Ruecas de Marfil (Novelas)

Part 7

Chapter 74,151 wordsPublic domain

--¿Al mío?--Nadie adivina el pánico de esta voz que repite:--¿Al mío?

Ronco y aciago el acento, Andrés confirma:

--¡A Serafín!

Y no comprende por qué Marcela da un grito desesperado y hondo, como la pobre madre del _jayón_...

X

EL DÍA DEL PERDÓN.--LOS PEREGRINOS.--ENTRE DOS ORILLAS.--ALMAS QUE SE BUSCAN.--REVELACIONES.--SOLA EN EL MUNDO.--SUEÑO DE ETERNIDAD.

La primavera vuelve, celosa, pujante, con todo el ciego impulso de la vida, y alumbra unas bellas horas apacibles, unas horas que a media tarde se pueblan de rumores de campanas, y ven llegar, por los hondos caminos de la vega, grupos de gente grave y silenciosa.

Muchos de estos viajeros, los que vienen del lado ponentino, se detienen a la orilla del Saja, junto a un plantel de _alisas_ y el tramo de un puente roto. Entonces una barca, plana y tosca, que se mece sobre el murmullo glorioso de las aguas, llega con el empuje del barquero al lado de los caminantes. Y el ancho brazo del río, cadoso y transparente, se deja cruzar una y otra vez por la nave servicial y deja que en su espejo se miren, entre medrosos y complacidos, los romeros que forman la mística expedición.

En medio de la breve llanura, una iglesia, blanca y pobre, va recibiendo a todos los peregrinos hasta donde le es posible albergarlos, y los menos diligentes en acudir a las voces de la torrecilla humilde se agrupan a la entrada, abierta de par en par, frente al púlpito vestido de viejo brocatel.

La voz llena y clara del predicador se desborda del templo, y rueda, sonora, por los campos en reposo. Dice el carmelita unas palabras sencillas y emocionantes; cosas buenas y dulces a propósito de la debilidad de las mujeres; de la inocencia de los niños; del olvido de las injurias; de la misericordia; de la caridad. ¡Es «el día del perdón»!

En las tardes pasadas ha desarrollado el misionero todos los temas piadosos que deben traer como consecuencia este sublime final: ¡el perdón! ¡Hay que perdonar las envidias, los agravios, las traiciones!...

Muchos fieles se miran con afán a los ojos como si quisieran verse el alma; otros bajan la frente, otros suspiran con angustia. Y en el atrio, sobre una viga del tejaroz, dos golondrinas recién llegadas de lueñes tierras, coloquian misterios de su nido, sin desconfianzas ni temores. Su manso arrullo besa en el aire las palabras del apóstol: ¡Paz y amor! Un hálito vernal las empuja por el campo, hasta el río donde la corriente solloza y la barca se mece, como un símbolo, entre las orillas, bajo el tembloroso andarivel...

* * * * *

Sola va quedando la iglesia blanca en el fondo de la llanura.

La tarde se duerme con placidez, echada sobre las flores de la campiña, y los devotos se extienden por la vega en demanda de sus pueblecillos.

Con la última volada de las aves y los últimos fulgores de la luz, parece que flotan en el viento misteriosas endechas de amor y de paz, como un himno entonado al «día del perdón».

Dentro del piadoso recinto dos corazones, maduros por las penas, velan y sufren; dos mujeres rezan y lloran. No están juntas, pero se vigilan, y cuando Irene se levanta la sigue Marcela de la mano de Serafín.

Casi a un tiempo llegan al portal, se santiguan de cara al templo solitario, donde laten unas luces pálidas, y se miran, dolientes, bajo la penumbra del anochecer, cobijadas por un cielo sin nubes, florecido de estrellas.

--Irene, ¿me perdonas?--dice una voz opaca.

--¿De qué?--responde la infeliz que siente en la misma boca el raudo golpe de su corazón.

--De que te robé la felicidad... el hombre que tú querías... el hijo que tú alumbraste...

--¿El hombre?... Él se marchó... ¿El hijo?... Yo te le di... ¡Más tienes que perdonarme tú!

--¡No; que no sabes lo que hice!... El niño... te le cambié--balbuce Marcela. Vibran las frases en sus labios como una llama, y empuja a Serafín confesando:

--Pero estoy arrepentida. Te le devuelvo; aquí le tienes: toma... Este es Jesús, el jayón... ¡no llores más por él!

