Romance de lobos, comedia barbara
Part 3
EL CABALLERO
¡Ah!... Eres tú, bandido.
DON PEDRITO
¡Yo soy!
EL CABALLERO
Al fin nos encontramos. ¿Te han dicho que tienes mi maldición?
DON PEDRITO
Sí, señor.
EL CABALLERO
¿Y no te importa?
DON PEDRITO
No, señor.
EL CABALLERO
La verdad es que una maldición no mata ni espanta.
_El caballero se coge la barba estremecida por la risa, una risa extraña, de viejo loco, desengañado y burlón. Don Pedrito requiere las riendas_.
DON PEDRITO
¡Déjeme pasar, padre!
EL CABALLERO
Antes dirás por qué no te importa mi maldición. ¿Te hace reir?
DON PEDRITO
No me hace reir....
EL CABALLERO
Pues a mí me hace llorar de risa verme lanzando excomuniones como el Papa.
DON PEDRITO
¡Deje paso, señor!
EL CABALLERO
A un hijo tan bandido como tú no se le maldice, se le abre la cabeza.
DON PEDRITO
Yo no soy su hijo, Don Juan Manuel.
_El Caballero aferra con una mano las riendas, mientras con la otra enarbola el bastón. El primogénito, doblándose sobre el borrén y corriendo espuelas encabrita el caballo, y el padre, sin soltar el rendaje, le apalea_.
EL CABALLERO
A un hijo tan bandido se le abre la cabeza. ¡Se le mata! ¡Se le entierra!
DON PEDRITO
¡No me encienda la sangre, que si me vuelvo lobo, lo como!
EL CABALLERO
Apéate del caballo, y verás quién tiene más fieros dientes. DON PEDRITO
¡No me tiente, señor!
EL CABALLERO
¡Apéate, para que sepas quién es el lobo!
_Trémulo, con los ojos ardientes, salta a tierra el primogénito y va contra su padre, que le espera en medio del camino con el bastón enarbolado. Detrás se extiende la hueste de mendigos, que tiemblan de miedo y de frío bajo sus harapos, al intentar interponerse_.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Señor Don Pedrito, considere que es su padre, y que le ha dado la vida, y que puede quitársela. ¡El padre es como el Dios del Cielo!
EL MANCO LEONÉS
Muestre su noble sangre volviéndose atrás por el camino que traía, joven caballero.
DOMINGA DE GÓMEZ
Con un padre no hay que tener valentía.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Un padre nos da disciplinazos, y cuando corra la sangre hemos de besarle las manos.
DOMINGA DE GÓMEZ
Quisiera yo, cuitada de mí, ver alzarse a mi padre de la cueva, aunque fuera para arrastrarme de los cabellos, que no tengo.
_Don Pedrito queda un momento suspenso en medio del camino, y siempre trémulo, mira cómo su caballo se huye al galope por una siembra, pisándose las bridas_.
EL CABALLERO
¿Por qué te detienes, mal hijo?
DON PEDRITO
Por ver si entre tanto misionero había alguno que fuese para alcanzarme el caballo.
EL CABALLERO
¡Y tú te llamas lobo!
DON PEDRITO
Lobo seré si mi padre vuelve a levantar su brazo sobre mi cabeza.
_EL CABALLERO siente la amenaza y adelanta hacia su primogénito. Don Pedrito ceja, se recoge, y con un salto impensado, arranca su bordón al leproso. Armado y, apercibido, hace con él un circulo en el aire que tiene un terrible zumbar. Cuando el padre y el hijo van a encontrarse, se interpone entre ellos la figura gigante y trágica del Pobre de San Lázaro_.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
El palo que a mí me sostiene por los caminos no ha de alzarlo contra su padre. Diómelo como una cruz Nuestro Señor Jesucristo.
DON PEDRITO
Apártate, leproso.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Antes vuélvame el palo con que voy por el mundo, que si no me lo vuelve yo lo tomaré.
DON PEDRITO
¡Ay de ti si me tocan tus manos podridas!
_Con lento andar, de una humildad fuerte y solemne, avanza el Pobre de San Lázaro. El capote de soldado que le cubre parece aumentar la expresión trágica de aquella figura gigante y mendiga. Don Pedrito retrocede estremecido, y arroja el bordón lejos de sí. Detrás del pobre está la sombra de Doña María_.
