Chapter 24
«Mi queridísima hermana:--escribía Miguel a Julia--Me preguntas por qué permanezco tanto tiempo en este pueblecillo, y supones, infundadamente, que pasaré la mayor parte en San Sebastián. Asimismo haces algunas reticencias que me desagradan, porque no están bien en boca ni en pluma de una niña tan candorosa como tú eres y deseo que sigas siendo. Te has equivocado en todas tus hipótesis. Permanezco en Pasajes (ya puedes comenzar a reírte) porque estoy enamorado de la sobrina de mi patrona. Es una niña (sigue riendo) que no pasa por bonita, ni es gallarda, ni tiene talento, ni una educación esmerada. Estoy enamorado no sé de qué; acaso del alma, aunque no lo aseguro. Lo que sí puedo afirmar es que no hay mujer (exceptuando tú) que me parezca tan linda, tan amable y tan bien educada. No ha cumplido aún los diez y seis años. ¡Si vieras qué buena y humilde es! Está tan convencida de su insignificancia, que yo he hecho como Jesucristo; queriendo ser la última, la elevé a primera. Ha pasado dos años en un convento de Vergara, y cuando yo llegué, estaba empeñada en hacerse monja: ahora ya se fue a paseo el monjío. Esto no quiere decir que no fuese una buena religiosa; Maximina, que así se llama, en cualquier estado y situación de la vida sería buena, porque así la hizo Dios. Me paso los ratos como un tonto escuchándola; cuando narra su vida de colegiala: las nonadas y puerilidades de sus compañeras, que me cuenta con gran calor, me embelesan lo mismo que la novela más interesante: conozco ya a todas las hermanas del colegio como si las hubiera parido: hay una hermana San Onofre, de diez y ocho años, hermosa, instruida, pero de muy mal genio; en el convento todo el mundo la temía más que a la superiora; ¡figúrate que a una niña, porque manifestó asco al vaso de otra, la hizo comer las sobras de todas las demás en un plato! Hay otra llamada María del Socorro, de la misma edad que Maximina, muy dulce, muy tímida; cuando las niñas enredaban en su clase, no teniendo ánimo para reñirlas o castigarlas, se echaba a llorar. Pero los amores de mi niña eran la hermana San Sulpicio, una andaluza hermosísima, llena de gracia y atractivo; había cuatro chicas enamoradas de ella perdidamente; pero la que se llevó la palma y llegó a ser su favorita al cabo de algún tiempo, fue Maximina; sin embargo, la hermana, que era un poco coqueta al parecer, se complacía algunas veces en mortificarla mostrándole gran frialdad o adoptando con ella un continente severo, hasta que viendo su cara contristada, se echaba a reír y le tiraba suavemente de una oreja, llamándola tonta. Un día vino orden de arriba para trasladar a esta hermana a otro convento, y se marchó secretamente sin despedirse. ¿Quién se lo dice a Maximina? se preguntaron todas las colegialas. Al fin una, más habladora y peor intencionada que las otras, se lo comunicó bruscamente: mi niña recibió un fuerte golpe en el corazón; pero trató de reprimirse, porque le daba vergüenza estallar en sollozos delante de sus compañeras: este esfuerzo sobre sí misma le costó caro, porque al poco rato se sintió mal y hubo que desabrocharle a toda prisa el vestido, para que no se ahogase.
Oyendo el relato de tales escenas infantiles se pasa el mentecato de tu hermano sabrosamente el tiempo, y no tiene ganas de volver a Madrid. ¿Querrás creer, querida hermana, que encuentro más sabiduría en las palabras de Maximina que en los cursos de sistemas coloniales que nos da en su casa el conde de Ríos? Indudablemente, estoy perdido. Razón tiene mi tío Bernardo en decir que no seré en la vida nada de provecho.
Muchos recuerdos a mamá. Salud y Estado Mayor. Un abrazo que casi te asfixie de tu hermano,
MIGUEL.»
