Ruinas (de Castro)

Part 3

Chapter 34,270 wordsPublic domain (Wikisource)

-Pues os engañáis grandemente, porque yo no hago más que pagarle así la cacería que hace en los ratones que se atrevían a mis vestidos, y la satisfacción que me causa el verle jugar con mis zapatillas y el hilo de mi calceta, mientras con mi mano, que él conoce, acaricio su pelo brillante y blanco como la piel de un cisne. ¡Oh mi hermoso gato! Él me extrañará y me buscará melancólico cuando yo haya muerto, mientras vosotras, queridas mías, diréis al son de ese vals que ha discurrido el diablo: «Descanse en la tumba doña Isabel, puesto que ya ha pasado el tiempo de los minuets».

-Señora, eso es juzgarnos con un poco de ligereza. Pero, en verdad, a la edad que usted cuenta, ¿no se cansa de vivir una pobre criatura racional que piensa y discurre? Tantos años pasados sobre una mujer, por más que esa mujer sea noble por los cuatro costados, deben hacerla vacilar sobre su cúspide de mármol diciéndole al oído: «Abajo el tupé, la manga corta y el zapatito de tacón; abajo Isabel (supongamos que la anciana se llama Isabel) con tu arrogancia y tu frente coronada de visos tricolor, que sólo Dios sabe cómo allí los sostienes todavía. ¿Tú no adviertes que bulle en torno tuyo una generación nueva, que detesta ese revuelto peinado, y que las tumbas se abren diariamente para el que ha corrido su mundo, puesto que los hombres no son eternos?». En verdad, señora, confiese usted que a su edad deben sentirse represivos deseos de reposar a la sombra de un sauce, y que la muerte hace cosquillas en el corazón de los ancianos rebeldes a la tumba.

-¡Perdónales, Señor, que no saben lo que dicen! Sin los ancianos, pobres criaturas, el mundo se hubiera parecido a una escuela de párvulos. ¡Vosotras sois las ramas; nosotros, el tronco que os sostiene! ¡Ved lo que es un pobre niño sin el amparo de sus padres! Y, por otra parte: Es más fuerte si es vieja, la verde encina, más bello el sol parece cuando declina. Y de esto infiere por qué ama uno la vida cuando se muere.

Ésta es una letrilla que enseña mucho, y ella os hará ver por qué los viejos no desean nunca la muerte, encontrándose, por el contrario, más apegados a la existencia. Cuando yo era joven no pensaba en otra cosa que no fuesen mis vestidos y mis joyas, era extremadamente susceptible y me daba tormento a mí misma por el más leve pelillo de amor propio, sin acordarme de la naturaleza, que Dios hizo tan bella, ni de admirar sus obras. Mas ahora, un solo rayo de sol que, entrando por mi ventana, llega a calentar mis pies, me encanta de una manera indecible, las gracias de un niño me admiran, me entretengo y alabo a Dios cuando contemplo las hojas de una flor y me río con las piruetas que hace mi gato al jugar con una bolita de papel que le echo a rodar por el suelo. Otras veces cojo mi viejo violín y, resbalando suavemente el arco sobre las cuerdas tirantes, hago resonar en ellas algunos aires de mi tiempo, pareciéndome así que soy joven todavía y que el mundo rejuvenece conmigo, para no envejecer jamás. Y en el invierno, cuando yo y Florindo, sentados junto al pequeño braserillo que me sirve de hogar, vemos cómo cuece la cena y humean las castañas en el puchero, mientras por fuera llueve a torrentes, ¡qué feliz soy y cómo bendigo a Dios porque me da un abrigo, un poco de fuego para alegrar mi pequeño cuarto y un lecho en donde descansar sin importunos ruidos y dueña absoluta de mi libertad! Os confieso que la vida me parece cada vez más hermosa, y que aun cuando tuviese que pasar infinitas privaciones, como me quedase mi gato, mi violín, mi independencia y un poquito de sol, viviría feliz sobre la tierra. ¡Qué la vida es larga, Dios mío! Más breve que un soplo, y aun cuando viviera diez veces más de lo que he vivido, sería todavía un soplo; lo que me prueba, y es lo único que me obliga a luchar conmigo misma para aceptar la muerte con resignación, que esta vida no es la verdadera vida para que fuimos criados.

