Romance de lobos, comedia barbara
Part 2
¿Por qué? ¿No va a comparecer en la presencia de Dios Nuestro Señor? Pues natural es que acuda a ella como a una fiesta, bien lavada y aromada. Nunca debimos haber dejado que el cuerpo se enfriase, Doña Monchiña. Ya verá cómo ahora cuesta más trabajo aviarle... Y conforme pase tiempo, más y más... Voy por agua templada, Doña Monchiña.
_Sale la costurera con un andar leve, como si temiese que la muerta se despertase. Doña Moncha reza en voz baja todo el tiempo que permanece sola, y la estancia oscura se llena de misterio con aquel vago murmullo de rezo que se junta al chisporroteo con que los cirios se derraman sobre los candeleros de bronce. Un gato empuja la puerta y llega sigiloso hasta la cama de la muerta, donde comienza a maullar tristemente, con largos intervalos. Tras el gato entra Benita la Costurera_.
BENITA LA COSTURERA
¡Doña Monchiña, ni agua caliente había! Tuve que encender unas pajas... Parece talmente que entraron aquí los facciosos. Como cinco lobos, los cinco hijos se están repartiendo cuanto hay en la casona, y los criados, a escondidas, también apañan lo que pueden. Dios me perdone el mal pensamiento, pero mismo parece que deseaban la muerte de la pobre santiña.
DOÑA MONCHA
Aún no había cerrado los ojos y estaban ya descerrajando roperos y alhacenas. Cayeron aquí como cuervos que ventean la muerte.
BENITA LA COSTURERA
¡Mire que es de judíos lo que hicieron con Doña Sabelita! ¡De la misma cabecera de la difunta la echaron a la calle arrastrándola por los cabellos! ¡Y con qué palabras, Madre de Dios! ¡Ni siquiera la dejaron abrir el arca de su ropa para ponerse una pañoleta de luto! ¡Como no se halló nada en la casona, sospechaban que la ahijada tuviese escondido dinero y alhajas!....
DOÑA MONCHA
No se halló nada, porque ellos ya se lo habían repartido todo antes de morir su madre.
BENITA LA COSTURERA
¡Y sin venir el Señor Don Juan Manuel! Dicen que los hijos juraban contra el capellán, porque hubo de mandarle un aviso. ¿Verdad que parece mentira, Doña Monchiña?
DOÑA MONCHA
A mí, todo cuanto se diga de esos malvados, me parece verdad.
BENITA LA COSTURERA
¡Jesús, qué Caínes!
_Benita la costurera moja una toalla en la jofaina que trajo llena de agua caliente, y comienza a lavar el rostro de la muerta. Entre los labios azulencos renace siempre una saliva ensangretada, bajo la toalla con que los refriegan aquellas manos irreverentes, picoteadas de la aguja, y la cabeza lívida rueda en el hoyo de la almohada_.
BENITA LA COSTURERA
Ya empieza a hincharse... ¿Doña Moncha, no tiene un pañuelo que le atemos a la cara para sujetarle la barbeta, que mire cómo se le cae desencajada? ¡Jesús, si parece que nos hace una mueca!
DOÑA MONCHA
¡Pobre tía!
BENITA LA COSTURERA
Luego que le hayamos vestido el hábito le pondremos un salero sobre la barriguiña.
DOÑA MONCHA
¿Para qué eso?
BENITA LA COSTURERA
Siempre contiene esta hidropesía de la muerte. Mire cómo tiene las piernas, Doña Monchiña.
DOÑA MONCHA
No la laves más.
BENITA LA COSTURERA
¡Si se ha ciscado toda! ¿Quiere que vaya así a la presencia de Dios? ¡Y qué cuerpo blanco¡ ¡Cuántas mozas quisieran este pecho de paloma!
DOÑA MONCHA
Déjala... Yo le vestiré el hábito.
_Seria y brusca, coge la mortaja y se acerca, apartando a Benita la Costurera. Con un brazo quiere incorporar a la muerta, y aquellas manos frías, cruzadas sobre el pecho, se desenredan torpes y caen flojas a lo largo del cuerpo, en tanto que la cabeza ya rueda sobre los hombros, ya se hunde en el pecho_.
