Chapter 2
Jamás había podido conseguirse de él que aceptase un convite o una fineza por pequeña que fuese, excusándose siempre con tal tino, que no fuera posible tacharle de impolítico ni de soberbio. De esto se extrañaban, no obstante, algunos ricos, que hubieran deseado mostrarse pródigos con él, regalándole alguna levita vieja o alguna camisa cuajada de zurcidos. Solían irritarse contra el caballero que nada aceptaba de ellos, ni siquiera el honrarse sentándose una vez al año a su mesa el día del Santo Patrón; pero al fin concluían por reconciliarse con aquel miserable tan poco pegajoso, cuya presencia nunca les amenazaba con obligarles a ofrecerle una jícara de chocolate o hacerse servir un vaso de agua con azucarillo, costumbre un tanto dispendiosa, que, según ellos, hace mucho tiempo debía haberse quitado de la sociedad, a juzgar por lo adelantada que se encuentra en otras materias, quizá mucho menos importantes que éstas que toca todos los días un pobre padre de familia, que encuentra razonable el trato de gentes, y a cuyo placer se entrega muchas veces con pesar por lo del chocolate y otros apéndices.
Únicamente existían dos personas de quien Montenegro nada rehusaba: la vieja solterona y el comerciante arruinado; y era de ver cómo en las noches de estío, reunidos los tres, iban a pasearse por alguno de los caminos reales que blanquean entre el verde del lino de aquellas praderas, compartiendo amigablemente lo que llevaban en los pobres bolsillos.
Iba envuelto el comerciante en un levitón que lo cubría desde las orejas hasta los talones; soberbio levitón de otros tiempos, con tanto vuelo como una capa, forrado de una bayeta tupida y gruesa como un colchón, con un cuello tan alto que, levantado, le llegaba hasta los ojos, y con unos bolsillos en los cuales cabían provisiones para tres semanas.
Pocos gabanes se han visto en nuestros tiempos como el de don Braulio, aquel levitón hecho con todas las reglas del arte, bien pespunteado, bien cortado, bien holgado y perfectamente sólido, hasta el punto de poder resistir sin descoserse, ni romperse, ni agujerearse por parte alguna, a las inclemencias de diez años contados día por día, y noche por noche, pues el levitón de don Braulio, después de servirle de vestimenta, le servía asimismo de manta, porque, aun cuando tuviese suficiente abrigo, nada le prestaba en la cama un calor tan cariñoso como su querido y nunca bien ponderado levitón.
También esta utilísima prenda le ahorraba la mayor parte de las veces de ponerse los pantalones, como que le cubría hasta el suelo, semejante a una sotana, y por eso don Braulio paseaba en las noches de estío con sus dos amigos predilectos, en este sencillísimo traje; levitón, gorro de dormir encajado hasta las orejas, calzoncillos de franela, medias de lana negra y babuchas.
Éste era ciertamente un modo de vestir mixto, cómodo y exclusivo de don Braulio, que, según decía, quería poner en práctica este refrán: «Si en todo tiempo quieres andar sano, trae la ropa de invierno en el verano».
Pero, en cambio, la anciana solterona vestía siempre como conviene a una dama que anda con las estaciones. En el invierno usaba antiguos jubones de terciopelo abrochados hasta el cuello y sayas de tisú acolchadas, o de una tela fuerte que formaba al andar un ruido seco que desde lejos venía diciendo: «Ya llega doña Isabel Salgado y Peñaranda, la gran señora, noble por los cuatro costados, y de pura sangre azul».
Y en verdad, la buena anciana, alta, bien formada, arrogante en el andar, majestuosa y altiva en la actitud, tenía toda la apariencia de aquellas antiguas castellanas de clarísima estirpe, cuyas ideas y acciones estaban siempre en consonancia con su distinguido y elevado nacimiento. Por esto doña Isabel Salgado y Peñaranda era tan señora en la indigencia como lo fuera en la prosperidad.
