Part 4
Montenegro calló y sus amigos no se atrevieron a decirle una palabra más. El rostro del hidalgo tenía un aspecto ardiente y sombrío, a la vez que les inquietaba sobre su porvenir; por eso la anciana no dejó de asistir aquella noche a la tertulia, a pesar de la lluvia y del viento que arreciaba con furor.
Cuando entró en el salón, ya Montenegro se hallaba solo sentado detrás del piano y ensimismado, al parecer, en vagos pensamientos. Ya miraba hacia el techo, cuya blanca monotonía nada podía ofrecerle de nuevo, ya acariciaba su rubia barba, o hacía girar en torno sus ojos, como si mirase sin ver. Ni siquiera notó que doña Isabel había entrado, a pesar de que a su presencia se levantó un clamor unánime, dando la bienvenida. Doña Isabel no quiso tampoco ir a importunarle; por el contrario, fue a sentarse muy lejos, desde un puesto en donde podía observar sin ser observada.
Pronto los ecos del piano resonaron, las parejas se pusieron en movimiento y la sala tomó un aspecto de animación que nadie hubiera esperado en la reunión casera de una tan pequeña villa, lo cual consiste en que todos allí tienen aspiraciones a poner en práctica las costumbres de las grandes capitales. Y eso sí: no hay que dudar de que lo consiguen en parte sobre todo cuando se trata de cierta escuela que no podemos mentar por temor a que su solo nombre, a pesar del qué se me da a mí que le es propio, pudiera dar lugar a una querella contra nosotros entre los habitantes de aquel pueblo, con quien no queremos estar a mal por nada del mundo. Sus venganzas tienen algo con aquella máxima de Maquiavelo: «Calumnia, calumnia, que algo queda». Sépase, pues, que no querremos nunca hacer la menor ofensa al pueblo en cuestión. Cuando tan bien trata a sus amigos, ¿qué hará con sus enemigos?
Montenegro fue el único que no se movió de su asiento ni dirigió siquiera sus miradas al torbellino que rodaba delante de él, lo cual le hizo ver a doña Isabel que Montenegro estaba aún más cambiado de lo que ella creía. Pero de pronto, una voz algo atiplada se hizo oír entre el rumor del baile y de la música, y una joven alta y de mirada desdeñosa y enfática penetró en la sala, rígidamente vestida a la moda de su tiempo, lo cual era ya una razón para que le pareciese a la anciana más detestable que las demás, aun sin tomar en cuenta su mirada de príncipe chino. La joven en cuestión era bastante linda; pero era su hermosura de esas a las cuales se prefiere mil veces una fisonomía simpática o una dulce voz. Sin embargo, era aquella la que había encantado al pobre Montenegro. Doña Isabel no se había engañado, y se sintió avergonzada por el hidalgo al ver que el noble amigo suyo, aquel excelente caballero de corazón honrado y delicadeza infinita, se había enamorado de aquélla que le parecía un mamarracho inflado, una muñeca de resorte, cuyos ojos eran de cristal y tinta de china. Montenegro estaba loco por aquella criatura, la menos capaz de tenerle lástima y de comprender, al través de las rarezas que había creado en él la miseria, sus excelentes cualidades.
En efecto, tan pronto llegó la joven, la fisonomía de Montenegro cambió de repente; doña Isabel le vio temblar, palidecer, tornarse rojo y después agitarse en su asiento como si tuviese hormiguilla, mientras la joven le miró, se sonrió de una manera clásica y pasó adelante; Montenegro, levantándose entonces como movido por un resorte, la siguió sin parar hasta que la joven tomó asiento casi al lado de doña Isabel, que involuntariamente retiró atrás su silla. Montenegro, puesto en pie delante de su ídolo y haciendo lo posible porque sus flacas piernas no temblasen a impulsos de la emoción que sentía, le dijo con aire humilde y modesto, que encerraba un mundo de sufrimientos:
-Julia..., Julia... ¿Quiere usted bailar conmigo este vals? Sólo éste.
-Sigue usted mal el compás -le contestó, riéndosele en sus barbas.
-Pero usted es maestra, y yo aprenderé a las primeras vueltas.
-Pero va usted a tropezar -volvió a responderle, próxima a lanzar una carcajada y mirando descaradamente para las suelas descosidas de las botas del hidalgo.
