Ruecas de Marfil (Novelas)

Part 3

Chapter 33,985 wordsPublic domain

--¡Qué se la ha de llevar, hombre!--prometió Lecio apretando los puños.

Y con acento de reproche murmuró Fidel:

--¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...

--¿Qué harías?--preguntó huraño el aludido.

--¡Me la llevaría yo!

El señorito de la torre, con despecho y enojo, contestó:

--Eso se dice fácilmente...

Los tres hombres le miraron confusos y en los ojos zarcos de _el Estudiante_ brilló un ardiente destello de alegría.

Por temor a que la curiosidad hiciese indiscretos a sus camaradas, cambió Julián el curso de la conversación, anunciando:

--Para entretener la tarde, subiremos al bosque con las escopetas hasta la puesta del sol.

Asintieron los otros, y, citándose en la torre de Alcázar, se alejaron por distintas veredas.

Iba _el Estudiante_ con tácito andar volviendo los ojos hacia los balcones de Ángeles, y su corazón de niño repetía con pesarosa complacencia:

--¡Aunque yo fuese Julián de Alcázar, tampoco habría esperanza para mí!...

IV

Ceñuda, abandonada a los brazos ambiciosos de la hiedra, coronada de helecho y jaramago, la torre de Alcázar señoreaba la selva en bizarra composición con el agreste país. Al pasar la brisa entre los árboles centenarios y sobre el edificio adusto, se tornaba quejosa y llorante, remedando en ocasiones acentos de amenaza y desolación.

En aquel indómito ambiente de montaña iba adquiriendo el alma de Julián apariencias de hurañía y bravura. El íntimo contacto con la rústica soledad endurecía su existencia, y aquella misma tarde su corazón, mortificado, vagaba por veredas y cumbres, anheloso de calmar el acelerado latido sobre el regazo saludable de la tierra virgen, en las gloriosas libertades de la serranía.

Tumbado en el musgo fonje de la selva, bajo la enramada floreciente, esperaba Julián a sus compañeros.

El primero en llegar fué _el Estudiante_, un muchacho de aspecto infantil, rubio y flaco, raquítico brote de la dura mocedad aldeana. Hijo de un soldado ascendido a oficial y de una señora pobre, un poco hidalga, un poco altiva, César Garrido era una rara mezcla de señor y plebeyo, y le llamaban _el Estudiante_, porque, a duras penas, con abnegados esfuerzos de su madre, viuda, estaba haciendo desde el rincón del Encinar la carrera de Leyes. Vestido con pobreza vergonzante, bajo su apariencia delicada y tímida había gérmenes de heroísmo romántico y arranques belicosos de guerrero.

Sentía Julián de Alcázar un afecto creciente hacia aquel muchachito que se ruborizaba como una doncella, que hacía versos anónimos, y entonaba en las rondas, con voz insinuante, las bellas coplas de su musa campesina.

También _el Estudiante_ se había aficionado mucho al trato ameno del señorito de la torre. Y tal vez los dos mozos supieron aquel día cómo la mutua inclinación de sus voluntades se apoyaba en la comunidad de un dolor oculto y desesperado.

Detrás de César subía hacia la torre Fidel Salcedo, con la escopeta al hombro, caído sobre la frente el sombrero cordobés. Recién llegado de Andalucía, después de algunos años de ausencia, era Fidel un jándalo de alto copete sin dejar de ser un rústico norteño. Alegre y bravucón, dadivoso y galante, rentista y labrantín, y buen mozo por añadidura, le miraban bien en la comarca las niñas casaderas más recomendables. Y pensando él, seriamente, en buscar una esposa que coronara su dicha, estremecíase ante la tentación de una sola imagen: ¡Ángeles Ortega!... Pero había meditado, receloso, en la obscuridad de su origen y en la rudeza de su educación, y suspiraba muchas veces en secreto aquella frase expresiva que por la mañana se le escapó de los labios: «--¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...»

V

Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados con pereza en el mantillo suave del bosque, esperan a Lecio, que llega poco después, a paso veloz, terciando con arrogancia la escopeta.

--Te habrás entretenido con la novia--le dicen.

Y con aire de ufanía responde:

--Una miaja de palique a la salida del Rosario..., y luego aquí en cuatro brincos.

