Ruinas (de Castro)

Part 5

Chapter 54,208 wordsPublic domain (Wikisource)

-He encontrado una gran canastilla llena de flores, de vinos y de confites (el entrecejo del amo de la casa se parecía a un lago en calma; su vientre había disminuido), que yo os dedico a vosotras, las mujeres, encanto de la humanidad. Y tened entendido que tanto me complace a mí el haceros este obsequio como a vosotras el recibirlo. ¡Ea!, Periquillo entra con el permiso del amo, que es muy condescendiente en esto de dar convites a sus contertulios cuando, sin haber echado mano a la gran gaveta, se le entra el bien de Dios por la puerta como llovido del cielo.

El amo de la casa fingió un gran golpe de tos para que no se oyesen estas palabras, se rió mucho, sin tener por qué, y, ¡por supuesto!, dejó que entrase Periquillo con un gran cesto lleno de cintas, de flores, de botellas y de confites.

Un grito unánime de ¡Viva don Braulio! resonó del uno al otro extremo del salón, a cuyo saludo contestó el comerciante con un grito aún más fuerte que se oyó entre todos, diciendo:

-¡Y toque el Señor el corazón de los ingratos!

Hicieron el sordo a estas palabras, y el amo de la casa, blando como si acabasen de ungirle con aceite, se dirigió a él, diciéndole entre amable y chancero, entre risueño y tembloroso, entre demonio negro y demonio blanco:

-Es usted un hombre extraordinario, ¡caracoles! Eso no se puede negar: a cada uno lo que se merece.

-Bueno estará usted entonces -le contestó don Braulio-; muy bueno, buenísimo, como un emplumado.

-Usted siempre tan chancero, siempre con su buen humor. Yo..., francamente, como usted era así algo francote..., pues..., no sé si me explico bien, y como uno tiene a veces mal humor, efecto de sus disgustillos, no sé si alguna vez habré faltado; pero si ha sucedido esto, le aseguro que habrá sido involuntariamente.

-¿Y a mí qué me importa? -le respondió don Braulio-. Yo me he alejado de los llorones porque no nací llorón como ellos; hoy, que traigo la alegría conmigo, vengo a decirles que ha amanecido el sol de la villa.

Como es de suponer, fue aquella una noche de verdadera alegría, y don Braulio, con su gorro blanco y sus babuchas, volvió a ser el ídolo de la fiesta.

Pero estaba decidido que aquella noche había de ser de sorpresas, y un nuevo personaje de quien todos se olvidaban apareció en la puerta.

Al principio nadie acertaba a saber quién era aquel elegante caballero, tan elegante como no había ninguno en la villa.

Pero después de un largo reconocimiento, todos exclamaron en voz baja y con asombro:

-¡Montenegro! ¡Montenegro!... Pero ¡qué demudado!... ¡No hay ninguno tan elegante ni tan perfumado como él entre cuantos le rodean!

-Pero ¿qué cambio es éste? -cuchicheaban las mujeres-. ¿Cómo viste hoy tan bien?

Y la de ojitos de cristal y tinta china murmuraba con voz atiplada y como si hablase consigo misma:

-¡Quién me lo hubiera dicho ayer! De seguro no me mostraría tan severa.

-¿Pues qué? -le interrogó otra que estaba a su lado y había oído el soliloquio-. ¿Acaso Montenegro te hizo el amor y le habrás desairado?

-¡Y qué desaire! -respondió-. Fue un golpe demasiado rudo, lo confieso; pero las mujeres somos así -añadió, riendo-. No sabemos tener compasión con una levita rota o con unas botas descosidas, y acaso esto nos perjudica, porque ¿qué sabe una lo que puede suceder mañana? Pero nada, no tuve la menor lástima ni consideración. Ayer por la mañana cogí su amorosa y lacónica carta, que decía así, poco más o menos: «Marcelina, es la primera vez que amo y quizá sea la última. Tenga usted compasión de mí; consuéleme usted con una sola mirada y tendré valor para sufrir y esperar. Antes, me hallaba conforme con mi suerte; ahora siento que la desesperación ha penetrado en mi pecho. Si soy pobre, llegaré a ser rico; no me desprecie usted, que moriré de pesar». Y yo escribí en lo que quedaba en blanco: «Es usted demasiado atrevido. Cuando el hombre se encuentra en cierta situación, y cuando no puede ofrecer a la mujer que ama sino desdichas, no debe amar. Yo no soy poética, y el mejor cuerpo del mundo me parece detestable cuando le cubre una mala ropa; tanto, que no puedo soportarme a mí misma en traje desaliñado. Sabía demasiado que usted me amaba, pero ¿qué había de hacer? Por Dios, que esto le sirva a usted de lección. Bajo una mala ropa, el amor no tiene cabida».