Un grito que se clava en el aire como un puñal, recibe a la criatura, mientras los pensamientos de la madre se dibujan absortos sobre una obscuridad infinita. Torpe, ávida, prorrumpe:

--¡Mi hijo!... ¡Es mi hijo!... ¿No me engañas?

Quiere abrazarle, y el zagal se resiste con el temor de verse entre dos locas.

--No te engaño--asegura Marcela, y su voz parece que recorre un espacio sombrío antes de hacerse oir--. Este niño es «el vuestro», el saludable y dulce, el de los ojos verdes, que embrujan como los tuyos... ¡fíjate!... Cuando Andrés le mira es igual que si te mirase a ti... Tómale: te le doy y me quedo sola en el mundo como estabas tú...

--Yo no pienso en Andrés--murmura Irene con un doloroso balbuceo de ideas, tendiendo siempre hacia Jesús las codiciosas manos.

--La que se lleva el hijo, se lleva el hombre--ruge Marcela, mirando ante sí con ojos sin mirada, y echando al niño en brazos de «la otra»--. Y añade:

--Quiero morir en paz: yo haré esta confesión donde sea menester, daré todas las pruebas necesarias, expiaré mi delito según la justicia del mundo... ¡Dios, bastante me ha castigado!...

--¡Madre!--llora el rapaz, buscándola.

--¡Esa es tu madre!--responde, brusca y firme, tornándole al regazo de Irene.

Y allí de cerca, vida contra vida, el niño entre los agitados corazones, vuelve a decir a su rival:--¿Me perdonas?

--Con toda mi alma... ¿Y tú a mí?

Un fulgor obscuro luce en los ojos agarenos mientras Marcela pronuncia:

--¡También!... Hoy es el día del perdón...

De repente abraza al muchacho que la mira ansioso, y echa a correr fuera del portal. La sigue un acento infantil y desgarrador:

--¡Madre!... ¡Madre!...

Pero ella desaparece muda y ligera, como una sombra atormentada. Un ancho camino de argomal la conduce a la margen del río que susurra bajo el leve cejo de la niebla.

La mujer, cansada, acorta el paso y se refugia en la soledad con un amargo deleite de hurañía y abandono. Se considera ya sola en el mundo, purificada y redimida por el flagelo de la expiación, digna de unirse al hijo mártir en una gloria que no se acabe nunca.

En la cumbre del soto de la Cruz una fogata pastoril arde, al parecer, junto a las estrellas, y en el cielo enjoyado, se recorta el perfil virginal de la montaña.

Aún palpita el crepúsculo como un gran corazón agonizante caído en el remanso de la noche; sobre el movible cristal del río tiembla y huye la plata de la luna...

TALÍN

I

EL PÁJARO Y LA NIÑA

Hay en Cantabria un pájaro montés, chiquito y verdoso, liviano y artista, un canario silvestre que anida en los argomales, vive en la soledad y canta en lo más espeso del bosque y de la mies. Como no tiene nombre conocido, le distinguen con el remedo de su aguda canción, llamándole Talín.

Una niña, tan agreste como el tal pajarillo, tan cantarina y bella como él, vivía, hace pocos años, en Cintul, un pueblo de aquella comarca, de los más empinados en los alcores, camino de la hoz, frente al Escudo de Cabuérniga. La niña era pobre y no tenía madre: sin embargo, parecía muy feliz. Su padre, un buen labrador, la cuidaba con singular desvelo y entre las vecinas del barrio, afables y piadosas por lo común, había una, la más trabajadora, lista y servicial, que demostraba a la huérfana especialísimo interés. El peinado, el vestido, la merienda y el postre de la niña, corrían siempre de cuenta de Clotilde, y servirla, asearla, prever sus caprichos y sus travesuras, era para la moza como una obligación. La chiquilla se dejaba mimar, abusando todo lo posible del encanto que ejercía sobre aquella mujer, del cariño del padre, de la compasión de la maestra, de la solicitud del cura, de cuantas devociones, en fin, supo conquistar con su gracia y su picardía, nada cortas ni vulgares. Sin ser una hermosura ni un modelo de docilidad, conocía el dulce hechizo de hacerse querer. Alegre, inquieta, reidora, aparecía como envuelta en una ráfaga de candor, y tan infatigables eran sus aptitudes para correr y cantar, que olvidando su nombre, dieron en llamarla _Talín_, lo mismo que al avecilla montés.