-¡Quizás!... -respondió éste, sintiendo que su rostro se cubría con el rubor de la vergüenza, y se retiró dos pasos-. Siquiera las otras jóvenes no le hablaban nunca de sus botas. Pero la muñeca de ojos de cristal y tinta de china, sonriéndose para él dulcemente y atrayéndole con la punta de la levita, añadió, como si se hubiese arrepentido de tanta crueldad:
-No vaya usted a ponerse compungido. Los hombres llorones son detestables. No sea usted soberbio; mañana le traeré a usted unos zapatos nuevos y bailaremos. Con esos es imposible.
-Es justo, muchacha. Tu abuelo era el zapatero del padre de Montenegro, y a fe que le daba mucho que hacer. En recuerdo de esto, tú debes calzar al hijo.
La joven volvió la cabeza al escuchar estas palabras dichas en voz alta y que habían llamado la atención de muchas personas. Doña Isabel era quien las había dicho; pero Montenegro, al oírlas, había desaparecido.
Gran eco causó este suceso en la sala. Los unos se alegraban mucho de que la nieta del zapatero, hoy hija de un rico comerciante de Lonja Cerrada, hubiese sido humillada en su orgullo; otros, a quienes apretaba el zapato hecho en la misma horma, llamaban en su auxilio todos los sentimientos de igualdad y de fraternidad que han sido predicados hasta el día, a fin de condenar el comportamiento de la anciana, que echaba en cara a una pobre niña haber tenido un ascendiente honrado, un hijo del trabajo, un maestro de obra prima que todo lo había ganado con el sudor de su frente. De lo cual se enorgullecía su nieta, aunque sin querer que le hablasen de ello, porque gustaba mucho de la modestia tan recomendable en las jóvenes doncellas. Estas dignas gentes, siempre hijas del trabajo, encontraban justo que la nieta de un hijo del trabajo insultase y echase en cara a un pobre hidalgo que traía los zapatos rotos; pero les pareció inicuo que la anciana recordase a la joven doncella aquello mismo de que se honraba, es decir, que era nieta de un hijo del trabajo que le había legado (todo con el sudor de su frente) mucho dinero y la vanagloria de poder vanagloriarse en secreto, por aquello de la modestia, de tan honesta y honrada progenie.
Pero doña Isabel escuchó impasible ciertas murmuraciones que en pro y en contra se levantaron en torno de ella, dispuesta a salir otra vez a la palestra si volvían a provocarla; pero aquellas buenas gentes que la conocían se libraron muy bien de ello, guardándoselo para mejor ocasión. Ella no se despidió, sin embargo, sin coger un violín que halló a mano (era una gran profesora) e improvisar una canción a estilo de su tiempo, cuya letra decía así: En el pícaro mundo que habitamos, ¡ay, sí!..., toditos quieren dar, ninguno recibir. ¡Ay, sí!... ¡Ay, sí!... ¡Qué necias son las gentes, qué necias, vive Dios, que quieren zurrar siempre y que las zurren no! ¡Ay, no!... ¡Ay, no!... Pero quieran, no quieran, danzan todos a un son, que el mundo así fue hecho; tranlarailón, tranlarailón.
Doña Isabel fue aplaudida como lo era siempre en tales casos; pero, a pesar de su triunfo, no pudo dormir en toda la noche, pensando en la desgracia de Montenegro y juzgándola casi irremediable.
Cuando don Braulio vino a verla al otro día se lo contó todo, con muestras de la mayor aflicción.
-Nuestro amigo, está perdido -le dijo por último-. ¿Qué le parece a usted? ¡Perdido por una mocosuela bailadora de vals, que le echa en cara que no tiene zapatos!... ¡Si yo fuese joven..., don Braulio! La verdad diré como si estuviese para morir: yo he sido siempre muy quisquillosa en materia de gustos, y quizá es por esto porque la figura de Montenegro no me choca ni pizca, a pesar de su barba dorada y de su arrogante apostura; pero si yo fuese hoy joven, repito, hubiera sido capaz de ofrecerle mi mano a fin de que diese un bofetón al mundo; mas no hay que pensar en eso; esa chiquilla le desprecia, y se acabó. Montenegro será capaz de morirse de pena.