-¡Qué contestación tan disonante!

-Confieso que lo ha sido; pero aun no contento con ella, volvió por la noche a pedirme que bailase con él, y, enojada yo de tanta audacia, le dije que sus botas estaban rotas y podía tropezar, y que hasta que yo le diese otras nuevas no bailaría con él.

-El infeliz no merecía tanto; en el fondo es un pobre hombre.

-Pero soberbio al mismo tiempo, pues no quiere recibir nada de nadie. Me ama, sin embargo; me ama como un insensato, y por lo que le dije del traje roto, es sin duda por lo que se ha puesto tan elegante. Pero para esto se necesita dinero, y por fuerza ha debido heredar... Quién sabe si sus parientes... Me ama; me ama mucho, y le hablaré con un poco de más cariño; al fin es un caballero.

-Dudo, no obstante, que te ame tanto como te imaginas.

-¿Por qué? -murmuró, picada y con altivez, la muñeca de ojos de cristal y tinta de china.

-No te impacientes, que te lo voy a contar. Porque esta mañana me ha enviado una carta más tierna y más entusiasta que la que ayer te ha escrito a ti.

-¡A ti! -exclamó la muñeca, palideciendo-. ¡Imposible!

-Hela aquí, mujer; yo no miento.

Y, en efecto la joven enseñó otra carta de Montenegro, mucho más ardiente y arrebatadora que la que había escrito a Marcelina, puesto que en aquella quería a todo trance poseer la mano de la joven.

Pero una tercera, que escuchaba el diálogo de entrambas, dijo a su vez con burlona sonrisa:

-No hay que engreírse; yo poseo un documento igual al vuestro, pidiéndome en matrimonio. Montenegro ha querido formar una especie de serrallo, tomando por mujeres a todas las jóvenes de la villa, porque yo sé de más de cuatro a quienes les ha enviado la misma misiva.

Las jóvenes reían a más no poder, aun cuando procuraban no alzar la carcajada, y en menos tiempo del que se tarda en escribirlo, más de diez cartas amorosas que Montenegro había escrito aquella mañana circularon de mano en mano.

El asunto se complicaba; nadie comprendía aquel misterio, al cual ponía el sello el vestido nuevo y el aire delicado y aristocrático del delincuente.

La muñeca de ojos de cristal y tinta de china estaba nerviosa e indignada, porque aquel haraposo que ahora vestía el traje más elegante de cuantos había visto la pusiera al nivel de las demás, y procuraba desahogar su ira arrancándole la cara a las figuras chinescas de su abanico.

El hidalgo, en tanto, paseaba solo de un lado al otro del salón, con todo el aire de un opulento señor. La misma benigna protección, la misma actitud erguida y llena de noble dignidad se notaba en su persona, de tal modo que nadie se atrevía a acercársele. Su nariz huesosa y acaballada parecía aún más transparente y descarnada; sus ojos castaños brillaban bajo su frente pálida con cierta inquietud indefinible y febril, y al alisar los rizos de sus rubios cabellos y de su dorada barba, se diría que una tirantez nerviosa tornaba rígida su mano, que parecía de mármol. Doña Isabel le miraba desde un rinconcito con la mayor inquietud.

Después que hubo paseado largo tiempo por el salón, se acercó por fin al grupo en que se hallaban reunidas y cuchicheando las jóvenes a quienes había pedido en matrimonio, y les dijo:

-¿Cuál de tantas hermosas querrá hoy bailar conmigo la primera contradanza?

-Aquélla que usted elija; así es el uso -dijo, con indiscreta petulancia, la muñeca.

-¡Oh! Si valiese elegir, yo las elegiría a todas -respondió Montenegro, mirando frente a frente a la mujer que amaba, la cual se mordió los labios con ira, añadiendo:

-Esa sería una contradanza monstruosa.