BENITA LA COSTURERA
Yo le ayudaré, Doña Monchiña. Apártese.
DOÑA MONCHA
Corta la mortaja por detrás. Es lo mejor.
BENITA LA COSTURERA
No será preciso... Déjeme a mí. Apártese.
MONCHA
¡Acabemos, que ya no puedo más! ¡Córtala!
BENITA LA COSTURERA
¡Y no es un dolor, Doña Monchiña!
DOÑA MONCHA
Córtala, te digo. ¿Dónde tienes las tijeras?
BENITA LA COSTURERA
A su gusto. ¡Lástima de tiempo y de puntadas!
_Benita la costurera obedece con un gesto compungido, y después, graves y silenciosas, las dos mujeres amortajan el cuerpo de Doña María_.
[Ilustración]
JORNADA PRIMERA
ESCENA SEXTA
_Una playa de pinares: En aquella vastedad desierta, el viento y el mar juntan sus voces en un son oscuro y terrible. La barca, con el velamen roto, ha dado de través en los arrecifes de la orilla, y un marinero salta a reconocer la tierra. El patrón habla desde a bordo_.
EL PATRÓN
Este arenal paréceme que debe ser el arenal de Las Inas. Busca a ver si descubres el Con del Frade.
EL MARINERO
Ni aun las manos alcanzo a verme. Los pinares se me figuran los Pinares del Rey.
EL CABALLERO
Entonces nos hallamos entre Campelos y Ricoy.
EL MARINERO
Es una playa de arena gorda.
EL PATRÓN
Hasta que amanezca no señalaremos adónde arribamos.
EL MARINERO
Con tal noche, era sabido. Suerte que no naufragamos.
EL CABALLERO
Suerte para nosotros, que no dirán lo mismo los delfines.
_Se oye a lo lejos una campana, una de esas campanas de aldea, familiares como la voz de las abuelas. Tañe con el toque del nublado_.
EL CABALLERO
Debemos hallarnos cerca de San Lorenzo de András. Conozco la campana.
EL PATRÓN
¡Pues no hicimos poca deriva! Hasta que amanezca no podemos navegar, y aun así veremos... Habrá que ir achicando agua toda la travesía.
EL CABALLERO
Os iréis solos, porque a mí se me acaba la paciencia y no espero.
EL PATRÓN
Pues no hay más vivo remedio, Señor Don Juan Manuel.
EL CABALLERO
Para vosotros, que yo me voy a pie desde aquí a Flavia-Longa.
EL PATRÓN
¿Con esta noche?
EL CABALLERO
¡Qué me importa la noche!
EL PATRÓN
Son tres leguas, cerca de cuatro.
EL CABALLERO
Tres horas de camino.
EL PATRÓN
Tres horas si fuera día claro, pero con tanta oscuridad....
EL CABALLERO
Yo veo de noche como los lobos, y con tal que la avenida no se haya llevado ninguna puente....
_Salta a tierra el Caballero. En las ráfagas del viento llega la voz de la campana, informe y deshecha por la distancia. Don Juan Manuel procura orientarse, y guiado por aquel son, se aleja hacia los pinares donde se queja el viento con un largo ulular_.
EL CABALLERO
Dios me ordena que me arrepienta de mis pecados... ¡Toda una vida! ¡Toda una vida!... ¡Qué lejos suena la campana, apenas se la distingue! He sido siempre un hereje. ¡El mejor amigo del Demonio!... Me habré equivocado y no será la campana de András. A estas horas habrá muerto aquella santa.... En el cielo la pobre abogará por mí ... ¡Por mí, que fui su verdugo! ... Sin embargo, la quería y si vuelvo los ojos al pasado no encuentro en mi vida otro pecado que haber hecho una mártir de mi pobre mujer ... Debí haberla ocultado que tenía otras mujeres. Pero yo no sé engañar, yo no sé mentir.... ¡Cuántos pecados! ¡Mi alma está negra de ellos!.... La religión es seca como una vieja ... ¡Como las canillas de una vieja! ... Tiene cara de beata y cuerpo de galga ... Como el hombre necesita muchas mujeres y le dan una sola, tiene que buscarlas fuera. Si a mi me hubieran dado diez mujeres, habría sido como un patriarca ... Las habría querido a todas, y a los hijos de ellas y a los hijos de mis hijos.... Sin eso, mi vida aparece como un gran pecado. Tengo hijos en todas estas aldeas, a quienes no he podido dar mi nombre ... ¡Yo mismo no puedo contarlos!.... Y los otros bandidos, temerosos de verse sin herencia por mi amor a los bastardos, han tratado de robarme, de matarme ... Pero yo tengo siete vidas. ¡Todo lo pagó con sus lágrimas aquella santa!... ¿Dónde estaré? ¡Ya no se oye la campana!...
