Part 6
Cuando se queda sola acuesta al nene que se ha dormido y sale al portal huyendo frenética de la cuna. Lleva en el alma un duelo indecible y en la conciencia una nube cruel. No: nadie sabrá nunca que su hijo, el soñado, el conseguido a fuerza de oraciones y lágrimas, el fruto de un amor impetuoso, de un seno firme y joven, es una criatura miserable, un sér enteco y ruin: ¡nadie lo sabrá! Allí está el _jayón_ para sustituirle y el orgullo de la madre para envolver en silencio sacrativo aquel trueque fatal.
Marcela, inmóvil, helada bajo la lumbre fulgurante del sol, clava sus morenos ojos en la tierra donde ha puesto una mancha fugitiva el vuelo manso de una paloma. Al otro lado del corral se remece el huerto con blandura...
V
LA RUEDA DEL TIEMPO.--FRATERNIDAD.--LA CONCIENCIA Y EL CORAZÓN.--LOS OJOS VERDES.--VIDAS INFELICES.
Han pasado muchos días, lentos y monótonos, sobre la aldea montaraz. Serafín y Jesús tienen ya once años y forman un rudo contraste de lozanía y endeblez. El que pasa por hijo de Marcela es un chicazo alegre y rubio, con la cara redonda como la luna y los ojos verdes como las olas, unos ojos que el padre mira siempre con singular fascinación. El otro es un sér enfermizo y contrahecho, una pobre criatura de mirada quieta y sonrisa tarda.
Entre los dos media, con las afinidades del común hogar, el lazo firme de un cariño devoto que es en Jesús admiración y vasallaje y en Serafín misericordia y amparo. Delante de él ningún rapaz se burla del niño giboso, ninguno le molesta ni le persigue: hermanos se llaman y por hermanos les tienen en el pueblo, donde ya nadie duda la procedencia de Jesús. La misma Irene acostumbra a besarle cuando le encuentra solo, y a mirarle siempre con un ansia muy triste, con una compasión muy dolorosa.
Ya la antigua novia de Andrés perdió los últimos encantos de la enamorada juventud. Sola en el mundo desde que murió su madre, pugna en la vida sin apoyo ni afecto que la sostenga y conforte. Trabaja y sufre entregada al destino con una obscura conformidad acaso encruelecida por la desesperación. Bárbaros empujones de su lucha solitaria la han puesto algunas veces delante de Marcela, en solicitud de un jornal, de un préstamo, de un pequeño favor. Y la esposa de Andrés la ha recibido afable y complaciente, transida por una angustia semejante a los remordimientos.
Tampoco Marcela parece la misma de antaño. Aunque en su posición de labradora acomodada no ha conocido los rigores de la necesidad, vive cavilosa y suspirante, con la mirada siempre fugitiva, escuchando imaginarias voces al través de las horas mudas. De su fuerte belleza le queda todavía una arrogancia en el porte y un hechizo en el semblante, pero sólo como un recuerdo que alumbra la ruina de aquella briosa mocedad. Desde que suplantó los niños con repentina y firme decisión, en impune secreto, en vano busca su conciencia los vestigios de una esperanza, el corazón, incapaz de mentir, la avisa de su delito a cada instante. Al peso de su culpa ve la vida llena de sombras y siente los castigos caer a su alrededor bajo la pupila negra del misterio. Andrés quiere a Jesús mucho más que a Serafín, le quiere con una piedad violenta, irresistible, en la cual piensa la celosa que descubre redivivo el amor hacia Irene, ya que el padre ama en la criatura triste al hijo de aquella mujer, mientras que al heredero le luce con orgullo pueril porque es bizarro y saludable, pero le mima y educa sin meterle en el alma, con un desvelo frío. Es verdad que a menudo se estremece mirándole; le acerca a sí, rápido y brusco, le aprisiona en los brazos, y se hunde, aturdido, en el abismo insaciable de los ojos verdes: ¡los ojos de «la otra!»
