The Age of Big Business: A Chronicle of the Captains of Industry

Chapter 1

Chapter 14,199 wordsPublic domain

Mira, Efe Gómez: para tu esposa y tus hermanas, tan comprensivas como bondadosas; para tu casa infanzona; para ti, amigo del alma, he forjado esta fábula pueril y montañera, escabrosa en apariencia, mística en el fondo. No miréis lo mezquino del tributo: mirad la fe que os guarda el tributario.

Tomás Carrasquilla

El lugarón abrupto de Santa Rita del Barcino, minero y rescatante cuando Dios quería es célebre en Antioquia por sus tres iglesias, por sus funciones religiosas y más todavía por la balumba de santos que colman altares y sacristías, amén de los que guardan en sus casas varios magnates de mucho predicamento en lo eclesiástico.

El mamarracho ostenta no pocas variedades en esta corte celestial, quiteña o no. ¡Pero vaya un forastero a ponerle reparos ante un santarritense y verá lo que le pasa! Todo un señor juez de aquel circuito, oriundo de Palmares, se permitió decir en cierta ocasión que el San Juan Evangelista de su cabecera tenía carita de muchacha boba, y tal fué la inquina que le cogieron, tales las acusaciones que le urdieron, que hubo de perder la tierra y el destino por escapar el pellejo del acero aleve.

Como todas estas imágenes son de vestir y como cada una corre por cuenta de algún vecino o de una familia, se ha formado en la parroquia levítica, desde tiempos inmemoriales, una rivalidad harto progresista y emuladora en esto de indumentaria, sastrería y arrequives religiosos. ¡Qué de galones y sederías, qué de tisúes y de brocados, qué de mantos estrellados, qué de potencias y de resplandores!

Ni los de escasa fortuna se dejan echar las roncas del ricachón más pintado en esta competencia que es timbre y prenda segura de salvación de todo el vecindario. A bien que puede hacerlo: nacido y criado en la cicatería y el trabajo, sólo a la mayor honra y gloria de Dios pellizca sus caudales medio ocultos.

Los santos menos populares son celebrados en Santa Rita con solemnidades adentro y en las calles. Cuanto a esa magnánima patrona, "Vencedora de Imposibles", no se diga. Novenario y salves, bandas y chirimías, cohetes y castillos, sin contar la misa extraordinaria, la glorifican en este año más que en el precedente. No son, con todo, estas fiestas titulares las que más forasteros atraen: es la Semana Santa. Este pueblo rezandero y creyente compite con la Santa Madre Iglesia en este recuerdo representativo de la Redención. En las ceremonias despliega Santa Rita todas sus industrias e invenciones, todas sus sabidurías y estéticas, todas sus galas y sus ornatos todos. En los diez desfiles de pasos y en la "procesión secreta" -que es el jueves, y nocturna, aunque no alumbrada- saca año por año nuevas alegorías y combinaciones, ya por medio de imágenes, ya por personajes de carne y hueso.

De pueblos muy distantes acuden por este tiempo, nada más que por asistir a estos espectáculos conmemorantes, muchísimas personas y hasta familias enteras. Es peregrinación que trae buenas granjerías a comerciantes, vendecomidas y mesoneros. La del 68 será probablemente la más caudalosa y resonante.

Desde el jueves de esta Semana de Dolores está el pueblo en expectativa y en efervescencia la novelería. Con razón: de un momento a otro llegan don Francisco de Borja Palmerín, su esposa y su unigénito. Vienen desde sus minas de Gallonegro precedidos de su fama de capitalistas y de sus dos cargas de petacas. No se hacen esperar demasiado, y cuál se pasman grandes y pequeños cuando los ven tomarse aquella plaza, muy campantes y atalajados: los esposos, en unas mulas como torres; el chico, en una yegüita mantequilla muy fina y cavilosa; el peón de estribo, un negrazo disforme, con su maleta de vituallas a la espalda.

¡Lo que era la gente de tono! ¡Bendito fuera Dios!

Hospédanse, por supuesto, en la famosa y anual fonda de don Telmo, contigua al templo y no mal abastada en tales ocasiones, la cual fonda invaden al punto granujas y mozas de cántaro, que no quieren perder pie ni patada en aquel recibimiento nunca visto ni oído en tierra santarritense.

