Ruecas de Marfil (Novelas)

Part 2

Chapter 24,065 wordsPublic domain

El temporal, monstruoso, nos apresó junto al cadáver, en la fétida hondura del sollado, hasta cerca de la madrugada, y todos los humanos quejidos tuvieron encima de nosotros un eco y una indecible expresión. Gemía el pequeñuelo, y su vocecilla, feble y aguda, rodaba entre los huracanes como una gota de agua en un torrente. Con estallidos impetuosos se debatía, forzudo el barco; bramaba la nube, vociferaban las olas, y el P. Fanjul, Inés y yo enhebrábamos el hilo de nuestras plegarias en los fatales rumores de la tragedia.

Por la alta ventanuca, cuando el balance no la hundía en el mar, veíamos cómo los relámpagos raían la sombra y cómo hervían las espumas en la mareta rugiente.

Y aparte las visiones definidas y los determinados sonidos, nos estremecían a cada momento unos soplos mudos y fuyentes como ráfagas misteriosas de frío y de pavor, y unos lampos de luz en las pupilas de la muerta, en los flavos ojos inmóviles y abiertos, que parecían asomarse a lo infinito cuajados de inquietud...

Ya casi vencida la tormenta tiene el recién nacido donde aplacar su sed de vivir. Y por acuerdo de los pocos españoles que viajamos en el _Orcana_ tendrá Luisa un pobre ataúd donde esconder su hermoso cuerpo a las primeras caricias del mar; ya que nos faltan aún tres días para llegar a Talcahuano, primer puerto de la costa chilena, y no es posible conservar hasta entonces el cadáver a bordo.

Incapaz de dormir, estoy en el alcázar desde el amanecer, buscando aire y perspectivas como un desquite a la espantosa esclavitud de anoche. Todavía lloran el viento y el mar en trémulas quejumbres que acompañan a mis pensamientos atónitos. Siento el cansancio y la tristeza con pesadez confusa que me inmoviliza envuelta en el abrigo, absorta en los mirajes, lleno de lágrimas el corazón. Y necesito hacer un esfuerzo para enterarme de los destrozos causados al _Orcana_ por la tempestad. Han desaparecido la toldilla y el portalón; faltan pedazos de la arboladura, tojinos y escalas, dos brazolas, un serení.

Vuelvo a sentarme, después de averiguar estas noticias con escaso interés, y veo ensimismada, cómo huye la tierra patagona, solitaria y bravía, toda florecida de expresivos nombres hispanos; desde su costa atlántica hasta la salida del fiordo americano en el Pacífico, el maternal lenguaje español la riega de membranzas plenas de un significado heroico y ferviente: islas Tristes, punta de las Niñas, ensenada del Engaño, bahía de los Desvelos, cabo Dañoso, golfo de las Penas...

Y ya en la ruta abierta al viejo mundo por Magallanes, desde la bahía Posesión hasta el cabo Deseado, siguen las palabras evocadoras y rotundas, bendiciendo el señorío y la fortaleza de España.

Ni las altaneras cimas que parecen cosa del cielo, ni las restingas y los veriles dejan de hablarnos en elocuente romance, y así el estuario que más se interna adueñándose de la costa se dice el Seno de la Última Esperanza...

No tardaremos en remontar la isla de la Desolación para salir al Pacífico por el cabo de los Pilares, al filo de la media noche, en la hora terrible de sepultar a Luisa bajo las aguas.

VII

LA FATAL CAÍDA

En el cielo, enjoyado y curvo, tiemblan de frío las estrellas; el mar palpita henchido y amoroso, con un arrullo claro, y el _Orcana_, libre de los ambages del Estrecho, navega en bonanza, con mucha gallardía.

Son las doce; no ha salido la luna. Avanza hasta la borda el silencioso estol de la muerte, nunca más humilde y patético: cuatro marinos que llevan el ataúd, un fraile que le bendice y media docena de curiosos, entre los cuales dos mujeres sollozan.