Mucho tiempo hacía que había pasado la moda del alto tupé, de las almidonadas y blancas pañoletas, y del zapatito bordado de lentejuelas y alto y encarnado tacón; pero pareciendole este atavío a doña Isabel el más digno y más apropiado a una verdadera señora, como ella solía decir, no quiso abandonar jamás aquella moda de su juventud que tan buenos tiempos le recordaba, y con la cual había robado tantos y tantos corazones.
Imagínese, pues, el lector a esta ruina viviente, pero ruina perfectamente erguida y conservada a pesar de sus setenta y tantos del pico, con un vestido de antigua muselina blanca (era a la entrada del otoño), salpicada de florecitas color de romero, manga corta hasta más arriba del codo, descubriendo un brazo gordo, torneado, blanco como la nieve y formando hoyuelos; pañoleta planchada y limpia, muy abollada hacia el pecho, y oliendo a espliego y a cáscara de naranja quemada; largos pendientes, gran aderezo, zapatos de raso azul ajados por la acción del tiempo, pero bien conservados todavía para que pudiera conocerse algo de su antiguo esplendor, y, sobre todo, el alto tupé encaramado sobre una frente noble, espaciosa y surcada de algunas arrugas que la coqueta anciana procuraba ocultar con dos soberbios rizos que dejaba caer sobre ellas.
Todo el traje era transparente de puro viejo, pero tan limpio y tan conservado a fuerza de cuidado como la que lo vestía.
Así es que el efecto que hubiera causado aquella noble dama vista a la luz de la luna hubiera sido sorprendente, si una circunstancia, en quien de seguro nadie pensara, no impidiese contemplarla de lleno en toda su majestad.
Doña Isabel tenía un paraguas de la misma especie que el levitón de don Braulio; paraguas de aquellos tiempos en que los paraguas se hacían para impedir el que uno se mojara.
El paraguas de doña Isabel, con su color de grana, parecía un convoy a lo lejos, un globo partido por la mitad y conducido por unas piernas vestidas con faldas, porque doña Isabel venía sepultada hasta medio cuerpo en la enorme concavidad de su paraguas monstruo.
Y no es que lloviese, porque, como hemos dicho, cuando los tres amigos paseaban por alguna carretera era en las noches calurosas y cuando hacía luna clara como el día. Pero una de las particularidades que distinguían a doña Isabel era el no abandonar nunca su paraguas, así como otras no abandonan el abanico, aunque las mismas piedras tiriten de frío, y cada paso ponía en servicio la gran mole como si fuese un granito de anís.
Nunca se movía, especialmente por la noche, sin llevar abierto el paraguas, porque, según aseguraba, le hacía mucho daño el relente, y esta circunstancia, unida al alto tupé, a los dos bucles caídos indefectiblemente sobre la pálida frente de la anciana y el gran gato Florindo, su compañero, hacían el mismo efecto en las gentes de la villa que el pleito y la dignidad inmutable del rubio Montenegro.
Juntos la anciana, el hidalgo y el comerciante, formaban un precioso mosaico, un espectáculo digno de ser observado, sobre todo cuando, caminando cada uno con la parsimonia que le era propia, comían nueces o castañas al compás de la agradable conversación que con solían deleitarse.
Alejados, en cierto modo, del resto de los hombres por sus ideas particulares, formaban reunidos un triunvirato extraño y de un estudio curioso. Diferentes entre sí, se entendían, sin embargo, y se buscaban llamándose amigos. Cada cual hablaba de lo que le importaba, sin temor a que el otro se enfadase de oírlo, apareciendo en medio del mundo que habitaban como un cuadro en el que cada figura es un tipo, pero que sólo juntas hacen una buena composición.
He aquí generalmente el tema de sus conversaciones:
EL HIDALGO.- ¿Cómo vamos de salud, doña Isabel?
DOÑA ISABEL.- Gracias al Señor, sigo con mi buena estrella. Siempre fuerte de cuerpo y de espíritu. ¿Y su madre de usted, mi amigo; y el pleito?
EL HIDALGO.- Adelanto, adelanto en mis estudios, y pronto regalaré a esas gentes de lo lindo. Mi buena madre trabaja como siempre, y no hago más que pensar qué doncella elegiré para servirla, tan pronto como me halle en posesión de mis bienes. Mi señora madre necesita exclusivamente para ella tres criadas; por mi parte, me contentaré con dos para mi servicio particular.