--¿Qué busca en esa mirada?--se pregunta Marcela con loca incertidumbre. Y para mayor tortura, su rival le inspira más lástima que celos. No es a ella a quien Andrés persigue a tientas, en los ojos del hijo sano y en la desdicha del hijo doliente: es al amor fugitivo, al imposible, al enigma. La intuición se lo dice a la enamorada en forma obscura pero cierta, y sufre ahora por el cruel abandono de Irene con el doble estímulo del arrepentimiento y la compasión. Andrés y Serafín debieran ser para la desvalida amor y gozo. Marcela se siente culpable de habérselos arrebatado y padece con el atroz pensamiento de ser una ladrona: el hombre que ella tiene por suyo estaba destinado a Irene, y el niño que la llama madre nació de las entrañas de aquella misma infeliz, a la cual no le queda ni el lejano consuelo de haber alumbrado una criatura bella y dichosa: porque mira en Jesús la prueba de su deshonor, el castigo de una hora de embriaguez.
Y el nene cativo, el inocente condenado a no tener nombre ni madre, oye que le llaman _jayón_, sabe que vive de la caridad, y sufre en humilde silencio, mientras la que le dió a la luz del mundo calla y sufre también, con más angustia todavía, y esconde como pecados vergonzosos los impulsos y los gritos de la sangre.
Mil veces Marcela siente la tentación de romper el secreto y confesar su culpa cuando el niño gime atormentado por el doble infortunio. Mil veces la culpable arrastra como un grillete su delito ante los ojos tétricos de Jesús y la mirada atónita de Andrés. En la conciencia turbia de la esposa, riñen ardiente y ferocísima batalla los celos, el orgullo, la vanidad de la hembra, pugnando siempre por sofocar el puro y callado instinto de la madre. Comprende la triste, con un espantoso desgarramiento del corazón, que si mantuvo el dominio de su hogar egoísta, si logró reducir al hombre amado y alzar la bandera de un cobarde y engañoso triunfo, todo ello fué a costa de su propio hijo. Llena de amargura y de horror, de envidias y despechos indecibles, de pesadumbres roedoras, quiere compensarle a fuerzas de caricias y llantos, con una ternura desvelada y enferma que la consume poco a poco. De tal suerte le cuida y le llora, como pidiéndole perdón, tanto le envuelve y le regala entre solicitudes y fervores, que el marido la contempla con asombro más reverente y dulce cada día, más empapado en amorosa gratitud.
A los ojos de Andrés la abnegación de Marcela crece hasta fundirse con la santidad. Creyendo, como todos, que ella conoce el origen del intruso, ve sin embargo cómo a los dos niños los confunde en una misma gracia maternal, aun más fina, más honda y vehemente junto al desgraciado. Y no sabe el padre cómo bendecir el tributo de amor que recibe, de esta manera tácita y peregrina: rendido, confuso, rodea a su mujer de tiernos homenajes que la entristecen cada vez más, porque no acierta a conformarse con tan gratuita admiración.
Así en el drama sordo de estas vidas infelices sólo triunfa el supuesto Serafín, engañado por la suerte, mecido por una dicha mentirosa...
VI
LAS FLORES DE LA NIEVE.--DICEN LOS PASTORES...--A LA LUZ DE UN RELÁMPAGO.
El cielo decembrino, bajo y turbio, se entenebrece con ráfagas siniestras. Gime el bosque, desnudo por el huracán, baja de la montaña un helado soplo, y en la vacía soledad del espacio vuelan copos de nieve, palpitantes como mariposas.
Tendido en el tajo de la hoz el pueblo de Rianzar yace medroso, y en lo profundo del estrecho valle muge el río por la honda vaguada, desatado en espumas grises, ensanchando la ronca orilla por fragas y juncales borrando los azutes del ansar y los saetines del molino.
Al mediodía se hacen más espesas las flores de la nevada, rimbomba el trueno y el aire adquiere un gemido áspero y terrible.
Marcela aguarda el regreso de Andrés y de los niños. De víspera subieron al «invernal» de Bustarredondo por el gusto de dormir en la mullida cabaña, beber la leche espumosa, recontar los ganados y gozar de los bravíos paisajes. Quedaron en volver a la mañana siguiente y Marcela atisba los senderos, llena de incertidumbre, pensando si el temporal les habría sorprendido ya en la ruta borrosa del monte.
Medra la tarde, cunde la nieve, se rasan las veredas, y todos los confines cobran una misma blancura de sudario.
