Part 1
No voy a hablar de las ruinas de Roma, que no he visto, y que quisiera ver, ni de las de Pompeya, o Herculano, con que he soñado muchas veces, vengándose así mi imaginación de la mala suerte, que no me ha permitido contemplarlas realmente.
Pero aunque así no fuera, ¿qué iría yo a decir sobre esos antiguos y majestuosos restos, después que nos los han descrito con el lenguaje de la más bella poesía tantos genios ilustres?
También existen ruinas vivientes, que arrastran en pos de sí un mundo de gloriosos y tristes recuerdos y que aparecen tan aisladas en medio de los hombres nuevos como si bogasen sobre las olas misteriosas de mares desconocidos o habitasen en medio de los yermos de la Tebaida.
Respirando una atmósfera propia que parece rodearles, como una muralla impenetrable a los ojos profanos, habitan un mundo ignorado de todos, y mientras las modernas gentes se ríen de su apariencia carcomida y haraposa, y de aquellos usos ya perdidos que ellas guardan cuidadosamente como un precioso tesoro; mientras las personas sensatas y cuerdas murmuran, sin duda con intención moralizadora, de las rarezas y excentricidades de esos entes que viene a mezclarse entre ellas como una tela sucia entre sus ropas domingueras, esas pobres ruinas vivientes siguen impertubables su marcha por el derrotero de la vida, dejando, aun después que se han extinguido, un eterno recuerdo que, si bien hace asomar comúnmente una sonrisa a los labios, conserva en el fondo algo que conmueve dolorosamente el corazón. Yo voy a hablar de alguna de estas ruinas.
En cierta pequeña, pero hermosísima villa, en la cual desde tiempos antidiluvianos la gentes es de genio; en aquella villa, en donde el que allí vegeta es siempre bautizado con la sangre de su propio martirio, y cuya raza primitiva, a juzgar por su característica y singular audacia, que no hubiera desdeñado para alguno de sus golpes de mano el mismo Napoleón Bonaparte, debe ser diferente, a no dudarlo, del resto de la provincia, allí existían a principios de este siglo varias ruinas vivientes que vagaban por entre aquella atmósfera densa y caliginosa, como astros errantes y perdidos lejos de su órbita.
La primera de estas ruinas era una anciana y solterona señora, rama caída de una casa ilustre a quien las adversidades y la mudanza de los tiempos habían dejado únicamente el recuerdo de sus glorias, sus piedras de armas y las pocas fanegas de tierra que pueden constituir apenas un vínculo mezquino.
Percibía la noble dama por los alimentos que la correspondían cuarenta y un reales al mes, una taza de manteca al año, una gallina y un ferrado de lentejas. Ella hubiera podido vivir cómodamente al lado de su hermano mayor, heredero principal, que tenía un buen sueldo por el Ejército, y que le ofrecía con una bondad y cariño paternales un lugar preferente en su casa. Pero la noble señora profesaba ciertas ideas de independencia individual que nadie hubiera podido modificar, y que, en honor de la verdad, conceptuaba amenazadas al lado de una cuñada y varios sobrinos, por lo cual rehusó heroicamente, aunque cariñosa y agradecida, la hospitalidad con que se le brindaba, prefiriendo su taza de manteca, su gallina, sus cuarenta y un reales al mes y su ferrado de lentejas.
De este modo, sola y a sus anchas, vivía en amable concordia con un enorme gato verdaderamente aristocrático, gordo, inteligente, pulido, de pelo brillante, de grandes ojazos amarillos, de larga cola y que se llamaba Florindo.
Gato alguno se ha visto jamás bautizado con un nombre más armonioso; pero el buen Florindo merecía ser de este modo distinguido, porque, según cuentan las crónicas, era una verdadera maravilla en su especie; era todo lo que se dice un gracioso gato que quería mucho a su dueña, y hasta le hacía mimos cuando aquélla le daba chulas, o sea, huevo frito, a lo que era muy aficionado, aun cuando, a decir verdad, le agradaba más una sardina fresca y sin otro adobo que el que había traído del mar. No era, pues, de extrañar que la noble dama prefiriese aquel amigo fiel a toda otra compañía.