--¿Y qué te cuenta Isabel «del asunto»?--insinúa Alcázar.

--Pues lo de siempre: que Don Felipe está muy contento con la boda; que también lo está la señorita... y que también lo está el novio... En fin: ¡que «estamos todos» muy contentos!

--¡Ya se verá lo que dura esa alegría!--augura, bronca, la voz de Fidel, con acento andaluz.

_El Estudiante_ le está preguntando a una margarita silvestre:

--_¿Mucho?..._ _¿Poco?..._ _¿Nada?..._

Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdén, el tallo escueto, y se queda mirando cómo una pareja de mariposas blancas glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo, un solo día vale por una vida entera.

Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos se han puesto de pie.

Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julián al aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son _setters_ de raza pura, negro el uno, rojo el otro.

Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando que el novio de Ángeles Ortega no volverá más al Encinar.

--La de esta noche será la última visita--profetiza Fidel, muy jaque.

Hosca y amarga recomienda la voz de Julián:

--Ni piedras ni tiros: ¡a palo seco!...

Lecio repite la frase subrayada con un juramento que rueda por el monte con bárbaro son; y _el Estudiante_ apaga en sus cándidos ojos un relámpago sombrío para mirar a las mariposas blancas que otra vez le salen al paso: mecidas entre los cañones hostiles de las escopetas, ponen en el aire una nota de poesía y candor... También Alcázar las mira, conmovido, y le parecen dos capullos flotantes de simbólico azahar, mientras que a César le parecían dos lágrimas, puras, de mujer.

Bajo el parpadeo de aquellas alas milagrosas, Fidel y Lecio profieren con alarde brutal:

--Si «el tío» nos hace frente, le _acaldamos_.

--Y si huye es para no volver por aquí en jamás de los jamases...

Era César Garrido un cazador platónico que no llevaba nunca escopeta. Él conocía muy bien el sitio donde cantaban las codornices, donde los corzos y los rebecos tenían sus guaridas, y había ido muchas veces a la caza del oso y del jabalí bajo la precaución de un revólver que guardaba en el bolsillo. Le enardecía el latir de los perros y el fogonazo de las armas, pero no se sabía que jamás hubiese disparado un solo tiro, y empalidecía, trémulo, cuando un ave herida agonizaba con el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta pasiva actuación en las cacerías le valió algunas burlas, algunas alusiones mortificantes acerca de su «sensibilidad»; bromas que escuchaba con sonrisa impasible, en silencio quizá desdeñoso; pero desde que guapeaba en el bando del señorito de la torre, nadie volvió a poner en duda su valentía.

Aquella tarde sólo una vez hicieron muestra los perros, en el descampado del bosque, y la codorniz levantada se defendió peonando entre las árgomas floridas, hasta que, al fin, voló para caer alicortada por un certero disparo de Julián. La portó el _setter_ negro, muy alegre, y Lecio la colgó, por las patas, del gatillo de su escopeta.

Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entretuvo en tirar a los gorriones sin encañonarlos ni por casualidad; bajó el retumbo de las detonaciones hasta el poblado, con rumor de pelea y exterminio, mientras las horas transcurrían lentas para los cazadores en la paz augusta de la montaña.

Y al ponerse el sol en un horizonte bermejo, detrás de la arbolada serranía, Alcázar y los suyos descendieron al Encinar, desazonados y ansiosos, en traza de ronda.

Pero Adolfo Serrano llegó con suerte al pueblo aquella tarde. Aparecióse en el camino llevando el caballo de la brida, arrogante al lado de su novia, y detrás de la airosa pareja Don Felipe, muy complaciente, entretenía su paseo con la lectura de un periódico.

Los de la ronda les vieron pasar con inútil furor: Ángeles Ortega era una égida poderosa para el galán conquistador de los ojos azules.

VI

Chasqueados los rondadores, acordaron averiguar la hora en que Serrano salía del pueblo, y Lecio aseguró que él volvería con la noticia en un periquete.

Dió una vuelta en torno a la casa de su novia y silbó un aire convenido.

En una ventanita baja apareció al momento el garrido busto de Isabel.

--Temprano andáis de ronda--dijo placentera la joven.