-Una bellísima contradanza para mí; una contradanza de hadas arrastrando en pos de sus pasos al más fino y más ardiente de todos los amadores.

-Está usted hoy desconocido, Montenegro; esta noche todos quieren sorprendernos.

-¿Desconocido, acaso, por lo del traje nuevo? En efecto, es el primero que me ven estas damas -dijo Montenegro con cierto sarcasmo amargo de que no se le hubiera creído capaz.

-No sólo por eso -repuso la muñeca de ojos de cristal, cada vez más irritada contra su amador-, sino porque desde ayer se ha convertido usted en un volcán amoroso, hasta el punto de amar a diez mujeres a un tiempo.

Al oír decir esto, algunas jóvenes dejaron ver un billete en la punta de sus dedos; pero Montenegro no se turbó en lo más mínimo, y volviendo a tomar el mismo tono sarcástico con que había dicho sus últimas palabras, prosiguió:

-Cuando uno ha pasado mucho tiempo, toda la vida acaso, sin haber podido tocar los suaves dedos de una mujer para lanzarse con ella en el remolino del baile, la primera vez que alguna consiente en seguirnos quisiéramos que la danza durase, por lo menos, tanto como el tiempo que nos ha sido rehusado este placer. Cuando un hombre ha pasado toda su existencia y lo mejor de su juventud sin la parte de amor que le corresponde a una criatura en la tierra y sin saber lo que es ese dulcísimo sentimiento, el día que llega a conocerlo le sucede lo que con el baile. Hoy, que me veo vestido como todos, he creído que tendría permiso para elegir una joven y bailar con ella, o que ellas me eligiesen a mí. También me han dicho que el amor no podía caber bajo una mala ropa, ¡lo mismo que si el amor tuviese frío!, y por eso hoy, que tengo ropa nueva, he querido desquitarme de mis antiguos descalabros amando a un tiempo a tantas mujeres como hubiera ido amando por turno en mi pasada y triste juventud. ¿Tengo razón?

Al hablar así, Montenegro lanzó a la muñeca de cristal una mirada tan ardiente y tan fiera, que la hizo estremecerse de pies a cabeza. Le pareció que aquella mirada encerraba un terrible misterio. En tanto, como Montenegro alzase la voz al hablar, algunos se habían aproximado para escuchar la discusión. Doña Isabel y el comerciante fueron los primeros, pues habían notado que Montenegro les había mirado como si no les conociese.

Montenegro cesó de hablar por un momento, pasó después la mano por la frente, y poniéndose en pie delante de la muñeca de ojos de cristal y de tinta de china, que no las tenía todas consigo, exclamó dirigiéndose a ella con una risa que tenía mucho de dolorosa y comprimida:

-¿No sabe usted, señorita, en dónde he estado hoy? ¿Calla usted...? Bien; va usted a saberlo y todos los que se hallen presentes. Yo vivo con mi anciana madre, esperando recobrar los bienes que me han usurpado, lo cual va a acontecer muy pronto. Mas he aquí que cierto día sentí bullir dentro de mi corazón una cosa inquieta, que no me dejaba comer, ni estudiar, ni dormir; yo hasta entonces había podido hacer todo esto perfectamente, e irritado con aquel inesperado inconveniente, me determiné a saber lo que era. Abro, pues, una mañana el corazón y encuentro que lo que me mortificaba era la imagen de una mujer.

Un prolongado murmullo se levantó entre los circunstantes al oír estas últimas palabras. ¿Montenegro era capaz de tanta ironía o estaba loco? Pero una fría y escudriñadora mirada que dirigió en torno suyo les hizo creer lo primero, y el hidalgo prosiguió, mientras un silencio sepulcral se había vuelto a extender en torno:

-Tan pronto como vi que lo que me atormentaba era una cosa tan pequeña, la arranqué de un golpe, volví a cerrar el corazón y me dormí tranquilo aquella noche. Pero a la siguiente mañana aquella imagen no tan sólo me inquietaba el corazón, sino que se me había subido al cerebro, causándome tormentos espantosos. ¡Tenía una voz tan imperiosa! Y siempre que me ponía a estudiar, me gritaba, diciéndome: «Yo estoy contigo para siempre, a donde tú vayas iré yo; pero jamás seré tuya en realidad, porque tú eres muy pobre, y yo quiero pan y tú no me lo das». Mi madre, por otro lado, me decía lo mismo; pero yo, ¡pobre de mí!, como oía siempre la voz de aquella mujer, no podía hacer nada; tenía un infierno dentro de mí.