DON PEDRITO
¡Ten tu cruz, hermano!
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Gracias, noble señor.
DON PEDRITO
¿Tú no sabes dónde hallaré yo la mía?
EL POBRE DE SAN LÁZARO
No sé.... Eso nadie lo sabe hasta que una vez en la noche, durmiendo en un pajar o caminando solo por un camino, se aparece el ángel que nos habla en nombre de Nuestro Señor.
EL CABALLERO
¡Job, no digas tonterías!... Si te parece cambiaremos nuestras cruces....
_Ofrece su bastón al leproso el viejo linajudo, y recoge del sendero el palo del mendigo. El primogénito se aleja hablando solo, y atraviesa la siembra por cobrar el caballo que pace allá en el fondo arrastrando el rendaje. Monta, y al galope desaparece. El Caballero, ceñudo y sombrío, sigue su peregrinación entre la hueste mendicante que renueva, las voces de su planto cuando ve las torres de Flavia-Longa_.
LOS MENDIGOS
¡Era la madre de los pobres! ¡Nunca hubo puerta de más caridad! ¡Dios nuestro Señor la llamó para sí y la tiene en el Cielo al lado de la Virgen Santísima! ¡Era la madre de los pobres!
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA TERCERA
_La cocina, en la casona de Flavia-Longa. Don Rosendo, Don Mauro y Don Gonzalito, se desayunan con migas y buen vino, al amor de la lumbre. Andreíña, la criada vieja y encubridora, trae la nueva de que está llegando Don Juan Manuel_.
ANDREÍÑA
Distínguesele por el alto de Las Tres Cruces.
DON GONZALITO
Nos da tiempo para acabar las migas.
DON ROSENDO
Mi plato que lo rebañen los galgos.
DON GONZALITO
Yo tengo mi caballo ensillado y llenas las alforjas.
DON MAURO
Yo también, no hay más que montar y poner espuelas.
DON ROSENDO
¿Dónde están las mías, Andreíña?
ANDREÍÑA
Mírelas colgadas de aquel clavo.
DON MAURO
¿Qué habrá sido de mis hermanos Don Pedro y Don Francisco?
ANDREÍÑA
¡Fuéronse cuánto hace!
DON ROSENDO
¿Tú los has visto caminarse?
ANDREÍÑA
Así muerta, me entierren.
DON GONZALITO
¿No estarán escondidos?
ANDREÍÑA
¿Dónde quiere que se escondan, mi rey?
DON GONZALITO
Pues a fe que no hay sitios: En el pajar, en la torre, en la capilla.... ¡Un rayo me parta! Nos hemos olvidado de las alhajas de la capilla.
DON ROSENDO
¡Maldita suerte!
DON MAURO
¿No habrá tiempo todavía?
ANDREÍÑA
Mismo está llegando el señor mi amo.
_Don Mauro apura un vaso que, al terminar de beber, estrella en las losas de la cocina, y volviéndose a la vieja criada, con una mano la suspende del cuello y con la otra desnuda un puñal. Andreíña clama despavorida_.
DON MAURO
He de segarte la lengua si dices una sola palabra a mis hermanos. Como lleguen a desaparecer las alhajas de la capilla ya puedes confesarte. Te desuello, y clavo en la puerta de mi casa tu piel de bruja.
ANDREÍÑA
¡En los días de mi vida hice a nadie una mala traición!
DON MAURO
Tú fuiste quien les entregó la plata, y es inútil que lo niegues.
_Se oye el confuso clamor de los mendigos en la portalada de la casona, y la voz autoritaria y conmovida del viejo linajudo, que sube la escalera_.
EL CABALLERO
¡Ya dieron tierra a tu cuerpo! ¿Rusa, por qué me dejas tan solo? ¡Que al pie de tu sepultura caven la mía!... ¡Rusa! ¡Rusa! ¡Rusa!
LOS MENDIGOS
¡Era la madre de los pobres! ¡Fruto de buen árbol! ¡Tierra de carabeles!
_Atropelladamente, los tres bigardos salen de la cocina rosmando amenazas, y por el portón del huerto huyen a caballo. La vieja, con la basquiña echada por la cabeza a guisa de capuz, se acurruca al pie del hogar y comienza a gemir haciendo coro a la querella de los mendigos. Entra otra criada, una moza negra y casi enana, con busto de giganta. Tiene la fealdad de un ídolo y parece que anda sobre las rodillas. Le dicen por mal nombre la Rebola_.
LA REBOLA
¡Qué susto grande!... Escuché una voz que salía de lo más fondo de la capilla, al pasar por la sala de la tribuna.
ANDREÍÑA
¡Calla, condenada!... Cúbrete la cabeza con el manteo, y llora conmigo.
LA REBOLA
¡Señora, mi ama! ¡Señora, mi ama!
ANDREÍÑA
¡Qué poca gracia tienes, condenada! Adeprende cómo se hace un planto. ¡Rosa de Jericó! Rosa sin espinas! ¡Mi reina de las manos blancas, que hilaban para los pobres!...
LA REBOLA
¡Paloma sin hiel! ¡Paloma de la Candelaria!
ANDREÍÑA
¡Árbol que a todos dabas tu sombra!
LA REBOLA
¡Peral de ricas peras!
_Resuenan en la largura del corredor las voces y los pasos de los mendigos, y en la puerta de la cocina está la prócer figura del Caballero. Las dos mujeres, arrodilladas al pie del hogar y cubiertas las cabezas, ponen más altos sus ayes_.
EL CABALLERO
Alzaos del suelo y atended a mis huéspedes. Dadles a todos de comer y beber. Vosotros entrad calentaos al amor de la lumbre.
ANDREÍÑA
Poco hay en la casa para tanto hambriento.
EL CABALLERO
¡Calla, vieja sierpe!
DOMINGA DE GÓMEZ
Dejaime que llegue al hogar, pues vengo aterida.
EL MANCO LEONÉS
¡Dios se lo premie al noble señor!
EL MORCEGO
¡Qué gran cocina!
LA MUJER DEL MORCEGO
Parece la de un convento, Morcego.
EL MANCO DE GONDAR
Como corresponde a la grandeza de la casa.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Veinte criados caben a la redonda del hogar, y otro tiempo se juntaban. Yo también me senté con ellos, que aún no tenía este mal tan triste.
EL CABALLERO
Ahora te sentarás conmigo para que yo pueda sentarme algún día al lado de mi muerta. Bruja, abre el horno y repártenos el pan.
ANDREÍÑA
¡Ay, señor mi amo, está vacío el horno!
EL CABALLERO
Enciéndele, y amasa la harina más blanca de la flor del trigo.
ANDREÍÑA
¡Ay, señor mi amo, no hay harina, ni grano que llevar al molino!
EL CABALLERO
¿Qué ha sido del trigo y el centeno que llenaba mis arcaces?
ANDREÍÑA
¡Ay, señor mi amo, comiéronle las ratas.
EL CABALLERO
Enciende el horno.... Si no hay harina que cocer te quemaremos a ti por bruja.
ANDREÍÑA
¡Murióse aquella santa, que si ella no se muriese no recibiera yo este trato! ¡Bruja! Nadie en el mundo me dijo ese texto, que vengo de muy buenos padres, y no habrá cristiano que me haya visto escupir en la puerta de la iglesia, ni hacer los cuernos en la misa mayor. ¡Ay, muerte negra, que te llevas a los mejores y dejas a los más ruines!
_El Caballero se sienta solo en un banco que hay frontero al hogar, y permanece abatido y sombrío, con los ojos en la hoguera de sarmientos que levanta sus lenguas de oro hacia el fondo negro y brujo de la chimenea, donde resuenan las risas del viento. Los mendigos se agrupan al otro lado, y hablan en voz baja_.
EL CABALLERO
Calentaos, ya que sólo puedo ofreceros el techo y la lumbre. Don Juan Manuel Montenegro hoy es tan pobre como vosotros.
DOMINGA DE GÓMEZ
Es rico de caridad.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
En donde está el fuego, está Dios Nuestro Señor. El fuego es más que el pan y que el agua y que la sal. Todo en el mundo, para ser, requiere una chispa de lumbre. Lo mismo el vino que la sangre, y los ojos si han de tener luz, y la tierra si ha de dar fruto. Yo llevo este mal tan triste porque un gran frío me recorre el cuerpo, y me toca el fuego y no lo siento calentar mi carne muerta. En la noche no se ve nada y se ve una hoguera, y del cielo ninguna cosa baja a la tierra, si no es el agua y el fuego, que tienen una hermandad....
_En la cocina resuenan los lloros del niño que mama en el pecho de Paula la Reina. La mendiga trata de acallarle con el susurro de un canto, y, toda atenta, sigue las palabras del leproso, mientras saca por encima del justillo el otro pezón, para ofrecérselo al niño, que llora de hambre_.
PAULA LA REINA
Eh, meniño, eh!. Pra Santo Tomé.... ¿Teu pai quen foy? ¿Tua nay quen e?... ¡Eh, meniño, eh!...
EL CABALLERO
¿Por qué no le retuerces el cuello a esa criatura, Paula? ¿No ves cómo llora?
PAULA LA REINA
¡Hijo de mis entrañas?
El CABALLERO
¿Qué derecho tienes para darle tu miseria? Guarda tus pechos, y déjalo morir. ¿Ves cómo llora de hambre? Pues así habrá de llorar toda la vida. ¿No te da lástima, mujer? Retuércele el cuello para que deje de sufrir, y da libertad a su alma de ángel.... ¡Ojalá nos retorciesen el cuello a todos cuando nacemos! ¡Ojalá yo se lo hubiese retorcido a mis hijos... ¿Han estado aquí esos sepultureros, Andreíña?
ANDREÍÑA
Cuando entraba el señor mi amo, ellos salían fugitivos.
EL CABALLERO
¿Han cavado bien honda la sepultura de su madre?
ANDREÍÑA
Ellos no la cavaron.
EL CABALLERO
¿Bien honda, bien honda, que haya sitio para mí?
ANDREÍÑA.
¡Asús, parecen palabras de fiebre!...
DOMINGA DE GÓMEZ
La pena que le cubre el corazón hácele decir esos textos.
_El Caballero guarda silencio. Los mendigos se agrupan en torno del fuego, y con los brazos apretados sobre sus harapos se estremecen, con ese estremecimiento feliz de los vagabundos que saben del albergue y del fuego. Entra el capellán_.
EL CAPELLÁN
¡Un resucitado!... ¡Le veo y no me parece Don Juan Manuel! ¡Vengo de la playa, de esperar la barca de ese infeliz Abelardo!
EL CABALLERO
¿No habrá llegado?
EL CAPELLÁN
¡Ni llegará!... Naufragaron....
EL CABALLERO
¿Y han perecido todos?
EL CAPELLÁN
¡Todos!... El cuerpo del patrón dicen que ha salido en la playa de Rajoy.... Yo le hacía embarcado con ellos al Señor Don Juan Manuel. ¡Es providencial!
EL CABALLERO
¡Dios quiere darme tiempo para que me arrepienta de mis pecados!
EL CAPELLÁN
¡No lo olvide, Señor Don Juan Manuel!
EL CABALLERO
¡Les forcé para que se hiciesen a la mar, y con ellos estuve embarcado toda la noche!... La muerte estaba en acecho, y la sentí pasar por mi lado. Estaba en aquella barca de pescadores y en esta casa mía.... Por donde voy descubro las huellas de su paso. ¡He visto sus luces!
EL CAPELLÁN
La muerte va con nosotros desde que nacemos.
EL CABALLERO
Yo siento sus pasos en esta casa vacía.... Esta casa que parece también estar muerta, toda silenciosa, toda fría, toda oscura, huérfana de la pobre alma.... ¡Yo no cerré sus ojos, ni besé sus manos de cera! ¿Por qué al menos no me esperasteis para dar tierra a su cuerpo?
EL CAPELLÁN
Se corrompía todo, señor.
EL CABALLERO
¡Miseria de la carne!
EL CAPELLÁN
Los gusanos le corrían. Formaban nido en la cabeza y bajo los brazos.
EL CABALLERO
¡Miseria de la vida!
EL CAPELLÁN
Dijeron que se le había abierto la madre de los gusanos, la gusanera, como cuentan de un rey de las Españas.
EL CABALLERO
¿Dónde ha muerto? Quiero ver su alcoba. Allí estará su sombra, esperándome.... Mis brazos de carne no podrán estrecharla... Pero las almas se abrazan, porque también son de sombra, y los vivos oyen a los muertos.
_El viejo linajudo sale seguido del capellán. Después de un instante en torno del fuego, bajo la chimenea donde resuenan las risas del viento, comienzan a despertarse las voces de los mendigos, apagadas y llenas de misterio_.
DOMINGA DE GÓMEZ
¡En una casa tan rica no haber pan en el horno!... ¡Vísteislo vosotros jamás de los jamases?
ANDREÍÑA
Comiólo quien tenía dientes.
EL MORCEGO
Entonces no fuiste tú.
ANDREÍÑA
Fué quien sabía agradecello.
LA MUJER DEL MORCEGO
No te enciendas, criatura.
DOMINGA DE GÓMEZ
¡Ni harina ni grano en una casa tan rica!
EL MANCO LEONÉS
No parece que haya pasado la muerte, sino un turbión.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Las casas más grandes se consumen como los cirios del velorio, cuando los hijos se alzan contra los padres y pelean por las herencias.
EL MORCEGO
¡Yo que esperaba comer compango!
LA MUJER DEL MORCEGO
No la acertamos, Morcego.
DOMINGA DE GÓMEZ
La Gloriosa Santa Baya, mándanos tal castigo porque dejamos su romería.
EL MANCO LEONÉS
El señor amo, no olvidará la promesa que nos hizo.
EL MANCO DE GONDAR
Siempre fué muy liberal.
EL MORCEGO
¿No habrá nada que arrebañar por las alhacenas, Andreíña? ¿Algo habrán dejado los abades que cantaron el entierro?
ANDREÍÑA
Comiéronlo las ratas.
_Asoman en la puerta de la cocina el Ciego de Candar y el rapaz que le sirve de lazarillo. El ciego es un viejo de perfil monástico, con una capa tabacosa, que le llega a los zuecos. La zampoña que lleva a la espalda le hace el bulto de una joroba, bajo la luenga capa. El lazarillo va cargado con las alforjas: Es un niño aldeano vestido de estameña, con la guedeja trasquilada sobre la frente con tonsura casi medioeval_.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Hay licencia?
ANDREÍÑA
No la has menester.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Y un sitio al amor de la lumbre?
ANDREÍÑA.
Si no es más que eso....
EL CIEGO DE GONDAR
Y una fabla que he de tener contigo, Andreíña.
ANDREÍÑA
¿Una fabla?
EL CIEGO DE GONDAR
Y muy secreta.
EL MORCEGO
Así muerto me entierren, si no viene por pedirte promesa de casamiento. Darásnos los aguinaldos.
ANDREÍÑA
Vos daré asados los cuernos de una cabra.
_La vieja criada llega adonde el ciego, y aparta, con su diestra de bruja al lazarillo, empujándole hacia el hogar donde se agrupa la hueste mendicante. El Ciego de Gondar y la vieja se enredan en una plática que comienza en alta voz y acaba en susurro de secreto_.
EL CIEGO DE GONDAR
Bien de mi corazón, allega si quieres, y si non non, que por el mundo sobran mujeres.
ANDREÍÑA
¡Valiente prosero!
EL CIEGO DE GONDAR
Allega tu pico, paloma real, allega tu pico, que no soy gavilán.
ANDREÍÑA
Acaba de una vez, que se me va la lumbre.
EL CIEGO DE GONDAR
Hermana Rebola, sopla en el lar. Nos, tras de la puerta, hemos de amasar, meter y sacar y dar de barriga. No riades, rapaces, que no hay picardía.
_Celebran los mendigos aquellas clásicas burlas, y en tanto las glosan, la criada y el ciego hablan bajando la voz_.
ANDREÍÑA
¿Qué hay?
EL CIEGO DE GONDAR
Agora verás. Topábame sentado al abrigo de la capilla, en la misma puerta, y oigo golpes por la banda de dentro, respondo batiendo con el zueco, y escucho la voz de Don Farruquiño.
