The Age of Big Business: A Chronicle of the Captains of Industry
Chapter 2
El celebrante sale. Rogelio se arrodilla y se persigna, porque ve que así lo hacen todos; esta prueba tan dolorosa de su ignorancia la siente como un dolor. Al romper el coro el Introito torna al llanto, a duras penas contenido. Cierra los ojos para ver de atajarlo, pero los lagrimones se le emperlan en la punta de las pestañas y saltan a las mejillas. Enjúgalas con los dedos porque los ojos le arden. Aparenta sonarse. Se recoge, se achica para que nadie vea. Muy honda, muy extraña ha de ser la pena de un niño, que así quiere ocultarla.
En aquella la más larga de las misas del rito católico sigue entre lagrimas, entre suspiros, con esta obsesión tan extraña. Ni los doce Apóstoles enfilados en su mesa le atraen, ni el canto, ni el ceremonial. Todo es para Jesús.
Por orden del señor cura se guardaba el paso no bien entraba al templo, porque temía que estando muy bajo podrían causarle algún menoscabo o cometerle alguna irreverencia, bien por la apretura del concurso, bien por la curiosidad de algún muchacho campesino. Pues es de saberse que el movimiento de cabeza de la asnilla, así como la seguridad de la efigie sobre los lomos de madera, les provocaban mucho a hacer un examen experimental. Se le guardaba en la "sacristía grande", que da a la nave derecha, por no tener gradas como las otras, y porque ahí mismo iban a arreglarla para el paso del Buen Pastor. Lo dirigía y aderezaba con embeleso de niña y ardor de asceta doña María Rosa de Zárate, devota ardorosa de este símbolo tan filosófico como ingenuo de la Divina Misericordia. Termina la misa. En el rebullicio de la salida Rogelio se cuela por entre el mujerío, se llega a la sacristía, empuja la puerta y se escurre. A primera vista todo se le confunde entre aquel amontonamiento de cosas, con ser que el recinto lo alumbran los anchos postigos de una ventana. Han dejado el paso de espaldas a la puerta. Rogelio avanza cauteloso; vuelve a un lado hasta verlo de frente. Con la cruz de un costado y la penumbra del opuesto se le hacen más divinos el rostro y la figura de Jesús triunfante. Cae de rodillas; le reza con los ojos cerrados, y viéndolo mejor con los ojos del alma. ¿Qué le reza? Lo que sabe: el padrenuestro, la salve, el avemaría. ¿Qué le pide? No lo saben formular el labio ignaro ni el inocente pensamiento; pero Rogelio siente que él implora algo muy grande con todo su sér; algo muy grande para él, algo muy grande para sus padres. Siente que Jesús le escucha. Que Jesús le concede lo que pide. Alza a mirarlo, y Jesús se lo asegura, se lo promete. Toca la cabeza de la borrica, y también se lo asegura. Oye ruido de llaves. Siente recelo, se alza, va a salir. Se acerca a la puerta, tira de un travesaño. ¡Cerrada! Algo sin nombre que sólo ha sentido en pesadillas le recorre las vértebras y le entiesa el cabello. Quiere gritar, llamar; pero la lengua sólo produce un murmullo, un murmullo estropajoso y confuso.
Por fin medio despunta, allá dentro del pequeñito: ¿por qué esto, estando encerrado con el Cristo vivo de Zaragoza, que él quiere tanto? Se apoya contra la puerta. Al fin puede rezar: "¡Cristo, mi queridito!". Golpea, pero no le contestan; torna a golpear más recio, ¡y tampoco!... En su angustia y temblores procura rezar de nuevo. Pero ¿cómo? Lo que antes no repararon sus ojos lo mira ahora sin querer mirarlo: tantos aparatos desconocidos, tanta telaraña; un palo que termina en una mano, dos viejos colgados de cruces y pegados de la pared, bultos tapados con trapos, trastos, cajones, anaqueles. El pobrecito suda de congoja: ¿por qué esto, a él que había bajado colgando de una caja al fondo negro de los apiques; a él que había entrado a socavones y galerías derrumbados; a él que había matado culebras y arañas tan grandes como pollos? ¿Sería él algún gallina infeliz, algún bobito? Se sube a la ventana, mira por los postigos; ve un sembrado de coles y de cebollas: comprende al cabo que pertenecen a la fonda. Alcanza a ver la cocina, pero ni un alma. Tira a abrir la ventana, mas tiene llave. Estira la mano por los barrotes de hierro. Llama al peón, al negro espolique; pero la voz apenas si le suena. Se baja para tornar a la puerta. Al acercarse pisa un trapo. El trapo cae... ¡y asoma una cosa espantosa! La cara ensangrentada de un Nazareno sin cabellera. Rogelio cae redondo contra el pavimento.
