Ruecas de Marfil (Novelas)

Part 5

Chapter 54,124 wordsPublic domain

Lo mismo que antaño arrancarían para ella, al pasar, las flores silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fúnebre posa tañería con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que dejaría en el Encinar una caricia de las lágrimas siempre viva y suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julián imagina, traspasado de emoción, el gemido de la cancela al derramarse en el atrio parroquial detrás del cuerpo de Ángeles, ya en la vereda del cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, cálida y polvorosa, cayendo implacable sobre el florido ataúd... Un enternecimiento sutil posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese dulcemente adorado...

XVII

Crece la noche; la tardía luna, brillando apenas en el cielo, baja a la nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trémulas hojas, se asoma al cuarto de Ángeles y la besa en la frente.

El hueco de la triste ventana abre en el muro señorial un cuadro de fatídica luz, luz de catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres rezan, dormitando en un rincón.

Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los árboles, cuando Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha detrás de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:

--¿Sabel?

Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrón de Lecio se suaviza todo lo posible para suplicar:

--¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, que aquí estoy yo...

El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del mozo, dejando en el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperanzada y fecunda, allí, a lo largo del camino, donde brotan, húmedas todavía, las sangrientas flores del odio.

Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de Ángeles, delante de la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tímido resplandor, como un astro moribundo, desfila por última vez, brava y humilde, la ronda de los galanes...

EL JAYÓN

I

ROSA DE ZARZA.--EL «JAYÓN».--EL DARDO DE UNA SOSPECHA.--AMANECER...

Entreabrió Marcela un poco la ventana, y, sin vestirse, apoyándose en el lecho recién abandonado, se puso a mirar con obstinación a los dos nenes que dormían arropados en una escanilla, la humilde cuna montañesa. Eran en todo semejantes: robustos, encarnados, con las cabecitas muy juntas, parecían nacidos a la vez, como esos capullos de las rosas fuertes que se abren en dos botones rojos y ufanos, bajo un mismo rayo de sol.

Fuerte rosa de bizarra hermosura, la madrugadora mujer que contempla a los niños no trasciende a cultivo selecto de jardín: es joven y arrogante, pálida y tranquila, con el encanto agreste y puro de una rosa de zarza. Su belleza, medio desnuda, se estremece al influjo de una sorda inquietud, y, sin embargo, el rostro, impasible y hermético, no delata la obscura turbación.

Con los profundos ojos clavados en la cuna, Marcela revive, una vez más, sus incertidumbres, a partir de la reciente noche en que, dormida con el nene en los brazos, la despertó la voz de su marido.

--¿No oyes?

--No... ¿Qué sucede?

--Escucha...

--Es un niño que llora a la puerta.

--¿Un niño que llora?... ¡Si parece un recental que plañe!

--Pues es un nene pequeñín como el nuestro.

--¿Un jayón, entonces?

--Sin duda.

--Y ¿qué hacemos?

--Abrir y recogerle hasta la mañana.

Andrés se levantó, muy presuroso, y la moza vió al instante, cómo la obscuridad del campo dormido se asomaba al portón abierto frente a la alcoba matrimonial.

Luego el llanto de la abandonada criatura resonó, más apremiante y sensible, dentro del dormitorio.

Incorporada y absorta, Marcela recibió aquel hallazgo lamentable, y le acercó a la luz.

--¡Un niño!--murmuró, cuando entre la ropa, escasa y pobre, aparecieron las carnecitas nuevas y rosadas. Y fijándose más en el semblante, sereno de pronto, encendido y bobalicón, añadió confusa:

--¡Si es igual que nuestro Serafín!... ¡Parecen gemelos!

--Todos los rapaces de esta edad se parecen--repuso Andrés, con una voz tan desusada y trémula, que la esposa levantó hacia él los ojos llenos de sueño y maravilla, y se quedó mirándole de hito en hito.

Pero el mozo bajó los suyos grandes y tristes, volvió la cara, como buscando alguna cosa, y torpemente fué diciendo:

--Me acostaré en ese otro cuarto para que te arregles mejor con «estos huéspedes»; aquí te voy a estorbar...