--Más ha madrugado el doncel de la tu señorita, que ya está en el nidal.

--Sí; ahora vino: ella fué a encontrarle con el señor dando un paseo.

--Y, ¿hasta qué hora cortejan?

--Hasta las nueve o poco más.

--¡Parece mentira que la señorita Ángeles dé cara a un forastero!

--¡Si en el pueblo no hay quien la pretenda!

--¿Qué no hay?... ¡Pues no digo nada!... Ahí está, el primero, el señorito de la torre, muerto por sus pedazos.

--¿Don Julián?... Nunca le vi cortejarla.

--Porque ella no habrá querido; pero yo sé que se perece por la niña.

--¿Te lo ha dicho él?

--Esas cosas no se dicen cuando están a las claras... Don Julián es mozo noble, campechano, valiente si los hay, rico y nacido en buena cuna... ¡Hubiera hecho guapa boda con la señorita!...

--Pero no es aparente «de personal» como Don Adolfo Serrano...

--¿Defiendes a ese tío?--preguntó el muchacho receloso.

--¿Yo defenderle?... A mí lo mismo me da un galán que otro para la señorita... ¡con tal que ella sea feliz!

--Pues a mí no me da lo mismo--sentenció Lecio iracundo--, que los hombres del Encinar no estamos hechos a que nos lleven las novias así como así...

--Pero ésta ¿con quién estaba comprometida?... ¡Chico, no parece sino...!

--Es la novia de todos ¿sabes?... Ella podía escoger entre lo mejor del valle... Sin ir más lejos, aparte Don Julián, ahí está Fidel Salcedo con buena estampa y muchos «miles».

--Fidel no es un señor... talmente--dijo con desdeño la muchacha.

--Eso te lo parece a ti... Y, mira, ahí está, también, César Garrido, sabidor como un ciudadano, hombre de estudios y de buenos principios...

--¿De manera que todos la quieren?--preguntó asombrada Isabel.

Y el novio con calor repuso.

--Pues claro, mujer, que todos _la queremos_.

Entre alarmada y risueña, exclamó la moza:

--¿Tú también?

--¿Yo?--pronunció el muchacho confuso. Se echó la boina a un lado de un manotazo torpe, y se rascó la cabeza con saña. Como no respondiese al fin, Isabel insistió:

--Sí; ¿tú la quieres también?... ¡Contesta Lecio!...--y se puso muy seria.

Cediendo a una invencible tentación:

--Sí, la quiero... ¿qué he de hacer?--dijo el galán.

Ella, indignada, le increpó:

--¿Y me lo vienes a contar, bruto?

Pero él quiso satisfacerla.

--Oye, Sabel, y entiende las cosas como son: no te amontones muchacha... Yo la quiero como se quiere a la luna y al lucero del alba y a la Virgen del Carmen, ¿estás?... A ti te quiero de otro modo...

Incrédula y encelada, trató la novia de averiguar.

--¿Te casarías con ella?

--¡Mujer!--clamó Lecio--¡ni siquiera lo mientes!

Al mozón se le entró, de pronto, un gran susto en el pecho, y agarróse mareado a la verja de la ventana.

Alarmada le preguntó Isabel:

--¿Qué te pasa, muchacho?

--Nada, hija--respondió vacilante--, que todo se me anda alrededor... que te veo doble...

--¡Lecio!... Pero, ¿qué dices?... ¿Estás en tus cabales?...

--No lo sé, rapaza... Vaya, hasta luego: me están esperando.

Y alejóse dando tumbos como un beodo, repitiendo:

--¡Que si me casaría con ella!... ¡Me valga Dios!...

VII

Al llegar donde sus compañeros le aguardaban, Lecio dijo cauteloso, algo alterada la voz:

--Que a eso de las nueve «volará el pájaro...»

Impaciente rezongó Alcázar:

--¡Hasta las nueve!... ¡No tenemos mala espera!

Fidel comentariaba con protesta rencorosa:

--¡Buen atracón se da el muy zángano!

Y los cuatro se agazaparon en la penumbra de la bolera, ya caída la noche y nublado el cielo, charlando con sigilo, en conversación desganada y floja.