Cierto que a la niña para semejarse a los pájaros no le faltaban más que las alas; tenía, como ellos, la frescura del aire donde habitan y la serenidad del sol a quien adoran; llevaba en los ojos un brillo dorado y caliente, lleno de luz, y parecía conocer los caminos trazados por la bruma y el viento: de tal manera trasponía el monte por los más inaccesibles lugares, y en frecuentes escapatorias, sin miedo a los castigos ni a las alimañas, ligera y menuda, igual que el canario silvestre.

Ya contaba diez años _Talín_ y hacía tres que Clotilde le servía de madre, sacrificada por aquel cariño con verdadera abnegación. Hasta que las gentes, poco habituadas, también en las alturas de Cintul, a procederes demasiado finos, acabaron por decir que la moza, soltera y madura, fraguaba su casamiento con Ambrosio, el padre de la niña.

No parecía muy asequible el galán, un cuarentón de carácter independiente y retraído, atento sólo a su trabajo y al celo de la nena; hombre tan avaricioso de palabras que hasta para agradecer los favores se diría que contaba las sílabas. Pero en las obras era muy discreto y cumplidor: gozó fama de excelente esposo, y sus virtudes paternales servían de ejemplo y alabanza en el lugar. Estaba bien conservado todavía. Alto, fuerte, moreno y adusto, mostraba una repentina dulzura al sonreir a su hija, una dulzura que le hacía sonrojarse, y que Clotilde había sorprendido con turbado corazón, imaginando que Ambrosio podía ser muy bueno sin descubrir nunca en los labios una vislumbre de alegría ni en la voz una gota de miel. Cuando le halló una tarde con _Talín_ en los brazos, absorto en besarla y divertirla, quedóse tan confusa como él, que huyó sin volver la cabeza, murmurando algunas frases impacientes, mientras la niña explicaba maliciosa:

--Le da vergüenza que le vean dar besos...

Desde entonces Clotilde sintió delante de aquel hombre una obscura ansiedad que se fué convirtiendo en rara timidez. Ella, tan despreocupada y resuelta para acudir junto a su protegida a cualquier hora, sin reparo ninguno, comenzó a evitar los encuentros con Ambrosio y a poner en sus visitas una mesura llena de precauciones y melindres, cabalmente cuando los vecinos decían que procuraba su boda con el viudo, seduciendo a la nena.

La cual, por aquel tiempo, corría a más y mejor aprovechando las tardes benignas del otoño, todavía colmadas de flores y de aromas. Eran las últimas delicias del año, y las más codiciadas por eso, aquellas de esconderse entre los maíces crecidos y maduros, bañarse en el remanso azul del ansar, despedir en el campo _sirueño_ a las golondrinas que huyen a invernar bajo las alas del sol, y subir al monte para aprender romances de los pastores antes de que bajen con sus ganados a la derrota de la mies.

Y en el disfrute de estos arriesgados placeres demostraba _Talín_ una admirable experiencia. No había chiquillo de su edad, en Cintul, que la ganase a descubrir atajos en las cumbres, vados en el río y escondites en el bosque. Igual saltaba la cárcaba de un huerto, que subía al gromo de los árboles. Volaban sus cabellos gozosamente en las alocadas carreras, y volaban sus pies sobre el camino, siempre dispuestos a las aventuras peligrosas y a los parajes lejanos. Nunca se caía ni se lastimaba: volvía de sus excursiones con el vestido roto y la cara sucia, llorando, a veces, para que no la riñeran, y prometiendo no escaparse más.

Pero la misma gracia y prontitud que demostraba para desobedecer y hacerse luego perdonar, le servía de estímulo en la escuela para leer y escribir como ningún otro arrapiezo y tramar un bordado y un encaje con relativo primor. Nadie como _Talín_ para ofrecer en la parroquia las flores a la Virgen, muy peripuesta la chiquilla de vestido blanco y banda azul, con un velo pomposo sobre la frente y los bracitos por el aire, acompañando con un movimiento ritual el recitado de los versos alusivos.