De este modo solía explicarse doña Isabel, que era graciosa en el decir, que poseía el buen tacto de no zaherir directamente a nadie, aun cuando la zahiriesen; pero que, efecto de su franqueza y vivacidad natural, jamás dejaba sin doble respuesta a los que pretendían hacerla hablar.

Así, venía a servir en la sociedad de diversión y de entretenimiento. Se reían de ella y se solazaban al mismo tiempo con sus improvisaciones en verso y su amena conversación.

Una sola cosa acriminaban en la noble señora, y era que a donde iba tomaba chocolate cuando se lo ofrecían, aun cuando le hubiese ya tomado en otra parte, llegando hasta siete, muchas veces, los chocolates que se había sorbido en una sola tarde. Tal comportamiento solía acharcársele a glotonería; pero tan lejos de esto, doña Isabel ni era glotona ni golosa, pues su alimento cotidiano era tan parco y sencillo que apenas bastaría para mantener a un niño. Únicamente tenía la manía o no manía de creer que el chocolate no era alimento de ningún modo, y que para ella el tomarlo era una mera diversión, como la de chupar un caramelo o sorber un refresco.

Por eso, menos quisquillosa en esto que el joven Montenegro, no recelaba nunca aceptar aquella niñería que se le presentaba en un dedal grande y que apenas llenaría, sorbido de una vez, la boca de un aldeano.

Don Braulio presentaba, a la faz de aquel pueblecillo ilustradísimo en el arte de la murmuración y de la chismografía, un lado más flaco todavía que el chocolate de doña Isabel.

Como él, cuando era rico, recibía en su casa a todo el mundo, sin excluir las horas de comer, como acostumbraban los honrados vecinos de aquella especialísima villa, solía cuando le parecía oportuno, subir a casa de alguno de aquellos que fueron en otros días sus eternos convidados, y, sentándose a la mesa, tomar algo de lo que le parecía mejor, entre lo poquísimo bueno que se le presentaba, de grado o por fuerza. Pero aún no paraba ahí su osadía.

Las prodigalidades de don Braulio habían dejado un eterno y grato recuerdo, sobre todo en la memoria de los mendigos y de los que se complacen en vivir a cuenta del bolsillo ajeno.

Cuando el hombre pródigo festejaba sus días, su natalicio, la Natividad del Señor, la fiesta de la villa, etc., lo hacía con una esplendidez desconocida en los fastos de la historia, esplendidez que causaba escalofríos en los avaros y asombro en las gentes de costumbres comedidas, que por allí abundan.

Si las damas le pedían fiesta, don Braulio, inocente como un niño que arrojase perlas a un lago, derramaba su oro para complacerlas, y tras del banquete venía el baile y tras de aquel baile otro, exigiendo por única recompensa que, robando cada una media hora al tiempo que habían de dedicar a sus amantes, le rodeasen formando una rueda y cantasen en coro un vals o una canción de amor de aquéllas en que Cupido siempre salía a relucir con la venda y las flechas, ni más ni menos que si se tratase de Guillermo Tell.

Don Braulio quedaba muy contento con este obsequio, que las jóvenes le hacían de muy buena gana, mimándole como a un hombre excelente que de tal modo las complacía.

Pero no sólo las damas y caballeros participaban de tales beneficios, porque esto a don Braulio le hubiera parecido injusto y poco humanitario. Era preciso que el pueblo gozase, a su vez, la parte que debía tocarle en tales regocijos, y para el efecto llamaba a algunos gaiteros y tamborileros, ponía una o dos pipas de buen vino a las puertas ele su casa, raciones de carne bien guisada y hogazas de pan, y el pobre no tenía más que llegar, llenar el vientre, beber su taza de vino, y... ¡Viva don Braulio!, gritaba después. ¡Como él no ha nacido ni nacerá otro alguno tan bueno para el pobre!

Todo esto duraba hasta la medianoche, y al fin don Braulio, saliendo a su balcón, arrojaba sobre la muchedumbre dulces y dinero, como otro pudiera arrojar granos de arena.