Apenas vibraron en la torre parroquial las nueve campanadas prevenidas, la propia Isabel sacó de la cuadra el caballo del forastero y le dejó a la puerta de la casa con la brida sujeta en una argolla del muro, esperando al señorito junto al cabalgador.

Los de la ronda se apercibieron fatales a la temeraria aventura, requiriendo con brío los palos, y entonces Lecio, que demostraba una voraz impaciencia, detuvo a Julián por un brazo, a cierta distancia de los otros, para decirle ronco y feroz:

--Usted no querrá a la señorita tanto como para perderse por ella... pero si le hace a usted falta un hombre para matar a ese ladrón... ¡aquí está Lecio!--y se dió en el pecho un terrible puñetazo.

--¿Para matarle?--interrogó Julián como un autómata.

Y ya se abría con chirrido lastimero la puerta de la casa.

En el umbral se presentó Isabel, alzando un farolito de cristales rojos que puso en la calle rústica una sangrienta luz, muy decorativa y fantástica.

La infatigable orquesta de los sapos dejaba en el aire una estela melancólica de funeral campanilleo, y de la vecina pradera llegaba la canción aguda de los grillos apagándose en un quejido triste como si la noche se desfalleciese con un fino estertor de agonía.

Quedó Serrano un instante envuelto en la roja luz, acechando la obscuridad de la calle con visible indecisión. Montó luego, y ya iba a recoger las bridas de manos de la muchacha, cuando ésta gritó, fuera de sí:

--¡Espere... no salga, Don Adolfo!

Su voz tembló con angustia sobre los palos de la ronda, erguidos como lanzas a dos pasos del jinete:

--¿Quién va?--preguntó colérico Serrano.

--Y, ¿quién eres tú?---rugió Lecio saltando fuera de la sombra con el palo en el aire.

Amedrentado y furioso hizo el caballero retroceder al potro hasta dentro del portal, vociferando:

--¡Cobardes... son cuatro contra mí!

Con súbita inspiración, firme y serena, dijo la voz de César Garrido:

--Pelearemos uno a uno.

Apoderándose gozoso de aquella decisión, extraña a las bárbaras leyes de la ronda, Alcázar se apresuró a insistir:

--Sí; uno a uno.

Y detuvo el brazo de Lecio, pronto a la brutal acometida, mientras Fidel, mudo y pávido, enhestaba el garrote como una bayoneta, en la actitud de un soldado que hace el ejercicio.

Había bajado Don Felipe a reñir con los mozos y desahogaba su indignación en frases vehementes:

--¡Esto es un escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!...

Pero tercos, amenazadores, César y Julián repetían:

--¡Uno a uno!...

Entonces se abrió la ventana de Ángeles.

Sobre los teatrales resplandores del farol cayó un haz de luz clara y alegre que desconcertó un momento la indómita guapeza de los muchachos. Detrás de la luz lanzóse a la calle el raudal de una dulcísima voz, un poco inmutada, que decía:

--¡Julián!... ¡César!... Dejad el paso libre... ¿no queréis?

Sí quisieron.

Fué cosa de un segundo: sin discusión, sin resistencia, retrocedieron fuera de la serena claridad, caída de lo alto, y se quedaron mudos, inmóviles, sometidos a la maravilla de la suplicante palabra que bajó a buscarlo envuelta en resplandores.

Partió el caballero hundiéndole al potro las espuelas con rabia, murmurando otra vez:

--¡Cobardes!... ¡Cuatro contra uno!...

Don Felipe, entrando en la casa detrás de la asustada Isabel, cerró con un portazo violento, mientras que Ángeles siguió asomada al marco de la apacible luz, y su voz cristalina, volvió a decir, con acento de tímida plegaria:

--Siempre «le» dejaréis paso, ¿verdad?

Nada respondieron los mozos, acogidos al amparo encubridor de la obscuridad, y las suaves palabras de la niña vibraron en la penumbra de la bolera mecidas por un poco de viento que cantaba en los nogales enverdecidos, bajo un cielo nublado.

Quedó la ventana largo tiempo encendida como un faro piadoso, única estrella de la entoldada noche primaveral, y ya muy tarde, cuando hasta los más desvelados rondadores dormían en el pueblo, una voz, sentida y afinada como la de César Garrido, primoroseaba una copla que a la estrella benigna le decía:

Ventanita, si te rondo no es por tus merecimientos; es por una hermosa niña que está de puertas adentro...