Quería sonreir y mostraba una prisa tan inquieta por marcharse, que la mujer le detuvo pasmada.

--No entiendo lo que dices; se conoce que estoy medio dormida...

Manifestóse Andrés más impaciente al repetir:

--Que te dejaré mi sitio libre para tu comodidad.

--¿Y qué hago con el crío?

--Tú quisiste que le abriese la puerta...

--¡Claro! No íbamos a dejarle morir sin un socorro.

--Pues ahora «eso» es cosa tuya.

--¿Cosa mía?... Yo le cobijaré esta noche, y al amanecer tú darás parte en el Ayuntamiento para que le lleven a la Inclusa.

--¿Después de haberle metido en casa?

--¡Ah!; y este amparo, en trance de muerte, ¿nos obliga a criarle?

--Tú verás...

--¿Cómo que yo veré? ¿Te has vuelto loco?

Con el piadoso instinto de las madres, Marcela había colocado, distraidamente, al niño forastero junto al suyo, y el pobre chiquitín se adormecía al dulce calor de la caridad, mientras la moza, ya bien espabilada, sentía el dardo de una sospecha en el corazón y musitaba con acerbo propósito:

--¡Que le críe la bribona que le echó al mundo!

--¿Bribona?--interrogó el marido, huraño, volviéndose desde la puerta--. ¿Qué sabes tú?

Iba a salir cuando le retuvo otra vez el acento alarmado de la joven:

--¡Andrés, Andrés; ven acá: no huyas! Tú estabas despierto esperando al jayón; tú tienes preparadas las respuestas a lo que yo te digo sorprendida; tú quieres que guardemos con nosotros a este niño, y disculpas a su madre, que bien puede ser...

--¿Quién ibas a decir?

--_Esa_... ¡Irene!

Pálido como un difunto, violento de pronto, avanzó el marido hacia la cama, y Marcela, después de mirarle fijamente en los ojos amenazadores, toda estremecida se echó a llorar.

Cuando él pudo separar las manos de la joven y descubrirle el rostro, ya se mostraba sumiso y afable aunque le temblaba mucho la voz.

--No llores, mujer. No sabes lo que dices ni lo que piensas--murmuró, acariciándole el sedoso cabello sobre la frente.

Ella, confiándose con mayor abandono a la repentina zozobra, repuso:

--Sí lo sé: pienso y digo la verdad. Este niño es de Irene... Hace tiempo que no sale de casa y todo el mundo asegura que su madre la esconde...: no puede ser de otra en el pueblo.

--Y aunque así fuese; una moza honrada no es extraño que quiera ocultar un desliz.

--¿Un desliz?... Eso nada me importaría.

--Pues, ¿qué te importa?

Hubo un silencio largo y difícil. Andrés, sentado en el borde de la cama, parecía haber recobrado la serenidad, y al cabo Marcela expresó con gran timidez:

--Tú la querías antes de casarnos... ¡Quizá la quieras aún!... No se le han conocido «desde entonces» amoríos ni rondador...

--Y todo eso, ¿qué?

--El niño se parece a ti.

--¡Marcela!

--Es igual que el nuestro... ¡Mírale!

Intentó descubrir al intruso, pero el marido extendió la mano sobre él con un movimiento de alarma.

--¡Déjale; se va a despertar!--pronunció con angustia, otra vez perdido el aplomo. Y luego de callar un instante bajo la mirada inquisitiva y llorosa de su mujer, hizo un esfuerzo para decir:

--Oye, Marcela... No te negaré que quise a Irene; pero te quise a ti más y la dejé por ti... Nada tengo que ver con su vida ni con su honra, y nada sabía esta noche del jayón. Cuando le sentí a la puerta pensé que balitaba un corderín, ¡ya ves!... Tú dijiste: «Es un niño que llora», ¿te acuerdas?

--Sí hombre, como que eso acaba de pasar, ¿no he de acordarme?--replicó la muchacha con despecho ante aquellas razones pueriles.

Pero él, evitando otras de más fuste, con mucha lagotería, siguió hablando.

--Bastante hemos aguardado al primer hijo, si ahora tenemos dos, recogiendo a este infeliz, bien los podemos criar.

--¿Y por qué? ¡dime!--exclamó la moza casi airada, secos ya los ojos y resplandecientes en la media obscuridad del aposento.

Andrés contestó, siempre evasivo:

--Porque tenemos harta cosecha y lucios ganados; porque tú eres caritativa como una santa...

Quería Marcela interrumpirle, y él, puesto ya de pie con definitiva resolución, agotadas las últimas palabras que se le ocurrían, le dió un abrazo y le susurró al oído:

--¡Porque así te querré más y seremos más felices!

Ya salía de la alcoba dejando a su mujer pálida y muda cuando se volvió a ella para añadir:

--¡Y no me hables nunca de Irene!...

Después de unas horas de insomnio y estupor, vió Marcela clarear las primeras luces del amanecer y oyó, como de costumbre, salir a su marido con el ganado por la cambera arriba, camino del ansar.

En la torre de la parroquia sonaron unas campanadas tranquilas, y al blando tañer respondieron en los corrales la fanfarria de los gallos y el repique de las abarcas; en los nidos, el revuelo de las plumas; en el aire, los rumores de la fronda; la vida tornaba, áspera y fuerte, a posarse en la aldea, como si en la escanilla de Serafín no durmiese con él un niño extraño, y Marcela no velase aquel misterio transida de inquietud...

II

EL ALTAR, LA FUENTE Y LA LUNA.--LA SOMBRA DE UNA MUJER.--LA SEÑAL DE LA CRUZ.

No ha pasado todavía un mes y ya el sueño del intruso en aquella cuna tiene los caracteres de una cosa normal. Ya en el pueblo no se habla del último _jayón_, el niño hallado en la reciente noche a la puerta hospitalaria de Andrés. Aunque recayeron sobre Irene las sospechas de aquel abandono, alguien dijo que la moza estaba sirviendo en Santander, libre de calumnias, y que al nene «le habían corrido» hasta Rianzar, desde un pueblo cercano. Ello fué que los chismes y los rumores quedaron rezagados en el fondo de las conciencias, sometidos bajo la reservada actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco era nuevo el caso de recoger a una criatura desvalida en aquellos hogares montañeses, y reconocido Andrés como el más acomodado labrantín de los contornos, se explicaba mejor el hallazgo en los umbrales de su casa, donde, por añadidura, había una mujer fuerte y animosa que aguardó con ansiedad el fruto de sus amores durante cinco años, peregrina de los altares milagrosos y de las fuentes que proporcionan el don de la fecundidad... Sin duda, la madre del _jayón_ había encontrado alguna vez a Marcela delante de la Virgen de la Esperanza, en súplica ferviente, con un cirio en la mano y una pena en los ojos; acaso la sorprendió una noche cabe la fontanuca del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el plenilunio, el agua llena de la apetecida virtud...

La moza devana conjeturas y suposiciones queriendo convencerse de que el amparo al nene desconocido es para ella un providencial tributo de agradecimiento a Dios, un interés que paga a la inmensa ventura de ser madre. Se muestra a ratos optimista y sonríe al intruso con bondad, casi con gratitud; ha llegado a posarle los labios en la frente y por supuesto, le cuida como al suyo, cumplidora leal de un deber que tácitamente aceptó y que ya no discute, porque, cuando mira al niño como ahora, estremecida y turbada, piensa: «Aunque sea hijo de Andrés, me conviene guardarle para que la afición que le tome no vaya lejos de mí; para que _la otra_ no «le tire» y me viva obligado.»

_La otra_ es una mujer de quien siempre Marcela tuvo celos, aunque no se lo confesara a sí misma y no hubiese motivo para tanto.

Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra poco temible como rival, y, sin embargo, sus ojos grandes, verdes y húmedos, tienen una rara hondura de aguas misteriosas que produce inquietud y sugestión.

Cuando Marcela ha visto a su hombre distraído y perezoso, con la mirada ausente y el suspiro en la boca, ha deseado más que nunca la llegada de un hijo, y ha pensado con inexplicable augurio en las hondas pupilas de Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella fué la primera novia de Andrés, y desde que él la dejó para casarse con una forastera, allí al lado vive retraída y solitaria; marchitándose sin amor, con los profundos ojos abiertos sobre cada reciente hogar... Si Andrés la nombra, le parece a Marcela que revive en los labios del mozo una ternura ungida de remordimientos; si la habla, imagina que todo él se hunde, enamorado, en el abismo de los ojos verdes; pero ni la habla ni la nombra a menudo, y hasta se podría suponer que la huye.

No obstante, la celosa recuerda una vez más en esta mañanita de Abril, algunas pérfidas insinuaciones de los vecinos, supone que Irene está en su casa escondida, y contempla al _jayón_ impuesto en el hogar por Andrés.

--¡Es suyo, es suyo, es «de ellos»!--murmura, con el rostro impasible y el alma zozobrante.

Permanece desnuda y absorta junto a la escanilla hasta que siente frío y la hiere en la cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse y trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la mano hacia los pequeñuelos dormidos, y les signa en el aire con una cruz.

III

VOCES DE LA TIERRA.--HISTORIA DE UN AMOR.--EL MAL DEL PAÍS.--LA PÁLIDA VENTURA.--NUEVA ESPERANZA.

La luz vernal se duerme en el paisaje con amorosa dulzura. Por el bravío espinazo del monte baja a la aldea un hálito caliente, saturado de perfumes libres; flota en la brisa el rumor de las alas y el calor de los nidos; están frondosos los bosques, reverdecidas las praderas y los huertos en flor.

A lo largo del angosto valle recibe la tierra en su moreno vientre la rubia semilla del maíz, y corre el Saja espumoso, crecido con la nieve de los puertos, cantando el vasallaje de las fuentes que se le entregan enamoradas, al nacer: toda la Naturaleza en celo palpita, escucha y aguarda, trémula de pasión.

Marcela también padece la divina ansiedad de las horas primaverales y vive en un atisbo celoso, ignorando lo que aguarda, escuchando impaciente los rumores del campo, los pulsos de la tierra, las ráfagas del viento. Mientras su marido trabaja en la mies, ella cose en el abierto portal, vigilando la cuna, suspirando con frecuencia. Su pensamiento, que desfallece sometido a la embriaguez del día, busca al amado y quiere penetrarle, saber lo que piensa y discurre, averiguar por qué lleva la frente siempre tajada con una honda arruga.

Andrés ha sido el primer amor de Marcela; el único. Bravía como el monte, ardiente como el sol, quiso al mozo con vehemencia ruda y fiel, desde que le miró a los ojos tristes y pensativos, le vió sonreir con melancolía silenciosa y le escuchó la voz ferviente, impregnada en oculta pesadumbre.

No había razón para que fuese aquel hombre taciturno. Tenía a los veintiocho años algo de hacienda propia, excelente salud, buena figura y avisada inteligencia. Las mozas se perecían por él, los vecinos le concedían en todo una envidiable superioridad y gozaba justo renombre de valiente y honrado.

Pero era un descontento de la vida, un espíritu ansioso, tocado del mal del país, herido por la bruma de Septentrión. A pesar de su escasa cultura, sentía desmesuradas aficiones por libros y periódicos, y hasta se dijo que, a hurtadillas, escribía romances. Toda la poesía triste y honda del campo montañés se le había metido en el corazón, y le envolvía los deseos en una niebla de llanto sin lágrimas: así las altas inquietudes sentimentales descendían sobre aquel ánima silvestre como un tormento obscuro, nunca roto por el divino hallazgo de lo sobrenatural.

Cuando Andrés conoció a Marcela en una romería comarcana, quedóse deslumbrado como si por primera vez le bañase, rútilo y potente, el sol.

Era otoño. Comenzaban a morirse las ramas en el bosque y a tenderse las nubes sombrías por el cielo. Ya remansaba el crepúsculo en el campo de la fiesta y aun sobre la seroja descolorida bailaba incansable la mocedad.

Del bullicioso grupo se apartó una muchacha que cruzó la romería para ir a sentarse en el tronco seco de un nogal, acaso con la única intención de que la viese Andrés.

Al pasar junto al joven le soslayó una mirada y una sonrisa, diciendo muy gentilmente:

--Buenas tardes.

--Santas y buenas--repuso el galán, aturdido por la hermosa aparición que, en la blancura del traje y de la cara, parecía recoger del espacio toda la luz. Y siguió atónito los pasos de la moza, se sentó al lado suyo, olvidó a Irene con quien se iba a casar...

Tenía Marcela aventajada la estatura, gallardo el busto, clara la tez. Llevaba luto en los cabellos y los ojos; en los labios carmín; en la risa y el alma, juventud. Su hechizo irradiaba una fuerza tan llena de vida y de gozo, que Andrés, amando a la joven, tuvo por cierta la felicidad y vislumbró la serena alegría de los espíritus apacibles, de los corazones abiertos y puros.

Sin dificultades llegó la boda, y desde la aldea montaraz, colgada como un nido en el bravo alcor, fuese la esposa con su dicha al valle, allí donde, muy cerca, la olvidada Irene escondía su humillación como un delito.

Andrés parecía curado de sus antiguos males y un aura de ilusión le alzaba la frente, le convertía en comunicativo y risueño. Sólo al hallar a su primera novia, o cuando le hablaban de ella, volvían las melancólicas nubes a circundarle, como si la pobre abandonada fuese todavía un lazo que le atase a las meditaciones tristes.

Pasaron los meses y comenzó a palidecer la luz de la ventura nueva. El matrimonio se impacientaba esperando un hijo, y aquella privación constituía para la esposa un grave quebranto porque la relacionaba con el duelo de los ojos de Andrés, la bruma ausente que de nuevo envolvía al amado poco a poco. Entonces peregrinó Marcela, devota y creyente, a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fué a beber, supersticiosa y simple, en la fontanuca del argomal bajo la plena luna. Al cabo el deseo tuvo realidad: el agua saludable y la religiosa oración florecieron juntas en una misma cándida fe, y Marcela, enajenada de gozo, sintió que un amor nuevo y sublime emergía, igual que una fragancia, de su carne joven, como si en su corazón se abrieran las hojas de un capullo. Pero no se aclaraban las nubes en la frente de Andrés y la esposa, con la aguda perspicacia de los enamorados, advertía los esfuerzos de su marido para compartir las ilusiones de ella y recibir al hijo como una bendición. Entre alternativas de zozobra y ventura, la imagen tímida de Irene rondó a Marcela como una sombra pálida y tenaz; oyó alusiones mortificantes respecto al único amor de la muchacha, la vió desaparecer del pueblo, oculta o ausente, y sintió cerca de sí, más lejana que nunca, la sombría presencia de Andrés. Al fin el hijo la colmó de goces, tan inefables y sutiles, que olvidó todas las incertidumbres hasta la noche del misterioso hallazgo, hasta que tuvo que albergar al _jayón_ en la cuna de Serafín...

Tanto se asemejan los dos nenes, que sólo la madre distingue al suyo del pobre desconocido, a quien han puesto por nombre Jesús. Por su parte Andrés procura no compararlos, apenas los acaricia tímidamente, y repite a menudo, con terca obstinación, que en esta edad todos los niños son iguales.

Como ya apremia el trabajo de la sembradura y aun no están majados en algunas tierras los _cavones_, el mozo se detiene poco en su casa. Vive campo afuera casi todo el día, se acuesta rendido y madruga mucho, pero en el breve trato con su mujer muéstrase cariñoso con una cordialidad llena de matices raros, de tímidos aspectos en que Marcela cree descubrir los resquemores de la culpa y los aromas de la gratitud. Le parece a ella que su marido la mira de otro modo, la reconoce más virtudes y la estima con mayor reverencia. Y aunque esta novedad significaría la tácita confesión de cuanto la esposa teme, pudiera ser, al mismo tiempo, señal de la gran ventura, renacer de la pasión juvenil que a los dos les hizo tan felices. Generosa y enamorada, ella se apresura a perdonar y sufrir, para merecer, y no arriesga una sola palabra imprudente, ni un gesto, ni un reproche que nublen aquella perseguida ilusión.