_El fragor del viento entre los pinos apaga todos los demás ruidos de las noche: Es una marejada sorda y fiera, un son ronco y oscuro, de cuyo seno parecen salir los relámpagos. Don Juan Manuel, de tiempo en tiempo, se detiene desorientado e intenta aprovechar aquel resplandor, que inesperado y convulso se abre en la negrura de la noche, para descubrir el camino. De pronto ve surgir unas canteras que semejan las ruinas de un castillo: El eco de los truenos rueda encantado entre ellas. Al acercarse oye ladrar un perro, y otro relámpago le descubre una hueste de mendigos que han buscado cobijo en tal paraje. Tienen la vaguedad de un sueño aquellas figuras entrevistas a la luz del relámpago: Patriarcas haraposos, mujeres escuálidas, mozos lisiados hablan en las tinieblas, y sus voces, contrahechas por el viento, son de una oscuridad embrujada y grotesca, saliendo de aquel roquedo que finge ruinas de quimera, donde hubiese por carcelero un alado dragón_.
UNA VOZ
¿A quién ladras, Carmelo?
OTRA VOZ
Alguien ronda.
OTRA VOZ
Será un caminante extraviado.
OTRA VOZ
Será algún can sin dueño.
EL CABALLERO
¿Este pinar, es el Pinar del Rey?
UNA VOZ
Así le dicen... Mas agora es de nosotros, los que aquí nos procuramos guarida en una noche tan fiera.
EL CABALLERO
¿Habrá sitio para mí?
UNA VOZ
¡Y holgado!
EL CABALLERO
¿La campana que tocaba poco hace, era la de András?
UNA VOZ
La campana choca de András.
_El Caballero se guarece con aquellos mendigos que van en caravana a una romería. Racimo de gusanos que se arrastra por el polvo de los caminos y se desgrana en los mercados y feriales de las villas, salmodiando cuitas y padrenuestros. En todos los casales los conocen, y ellos conocen todas las puertas de caridad: Son siempre los mismos: El Manco de Gondar; el Tullido de Céltigos; Paula la Reina, que da de mamar a un niño; Andreíña la Sorda; Dominga de Gómez; el Manco Leonés; el Señor Cidrán el Morcego, y la Mujer del Morcego. Se oye muy lejos otra campana_.
EL CABALLERO
Parece la Monja de Belvis.
EL MORCEGO
¡Cómo la ha conocido!
LA MUJER DEL MORCEGO
Muy fácil que sea de allí. Dispense la pregunta: ¿Usted es de allí?
EL CABALLERO
¿No me conocéis? Soy Don Juan Manuel Montenegro.
EL MORCEGO
Por muchos años.
EL TULLIDO DE CÉLTIGOS
Estábamelo pareciendo.
DOMINGA DE GÓMEZ
Yo, dende que habló le conocí.
EL CABALLERO
¿A qué distancia estamos de Flavia-Longa?
EL MORCEGO
Cosa de una legua.
LA MUJER DEL MORCEGO
Di también tres, Morcego.
EL CABALLERO
La noche es tan oscura que no reconozco el camino.
EL MANCO DE GONDAR
Ya cantó el cuco, y pronto amanecerá Dios.
EL MANCO LEONÉS
Noble Caballero, aquí tiene acomodo donde estará más resguardado del viento y de la lluvia.