Tres días después la contestación de Julia, que decía así:
«Mi más querido hermano: Si por mi gusto fuese, no te escribiría hoy, porque tengo que darte una noticia desagradable; pero mamá lo manda... y... cartuchera en el cañón, quepa o no quepa. La noticia es que nos vamos a Madrid en la semana próxima, hacía el miércoles o jueves. Por consiguiente, ya sabes que debes ponerte en camino cuanto antes. Mucho siento arrancarte esa felicidad que dices sentir y en la cual no creo. Toda la vida has sido un pillo de playa, y no te arriendo los tizonazos que has de llevar en el otro mundo. Esa pobre chica será bien desgraciada si se fía de tus palabritas de miel; no tardará en ir al panteón de las víctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. ¡Me avergüenzo de ser hermana tuya, gran tuno!
Sabrás como tenemos noticia de que tío Manolo se casa con la viuda de marras. Ya era tiempo. Lo mismo uno que otro necesitan ponerse dentadura nueva, porque están algo duritos. Ahí te envío una carta que por la letra me parece de él: supongo que será dándote parte de la boda.
El cuerpo de Estado Mayor me manda darte recuerdos. Mamá lo mismo. Yo no me contento sino con un fuerte mordisco en una oreja: ya sabes que soy especialista en ese ramo. Avisa cuando sales.
JULIA.»
Dentro de ésta venía otra carta de D. Manuel Rivera noticiándole su próximo matrimonio. El antiguo seductor se manifestaba en ella contrito y con grandes deseos de reformarse en lo tocante a la moral y las costumbres, y anunciaba en términos concretos que estaba resuelto a someterse a las leyes generales que rigen los destinos de la humanidad y la encaminan a lo infinito: hablaba de la necesidad imperiosa que siente el hombre de tener una compañera «que le ayude a soportar el fardo de la vida,» de los goces dulces e inefables del hogar doméstico, de los mutuos sacrificios. Por último, llamaba al Ser Supremo en su auxilio y le rogaba se dignase bendecir «su pobre choza.»
Miguel, en vez de enternecerse como debía, se rió mucho leyéndola: mas al instante quedó triste y cabizbajo al recordar que debía abandonar a Pasajes dentro de pocos días. La verdad era que lo estaba pasando bien y que no le halagaba nada tornar de nuevo a la bulliciosa vida de la corte. Por otra parte, ¡qué sentimiento tan vivo experimentaría la pobre Maximina! En cuanto a la generala, hacía ya días que había formado propósito irrevocable de romper con ella, si bien esperaba verse lejos para llevarlo a cabo; no le acomodaba hacerlo en una entrevista por no escuchar sus quejas de codorniz romántica.
En la expresión melancólica y reflexiva de su cara adivinó Maximina que algo triste le pasaba. Trató de mostrarse entonces más alegre y habladora que de ordinario, a fin de disipar su mal humor: adivinaba vagamente que de rechazo iba a caer sobre ella; pero no lo consiguió; Miguel, contra su costumbre, respondía con gravedad a sus instancias.
--¿Qué tienes?--le dijo al fin tímidamente.--¿Estás enfadado conmigo?
--¿Por qué había de estarlo?--contestó sonriendo tristemente.--¿Te remuerde por algo la conciencia?
--A mí no... pero...
Miguel guardó silencio unos instantes: los ojos escrutadores de Maximina estaban posados con anhelo sobre él.
--Tengo que darte una mala noticia--dijo al cabo dulcificando cuanto pudo la voz.
La niña se puso extremadamente pálida; pero no despegó los labios.
--Me ha escrito mi hermana para que vaya a reunirme con mamá y con ella a Santander, y acompañarlas a Madrid.
Maximina continuó silenciosa, doblando la cabeza sobre el pecho. Entonces le tocó a nuestro joven observarla con cierta inquietud.
--No será la última vez que nos veamos, hermosa--dijo cariñosamente.....--Lo mismo te seguiré queriendo en Madrid, y a la primera ocasión que se me presente, vendré a hacerte una visita.
La niña levantó los ojos hacia él esforzándose por sonreír.
--Ahora que estoy próximo a separarme de ti--siguió diciendo el joven,--es cuando veo cuánto has penetrado en mi corazón... Parece mentira que en tan poco tiempo te haya llegado a querer de un modo tan entrañable... ¿Te pasa a ti lo mismo? ¿Me seguirás queriendo cuando dejes de verme?