VIII

Todas las tardes, a primera hora, Don Felipe y su hija esperaban a Serrano en agradable paseo campesino para volver a su casa con el cortejante. Charlaban los novios hasta el anochecer, y emprendía el galán la retirada antes de que la luz cayese, previsor contra alguna acometida de los mozos bravíos.

Pero eran inútiles estos cuidados, porque la ronda que capitaneaba el señorito de la torre había conseguido de todas las demás la promesa de que nadie hostigara al forastero en la conquista de aquella mujer, dulce y hermosa, orgullo del valle, en quien se miraba como en un espejo la mocedad varonil y por quien en secreto suspiraban muchos rudos corazones.

Tenía un encanto indefinible la hermosura sentimental de Ángeles Ortega, un raro don de amor y simpatía que blandamente dominaba en las almas todas, y que en el pecho de los galanes aldeanos se había convertido en extraño culto, mezcla de hechizo pasional y de mística devoción.

Siendo Ángeles la única señorita de la aldea, se distinguía entre las jóvenes de sus años por la donosura del porte, la delicadeza del traje y el interesante aislamiento de su vida, si ya por sus gracias personales no hubiera sobresalido por encima de las demás. Todo en torno suyo era nuevo, deslumbrador y atrayente para los mozos que de chiquitina la pasearon en la áspera carreta, le alcanzaron nidos y rosas, y la tutearon con familiaridad. Ahora la saludaban con afable respeto, mezclado de turbación, y aunque delante de su hermosura humillasen la mirada, el destello ideal de aquellos ojos sombríos dejaba resplandecencias ardientes en las rústicas imaginaciones.

Con inconsciente sed de belleza guardaban anhelos codiciosos hacia la perla del Encinar muchos hombres que tenían novia y pensaban casarse, o que amaban con material impulso a otras mujeres de su misma condición. Así en aquel fogoso plantel de montañeses nació una tácita rebeldía contra la posibilidad de que a la más hermosa flor de la aldea se la llevase un forastero, con sus manos lavadas. Y todos se unieron para considerarla como una de tantas jóvenes a quien los extraños no podían cortejar sin previa camorra y larga porfía contundente con los donceles del valle, al uso del país.

Esta despótica ley se hubiera cumplido en Adolfo Serrano sin el prodigio de la dulce voz que bajó de la ventana luminosa para detener a la ronda de Julián.

Por gracia de tal portento los vergajos, amenazadores contra el novio intruso, cayeron rendidos con mansedumbre, como belicosas flámulas arriadas por la derrota. Y ya no se alzaron más al paso triunfante de aquel amor.

IX

Mayo florece cuando se fija el día de la boda.

Tiene Don Felipe mucha prisa por terminar este negocio, y Ángeles se presta a consumarle con una docilidad enfermiza y blanda, en que hay mucho de alucinación y de impotencia. Ningún amparo la escuda; está sola entre su padre, desamorado y egoísta, y el pretendiente ambicioso de la rica dote, tal vez un poco encaprichado por la gentileza de la novia.

Ya nunca Julián de Alcázar visita a los de Ortega, ni tampoco _el Estudiante_, compañero antaño de los juegos de la niña, va con su tímida presencia a testimoniarle la ferviente adhesión de otras veces.

Se lamenta la joven de este retraimiento. «¿Por qué no vendrán?»--suspira--. Y se angustia ante la nube de soledad que se va esparciendo, densa y creciente, en torno suyo. Sólo Isabel, la criadita cariñosa y servicial, la relaciona con los acontecimientos de la aldea.

Ya prepara la novia su inmaculado vestido, en vísperas del gran día, cuando Isabel, que revolotea junto a las galas con seducción de encantamiento, le dice en tono confidencial:

--¿Qué pensarán «todos esos» cuando la vean tan preciosa, y que se la lleva un extraño?

--¿Quiénes?... ¿Los mozos?... Ninguno de ellos se había de casar conmigo.

--Los labradores no... pero hay otros.

--No me ha pretendido nadie.

--Pues dicen por ahí que todos la quieren.

--Será porque aquella noche salieron contra Adolfo... Yo no creí que conmigo rezaría la brutal costumbre de las rondas...