"¡Pis! ¡Pis! Serán muy ricos; pero se les ve el zambo a media lengua", declara al salir la negra Valeriana y con ella todas las fregonas.

En aquel jubileo de Dolores, mientras el luto cubre todos los cuerpos y el llanto todas las pupilas; en que todo cristiano comulga y edifica, ¡qué espectáculo de escándalo y relajamiento dan los dos esposos a tantos fieles y qué ejemplo más lastimoso a ese angelito!

La iglesia está repleta y en palpitante bisbiseo de plegarias. La Virgen Dolorosa en su camarín, casi perdida entre las ricas preseas y la flora de papel dorado.

Antes de principiar la misa se perfila en la puerta mayor la figura atlética y azarosa del negro espolique.

Viene en traje de palomo, en cuerpo de camisa escarolada y suelta; trae un rollo enorme. Abócase por la nave central lo mismo que un toro; rompe por entre el hombrerío, seguido de sus amos, que no piensan siquiera en santiguarse, ni en mojar el dedo en el agua bendita. El negro abre campo a codo limpio junto a la primera columna del lado de la Epístola, y, desplegando un tapetón de perro y pavo real, lo tiende cuan largo es. Los amos se arrodillan un instante, para luego aplastarse los tres peor que unos sapos. El negrazo se escurre como diablo que ve cruz, y la bollona sinvergüenza se queda muy oronda metida entre aquella machería. ¡Viéranla el pergenio, la irreverencia y el sacrilegio! Y las señoras no pierden ripio, de puro escandalizadas. ¡Ni tan siquiera se cubre esa cabeza cargada de profanaciones y hasta de malos pensamientos!

Lleva cabello con copete cerrado, en canales a dedo; rodete de totuma; tres rosas de trapo junto a una oreja; y, por cimera y coronamiento, una peineta de caguamo que semeja el espaldar de un taburete. Ostenta zarcillones de dos rosetas y largos tilindangos, broches de guacamaya picando un racimo de corozos, muchas sortijas y un collar de corales de tres hilos. Es una jamona repolluda y fofa, con la cara manchada por el paludismo y el colorete; el ojo pardo y luminoso denuncia cosas muy tremendas. Por desgracia, ha quedado muy abajo y pocos disfrutan de aquel deleite.

En la misa está como azogada, atisba que más atisba, tan pronto hacia el coro, tan pronto hacia el altar, ya a las mujeres, ya a los varones; y aseguran varias devotas que se ha sentado a lo mejor; que no ha rezado ni atendido al sermón; que no tiene idea del sacrificio incruento; que es una herejona de siete suelas, una salvaje por conquistar.

Tampoco les parece tanta cosa el tal don Borja, tan mentado. Es un cincuentón chamizudo y langaruto, cara de curuba y con vetas azulencas de carate, narices de rabino, ojos de gato, barba rala dispuesta en balcarrota. Se les hace tan atrasado en religión como la esposa. A ambos los bajan al nivel del negro tapetero.

Del niño nada saben, ni él tampoco. Está quieto, casi lelo. ¿Cómo no? Hállase ante lo desconocido. El velo cuaresmal le sobrecoge como algo fatídico; de altares y de cuadros no discierne; tan sólo le sugieren la noción de lo raro. De la Virgen ni se da cuenta; la serie de columnas que a él le quedan a hilo cubren por completo el lateral altarón. El gentío y la apretura le marean y le aturden. Siente ansias y no entiende el sermón. ¡Qué va a entender el pobre!

A mediodía salen a recorrer el pueblo y a despampanar a los santarritenses, que los avizoran a traición desde puertas y ventanas. ¿Iba misiá Gumersinda Daza de Palacín a botarse de forástica con cualesquiera trapillos anticuados? ¡No la conocían! Todos sus arreos y majezas se los ha traído Borja quince días antes de la propia Villa de la Candelaria.