Maximina movió varias veces la cabeza en señal afirmativa. Conmovido por aquel silencio, que revelaba mejor que ninguna frase lo que su alma sentía, el joven le tomó una mano y la llevó suavemente a los labios: por primera vez desde que se conocieran, ella no hizo resistencia alguna. Cada vez más embargado por la emoción, Miguel dejó que su alma se desbordase; la expresó con lenguaje vivo y apasionado cuánto la amaba y lo feliz que algún día sería uniéndose a ella; la prometió no olvidarla ni un solo instante, escribirla a menudo y venir a verla en cuanto le fuese posible.
La niña se llevó la mano a la frente y dijo con voz alterada:
--Se me está partiendo la cabeza de dolor...
En aquel momento entró doña Rosalía en el estanquillo.
--¡Pobrecita!--exclamó Miguel.--Debe V. acostarse un poco a ver si se le pasa.....
--¿Qué; te duele la cabeza?--preguntó la tía.--La canción de siempre..... Anda ve a recostarte hasta la hora de comer: ya te llevaré el agua sedativa.
Maximina subió a su cuarto y doña Rosalía quedó disertando con Miguel, que apenas la escuchaba. Por la tarde la niña pudo bajar al estanquillo: tenía el semblante un poco descompuesto. Cuando estuvieron solos, ella le dijo tímidamente:
--¿Quieres una cosa que voy a darte?
--¡Ya lo creo! Cuanto tú me des será para mí sagrado.
Maximina sacó del bolsillo un crucifijo de plata pendiente de un cordón y se lo entregó ruborizada diciendo:
--Este crucifijo me lo regaló la hermana San Sulpicio el día de su santo: lo traigo colgado al pecho hace tres años sin quitarlo jamás...
Miguel se lo arrebató con alegría.
--Precisamente iba yo a pedirte una medallita para colgar al cuello. ¡Cuánto me alegro que te hayas anticipado! Te prometo no separarme de él ni de día ni de noche... Pero voy a suplicarte un favor... que tú misma me lo cuelgues.
Maximina vaciló un instante: al fin tomó de nuevo el crucifijo; Miguel bajó la cabeza y el Cristo quedó colgado por la parte de fuera del chaleco.
--Ahora--dijo él con sonrisa maliciosa--es menester que lo ocultes debajo de la camisa.
--No; eso hazlo tú.
Los dos días que siguieron a esta escena trascurrieron suaves y melancólicos. Los amantes estaban mucho tiempo juntos, pero se hablaban poco. Maximina hacía visibles esfuerzos por mostrarse serena. Miguel, adivinando estos esfuerzos, sentía su amor y su compasión crecer.
Tomó pasaje en un vapor que debía salir por la tarde. Maximina aquel día por la mañana se manifestó casi contenta. Sin embargo, estando en conversación con él en la sala, cuando menos parecía indicarlo la expresión de su fisonomía, rompió a sollozar fuertemente. Miguel la acarició y la consoló en los términos mejores que pudo.
Después que arregló su equipaje, el joven recorrió el pueblo despidiéndose de los amigos que durante su estancia se había ganado: próxima ya la hora de partirse y habiendo oído sonar el pito del vapor, volvió a casa con objeto de despedirse de Maximina. Por más que la buscó por todas partes no pudo hallarla: nadie sabía dónde se había metido: doña Rosalía opinó que se habría ido a la iglesia. No es decible lo que esto disgustó a Miguel, quien después de mandar el equipaje, se fue con el corazón oprimido hacia el muelle; pero antes se le ocurrió dar una vuelta por la iglesia. Como el tiempo apuraba, corrió hasta sofocarse; no vio rastro de Maximina en todo el ámbito del templo. Salió cabizbajo y llegó al vapor, que estaba pitando terriblemente en espera suya. Cuando saltó a bordo, el capitán le dijo con malos modos que hacía quince minutos que aguardaban por él: no le causó ningún efecto la reprensión. Subió al puente; en el momento de arrancar el buque, percibió en el balcón corrido de la casa de D. Valentín la figura de la niña. Echó mano apresuradamente a los gemelos del capitán que colgaban de la baranda, y pudo ver a su novia llorosa con un pañuelo en la mano haciéndole señas. Sacó el suyo del bolsillo y contestó lleno de emoción. La tarde estaba tranquila, el cielo nublado, las aguas de la pequeña bahía inmóviles y verdosas espejaban confusamente la columna de humo que el vapor dejaba en pos de sí. Algunas otras figuras humanas se asomaban a los balcones y terrados al oír los prolongados y furiosos ronquidos de la máquina.
En tanto que el barco no salió por la boca estrecha de la bahía, Miguel no apartó los gemelos de los ojos, dirigiéndolos al balcón donde la triste Maximina quedaba. Cuando una peña se la ocultó, dejó caer las manos con dolor: después se limpió las mejillas, que estaban húmedas.
XVI
Llevaba el corazón tan henchido de amor, de admiración, de entusiasmo, que Julita se vio necesitada a sufrir a diario, por algún tiempo, las descripciones que le plugo hacer de la bondad, sencillez e inocencia de la niña de Pasajes. A las mujeres no les disgusta esta clase de confidencias: así que, lejos de huirlas, las provocaba, informándose con deleite de todos los pormenores más o menos pueriles de aquellos amores idílicos, tan en consonancia con su edad y su sexo.
Miguel rehusaba enseñarle el retrato. Temía que no le gustase. Después de muchos ruegos, y anunciando con empeño «que físicamente valía poco,» lo sacó de una cartera donde lo llevaba.
--¡Pues no tiene nada de fea!--exclamó Julita.--Al contrario, es una cara muy simpática...
A Miguel se le ensanchó el corazón, y se dibujó en sus labios una sonrisa beata.
--¿Sabes a quién se parece un poco?... A Clarita Mazón...
Clarita Mazón era una joven bastante linda. Sin embargo, Miguel no transigió con el parecido, y hasta se indignó.
--¡Pero qué enamorado estás, Miguel!--exclamó Julita sonriendo maliciosamente.--Así me gusta... Ya era tiempo de que la veleta quedase fija un instante... ¿Sabes que si yo estuviese en la piel de esa niña las habías de pagar todas juntas?
--Lo creo--repuso el joven riendo.
--No te duermas sobre los laureles, pillo, porque en cuanto yo pueda entenderme con ella, se lo he de aconsejar.
--No te hará caso.
--¡Quién sabe! Le haré ver lo que tú eres con esa cara de angelito de retablo.
Desde Santander, Miguel telegrafió a Pasajes, dando noticia de su llegada. Así que saltó del tren en Madrid, puso otro telegrama, y escribió aquel mismo día. La contestación de Maximina tardó seis en llegar. La impaciencia que nuestro joven manifestó en estos días hizo reír mucho a su hermana. Contra su costumbre, aguardaba en casa al cartero, y hasta le espiaba detrás de los cristales del balcón y le iba a abrir él mismo la puerta.
La carta, que al cabo recibió, venía en un sobre pequeño, escrito con magnífica letra inglesa, la letra que se enseñaba en el convento de Vergara; su contenido no era largo ni expresivo, pero respiraba modestia y candor: llamábale en el comienzo «apreciable Miguel» y se despedía como «segura servidora,» lo cual le hizo reír. En la réplica le dio bastante matraca con aquella «segura servidora,» y la niña, en las cartas siguientes, modificó su despedida: el comienzo, o sea el «apreciable,» ya le costó más trabajo que lo cambiase; al fin, se aventuró a llamarle «querido Miguel.» Todas las cartas se las leía éste a su hermana. Julia principió a sentir viva simpatía hacia aquella niña de menos edad aún que ella. Un día le dio una estampita de su libro de misa, para que se la enviase de su parte. Maximina, al acusar el recibo, se manifestó tan conmovida por aquel regalo, que Julia no pudo resistir al deseo de ponerla una posdata en la carta de su hermano, dándole cariñosas expresiones. La niña de Pasajes contestó con otra; se cambiaron después los retratos; por último, al cabo de dos meses, ya se escribían directamente.
Por este tiempo el hijo del brigadier había cortado enteramente sus relaciones con la generala Bembo. No pocos esfuerzos caligráficos le costó aquel rompimiento: las quejas de la nueva Ariadna venían diariamente por el correo esparcidas en cinco o seis pliegos de letra menuda: era necesario contestar a ellas: al fin Teseo se cansó y las guardó filosóficamente en el bolsillo. Entrado ya el invierno, Ariadna volvió a Madrid, y no se pasaron quince días sin que la trompeta del escándalo pregonase sus amores con el secretario de la Embajada francesa. A Miguel no le maravilló nada este suceso.
Un día Julita le dijo a boca de jarro:
--¿Cuándo piensas casarte, Miguel?
Se puso colorado, y respondió vacilante y confuso:
--¡Oh, el matrimonio!... Hay que pensarlo con calma.... Es un negocio muy grave.
Y cortó repentinamente la conversación, hablando de otra cosa. Julia se quedó triste y pensativa. Le hizo esta pregunta, porque había observado que su hermano no menudeaba tanto las cartas a Pasajes como antes. Empezó a sospechar que se iba cansando, y tembló por la pobre Maximina. No se dio por vencida, sin embargo. Al cabo de pocos días le cogió en su cuarto, por la oreja, y le dijo medio en broma medio en veras:
--No te suelto si no me dices ahora mismo si piensas o no casarte.
--Pero, chica, ¿a ti que te va ni te viene en eso?--contestó el joven riendo.
--Tengo interés por Maximina, porque es mi amiga.
--¡Si no la conoces!
--No importa, la quiero ya como si la conociese.
--¿Tendrías gusto en ser hermana política de la sobrina de una estanquera?--preguntó el joven con malicia.
--¡Ya lo creo!--repuso Julia poniéndose seria.--Si es buena y bien educada, ¿por qué no?...
--No vayas a pensar que yo me detengo por eso--dijo Miguel, poniéndose también serio.--He meditado mucho en estos últimos meses acerca de tal asunto, y al fin no he podido menos de confesarme que no sirvo para casado. El que ha hecho hasta los veintisiete años la vida independiente que yo, es muy difícil que pueda acomodarse al orden, a la paz, a la serie de sacrificios que el matrimonio exige... Y, francamente, para ser un mal casado, ¿no vale más que permanezca soltero toda la vida?... Por otra parte, si me caso con esa chica, que no está acostumbrada al trato de gente ni ha entrado jamás en sociedad alguna, ya comprendes que debo renunciar en absoluto a mis relaciones y a las antiguas amistades de mi familia: yo no quiero pisar un salón donde mi mujer no haga buen papel... Además, Maximina es demasiado niña y demasiado inocente para dominar a un hombre tan maleado como yo, y para regir una familia...
Así continuó el hijo del brigadier rebuscando argumentos en su cerebro para ocultar los verdaderos móviles de su conducta, que eran el tedio y la vanidad, pasiones asquerosas que la vida cortesana habían despertado nuevamente en su corazón. Julia no apartaba su mirada escrutadora de él, lo cual concluyó por turbarle y obligarle a callar. Después de algunos momentos de silencio, aquélla exclamó moviendo la cabeza con dolor:
--¡Pobre Maximina!
Y después de una pausa larga, dijo con energía:
--Pues mira, Miguel, si no has de casarte con ella, es un pecado grande que la estés engañando. Debes cuanto antes cortar esas relaciones.
--Bien; de eso ya hablaremos... Acaso tengas razón... Hasta luego--dijo poniéndose el sombrero y dándole un beso de despedida.
Por más que nos duela hablar mal del héroe de nuestra historia, la verdad nos obliga a confesar que Miguel tuvo la cobardía de cortar sus relaciones con la niña de Pasajes dejando de escribirla. Al cabo de unos quince días, su hermana le enseñó una carta que había recibido de ella; se daba por enterada del desamor de su novio, sin proferir una queja; disculpaba su conducta manifestando que después de la separación había reflexionado que ella no podía convenir a un hombre como Miguel; hubiera deseado, sin embargo, que éste se lo hubiera dicho antes de tenerla impaciente y triste muchos días; terminaba diciendo que al fin había conseguido de su tía el permiso para hacerse monja de la caridad.
Esta carta, donde al través de la firmeza y naturalidad de los conceptos, se entrevía una mano temblorosa y unos ojos nublados por las lágrimas, conmovió hondamente a nuestro héroe, y le hubiera conmovido aún más, hasta el punto quizá de marcharse aquel mismo día a Pasajes para pedir perdón a Maximina y hacerla su esposa, si desgraciadamente aquél no fuese un día crítico y terrible de su existencia.
El periódico del conde de Ríos sostenía frecuentes polémicas con otro diario conservador titulado _La Monarquía_. Estas polémicas, un tanto ásperas, no habían rebasado hasta entonces los lindes de una cortesía más o menos ambigua. Llegó un punto, no obstante, en que la discusión se fue agriando en términos que aparecieron en el diario moderado algunos insultos velados contra el inspirador y los redactores de _La Independencia_. Miguel se juzgó en el caso de escribir un artículo contestando a estas injurias, que fue un verdadero prodigio de habilidad: devolvíanse con creces todas aquéllas al enemigo, pero de un modo tan fino y bien encubierto, que era imposible demandar reparación ante los tribunales, y no era fácil tampoco hallar motivo para un duelo. El artículo se leyó en la redacción y fue calurosamente aplaudido. Por desgracia, en esta ocasión fue cuando a Mendoza se le ocurrió descubrir enteramente aquel secreto que su amigo le tenía guardado hacía años. Al traerle las pruebas del artículo, se autorizó, sin consultar a nadie, cambiar uno de sus párrafos metiendo otro de cosecha propia. Por virtud de esta funesta ocurrencia, lo que era una frase incisiva y bien meditada, se convirtió en grosero y feroz insulto. En cuanto Miguel, al leer el periódico por la mañana, se enteró de la modificación, revolviósele la bilis, comprendiendo que no podía menos de producir fatales consecuencias; fue a la redacción, y no encontrando a Mendoza, comenzó a decir en presencia de sus compañeros lo que ya hemos visto en otro capítulo.
Todos sus cálculos quedaron confirmados. No se pasaron muchas horas sin que dos caballeros, padrinos del director de _La Monarquía_, viniesen a exigir al de _La Independencia_ una satisfacción personal. Mendoza, pálido y tembloroso, les contestó que él no era el autor del artículo, y les prometió que en el número del día siguiente saldría una rectificación. No faltó quien le pasara recado a Riverita, quien a toda prisa acudió a la redacción, antes que de ella hubiesen salido aquellos señores. Así que llegó, deshizo cuanto se había convenido; contestó que era suyo el escrito, se opuso a publicar ninguna rectificación, y nombró por padrinos al conde de Ríos y a un compañero llamado Merelo. Después se volvió a casa, y fue cuando Julita le mostró la carta de Maximina.
Los padrinos de los contendientes tardaron un día entero y emplearon toda la saliva de sus gaznates en discutir las condiciones del desafío. El punto más arduo era el de la elección de armas. El conde de Ríos, fundándose en que su apadrinado era el retado, creía tener derecho a elegirlas, y lo sostenía con gran calor. En realidad, hacía mucho hincapié en este asunto, porque era sabedor de que el periodista moderado pensaba elegir el sable, no porque lo manejase con gran destreza, sino porque, dada su estatura y corpulencia, debía llevar ventaja al adversario. Los padrinos de aquél defendían con igual tesón su derecho, por ser el ofendido. A las diez de la noche aún no habían podido arreglarse. En una de sus entrevistas con Ríos, Miguel, cansado al fin por tanta dilación, le rogó que aceptase cuantas condiciones quisieran poner los contrarios.
En virtud de esto, quedó convenido que el duelo se efectuase a sable con punta. Hora, las siete de la mañana; sitio, la quinta de Vistalegre, en Carabanchel.