Unos pastores que bajaron al anochecer, huyendo trabajosamente de la nevasca, dicen cómo al pasar por soto de la Cruz creyeron oir unos gritos que pedían socorro. No lo pudieron comprobar y se inclinan a suponer que las voces lamentables fueron una ilusión: el «invernal», medio arruinado en aquel sitio, gemía, sin duda, al acabar de hundirse bajo los atambores de la tormenta.
Pero la esposa de Andrés acoge este rumor con invencible espanto. Va y viene por el pueblo presa de angustia desesperada, y no sosiega aunque los vecinos de más fuste le dicen que el soto de la Cruz no está en la ruta de Bustarredondo, y que si Andrés se hubiese expuesto con los rapaces en el monte no perdería el rumbo por tan lejano camino.
Marcela nada escucha. Torna a su casa oprimida por aciago presentimiento, y se duele de él sola, en una soledad insoportable, bajo los frémitos de la ventisca y la claridad helada de la noche. No quiere encender luz, imaginando, cavilosa, que rostro al campo yerto, está más cerca de los ausentes, y abre de par en par la ventana sobre el valle alumbrado por una ceniza luminosa, embebido en la nieve. Siguen sonando las nubes con rugido pavoroso; la indómita curva de la sierra se yergue amortajada en el paisaje, y abajo, en la honda línea de la hoz, tiene la frescura del agua clamores turbios y agoreros.
De pronto ve Marcela pasar una sombra por la linde blanca del camino, una sombra muda que ella conoce mucho, y sale a recibirla con el irrefrenable deseo de apoyar el desplomado corazón en otro que sufra igual martirio.
Entra Irene en el abierto portal, y con tapada voz pregunta:
--¿Han vuelto?
--¡No!...
La trágica lumbre de un relámpago ilumina a las dos madres y las acerca en instintivo impulso de terror. Se tienden las manos mirándose con ahinco a los ojos, y se sientan calladas, a esperar.
En la torre de la parroquia plañe una campana gemebunda; cae más menudo y fino el polvo de la nieve; se desgarra una pálida nube y dos estrellas se miran en el cielo, temblorosas...
VII
RÁFAGAS DE TEMPESTAD.--LA SELVA MUDA.--EL CANTAR DEL AGUA.--LA HUÍDA.--EL GRITO CELTA.
De amanecida, rota apenas la mañana, Andrés vió la espesura de las nubes y sintió el frío precursor de la nieve. Un silencio desnudo bajaba del medroso celaje y un hálito de hielo corría por las llecas y el mantillo, como si tiritase el monte.
Ya el pastor dispersaba el rebaño, y la leche fresca rezumaba en las zapitas, acerca de la borona rubia, cuando Andrés despertó a los niños ponderándoles la necesidad de volver al pueblo sin que reventase el nublado.
Hizo Serafín los honores del sabroso desayuno mientras Jesús lo probaba con esfuerzo y el padre creía descubrir señales dolorosas en el trasojado rostro del enfermito. Tenía el pobre maceradas las ojeras, ardientes las manos, caídos los miembros, apagada como nunca la expresión de las pupilas. Buscándole a él refrigerios y tónicos, por consejo de Don Mauricio, subían a menudo al «invernal», pero aquel día no les acompañaba la suerte, a juzgar por el cariz del tiempo y el talante de la criatura. Para que no se cansara mucho, tomaron el camino lentamente, escuchando las voces de la soledad, mirando al cielo con inquietud.
Muda estaba la selva como si no hubiese aire para un rumor; quietos los zarzales y las árgomas, todo silente el horizonte gris.
Cuando ya llevaba Jesús jadeante el corazón, galoparon las nubes sobre el viento y una lluvia sesga y helada comenzó a caer. Llegaban entonces el álveo del río más caudaloso del país, donde el niño Saja nace y solloza como un chortal, ablandando con su frescura la aspereza montés. Y quedaron envueltos en los sones del agua, empapados en la fría canción, mecidos por la tormenta que, al crecer, convertía la lluvia en nieve y el viento en huracán.
Una repentina virazón de los aires empujó las nubes hacia el Norte con ímpetu furioso, congelando los cierzos, tapando las veredas, dificultando el camino, en tal forma, que Andrés tuvo que cargar a Jesús en los hombros y tirar de Serafín, animándole con ruegos y promesas.