Un tablón, tendido hasta la lumbre del agua, sirve a la caja fúnebre de escalera; un responso, rezado con ardiente premura, la va siguiendo en la fatal caída. Cuando se hunde, nos parece que el mar abate un punto su resuello con la respiración suspensa; es que «el sagido» tiene ahora una solemne expresión de ternura, un saludo lleno de acogimiento y de reposo. En seguida vuelven a rodar las olas y a desmelenarse las espumas con la infinita castidad del agua corriente y apacible: ¡ya la estela del buque se ha borrado en el sitio donde cayó el cuerpo de Luisa!

Alzo los ojos con un movimiento aflictivo de piedad, y en lo sumo del espacio azul me subyuga la brasa lueñe de un lucero... Imagino que el alma de la pobre viajera se abre junto a Dios como una rosa encendida en luces estelares; quiero creer que quizá resplandece en la hoguera de cada astro el calor remoto de una vida que pasó por la tierra al lado nuestro. Y frente al enigma sagrado, lleno de temblores inefables, me abismo, ansiosa, en la contemplación del cielo y del mar, hondos como la muerte...

El último jirón de la Patagonia se ha esfumado en la noche a la altura del cabo Pilar, y las trescientas millas del Estrecho, que Magallanes llamó de _Todos los Santos_, quedan en la memoria como una ensoñación fantástica. Aquí está el mar libre, el nuevo océano, ancho y evocador, donde nuestros exploradores sólo hallaron, en sus primeras aventuras, las desiertas islas Desventuradas.

Y la profunda huella de El Descubrimiento persiste desde Europa en los mares y en las riberas, desdoblando horizontes, abriendo rutas, fecundizando caminos virginales.

El sentimiento vehemente de la admiración me vuelve a sacudir rostro a las soberbias lontananzas del Pacífico; vuelvo a enorgullecerme de la sangre hispana de mi corazón, la misma que empujó en la sombra las fronteras del universo, y después de saludar a las criaturas desconocidas en un idioma venerable, lleno de esperanza y de luz, bautizó en el nombre de Dios los valles y las aguas, las cumbres y las constelaciones, los seres y las cosas, con un santo derroche de venas maternales.

¡Así, un mundo entero, allende las antiguas _Tinieblas_, está alumbrado con voces españolas, parido por las entrañas de Castilla en un alarde inmortal de bravura y amor!...

VIII

«RAYO DEL CIELO»

El españolito nacido en trance cruel bajo el pabellón britano cumple a maravilla sus primeros deberes de criatura, aferrándose lleno de brío a la existencia. En su regazo le guarda Inés con admirable solicitud, y le celan allí las devociones y lástimas que con el dolor y el amor florecen, a menudo, en la Humanidad.

El nene ya conoce el sabor de los besos y el halago de las canciones. Le han mecido las pasajeras al son de coplas distintas, en idiomas varios, con añoranzas maternales; pues donde hay una mujer que siente y un niño que llora, nunca falta la caricia y la canción, acendradas en un ensueño de madre... Parece que al barco le empujan en el Pacífico dulces brisas de bondad y que todas convergen hacia el desgraciado pequeñuelo. Pero los que hemos vigilado más de cerca el latido de esta vida menuda, abandonada en capullo por la madre infeliz, padecemos ya el quebranto de una nueva emoción, quizá la más terrible en el drama inolvidable.

Se ha roto nuestro confín de cielo y mar, y la costa rojiza de Chile sale a recibirnos en un pálido horizonte. Nadie frente a estas orillas, torvas y mudas, puede imaginar que en el corazón de este país hay un divino valle de Aconcagua, orgullo de la América. Volcánica y estéril, descolorida y triste, avanza sobre el mar la tierra que tocaremos al anochecer en la bahía de Talcahuano, _Rayo del Cielo_, según el lenguaje indio.

Un poderoso cacique de la Conquista dió nombre a la población levantada junto a unos fuertes que los españoles emplazaron cara a las olas, como si las quisieran amedrentar y poner linde. Y en lucha con las marejadas, con los araucanos y con los terremotos, al través de los siglos, Talcahuano sirve de base a una gran ciudad, _La Concepción del Nuevo Extremo_, fundada por Valdivia. De allí vendrá al puerto, esperando al _Orcana_, el padre de este niño que duerme y sonríe; vendrá diligente y feliz, sin temer que su amor haya naufragado en un pobre ataúd, ¡la última nave, siempre hundida en el eterno mar!...