Así habló doña Isabel; pero con gran asombro vio que don Braulio no se irritaba como ella, que permanecía impasible, ni más ni menos que si se tratase de la indigestión de algún caballerote de la villa; no pudo, pues, menos que exclamar un poco enojada:
-¿Y usted no dice nada? ¿Si querrá usted también abandonar al pobre Montenegro? No es cosa de chanza, no lo crea usted, debe estar enfermo el infeliz, y desesperado, pues cuando salió ayer de la tertulia llevaba el rostro desencajado y cadavérico.
Don Braulio se levantó al oír esto, y dijo sonriendo:
-Entonces es preciso que vayamos a su casa y que le salvemos. Ligerito, ligerito.
-¡Bendito sea Dios! Ya me parecía que no podría usted haber cambiado tan pronto; pero eso de salvaje es demasiado. Sólo siendo muy rico y viajando podría llegar a olvidar a esa mujer, que conozco le ha herido en la mitad del corazón.
-Pues será rico, y viajará, y olvidará a esa mujer, que tiene más humos que una duquesa y que parece un chorlito.
-¿Qué me dice usted? ¿Sus parientes consentirán acaso buenamente en devolverle aunque no sea más que parte de sus bienes?
-¡Qué, señora! Tanto valdría decirle a un gato hambriento que soltase buenamente el pez que hubiese robado; pero, en fin, señora, sépalo usted de una vez. ¡Don Braulio es otra vez rico! No tanto como lo ha sido, pero bastante para hacer felices a más de cuatro desdichados. Ya no dará banquetes, exceptuando uno...; pero sabrá repartir lo que Dios le ha dado.
Doña Isabel quedó al pronto muda de admiración; después bendijo a Dios porque empezaba a premiar en la tierra a aquel sencillo corazón, y, por último, le preguntó, sin temor a parecerle indiscreta, cómo había acontecido aquel milagro. Don Braulio le respondió:
-Hablaremos por el camino para no perder tiempo. ¡Quién sabe lo que estará sufriendo ese pobre caballero!
Doña Isabel cogió inmediatamente su gran paraguas, arregló su tupé y bajaron la pequeña y estrecha escalera; mas cuando iban a salir tropezaron con un sujeto de aspecto hinchado y cubierto con un gran sombrero de paja que, por sus dimensiones, tenía muchos puntos de contacto con el paraguas de la anciana. Fumaba un gran cigarro habano, escupía por el colmillo, y haciendo una gran reverencia a don Braulio, sin cuidarse de su grave y digna compañera, exclamó:
-Señor de too mi respeto, es necesarioo que hoy, si osté lo consiente y no le parese mal, fagamos las coentas, porque miñana por la miñana me facía coenta darme a la vela pral Ferrol. Es cousa liguera, porque todo viene perfectamente asentao.
Don Braulio quedó conforme con lo que el caiceño le propuso, y cuando aquél se hubo alejado, dijo a doña Isabel:
-Éste es el que acaba de traerme la fortuna por la puerta. Cierto sobrino mío, a quien antes de marchar para América había yo dado algunas cartas de recomendación y unos cuantos miles de reales para que al llegar a aquella tierra de Dios no se encontrase el pobrecillo pasto de negros, acaba de morir, soltero y sin familia, siendo yo su único pariente y heredero. La herencia asciende a millón y medio de reales, sin contar algún dinero puesto en los bancos. Con esto hay bastante para que Montenegro tenga un coche; lo tendrá, señora, y será rico. ¡Ahora mismo depositaré en sus manos una buena cantidad! Pero como nada querría aceptar, y como tampoco quiero que se vea obligado a agradecerme nada, preciso será que usted le intime la comisión diciéndole que éste es un legado particular que cierto usurero le ha de ado al morir, en compensación de una deuda antigua que tenía contraída con sus abuelos. Esto se le hará ver por medio de algún cartapacio, y todo quedará arreglado.
Loca de alegría doña Isabel al oír esto, ni siquiera notó que se había desencadenado un recio vendaval y que, malparados, los rizos de su tupé se agitaban, descompuestos, sobre su frente. Iban a pasar el puente en donde se formaban grandes remolinos, y como doña Isabel necesitase reunir todas sus fuerzas para sujetar el gran paraguas, que ya se inclinaba hacia un lado, ya hacia el otro, no pudo detenerse cuando una voz que hirió su oído le dijo:
-¿Qué dicen por ahí de mí?