-Don Braulio, usted se arruina por esas gentes, que se alegran de verse buenas y no se lo agradecen -solía decirle algún amigo caritativo para todos menos para sí mismo.

-No lo crea usted -le respondía don Braulio con alguna ironía, pues, a pesar de su excesiva bondad, no dejaba de conocer en dónde le apretaba el zapato-. Si alguien me arruinase a mí, no serían los pobres, sino los ricos. Lo que se gasta con el rico, es la parte de trigo que, en la parábola del Señor, siembra el labrador sobre un peñasco que no da fruto; pero lo que se da al pobre es la parte de grano que cae en buena tierra, no porque yo espere precisamente en este mundo la recompensa, sino en el otro. Además..., ¿cree usted que la vida del hombre es tan larga que pueda uno temer a la miseria? Yo casi he andado ya más de la mitad de la mía; el mundo se acaba presto y es preciso que pague al fin estos placeres con que ahora me regalo -y añadía en seguida, dirigiéndose al pueblo-: Alegraos, desgraciados; alegraos que para mí y para vosotros me ha dejado ganar Dios lo que poseo. Tened un día de contento en la vida, ya que siempre lloráis, sin hallar consuelo; alegraos y emborrachaos, que, aunque ése es un abominable vicio, yo espero que, por una sola vez al año, el Señor os perdonará.

-¡Es mucho hombre! -murmuraban entonces a su espalda todos los convidados-. En su bolsa mete la mano todo aquél a quien se le antoja llamarse desgraciado o amigo. Su prurito de hacer bien no es ya más que una manía, y aún podríamos añadir que estaba loco, si fuera de esto no razonase como el más juicioso; pero es de dudar que Dios le tome todo esto en cuenta cuando muera, pues, en resumen, no hay aquí más sino que el pobre ha nacido despilfarrado y cumple su misión.

-Ayudándole nosotros -añadía alguno a quien el buen vino del despilfarrado empezaba a calentar los cascos.

-Amigo -respondía otro, poco más o menos en el mismo estado que su compañero de mesa-, «locos lo dan y cuerdos lo reciben»; el refrán es ya muy viejo, y mientras más viejo, más verdadero, según mis cálculos. Y aunque suelen decir que en cuestiones de estrecha conciencia (muy estrecha debe ser, en efecto) tanto peca el pródigo como el que ayuda a malgastar los bienes del pródigo, a mí no me conviene creerlo, y no lo creo.

-Suspender el pensamiento es lo mejor -añadía un hacendado de primer orden que sólo creía en la sabiduría de los abogados y de san Agustín-. Todas esas son cuestiones puramente teológicas, y allá la Iglesia que las aclare. Nosotros, pobres ignorantes y legos en la materia, obrando como está en el uso y en las costumbres de nuestro país, tenemos bastante. Comamos, pues, ya que don Braulio nos convida; he aquí un pastel cuyo sólo olor resucita a los muertos.

Y aquellas gentes honradas, ¿quién se atrevería a asegurar lo contrario?, comían los manjares en que se iba derritiendo la fortuna del comerciante, sin el menor escrúpulo de conciencia, por aquello de que estaba en el uso «darlo locos y recibirlo cuerdos».

Pero es el caso que, acostumbrado don Braulio a aquel esplendor que le rodeó hasta el invierno de su vida, cuando después, en su indigencia, veía a algunos de sus antiguos amigos bien acomodados portarse de una manera mezquina en aquellos días que él se había complacido festejar, se entraba de rondón hasta la cocina, y tomando asiento al lado del hogar, mientras dirigía una oblicua mirada a las cazuelas y las ollas, echaba un sermón sobre las gentes tacañas y la tacañería, que ardía en un candil.

-¡Pse! -exclamaba-. Se conoce que la fortuna de don Braulio ha dejado ya de existir. Desde que él es pobre no se ha visto en esta maldita villa una fiesta como Dios manda. Don Fulano, bien podía usted en un día como el de hoy haber mandado hacer una ollita para esos pobres hambrientos que andan rondando en torno de la puerta. Peste sobre los avaros; en el mismo sepulcro han de ser perseguidos por los desharrapados que les piden pan. Don Fulano, quede usted con Dios. Hoy no me sentaré a la mesa de usted; no acostumbro contentarme en un convite con el ala de un pollo tísico. Muchas gracias y buen provecho.