Navegamos costaneros y veloces bajo un cielo tranquilo y gris, turbias las aguas, sin espumas ni rizos, muda en sus ondas la huella del barco.

Tiene el paisaje un tono de profunda quietud, una tristeza recóndita, colmada de expectación y de misterio.

A veces imagino que todo el horizonte escucha, otras que aguarda. Y siento que el angustioso grito de Luisa, huyendo del doble naufragio, resuena con suprema ansiedad en el desnudo silencio de los confines...

Aquí está la bahía de Talcahuano, ancha y honda, defendida por cerros mansos y rojos, abrigada al Oeste por la península de las Tumbas.

Los botes que nos esperan atracan al costado del buque y llega el aciago instante de recibir al marido de Luisa. Hemos confiado esta difícil misión al P. Fanjul, y abrazo al niño huérfano mientras Inés escudriña las embarcaciones cercanas y dispone el humilde bagaje de la ausente.

Nuestra pesadumbre se colma cuando, subiendo en dos saltos la escala, recién tendida, un joven se precipita en la cubierta, registrándola afanoso, con mirada radiante.

Sale Inés a su encuentro y exclama turbadísima:

--¡Salvador!...--Luego se vuelve hacia nosotros, murmurando:--Este es...

Y adelántase el dominico, exacto como la fatalidad, a deshacer la impaciente alegría del mozo.

Ya éste observa a su paisana con amagos de inquietud; tal vez el nombre amado bulle en una pregunta sobre los labios juveniles, cuando el fraile aborda la temible revelación.

A las primeras palabras del religioso, Salvador vuelve la vista en torno suyo como inquiriendo y adivinando. Una sorpresa alarmante le extravía: no entiende lo que le dicen, no acaba de comprender.

Le pone el P. Fanjul una mano en el hombro con cariño, y le lleva suavemente hacia la borda, alejándole del grupo de pasajeros que comentan el lance entre curiosos y dolidos. Allí, en voz queda, habla el Padre, primero con dificultad, inclinándose expresivo hacia el muchacho en cada frase indecisa, luego respondiendo con resolución a las ardientes preguntas de él, y, por último, se expresa vivamente, asiendo las manos del desconocido, sirviéndole, al fin, de sostén en los brazos acogedores.

De pronto Salvador levanta la cabeza y pasea por la superficie del mar los asombrados ojos: una sensación de espanto le sacude y un sollozo, que parece un rugido, se le escapa del pecho. Todas las miradas están fijas en el muchacho, fuerte y arrogante, de noble y abierta fisonomía, en la cual el dolor va dejando la novedad cruel de sus matices.

A una señal del dominico, Inés, llorosa, avanza con el nene, y Salvador endulza el rostro para recibirle; le coge en sus brazos recios y convulsos; le cubre la cara con un solo beso, ancho y tenaz. Luego no sabe qué hacer con él; se queda mirando a todas partes indeciso y atónito, con una sombría expresión de perplejidad.

Pero aun tiene que darle Inés otro sagrado presente, una trenza de pelo rubio, sérica y fina, que de nuevo hace rugir a Salvador. Agobiado por la dulce carga que le abruma, parece que ha echado raíces sobre la cubierta, y es menester que le hablemos con mucha piedad para que responda, para que intente balbucir algunas frases rudas de gratitud, en alto grado expresivas por el duelo agudo de la voz y el desconsolado ademán de la despedida.

Sin acabar de oirnos, ni terminar su trémulo discurso, echa, de repente, a correr hacia el portalón y gana el bote que antes le condujera a bordo colmado de esperanzas. Lleva el niño abrazado con torpeza cuidadosa, y la trenza de Luisa junta con él, en un mismo envoltorio blando y caliente... Le vemos alejarse hundido en su liviana embarcación, caído en desolada actitud; la nave toca la orilla y bajo la sombra fría de la noche el padre y el hijo se confunden con el siniestro polvo de Talcahuano, _Rayo del Cielo_...

LA RONDA DE LOS GALANES

I

El denso grupo formado en el atrio, a la par de la cancela, se fué aclarando por el camino adelante, y la blancura del sendero quedó borrada entre las mieses, teñida por vistosos colores al sol benigno de la mañana. Era que el vecindario del Encinar volvía de la misa mayor.