Todo lo cual quiere decir que esta niña no era un marimacho ni mucho menos, sino una criatura ágil y traviesa, inteligente y audaz. Debemos añadir que tenía un carácter generoso, muy propenso a los éxtasis y a las meditaciones, muy dado a soñar y compadecer, y tan propicio a las cosas peregrinas y sentimentales, que lo mismo le inducía a vagar en la sierra, por los riscos más duros, como las aves hurañas, que a salir delante de la Custodia en las procesiones, llena de beatitud, ceñida de tules, con alas de plumas, emulando a los ángeles, los pajarillos de Dios...

II

EL TORO GILVO

Trasmontaban los pastores, ya próximo el verano en busca de los altos puertos, errantes como las tribus primitivas que fincaron la cabaña y el redil a la paz de los dólmenes y menhires, en atisbo de la civilización.

Íbanse todavía musitando romances del tiempo medioeval, originados sabe Dios en la cuna de qué bárbara cosmología, calentados en el ascua misteriosa del Cristianismo, y entrañados en España por la vena del «camino francés» que inflamaron los peregrinos extranjeros al son del _Ultreya_, el cantar salmódico de Santiago el Mayor.

Fiel remanso de las viejas corrientes de la vida, aún repiten los montes de Cantabria el eco de los más olvidados mitos, y con el remoto sabor de las primeras canciones del mundo, van posando, también, de uno en otro repliegue de sus cumbres, una viva membranza del arte prehistórico: son cayados y abarcas, zapitas y colodras, que reproducen de un modo inexplicable los dibujos grabados en las astas de reno y en los arcanos muros de Altamira: son atavismos sigilosos de la caverna: sagrativas ráfagas de lo pasado; mudos soplos de una humanidad infantil que traslumbra en los pastores montañeses con perfumes del antiguo candor.

Y _Talín_, la niña andariega de Cintul, siente un loco deseo de despedir a los nómadas igual que a las golondrinas, con una alta mirada llena de admiración para todo lo que huye y tramonta más allá de los horizontes, al otro lado de las cimas y las nieblas.

Aguijada por su antojo, ha pensado la chiquilla escaparse al invernal donde los rebaños se reúnen para la partida.

Después de comer, cuando el padre marcha con el carro a buscar leña camino del soto, la nena se escabulle recatándose de Clotilde que la vigila desde su casa, huerto con huerto, los corrales en un mismo lindazo, y por las callejas silenciosas, entre espinos y saúcos en flor, busca el regazo de la sierra cuya soledad tiene a tales horas un espléndido manto de luz.

Alborea Junio muy gentil, con todos los alardes de un precoz estío. El sol, encendido y desnudo, se recuesta sobre el campo nuevo, y las plantas, abrumadas de flores, aroman el ambiente bajo el sosiego torvo de la siesta.

Camina _Talín_ a toda velocidad con aire fugitivo. Su paso menudo y frágil, que parece un vuelo, apenas turba el augusto reposo de la hora. Va pensando en un _serroján_, tan chiquito como ella, que ya veranea con el ganado en la punta de los Cabriles, al otro lado de la montaña, y conoce todas las canales de los puertos vecinos, donde viven el oso y el jabalí, el milano y el azor. Va pensando, también, un poco vagamente, que ha corrido la escuela y la reñirán mucho; quizá la castiguen a estarse de rodillas durante el recreo a la siguiente mañana; pero eso no le importa si consigue antes de que se marchen los pastores aprender todo el romance que el _serroján_ le está enseñando: es una sarta de versos inocentes, donde se cuentan las aventuras de las cabañas emigrantes y se difunden los méritos de cada puesto, la historia salvaje de cada risco montés.

Lleva la niña la mirada siempre horizontal, plena de ensueños: el alma mecida igual que en una cuna; los labios sonrientes a una ilusión sin formas y sin nombre. Sube a un castro, fuera de la sombra que la conducía entre nogales y matas de juncia, y repite, ensoñando a media voz:

«Válgame la Soberana, válgame la Magdalena, que perdí la mejor vaca que tenía en Villanueva...»

Con el mismo rumbo que sigue _Talín_ asoma desde lejos la cabaña de Cos, hacia Bustarredondo, para reunirse allí con los demás.