¡Oh! ¡Las modas y elegancias del 68! Es un traje de gasa estambrada con realces de seda blanca y rosa, con millareses en picos, cubiertos con mostacilla cual rocío: es un pañolón mágico, tropical, que vale treinta pesos y prolija reseña. Y va una, para regocijo de las damas de antaño y chacota de las damas de hogaño. Erase de cachemir negro y finísimo; de alamares felposos de la pura seda; le guarnecían a uno y otro lado de la tela sendas fajas de raso solferino: la una ancha con aplicaciones circulares y multicolores, y con cinta sobrepuesta de terciopelo abigarrado, en relieves como gusanos; la otra angosta y menos historiada. ¡Tal disposición permitía a la cliente el lucir la prenda de diez modos distintos y con diez apariencias! ¡Oh pañolones transformistas que hicísteis época y engalanásteis estas calles de Dios!

Le lleva misiá Gumersinda en doble ángulo simétrico, medio suelto, a todo viso, a toda guarnición, cogidas las puntas por los gordos brazos con mucho melindre y mucha fullería, mientras empuña y sostiene una sombrilla de raso morado con arabescos de cuentas blancas que remedan confites. Con su andar menudo y contoneado apenas si asoman las puntas de las botinas de satín perla con labores aljofaradas.

Gasta el marido boato costoso, a estilo de nabab montuno: aguadeño chato y alicorto de cinta oscura, y ancha camisa extranjera de bayetilla azul con blancas cadenetas por el cuello y la pechera; chaquetón de lana amahonado; pantalones de paño azurea, con galón anchísimo y ceniciento; botines amarillos de vaqueta; ruana superiorísima del Reino, con forro de bayeta roja y ribete de trenza. De una reata de lana -una flora en relieve, obra de la esposa- le cae sobre el cuadril derecho un carrielón de nutria muy costoso. Le complementa la totuma de coco para los tragos camineros. Su engaste es de plata; su interior, bruñido; por fuera, tallado por un artista copacabaneño, el escudo nacional con todos sus símbolos y menudencias. Del chaleco de piqué blanco le cuelgan en onda mirífica y coruscante el emblema supremo de su personalidad: una leontina de chicharrones extraídos de sus minas. ¡Hurra al indiano de Gallonegro, conde Criolletas de Montecristo!

Lleva Rogelio flux de paño tabaco, cuadriculado de rosaúsco, con cuello sin solapa y ribete de gro; corbatica roja atada en mariposa; botines extranjeros de chagrín, muy cucos y muy labrados. Lleva otrosí, reloj y pendiente de oro con guardapelo. Cubre su greña inculta un becoquín gris pálido. (Son éstos el primer preludio de los cocos o calabazas que debutaron en Antioquia el año 64). Es el chico una criatura de once años, ojeroso, desvaído, casi lívido; es una víctima de esta anemia tropical que ahora persiguen. Tiene muy afilada la nariz, los labios incoloros, la dentadura muy perlada, la sonrisa muy dulce, los ojos muy grandes, muy negros, y muy tristes.

Mientras andan y trasiegan por las calles, callejones y afueras del poblacho, la gente dicta el fallo: muy ricos, muy en grande; pero eran unos ñapangos, unos montaraces. Los viejos marrulleros sospechan algo más. ¡Lo que se les daba, por esos montes, vivir como animales! Varias damas del copete aseguran que esos trapos y adornijos son a la moda de Gallonegro: ¡pura chambonada de negros masamorreros del Porce! Pero las señoras de la fonda, lo mismo que las fámulas, cuentan y no acaban de aquellas galanuras, de aquellos esplendores desconocidos en el pueblo. Estos Cresos lo tienen todo alborotado a pesar del tiempo santo: son un pecadero perpetuo. Ya los veían: en vez de ir a rezar las estaciones, como cumple a todo fiel cristiano, se habían quedado por la tarde en el balcón, muy tranquilos jugando tute, bombeando tabaco y tomando rosolí a vista y contemplación de todo el mundo. ¿Podría darse mayor prueba de irreligión y de cinismo? ¡Qué horrible era ver cómo ofendían a Dios en este día tan grande!

Rogelio tampoco ha asistido a la Vía Crucis porque las andanzas le han rebotado el mal y ha tenido que echarse en la cama. A pesar de la anemia, y acaso por la seguridad que da el dinero hasta a los mismos pequeñuelos, no es apático ni retraído; y, como casi no ha tratado niños de su clase, está ávido de altas relaciones. Así es que el sábado, día en que se da a conocer, se ha captado muchos amigos y camaradas a las primeras de cambio. Estos, a su vez, están desvanecidos con el forastero: un muchacho tan rico, tan peripuesto, con todo y reloj, y tan poco orgulloso y tan parejo, y tan formal con todos; un muchacho que maneja plata lo mismo que un grande; que compra frutas y golosinas para todo bicho, es caso inaudito en Santa Rita. El séquito se lo pelotea, se lo monopoliza, y andan con él calle arriba y calle abajo, y Rogelito por aquí, y Rogelito por allá.

Tres cuartos de lo mismo le acontece a don Borja. A cualquiera que entra en la fonda lo convida a tomar de lo fino; ha ido al estanco y le ha brindado a todo el mundo. Se ha insinuado tanto con dos de los magnates más principales, que los ha comprometido ese sábado por la tarde a ir a jugar tute en cuarto con Gumersinda y a cenar con ellos en la fonda. Destapa para el gran caso vinos finísimos, encurtidos, aceitunas y latas de lo mejor que se trajera. Pide en la fonda lo mejor y más valioso; a los obsequiados, poco conocedores en libaciones y gastronomías elegantes, les saben a cuerno quemado estos menjurjes y bebistrajos de la extranjería; pero se defienden con los tamales familiares y el ron. Salen entre peneques y deslumbrados sin saber qué hacerse con este matrimonio tan incierto, pero tan educado y tan rumboso. ¡Había que usar con esa pareja de tórtolas un estira y afloja muy dificultoso! ¡Con tal de que el señor cura no saliera en el púlpito con algún gruñido de los suyos!...

Amanece aquel domingo con sol y cielo de gloria y venturanza; que la Jerusalem celeste tiende, |ab æterno, palmas y más palmas al Redentor Divino de hombres y de mundos.

Desde las siete comparecen simultáneos por las cuatro esquinas de la plaza, bien así como bandas de gallinazos, los cuatro cuerpos de penitentes negros armados de macizas horquetas, el bronco pie bajo la alpargata abigarrada. Uno, recio y proceroso como un roble, con el capuchón más puntiagudo y más excelso, con aire imponente de jefe, zapatea a su tropa, la amenaza con el palo mientras gira la pupila en lo blanco de aquel ojo que asoma miedoso por los rotos del percal. Son los sayones que han de cargar algunos pasos, ordenar las procesiones y velar ante el monumento y el calvario. Esta centuria, más trapense que romana, la componen jayanes montañeses que de ello se glorian. Una vez completado el número se reúnen en plebiscito y eligen por centurión al más arrogante y garboso de los contornos. Según se maneje y mande es o no reelegido. Esta como institución se reúne año por año.

Las cuatro compañías avanzan a un mismo tiempo; el centurión se dispara del atrio y se topa en el centro con su gente. Mil zalemas, mil mojigangas en torno de la pila. Luego se forman de a cuatro en rigurosa fila y marchan hacia el templo. Deudos y chiquillos los ovacionan con aspavientos y griterías.

Por las ocho calles entran y entran, enarbolando las palmas, las caras satisfechas, campesinos y campesinas. La plaza se cuaja como un monte espeso. La centuria torna. Pártese en dos y va ordenando los palmeros de arriba a abajo, plantándolos en sus puestos como en una alameda milagrosa. Arrea que más arrea las palmas agrupadas y las dispersas, alargan la alameda hasta una esquina de abajo y siguen por la calle Plana. Del puente a la plaza deben de estar ya formados los que hayan venido de ese lado. Los que falten de los otros allá convergerán. Son cuatro cuadras y media; pero han de cubrirse de todos modos, sea apartando, sea juntado. La gente impalme se desgaja por ambos lados del triunfal sendero. El repique de las campanas del hospital anuncia la terminación de la vía. Lánzanse a vuelo los bronces de las iglesias; lánzanse los esquilones y campanillas. Los ciriales bajan, bajan los sacerdotes; avanzan por entre las palmas y se pierden en la calle.

Don Borja y su señora están ya junto al Puente Real; Rogelio se embebe en su séquito de camaradas. La banda, reforzada para esta solemnidad, prorrumpe en marcha estrepitosa. El niño, selvático y majo, se entremece.

¡Infancia harto rara la de esta criatura! No ha oído música de esta índole en su vida; no ha visto nunca ritos sagrados, por la sencilla razón de que ve iglesia por la vez primera. El no sabe nada. Si mucho, medio leer, si mucho, medio escribir y medio contar. En religión e historia todo lo ignora. Sólo ha visto un Crucifijo muy pequeño, como quien ve un amuleto de salvajes; ha oído mentar "El Cristo de Zaragoza"; pero del Salvador ni de dogna alguno tiene noción mínima. Si por esos montes enseñan la doctrina, a él no se le ha enseñado. Por allá van curas raras veces, pero él ni los ve ni los conoce. Si allá hay algo como escuela, a él, por enfermo, no le han mandado a ella. En la casa de la mina ha vivido solo, jugando a molinos, a carretas, a socavones. Ha hecho acequias y mampuestos; ha abierto apiques. Pero nunca ha jugado a lo eclesiástico. Si lee a medias es porque el molinero José Duarte, un joven de buena familia, formalote y servible, le ha hecho, por jugar acaso, una como baraja con letras, y le ha indicado cómo se juntan para formar y escribrir palabras. Luego le ha conseguido una citolegia y le ha puesto renglones, con carbón, en unas tablas. Si sabe signarse y santiguarse; si dice oraciones como el loro, es porque Rufina, una arribeña que le cargara de niño, se las enseñó sin explicárselas.

Su madre vive siempre muy ocupada en la tienda de ropas, en compras y ventas de víveres, en los negocios de la prendería. Su padre, siempre en trabajos de minas, en rescates, en andanzas, y con frecuencia ausente. La misma anemia no le ha dejado tiempo para nada. El no sabe lo que es confesarse y comulgar; no sabe lo que es alma ni pecado; no sabe lo que es abstracto ni moral.

En una racha de pensamiento evoca esta su infancia pagana y salvaje, en este instante en que su espíritu, apacentado en agüeros y supersticiones, parece tender a otro orden de ideas.

Enfilado entre sus amiguitos contempla con honda emoción aquel espectáculo de culto colectivo para él desconocido. Aquella música estruendosa que jamás había oído le enajena. La muchedumbre cubre a lado y lado el anchuroso camellón. Todas las palmas que visten esos montes aledaños han enviado a este concurso de piedad montañera sus más lozanos ejemplares. Forman calle, enhiestos, encumbrados, verdeando al sol, estremecidos por el viento, cual si temblasen de fervor. Las caras todas están vueltas hacia la espadaña del hospital, que albea nítida y aguda en la lejanía de un collado.

-¡Ya salen! -dice el cicerone Gabino Zárate-. Fíjese, Rogelito, pa que vea qué tan bello y tan perfecto es el Señor del Triunfo, y qué tan queridos los Apóstoles!

En efecto: los ciriales y la cruz alta avanzan, muy bruñidos y rutilantes; detrás el párroco, con el pluvial escamoso de brocato; en seguida Cristo, en su pollina cenicienta de madera y cabeza movible, clavada en su plataforma de cuatro ruedas. Dos monagos la arrastran con cuerdas festonadas; dos la empujan de los mástiles que atrás lleva. Las palmas, todas a una, se tienden a su paso, para tornar a levantarse chafadas o rotas por las triunfales ruedas. Parece que el soplo de la gracia las ha santificado antes que la Iglesia las bendiga. Detrás de Jesús vienen los doce Apóstoles en sendas andas, seis a un lado y seis al otro, a hombros de cuarenta y cuatro sayones. Los ojos de Rogelio se abren desmesurados: dijérase que sus pupilas pardas se agrandaran. Clávalas en el Cristo como en fascinación irresistible. Cristo tiene la rienda escarlata en su siniestra, mientras bendice a su pueblo con la diestra. Bajo la fimbria dorada de su túnica de purpúreo terciopelo asoman sus pies cándidos e impecables en las sandalias esculpidas. El manto azul oscuro luce el boato de galones y encajes que lo guarnecen. Realza el sol el oro del vestido, el de la cabellera natural, el de las potencias irradiadas. La faz hermosa, un tanto pálida y femenil, que creara Quito, dice a las almas fervorosas de los misterio del Dios-Hombre. Sus ojos claros, de amor y de piedad, bajan serenos a la tierra redimida para bendecirla también, lo mismo que con su mano.

Rogelio se abisma. De un golpe recuerda y relaciona. Es el mismo hombre de barba rara y cabello de mujer que él vió alguna vez en una sala, allá en la Mayoría de las minas de San Nicolás, como pintado en una cosa puesta en la pared. Es El; es el mismo con quien ha soñado desde entonces no sabe cuántas veces: es el Cristo de Zaragoza. El no lo conoce; pero siente que es el mismo. Bien comprende que éste que ve montado en esa mulita tan linda, de mentiras, no está vivo como los demás hombres. Por lo mismo es el Cristo. ¿Y quién puede ser éste sino el Padre Nuestro que está en los Cielos, a quien él reza para pedirle dé el pan a todos y a todos perdone las deudas? ¿Qué serán las deudas? ¿Qué el "venga a nos el tu reino"? Y una vislumbre de religión, de culto, alborea de pronto en la tiniebla de esa mente infantil y medio primitiva. De pronto da un grito y se agarra a Gabino: el Señor del Triunfo ha movido sus ojos y lo ha mirado; ¡lo ha mirado a él solo entre tanta gente!

-Rogelito, ¿lo pisaron? ¿Li ha dao algún dolor?

Rogelio, medio recostado en su amigo, no contesta; pero llora y sigue como un autómata en la procesión.

-¿Qué fue, por Dios?

-¡No diga nada, Gabinito! ¡Ya me pasó! Fue una cosa que me dió. ¡No diga nada!

Entre sonrisas y muecas se enjuga.

-Es que soy muy tuntuniento. Pero ya estoy bien: ¡vea!

Y se sacude y se endereza, y atisba con disimulo por ver si lo miran. Sus compañeros inmediatos preguntan.

-¡No digan nada que me da vergüenza! ¡Fue como un susto que me dio; pero ya se me pasó! ¡Vean que ando muy bien!

A estos montañeritos los asustaba la gente. Eran unos animalitos sin cola.

La procesión entra en calle Plana, y la de Rogelio continúa por dentro. Musita padrenuestros, avemarías, salves, cualquier cosa. Mas sólo con los labios: su alma ora de otro modo. El quería ya al Señor; y ya que el Señor lo había mirado, tendría de quererle más y más, de rezarle, de hacer las cosas buenas que hacían en Santa Rita, de ser como un criado o peón del Señor, aunque fuera un muchacho enfermo. El Señor lo libraría de todo mal, a él, a sus padres, a todos los de Gallonegro. Pero allá no había ni Señor del Triunfo, ni iglesia, ni curas, ni nada. ¿Por qué sería eso así tan malo? Allá se vivía muy maluco. Ya lo veía y antes no. El Señor del Triunfo o el Cristo de Zaragoza lo quería a él y a todos. El Señor era muy bueno y él no lo había sabido.

Cristo entra en la plaza por la calle de palmas, que no dejan torcer los sayones. Las últimas se le tienden al subirlo entre varios, con todo y pollina, por las escalas del atrio. Frente a la cerrada puerta lo colocan.

Rogelio y otros han logrado entreverarse por el gentío y coger muy buen puesto. Los doce Apóstoles quedan en la plaza. En redor del atrio vuelve a levantarse oscilante el monte, y el sol le tuesta con sus rayos a cuarenta y cinco grados de las nueve. Los campesinos se cubren la cabeza con una punta de la ruana, y la bayeta, colorada o amarilla de los forros, resalta entre los verdores como floración carnavalesca de un sueño febril. El sacerdote principia la ceremonia para consagrar aquel "Ramo Bendito" que ha de venerarse trenzado y en cruz sobre las ventanas de tanto hogar, para librarlos siempre de una "mala hora"; para ahuyentar con su humo santo tempestades, terremotos, malas intenciones, asechanzas del demonio.

Mientras la boquiabierta chiquillería estudia aquella borriquilla que luce ese cabezal tan lindo; que mueve la cabeza con las orejas tan quietas; mientras adivina cómo el Señor se sostiene tan bien sostenido sin montura y sin estribos, Rogelio sigue rezando, maquinalmente, sumido en aquel despertar para él tan inopinado.

En abriendo la puerta y entrando a la ecuestre imagen, la sigue como arrastrado; y, separándose de sus camaradas, se coloca junto a ella, cerca a una columna. No se sabe cuándo han entrado ni dónde han puesto los doce Apóstoles.