Decidieron volverse a la cabaña, más próxima que el valle, y tornaron otra vez monte arriba, en recia lucha con el temporal, ateridos, alcanzados por la torva angustia del miedo.
Una hora tremenda llevaban de huída cuando comenzaron a sentirse perdidos, no viendo, aún en torno suyo, las señales del amigo techado: ni la cambera firme entre los setos, ni la braña sativa, ni el ramblizo siempre susurrante, ni los pobos cercanos al pastoril hogar.
Aunque la nieve confundía lindazos y confines, hubiesen conocido bajo la cruel blancura el huello de las parcelas propias, y hubiesen oído, al través de la borrasca, las esquilas del ganado. Pero no; la ruta, difícil y agreste, padecía el azote de los elementos sin decir nada a la memoria de los caminantes: ¡ni un signo amistoso en derredor, ni un toque suave de aljaraz!
Todo era esquivo y nuevo en la calzada serraniega a cuyos bordes el eriazo mostraba un bravío semblante: se adivinaban los abietes hostiles, la guájara rebelde, la espesura mazorral sin tresna alguna de cultivo. Un bosque de salvajes enebros erguía las yertas ramas con pavura como si levantase los brazos hacia Dios: la nube, cada vez más negra y más baja, se abría en lampos de fuego y horrísonos clamores.
Agobiado por los niños, uno a cuestas, otro de la mano, quiere Andrés huir de aquellos trágicos lugares, buscar un _asubiadero_ con la esperanza de que, por lo repentino y brusco, tuviese el temporal poca duración. Seguro ya de haberse extraviado, rendido con el peso de Jesús, avizora ansioso el horizonte y tranquiliza apenas a los zagales, llenos de terror.
Ya Serafín se queja a gritos de no poder andar. Cayendo a cada paso, lloroso y gemebundo, interrumpe la fatigosa marcha del padre, y tiene aquella fuga una expresión inclemente de fatalidad, un siniestro perfil humano sobre la candidez terrible del camino.
No saben cuánto tiempo luchan y desfallecen sin rumbo ni reposo, cuando en una tregua de la ventisca descubren el cobijo de una cabaña, y al tocar sus ansiados umbrales reconocen el «invernal» del soto de la Cruz, abandonado por ruinoso y abierto a las tormentas, pero aun así providente y bienhechor para los tristes errabundos.
Yacen allí más que descansan, transidos, inertes, sin conciencia de la vida, hasta que Andrés logra recobrar los bríos y darse cuenta de su responsabilidad. Entonces mira con espanto a Jesús que parece un difunto; le toca y está ardiendo, le mueve y está dormido, con un sueño soporoso y letal.
La más desesperada compasión entenebrece al hombre delante de aquel ser que le debe una existencia tan ruin, una infancia menesterosa y comalida, sembrada de pesares, llena de humillaciones y amarguras. Piensa que, al cabo, el hijo se le muere allí, a las inclemencias del cielo, sin que nadie le cuide ni le ampare, abandonado a la más dura suerte. Y reflexiona en lo inútiles que han sido aquella lástima y aquel remordimiento que en una noche inolvidable abrieron al _jayón_ la puerta de un hogar...
No sabe cómo servir al niño, da vueltas igual que un loco, por la achacosa cabaña, buscando en cada ostugo la vislumbre de una ayuda que está muy lejos de parecer. Si el vendaval empujó por allí algún sobrante de la escamonda, los gajos secos del espino cerval o del residuo del rozo, la nieve y el agua lo han mojado colándose por las hendiduras, boquetes y algeroces. Y el mezquino acervo que Andrés reúne con avaricia, tratando de encenderle para secar la ropa y mitigar el frío, se resiste entre ásperas quejumbres y bocanadas de humo.
Serafín duerme cansado de llorar. Jesús se lamenta sin abrir los ojos, con silbidos en el pecho deforme y temblores en las manos inquietas. Cruje el endeble techado; gime el viento, cada vez más rendido; nace la noche en el fondo de la hoz.
La nieve ha dejado de caer en torvas y rodar en aludes; se desmenuza ahora en copos muy tenues, con atalaje de hada, y sus vedijas sutiles se confunden en la pálida tiniebla, bajo la agonía de la luz.
De pronto unas voces lejanas llegan a los oídos vigilantes de Andrés. Se yergue el desgraciado con toda la atención despierta y sacudida, y vuelve a oir, remoto, un son de relinchada, el _ijujú_ celta que perdura entre los mozos cántabros. Quizá pastores o _serrojanes_, que huyen a la llanura, cantan para espantar el miedo, con alarde infantil.
Andrés, brusco y esperanzado, responde al bárbaro cantar con angustiosos gritos, y quiere correr hacia las voces peregrinas, pero los zagales, espabilados de repente, no le dejan salir. Un terror inmenso les aturde ante la nueva actitud de fuga que el padre inicia, ahora que ellos, tundidos, no se pueden mover y que la sombra ciega al monte envuelto en pánico blancor.
Claman los muchachos frenéticos:
--¡Padre, padre! ¡No te vayas, no nos dejes!
Se le abrazan a las rodillas mientras Andrés pide socorro fuera de sí, y ninguna humana voz acude al vehemente reclamo, ningún auxilio llega al través de la soledad: ¡tal vez los sones errantes fueron una ilusión!
El viento gira hacia el Sur convertido en un noto de repentina blandura, y al dormirse en el éter deja oir la querella del Saja, honda como un llanto inconsolable, y rasga las nubes en un jirón azul: dos estrellas se asoman al cielo, pensativas, para mirar la nieve acostada en la noche.
VIII
EL RESPLANDOR DE LA TRAGEDIA.--CAMINO DEL CIELO.--EL BESO DEL SOL.
Palidece una madrugada turbia sobre la claridad deslumbradora del paisaje. El día, que empezó a morir en los hondones, resucita en las cumbres, invadiendo los contornos de la sierra cuando aún es Rianzar valle de sombras.
Andrés no sabe si ha dormido: reina en sus actos el desorden de un sueño, y mira a su alrededor con aire de sonámbulo, mientras se le esconden los pensamientos en lo más obscuro de la conciencia.
Pronto revive su corazón con profunda congoja, sumido bajo la recia pesadumbre: este día que nace no trae con su luz más que la evidencia del drama, el resplandor de la tragedia.
Ha querido el padre dar calor con su cuerpo a los hijos, y los guarda a su lado inmóviles, mudos. Jesús descubre, ardiente, el ascua de los ojos, lo único que parece vivir en él; Serafín tiene los párpados caídos, y abierta la boca en una respiración cansada. Inclinándose a contemplarlos siente el hombre deseos de llorar y morir, y oye sin asombro cómo cruje el cobertizo al peso de la nieve: ¡sin duda va a hundirse! Entonces, desde el trépido umbral otea los parajes helados con las sendas perdidas y padece la vaga sensación de asomarse al mundo del silencio, en contacto con la eternidad.
Quisiera romper con la mirada los horizontes, salir, con la vista siquiera, de aquella linde cándida y perenne que no concluye nunca.
El viento arrecia y la cabaña vuelve a crujir: parece que las nubes van a rasgarse bajo un punto remoto de viva claridad. Otro brusco remezón de la techumbre obliga a Andrés a sacar los niños, de un salto, fuera del peligro, no sabe para qué. Los deja allí sobre la alfombra helada, y espera absorto que se hunda el «invernal».
El desplome, el frío y la luz sacuden a los zagales con terrible aguijón. Se levantan como autómatas, sin brío ni conciencia, y Jesús se vuelve a caer.
Serafín llora deshambrido, asustado, maltrecho, y el padre coge al caído en sus brazos y dice al otro con un gesto obscuro:
--¡Anda!
Toma una dirección cualquiera, monte abajo, fiándose al instinto, pero el rapaz no le sigue.
--¡No puedo... no puedo!--murmura--También yo estoy cansado y siempre llevas a Jesús: ¡a mí no me quieres!
El desconsolado plañido llega certero al corazón de Andrés, y le acusa de predilecciones invencibles. Tal vez Jesús no sufre tanto como él teme, ya no arde ni se queja, ya no le silba el pecho: será menester que ande un poco. Le posa con dulzura y repite:
--¡Anda!
Carga con Serafín, que aún gimotea.
--¡No me quieres... no me quieres!
Y Jesús da unos pasos, vacilantes, detrás de ellos. Después vuelve a rodar con un sordo retumbo, sin decir una palabra.