-Montenegro, dejemos esta conversación -exclamó de pronto doña Isabel, sin poder contenerse-. Otro día nos contará usted eso, que la noche va a concluir.

-¡Oh, señora! -repuso el hidalgo haciendo una reverencia-, permítame usted que hable hasta el fin. El cuento es extraño pero verídico, y algo aprenderá usted sabiéndolo. Otro día, notando que cuando quería leer, la imagen pérfida de aquella mujer empañaba mis ojos con lágrimas y me entrampaba los renglones, me decidí a escribirle una carta lacónica y explícita, rogándole que me dejase en paz, que tuviera compasión de mí, pues era la primera vez que una mujer, a quien ningún daño había hecho, me martirizaba y se divertía conmigo, haciéndome llorar y quitándome el sueño. En seguida volví a abrir mi corazón, dejando dentro la carta para que ella la leyese. Mas cuando fui a buscar la contestación, la imagen había huido, dejando sólo la carta, y en ella un alfiler, con el que había picado los renglones añadiendo ella algunos más, que escribió con mi propia sangre. El alfiler prosiguió dándome tormentos que no puedo expresar, y como mi madre se quejaba en su lecho fatigada por una vida sin descanso, me dije: «Es preciso que esto concluya», y con un atrevido pensamiento en la mente, ayer por la mañana me visto, abrazo a mi querida y desgraciada madre y me pongo en camino para la corte. Tan pronto me presento allí, las puertas de palacio se abren a mi paso; pregunto por la reina y me llevan a su presencia. Entonces se lo conté todo, y como viese que se hacía la reacia, le dije: «Sajonesilla, ven aquí»; y, colocándola sobre mis rodillas, como solía hacerme mi madre cuando yo era niño, la di unos azotes que enrojecieron sus blanquísimas carnes; pero pronto me dio lástima. Los azotes surtieron, sin embargo, su efecto, y todo quedó arreglado entre la sajonesa y yo. ¿Ven ustedes esta hermosa barba rubia? Pues todo es oro que ella me ha regalado ¿Ven ustedes esos cabellos? También son oro...; oro por todas partes, y cuando llegué a mi casa, ya la sajonesilla había enviado a mi señora madre un bolsillo bien lleno. Entonces me planté la ropa nueva que con el dinero de mi amiga había comprado en la corte, y me dije: «Hoy sí que danzaré con ellas; hoy sí que el amor no se escapará por entre los agujeros de mi ropa vieja; hoy sí que mi querida madre se calentará a un buen fuego, y dormirá en colchón, y tendrá criados, porque yo nado en oro, señores... ¿Quieren ustedes oro? ¡Ahí va, ahí va!».

Y diciendo esto, arrancaba su barba y sus cabellos con alegría frenética. Después, cogiendo a la muñeca con fuerza, la arrastró en pos de sí, dando vueltas por la sala y diciendo:

-Bailemos, señorita; bailemos. Ya no tengo las botas rotas; quítame el alfiler que has clavado en mi corazón y ámame, porque ya tengo ropa nueva y podré darte pan.

Pero de pronto la alejó de sí, diciendo:

-¡Atrás, mujer! Yo no alimentaré nunca serpientes. Tengo una madre que me ama, y amigos que me estiman.

-Sí, sí, amigo mío -dijo doña Isabel acercándosele, y lo mismo don Braulio-; pero ¿qué es lo que tiene usted hoy en su cabeza?

El hidalgo les rechazó diciéndoles que no los conocía, mientras todos pronunciaban dolorosamente estas palabras:

-¡Está loco! ¡Está loco! ¡Infeliz!

Las grandes desgracias conmueven los corazones más empedernidos; así, no hubo nadie en la reunión que no experimentase una verdadera y profunda emoción ante la triste escena que acababan de presenciar.

Lo que no podían explicarse era el traje nuevo del pobre loco, aunque muchos pensaron en don Braulio; pero se oponía a esta idea la delicadeza del hidalgo. Doña Isabel deshizo todas las dudas, haciendo saber a los presentes que Montenegro acababa de recibir una cuantiosa suma de un usurero que había tenido antiguos negocios con su padre.