LA MUJER DEL MORCEGO
Apártate, Andreíña, y deja sitio al Señor Don Juan Manuel.
ANDREÍÑA LA SORDA
¿Quién dices?
LA MUJER DEL MORCEGO
El señor de la casa grande de Flavia-Longa.
ANDREÍÑA LA SORDA
Ayer, por el camino de Bealo, iban diciendo que la señora entregará el alma a Dios.
LA MUJER DEL MORCEGO
¡Ave María!... Si aquí está presente el señor.
EL CABALLERO
Voy a su entierro... Con la esperanza de verla aún con vida, acabo de desembarcar en esa playa.
LA MUJER DEL MORCEGO
Y con vida la encontrará, señor. ¡Muy bien puede salir engaño cuanto cuenta Andreíña!
EL MORCEGO
Como es sorda nunca está al cabo de lo que pasa por el mundo.
DOMINGA DE GÓMEZ
¡Y hay mucha gente divertida que le dice engaños porque luego ella los vaya pregonando!
ANDREÍÑA LA SORDA
El Ciego de Gondar díjome que tenía pensado llegarse a Flavia-Longa.
EL MORCEGO
Si es cuento del Ciego de Gondar, será mentira.
ANDREÍÑA LA SORDA
Habrá reparto de limosna en la casa grande, y más atrapará un pobre allí que en Santa Baya. Yo también hago pensamiento de llegarme por aquellas puertas, que siempre fueron de mucha caridad.
EL CABALLERO
Y seguirán siéndolo. Habrá limosna para todos los que lleguen a ellas.
ANDREÍÑA LA SORDA
Lo ha dejado en una manda la difunta señora, porque sus culpas le sean perdonadas.
EL CABALLERO
¡No son sus culpas las que necesitan perdón, son las mías! Todo el maíz que haya en la troje se repartirá entre vosotros. Es una restitución que os hago, ya que sois tan miserables que no sabéis recobrar lo que debía ser vuestro. Tenéis marcada el alma con el hierro de los esclavos, y sois mendigos porque debéis serlo. El día en que los pobres se juntasen para quemar las siembras, para envenenar las fuentes, sería el día de la gran justicia... Ese día llegará, y el sol, sol de incendio y de sangre, tendrá la faz de Dios. Las casas en llamas serán hornos mejores para vuestra hambre que hornos de pan. ¡Y las mujeres, y los niños, y los viejos, y los enfermos, gritarán entre el fuego, y vosotros cantaréis y yo también, porque seré yo quien os guíe! Nacisteis pobres, y no podréis rebelaros nunca contra vuestro destino. La redención de los humildes hemos de hacerla los que nacimos con ímpetu de señores cuando se haga la luz en nuestras conciencias. ¡En la mía se hace esa luz de tempestad! Ahora, entre vosotros, me figuro que soy vuestro hermano y que debo ir por el mundo con la mano extendida, y como nací señor, me encuentro con más ánimo de bandolero que de mendigo, ¡Pobres miserables, almas resignadas, hijos de esclavos, los señores os salvaremos cuando nos hagamos cristianos!
_La hueste de mendigos se conmueve con un largo murmullo semejante al murmullo del rezo con que pide limosna por las puertas. Cuando el rumor se aquieta, alza su voz un mendigo gigantesco que tiene los ojos llagados por la lepra, y en aquella voz gangosa y oscura se arrastra como una larva la tristeza milenaria de su alma de siervo_.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Dios Nuestro Señor nos dará en el Cielo su recompensa a todos los que aquí pasamos trabajos. Es su ley que unos sean pobres y otros ricos. Dios Nuestro Señor a los pobres nos manda tener paciencia para pedir la limosna, y a los ricos les manda tener caridad, y el rico que parte su pan trigo con el pobre, tiene el Cielo más ganado que el pobre que lo recibe y no lo agradece. ¡Es la ley de Nuestro Señor!
