Chapter 23
Maximina, al recibir la noticia, se puso alegre. Y, en efecto, cuando las sombras de la noche invadieron la plazoleta, seguro ya de no llamar la atención, el forastero se aventuró a tomar parte en el baile. No se mostró todo lo suelto y airoso que fuera de desear, por lo cual tuvo que escuchar algunas carcajadas reprimidas; pero las llevó con paciencia, y a los pocos minutos ya no se fijaba en él nadie... nadie más que Maximina, que le decía en voz baja:--«Levante V. más los brazos.»--«No salte V. tanto.» Consejos todos muy oportunos, que el joven iba siguiendo al pie de la letra. La niña estaba alegre, satisfecha: Miguel la sacaba a bailar con más frecuencia que a las otras: luego procuraba colocarse a su lado para tenerla cogida de la mano, que se complacía en apretar suavemente y acariciar. Después de bailar uno frente a otro, los jóvenes tenían la costumbre de abrazarse un instante al concluir. Miguel, aprovechando uno de estos abrazos, y a favor de la oscuridad, cogió la trenza de Maximina, que colgaba por la espalda con un lazo de seda en la punta, y la llevó a los labios.
--¿Qué hace V.?--dijo la niña volviéndose rápidamente.
--Besar la trenza de su pelo.
--¿Y por qué hace V. eso?--preguntó con sorpresa.
--Porque me gusta.
Maximina bajó los ojos y guardó silencio.
Poco después, el hijo del brigadier quiso besarle una mano; pero la niña la bajó con fuerza sin soltarse, y no le fue posible.
Maximina, desde entonces hasta que el baile se deshizo, se manifestó un poco más circunspecta, aunque sin dejar de estar cariñosa con su amigo. Al concluirse y venir los jóvenes a su acostumbrada reunión, dijo que le dolía un poco la cabeza, y en vez de permanecer en la tertulia, se retiró. Creyó Miguel, en vista de esto, haberla causado algún disgusto, y estaba con deseos de hablar con ella. Al día siguiente de madrugada la halló bordando en el estanquillo. Estaba un poco pálida, y sus ojos, al levantarlos hacia Miguel, aunque sonrientes, expresaban una suave melancolía.
--¿Cómo ha descansado V., Maximina?--la preguntó.
--No he podido dormir en toda la noche--respondió la niña.
--¿Pues?
--No sé... daba vueltas y más vueltas... y nada.
Miguel sonrió admirando aquella ingenuidad.
En los días siguientes, a medida que buscaba las ocasiones de hablar con ella a solas, la niña las evitaba cuidadosamente. Sin embargo, una vez que doña Rosalía se levantó dejándolos solos en el estanquillo, Miguel la cogió una mano y casi a viva fuerza se la besó. Maximina se puso encarnada y no supo más que decir:
--¡Oh, por Dios!...
Otra vez le dijo al oído hallándose de tertulia:
--Tengo que pedir a V. un favor, Maximina.
--¿Qué es?
--Que me dé V. un rizo de su pelo.
La chica levantó los ojos con sorpresa.
--¿Me lo dará V.?--repitió mirándola atrevidamente.
Maximina bajó los ojos haciendo una señal afirmativa.
Pero trascurrió un día y trascurrieron dos, y tres, y no daba señales de cumplir su promesa. Miguel le preguntaba por señas: ella sonreía sin contestar. Entonces el joven se hizo el enojado y evitó a su vez el encontrarse con ella. Maximina comenzó a echarle miradas tristes y tímidas, que observaba riendo interiormente. Al fin, una noche por propia iniciativa, aquélla vino a sentarse a su lado. Nuestro joven se mostró inflexible; no quiso hablar; afectó tomar una parte muy activa en los juegos de prendas. Entonces la pobre niña dijo con voz débil:
--Tome V.
Miguel no la oyó.
--Tome V.--repitió un poco más alto.