DONA ISABEL.- Para el rango de un noble como usted, no me parecen bastantes todavía; en nuestra casa había diez.
EL HIDALGO.- Lo pensaré...; pero ¿y Florindo? ¿Ha jugado hoy mucho?
DOÑA ISABEL.- Muchísimo; es un niño mal criado, y me ha perdido una babucha. Sin duda la ha puesto de tapadera al agujero de un ratón. ¡Pobre animalito! ¿Quiere usted creer que ayer quedó a solas con las truchas que me regaló mi hermano, y ni siquiera se acercó a ellas?
EL HIDALGO.- Es una verdadera maravilla ese gato.
DON BRAULIO.- (Entrando.) ¡Qué mundo éste! ¡Qué pícaro mundo! Señora, el mundo no se compone más que de avaros; el que ha agarrado una moneda, no la suelta ni por un ojo de la cara. Cada vecino observa al otro con el rabo del ojo, para ver de contarle los cuartos de su mostrador, mientras esconde los suyos, porque un tercero no vaya a contárselos a su vez. Yo no ocultaba a nadie mis tesoros cuando era rico, y, sin embargo, aun cuando todo el mundo los contase y recontase, no disminuían, y si he venido a menos ha sido únicamente porque las felicidades y la fortuna de los hombres son perecederas y se asemejan al mar en lo de bajar y subir.
DOÑA ISABEL.- Pero ¿usted no comprende que los hombres no han nacido todos con unas mismas inclinaciones? He aquí que a mí me critican porque gasto tupé, mientras las pobres mujeres del día se creen muy bellas con sus peinados aplastados sobre la frente, cuando parecen monas... ¡Válgame Dios! Pero yo sigo en mis trece, y no me enojo al ver esas infelices, víctimas del mal gusto de una moda plebeya, si así puede decirse; únicamente las compadezco, porque ésta, don Braulio, es la venganza de las almas nobles; así compadezca usted también a los avaros.
DON BRAULIO.- ¡Si no fueran tantos!
EL HIDALGO.- Compadézcalos usted, que también yo compadezco muchas veces a mis usurpadores, cosa que ellos, ¡desgraciados!, no saben hacer conmigo; pero en algo habíamos de diferenciarnos. Y esto, todo el mundo lo comprende. La distancia que media entre nosotros es inmensa, ¿no es verdad, don Braulio? Por doquiera que yo vaya, ¿no se comprenderá que, pese a la suerte, soy un noble caballero? ¿Qué dicen por ahí de mí? ¿Qué han de decir, mi amigo? Que los pobres son pobres, y los ricos, ricos. En vez de compadecer a sus usurpadores debe usted procurar derrotarlos, y este método surtirá muy buen efecto. Yo sólo compadezco a los pobres y a los desgraciados.
Tal era, comúnmente, el círculo vicioso en que giraba la conversación de los tres amigos, y que la anciana sabía salpicar muchas veces de chistes y ocurrencias que siempre tenían por objeto satirizar el poquísimo tono y la descocada gracia de las damas del día.
Por lo demás, cuando en su presencia se hablaba de alguno de sus preferidos amigos, jamás dejaba de defenderlos con toda la energía de su carácter, que no era poca. Si se trataba de Montenegro, solía decir con saña, en presencia de muchas gentes quisquillosas, que, pobre como era el hidalgo, valía infinitamente más que algunos que se llamaba tales, y cuya noble progenie no tenía siquiera el tiempo de un muchacho cuando echa los últimos dientes. Montenegro correspondía a esta apología de que se creía digno asegurando que la anciana debía haber sido la mujer más bella y donairosa de su tiempo, la más fina y de talento más aventajado, y que aún en el día conservaba parte de sus encantos, venciendo a las bellezas modernas. Y la antigua dama tampoco dejaba de encontrar parecido en este retrato, si bien perdonaba en él algunas faltas de detalle, comprendiendo que los años habían borrado los más preciosos, no pudiendo ya ver de ellas el joven Montenegro más que una débil sombra; él no tenía la culpa.