IV

EL ESTIGMA.--LA SENTENCIA DEL INOCENTE.--¡NADIE LO SABRÁ!

Cosiendo y soñando, en esta hermosa mañana de Abril, oye Marcela que llora un niño, el suyo sin duda, que es de los dos el que llora más. Corre a buscarle y piensa con orgullo que le tendrá despierto en los brazos cuando al mediodía regrese Andrés. Pero el chiquillo, después de mamar gime aún, con tal desasosiego, que la madre le desnuda para consolarle, volviéndole a vestir la ropita fresca, olorosa a flores y a sol.

Ya le mece, libre de los pañales, en el regazo, y se engríe con su robustez.

--Es más fuerte que «el otro»--murmura, contemplándole a plena luz, bajo el aire tibio y dulce del meridiano.

De súbito, los dedos ágiles y acariciadores se detienen con inquietud sobre el pecho ancho y saliente del niño, allí, encima del corazón, y se agitan después envolviendo el tallo dorsal de la criatura. Algo extraño y monstruoso le parece a Marcela descubrir donde creyó hallar fortaleza y reciedumbre.

Acude presurosa a desnudar al otro nene, y, encima de la cama, los coteja, los mide, los junta en una exploración llena de perplejidades y terrores: así la sorprende Andrés que no repara en el mudo trastorno de la madre ni se aproxima demasiado a los chiquitines.

Largo día de zozobras crueles, y negra noche de insomnio, inspiran a la muchacha una resolución pronta y enérgica. Quiere salir de la duda insoportable, saber si su hijo es contrahecho o si ella delira de pasión y ternura maternal. Envolviendo tales incertidumbres, cierto obscuro propósito entenebrece el alma de Marcela y la obliga ciegamente al disimulo.

Cuando llega el médico, llamado como por casualidad, la joven descubre a Serafín, y pronuncia, con acento en que tiembla muy oculto el terror:

--Mire; está muy hermoso, ancho y grueso, pero llora mucho, parece que se queja... y, como usted pasaba por ahí, me dije: pues que haga el favor de verle don Mauricio.

Don Mauricio, con las gafas sostenidas en la punta de la nariz, se inclina sobre el nene mirándole despacio, le registra con los sabios dedos el pecho y las espaldas, y mueve al fin la cabeza en un signo lamentable.

Marcela le devora con los ojos.

Antes de dar su parecer el médico pregunta:

--Este niño, ¿es el tuyo?

Y rápida, con acento sombrío, pero firme, responde la moza:

--Este es el jayón.

--Ya me lo figuraba. Porque tú y Andrés sois robustos y normales y este pobre es raquítico: tiene una corvadura angulosa en la columna vertebral, lo que llamamos vulgarmente giba.

Con la voz empañada y brusca insiste la madre:

--¿De modo que es jorobado?

--Eso mismo.

--¿Y no lleva remedio?

El doctor se encoge de hombros.

--Ninguno--dice--. Le pondríamos un aparato, le mortificaríamos, y el chico no se enderezaría. Su lesión es innata, producida acaso por herencia, acaso por un golpe que sufrió la madre, por una presión nociva durante el embarazo clandestino... ¡Vete a saber!

Como nada repone la moza mientras envuelve a la criatura, don Mauricio sigue hablando de _escoliosis osteopática_ y otras enfermedades relacionadas con la de Serafín, el niño desgraciado que desde ahora se llamará Jesús.

Diríase que el inocente escucha la inexorable sentencia de su desdicha; de tal manera gime hasta que la madre, muda y febril, desabrocha el corpiño y le ofrece el seno, blanco y duro, generoso.

El buen doctor, algo mocero, a pesar de sus años, y hombre sentimental, se admira tanto de la hermosura de la joven como de su impulso caritativo, y alude:

--¡Ah!, pero ¿le crías tú?

Ella, turbada en este instante por primera vez, murmura:

--Un poco...

--Ha caído el rapaz en buenas manos: más vale así. Vaya, hija, ¡que sigas tan guapetona y de tan noble condición!

Marcela despide a don Mauricio muy amable, y la blancura de los dientes, al querer sonreir, le enfría la púrpura de los labios con una extraña claridad.