Al volverse vio que tenía en las manos un papelito blanco. Comprendió que era el rizo de pelo y lo tomó apretándole al mismo tiempo los dedos con ternura.
--Muchas gracias, Maximina--le dijo con acento conmovido.--Es V. muy buena, y cada día...
Antes que pudiese concluir, la niña se levantó, entrando en la casa. Miguel quedó saboreando una dulce felicidad que nunca hasta entonces había gustado, la de ser querido de aquel modo tan ingenuo y tan puro. Tenía el corazón henchido de suaves sentimientos; una ternura inefable invadía su alma, y se dijo: ¿Por qué no he de querer yo a esta niña también? ¿Por qué no he de decírselo? Agitado por este deseo súbito, se levantó de la silla y entró en casa con la esperanza de encontrar a Maximina y expresarle lo que en aquel momento sentía. Recorrió a oscuras la sala, el comedor y el pasillo, llamándola suavemente; pero no pudo hallarla. Echó una mirada a la cocina y no vio en ella más que a la taciturna criada mondando patatas. Se habrá ido a su cuarto, se dijo, y bajó tristemente la escalera para restituirse a la tertulia; pero al cruzar por delante de la puerta del estanquillo que estaba a oscuras, se le ocurrió meter la cabeza dentro y decir:
--Maximina.
--¿Qué?--contestó una voz apagada.
--¡Oh, picarilla! ¿está V. aquí?
Y se introdujo en la tienda.
--¿Dónde está V.?
--Aquí.
--Deme V. la mano.
--¿Para qué, para besarla? No quiero; es V. muy malo.
Miguel soltó una carcajada, reprimiéndola para que no le oyesen fuera.
--No, criatura; es para saber dónde está V. nada más.
Se sentó al lado de ella en una silla baja.
--¿Por qué se ha escapado V. de la tertulia?
--¿Y V. por qué me anda buscando?
--Para decirla a V. una cosa.
--¿Qué es?
--...Que la voy queriendo a V. mucho--dijo con acento apasionado, cogiéndola una mano.
La niña guardó silencio.
--Y que V. también me va queriendo a mí un poco, ¿no es verdad?
Tampoco contestó.
--Vamos, dígame V. que sí... aunque sea mentira.
--Yo no digo mentiras--manifestó la niña con voz dulce.
--¿Entonces, no me quiere V.?...
--Tampoco digo eso.
Miguel entusiasmado la abrazó.
--Pues yo te quiero, te quiero por lo hermosa y lo buena que eres...
Maximina al sentirse en los brazos del joven comenzó a temblar fuertemente.
--¡Suélteme V.! ¡por Dios me suelte V.!
--¿Me quieres tú? ¿me quieres?
--¡Suélteme V., por Dios!
--No, sin decirme que me quieres.
--Pues sí, le quiero, le quiero; ¡suélteme V.!
El joven la besó con pasión en los labios y la dejó huir a su cuarto. Él se volvió a la tertulia.
XIV
Miguel sacó el reloj para mirar la hora.
--¡Oh qué reloj tan fastidioso!--exclamó la generala apoderándose de él y metiéndoselo de nuevo en el bolsillo sin permitir que lo abriese.--Antes, cuando estabas a mi lado no hacías tanto uso de esa alhaja. De pocos días a esta parte no se te cae de la mano. ¿Qué prisa tienes? ¿No has venido a Pasajes por mí?... Además, observo que estás algo distraído; que siempre cruza tu frente una arruga profunda, signo de graves meditaciones... hasta te encuentro ayer y hoy un poco ojeroso...
--¡Vaya, que no traes mal belén con mi fisonomía!--dijo él sonriendo: bajo esta sonrisa se traslucía la cólera.
En efecto, la generala exploraba a todas horas el semblante de Miguel como el marino el del tiempo. Unas veces estaba pálido, otras fatigado, otras melancólico, otras excesivamente risueño; nunca dejaba de tener alguna cosa que le llamase la atención. Esta eterna y escrupulosa inspección le había halagado al principio, después le aburrió un poco, y últimamente había llegado a irritarle.
--¡Y te enfadas por eso, ingrato!--exclamó Lucía.--Si observo tu fisonomía, es que no miro más que a ella; todo lo demás me parece indiferente... Tu rostro es el libro donde leo mi felicidad o mi desgracia.
Aunque ya no le causaban impresión alguna las metáforas amorosas de la generala, Miguel se dulcificó.
--No me enfado, Lucía... Si es tu gusto trasformarte en un _semáforo_ y señalar todas las variaciones que experimento, ¿qué vamos a hacer? Es una prueba de amor que te agradezco.
La generala creyó que debía continuar con el mismo tema.
--No puedes figurarte, Miguel, lo que sufro cuando te veo triste, lo que gozo cuando estás alegre... ¡Si supieras!... Al través de tu sonrisa veo yo el mundo risueño, hermoso, pienso que el cielo está siempre azul, el campo siempre verde y rondoso, y que los hombres son todos felices... ¡Oh, si lo supieras, estoy segura de que sonreirías siempre como ahora lo haces! ¿No es verdad?... ¡Algunas veces me acometen unos pensamientos tan tristes! La imaginación excitada por el amor, da muchas vueltas... ¡Si Miguel se muriese! me digo. Esta idea me aniquila, me deja yerta, como si el cielo se desplomase... Si tú te murieses, ¿qué haría la pobre Lucía? Morirse también de pena; y si no se moría, peor para ella... No quiero pensar en eso, Miguel, porque toda me acongojo. Ya no habría felicidad posible en la tierra: sólo tu recuerdo dulce podría prestarme algún consuelo en ciertos momentos. ¡Oh, te juro que si te murieses, guardaría tu imagen en el corazón hasta la hora de mi muerte, y aun más allá, si posible fuera, vivirías en espíritu conmigo; y todos los días, todos los días, sin faltar uno, iría a visitarte al cementerio y a dejar sobre tu sepulcro un puñado de flores...
La generala había empleado ya muchas veces este recurso, y siempre con el mismo éxito. A Miguel no le caían en gracia estas ideas lúgubres y procuraba llevar la conversación hacia otro punto. Esta vez la cortó levantándose del diván donde ambos estaban sentados y cogiendo el sombrero. Para paliar un poco el mal efecto de este brusco movimiento, se acercó sonriente a la dama y la acarició amorosamente la cara.
--Tengo una carta para el periódico empezada... Necesito terminarla antes que se vaya el correo. Adiós, amor mío...
Aquel _amor mío_ fue pronunciado de un modo distraído, rutinario, que hubiera mortificado a la generala, si no fuese frecuente en ella también al acariciar de palabra a su amante.
--¡Qué pronto! Apenas has estado conmigo dos horas.
--Mañana procuraré estar más tiempo... Hoy no puedo.
Lucía se levantó también y le echó los brazos al cuello con el mimo de otras veces. Miguel soportó aquel abrazo y aun hizo esfuerzos por mostrarse entusiasmado.
--Aguarda un poco--dijo la generala soltándose y tomando un ramillete que había sobre la chimenea.--Toma estas flores, ponlas delante de ti cuando escribas, para que al levantar la cabeza te acuerdes de tu Lucía.
Miguel cogió el ramo y lo besó maquinalmente, como tenía por costumbre siempre que la generala le daba algún objeto en recuerdo: luego se despidió.
Al salir del _challet_ llevaba el corazón menos oprimido que Romeo al separarse de Julieta en aquella célebre noche que el lector conocerá seguramente; pero su paso era cuando menos tan ligero. Quería llegar a tiempo a la novena de San Ramón Nonnato que se celebraba hacía días en la iglesia de San Pedro. