Ruecas de Marfil (Novelas)

Part 4

Chapter 44,044 wordsPublic domain

El cariño recóndito de César es para Ángeles un adorable perfume de la infancia, el amable secreto de un «escucho» que hace sonreir, tal vez la vibración sentimental que en el alma produce una copla errante, diciendo amores a la luz de la luna, una copla que suspira cuando la ronda pasa... ¡Pero Julián!... ¿Por qué no se ha fijado en que él la quería?... Es bueno y valiente, es el amo del pueblo, el señor de la altiva torre y de la brava selva, tiene franca la mirada, noble el corazón...

Y se estremece la joven aturdida de que la fealdad arisca de Julián le parezca ahora mucho más grata que la gentil apostura de su prometido.

Para sacudir esta idea alarmante se acuerda de Lecio, mareado y descolorido en los deliquios de una fina locura de amor. Y abre los ojos, sonriente, sobre la nube alba de su traje de novia.

X

Diríase que un viento huracanado conmueve a los mozos del Encinar a medida que se acerca el día del casamiento. La sorda irritación que se acentúa entre ellos toma forma y proporciones singulares en la ronda de Alcázar, que ha asumido, con extraño tesón, la responsabilidad de consentir aquel despojo de que Adolfo Serrano «les hace a todos víctimas».

Anda Julián enredado en una aventura de calleja con cierta mozona malviviente, siendo ésta la primera vez que el señorito de la torre hace pública ostentación de semejantes galanteos. Lleva en la cara el pobre hombre una expresión de tedio y amargura que va troncándose en tormentosa nube de fiereza; como si en él creciese, cada día, el salvaje placer de sumirse en aquella torva brumazón de barbarie, para así desmandar sus pasiones y olvidar, con tesón despreciativo, sus nativas costumbres de caballero.

Fidel se las echa de guapo como nunca, vocifera en las noches de ronda hasta enronquecerse, y alarma a los vecinos con incesante tiroteo en persecución de aves felices, que jamás hiere. Hasta en los nogales de la bolera, ya vestidos de ropaje ufano, trata de hacer puntería sobre los canoros malvises: clama la escopeta amenazante envolviendo la nogalera en humos y fulgores, pero los malvises se vengan siempre del susto recibido, causándole al implacable cazador una terrible envidia al volar, ilesos, a la huerta frondosa de Ángeles, en busca de asilo hospitalario.

Más disimulado y prudente, desahoga _el Estudiante_ su mal humor haciendo versos, unos versos mansos y tristes que no parecen haber nacido bajo la tempestad de unas pupilas claras, enfurecidas con relámpagos audaces.

Entretanto Lecio manifiesta a su novia el más voraz deseo de casorio. Zumba su querella con pesadez de mosca en torno a la ventana florida de Isabel, y pregunta, ansioso, en cada palique:

--Pero, di, Sabel, ¿cuándo nos casamos?

--Cuando mi madre coja la cosecha--repite siempre la joven.

--¡Falta mucho tiempo!...

Ella un día, maliciosa, le dice:

--¿Por qué ahora, estás tan impaciente?

--¿Por qué... Por qué?... ¿No ves, criatura, que ya todo el mundo se casa?

--¿Todo el mundo?--repite la muchacha con sorna--. ¡Pues yo no veo que se case nadie más que la señorita!...

Corrido y enojado el hombre, murmura:

--Bueno... ¿nos casamos o no?

Y promete, apacible, la voz de Isabel:

--Cuando mi madre coja la cosecha...

XI

Llegó la hora esperada con tan distintos afanes.

Toda la mocedad aguarda a los novios en el portal de la parroquia: ellas para cantarle a la señorita unos _picayos_ con letra alusiva, rimada por César Garrido; ellos para confundir con miradas iracundas a quien les arrebata la diosa del valle, la mujer venerada con sagrado culto.

Ha nacido la mañana blanca y triste, con cara de llanto, y cuando la comitiva nupcial se dirige al templo, enfilada por la veredita estrecha de la mies, arrecia la brisa dura que desde el alba rueda por los caminos como una loca, deshojando flores y columpiando ramajes.

Se convierte luego en amenazador el soplo matinal que enmaraña las nubes y entolda el paisaje. Y, por fin, el cielo montañés llora unas lágrimas cálidas y lentas sobre el cortejo de la boda.

Lleva Ángeles en el brazo, gallardamente, la cola espléndida del vestido, y se apoya en su padre sonriendo, disimulando con heroica dulzura las inquietudes y recelos de su alma. La siguen Adolfo y los convidados, y la rodean los vecinos con viva solicitud, mientras se celebra el casamiento en el atrio parroquial, al uso del país.

Nunca han visto los aldeanos una novia toda blanca, toda envuelta en encajes y flores:

--¡Parece de nieve!--dice seducida una voz.

--¡Parece de azúcar!--clama un goloso.

Y el acento roto de una anciana, suspira:

--¡Parece de nube!...

Entran los desposados en el templo para asistir a la misa de velaciones, y la ronda de Alcázar forma siempre junto a ellos entre las avanzadas del público; primero en el pórtico, después cerca del altar.

Tienen los cuatro mozos un raro aspecto de emoción que parece comunicarse a la concurrencia y llenar el templo de palpitante interés...

Todo Mayo sonríe en el altar convertido en jardín, mientras arrecia la lluvia, ruedan monte abajo los truenos, y a la amarilla luz de los relámpagos muchos fieles hacen, medrosos, la señal de la cruz.

Apenas terminada la ceremonia, cuando los primeros devotos salen al portal, ha pasado la nube dejando el cielo otra vez pálido y triste, sin que de la fugaz tormenta queden señales más que en el campo henchido de perfumes bajo la intensa caricia de la lluvia.

Viendo correr el agua en el sendero, todos se preocupan de los zapatitos de seda de la señorita, y Don Felipe y Adolfo conferencian, impacientes, sobre la manera de evitar que Ángeles se moje los pies dentro del blanco estuche que los aprisiona.

Entonces Alcázar entra en el templo y sale al punto llevando al hombro las andas de la Virgen. Encarándose con Ortega se las ofrece y en voz alta le explica:

--Se las regaló mi madre a la Patrona y yo sé que Ella me las presta... El señor cura me da permiso para que Ángeles las ocupe: ¿quiere usted que la llevemos?

Sin que Don Felipe, sorprendido, tuviera tiempo de reflexionar ni responder la concurrencia, agrupada alrededor, grita con entusiasmo:

--¡Que la lleven!... ¡que la lleven!...

Julián le pregunta a la novia, algo desfallecido el acento:

--¿Quieres venir?

Alborozada en medio de aquella férvida expresión de cariño, Ángeles responde, con infantil antojo:

--Iré...

Ya una mano solícita ha colocado en las andas un taburete y la joven va a sentarse, riendo, un poco trémula, cuando un ademán y una mirada de su esposo la dejan indecisa. Pero el nutrido coro de voces varoniles afirma, con sorda expresión colérica:

--¡«Queremos» que la lleven!

Y Ortega contrariado, molesto, toma el brazo de Adolfo para decirle en voz baja:

--Hay que dejarlos...

Sentada Ángeles, por fin, las mozas le arreglan el vestido y el velo, con primor devoto y humilde, y Alcázar y los suyos levantan con dulzura el improvisado trono de la novia y bajan al camino con aquel suave peso entre las manos.

Van delante César y Julián, y los cuatro sienten el aturdimiento estremecedor del triunfo, la exaltación de una ventura efímera, que va a pasar, ruidosa y altanera, como la rápida nube que antes mojó el sendero.

Un grito potente, con inflexiones juveniles de guapeza y bravura, resuena detrás del grupo original, lleno de rústica galantería:

--¡Viva la novia!... ¡Vivan los rondadores!...

Y cada vez que huye deja prendido en el paisaje un eco.

XII

Era como un sueño aquella apoteosis encima de la odorante mies, entre setos floridos y halagadores cantares.

Ángeles quería no llegar nunca a su casa, seguir así un camino largo y dulce hasta el cielo calmoso y pálido que la servía de dosel. Suspiró enardecida por aquel delirio, y Julián volvióse a mirarla con tal expresión codiciosa y ardiente que la joven enrojeció bajo sus azahares. Sus manos temblaron como alas de paloma, estremecidas en la falda crujiente del vestido, y su imaginación tendió el vuelo hacia otra quimera que no finaba en el cielo melancólico, sino en una torre maciza y señorial, en la selva de Alcázar.

Iban todos callados. Orillaban un zarzal en flor, y César, con galanía de poeta, arrancó al pasar una mata olorosa, que colocó a los pies de la niña. El tronco punzador había herido con leve arañazo al _Estudiante_, y un hilo rojo quedó tendido entre los dedos de aquella mano fina que parecía de mujer.

--¿Te has lastimado?--le preguntó Ángeles solícita.

Y él, con audacia increíble en su tímida persona, respondió mirándola a los ojos:

--Me he lastimado mucho... ¿no ves?

Sonriendo le mostraba la mano blanca y tersa con el tenue surco de coral.

--Un hombre no se lastima nunca--tronó el vozarrón de Salcedo--; y el jándalo, arrogante, presentó un puño de madreselvas conquistadas entre espinas que habían punzado su plebeya manaza. Ya se arriesgaba Julián para ofrecer otro don a la novia; ya Lecio sacudía los matorrales con demente regocijo, cobrando ramilletes preciosos, y en un momento quedaron las andas cubiertas de flores.

Trépido el zarzal bajo las acometidas de los mozos, desde la linde del camino sacudía sobre la virgen desposada, gotas brillantes de la reciente lluvia, y voladores pétalos de los febles capullos. Un bando de miruellos, sorprendido por semejante alboroto, rompió el secreto de su escondite en la maleza y voló encima del grupo, desgranando una escala melodiosa de trinos, a porfía con la tonada de los _picayos_ que tremolaba en el aire sus dejos largos y tristes de música norteña.

Para aquella hora de aventura y de magia tuvo la belleza de Ángeles una fantástica aparición ideal y gloriosa. En su carne, hecha flor blanca y pura, el espíritu inocente se asomaba a los apacibles luceros de los ojos y a la divina sonrisa de los labios: y fué toda gracia y luz, brisa y perfume, alma del paisaje, visión de los cielos... Salió del éxtasis prodigioso al tocar los umbrales de su casa. Posaron en el zaguán las andas con blandura, y cuando bajó al suelo la niña, sintió que su planta débil se hundía en la incógnita ruta de una vida nueva y cerrada. Tendió la mano con gratitud hacia sus amigos, diciéndoles:

--Quedaros.

Pero Julián se apresuró a responder con la amarga voz de aquel último tiempo:

--Muchas gracias.

Y salió, seguido de los otros, antes de que llegase la comitiva. Iba ciego, con los puños crispados y el paso veloz.

Desde la puerta, con insólita audacia, _el Estudiante_ vuelto hacia la novia, besó la palma de su mano herida y sopló el beso, enviándosele.

Ella, sin enojo, sonrió al doncel y le devolvió en el aire un capullo del azahar prendido en su pecho.

Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los invitados. Detrás venía el pueblo que rodeó la casa, y en la bolera resonó estruendoso otro bizarro grito:

--¡Viva la novia!... ¡vivan los rondadores!

Bajo la emoción de aquel instante en los ojos sombríos de Ángeles Ortega cayó una cortina de llanto que ya nunca se alzó para dejarla ver una ilusión ni una esperanza...

XIII

Pasó un año.

Se sabía en el Encinar que Ángeles era muy infeliz, que lloraba sin consuelo el abandono y el maltrato de un marido brutal.

Ortega había regresado a Cuba a raíz del casamiento, y la infortunada joven residía en un pueblo cercano, enferma y sin más cariño que el de Isabel.

Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba a la moza recados apremiantes, pero ella respondía que la señora no podía vivir mucho, y que le era imposible dejarla en aquel estado de soledad y dolor.

Entretanto, la ronda de Alcázar seguía constituida en alianza firme, con treguas de reposo, porque Julián había vuelto a Madrid algunas temporadas arrancado por su familia de la existencia esquiva y dura con que llegó a naturalizarse, y que amenazaba absorberle en eclipse total.

No estaba el señorito más alegre ni era más feliz que el año anterior; pero en sus penas había ya dulzores y blanduras tomadas para remedio de sus males, en la vida regalada y muelle que supo recobrar. Cuando iba al pueblecillo norteño, cazaba en el monte, erraba en la selva y largos días holgaba pensativo y suspirante; pero no urdía torpes aventuras por las callejas ni se vestía en traza de gañán ni llevaba en el rostro aquella huraña expresión alarmante y fiera.

Lo noche que salía con sus compañeros, la ronda cantaba y ornamentaba de flores las ventanas de las niñas; la ronda bebía cerveza y disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a los novios forasteros. Esta medida, pacífica y generosa, no encontraba oposición en los amigos, porque _el Estudiante_ vivía enfrascado en la transcendental composición de un libro de versos, dedicados _A una ingrata_; iba dejando en él jirones de su romántica pasión y sólo de tarde en tarde fulgían en los ojos zarcos algunos destellos de tempestad. Tenía Salcedo «en tratos» una novia hacendada, fresca y rolliza que le traía desvelado y rendido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con la ausencia de Isabel y la espera de la boda.

XIV

Triunfaba la primavera con otro Mayo espléndido, cuando en la aldea se supo que Ángeles había conseguido de su esposo la merced de ir a morirse al Encinar. Un acabamiento rápido la inclinaba hacia la tierra, y deseaba caer sobre las flores del bendito huerto donde dormía, esperándola, aquella pobre criatura sacrificada como ella, aquella madre triste que en la suprema despedida acarició una frente juvenil con palabras de fatalidad.

Y hubo en el vecindario un general movimiento de simpatía y compasión hacia la enferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de un carruaje, llegó por difícil camino hasta la puerta de su casa.

La casualidad o el intento llevaron a Julián de Alcázar en aquellos mismos días a su torre, y sabiendo que Ángeles padecía, sola y expirante, con generoso impulso de piedad, fué a visitarla. ¡Ya no era la diosa del Encinar!: un solo año inclemente bastó para marchitar la exquisita frescura de su belleza. Enlanguidecida, mustia, sólo parecían vivir en su semblante los ojos, con tristeza desgarradora, y las mejillas, señaladas con rosetas febriles.

¡Qué lástima le dió a Julián!

Su pasión, que ardía alimentada por el oculto embeleso de una seductora imagen, quedóse, espiritualizada al punto, en excelsa ternura, tan santa y pía, que la doliente hubiera podido refugiarse en los brazos de aquel hombre y dormir o morir en ellos como en los de una madre.

Al ver a su amigo, un sentimiento de coquetería se sobrepuso al dolor, un instante, en el corazón de la mujer. Quiso ella sonreir, y sólo consiguió tender en sus labios de lirio una mueca desesperada. Apenas habló; balbuciente y cobarde, oprimida por un espanto sin horizontes, parecía que el hilo tenue de sus frases iba a romperse en un raudal de lágrimas acerbas.

Alcázar sentía caer en su corazón aquel mudo llanto y subírsele a los ojos en marejada asoladora. Y todo el sensualismo de su amor se derretía en piedad, a la sombría luz de una mirada donde el miedo a la muerte era el único reflejo de la vida.

Al despedirse, Ángeles cruzó las manos en ademán de súplica, y él, conteniendo su emoción con palabras de esperanza, le prometió volver.

También César Garrido fué a visitar a la enferma, seguro de llevarle un consuelo y ansioso de verterle sobre la infinita desolación de aquella mujer. Sentía férvidos impulsos de arrodillarse a sus plantas, de besar sus manos, de cantarla, de mecerla y decirle sus románticos pensamientos en un delirante discurso, antes que la muerte la apresara... La quería siempre y más que nunca porque era el suyo un amor de ilusión y de ensueño, raro y divino, que le estremecía toda el alma con un soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus frases opacas y ardientes, y logró hacerla sonreir, ya cayendo la eterna sombra en las azoradas pupilas.

--Hazme coronas y versos como cuando éramos chiquillos--suspiró con antojo la infeliz.

Él la ofreció cantares y flores, y salió de la novelesca entrevista con cara de muerto y alucinaciones de loco.

XV

Nació el mes de San Juan lleno de alegría, insultante de belleza, y fué creciendo, y llegó entre flores la víspera del santo.

Lloraba amargamente Isabel cerca del sillón de triste memoria donde Ángeles se consumía recogiendo una herencia fatal, de penas y de abandono.

Le había dicho a Lecio la moza:

--No me pongas ramo... no vengas a rondarme ni mucho menos a cantar... La señorita se está muriendo...

Muy dolorido, prometió el novio una prudente conducta en la clásica noche, y con sigiloso respeto se alzó de puntillas en el muro de la bolera para atisbar la estancia penumbrosa donde Ángeles fenecía. Entrevió en la sombra una endrina cabeza desmayada sobre los almohadones del sillón, y el conmovedor perfil de una cara de cera. El gallardo busto de Isabel se inclinaba con anhelante cariño sobre aquella vencida juventud, sobre aquella aniquilada hermosura. Y toda la satisfacción del egoísmo irradió en los ojos asombrados de Lecio, viendo a la flor viva, que era suya, lozanear triunfante encima de la mustia flor que le había fascinado con delirios de irrealizables ambiciones.

Bajóse con cautela de su observatorio, y se alejó a lento paso, cuidando de no hacer ruido en torno a la casa dorada de sol, envuelta en el alborozo insolente de la tarde.

Desde los balcones entornados se escapaba un cuchicheo leve, son de rezo o letanía de lamentaciones, y desde la ondulante nogalera volaban los malvises en parejas gozosas, hacia la llanura libre de los cielos...

Libre al azul infinito, voló el alma de Ángeles cuando la tarde caía en una intensa declinación de cárdenos fulgores.

Todo el pueblo había escuchado con silencio profundo el raudo volar de aquel espíritu, gentil como el cuerpo que le encarceló: parecía que al tender las alas hubiese dejado una blanca y vívida estela en el sereno celaje. Y estela fué aquella ilusión que en la memoria popular quedó grabada como perenne surco de ternura y recuerdo.

El vecindario, compungido, se unía en el dolor de la temprana muerte, y censuraba, con rencorosa indignación, al infame esposo de la señorita, avisado por la mañana del estado agónico de la enferma.

Entretanto la fidelidad conmovedora de Isabel se prodigaba en delicadas atenciones alrededor de la difunta.

Después de peinarle los abundantes cabellos sobre las sienes de mármol, le puso el traje níveo de la boda y encendió en torno suyo lámparas y cirios.

La belleza mayestática de la muerte había borrado en la cara de Ángeles la mueca amarga del dolor, trocándola en una plácida expresión descansada y serena: dormía la vida su inquebrantable sueño en los entreabiertos ojos parados a la sombra de las pestañas rizosas, y en el profundo livor de las ojeras las últimas lágrimas habían dejado una divina señal de mansedumbre...

Toda la tarde, bajo el calor solar cuajado en la campiña, unas manos pálidas y bellas, que parecían de mujer, estuvieron cortando flores en los huertos aldeanos y tejiendo coronas con demente frenesí, para colocarlas sobre el cuerpo ya duro y frío de Ángeles Ortega. Con aquel postrer don había dejado César encima del cadáver un sollozo, áspero como un rugido, y un borrascoso relámpago de su mirada azul.

Cuando _el Estudiante_ salió de la trágica visita, le estaba esperando Julián, y juntos conferenciaron en grave reserva. Tenía el señorito el aire solemne y turbios los ojos que largo tiempo contemplaran a la yacente criatura, entre blandones y rosas.