De la amistad íntima con las criaturas de nuestra especie, suele comúnmente sacarse lágrimas y pesares, y todo lo peor que podía acontecerle a la buena señora con el compañero que había elegido era recibir algunos arañazos, que solía curar con bálsamo reservado y cuidado en un tiesto para el efecto, aun cuando pocas veces tenía que recurrir a él, pues Florindo era el gato más leal, más amable y bien educado del mundo.
Como estuviese bien harto, era todo lo que se dice un moro de paz, dispuesto siempre a cazar moscas y ratones, a hacer cabriolas y a jugar y volver una maraña el ovillo de la calceta de su dueña, y esta noble anciana, encantada de tantas maravillas, ¡sábelo Dios!, muchas veces pasaba sin comer por darle al animalito.
La segunda ruina era un comerciante que, poderoso en otros días, había ido descendiendo rápidamente a la miseria por sus incesantes prodigalidades, y que, mantenido de limosna por un antiguo criado suyo, vivía a la sazón en una especie de ratonera abuhardillada, en donde solía pasar las horas filosofando tranquilamente, como si se hallase todavía en sus salones cubiertos de alfombra y de espejos de Venecia.
El pobre hombre, miserable hasta el último extremo, soñaba todavía con derrochar grandes tesoros, a la manera que el avaro sueña con encerrarlos bajo cien llaves; se imaginaba que sus arcas estaban llenas, y que el pueblo apiñado en torno de su puerta recogía henchido de alegría las monedas y las golosinas que él les arrojaba desde las altas galerías de su hermoso palacio.
En los primeros días de su miseria, cuando despojado de todo, él, que había poseído una inmensa fortuna, se vio precisado a aceptar la hospitalidad que le había ofrecido su criado, no pudiendo persuadirse de que las riquezas le habían cerrado su mina inagotable, cuando veía que algún pobre se acercaba a pedir, que el niño del labrador no tenía cuartos para llevar a la romería, o que la lavandera traía la cofia rota, sin acordarse de que el oro que tenía delante ya no era suyo, echaba la mano sin recelo y repartía lo que le parecía oportuno para remediar los males del prójimo.
El criado pudo notar bien pronto que sus caudales disminuían, y no tardó en conocer la causa; así, acercándose un día al que había sido su amo, le dijo con el mayor respeto, salvo el enojo involuntario que hinchaba sus narices:
-Señor, yo bien quisiera poder poner a su disposición todas las riquezas de cierto hombre de la antigüedad, que según cuentan se llamaba Queso y era el más poderoso que se ha conocido; mas empiezo mi vida todavía, todo lo he ganado y lo gano a costa de mi sudor, y por eso le tomo a cuanto poseo un cariño paternal. Sí, señor; quiero al último clavo que hay en mi casa, y me duele desperdiciarlo, cuando pienso que sólo a costa de mi trabajo lo he comprado y he podido poner una llave a mi puerta para guardarlo y decir sin miedo: «Clavo, eres mío». Así, señor, usted sabe muy bien que mi fortuna tuvo principio a su lado.
-¡Y tanto que lo sé!
-Y que, por lo mismo, me creo en el deber de poner cuanto tengo a su disposición.
-Es justo.
-Pero entendámonos. Usted no es el vecino, ni la lavandera, ni el hijo del carretero, que quiere rosquillas, cuando puede llenar el vientre con borona y cerezas.
-Y si se los dan con pichones, pasteles y confites, como el más pintado, porque tiene boca y paladar como los demás y un magnífico apetito que muchos envidiarían. Pero ¿a dónde vas a parar con lo de Queso, el clavo y el hijo del carretero?
-Voy a parar, señor, y usted me perdonará tanta franqueza, a que si el hijo del carretero quiere pasteles y rosquillas, que las coma en buen hora hasta reventar, pero no con mi dinero.