Bajo los arcos del portal unos hombres mozos coloquian, aún, con recatadas voces, y en el fondo de la fachada se abre la puerta del templo recortando en la piedra rubia de su fábrica un óvalo lleno de la obscuridad interior, nublado por el humo leve del incienso y saturado por aromas de jardín.

Los jóvenes del pórtico esperan, sin duda, que aparezca en aquel marco misterioso alguna devota rezagada, porque disimulan mal la impaciencia con que vuelven los ojos hacia el hueco sombrío.

Cruzando entonces, de puntillas, las losas parroquiales, una mujer se asoma al dintel penumbroso, iluminándole con la radiante luz de su hermosura. Detiénese un momento para hacer, piadosa, la señal de la cruz sobre la frente, y sale, muy gentil, a buscar la cancela. Dos manos solícitas se la abren, de par en par, y Ángeles Ortega pasa delante de los cuatro mozos, sonriendo y dando los buenos días con seráfica voz.

Sin previa consulta, como si un tácito acuerdo uniese la voluntad de aquellos hombres, emprenden, al punto, la marcha detrás de la hermosa.

Desde la iglesia hasta el poblado se hunde el camino en la vega, entre campos feraces y tierras de labrantío recién sembradas de maíz. Limitan el paisaje los montes que se embravecen escalando las nubes pálidas de un cielo dulce, un poco entristecido, y sobre el alisal, a medio vestir por el verde lozano de las hojas nuevas, se mece, como una copla fugitiva, el rumor sollozante de las arroyadas.

Ha desceñido Ángeles de su cabeza preciosa, el velo de la mantilla, y anda con lento paso de meditación, gozándose en que el aire y la luz la envuelvan y acaricien. Sobre el negro vestido, la cara y las manos ponen el contraste de una blancura inmaculada, y está llena de encanto la belleza de esta mujer en cuyos apacibles ojos obscuros parece que se han caído unas gotas de la pena del cielo.

Se retrasan, previsores, los mozos que la siguen, como si todo el camino debieran darle escolta de respeto y protección, y así, despacio por la ondulante vereda, en silencio contemplativo o truncando con languidez frases menudas, le hacen guardia de honor hasta la puerta de su casa...

Es una extraña amistad la de estos cuatro mozos cuyo linaje señala en el pueblo cuatro distintos peldaños de la escala social, y todas las preeminencias favorecen entre ellos a Julián de Alcázar, heredero único de la más encumbrada familia del valle.

Noble y rico, mimado y feliz, Julián ha llegado a la cumbre de la vida sin otro amor de mujer que aquél, dulcísimo y secreto, guardado para Ángeles con timideces y fervores indecibles.

Aquella niña de hermosura triste y deliciosa, fuese apoderando con invencible soberanía del corazón de Alcázar, un corazón que había salido ileso de las aventuras juveniles y que, recio y sano, estaba allí, temeroso como un novicio, delante de unos ojos que el cielo del Norte había tocado con su pena.

Complacíase Julián en recordar su vida fácil y dichosa, llena de halagos; sus años de colegial con vacaciones en la playa y ocios montaraces en el pueblo, después el triunfo que le acompañó en su brillante carrera hasta hacerse abogado, y, por fin, las galantes páginas de sus fugaces amoríos, sin huellas ni raíces. Y toda la amable historia de su existencia la ponía, con humildad y gozo, delante de un nombre: ¡Ángeles! La vió crecer y embellecerse, oculta como un tesoro en la aspereza silvestre del Encinar; la quiso cuando era tan pequeña que no podía saltar los arroyos sin que él la diese las manos; cuando para mirarle le alzaba la cabecita rizosa, sacudiendo en el aire la endrina melena; cuando iba a pedirle, con mimo infantil, los altos capullos que cimeaban los rosales... La quiso entonces con rara ternura, con predilección singular que era ya el germen de un potente cariño.

Y cuando la niña floreció en mujer y aquella ternura floreció en amor, Julián, fugitivo de la corte, se escondió en su torre norteña, sumiso y entregado sin rebeldías a la pasión que señoreaba su alma.

II

Una amistad nunca rota ni lastimada, unía de largos años a la familia de Alcázar con la de Ortega, y Ángeles y Julián se habían tratado siempre con libertad de hermanos.

Cuando el mozo tuvo henchido su corazón de afanes por la niña, dejó que se le asomasen a los ojos para que su amada los leyese, y anduvo muy activo en visitarla, muy hábil para encontrarse con ella en las encrucijadas de la mies y en las lindes del jardín.

Ya por aquel tiempo la madre de la joven finaba en consunción dolorosa bajo los tiernos cuidados de su hija, y Julián acompañaba a la paciente llevando todos los días para la enfermera un silencioso mensaje de cariño oculto en esa clave amorosa que todas las mujeres descifran con sabia precisión.

Pero en vano el galán espiaba, paciente, la sonrisa o la mirada de inteligencia con Ángeles le probase que exaudia sus peticiones. En vano esperó la muda inteligencia de aquellos ojos, bellos y dulces, antes de lanzarse a la solemne declaración; la muchacha no parecía haber leído en la rendida actitud de Alcázar ninguna rima de aquel poema sentimental.

Fué entonces cuando el mozo se acordó con miedo de que su figura no era gallarda ni su cara hermosa. Julián era feo y había crecido muy poco... Sintió esta desgracia con acerbo dolor, por primera vez en su vida, y juzgándose desdeñado se dejó dominar por un aciago pesimismo, por una timidez extraña y agorera. Callado, pesaroso, replegado sobre su pasión, vió como pasaban los días inútiles para su pesadumbre mientras contaba Ángeles, con desconsuelo, las horas de su madre, que declinaba lentamente, en resignada agonía, y llegaba de Cuba Don Felipe Ortega para asistir a la muerte de su esposa, muchos años martirizada por la inconsciencia y el desamor.

Era aquel un hombre veleidoso, tierra liviana y estéril donde no arraigaban los sentimientos ni fructificaban los buenos propósitos. Se había casado con una señorita rica y bella que no detuvo mucho tiempo en sus brazos al tornadizo señor. Pretextos de negocios le alejaron de su hogar apenas transcurrido el breve plazo de una efímera luna de miel, y de uno en otro engaño, humillante para la abandonada compañera, acabó por establecerse en Cuba, entretenido en capricho tráfico mercantil y en licenciosas diversiones.

Padeció la mujer con altivo silencio aquella imperdonable deserción, y los íntimos pesares dañaron pronto el cuerpo delicado de la señora, que, aquejada de incurable dolencia, desalentada y vencida, fué a esconderse en su casa solariega del Encinar, consagrándose a la educación de su hija con ardor enfermizo y doloroso. Allí espigó la belleza de Ángeles entre lágrimas y suspiros; su gracia infantil adquirió una mansa expresión de melancolía, y sus divinos ojos, llenos de luz, tuvieron, siempre, ligeras inflexiones tristes hacia los cielos...

Cuando el descarriado esposo hubo pasado unos pocos días en su casa silenciosa del Encinar, donde la enferma gemía y la niña suspiraba, manifestó, con cruel hastío, su prisa por volver a ocuparse en Cuba de los negocios. Con egoísmo implacable, malhumorado y aburrido, parecía protestar de que la moribunda prolongase su agonía, y ella aterraba la frente llena de miedo por el porvenir de Ángeles, agarrándose con desesperada ansiedad a cada hora doliente de su vida. Ya en el instante supremo, con el impotente afán de proteger a su hija, y el espanto loco de abandonarla indefensa en poder de su padre, le tendió las manos, heladas por la muerte, balbuceando:

--¡Desgraciada... desgraciada!

Y al expirar dejó aquellas palabras lamentables flotando como trágica profecía sobre la inocente cabeza de la joven.

III

Lloraba Ángeles adolecida sobre la tumba reciente de su madre, cuando llegó al Encinar, causando general sorpresa, un mozo de mucho rumbo, jinete en magnífico potro jerezano, luciendo una arrogante figura y unos ojos azules que fulgían dominadores. Se llamaba Adolfo Serrano y era hijo de un socio de Ortega, para quien llevaba una visita. Fué recibido con muchas demostraciones de aprecio, y detenido con reserva y solemnidad. Al cabo de la entrevista, llamó a su hija Don Felipe y la presentó al forastero con orgullo.