--Era la del señorito Julián.

--Por eso mismo me extrañó tanto... Julián siempre fué muy amigo nuestro...

Ángeles se quedó pensativa; su mirada, sombría como una floresta, parecía tornar de muy lejos al través de los años infantiles. Daba un suspiro cuando Isabel continuó:

--Dice Lecio que el señor de la torre se muere por usted.

--Pues Lecio está equivocado--murmura Ángeles, no muy sorprendida, algo confusa.

--Y dice--añade la moza--que también _el Estudiante_ la quiere a usted mucho...

--¿César?... Yo le quiero también... ¡Me hacía tantas coronas de flores cuando éramos chiquillos!... Y me hacía cantares...

Otra vez se quedó ensimismada. La incitante memoria de cariños lejanos fué, sin duda, a refugiarse, triste, en la sombra de sus ojos, porque dos lágrimas pugnaban en ellos cuando añadió, lamentable:

--¡Tampoco César viene ya a esta casa!... ¡Parece que todos huyen de mí!...

--Porque la quisieran cortejar a usted y están sentidos.

--Yo no he notado que me pretendan para novia.

--Pues Don Julián siempre la buscaba muy rendido, y _el Estudiante_, ¿no oye cómo le canta coplas?

--Usanzas de rondadores...

--No, señorita, que las canta _con segunda_... Y el ricachón de Salcedo igual está prendado de usted.

--¡Ave María!--exclamó Ángeles, risueña de pronto--. Ahora que me caso con un forastero va a resultar que tenía aquí los pretendientes a escoger. ¿Esa es otra noticia de Lecio?

--Del mismo... Y no sabe la señorita lo más gracioso...; que él también, el muy zoquete, está, como los otros, penando por usted.

--¿Lecio?... ¿tu novio?...--Se puso Ángeles muy seria para decir:--¿Te chanceas, Isabel?

Pero Isabel no se chanceaba: se le había empañecido la voz, tenía las mejillas rojas y el aire turbado. Después de un silencio difícil, añadió, tratando de serenarse:

--Me lo contó él mismo la noche que dieron el alto a Don Adolfo.

--Esas son bromas suyas.

--Bromas no eran: para contármelo se puso descolorido y hasta le dió un mareo...

Ángeles se aturde con las noticias de tan sorprendente amor, y muy curiosa, pregunta:

--Pero, ¿no sois novios?... ¿no os vais a casar?

--Eso no quita... Él dice que a usted la quiere «de otra manera»... Serán modos finos de querer que aprende con los señores... ¡como todos son unos en la misma ronda!...

Mirando la señorita con afecto a la compungida moza, le dice:

--¿Y tú has creído esas tonterías, Isabel?

Baja ella los ojos y explica difícilmente:

--Todo lo he creído... conozco que es de veras... pero lo mismo cortejamos: él no lo puede remediar... Como la señorita tiene ese ángel, todos la quieren aunque sea a escondidas... Usted no se ofenderá... ¡Si Lecio supiera que yo se lo he dicho!... ¡No se lo cuente a nadie, por la Virgen!

--Descuida, mujer; esas cosas que habla tu novio, de él y de los demás, son imaginaciones suyas... pero no diré nada... ¿a quién?... Yo no tengo a quien contar secretos.

Y se atristó por tercera vez el semblante precioso de la señorita. Viéndola cavilosa y muda se retira Isabel con prudencia mientras la novia vuelve a quedarse junto al vestido blanco, vaporoso y sutil, como nube del pálido cielo montañés. Mirándole con indefinible sentimiento de inquietud, cierra los ojos para meditar en las confidencias de Isabel y va aposentando en su espíritu la creencia de que, en efecto, Julián de Alcázar la ha querido un poco. Recuerda la asiduidad lejana de sus visitas, la encendida expresión de sus palabras, la pausa elocuente de sus silencios y su alejamiento inexplicable apenas Adolfo apareció en la aldea.

No se detiene la soñadora a pensar en Salcedo, el jaquetón ricacho, pero guarda un pensamiento melancólico y acariciador para César Garrido, el romántico trovista que canta _con segunda_ al pie de una ventana, años hace, en el sagrado misterio de la noche...