Respecto al comerciante, ni doña Isabel ni Montenegro, en su calidad de aristócratas, podían elevarle al rango de los más nobles caballeros, porque al fin no había sido más que un comerciante; pero, en cambio, aseguraban ambos, doquiera se encontrasen, que don Braulio, entre los hombres de su especie, no lo había más honrado ni más bondadoso en el mundo; que su generosidad se asemejaba a la de los más grandes señores; su caridad, a la de los santos patriarcas, y que su filosofía, en fin, era mayor que la de muchos sabios.
¿Diremos que don Braulio era indiferente a todas estas alabanzas que franca y sinceramente le prodigaban sus únicos y buenos amigos? No nos atrevemos a tanto, pero sí añadiremos que jamás se había parado, con conocimiento de su razón, en cosas de nobleza ni otras vanidades. Daba buenamente a Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César, y a cada hijo de vecino lo que le parecía de su deber, sin cuidarse de sí mismo, de quien, sin que se diese cuenta de ello, se hallaba completamente satisfecho.
Así, no acordándose siquiera que sus nobles amigos le hacían descender, en la escala social, de la altura a que ellos se encontraban, como le concedían al mismo tiempo su mayor estimación y amistad, no vacilaba nunca en decir que, aparte de sus aprensiones y rarezas, eran las personas más dignas de estimación que existían en la villa.
Y no se extrañe el lector al ver que don Braulio hablaba de las aprensiones y rarezas de sus amigos, porque éstos le pagaban en la misma moneda.
Dice el refrán: «Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la diga en el nuestro». Tal es el mundo, y por eso don Braulio, doña Isabel y Montenegro, al mirarse alguna vez al soslayo, cada cual se permitía allá para sus adentros una leve murmuración sobre su vecino, sin sentir el más pequeño remordimiento respecto de sí mismo. Pero sin que esto impidiese el mutuo aprecio de aquellos tres seres que se buscaban y se encontraban en todas partes, a quienes el mundo señalaba con el dedo y recibía en su seno como despojos inútiles venidos de un mundo que no era el suyo.
Pero es lo cierto que como la sociedad no puede soportar por largo tiempo sin desecharlo aquello que no comprende, se acercaba el día en que las ruinas vivientes de aquella villa, única en su género, iban a pesar demasiado sobre la tierra que los sostenía.
La anciana señora tenía demasiados años; Montenegro, demasiada ambición; don Braulio, demasiado genio, y todos tres, demasiada miseria.
¿Acaso el universo ha sido creado para esas plantas parásitas, para esos seres que parecen salir siempre de tono y sobrar en todas partes?
Dudoso lo juzgan muchas gentes honradas a quienes la providencia ha dado (sin duda por secretos fines) apariencia de hombres, y una fortuna que les sirve de abrigo contra la inclemencia de la desgracia que acá, para el corto entendimiento de los interesados en la materia, sólo debía perseguir a los brutos, porque como suelen decir que la desgracia aguza el ingenio, sería el justo medio de corregir millares de hipopótamos, cuya existencia, ¡quiera el cielo que no ofendamos a esos que se dicen hermanos nuestros, haciendo esta declaración!, casi nos parece un crimen digno de la pena capital.
Pero he aquí, ¡oh, humanidad!, que los brutos triunfan... Ellos, ¡Dios mío! y confiados en su buena estrella, se burlan de todo lo creado menos de la fortuna bienhechora que cobija su inocencia. Viven, comen, engordan y creen que el que no es sólidamente estúpido como ellos no tiene derecho a comer y engordar. ¡Oh! ¡Misterios indescifrables y recónditos! ¿Para qué han venido al mundo los brutos? Sabios, resolved este problema, que debe de tener alguna conexión con los animalitos asquerosos y dañinos creados para probar la paciencia del hombre.