Aquella misma tarde, Ángeles y Adolfo, inclinados en el ancho alféizar de una ventana, coloquiaban mirándose en adorable secreto de enamorados, y Don Felipe Ortega sonreía complacido por el éxito de una combinación de antemano premeditada, que le permitía regresar a Cuba en un plazo corto, libre de la tutela de la niña y aparentando la satisfacción de haber cumplido los sagrados deberes paternales.

Padeció la muchacha como una fascinación aquel amor inesperado, sintiendo en las miradas de Adolfo un enardecimiento de conquista que la subyugaba, y en su voz caliente un imperio extraño que la hacía temblar y confundirse en inexplicables emociones de amor y de temor.

Una ansiedad nueva se levantó en su pecho; secáronse sus lágrimas como a impulso de enérgico mandato, y pareció distraerse, curiosa, hacia la tierra, la nostalgia del cielo, escondida en sus ojos.

* * * * *

Durante los días de impacientes dudas que pasó Alcázar en su torre, enamorado y afligido, trató de endurecer su existencia hasta poder avenirse con las costumbres que en el Encinar usaban los mozos, parados a la sombra de raras tradiciones, rudas y primitivas.

Hallaba el señorito un singular placer en bajar hasta la vida humilde de aquellos hombres y hacerla suya, buscando con avaricia los latidos firmes y bruscos del corazón del pueblo. Sediento de emociones nuevas, en una febril inquietud espiritual, tocaba con sensuales deleites las diversiones en que la mocedad varonil de la aldea ponía el alma, brava y sencilla. Y poco a poco, primero en una noche de bullicio, luego en una deshoja trasnochada, después en una hoguera salvaje, el noble heredero de Alcázar llegó a fraternizar entre los mozos del poblado hasta entonar con maestría el clásico _ijujú_ en las rondas de los galanes, y empuñar con fiereza el palo contra los rondadores forasteros. Agazapado a la vera de una tapia en bando aguerrido, con bufanda de flecos y rústica boina, Julián de Alcázar sentía un tónico refrigerio en el atormentado corazón, como si una brisa montaraz le reanimase con viril empuje de libre naturaleza. Hízose entonces muy popular en la comarca, donde se supo que el señorito de la torre, diestro cazador y hábil montero, tenía firmes los puños y sereno el ánimo.

A la vez que temor y respeto se le tuvo cariño, y él acertó a ser mozo aldeano con hidalga llaneza señoril, sin usar de la supremacía que le pudieran conceder en la aldea su fortuna y su valimiento. No disputó jamás la novia a un enamorado ni dejó de ser nunca generoso: quiso únicamente distraer sus pesares y saciar su curiosidad de sensaciones.

Codiciando todos los mozos la intimidad con el señorito, tres de ellos se le habían aproximado con particular adhesión y formaban con él «una piña» constante en las cacerías y en las rondas como en los tranquilos paseos de los días de fiesta.

Así juntos, pacíficos y acordes, habían seguido los pasos de Ángeles Ortega después de la misa mayor en una pálida mañana del mes de Marzo. Y cuando la joven hubo franqueado los umbrales de su hogar, se quedaron los cuatro mozos frente a la casa, bajo los nogales de la bolera, detenidos por misteriosa atracción, tal vez por mortificante inquietud.

Era Julián de Alcázar el que menos disimulaba su impaciencia en el incógnito afán, y, por último, rompió el secreto de aquella zozobra para decir, señalando hacia la casa:

--¿Sabéis a qué hora «viene»?

Lecio, el más tosco de la pandilla, respondió con mucha seguridad:

--«Viene» a la caída de la tarde.

--Pues aquí estaremos cuando «llegue»--repuso con firmeza el señorito.

--Aquí estaremos--dijo Fidel Salcedo, un poco temblorosa la voz.

Lecio mascullaba:

--¡Claro que sí!

Y el más joven de todos, uno a quien llamaban _el Estudiante_, aprobó con la cabeza muy ensimismado.

Después de una pausa añadió colérico Julián:

--¡Lo que es «ése» no se la lleva!