Un poco más tarde corría por el pueblo la noticia de que la ronda de Alcázar se apostaba en la bolera con amenazadora catadura.

XVI

Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperándole, ceñuda como el tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que disimula sus temores lleno de arrogancia desdeñosa.

Fué el mismo Alcázar el que dijo:--¡Alto!--con acento augural que subió a los balcones vecinos y resonó, grave, en el cuarto de la muerta.

--¿Qué quiere usted?--grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la cara.

Se le acerca Julián hasta echarle el aliento encima, y le responde, en traza bruta de mozo rondador:

--Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y tenemos mucha gana de matarte.

Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y profiere, como otra vez en aquel mismo lugar:

--¡Cobardes... cobardes...!

Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como látigos, alcanzan al jinete.

Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, y al punto cuatro manos, dueñas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz lluvia de improperios:

--¡Ladrón!

--¡Asesino!

--¡Sinvergüenza!

--¡Matador de mujeres!...

Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le persiguen en la desatinada carrera.

Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala y el estampido de un disparo le aturden con más vivo terror.

Inclinado en la silla con un movimiento brusco, ruge y maldice, abrazándose al cuello del animal, que se desboca en galope de espanto.

Detrás de ellos queda en la ruta blanca un rastro de sangre caliente, y en la bolera, una mano fina, que parece de mujer, empuña un revólver humeante.

La mirada azul de César Garrido tiene un bárbaro reflejo de venganza...

* * * * *

Bella noche fué aquella de San Juan, noche silenciosa en el poblado donde otras veces en iguales horas se derramaba la alegría de la mocedad.

Las novias se quedaron sin ramo y sin serenata; la plaza, sin baile y sin hoguera; los rondadores, sin palique. Y en la pureza virginal de la brisa no tremolaron las picantes coplas, ni el _ijujú_ montañés resonó, intrépido y agudo, en los agrios jirones de la sierra.

Ángeles dormía acunada por el duelo del Encinar, mimada en su florido lecho por la tristeza robusta de incultos corazones, en los cuales la compasión fructificaba con todos los densos aromas de la vida desnuda y fuerte, del dolor íntegro y primicial, lleno de impulsos y de instintos humanos.

El disparo certero de _el Estudiante_ atrajo a los mozos con sed de ruido y de camorra, cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos confusos por la sombra de la noche, y delante de la visión fugitiva todos hicieron acerbos comentarios y se rieron con saña.

Entraron, después, bajo los nogales, muy despacio, mudos y recogidos como en la iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la pared de la bolera para mirar al interior del cuarto mortuorio. En el lecho se destacaba, impreciso, cubierto de galas, el rígido perfil del cuerpo helado; la mística cera de los cirios lloraba sobre la alfombra sus lágrimas ardientes, y de las coronas, suspendidas en torno, caían con lentitud algunos pétalos de flor.

Agrupáronse los mozos estremecidos junto a la casa, hablando quedo; sus cigarros brillaban a porfía con las luciérnagas de la linde; temblaba la sombra con suavidad de idilio, y en el fondo de la bolera la ronda de Alcázar, enmudecida, atraía el interés general.

Estaba muy pálido Fidel, y mirando al _Estudiante_ con profunda admiración, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de aquella hazaña. En vísperas de boda, bien hallado con su dinero y su tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una acusación de muerte, él, que jamás logró encañonar a un solo pajarillo con su escopeta escandalosa...

Había sentido Julián aquella tarde el espasmo bestial de la venganza, con escalofrío deleitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones de la ruda hostilidad que tantas veces le dominó. Lejos el impulso cruel, no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostraría con el poderoso dominio de la torre de Alcázar y asumiría con nobleza protectora. Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al recuerdo de la muerta, lleno de lástima y amor. Le harían un entierro precioso al día siguiente, al caer la tarde, pidiéndole otra vez al señor cura las andas de la Virgen, donde la niña desposada anduvo antaño aquel mismo camino en brazos de la ronda...