-¡¡¡Ah!!! ¡Como que me había olvidado de que era tu dinero! Te advertiré, pues, que si no quieres que el hijo del carretero coma confites, eches la llave a tu dinero, porque si así no lo haces, en verdad te digo que me olvidaré de que es tuyo. ¡Y he aquí cómo te vas haciendo avaro! ¿No sabes, Juan, que has de morir? Y entonces, ¿te llevarás tu fortuna dentro de la mortaja? No, tonto, que se lo comerán tus herederos a hurtadillas como el gato come lo que ha robado, y llamarán después a sus perros para que aprovechen las migajitas por temor a que el pobre que muere de hambre a su puerta pueda llevarse alguna.
El criado, que no pensaba del mismo modo que el que fuera su amo, echó desde aquel día la llave a sus cajones, mientras don Braulio, resignado con su suerte, perseguía aconsejando a todo el mundo que se apresurasen a quitar el dinero de las gavetas y a emplearlo tan generosamente como él lo había empleado, pues en esto consistía el verdadero placer del hombre y la verdadera filosofía.
-¿Para andar mendigando como usted anda ahora? -le respondían.
-Y no me arrepiento -contestaba sereno e impasible-. ¿Querrías, acaso, que me dejase sorprender por la muerte en medio de las riquezas? Sería ciertamente un chasco del diablo. Nada de eso. Es preciso aprovecharse de los buenos días que Dios nos da, y gozar plenamente de las riquezas en el vigor de la juventud, cuando el corazón es susceptible de todas las acciones generosas y de las emociones más vehementes que produce el hacer bien. Repartir entonces lo que tenemos con los que nada tienen, dar de beber al sediento, dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, hacer pasar, en fin, algunos momentos de felicidad a los desgraciados que arrastran una vida de privaciones y tormentos; he aquí la gran misión del rico en sus buenos días, cuando el cuerpo, lleno de salud y de vigor, y ardoroso el espíritu, no desconfía nunca ni de Dios ni del porvenir. Yo creo haber hecho todo esto con tiempo y oportunidad. Y espero tranquilo y resignado la muerte. Y tú, avaro, que escondes tus tesoros en las entrañas de la tierra -gritaba entonces con voz estentórea-, ¿tú aguardas la muerte con la misma serenidad que yo? ¡Qué has de aguardar! La temes como a un ladrón que te lo ha de arrebatar todo, hasta el pellejo. ¡Viva, pues, Braulio, que ha gastado cuanto tenía entre sus hermanos, y que no teme a la tumba, a semejanza de los pícaros, que todo lo han ambicionado para sí! Dios es su juez, y Dios le salvará.
-Sí, «fíate de Dios y no corras» -le respondían con socarronería-. Si no fuera por su antiguo criado, se parecería usted al que, habiéndose tumbado al raso, esperando en que la providencia, que mantiene a los pájaros, le mantendría a él, sintió después de largas horas de confianza que una paloma se la había ensuciado en la boca.
-¡Pobrecillos aquellos que no tienen fe! -replicaba don Braulio-. La providencia no cuida de los holgazanes, pero vela de continuo sobre el que alza su corazón a Dios, esperando ser salvo. Sabed que si mi criado no fuera mi criado, que cumple con un deber de conciencia tendiendo ahora la mano a quien en otro tiempo se la ha tendido, no me hubieran negado un pedazo de pan en cada puerta, así como yo no lo he negado a los que se han acercado a la mía. Dios es siempre justo.
Tal era don Braulio, noble ruina que había gastado su inmensa fortuna con aquel pueblo miserable que ahora se reía de su miseria, pues si bien es infalible que Dios es infinitamente misericordioso, no puede negarse que el hombre es el ser más ingrato de todos los seres.
