bellavista no tiene en él sino cincuenta negros, ni excede su zafra[4] de seis mil panes de azúcar.

--Vida muy fatigosa deben de tener los esclavos en estas fincas,--observó el extranjero,--y no me admira se disminuya tan considerablemente su número.

--Es una vida terrible a la verdad,--respondió el labrador arrojando a su interlocutor una mirada de simpatía:--bajo este cielo de fuego el esclavo casi desnudo trabaja toda la mañana sin descanso, y a la hora terrible del mediodía, jadeando, abrumado bajo el peso de la leña y de la caña que conduce sobre su espaldas, y abrasado por los rayos del sol que tuesta su cutis, llega el infeliz a gozar todos los placeres que tiene para él la vida: dos horas de sueño y una escasa ración. Cuando la noche viene con sus brisas y sus sombras a consolar a la tierra abrasada, y toda la naturaleza descansa, el esclavo va a regar con su sudor y sus lágrimas el recinto donde la noche no tiene sombras, ni la brisa frescura, porque allí el fuego de la leña ha sustituído al fuego del sol, y el infeliz negro, girando sin cesar en torno de la máquina que arranca a la caña su dulce jugo, y de las calderas de metal en las que este jugo se convierte en miel a la acción del fuego, ve pasar horas tras horas, y el sol que torna le encuentra todavía allí... ¡Ah! sí; es un cruel espectáculo la vista de la humanidad degradada, de hombres convertidos en brutos, que llevan en su frente la marca de la esclavitud y en su alma la desesperación del infierno.

El labriego se detuvo de repente como si echase de ver que había hablado demasiado, y bajando los ojos, y dejando asomar a sus labios una sonrisa melancólica, añadió con prontitud:

--Pero no es la muerte de los esclavos causa principal de la decadencia del ingenio de Bellavista: se han vendido muchos, como también tierras, y sin embargo, aun es una finca de bastante valor. Dichas estas palabras tornó a andar con dirección a la casa, pero detúvose a pocos pasos notando que el extranjero no le seguía, y al volverse hacia él, sorprendió una mirada fija en su rostro con notable expresión de sorpresa. En efecto, el aire de aquel labriego parecía revelar algo de grande y noble que llamaba la atención, y lo que acababa de oirle el extranjero, en un lenguaje y con una expresión que no correspondían a la clase que denotaba su traje pertenecer, acrecentó su admiración y curiosidad. Habíase aproximado el joven campesino al caballo de nuestro viajero con el semblante de un hombre que espera una pregunta que adivina se le va a dirigir, y no se engañaba, pues el extranjero no pudiendo reprimir su curiosidad le dijo:--Presumo que tengo el gusto de estar hablando con algún distinguido propietario de estas cercanías. No ignoro que los criollos, cuando están en sus haciendas de campo, gustan vestirse como simples labriegos, y sentiría ignorar por más tiempo el nombre del sujeto que con tanta cortesía se ha ofrecido a guiarme. Si no me engaño es usted amigo y vecino de don Carlos de B...

El rostro de aquel a quien se dirigían estas palabras no mostró al oirlas la menor extrañeza, pero fijó en el que hablaba una mirada penetrante: luego, como si la dulce y graciosa fisonomía del extranjero dejase satisfecha su mirada indagadora, respondió bajando los ojos:

--No soy propietario, señor forastero, y aunque sienta latir en mi pecho un corazón pronto siempre a sacrificarse por don Carlos, no puedo llamarme amigo suyo. Pertenezco,--prosiguió con sonrisa amarga,--a aquella raza desventurada sin derechos de hombres... soy mulato y esclavo.

--¿Con que eres mulato?--dijo el extranjero tomando, oída la declaración de su interlocutor, el tono de despreciativa familiaridad que se usa con los esclavos:--bien lo sospeché al principio; pero tienes un aire tan poco común en tu clase, que luego mudé de pensamiento.

El esclavo continuaba sonriéndose; pero su sonrisa era cada vez más melancólica y en aquel momento tenía también algo de desdeñosa. Es,--dijo volviendo a fijar los ojos en el extranjero,--que a veces es libre y noble el alma, aunque el cuerpo sea esclavo y villano. Pero ya es de noche y voy a conducir a su merced[5] al ingenio ya próximo.

La observación del mulato era exacta. El sol como arrancado violentamente del hermoso cielo de Cuba, había cesado de alumbrar aquel país que ama, aunque sus altares estén ya destruídos, y la luna pálida y melancólica se acercaba lentamente a tomar posesión de sus dominios.

El extranjero siguió a su guía sin interrumpir la conversación.

--¿Con que eres esclavo de don Carlos?

--Tengo el honor de ser su mayoral[6] en este ingenio.

--¿Cómo te llamas?

--Mi nombre de bautismo es Bernabé, mi madre me llamó siempre Sab, y así me han llamado luego mis amos.

--¿Tu madre era negra, o mulata como tú?

--Mi madre vino al mundo en un país donde su color no era un signo de esclavitud: mi madre,--repitió con cierto orgullo,--nació libre y princesa. Bien lo saben todos aquellos que fueron como ella conducidos aquí de las costas del Congo por los traficantes de carne humana. Pero princesa en su país fué vendida en éste como esclava.

El caballero sonrió con disimulo al oir el título de princesa que Sab daba a su madre, pero como al parecer le interesase la conversación de aquel esclavo, quiso prolongarla.--Tu padre sería blanco indudablemente.