Entretanto los padres han puesto en alarma la fonda y el vecindario. El negro y el mozo de mulas inquieren aquí y acullá; inquieren muchachos y adultos; inquieren todos. Una vieja devota, devota al fin y al cabo, lo ha visto colarse a la sacristía. Corren a que abran. Lo encuentran privado. El negro lo alza y se lo lleva como un pelele. ¡La que se arma en esa fonda, con la novelería, el llanto de los padres, el ayudar de éstos y aquéllos!
¿Castigo o aviso de Dios? Esta pregunta estalla en muchas mentes. Con reticencias se lo dicen unos a otros; en secreto se lo declaran; en la calle lo proclaman. En muchas caras asoma el espanto; en otras, la satisfacción de la vindicta pública; en fin, el dedo divino.
Despojo de ropas, fricciones de "agua florida", rociadas de agua fresca, sacudidas, plantillas, estrujones; tanto, que al fin resucita el difuntico. Pero no habla. ¿Quedará mudo de por vida? Llega mano Rufo; llega doña Prudenciana, famosos yerbateros del villorrio. Están acordes: es un ataque de lombrices. Recetan santonina; se la propinan. Por fortuna que el estómago del atacado se la devuelve a los facultativos, luego al punto. Ellos afanan. A la hora puede hablar; pero no cuenta ni lo negro de la uña. Ignoraba qué le había acontecido, y de ahí no le sacan ni con súplicas, ni con mimos, ni con astucias. Misiá Gumersinda casi lo sofoca entre los brazos. Don Borja, todavía lacrimoso, paladea un vaso de Oporto para consolarse.
-¿No ve, Rogelito? -le gime la madre-. ¡Es porque si'ha ranchao a tomase el bacalao desd'el camino; porque nu'ha querido siquiera tomar la chicha con las pipas de vitoria que le mandi'hacer desde que vinimos; es porque nu'es formal ni conmigo ni con su papacito!...
-No, madre Sinda -contesta con voz como ungida de llanto y de certeza-. Nu'es por eso.
-¡Nu'ha de ser, m'hijito!...
-No es: es porque nunca m'he confesao; porque no comulgo como los muchachos di'aquí y hasta será porque ni usté ni mi taita rezan ni m'enseñan doctrina... -abrazándola-. ¡Madrecita!... ¡Comulgui'usté también y mi taita!
El que dice, y ella que larga el llanto. A más de algo que en tal instante le apuñala, allá en su corazón de mujer y de madre ve en las palabras de Rogelio señales infalibles de su próxima muerte. ¿El niño pidiendo sacramentos? ¿Qué peor presagio?
Don Borja guarda silencio, se esculca, se rasca la cabeza, apura el vaso; y, llamando aparte a la mujer, vase con ella al balcón, en ese instante desierto, y le dice entre despechado y doliente:
-Este muchachito hay que sacalo d'ese monte, más hoy, más mañana. Tenemos que separarnos d'él, aunque nos cueste muchas lágrimas. El nos estorba, y nosotros a él. ¡Cualquier día s'impone y nos hace tragar el cabo! ¡Ya ves con las que nos sali'ahora!
-Pero... ¿no nos vamos nada a vivir con él a Medellín? ¿O es que no tenemos con qué?
-¿Con qué?... ¡Demás!... Pero... ve una cosa, ñatica: yo t'he mantenido engañada con el tal viaje, por seguirte la idea y pa que trabajaras con más ilusión; peru'allá no podemos asomar las narices los dos juntos; allá saben quién soy yo, y que tengo mujer y familia, y que los dejé por vos. Si nos ven por allá nos friegan: vos vas a dar a la reclusión, y yo al presidio. Y no sólo allá: en cualquier parte es lo mismo. Ya ves que no hemos podido salir, ni de paso, a otros pueblos; ya ves que yo tenía mucha pereza de venir aquí, y a la tal Semana Santa. Y eso que me la figuraba muy divertida, con mapalé, perillero y currulao, como la de Remedios. Vine por darte gusto y para que lucieras los lujos nuevos y por sacar al niño. Y ve, ñatica: ¡figuráte Semanas Santas comu'esta pa vos y yo! Ni p'al cuerpo ni p'al alma. Hasta creo qu'estos tierrafrías, tan biatos y tan berriistas, están orejones con nosotros; así es, m'hijita querida, qui'acabás de lucir el baúl y nos volvemos p'al monte a entatabrarnos los dos solos en grima sin el muchachito.
-¡Pero, Borja, por la Virgen! -entre sollozo y sollozo-. ¿Cómo lo mandamos solo, a él tan enfermito? ¡Se muere por allá, sin quien lo valga!... Ya ves qui'hasta se quiere confesar. ¡Y si'acaso no se muere se vuelvi'un vagamundo, un caimán, quién sabe qué!
-¡Qué se va'morir, ñatica boba! -con caricia en la barbilla-. ¡Si del tuntún se muriera, en Gallonegro y en esos laos si'habría acabao la gente! En Medellín se cura en un mes, en manos de médicos de verdá. Con la plata todo se puede, hija. Ni se pierde, tampoco. Donde se pierde es con nosotros en ese monte. Ve, Sinda: se lo mandamos a mi compadre Galo, que conoce mi vida y milagros. Es que vos no sabés qué laya de persona es el compadre, ni quién es mi comadre Silverita: ¡esos prenden candela debajo del agua por servile a los cristianos y por tapale las picardías! ¡Al tanto habrá matrimonio más cuadrao! Ellos nos cogen el muchachito por su cuenta, lo ponen en colegio y lo hacen gente. Hasta tienen la ventaja de vivir solos, porque ya sus tres hijos están casaos. Y pa que nos hagan este bien con más gusto qui'a todos, les untamos la mano bien untada. ¡Allá verás, mi Sinda!...
Suspenden, porque uno de los convidados de la víspera viene a saber de Rogelio y a ofrecer sus servicios. Misiá Gumersinda sigue llorando; mas entretanto el niño salta de la cama, toma ropas y calzado y se viste en un periquete.
-No se ponga así, madrecita... -le dice al salir, todo ternura y expansiones-. Ya esto bueno: lo que tengo es hambre. Voy a comprar cosas y a buscar a los muchachos pa que no digan que soy un gallina que por todo mi'acuesto.
La madre, en silencio, le arregla el nudo de la corbata y le peina la greña. Y sin más réplicas ni ajonjeo baja la escalera como un rehilete, pero con otra cara. Aunque no ha oído una palabra del coloquio entre sus padres, lleva en su alma la seguridad de que se han ocupado de su persona. ¿Por qué no habían hablado en su presencia? ¡Qué cosas le estaban sucediendo en Santa Rita!
En la propia puerta del mesón topa a tres de sus adictos, que no se han atrevido a subir. Allí está el que él deseaba. Es Gabino, que le inspira más confianza que los otros, y a quien supone el más formal y prestigioso de todos. Charlas y cuchufletas por el percance. Rogelio las sostiene; pero no larga prenda: no sabe por qué, ni cómo, ni cuándo se había privado. Había sido una de esas cosas que pasaban sin uno caer en la cuenta; y él era también algo enfermo.
Se meten en el mercado, y después de obsequiarlos con frutas y comestibles, previo permiso de los restantes, torna con Gabino a la fonda; se entran a las pesebreras, y sentados en unos cajones, le abre su corazón. Nada sabe, nada entiende de Jesucristo ni de su Iglesia; pero Gabino ha de enseñárselo porque va a confesar y a comulgar en esa Semana Santa.
Aquí del hijo adoctrinado de doña María Rosa, la gran catequista del lugar! Gabino le dice, le cuenta, le expresa, le explica; por la tardecita lo lleva a la madre. ¡Valiérale Cristo con ese caso tan bello, tan perentorio y apurado! No había tiempo para cosechar aquella vid tan fértil; pero Dios y la Vencedora mediantes, haría el milagro, porque todo ello eran caminos de la Providencia. Está feliz e inspirada. ¡El neófito abre aquellos ojos! Le cita para la noche. Vuelve con el hijo y el permiso de los padres, sin saber de qué se trata. Apura por dos horas raudales del padre Astete, del padre Mazo. Ahí mismo hace llamar la dama al catedrático doctor Arenas, que explica en el "Colegio de San José", entre lunes y miércoles de cada Semana Santa, todos los misterios que en ella se conmemoran. Le pide que admita al neófito en sus aulas. Tal se hace, y ella le secunda en su casa por tres días. Aunque no rece nada, ¿qué mejor oración que salvar un alma? ¿Qué flor más bella podría ofrecer al Buen Pastor? El padre Lamas, penitenciario de niños, es informado del caso. ¿Era ignorante ese niño? Pues precisamente que Dios escogía sus elegidos entre niños e ignorantes. En suma: que lo llama a confesión y que llora maravillado de esta almita que no sabe de pecado, ni por pensamiento ni por acción; que ha despertado a la vida eterna por el llamamiento de Jesús triunfante y por la sangre de Jesús flagelado. ¡Qué cosa más grande y más hermosa! ¡No poder divulgar por los cuatro vientos este milagro tan portentoso! ¡Oh, siglo inexorable! Glorifica al Señor, que hace nacer los lirios de la predestinación en el estercolero de la abominaciones!
El novel penitente comulga el jueves; llora ante el monumento, ante el monumento vela, puro, henchido de gracia, como un ángel de Jacob.
Los padres nada han manifestado a todo esto: guardan silencio como dos esfinges. Mas tampoco se han opuesto a nada. Dijérase que el hijo se les impone por divino fuero.
La piedad de esta criatura; el saberse en el pueblo que los padres no guardan la vigilia; el verlos retraídos del templo ha puesto más en evidencia su alejamiento de Dios. Doña María Rosa, el padre Lamas y el profesor Arenas piden con fervor por esas almas empedernidas.
La dama, por una de esas bizarrías de la piedad, concibe algo muy atrevido y sensacional. Acaso fuera inspiración de lo Alto; acaso les valiera a los padres extraviados: quiere que uno de sus hijos ceda el puesto a Rogelio en el apostolado de carne y hueso. Se lo consulta al padre. ¡A quién se lo dice! ¿Quién mejor que esa paloma inocente del Señor? ¡Si era un San Juan! ¡Un San Juan vivo! No constaba en los evangelios que los padres de los Apóstoles fueran santos. Gabino va con la embajada ante don Borja. No se opone tampoco.
Se llevan al niño, se le descalza, se le viste el sayal judaico de lanilla roja, se le enrola en la banda de los elegidos. Y el cura le lava los pies y se los besa y se los enjuga con el paño litúrgico, ante aquella cena presidida por el Cristo de Zaragoza. Y el niño llora de ventura y sale radiante a ofrecer a sus padres el pan bendito, ya que no ácimo. Y ellos lo prueban, tal vez como Judas, en esta Pascua extraña en que un alma blanca surge santificada.
Y así entró el niño Rogelio Palacín a las huestes de Cristo, y luego a la santa tutela de don Galo. Lo que dijo don Borja: hasta el demonio de la anemia se lo hizo arrojar del cuerpo endeble. El niño crece. Dijérase un ser refractario a la culpa, que sólo necesi- taba propicio ambiente para que él germinara, y diera frutos tempranos y sazonados la semilla de Dios. Amarle y temerle fue desde luego su divisa inmutable. Formóse en la piedad y en la observancia, en el trabajo y en el estudio. Apenas comprendió la vida se impuso a sí mismo, con la ayuda de Dios, una misión sagrada, ineludible: romper la unión vitanda que le dio la vida, devolver a su esposa y a sus hijos un hombre arrepentido; recoger a una madre desgraciada para volverla a Dios, al calor del respeto y la ternura de un hijo amante.
¿Cumplió, de hombre, esta misión? Doña María Rosa lo sabe, por cartas de Rogelio. Decrépita como está, su mente se ilumina al evocar estos sucesos y sus hermosas trascendentales consecuencias; su fe se diviniza al meditar en los recursos de que se vale su Pastor querido para tomar al aprisco las ovejas perdidas en el monte.
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