-¿No es ése Montenegro? -preguntó a don Braulio.
-El mismo. Lleva un aspecto calenturiento y febril. Yo le sigo, en tanto usted le intima la comisión a su señora madre... Si logro cogerle, le diré que usted le está esperando. Ese pobre caballero me ha dado miedo. Debe estar muy enfermo.
Don Braulio se volvió en seguimiento de Montenegro, mientras doña Isabel, entre triste y contenta, marchaba en línea recta por medio del puente, llevando agarrado entre sus dos manos el gran paraguas, que hacía violentos esfuerzos por escapársele. Los pequeños pies y parte de las piernas bien torneadas de la anciana quedaron más de una vez en descubierto a impulsos de aquel viento fuerte que parecía conspirarse contra ella; pero antes que todo era sostener aquel estimado objeto que apartaba de continuo el sol, la lluvia y el rocío de su cabeza. Se hallaba en la parte más elevada del ruinoso y antiguo puente, cuando una ráfaga de viento más fuerte que las otras y mezclada de una lluvia fuerte, arrebatándole el gran paraguas de las manos, la dejó expuesta a la inclemencia de los desencadenados elementos. Ella lo vio hacer varias volteretas en el espacio, como si se hallase contento de su libertad, y después caer graciosamente sobre la rápida corriente del río, que lo arrebataba sin sumergirlo, parecía darle un adiós desde lejos, con su color encarnado, y decirle: «No me lloréis, señora mía; yo, al fin, tenía que sucumbir, y al menos éste es un fin digno de mí».
Doña Isabel se sintió en los primeros momentos tan abatida con aquel percance como el que de pronto siente que le falta la tierra bajo los pies. Además de encontrarse expuesta a que el temporal azotase, sin traba alguna, su venerable frente y su tupé, acababa de perder un fiel compañero. La desgracia era grande, y la furia con que la lluvia maltrataba su rostro, siempre tan bien resguardado hasta entonces, se lo hacía comprender demasiado a la anciana.
Pero como era fuerte de ánimo y de corazón y se resignaba comúnmente con la suerte que el cielo le deparaba, siguió, intrépida, su camino, diciendo para sí: «Dios lo remediará».
Mojada y llena de frío, llegó por fin a la pobre casucha que habitaban Montenegro y su madre. La puerta estaba entreabierta, y bien pronto divisó una figura humana echada en el suelo sobre unas pajas.
-¿Se puede entrar? -preguntó.
Una voz afligida y débil le dijo que pasase adelante, y doña Isabel penetró en aquella especie de caverna húmeda e insalubre. Una especie de rubor cubrió el rostro enjuto de la persona que se hallaba en aquel miserable lecho al ver a doña Isabel, y exclamó:
-Señora, éste es un sitio muy malo, en el cual no se puede entrar sin repugnancia... Creí que era otra persona... ¿Qué busca usted?
-Doña María -dijo la anciana, que aunque no trataba entonces con intimidad a la madre de Montenegro, la había tratado en tiempos mejores para ambas-, ¿no me conoce usted?
-¡Ah, sí! Ahora recuerdo; estoy casi ciega... Siéntese usted; pero no hay en dónde. Dios me lleve y vele por mi pobre hijo, que anda muy triste. Hoy lloró toda la noche, toda, y yo no sé la causa.
-Ánimo, doña María; todos pasamos y hemos pasado las nuestras. El mundo es así; pero Dios no abandona a sus criaturas. Yo le traigo a usted una buena nueva, muy buena.
La madre de Montenegro se incorporó en su lecho para oír, y doña Isabel le dijo entonces, con el talento que le era propio, cuanto don Braulio le había encargado; pero, a pesar del cuidado con que le dio la buena nueva, en poco estuvo que la enferma no perdiese, al oírla, el conocimiento. Doña Isabel la animó, le dejó un buen bolsillo debajo de la almohada, llamó a una vecina para que le hiciese inmediatamente un buen puchero, y se alejó, diciendo a la pobre madre que iba en busca de su hijo, después de haber permanecido con ella cerca de tres horas. En su interior empezaba a inquietarse por la tardanza del hidalgo.
Cuando llegó a su casa encontró en ella a don Braulio con una gran cesta delante, y a Florindo comiendo con toda la delicadeza de un gato bien educado un gran trozo de merluza fresca; pero se conocía, por lo erizado de su pelo, que Florindo gozaba de un placer que hacía mucho tiempo no había tenido.
Doña Isabel quedó agradablemente sorprendida, y comprendiendo, por el cesto, lo que pasaba, le dijo a don Braulio:
-No debía usted ocuparse tanto de mí, mí excelente amigo. Usted sabe muy bien que soy feliz con mi suerte, y que las privaciones de que me hallo rodeada se estrellan en vano contra una existencia cuyas necesidades se limitan a muy poco. Yo no le diré a usted, como nuestro pobre amigo, que rehuso por delicadeza sus beneficios; pero sí que paso bien con lo que tengo.
-¡Qué ha de pasar usted, señora! Cuarenta y un reales, una taza de manteca..., una gallina, no hablemos más de ello. ¡Ah, doña Isabel! Sólo por no atentar contra Dios puede pasar esto en tierra de cristianos. Yo aceptaría de usted, si fuese rica, lo que usted me diera; usted acepte de mí cuanto le ofrezca; es nuestro deber. Si usted rehúsa, me parecerá que es por soberbia, y no la conceptuaré digna de mi amistad. Pero ¿qué hay de Montenegro?Yo no le pude pillar; no sé por dónde se escurrió al volver de una esquina.¿Usted ha sido más afortunada?
-Tampoco le he visto, y me salí, inquieta, del lado de su pobre madre, en donde he permanecido en vano esperándole por el espacio de dos horas. La pobre señora está muy enferma, y gana usted el cielo favoreciéndola. Creyó sin recelo cuanto le dijo, y recibió el dinero sin el menor escrúpulo, aun cuando la alegría de verle en sus manos por poco le hace desfallecer. Pero ahora es preciso saber de nuestro pobre amigo, pues no dejé a su madre sino diciéndole que iba en busca suya. Dice que ha llorado toda la noche, y que está muy triste, lo cual sé yo demasiado.
En aquel momento, las pisadas de un caballo que marchaba al galope por debajo de la ventana llamó la atención de los dos ancianos, que se asomaron, lanzando al mismo tiempo un grito de sorpresa. Montenegro acababa de pasar montado en aquel caballo, cuyo rápido galope podría hacer creer que iba a desbocarse, sin que hubiese respondido a sus voces más que con una seña amistosa, que así podía significar adiós como hasta luego.
Los dos amigos se retiraron, atónitos, preguntándose a un mismo tiempo: ¿A dónde va? Volvieron a asomarse para verle mejor; pero se perdió a sus ojos entre el remolino de polvo que levantaba en su carrera.
-¡Desgraciado! -le gritó don Braulio involuntariamente, como si pudiese oírle-. ¡Pierdes treinta mil duros! ¡Vuelve y harás rabiar a ese chorlito que se ha burlado hoy de ti!
-¡Treinta mil duros! ¿Cede usted todo ese dinero a ese buen joven? Es demasiada bondad..., me asombra...
-Señora, no debe usted asombrarse. Soy muy viejo, no tengo herederos y siempre he profesado a ese hidalgo una afección casi paternal. Además, me queda doble capital, triple todavía. El pobre Montenegro debe ser feliz, no lo ha sido nunca, y únicamente ha sabido sostenerse en su indigencia siempre digno y honrado...; pero no hay que hablar ya de esto. ¡Oh!, quiera Dios que vuelva. ¡Qué placer sentiré al verle vestido como corresponde a su clase! ¿Qué dirán entonces esas bailadoras de vals, que ni siquiera le miraban? Voy otra vez a casa de su madre, a ver si puedo saber a dónde nuestro amigo se encamina. Ella no debe ignorarlo, Dios lo quiera.
Doña Isabel se dispuso a salir, y al ver don Braulio que no llevaba el paraguas, se lo recordó, haciéndole presente que el tiempo estaba muy malo.
-¡Ay, amigo mío! -dijo doña Isabel con alguna pesadumbre-. A mi paraguas le sucedió lo que a Periquillo Sarmiento, «que salió a pasear y se lo llevó el viento». Hoy lo ha arrebatado el vendaval de mis manos al atravesar el puente, y le he visto bogar sobre la corriente del río. ¿Qué hay que hacer? ¿Qué es eterno en la tierra?