-¡Insolente! -replicaba entonces, a espaldas de don Braulio, el amo de la casa-. A fe que debiera tener presente su situación, y no meterse a gobernar vidas ajenas. Gracias a Dios no hemos nacido todos con el fatal instinto del despilfarro que a él le anima; pero, de cualquier modo, no tengo por qué oír sus impertinencias, y de hoy en adelante le cierro las puertas de mi casa. En verdad que de los miles de veces que he comido en la suya, me he librado muy bien de hacerle ninguna objeción respecto de sus dispendios y locuras; comía, callaba, y adelante la procesión.

-¡Toma! -solía responderle su esposa-. ¿Y qué otra cosa te correspondía hacer cuando a ti nada te costaba darte un atracón de ricos bocados? Eso debe hacer toda persona prudente, y no entremeterse en donde nadie le llama a uno, como él hace ahora.

De este modo, la mayor parte de hacendados y personas respetables y de buen gobierno de la villa negaron la entrada en su casa al arruinado comerciante, quien, cuando los tropezaba, solía exclamar en tono recio:

-Mal me quieren mis comadres porque digo las verdades.

Y aunque, sin importársele un ardite semejantes desaires, proseguía filosofando, empezaba a comprender, sin arrepentirse por eso de lo pasado, que la mayor parte de los hombres eran ingratos y egoístas, y que por eso dice aquel refrán, que a él le había parecido siempre confuso: «haz bien sin mirar a quien», y «nunca por el bien que hagas esperes ser remunerado en la tierra».

Por eso, cada vez más alejado de aquellas gentes, de las cuales en otro tiempo había sido el ídolo, estrechó su amistad con la anciana y el hidalgo, diciendo para sí: «Nunca procures íntima amistad con los que sean menos que tú, ni con los que sean más que tú, porque los primeros te envidiarán y los segundos te tendrán siempre en menos. He aquí las cosas amargas que enseña la experiencia -añadía-. Cuando yo era rico no sabía nada de esto, y ojalá nunca hubiera llegado a saberlo. Me duele encontrarme a mal con la humanidad, de la cual formo parte».

Entre las tres ruinas, Montenegro era el menos satirizado por las gentes razonables, sin duda porque ni tomaba chocolate ni vasos de agua con azucarillo si alguna vez se lo traían, no lo tocaba, diciendo que no le gustaba el agua azucarada, y la señora de casa tenía con esto motivo de decir: «Ya no le servimos a usted azucarillo, puesto que le deja en la bandeja». Montenegro sabía con qué gente trataba; no se permitía la menor objeción sobre los asuntos de cada uno, y, sin embargo, era el que más sufría.

Mientras don Braulio y doña Isabel tenían suficiente valor y suficiente energía para no hacer caso de quien los despreciaba, Montenegro, con la susceptibilidad de su carácter, su noble corazón y su prurito de caballero, sin que nunca se realizasen sus ilusiones, y viendo cómo su madre moría en la miseria, una melancolía devoradora fue poco a poco invadiendo su espíritu, ocupado siempre en una idea fija. Sin hallar nunca término a sus estudios, venía a encontrarse, después de largo tiempo de una asiduidad exagerada en la lectura, con que nada sabía, y muchas veces concluyó por echar a los ratones la culpa de su ignorancia por haberle roído acaso la mejor parte de sus libros, pues ya iba dudando de su ingenio para poder adivinar lo que en ellos faltaba. Además, otra causa oculta, y sin duda aún más poderosa que su pleito, le preocupaba. Sus amigos lo notaron; pero en vano procuraron adivinarle. Era un misterio, un secreto que el hidalgo se reservaba. Sin embargo, como las mujeres tienen, por lo general, una mirada penetrante para sondear ciertas heridas del alma, doña Isabel notó que Montenegro se ocupaba más que nunca de su persona y de su traje, con el cual parecía andar en extremo mortificado.