Solicitada por el soniquete de los aljaraces vuelve la niña la cabeza, cuando un toro gilvo, muy joven y retozón, corre en amenazadora actitud al reclamo del vestidito rojo que acaba de aparecer. El vestido huye como una llama conducida por el viento; grita, desaforadamente el pastor, renegando del rebelde animal, y la pobre nena, nunca, por milagro, comprometida en un peligro semejante, quiere subir la pared tosca y alta que limita el sendero y promete un refugio. Empujada por el instinto, logra encaramarse en la espinosa linde y ve que al otro lado se hunde, en pliegue brusco, el verdacho sombrío de un renoval.

El toro llega jadeante, la niña salta con los ojos cerrados, y queda inmóvil sobre la escamonda, suelto el pelito rubio en torno a la blancura de la cara.

Un instante después acude el pastor cerca de _Talín_, contristado y perplejo, mientras muge el animal blandamente, contemplando con mansedumbre, desde la altura de la cerca, la voladora mancha de vestido rojo, caída en incomprensible quietud.

Una alevilla suave pone su cándida nitidez sobre la frente de la nena, se oye cercano el tenue vagido de un arroyo, y canta entre los renuevos una cigarra loca de sol...

III

LA MADRE

Buen conocedor de los ambages de la sierra, el pastor llegó a Cintul en un periquete, con la niña lisiada entre los brazos. Era amigo de Ambrosio y conocía bien las travesuras de la pequeña, su vida y sus costumbres; así que, sin vacilar, llamó a la puerta de Clotilde gritando:

--¡Eh, muchacha! Aquí traigo a _Talín_ con una patuca rota.

Y era verdad.

El pajarillo perniquebrado se rebullía gimiente dentro del vestido rojo.

Aparecióse Clotilde en el umbral, con cara de susto, y se quedó mirando de hito en hito al hombre y a la niña, demandantes y humildes a plena luz, bajo la masa ardiente del cielo.

La moza no dió gritos ni se entretuvo en inútiles preguntas. Abrió su cama y acostó con sumo cuidado a la nena, que al menor movimiento se quejaba de agudísimos dolores en la rodilla. No tenía más daño que aquél: una mancha grande y obscura y un principio de inflamación.

--Llamaré al médico--dijo Clotilde a su madre y a su hermana que allí detenían al pastor con mil comentarios sobre el percance.

--No le toca venir hasta pasado mañana--le respondieron.

--Pero yo haré que venga.

La escucharon con absoluta incredulidad y su madre repuso:

--Hoy hará la visita en los pueblos del Concejón, y ni él ni su caballo están para más trotes.

--Sólo en trance de muerte vendría--añadió la hermana.

Se miraron absortos, añorantes de un médico y un caballo más propicios, y el pastor, que ya se despedía, le propuso a Clotilde:

--Yo lo que tú llamaba a la saludadora.

--¡Es una bruja!--respondió la muchacha con desdeño.

--¡Qué ha de ser!

--¡Claro que no!--adujo la madre en son de protesta--. Curaciones como las suyas no las hace el mismo Don Julián.

--Y para las caídas y los golpes tiene manos de santa. Hace poco me curó a mí un vello despeñado, en un santiamén.

Clotilde se encogió de hombros mientras la otra joven decía:

--¿Pero comparas a un cristiano con un animal?

--Para el caso es lo mismo--aseguró el buen hombre, acabando de despedirse, escotero y veloz, en busca de la cabaña que había confiado a los _serrojanes_...

Quedó prendido en el silencio el llanto de la niña, más quejosa cada vez, más postrada y febril, y pasaron la tarde inquietas las tres mujeres alrededor de la cama, hasta que llegó Ambrosio con la testa greñuda, nublado el semblante y amarga la voz, preguntando por su hija y nombrando entre dientes a la saludadora.

Clotilde fué a buscarla y volvió al poco rato con una mujer que no era vieja ni sórdida como las clásicas brujas; al contrario, mostraba un porte agradable y majestuoso, muy influído por la alta categoría de su providencial ministerio. Como no había oficiado nunca en aquella casa, se creyó en el deber de advertir:

--Soy la séptima hija de honrado matrimonio, y por eso tengo en la lengua una cruz con privilegio para curar.