Las gentes de la reunión se dispersaron, y don Braulio y doña Isabel acompañaron al loco a su casa, quien parecía haber vuelto a su sano juicio tan pronto el aire frío de la noche pasó sobre su rostro. Su madre se diría que había rejuvenecido, sentada al amor de un abundante fuego, y recibió a su hijo muy contenta, sin conocer en él ninguna señal de locura. Ni don Braulio ni doña Isabel se atrevieron tampoco a darle tan infausta nueva, llegando ellos mismos a creer que aquello no habría sido más que un arrebato del momento.

Pero cuando doña Isabel, a la siguiente mañana, había ya puesto el pie en el umbral de su puerta para ir a ver a su amiga, le vio pasar rápidamente ante ella hacia la carretera, en un estado de desorden difícil de describir. En vano le llamó a grandes voces, pues él no quiso oírla, apresurando aún más su carrera. Doña Isabel comprendió entonces que el mal de su amigo era incurable, y sin valor para salir, volvió a entrar en su casa.

Estaba enferma y no se había apercibido de ello hasta aquel momento. La humedad que había penetrado sus huesos el día anterior a causa del mal calzado y de la falta de su paraguas, unida a las emociones que había experimentado, acabaron casi con sus fuerzas. A pesar de esto, no quiso acostarse; pero cuando don Braulio vino a visitarla, notó que tenía el rostro demudado, y llamó a un médico, quien declaró que la enferma estaba de peligro. Sin embargo, rehusó acostarse, según se lo aconsejaban.

Hizo su tocado, como de costumbre; frió un huevo a Florindo, y después se puso a la ventana mientras hacía calceta.

-Señora, ¿cómo está usted así expuesta al viento que penetra por la ventana, cuando detesta el frío?

-Rarezas de los viejos -contestó-. Además, quiero ver si vuelve ese infeliz amigo nuestro.

Y doña Isabel, contándole a don Braulio cómo había visto desaparecer a Montenegro, se echó a llorar, pues profesaba al hidalgo un cariño casi maternal. Si no se lo había dicho antes, fue porque casi temía hablar de aquel suceso, que le tenía traspasado el corazón.

Don Braulio quedó sorprendido; se fue al lado de la madre del infeliz hidalgo, que nada sabía de su nueva desgracia, y cuando, a la caída de la tarde volvió a ver a doña Isabel, la halló todavía en el mismo lugar en donde la había dejado.

-Aún no ha vuelto -le dijo al punto.

-Pero, señora, ese frío que está usted recibiendo en la ventana va a hacer que su indisposición se agrave. Retírese, y ya remediaremos lo demás. Mandé, hará dos horas, hombres en busca de esa pobre criatura, cuya desgracia deja un profundo vacío en mi corazón.

Un gran ruido de voces que se acercaba interrumpió su diálogo, y bien pronto divisaron un grupo de gentes, entre el cual venía un hombre cuyo paso era más ligero que ninguno y de un aspecto desolador.

Su ropa negra venía cubierta de lodo; sus cabellos en desorden, y los pies, descalzos y ensangrentados.

Era Montenegro, el mismo que miró para la ventana sin conocer a sus amigos. La multitud le siguió, gritando: «¡Está loco! ¡Está loco!» Y doña Isabel, tornándose pálida como la muerte, dijo a don Braulio:

-Amigo mío, vaya usted a atender a esa infeliz criatura... A mí me es imposible dar un paso.

-Señora -le respondió el comerciante-, nuestro desgraciado amigo ya no tiene remedio; pero usted está muy enferma, y no debo abandonarla antes de haberla auxiliado. No tome usted tan a pecho las cosas, que en este mundo ya es sabido que las felicidades son contadas.

-Don Braulio, no es sólo este suceso el que me daña. Yo estaba más vieja de lo que creía, y la mojadura de ayer habrá contribuido también a desmoronar por completo este edificio, ruinoso ya, a pesar de su apariencia fuerte todavía. Don Braulio, tráigame usted un confesor al momento, por lo que pueda ocurrir... Mi cabeza no está bien y...

-Pero qué, señora -exclamó don Braulio con voz entrecortada-, ¿iré a perder mis dos únicos amigos en un día?