_El caballero se estremece. Hasta su rostro llega el aliento podre de aquella voz gangosa, y apenas puede dominar el impulso de apartarse. A la lívida claridad del amanecer, la figura gigantesca del mendigo leproso, se destaca en la oquedad de las canteras. El caballero siente una emoción cristiana_.
EL CABALLERO
¿Eres el pobre de San Lázaro?
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Sí, señor.
EL CABALLERO
¿Y tus hijos?
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Los cinco están recogidos en el Hospital.
EL CABALLERO
¿Tienen tu mismo mal?
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Sí, señor... Yo, como nací labrador, no puedo estar preso en el Hospital. Si no veo los campos y los caminos, muérome de tristeza. El Hospital es como una cárcel, y allí encerrado moríame de pena... No me mata este mal tan triste, y matábame el no ver las eras, y los viñedos y los castañares.
EL CABALLERO
¡Ya amanece!... Job, si puedes andar, ven conmigo....
EL POBRE DE SAN LÁZARO
¡Vamos, Carmelo! Hoy encontraste ya un hueso que roer.
_Carmelo, un perro viejo y feo que dormita a los pies del leproso, se endereza y sacude. Don Juan Manuel sale al camino, y la hueste de mendigos se mueve tras él con un clamor de planto_.
LOS MENDIGOS
¡Era Doña María la madre de los pobres! ¡Nunca hubo puerta de más caridad! ¡Dios Nuestro Señor la llamó para sí y la tiene en el Cielo, al lado de la Virgen Santísima! ¡Era la madre de los pobres!
EL CABALLERO
¿Por qué no camináis en silencio? ¡Era mi madre también, era todo cuanto tenía en el mundo, y no lloro!
_La voz del viejo linajudo, desmintiendo sus palabras, se rompe en un sollozo. La hueste de mendigos comienza a rezar un padrenuestro que guía el Pobre de San Lázaro_.
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA
ESCENA PRIMERA
_Una sala con tribuna sobre la capilla, en la casona de Flavia-Longa. Están cerradas todas las ventanas, el sol mañanero ilumina los resquicios, y las rayolas del polvo tiemblan en impalpables escalas: El olor de la cera y del incienso ha quedado flotando en la estancia. La capilla yace desierta y oscura después del funeral de Doña María. Dos de sus hijos han entrado recatándose, en la sala_.
DON FARRUQUIÑO
Cierra la puerta.
DON PEDRITO
¿De qué se trata?
DON FARRUQUIÑO
Ahora lo sabrás.
DON PEDRITO
¡Cuánto misterio!
DON FARRUQUIÑO
¡Pues si los otros llegan a enterarse!... Han olvidado las alhajas de la capilla, y antes de que acuerden nos las vamos a repartir tú y yo.
DON PEDRITO
Había pensado en ello, pero tiene las llaves el capellán.
DON FARRUQUIÑO
Por eso vamos a descolgarnos por la tribuna.
DON PEDRITO
¿Y esos no sospecharán?... El Demonio me lleve si hemos conseguido engañarlos en lo otro... La verdad es que, por mi parte, tampoco lo pretendí. Yo me alegro de que lo sepan.
DON FARRUQUIÑO
Esa plata que nos hemos repartido es una miseria... ¿Pero y el trigo, y el maíz, y el centeno? Las trojes hoy están vacías, y no hace una semana estaban llenas, porque mi madre había cobrado los forales de András y de Corón. ¿Quién la ha robado? ¡Ellos y solo ellos!
DON PEDRITO
¿Los tres?
DON FARRUQUIÑO
O uno solo... ¿Qué más da?
DON PEDRITO
Si fuese uno solo, le obligaríamos a que lo devolviese.
DON FARRUQUIÑO
¡Creo que han sido los tres!
DON PEDRITO
¡Bandidos!... ¿Y habrá llegado mi padre?
DOS FARRUQUIÑO
No sé.
DON PEDRITO
Hace poco he oído rumor de voces....
DON FARRUQUIÑO
Yo nada oí....
DON PEDRITO
Temo el momento de verme frente a frente.
DON FARRUQUIÑO
Yo también.
DON PEDRITO
¿Habrá llegado?
DON FARRUQUIÑO
Sospecho que no, porque hay demasiado silencio en la casa... Don Juan Manuel no vendrá tan sin ruido como la muerte.
DON PEDRITO
¡Pobre madre!... Entre todos la hemos enterrado.
DON FARRUQUIÑO
Buenos sepultureros estamos... ¿Oye, me romperé una pierna si me dejo caer desde la tribuna al otro lado?
DON PEDRITO
Creo que no.
_Cabalga sobre el barandal Don Farruquiño y se descuelga hacia el oscuro presbiterio de la capilla, donde aún flota el humo de la cera y del incienso. Se balancea un momento y se deja caer_.
DON PEDRITO
Ahora voy yo.
DON FARRUQUIÑO
Tú me esperas arriba. Tienes que darme los brazos para que suba. Si saltas nos quedamos sin poder salir, porque están todas las puertas cerradas.
_Sube las gradas del presbiterio Don Farruquiño, y luego de hacer una genuflexión ante el altar, abre el sagrario, de donde saca el copón y la patena, que tienen en sus manos el áureo brillo de un tesoro. Con religioso respeto los contempla, colocándose bajo la lámpara_.
DON FARRUQUIÑO
Por fortuna, no tiene ninguna sagrada forma el copón. ¡Dios ha hecho que los otros bandidos perdiesen la memoria, porque hubieran entrado aquí y todo lo hubieran profanado para venderlo!... Pedro, tú te llevarás la lámpara, que es de plata, y yo conservaré los vasos sagrados para dedicarlos al culto. Hay que salvar el sacrilegio.
DON PEDRITO
Ya arreglaremos eso... Ahora lo que cumple es esconderlo todo en el cuarto de la criada vieja.
DON FARRUQUIÑO
Lo enterraremos en la bodega.
DON PEDRITO
De enterrarlo, sería mejor debajo del altar. Ahí estaba seguro... Cuando el capellán ocultó el alijo de armas para la facción nadie dió con él.
DON FARRUQUIÑO
¿Y luego cómo lo sacábamos? Porque estas puertas se cierran para nosotros apenas asome Don Juan Manuel.
DON PEDRITO
Lo mejor es el arca de la criada, y nadie sospechará....
_Mientras habla el primogénito, el tonsurado vuelve a subir las gradas del presbiterio y apaga la lámpara, que por fundación debe arder noche y día. Helado y sobrecogido, oye en la oscuridad la voz de su hermano que le habla con el cuerpo fuera de la tribuna y los ojos lucientes de fiebre, como un poseído_.
DON PEDRITO
No pises sobre la sepultura de mi madre... ¡Ladrón!
DON FARRUQUIÑO
¿Qué estás diciendo?
DON PEDRITO
No pises sobre la sepultura. Está enterrada delante del altar. No pises sobre ella... ¡Puede levantarse!....
DON FARRUQUIÑO
¡Tú estás borracho, ladrón!
_El primogénito recoge el cuerpo, doblado sobre el barandal de la tribuna, y sonríe desvanecido, pasándose una mano por los ojos_.
DON PEDRITO
Es verdad, estoy borracho sin haber bebido... ¡Ojalá estuviese borracho!... No olvides que las despabiladeras también son de plata.
DON FARRUQUIÑO
Si dejo algo serán las campanas, ladrón.
DON PEDRITO
¡Alabado seas!
_Don Farruquiño se encarama en el retablo y despoja de su espada de plata al tutelar de la capilla. Los ojos del tiñoso Satanás ríen encarnizados bajo las plantas del Arcángel_.
DON FARRUQUIÑO
¡Dispensa, pero para eso estás encima, Glorioso San Miguel!
DON PEDRITO
Ya lo tienes estrujado como la uva, y no necesitas de la espada, Santiño Bienaventurado.
_El otro bigardo posa familiarmente una mano sobre aquella cabeza de moro negro, que saca la lengua de sierpe al ser aplastada por las angélicas plantas, y sonríe con la malicia del tonsurado que sabe cómo todas las astucias del rebelde son juegos ante el poder de los exorcismos. Siempre con la misma sonrisa, le arranca un cuerno_.
DON FARRUQUIÑO
Te quedas a media asta, Lucifer.
DON PEDRITO
¿También son de plata?
DON FARRUQUIÑO
En la duda....
DON PEDRITO
Arráncale el otro cuerno.
DON FARRUQUIÑO
¡No grites, ladrón! El otro se lo dejo para que se defienda, ya que cayó debajo.
_Salta al presbiterio desde la mesa del altar, y otra vez su hermano se alza despavorido, y otra vez grita echando el cuerpo fuera de la tribuna, con los ojos ardidos y visionarios_.
DON PEDRITO
¡No pises sobre la sepultura!... ¡Que se levanta!... ¡Que se levanta!....
DON FARRUQUIÑO
¡Tú quieres asustarme, gran ladrón!
DON PEDRITO
Le has puesto el pie sobre el pecho. Yo la ví levantarse en la caja, con las dos manos apretadas sobre el corazón, y lo tiene lleno de espadas como la Virgen de los Dolores. También son de plata, Farruquiño. ¡No las dejes! ¡No las dejes! ¡No las dejes!
DON FARRUQUIÑO
¡Ladrón, calla, que me estás asustando! ¡Si se me han puesto los pelos de punta! ¡Callarás, ladrón!
DON PEDRITO
¿Qué fué?... ¿Por qué has apagado la lámpara si en la oscuridad los ojos están llenos de luces?
DON FARRUQUIÑO
Ciérralos y no hables, que son desvaríos del vino.
DON PEDRITO
¡Apenas lo caté!....
DON FARRUQUIÑO
Entonces son burlas del amigo a quien hemos dejado sin un cuerno.
DON PEDRITO
Devuélveselo, Farruquiño.
DON FARRUQUIÑO
¡Una higa! Bastará con que reces un Credo.
DON PEDRITO
Me pareció ver la sombra de mi madre y hasta entender su voz. ¡No pises sobre la sepultura, porque se levanta, Farruquiño!
DON FARRUQUIÑO
¡Estás loco!
DON PEDRITO
¿Qué le dolerá más, sentir las espadas clavadas en el corazón o el arrancárselas? ¡Son siete, y no cabe mentir!... ¡Son siete, como las espadas de la Virgen!... Siete de espadas, te jugaré, Farruquiño, y también el as, la espadona de San Miguel... Todo lo guardas en la sepultura... Es mejor que el arca de Andreíña.
DON FARRUQUIÑO
¡Tú quieres asustarme, y voy a abrirte la cabeza, ladrón!
_Se vuelve buscando en la sombra del retablo algo que arrojar a su hermano para ahuyentarle de la tribuna, y alcanza el perro clavado en las andas de San Roque. Don Pedrito recibe el golpe en mitad de la frente, y con el rostro atravesado por un hilo de sangre se pone en pie, pálido y sereno_.
DON PEDRITO
¡Hermano, yo nada quiero de toda esa plata! Llega te daré los brazos para que subas. Pero vuelve a encender la lámpara y déjalo todo como estaba. A San Miguel dale la espada y su cuerno a Satanás.
DON FARRUQUIÑO
¡Un rayo te parta!
DON PEDRITO
Hermano, sal de ese pozo negro. Llega, y te daré los brazos. Pero no pises sobre la sepultura. ¡Que se levanta!... ¡Que se levanta!... ¡Que se levanta!....
_Sale de la estancia andando hacia atrás. Despavorido bajó a la cuadra, donde tiene su caballo, le puso la silla y se lanzó al camino, aquel camino aldeano de verdes orillas, que cruza por delante de la casona hidalga. Uno de esos caminos humildes, que guían a todas partes_.
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA SEGUNDA
_Un poco más adelante, siguiendo por aquel camino humilde de verdes orillas, un paraje de álamos y de agua. El primogénito encuentra a su padre, que viene a pie entre la hueste de mendigos, y refrena el caballo haciéndose a un lado para dejar paso a todos. Don Juan Manuel no le reconoce hasta cruzar por su lado. Entonces le mira con altivez, pero sin cólera, desengañado, desdeñoso, triste_.