En la célebre villa a que aludimos había muchos de esos seres voluminosos y respetables que hallan lugar en todas partes, a pesar del gran espacio que ocupan y de que con sus anchas fauces y respiración fuerte y anhelosa parecen querer sólo para sí todo el aire que encierra el recinto en donde se encuentran.
A ninguno de estos seres, sin embargo, se atrevían a decirles: «Caballero, o no caballero: usted absorbe más oxígeno del que conviene a nuestros pulmones; usted ocupa más lugar del que corresponde a una persona racional y de dimensiones bien proporcionadas. Vaya usted, pues, con la música a otra parte».
Pero, en cambio, poco faltaba a veces para que, con la menos urbanidad posible, hablasen de este modo a los tres personajes de este cuadro: «Ustedes son demasiado transparentes, demasiado poca cosa para poder andar sólidamente por donde nosotros andamos. Aves sin pluma, agáchense cada una en su nido y déjense morir sin salir a la luz del día, que es vergüenza lucir las carnes desnudas en donde todos las traen cubiertas, siquiera sea con el manto bien holgado de la desvergüenza».
Nadie podía negar, sin embargo, que, aparte de sus manías, los tres personajes en cuestión de buenos se caían a pedazos, y que por buenos se hallaban en aquel estado miserable, que tanto pábulo daba a las murmuraciones de los honrados vecinos de la villa, contra los cuales no había que oponer ciertamente ninguna queja de despilfarro o de extravío.
El que más y el que menos sabría escribir un libro sobre economía doméstica que haría morderse las uñas a más de cuatro personas de buen gobierno y respecto a lo bien sentado de sus cabezas, la forma y el volumen podía ser una garantía en prueba de que no era fácil que tales cabezas anduviesen a la ligera como muchas otras.
¿Qué razones poderosas no podían, pues, alegar todas estas gentes predestinadas desde la cuna a hacer causa común contra aquellas tres ruinas hambrientas que pasaban continuamente por debajo de sus ventanas oliendo el vaho de los manjares ajenos? Oler el exquisito aroma de los guisos que ellas no habían confeccionado, ¿no era, acaso, una impertinencia? ¿Con qué derecho se tomaban esta libertad? Y después de esto, ¡ver acaso con envidia cómo las chimeneas de los vecinos humeaban, porque en su hogar estaba apagado el fuego!
¡Y no hacer puchero como todo el que vive económica y decentemente! ¡Y vestir unas ropas hechas a estilo del siglo pasado, cuando hasta el tabernero (o el que despacha vinos) viste a la moderna, y después de todo esto erre y más erre con tenerse en las suyas, y andar por la calle como cualquiera.
Cuando lo meditaban seriamente los vecinos de la inmortal villa, se indignaban contra las ruinas y juraban decírselas frescas cuando se presentase la ocasión, porque así como así, aun cuando las ruinas no pedían un miserable ochavo a los ricos del pueblo, se irritaban de ver al uno sin querer aceptar nada de nadie, mientras todos sabían que andaba con el vientre flojo como pellejo vacío; a la otra haciéndose todavía la gran señora, cuando ya ni restos le quedaban de sus antiguos fueros, y al buen don Braulio queriendo derrochar todavía los bienes del prójimo, cuando no tenía en dónde caerse muerto.
Estos rumores fueron creciendo a medida que la miseria y la vejez se iba apoderando cada vez más de los pobres desheredados; pero ellos proseguían en tanto, sin vacilar, la senda espinosa que les había sido trazada.