Nadie trató de comprobarlo, y la mujer, con solemnes ademanes, descubrió a la enferma, la examinó cuidadosamente, y no hallándole otro daño que el de la rodilla, puso allí su atención con mucha mezcla de signos, oraciones, saliva y alentadas. A mayor abundamiento aplicó un vendaje encima del golpe y dijo:

--«Esto» sanará si tenéis confianza en mi virtud... y si quiere Dios.

Puesta así a buen recaudo su responsabilidad, se fué sin admitir unas monedas que Ambrosio le ofrecía.

La nena siguió gimiendo. Le creció la calentura y empezó a delirar. Pretendía huir del toro gilvo en una carrera incesante, angustiosa, y había que sujetarla para que en realidad no huyera. Transida y ardiente, recitaba coplas, romances y lecciones; luego se adormecía en un breve sopor y despertaba otra vez, medrosa, trascordada, para repetir:--¡Madre!... ¡Madre!...--tendiéndole los brazos a Clotilde.

--¡Aquí estoy!... ¿Qué quieres? Aquí estoy contigo--respondía la moza, impregnada la voz de un vaho sentimental.

Y la dulcísima palabra se volvía a encender en los ansiosos labios de _Talín_ como un cirio en la sombra del recuerdo:--¡Madre!... ¡Madre!...

Pasaron toda la noche Clotilde y Ambrosio al lado de la niña. Él, taciturno y aprensivo, no se atrevía a tocar a la pequeña, pero sus tímidas frases y sus gestos bruscos tenían un hondo significado de ternura en la intimidad del aposento, mientras la mujer, alerta y silenciosa, refrescaba las sienes de la niña, le hacía beber el agua de las flores cordiales, y le colgaba al cuello un escapulario milagroso.

A la mañana siguiente no estaba la enferma tranquila ni libre de dolores, pero había decrecido mucho la fiebre, y de la aguda crisis cerebral sólo le quedaba la flaqueza de llamar a Clotilde madre, con un empeño mimoso y dulce.

Cuando la quisieron disuadir de su equivocación, la interesada dijo:

--Que me llame como quiera; no la disgustéis...

Por la noche el padre se fué a su casa y se acostó, vestido y desvelado, frente a la cama vacía de _Talín_. Pasó el sueño volando por sus ojos, levantóse al amanecer, y ya el canto de los pájaros, que es la música del cielo, hacía la ronda de los horizontes en cálida sinfonía primaveral.

Salió Ambrosio al huerto y escuchó asombrado el nuevo lenguaje que hablaba la Naturaleza en torno suyo. Hasta los nervios de las hojas parecían estremecerse: era aquél, sin duda, el tiempo de la vida, el renacer de la tierra animada por el perpetuo ritmo vital; el resurgir de todos los amores y las esperanzas... ¡Por eso _Talín_ había encontrado una madre!

Y el hombre, solo y conmovido, no sabiendo qué hacer, se puso a partir leña en el corral, con inesperado furor...

IV

EL SOL

A los tres días de ocurrir la aventura visitó Don Julián a la niña por empeño de Clotilde, desaparecido el vendaje de la saludadora, la cual se limitó a decir:

--No tenéis fe y la criatura no sanará...

El médico halló rota la articulación y trató de soldarla con la inmovilidad; pero aumentaron los dolores, continuó la enferma postrada y febril y al cabo de un mes diagnosticaba el doctor una artritis de carácter tuberculoso, enfermedad larga y de un resultado obscuro. Habló de los antecedentes de la niña, cuya madre había muerto de una fiebre héctica, y quiso indicar que la propensión hereditaria de _Talín_ se hubiese manifestado, antes o después, con cualquier motivo. Recomendó a la paciente baños de sol, mucha quietud, aire puro y alimentos saludables.

Durante muchos días el caballo cansino de Don Julián se detuvo en la única ventana de Clotilde, donde la niña enferma se asomaba al campo y al aire serraniego, bajo la incansable solicitud de su protectora. Desde el camino, sin apearse, le hacía el médico la visita; se marchaba meditabundo, en una actitud parecida a la estampa de Don Quijote sobre Rocinante, y seguía la nena tendida en su banco entre almohadas, mirando al cielo y urdiendo historias en la tela invisible del espacio.