Esto no hubiera debido parecerle muy extraño, cuando dicho traje iba siendo cada vez más viejo, cuando su sombrero tomaba el color dorado o más bien tornasol del ala de una mosca, que él procuraba en vano encubrir alisando la felpa con un paño mojado antes de salir a la calle; y cuando sus botas, riéndose descaradamente, como mujeres sin vergüenza, descubrían los rotos calcetines de lana blanca y los zurcidos que en ellos le hacía casi a tientas su anciana madre.

Doña Isabel, con sus ojos de lince, veía, no obstante, otra causa a través de esta multitud de causas que parecían suficientes para mortificar a un hidalgo como Montenegro; así, se decidió un día a abordar la cuestión, pese a exponerse a parecer importuna a su susceptible amigo; pero todo era menos en su concepto que verle morir de tristeza, sin saber fijamente la causa por que moría.

Montenegro llegaba a su lado muchas veces con los ojos hinchados como de haber llorado, aun cuando procuraba ocultarlo cuidadosamente; otras, sus dos amigos le veían andar errante por parajes solitarios y como hablando consigo mismo. Todo el mundo notó que Montenegro estaba cambiado; pero como su ropa era cada vez más haraposa, le tenían lástima desde lejos, y muchas veces permanecía en la reunión solo en un rincón de la sala, al cual nadie se acercaba, lo mismo que si allí hubiese un apestado.

En tanto, se aproximaba uno de esos inviernos tempestuosos y abundantes en lluvias que dejan recuerdo en aquellas comarcas, inundando los campos, desbordando los ríos y haciendo inhabitable la choza del pobre. El mes de octubre tocaba a su término, cubriendo el césped de los bosques con la hoja seca, que los enfermos y los ancianos, sentados en el umbral de la puerta o al pie de la ventana, mientras un rayo de sol calienta sus miembros ateridos, miran caer al son del viento, que las arrastra de remolino en remolino, como el presagio de su fin.

Para aprovecharse del último sol de otoño que acaso debían ver brillar en la tierra, doña Isabel y don Braulio solían pasear algunas veces por un bosque cercano a la ciudad, y aun cuando, como hemos dicho, tenían alegre humor, no dejaban de reflexionar algunas veces sobre su vida pasada, que ya no era para ellos más que un recuerdo vano, y sobre su porvenir, cuya perspectiva era una tumba abierta bajo sus pies.

-Todos los que hemos visto niños son ya hombres -decía doña Isabel-. Los árboles que en los días de mi juventud daban ricos frutos, hoy ya están secos; la casa en donde nací ha cambiado, porque una nueva familia ha introducido y mezclado en ella nuevos usos con los usos viejos; de manera, don Braulio, que en la edad que contamos ya no venimos a ser otra cosa en este mundo que dos piedras desprendidas de un edificio arruinado; pero, así y todo, yo vivo todavía contenta, y por más que lo pretendo no puedo hallar agradable la muerte, sino que la detesto cada vez más, siendo la única cosa que aborrezco de cuanto Dios ha hecho en todo el universo.

-Pues yo, señora, ¿qué le diré a usted? Encuentro la muerte justa y natural, y me resigno a ella con el íntimo convencimiento de que para morir he nacido. Si bien no me pesaría, lo confieso, quedarme por acá hasta el fin del mundo, siquiera fuese para alegrar la vida de algunos pobres con buenos vestidos, buenas comidas y mejores vinos. Días hay que empiezan a parecerme largos, y otros que pasan demasiado aprisa, como si no quisieran que un pobre viejo gozase de ellos plenamente. No tengo a nadie en el mundo a quien pueda interesar mi vida; mis antiguos conocidos se han vuelto cada vez más tacaños, y no ve uno a su paso más que penalidades, que ya no les es dado remediar. De modo, señora, que reconozco, como usted dice, que no somos más que unas pobres ruinas... Y, sin embargo..., ¿no ve usted ese sol? Y así, hablando como buenos amigos, ¿no se van pasando las horas muy agradablemente? En realidad, no debiera uno ni morir ni envejecer; pero he ahí el pobre Montenegro que es joven todavía, que aún puede esperar algo del porvenir, y que, sin embargo, ha dado en la manía de ponerse triste.

-Ciertamente -repuso doña Isabel-, y lo que más me aflige es no poder consolarle. Si yo pudiera adivinar...