Acude el padre, aterrado, y al postrarse junto a la criatura conoce que está allí la muerte, _la reina de todos los espantos_.
--¡Jesús!... ¡Jesusín!--clama rota de pena la voz.
Y el niño, con la cara vuelta al cielo, entornados los ojos, lanza una risa aguda y delirante que rebota en la nieve y se aleja sin extinguirse. Al dejar de reir, el alma le resplandece un instante en las pupilas, triste y pura como un cirio, y se apaga de pronto, humedeciendo el cristal de la mirada muerta.
Andrés, con el pensamiento inmóvil al lado del abismo, se inclina a besar la boca exánime de Jesús, y sobre ella se detiene, como si quisiera recoger un murmullo, un sollozo, la última volición de aquel espíritu mártir y solitario que habitó un cuerpo tan infeliz. Pero el hielo de la boca marchita hiere con filo tan penetrante, que el hombre se levanta, crispado, y echa a correr con el hijo que le queda...
Ceñido por la mortaja infinita de la nieve, el cuerpo difunto duerme con solemnidad en el monte, nunca tan santo como ahora que guarda los despojos de un niño.
El viento al crecer, raudo y caliente, provoca el deshielo y ensalza los rumores de arroyos y hontanares: parece que las aguas lloran una pena indecible. El sol ha roto aquel punto claro de las nubes, y, sin miedo al frío de la muerte, se asoma a besar la carne yerta de Jesús.
IX
HORAS DE ANGUSTIA.--LAZO DE DOLOR.--LA VOZ DE LA SANGRE.
Cuando Andrés llega a su casa, medio enloquecido, ya las vecinas le han arrebatado a Serafín para alimentarle y vestirle antes de que su madre le vea derrotado y hambriento, con el terror hundido en los ojos y la angustia pintada en el semblante...
Todo el pueblo se agita al conocer la tragedia del soto de la Cruz. Las mujeres lloran:--¡Pobrecito jayón, pobre inocente, señalado como una víctima desde la cuna!... El párroco dice que el zagal supo elegir el único camino libre y hermoso: ¡el camino del cielo! Y se apresuran los hombres cerca de Andrés para ofrecerle compañía y auxilio. Todos quieren subir a la montaña para rescatar el cadáver; todos se compadecen del amigo que fué siempre generoso con los demás, valiente y útil en la lucha común por la vida. Nadie ignora, tampoco, que el buen camarada pierde un hijo en el niño _jayón_, y las frases de condolencia adquieren rumores de secreto, matices de aventura pasional que rondan a Marcela, sordamente, antes de que arribe su esposo.
No le aguarda sola; allí está Irene, que no se ha movido del banco donde por la noche se encogió, muda y trémula, agobiada de un dolor humilde, sin palabras ni suspiros, llena de vergüenza y timidez. Una zozobra obscura, más fuerte que su orgullo, la empujó hacia el hogar siempre envidiado, y allí se queda, esclava de la inquietud, quizá temiendo que la echen; quizá sin fuerzas para huir.
A Marcela no se le ha ocurrido evitar la compañía de aquella mujer: al contrario, la necesita y la estimula. Toda la noche trató a Irene como a una compañera de infortunio; la invitó a calentarse y rezar; se estrechó contra ella en el mismo banco, y tuvo tentaciones de abrazarla y pedirla perdón.
Alumbradas desde fuera por la claridad de la nieve, contaron las horas en vigilia constante, y cuando el alba inició las primeras luces, sintieron en torno suyo una turbia sensación de opacidad, una vaga certeza de vivir... Ecos del drama que las reúne en misterioso lazo, posan ya junto a las dos madres. Algunos vecinos que preceden, solícitos, a Andrés, para tranquilizar a la esposa, no saben cómo hablar delante de Irene, y ellas, notando la turbación de los semblantes, padecen crecidas todas sus incertidumbres y nada quieren oir.
Es aquel un minuto horrible de ansiedad, hasta que el hombre, tan dolorosamente esperado, entra y se mira, atónito, entre las dos mujeres.
--¿Y los niños?... ¿Dónde están los niños?--le preguntan desoladas, olvidando que huían de saber.
Él paga a Marcela en tal instante su larga deuda de gratitud, respondiendo con heroica generosidad:
--He salvado el tuyo.