Doña Isabel supo por la madre de Montenegro que aquél había llegado a casa tan pronto como doña Isabel saliera; que, enterado de la buena nueva, había estrechado muchas veces a su madre contra su corazón, sin pronunciar una palabra, y que después, cogiendo algunas monedas de oro, se despidió de la madre, diciendo que no estuviese con cuidado, que a la noche estaría de vuelta.
Doña Isabel quedó más tranquila, y por la noche apareció en la reunión para decir a todo el mundo que sus amigos eran ricos.
-Señora -exclamaron al verla-.¡Dos noches seguidas después de tanto tiempo de ausencia! ¿Cómo usted, que tanto se resfría, se ha atrevido a venir sin paraguas? (Todos sabían ya el lance que le ocurriera en el puente.)
-Más vale escatimarse que prodigarse, hijas mías. Y respecto al paraguas, el viento se encargará de daros cuenta de él, pues me lo ha arrebatado; pero como no nací en estos tiempos, en que todos padecen de escalofríos, «me gusta lo bueno; pero si no lo tengo, paso sin ello».
-Pero ha sido una gran desgracia, señora. ¡Usted, que no abandonaba nunca su paraguas, ni aun en las noches de luna! ¿En dónde se encontrará ese fiel compañero?
-Donde le haya llevado la suerte -replicó. Todo, señores, tiene fin en la tierra; y porque esto que digo mejor se entienda, si no lo saben, sepan que de los rotos viven los sastres. Y que si los paraguas fueran eternos, ¿quién tuviera el oficio de paragüero? La cosa es clara, y así, paraguas mío, en paz descansa.
Miles de aplausos llenaron la sala al oír estas seguidillas, no tan sólo por lo que querían decir, sino por el donaire con que la anciana las improvisó y las dijo, a pesar de la ronquera que le había producido la mojadura de la mañana.
Todo lo mejorcito de la ciudad se hallaba reunido en el salón, porque era domingo, y ya se decidían a no abandonar en toda la noche a doña Isabel, cuando un imprevisto suceso vino a sellar todas las voces.
Un nuevo personaje en quien nadie pensaba, y que traía zapatillas, gorro de dormir y un levitón que le llegaba hasta los pies, apareció de improviso en la sala, causando en todos una viva sensación, si bien diferente en cada uno.
¡Presentarse con aquel traje en una tertulia! Y era don Braulio el que así se atrevía a romper con la etiqueta, a deshonrar con sus babuchas y su gorro de dormir aquel salón en donde el buen tono, la modestia y el pudor tenían su morada, salvo, según la opinión de doña Isabel (y aun de Byron), cuando se bailaba el vals.
El amo de la casa, a quien don Braulio tenía en el número de los tacaños, frunció el entrecejo, y ya se levantaba, llevando delante su enorme panza, para decir algo al hombre imprudente, cuando don Braulio, dirigiéndose a las jóvenes más lindas, exclamó:
-Hace mucho tiempo, hermosas mujeres, reinas del universo, que yo no he podido obsequiaros; pero como tiempos van y tiempos vienen, la buena suerte, que se había cansado de mí, ha vuelto a visitarme, y yo quiero darle la bienvenida con una de mis antiguas costumbres. Desde que la fortuna de don Braulio dejó de existir, fue siempre noche en este pueblo; pero hoy vuelve a salir el sol de la villa. ¡Alegraos conmigo! Hermosas, ¿no entonáis en su honor alguna canción nueva como las cantabais en otros días?
-Sí, sí, don Braulio -respondieron algunas, indecisas-; pero entonces éramos más niñas... Además, entonces no se ponía usted ese gorro ni ese levitón, cuya circunstancia pudiera hacernos dormir en medio de la canción.
-¿A que no, si os remojo el paladar con unos bizcochillos mojados en suave licor, y si os regalo a cada una un ramo de flores, cuyo grato olor os despierte los sentidos?
El entrecejo del amo de la casa se había desarrugado, y como esto viesen de nuevo las contertulias, exclamaron con más ánimo:
-Veamos..., veamos... Pues qué, ¿don Braulio habrá encontrado de nuevo la servilleta encantada?