La tercera ruina era un joven alto, delgado, rubio como el oro, de nariz acaballada como el hidalgo de la Mancha, de cabellera blonda y de barba luenga y rizada a lo antiguo trovador. Pudiera decirse un caballero del siglo XVII, arrancado de su tumba. Habitaba con su madre, ya anciana, una miserable barraca a orillas del río, y descendía en línea recta de una de las principales familias de aquellos contornos. Se murmuraba muy recio que le había sido injustamente arrebatada la fortuna que debía heredar de su padre, y mientras vivía sumido en la indigencia, al lado de su anciana madre, veía levantarse a lo lejos, hermosa y risueña, entre los bosques y las praderas que la circundan, la casa de sus antepasados, que habitaban sus infames usurpadores cuanto ricos, vanos, torpes y llenos de un necio orgullo, que hacía mirasen a su pobre pariente por encima del hombro cuando pasaban a su lado.
Gordos, relumbrantes y pausados, como gente que se nutre bien, sin cuidarse del hambriento y sin pensar jamás que se habían de morir como el último insecto, cuando veían al que habían despojado sin conciencia, no dejaban nunca de murmurar, aunque con disimulo, por temor a cierta espada enmohecida que el hidalgo sacaba a relucir muchas veces.
-Este pobre mozo debía vestir un traje más adecuado a su persona, pues así tiene toda la forma de un murciélago hambriento, a quien el sol sorprende fuera de su agujero.
Mientras el otro decía para sus adentros, acariciando el flojo y hundido vientre:
«¡Así! Miradme de reojo, pícaros ladrones de mi hacienda, que yo espero que me las habéis de pagar y que llegaréis a saber lo que es la indigencia como yo lo sé ahora. Estoy estudiando leyes, sí; no hay que reírse, pues mi inteligencia no crecería más con haber penetrado, como muchos otros, en la gran universidad compostelana. Infinitos conozco que han oído allí en vano, por largos años, pomposos discursos, saliendo tan torpes al fin de su carrera literaria como si jamás hubiese llegado hasta ellos una sola palabra de ciencia. Yo estudio en mi casa porque la miseria en que me tenéis sumido no me permite, como al hijo del último tendero bien acomodado, penetrar en el templo de Minerva. ¡El lance hubiera parecido inverosímil a mis ilustres antepasados! Pero esto no es capaz de desalentar un espíritu fuerte. Yo sólo aprenderé lo bastante, mucho más acaso de lo que vosotros desearíais, y el día que me halle convenientemente instruido, os juro que os ajustaré las cuentas como se las ajustan a un criado ingrato y ladrón. Empezaré por dirigirme a la ciudad de Santiago, en busca de gente que, exenta de preocupaciones, pueda entender en toda su extensión lo que pretendo decirle en buenos términos judiciales, y si allí nada consiguiese, que no es factible, sin dilación pasaré a La Coruña y de La Coruña a Madrid, en donde, definitivamente, todo quedará zanjado, haciendo que me devolváis, hasta la última piedra, cuanto de derecho me pertenece».
Este joven y rubio hidalgo, que tan fácil encontraba, siendo un pobre, recuperar una herencia usurpada, se llamaba Montenegro, nombre el más adecuado al color de su suerte, aunque, por fortuna suya, como entonces aún no era moda tener esplín, por más que su situación fuese triste y precaria hasta el último extremo, no solía darse demasiado a la melancolía.
Estudiaba largas horas, con una asiduidad que rayaba en locura, en unos libros de derecho que se había proporcionado con gran trabajo, y aunque algunos de ellos estaban roídos en parte por los ratones, él no se cuidaba demasiado de esta circunstancia (que hubiera causado aprensión a un ser más vulgar), aunque la deplorase, pues tenía tal fe en sí mismo sobre este punto, que contaba con adivinar lo que faltaba luego que supiese el resto.
El tiempo sobrante, que no era mucho, después de dedicarse a su tarea cotidiana, lo empleaba en pasear por las calles y alrededores del pueblo y en visitar a las damas que eran más de su agrado.
Siempre acariciando con su mano transparente y descarnada los rizos de su barba rubia: erguido como un príncipe en una ceremonia de corte, con las botas agrietadas, como escarcha que empieza a derretirse al sol, pero tan limpias y charoladas como si acabasen de salir de manos del zapatero; jugando con la caña del bastón, semejante a esos pollos que desean ardientemente hacer comprender a todo el mundo que han perdido la vergüenza cuando el rubor los vende a cada paso, tal andaba Montenegro por las bonitas calles de su pueblo natal, mirando ya para su sombra proyectada en la pared, ya para las niñas más hermosas hacia las cuales sonreía con tanta satisfacción por lo menos como para los rizos de su barba sin par en la villa y quizás..., quizás en toda España, porque el origen de aquella barba no podía ser completamente español.
El efecto que su presencia causaba en las jóvenes con todo aquel aparato de dorado, tieso y transparente, puede suponerlo el lector. Montenegro era para ellas la figura más cómica y risible del universo. Pero no podían nunca desecharle formalmente ni enfadarse con él, porque, pese a su estiradísima, flaca y rubia figura, no era nunca importuno ni pedía más de lo que buenamente querían darle. Y si alguna vez se atrevía a propasarse en algo de su acostumbrado comedimiento, era de una manera tan delicada y modesta, que las jóvenes se veían precisadas a condescender con él y estimarle, aun cuando no pudiesen hacer lo mismo con sus encorvadas narices y su pobre traje raído.
A pesar de esto, se dirigía siempre a las más hermosas y gallardas cuando quería bailar, aunque acontecía que las gallardas y hermosas no gustaban de su amable persona para esos lances, aduciendo como disculpa, con la franqueza que presta la confianza, que no seguía bien el compás.
Él comprendía muy bien que no era en el compás donde se encontraba el mal, sino en su pobreza y mal atavío; pero lejos de enojarse por esto, al acabar de recibir tales desaires que ellas procuraban endulzar con una sonrisa o un apretón de manos, echaba una filosófica mirada sobre su traje y decía para su coleto:
«Las entiendo, ¡picaronas!, y tienen razón, en parte, las pobrecillas; pero cuando ande elegante, cómo les encantará mi dorada barba y cuánto danzaré con ellas».
Porque es de advertir que Montenegro se ocupaba mucho de su persona y se esforzaba en creerse buen mozo, sin que por esto fuese vano, pues quería consolarse de su desgracia con las mujeres culpando a su malhadada fortuna y malísimo atavío, en lo cual no le faltaba razón, pues aparte de sus narices y su extremada delgadez tenía toda la apostura y bizarría de un elegante caballero. Si se ocupaba tanto de sí era precisamente porque quería ocultarse a sí mismo la apariencia miserable que tanto contrariaba sus instintos de lujo y de gran señor para que había nacido, pues, a poseer los bienes que le habían sido usurpados, Montenegro no hubiera pensado jamás, a buen seguro, ni en su levita, ni en sus botas, con las que tanto cuidado tenía.
De este modo se iba deslizando en la miseria la existencia del pobre hidalgo, mientras su infeliz madre tenía que hilar o hacer calcetas para mantenerlo y hacía las labores de una criada yendo a la fuente, al río, e ingeniándose de manera que ni ella ni su primogénito pudiesen morirse de hambre.
Montenegro, que tenía el mejor corazón del mundo y que amaba a su madre entrañablemente, sentía la mala y trabajosa vida a que su suerte la tenía reducida; pero nadie había podido obligarle, a pesar de esto, a que escribiese en una oficina o se hiciese pasante de procurador.
-¡Nunca! -exclamaba con aire digno-. Cada uno ha nacido para lo que ha nacido, y aun cuando para mí todos los hombres son iguales, no soy del mismo parecer respecto de su posición social, y como no encuentro propio de un noble primogénito ser escribiente, no lo seré jamás.
Su anciana madre, aunque imbuida también en aquellas ideas de hidalguía, solía oponerle alguna vez que, no tratándose de una cosa degradante o deshonrosa, todo era menos que dejarse morir en la indigencia, lo cual hasta podía llegar a ser un pecado delante de Dios. Mas él, irguiéndose tan alto como podía, y revistiéndose de toda la dignidad que le era propia, decía entonces:
-¡Madre! ¡Imposible me hubiera parecido en otro tiempo que usted llegara a aconsejarme tal cosa! ¡Es una obcecación, madre! ¿En verdad querría usted que por un mezquino sueldo se dijese mañana, cuando me vean pasear en mi carretela: «Ese noble caballero ha sido un escribiente»? Lejos de mí esa mala tentación. Suframos, madre mía, ya que hemos sufrido hasta aquí; pasemos en silencio nuestras miserias, que el tiempo de la justicia se acerca, y entonces podrá usted vivir descansada y morir tranquila.
Después de decir esto, con lo que dejaba convencida y resignaba a la pobre anciana, Montenegro se retiraba a un pequeño huerto de la casa para ocultar las lágrimas próximas a caer de sus ojos y bañar a torrentes aquella dorada barba, nacida para ser empapada, no en llanto, sino en aguas perfumadas.
-¡Pobre madre! ¡Pobre madre mía! -murmuraba entre sollozos-. ¡Qué vida tan trabajosa arrastra la infeliz y qué miserables e indiferentes pasa los días de su vejez! Al verla agobiada por tantos males, casi siento partírseme de dolor el corazón. Pero cuando yo sea rico, ¡Dios mío!, ¿qué no buscaré para darla? Tendrá litera, coches, lacayos, pisará alfombras, y su habitación estará forrada de terciopelo y oro como la de una reina. Pero en tanto, ¿a qué sollozar de este modo y amilanarse como una mujer? Lágrimas no son diamantes, ni la pena es dinero. Valor, y vamos a ensayar nuestras fuerzas, que es lo que importa.
Diciendo esto, procuraba borrar los últimos vestigios del dolor que le había mortificado. Peinaba aquella luenga y rizada barba, que era su mayor gala, y vestido de negro, sin llevar una sola mancha sobre su ropa raída, después de haber comido como el último de los miserables algunas coles mal cocidas o patatas condimentadas con agua y sal, se encaminaba con la mayor dignidad a casa del mejor abogado del pueblo con el objeto de discutir con él sobre sus derechos a los bienes que le habían usurpado y juzgar, al mismo tiempo, de sus propios adelantos en las leyes.
Preciso será advertir que, a pesar de sus preocupaciones y manías, tenía muy buen sentido y aun inteligencia y capacidad. Así, al poco tiempo de haber empezado sus eternas discusiones, conocía demasiado lo distante que se hallaba todavía del punto adonde pretendía llegar. Pero esto no era bastante a desanimarle en el propósito que se había formado, esperándolo todo de su constancia en el estudio y de sus indisputables derechos a los usurpados bienes. En vano el jurisconsulto procuraba, por medio de argumentos incontrastables, disuadirle de su loco proyecto, aconsejándole abandonase unos estudios que de nada podían servirle como no fuese para trastornarle la cabeza, y haciéndole ver que, aun en el caso de que, como creía, toda la razón estuviese de su parte, era inútil luchar con una familia poderosa que haría durar el pleito más que la vida del legítimo poseedor.
Montenegro proseguía siempre en su tema, aun cuando, conociendo la importunidad de proseguir hablando del asunto con quien de tal modo le contrariaba, se despedía urbanamente, porque jamás faltaba a las conveniencias con nadie, y más imbuido que nunca en sus locas ideas se iba a dar un buen atracón de derecho civil.
Fácil será comprender que no había quien no se riese descaradamente de aquella manía del buen Montenegro, que, solo y pobre, quería luchar contra la riqueza y el poder; pero, a pesar de esto, era recibido en casa de las principales familias del pueblo, que no ignoraban que corría sangre noble por sus venas. Él era, por otra parte, uno de esos pobres cuyo orgullo y dignidad, acaso excesiva, les impide molestar a nadie con el relato lastimoso de sus miserias.
Tampoco hablaba de su pleito si no se le provocaba a ello, descubriéndose en todo su porte un corazón noble y sencillo y una extremada delicadeza de sentimientos que rayaba en fatuidad, según decían las malas lenguas.