ANDREÍÑA
¿Tú dices verdad?
EL CIEGO DE GONDAR
Está allí como prisionero, y mandóme que llegase secretamente a decírtelo para que vieses manera hablarle por la sala de la tribuna.
ANDREÍÑA
Toda estoy temblando. Los otros hermanos son capaces de matarme.
EL CIEGO DE GONDAR
Yo cumplo con darte el aviso.
ANDREÍÑA
Agora mismo voy ver....
_Andreíña sale de la cocina, y el ciego, tentando con el palo, se acerca al hogar, guiado por las voces de los mendigos que ahora comentan el naufragio de la barca de Abelardo_.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Habláis de esos cinco mozos ahogados?
PAULA LA REINA
¡Es una compasión de Dios!
DOMINGA DE GÓMEZ
Inda no se sabe si han perecido los cinco.
EL CIEGO DE GONDAR
En toda la largura de la playa solamente se oyen las voces de las mujeres y de las criaturas.
PAULA LA REINA
¡Pobres almas, qué triste suerte les espera!
DOMINGA DE GÓMEZ
La misma que a todos nosotros. ¡Pedir una limosna por las puertas!
EL CIEGO DE GONDAR
Por agora, la mar sólo ha echado el cuerpo del patrón y el del rapaz.
LA MUJER DEL MORCEGO
¿De quién era el rapaz?
EL CIEGO DE GONDAR
No sé decírvoslo.
LA REBOLA
Era el hijo más nuevo de la Garula.
EL MORCEGO
¡Valiente borrachona está la madre!
EL MANCO LEONÉS
Hace bien. En el mucho beber no hay engaño, y el mejor amigo es el jarro.
EL CIEGO DE GONDAR
Donde están todos los males es en el agua ¡Mira si no el hijo! Lo que la madre no cató en toda la vida, lo achicó en una noche el cuitado.
PAULA LA REINA
¡Ay, muerte negra!
EL POBRE DE SAN LÁZARO
¡Mejor está que nos!
DOMINGA DE GÓMEZ
El mundo solamente es para los ricos.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
El mundo no es para nadie. ¿Qué hace un rico si arrastra la cadena de una cativa enfermedad? El mundo es una cárcel escura por donde van las almas hasta que se hacen luz. El Señor Mayorazgo cuando poco hace te decía que torcieses el cuello a tu hijo, sin duda pensaba en todas las tribulaciones de su vida.
DOMINGA DE GÓMEZ
¡Miray que fué suerte la suya al desembarcar en aquella playa!
LA MUJER DEL MORCEGO
¡Naufragar todos y salvarse él solo!
EL CIEGO DE GONDAR
Al Señor Mayorazgo no lo quieren ni los arroases de la mar, ni los Demonios del Infierno.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
¡Será para Dios Nuestro Señor!
_Se oyen pasos en el corredor, y los mendigos callan. La Rebola echa en el fuego un haz de sarmientos que ahuman y chascan bajo las lenguas de la llama, y una gran hoguera irrumpe de pronto. La hueste mendicante, con estremecimientos humildes, con un gesto sórdido, se agrupa en torno del hogar. Benita la Costurera asoma en la puerta y murmura la rancia salutación_.
BENITA LA COSTURERA
¡Alabado sea Dios!
MUCHAS VOCES
¡Por siempre bendito y alabado!
BENITA LA COSTURERA
¿No está Andreíña?
LA REBOLA
Agora vuelve.
BENITA LA COSTURERA
¿Dónde anda?
LA REBOLA
Salió a un enredo.
BENITA LA COSTURERA
Lo mismo tiene que seas tú. En un vuelo vas al horno de la Curuja... Es mandato del Señor Don Juan Manuel. Te llegas, y dices que toda la hornada la traiga a la casona, que es para repartir entre los pobres... A luego, subiráse vino de la bodega y mataránse doce palomas en el palomar.
_Benita la Costurera se limpia los ojos enfermos con un trapo de hilo que trasciende a estoraque, y sale de la cocina. La hueste mendicante tiene un murmullo de gracias, en unas bocas triste, y en otras bocas jocundo. Como un rezo en la boca llagada del leproso_.