Doña Isabel quería a su gato cada vez más, y a pesar de las miradas burlonas que se posaban sobre ella cuando la veían guardarse alguna fineza para Florindo, resistía serena y sin turbarse saliendo vencedora en la lucha. Muchas veces pretendían abrumarla con infinitas sátiras contra el gato, la manga corta, el tupé y el zapatito de tacón; las gentes se reían de ella, pero ella se reía, a su vez, de las gentes, improvisando versos en un estilo que quería ser clásico (doña Isabel era poetisa, cualidad que heredara de sus antepasados), y mostrando a las remilgadas bellezas que se agitaban en torno de ella su frente altiva y serena, el torneado brazo y el pequeño pie calzado con el zapatito de raso, exclamaba:
«Esto ha sido reinar, hijas mías; mi tiempo era el gran tiempo de las nobles hermosuras del regio pisar, del donaire y de la gracia que impera sobre la cabeza y sobre el corazón. Una sola mirada de mis ojos azules valía un imperio, aniquilaba un mundo de esperanzas o hacía dar vida a un pecho agonizante; el solo rumor de mis vestidos levantaba una tormenta de sensaciones en el corazón del que me amaba, y si yo dejaba caer a sus pies mi pañuelo perfumado, él era tan feliz como si hubiese vencido brazo a brazo al mismo Cid Campeador. ¡Mas hoy, queridas mías, cuán raquítico se ha vuelto el mundo! Queriendo asemejaros a mujeres griegas, parecéis muñecas medio desnudas, con quien las niñas juegan riéndose de sus pantorrillas de algodón. Y por eso el hombre, al veros tan pequeñas, rodando como una hoja seca en ese loco torbellino que se llama vals, dejando a un lado el ceremonioso respeto que usaba en mi juventud, os tomó por la mano y, sin aguardar a que les dierais vuestro permiso, os condujo a donde ha querido como cosa suya».
-Quizás sea verdad, doña Isabel -le respondían con ironía y mordiéndose los labios-; pero he aquí toda la hermosura de los ojos de usted, y lo torneado de ese brazo que hace hoyuelos en el codo como el de un niño; toda su gracia y su donaire, en fin, no le han valido siquiera un mal marido.
-¡Marido! ¡Santo Dios! A puñados, pobrecitas mías, los tenía yo; tanto, que de los que he desairado os contentaríais se hiciese un enjambre que os eligiese por flores. Mas ¡qué locura! Ellos eran notables a veces por su talento, es cierto; eran algunos también arrogantes, y otros, hombres honrados e inmensamente ricos pero...
-Cómo, doña Isabel, ¿y usted no los ha querido?
-Qué había de querer.. ¿Y mi dignidad?
-Con el oro se hubiera aumentado infinito.
-El oro... Yo bien digo que esta juventud es inferior a la de mis tiempos... ¡El oro, pues! Bello es el oro, hijas mías. El oro, que todo lo puede, menos que la sangre roja haga una bonita mezcla con la sangre azul de pura raza, y como ellos no eran bastante nobles, ahí tenéis descifrado el misterio. ¿Acaso la descendiente de una casa ilustre, la que cuenta cien nobles abuelos, podía enturbiar su memoria admitiendo por esposo a un médico, un abogado, o lo que es aún menos que esto, al que se enriqueció ayer vendiendo y comprando al por mayor? Temería a que la sombra de mis antepasados viniese a despertarme en mi lecho nupcial, y que, cogiendo a mi esposo por la cabellera, me le llevase, en un traje impropio a los ojos de la decencia, al lado de un enfermo con cataplasmas, a medir sus fuerzas en algún vergonzoso litigio en donde el que defiende tiene que avergonzarse con el ofendido o a tomar y recibir cuentas, entre montones de fardos, cuyo olor de fábrica trastorna los nervios.
-¿Conque, es decir, señora, que usted, llena de experiencia y de talento, desprecia la profesión lucrativa y civilizadora del comercio, desprecia usted la ciencia y los hombres de la ciencia?
-¡Yo criaturas! ¿Despreciar la profesión lucra... ti... va del comercio? -respondía doña Isabel fingiendo con extremada gracia dificultad en pronunciar la palabra lucrativa- ¡Yo! Dios me libre de despreciar a nadie... Ellos valen tanto en su esfera como yo en la mía; y soy la primera en estimar a los que deseché para maridos, ellos lo saben. Pero si les pareció mal que yo no hubiese querido mezclar mi sangre azul con su sangre roja, hubieran ellos hecho lo mismo no queriendo mezclar la roja con la azul, y estábamos pagados, aunque, por mi parte, hijas mías, no reconozco deudores.
-No nos atrevemos a decir tanto, señora, porque aún existe el rollizo Florindo, que le debe a usted toda una vida de satisfacciones y de delicias.