-Nada, señora; adivinado está. Montenegro es pobre, y, además, no ha sido nunca rico. ¡Que yo no hubiera conocido su miseria antes de haberme arruinado!...

-Sería en vano; él no quiere más que lo suyo. No admite nada de nadie, aunque con nosotros hace una excepción. Pero no crea usted que la única causa de su tristeza es la pobreza; las mujeres entendemos más que ustedes de estas cosas; sólo el amor es capaz de hacer decaer el ánimo de un hombre como Montenegro.

-Quizás tenga usted razón. ¡Y no haber caído antes en ello! Pues que se case, que es el remedio infalible para curar un amor violento. Por eso yo, que encontraba muy hermosa esa enfermedad, he querido permanecer siempre enfermo.

-¡Que se case! ¿Puede hacerlo un hombre en la situación de Montenegro?

-¡Válgate Dios! ¡En todo tiene usted más previsión que yo!... Que no se case entonces señora, y que se deje arrastrar por los instintos..., pero en resumen, yo me trabuco un poco cuando trato de dar consejos. Usted, que tiene más talento que yo, decidirá...

-¡Decidir!... Montenegro no es más que un amigo que me estima y a quien estimo infinito; pero que me guarda su secreto. No obstante, no por curiosidad, Dios bien lo sabe, sino para si puedo remediar su mal, pienso observarle detenidamente, y desde hoy iré a la reunión todas las noches... Me parece que conozco a la delincuente...

Su conversación fue interrumpida con la presencia de Montenegro, que, con el rostro encendido y con cierto brillo extraño en la mirada, se adelantaba hacia ellos por entre los árboles del bosque. Los dos ancianos se admiraron de su aspecto y le preguntaron, inquietos, si estaba enfermo.

-¡Oh! Nada de eso -contestó con una animación particular-. Únicamente he pasado hoy siete horas seguidas leyendo y se me ha cargado un poco la cabeza. Pero se hace indispensable, al fin, que esto termine de una vez; tengo otros dos libros más, y es preciso que los devore en pocos días, y que cada palabra quede impresa en mi cerebro como lo está en el papel. Mis deudores sucumbirán, no hay remedio; pero ¡no será sin que les deje pan para comer! Antes pensaba de otro modo; mas ahora voy creyendo que sería demasiada expiación hacer que esos usurpadores de mi hacienda tuviesen que ver a su anciana madre morirse de hambre y trabajar como una criada. ¡No podré ser tan cruel!

Don Braulio y doña Isabel, al oír esto, se miraron con cierta extrañeza, porque jamás su amigo les había hablado con el acento que entonces lo hacía. Doña Isabel no se atrevió, sin embargo, a decirle la menor palabra; pero el comerciante no pudo menos de exclamar con la franqueza un tanto brusca que le era propia:

-Señor de Montenegro, se me antoja creer que se explica usted hoy de una manera poco acostumbrada. ¿Le habrá a usted acontecido alguna cosa? Esos pedantes de parientes que le han dado a usted la mala suerte, ¿le habrán ofendido?

-¿Ellos? -respondió al punto Montenegro en el mismo tono exaltado-. Saben que soy de su sangre, que nací noble y que a la menor palabra hubiera ido a buscar la espada de mi padre que en donde quiera ha derribado el brazo enemigo. No, no es nada: no me ha sucedido nada. Mi madre, ¡la pobrecilla!, se ha mojado mucho al querer vadear un riachuelo, adonde, por distraerse, había ido a lavar unos pañuelejos sólo por distraerse. Ahora la ataca la reúma y está constipada; pero no será nada, porque mi señora y querida madre ha nacido fuerte, ¡la pobrecilla!, y resiste, eso sí; resiste a la fatiga como si tuviese quince años; yo lo sé bien. Por lo demás, mis queridos amigos, un gran pensamiento llena de continuo mi cabeza: derribar a mis usurpadores. Esto ya lo saben ustedes, y todo el misterio no se reduce a otra cosa, como no se trate de cierto secreto que guardo en mi corazón.

-¿Un secreto? -dijo doña Isabel, sin poder contenerse-. Lo respeto; pero siento no estar al alcance de él.

-Quizás pasada esta noche pueda revelarles a ustedes algo...; pero, por ahora, no hablemos más de esto.