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA CUARTA
_La capilla. Don Farruquiño aparece en el presbiterio, sentado en un escaño con espaldar de viejo y noble belludo, orlado por grandes clavos de bronce. Enfrente se abre el arco de la tribuna, donde se sume la figura negra y bruja de Andreíña_.
ANDREÍÑA
¡Toda estoy temblando, mi rey!
DON FARRUQUIÑO
¿Te dijo el ciego lo que habías de hacer?
ANDREÍÑA
Algo me dijo... ¡Mas los otros juraron segarme el cuello!
DON FARRUQUIÑO
Busca la llave, y me la echas....
ANDREÍÑA
No sé cómo lograrlo, pues la tiene el señor capellán.
DON FARRUQUIÑO
Se la robas.
ANDREÍÑA
¿Mas con qué engaño?
DON FARRUQUIÑO
Cuando duerma. ¿Él se acuesta con tigo o con la Rebola?
ANDREÍÑA
¡Asús! ¡Qué picardías habla!... Ciego había de estar para condenarse con la Rebola! ¡Y lo que es conmigo! ¡Asús! Llevo muchos años a cuestas, cuatro onzas y un doblón, para que me tienten los Díaños.... No diga esas picardías, mi rey, que un día le sale una avispa en la lengua.... Yo le serviré con toda voluntad en aquello que pueda, y cuantas llaves hay en la casona veré de traérselas, por si alguna abre.
DON FARRUQUIÑO
Si no, tendré que salir poniendo fuego a la puerta.
ANDREÍÑA
Yo veré de servirle.... Mas luego no olvide la promesa que me hizo de tener a una de mis rapazas como su ama.
DON FARRUQUIÑO
Ya te dije que si alcanzo un curato, me llevo a las dos.
ANDREÍÑA
Tanto no pido, ¡Asús!....
_Se santigua la vieja encubridora, y el tonsurado segundón se pone en pie, y avizora hacia la puerta que comunica con la casona, una puerta pequeña en la sombra húmeda del muro de piedra, que rezuma. Se oye el rechinar de la llave. Don Farruquiño se esconde en el rincón más oscuro, y espera. La puerta se abre, y una sombra se aparta para dejar paso al Caballero. Otra sombra negra y bruja, huye de la tribuna_.
EL CABALLERO
¡Señor capellán, por qué no está encendida la lámpara?
EL CAPELLÁN
Se habrá bebido el aceite alguna lechuza.
EL CABALLERO
Siento el volar de unas alas en esta oscuridad.
EL CAPELLÁN
Aquel ventanal tiene rotos los cristales, y como entra el viento pudo entrar la lechuza.
EL CABALLERO
Las alas que yo siento se abren dentro de mí.
_Avanzan las dos sombras hacia el presbiterio. Sus pasos huecos, en la soledad de la capilla, tienen una vaga resonancia, y las palabras un misterio de sombra_.
EL CABALLERO
¿Dónde está enterrada?
EL CAPELLÁN
Esta losa la cubre, señor.
EL CABALLERO
Es preciso que la levantemos, Don Manuelito. ¡Quiero verla!
EL CAPELLÁN
Nuestras fuerzas no bastan, señor.
EL CABALLERO
¡Piedra, piedra, levántate!
_Don Juan Manuel se arrodilla ante la sepultura, y entenebrecido, y suspirante, reza en voz baja. El capellán, en tanto, escudriña en la sombra con recelosa previsión. De pronto da una gran voz, grande y estentórea_.
EL CAPELLÁN
¡Falta la lámpara!
EL CABALLERO
¡Trágame, tierra!
EL CAPELLÁN
¡No han sido lechuzas las que entraron aquí, fueron lobos!
EL CABALLERO
¡Ni una luz que alumbre tu sepultura, pobre Rusa! ¡Nada han dejado! ¡Rusa, pide por mí y por esos ladrones que bebieron la leche de tus pechos! ¡Son nuestros hijos, María Soledad!
El CAPELLÁN
¡Y no han temido la cólera divina!
EL CABALLERO
Y tampoco temen la mía, Don Manuelito!
EL CAPELLÁN