-Francamente, mi buen don Braulio, me siento morir. ¡No sé qué nube cubre mi corazón!

-Señora -volvió a exclamar don Braulio, casi sin saber lo que decía-, ¡no se muera usted, por el amor de Dios! Usted, a quien yo estimo y quiero como a una hermana..., como la señora más cabal que haya nacido.

-El Señor me llama... Acuérdese usted de mí en sus oraciones, y también de que le he profesado mi mayor estimación. Usted merece la de todo el mundo... ¡Y Florindo, pobrecillo!... ¡Ven aquí, animalito!... Tu ama te va a dejar...

El animal saltó al regazo de la anciana y maulló cariñosamente, mirándola con sus grandes ojazos, como si quisiese comprender lo que le decía. Pero doña Isabel, echándose de repente hacia atrás en su silla, exclamó con voz fuerte:

-Jesús!... Un confesor.. Dios me val...

No acabó la última palabra, porque había muerto.

Don Braulio, estupefacto y casi sin movimiento, la contemplaba mudo, sin creer en lo que veía, y así permaneció algún tiempo, mientras el gato, poniendo sus patas delanteras en el pecho de la que fuera su ama, maullaba tristemente, oliéndole el rostro con inquietud.

Don Braulio, despertando al fin de su aturdimiento, salió a disponer un suntuoso entierro a su cariñosa amiga. Y cuando volvieron al lado del cadáver vieron que el gato no la había abandonado. La anciana tenía razón. Aquel pobre animal siguió el cuerpo inanimado de su dueña hasta el cementerio, encontrándosele muerto al tercer día sobre un pañuelo de la difunta, en el pequeño cuarto en donde aquélla había lanzado su último suspiro, mientras las bailadoras de vals decían, al son de la música:

-Descanse en paz doña Isabel, pues que ya ha pasado el tiempo de los minuets.

Montenegro anduvo errante largo tiempo de ciudad en ciudad, descalzo y desnudo, diciendo que iba a evacuar sus negocios que pronto ganaría su pleito, y que necesitaba viajar de una parte en otra para que sus defensores no se durmiesen. En vano el buen comerciante procuró encerrarle y mitigar su mal de este modo, impidiendo que se estropease por los caminos, pues se despedazaba el cuerpo contra las paredes de su encierro, y maltrataba a quien intentaba detenerlo, no haciendo, por el contrario, mal alguno si le dejaban libre.

Un día le hallaron muerto en medio de un camino real, con los pies casi despedazados, el pecho hinchado y la boca llena de espumosa sangre. Una fuente, en la cual había apagado por última vez su sed mortal, murmuraba tranquilamente a algunos pasos, mientras zumbaban multitud de insectos en torno del abandonado cadáver. Ya no se hubiera reconocido en él al flaco y rubio caballero que cuidaba tanto de sus cabellos y de su dorada barba: una y otro habían desaparecido.

Él había esparcido por los caminos aquellas galas, que le habían consolado en su indigencia, arrancándolas con sus propias manos, y diciendo que eran oro. Así, cuando veía algún pobre, cogía sin compasión un puñado de sus dorados cabellos y se los arrojaba, diciendo:

-Ahí tienes oro; sé feliz. La sajonesilla, mi amiga, me ha dado bastante para que pueda repartir con vosotros.

Generalmente andaba diez y doce leguas por día; en cada fuente que encontraba al paso bebía siempre, y al pie de una fuente exhaló el último suspiro, después de haber andado por espacio de veinte horas sin parar. La muerte vino a ser el descanso de tan larga jornada.

La muñeca de ojitos de cristal y tinta de china se casó con otro hidalgo, que sólo lo era en nombre, y acostumbraba a decir, doquiera se encontrase (como no fuese en su pueblo), que cierto noble caballero se había vuelto loco por ella.

Don Braulio no dio más convites; pero hizo felices a muchos desgraciados, entre ellos la madre de Montenegro, a quien nada le faltó en el resto de su vida.

Ésta fue la única persona a quien visitó en recuerdo de los dos únicos amigos que le habían sido fieles en el mundo. Hizo hasta el fin de sus días, que fueron largos, una guerra declarada a los tacaños y a los avaros, y antes de morir dejó escrito su epitafio, que decía así: