Ruecas de Marfil (Novelas)

Part 8

Chapter 84,027 wordsPublic domain

Floja y remisa para todo esfuerzo material, padecía _Talín_ una aguda exacerbación de impaciencias espirituales, impropias de sus años.

Y acostada, rostro a lo azul, en el silencio campesino, dábase a hilvanar ilusiones con verdadero frenesí.

Ya no sentía en la rodilla el lacinante dolor que tanto la hizo padecer: sólo algunas punzadas en los movimientos bruscos, algunos latidos que la obligaban a forzosa quietud. A medio vestir, con los finos cabellos peinados en dos trenzas acabadas en un hopo rubio y lene, permanecía inmóvil desde el alba a la estrella, abiertos los ojos con extraordinario afán a cuanto fluía penígero y sutil en la gracia del viento. Pájaros, abejas y mariposas, subyugaban como nunca a la niña con sus giros y voces, la risa del éter: hasta las teruvelas y las aludas le parecían desde su postración unas criaturas maravillosas: pensamientos divinos echados a volar.

A Clotilde le daba mucha lástima ver cómo la enferma seguía el rumbo de insectos y de aves, perdiéndolos de vista en los remotos caminos de la altura; imaginaba que también la niña quería huir volando hacia Dios, como un ángel suyo, cansado de la tierra. Ambrosio pensaba lo mismo, con infinito desconsuelo, y los dos tejían una pobre corona de solicitudes en torno al pequeño sér, doliente y humilde, igual que un pajarillo alicortado.

Pero la vida era dura en el terruño. Había que trabajar de la mañana a la noche sin tregua, sin reposo, por encima del dolor y del presentimiento, y _Talín_ se quedaba sola junto a la ventana desde el amanecer, aunque la piedad y el amor velasen por ella.

La madre de Clotilde, que desgranaba maíz en el desván, tenía cuidado con parecido esmero de lo más importante de la casa, fuera del establo y el corral: la lumbre, la olla y la niña. A menudo bajaba del caliente sotrabe para añadir garojos al fogón, sazonar el cocido y poner los ojos, observadores, en la enferma. Algunas veces la veía atormentada y sudorosa, con los párpados caídos y el aliento feble. Entonces hacía sobre ella la señal de la cruz mojando en agua bendita, en calidad de hisopo, una rama de laurel, y recobrándose _Talín_, se miraban las dos, mudas y cándidas, en las atónitas pupilas. Si la pequeña no quería refrescar los labios ni cambiar de postura, volvía la anciana a deslizarse, pasito, fuera de la habitación.

Al mediodía regresaban del campo los trabajadores para comer: Clotilde, siempre adelantada y presurosa; Ambrosio detrás, cada día más desvelado y tímido.

Andaban a la hierba por aquel tiempo. Solía volver la moza a su casa con un fonje coloño en la cabeza, y el vecino con el guadañil al hombro y la colodra a la cintura; ella subía de un tirón la empinada escalera del pajar y él rodeaba los huertos asurcanos para asomarse a la ventana donde _Talín_ yacía como en un nido, esperando la salud.

Cuando Ambrosio había cambiado las primeras frases con su hija, ya bajaba Clotilde, un poco jadeante, con hilos pálidos de hierba entre el cabello obscuro, las mejillas ardientes, los ojos inquiridores. No tenía más belleza que la de su frescura de campesina y el encanto de esa bondad callada que se vierte en el silencio, como los arroyos que sin dejarse oir apagan la sed del caminante.

Junto a la niña, el hombre y la mujer hablaban unos minutos, sin mirarse apenas: él ponía sus jornales casi enteros en el regazo, infantil, y trataba de expresar a la vecina su gratitud, sintiendo que se le empapaba el corazón de una ternura misteriosa; ella, hablando y sonriendo, un poco azorada y cobarde, servía a la enferma názulas y miel, pan tostado y agua pura del monte. Ya no volvían a reunirse hasta la hora del crepúsculo, cuando brillaba en el cielo la estrella vespertina, «el chacal de la luna», expiado siempre con asombro por las claras pupilas de _Talín_.

Así pasaron los días florentísimos del valle, bien maduro el aroma de los huertos, rumorosos los dorados maíces en la mies, fastuosa la belleza del bosque y la montaña.

Hicieron los pastores el retorno y se llenaron los caminos con el canto de los esquilas al anochecer. El _serroján_, amigo de _Talín_, acudió al reclamo de la niña para decirle coplas y romances agrestes.

Ya la enferma no se adormecía, torpe y madorosa, en consunción letal. Sobre la bruñida tez, los grandes ojos de color turquí se abrían pensativos y audaces como en plena salud; la gracia de la sonrisa y de la voz cobraba con la dulzura antigua un nuevo encanto, una tristeza inefable llena de misterio; el canario silvestre volvía a cantar, y a menudo deshacía en los dulces labios, como un trino, las estrofas aldeanas:

No le quiero molinero porque le llaman el maquilandero. Yo le quiero labrador, que coja los bueyes y se vaya a arar y a la media noche me venga a rondar; que suba aquella montaña y corte una rama del verde laurel, y a la mi ventana la venga a poner.

Guardaba _Talín_ en la memoria un sartal de cantares, y se los iba diciendo con ingenua exaltación a la brisa y a los pájaros, a las hojas rubias que empezaron a caer, al lucero de la tarde, que desde muy temprano comenzó a brillar.

Mientras despertaban las canciones de la nena, dormidas en las horas de dolor, iba el otoño deshojando las frondas, gemía larga y triste la quejumbre del viento, y era menester sustituir la ventana de Clotilde, abierta a naciente, por una puesta al Mediodía en casa de Ambrosio.

En esta última encontró Don Julián una mañana a la niña y a la moza, juntas y felices; una cantando, otra cosiendo, las dos con trazas de ser dueñas y señoras de aquel hogar.

Cuando el médico observó a la enferma desde la calle, según costumbre, le dijo a Clotilde, entre afable y cariñoso:

--¿Conque al fin os echaron la bendición?... Me alegro, hija, me alegro.

Ella respondió sencillamente:

--Yo tenía que cuidar a esta criatura, ¡y como en mi ventana hace ya frío!...

--Eres buena. Dios te lo premie... y que nunca te falte el sol.

--Amén--susurró Clotilde, mirando a su hija con transporte--. Y le pareció que el caballo rosillo de Don Julián, llevándose al jinete macilento, caminaba aquel día con cierta soltura y prontitud.

V

EL MAR

Cinco años después era _Talín_ una obrerita ciudadana muy soñadora, un poco triste, que sobrazaba dos muletas y cosía ropa blanca de lujo para un gran comercio santanderino. Su larga enfermedad en Cintul dió por resultado que el tumor de la rodilla, al resolverse, dejaba en posición viciosa la articulación, inutilizando la pierna. Y los padres de la niña, desolados ante la invalidez, pusieron su última esperanza en los médicos de la ciudad. Una heroica resolución, más fuerte en Clotilde que en Ambrosio, más decidida y obstinada, les empujó fuera del terruño por caminos llenos de dificultades que parecían invencibles. Todo lo pudieron la caridad y la ternura acendradas en un recio corazón de mujer.

Y una tarde, larga y calmosa de primavera, el matrimonio y la niña salieron de Cintul, embargados a un tiempo de pesadumbre y de ilusiones. Los padres se despedían con angustia de todo lo amado y conocido; _Talín_ dejaba atrás, con inconsciente melancolía, su infancia plena de libertad y de inquietud, con inocente cortejo de cantigas, pastores y romances: ¡su infancia pura, transida, al cabo, por el dolor!

Cuando los viajeros perdieron de vista la aldea cobijada en el enfaldo del monte, aún hallaron amigos los senderos y los valles. Y ya al anochecer, junto al ferrocarril, todavía la cumbre del Escudo se perfiló en el cielo como una mole de tinieblas, diciéndoles adiós.

La niña no había ido nunca en el tren, y dejóse llevar maravillada, imbuída por ambiciones indecibles, imaginando que volaba tan ligera como las aves, más segura que ellas en los brazos de hierro del camino.

Aumentaba esta ilusión la sombra naciente en los hondones, que trepaba por los collados hacia la serranía, amortajando a la tierra. Ya sólo quedaba sobre el paisaje una franja de claridad: se iban agazapando los pueblos dormidos en la ruta y galopaban los bosques y las mieses como espectros a los lados del convoy. A _Talín_, asomada a la ventanilla con muda impaciencia, le dió en el rostro un aire salado y fresco, y poco después, de la entraña misteriosa de la noche surgía el Cantábrico. La tremenda llanura, al recoger de lo alto del cielo toda la luz, brillaba resplandeciente como una sonrisa: allí, junto al coloso, estaba la nueva existencia, el progreso, la ciudad, ¡tal vez la salud!...

Pero las últimas palabras de la medicina no remediaron a la pobre _Talín_. Y acabadas las peregrinaciones a través de sanatorios y consultas, la niña se sostuvo entre dos muletas y volvió a andar, casi a correr.

Ambrosio trabajaba en una fundición y Clotilde en un taller de planchado. Habitaban una buhardilla en casa principal, cerca del puerto, albergue que les fué concedido mediante sus excelentes informes y el apoyo de una buena familia a quien Clotilde había servido en su primera mocedad.

Como los médicos insistían en que la inválida no podría vivir sin aire sano y mucho sol, aquel alto refugio al mediodía, junto al mar, constituyó para ellos un beneficio inapreciable. Allí la niña halló otra ventana llena de luz, abierta al ancho horizonte de la bahía, el encanto desconocido, que fué para la campesina un nuevo amor.

Al principio de su vida ciudadana, _Talín_ pasó las tardes afinando sus conocimientos en el bordado y la costura. Con excepcionales disposiciones y la aplicación de sus quince años reflexivos, pronto estuvo dispuesta para merecer un jornal. Entonces comenzó a salir muy poco de su casa. Iba los días de fiesta a la parroquia y en contadas ocasiones a las playas y los muelles, para acercarse todo lo posible al mar. Al cabo de muchas tentativas logró embarcarse una vez con otras compañeras del obrador. Fué al Astillero en un vaporcito muy empavesado y alegre, cruzando la bahía entre grandes buques, balandros gentiles y botes diminutos, alejándose hacia donde los montes forman a las aguas marinas una cuna, casi siempre serena. La breve navegación no pudo ser más apacible y segura, y la gozó _Talín_ como rara maravilla, con embeleso profundo: correr sobre las olas a la par del viento y las nubes le pareció el placer por excelencia, el disfrute que merecía todos los riesgos y todas las audacias.

Pero al volver al muelle, poseída de la nueva embriaguez, halló a su madre esperándola, tan angustiada y triste, que prometió no embarcarse ya nunca más sin su permiso.

Y no era fácil obtenerle. Clotilde y Ambrosio, pero ella siempre con más vehemencia en los sentimientos, recelaban del mar; le temían como a un monstruo desconocido y le miraban con admiración llena de supersticiones: sus mudanzas, sus acentos, su vida potente y misteriosa, cuanto para la niña significaba atractivo y seducción en la movible llanura, venía a ser para los padres señal de amenazas y de espanto.

_Talín_ no volvió a embarcarse. Era ya incapaz de faltar a su palabra, se iba haciendo una mujercita dulce y seria, y guardaba con recato en su corazón el fermento de sus inquietudes. Por otra parte, el destino le ponía una cadena en los pies: la muerte le perdonaba a cambio de la libertad. Sentíase la muchacha cautiva entre los bastones que con vigilancia implacable se erguían al lado suyo. Empezaba a presumir de bonita y de mujer, y le dolía cada vez más la humillación de verse compadecida a cada instante, burlada en muchas ocasiones. Lástima o crueldad, siempre un acento amargo se levantaba al repique brusco de las muletas: nunca _Talín_ iba por la calle tranquila y alegre como las demás criaturas. Se hizo un poco huraña: no quería salir, y su madre le traía y le llevaba la labor; dejó de tener amigas y acabó por estar sola de la mañana a la noche, lo mismo que en Cintul. Aunque a esta ventana remota no llegaban saludos ni visitas como a las de la aldea, tenía la joven a su lado un gran amigo, un deleite, una pasión: el mar. Se pasaba la vida frente a él, pendiente de su ritmo y de sus cóleras, de su hermosura y de su voz.

Admirándole al compás de la aguja, cumplió diez y siete años _Talín_. Era una moza de belleza enfermiza, muy inteligente, muy sensible, de carácter reconcentrado y ávida imaginación: hablaba poco, soñaba mucho, y sabía como nadie sonreir.

Llegó a hacer tales primores con los encajes y las vainicas en las holandas y el _nansouk_, que trabajando por cuenta propia se emancipó del taller, y ya muchas señoras trepaban al empinado albergue de la artista en busca de la gracia de sus manos, buenas aliadas del amor...

VI

EL AMOR

Llaman a la puerta con un golpecito discreto, y la bordadora, sin levantar los ojos de su labor, dice:

--Adelante.

Entra una joven de porte distinguido, sonriente, destocada. La inválida se quiere levantar y la desconocida la detiene con amable solicitud.

--No se apure, por Dios.--Luego explica:--Vivo en el principal y he subido para encargarle unas labores.

--Muchas gracias.

--Me han dicho que hace usted preciosidades.

--No tanto...

Se sienta la señorita en la silla que la ofrecen, mira a la obrera con mucha curiosidad y pasea luego la mirada por toda la habitación, una salita minúscula, resplandeciente de pulcritud, aderezada con cierto interesante cariz; hay en la mesa del centro un canastillo con blondas y otro con flores; en las paredes fotografías de paisajes; en una papelera libros y dibujos; sobre la ventana un arambel bordado en tul y una jaula con un malvís.

La dueña de aquel nido se considera rica, tiene algunos ahorros y dos solos caprichos, que no la empeñan: leer y mirar al mar. Ha hecho del trabajo un arte que adereza y pule con orgullo y devoción, y esconde el fracaso de su juventud entre cosas bellas y pensamientos limpios, con celosa dignidad, sin que nadie le haya enseñado a padecer ni a sentir. El valor con que sofrena las ansiedades y cubre las amarguras, pone un exquisito gusto en su sonrisa, y en sus ojos azules un claro brillo de corindón oriental. Tiene descolorida la tez, grande y fresca la boca, copioso el cabello rubio, ancha la frente, delicadas las manos, fino el talle. Viste de percal azul: las muletas a los lados le hacen guardia de honor.

--¿Cómo se llama usted?--pregunta de repente la señorita del principal.

--_Talín_, para servirla.

--_¡Talín!_... ¡Qué nombre tan raro y tan bonito!--responde, sin ocultar el asombro por cuanto ve y escucha.

--Es el nombre de un pájaro, allá arriba, donde yo nací.

--¿Es usted montañesa?--vuelve a preguntar la curiosa.

--¡Ya lo creo!--dice, con cierto empaque, la niña de Cintul.

Y la vecina, deseando corresponder a tantas averiguaciones, cuenta de corrido muy alegre:

--Pues yo me llamo Julia; soy madrileña. Mi padre tiene un destino aquí hace pocos meses, y nos hemos instalado en un piso de esta casa. Unas amigas me hablaron de usted, de su habilidad y buen gusto, y como estoy haciendo el equipo, ¿sabe?, pues dije: Voy a subir para que me enseñe modelos y ver si no me cobra muy caro...

--¡Ah! ¿Se casa usted?--interrumpió la bordadora con nostalgia.

--Sí; con un chico también madrileño, bastante buena proporción, guapo él, de una gran familia, abogado...

La charla de Julia, gozosa y ligera por demás, quedóse truncada de súbito por un alto rumor; era como si un inmenso abejorro hendiese la dulce brisa de aquella mañana suave.

--¡Un aeroplano!--dijeron las dos muchachas a la vez. Y se asomaron a mirar al cielo sobre cuyo diáfano tapiz se dibujaba el aparato milagroso como un ave colosal.

--Yo tengo un hermano aviador--murmuró Julia con repentina tristeza.

--¿Y está en Santander?

--No: pero llegará un día de estos; viene de París. Allí le han dado el título de piloto y ha hecho ya muchas pruebas arriesgadas. Es muy valiente, muy sereno... ¡más buen mozo!... Y buenísimo además. ¡Lástima de hombre!

--¿Por qué?

--Porque se romperá la crisma sin tardar mucho... Mis padres no le dejaban de ningún modo seguir esa profesión, pero, ¡tuvo un empeño tan firme!... ¡Ya se conoce que es aragonés!

-¿Sí?

--Nació en Zaragoza, estando allí empleado papá.

--¿Y cómo se llama?

--Rafael: es tipo muy interesante.

--Se parecerá a su hermana--dice _Talín_, seducida y halagadora.

Julia sonríe con gratitud y responde:

--Nada de eso: él es fuerte, robusto, muy grandón, y yo, ya ve usted qué menudita y frágil.

Se yergue, sin duda para desmentir un poco su modesto parecer, y en el vano de la ventana, henchido de luz, queda el perfil de una mujercita pelinegra, insinuante, graciosa.

--No me parezco nada a mi hermano--asegura la joven. Y añade:--Le voy a subir a usted algún retrato suyo.

Luego, cambiando de sitio y de expresión, con suma volubilidad, trata de sus encargos, revuelve los encajes y los patrones, ajusta precios, regatea y consigue cuanto se le antoja. _Talín_ ha sido conquistada por la señorita del principal...

Pocos días después el equipo de Julia ha traspuesto las escaleras, confiado, con plenos poderes, a la inválida; pero la novia no cesa de subir y bajar con recaditos y consultas, muestras y cintas. Ya sabe de memoria la vida y milagros de _Talín_, los motivos de su dolencia, sus gustos y costumbres.

--Aquí tiene usted novelas de Julio Verne--dice, registrando los rincones de la sala.

--Sí; casi toda la colección.

--¿Es su autor favorito?

--Apenas conozco autores. Ese me gusta mucho.

--Yo le daré a conocer algunos modernos.

Y la refitolera deja los libros por un lado para revolver otra cosa.

Quiere aprender calados y puntos, y asegura que no tiene tiempo.

Clotilde, que suele encontrarla allí, se asombra y exclama:

--¡Jesús!... ¡Si parece hecha con rabos de lagartijas!

--Pero tiene buen corazón--arguye con dulzura _Talín_.

Y ella no sabe que en sus palabras bondadosas se esconde una fuerte simpatía hacia Rafael, aquel mozo lleno de atractivos que sube por los aires a escuchar la música de los astros y sorprender los secretos de la vida alada. La incitante devoción yace muda y sin forma en la conciencia de la joven, mientras los claros ojos se obscurecen con una sombra fugaz.

Llega Julia, muy alborotada, una tarde de aquellas, enseñando la anunciada fotografía.

--Aquí está Rafael: mírele. Acabamos de recibir su retrato, hecho después del último vuelo sobre Pau. ¿Es guapo?... ¿Le gusta?...

La costurera clava sus pupilas ansiosas en un rostro franco y varonil, un rostro alegre y dulce a la vez, lleno con el fulgor de la propia mirada. El gallardo busto de Rafael aparece bajo los élitros enormes de la monstruosa libélula, y el aviador sonríe a _Talín_, mirándola, mirándola de un modo extraño y luminoso, inolvidable. Ella sacude con dificultad el dominio de aquellos ojos ausentes, y responde, traspasada de inquietud:

--¡Me gusta!...

Así, en un vuelo ideal, llegó el Amor en forma de aeroplano a la humilde ventana de _Talín_: era el Cupido moderno por excelencia, con los ojos libres en la ruta de la inmensidad; las alas dobles y potentes, señoras de las más altas nubes; por flecha, un tren de aterrizaje, y en el pecho, enamorado de las aventuras, el estruendoso latido de un motor.

VII

EL DOLOR

Desde que Julia introdujo a su hermano en la salita de la inválida, no ha transcurrido más de un mes.

Fué una tarde abrileña y moribunda cuando el mozo se rindió, influído por las vehementes ponderaciones.

--Te aseguro que es una muchacha original, muy lista, muy mona; tiene una voz que penetra en la carne, una voz como no he oído ninguna... Está deseando conocerte: sube.

Y la novia le presentó en la buhardilla con pretexto de enseñarle el equipo.

No suponía el aviador que su hermana hubiese logrado tan feliz descubrimiento. En aquel marco de gracia y honradez, vigilada por las crueles muletas, le pareció un arcángel herido la niña de Cintul.

Ella le trataba con embelesadora turbación; hablándole parecía que sus labios tuviesen un nuevo perfume de bondad y temblaba en sus ojos la luz como una llama en el viento.

Llega Rafael cansado de fuertes emociones: la guerra, la aviación, la vida como nunca inquietante de París, le han producido una laxitud que le inclina a las cosas apacibles y dulces con verdadera sed. En el claro refugio de _Talín_ halla un remanso de paz donde la belleza y el martirio se ofrecen al divino goce del sentimiento en el rostro de la humana flor. Y allí se queda todas las horas que puede, seducido por la niña con lástimas y ternuras sutiles, que ella traduce al mudo lenguaje de sus ilusiones.

Clotilde se alarma un poco de la asiduidad del señorito: ni los recados que de su hermana lleva y trae, ni el invento frecuente de los dibujos, le autorizan para acompañar tanto a la costurera. Aunque la madre no viene a casa más que a comer y a dormir, conoce en el semblante de su hija, abierto y revelador, las visitas del caballero. Todos los indicios se lo aseguran: la muchacha abandona la lumbre y otros domésticos cuidados; cose menos; se compone más; está inapetente; necesita otra vez dormitivos como en el período agudo de sus males. Después de algunas vacilaciones Clotilde se encara con ella y en un tono inusitado por lo brusco, le pregunta:

--¿Se puede saber a qué viene aquí el señorito del principal?

--¡Ay madre, a nada malo; por Dios, déjale venir!

--¿Tanto te importa?

La niña responde, entre lágrimas:

--¡No sé... no sé!...

Y la madre, trastornada por aquel dolor, suaviza el acento para continuar:

--Tienes diez y ocho años... Todo lo que tú haces me parece bien... pero ese joven no se ha de casar contigo...

--¡No, imposible... imposible!--murmura la enamorada. De repente añade:--Yo no me curaré nunca, ¿verdad? Ya no tengo remedio: me quedaré así, deforme, toda la vida.

--La esperanza es lo último que se pierde... Otras cosas más difíciles se han visto... Dios puede hacer un milagro...

--¡No tengo remedio!--balbucía la moza con desolación mientras Clotilde, evocando a la saludadora, présaga en Cintul, se acusaba, llena de amargura:

--¡Yo no tuve fe!

Y un inmenso pesar se desarrolla en el alma sencilla y fuerte de esta criatura que ha sido madre por el espíritu, en sublime concepción de piedades y amores. Permanece atónita ante el nuevo quebranto de su hija, incurable como la enfermedad que sufre, obscuro y desconocido para la mujer, que le siente gemir en sus propias entrañas y no le comprende. Ella no supo amar sino en forma de compasión y sacrificio, con dádivas y renunciamientos, sin una dulce ilusión para sí misma. Ella ha tenido la sola esperanza de ejercitar el bien en torno suyo, y se consume de pena junto a la irremediable desventura del más querido sér. Todos sus esfuerzos, todas sus abnegaciones, no salvan a _Talín_ del doble yugo del dolor...

Ya Clotilde no le hace a su hija advertencias ni preguntas; la trata como a la cosa más frágil y sensible del mundo; teme que de un día a otro se le muera igual que un pájaro, se le marchite lo mismo que una flor. Anda a su lado sin hacer ruido, como en la alcoba de un enfermo; la observa a hurtadillas con punzante ansiedad, y al hablarle contiene apenas los temblores de la voz.

Ambrosio percibe de un modo vago la misteriosa pesadumbre de las dos mujeres y siente el alma llena de perplejidad. Siempre añorante de su vida de labrador, abierta al señorío de los campos, libre y ancha en su misma esclavitud, se va resignando a la disciplina estrecha del taller, y transige, hasta cierto punto, con las costumbres urbanas; pero estos días vuelve de sus tareas un poco más tiznado que otras veces, más sombrío, menos conforme.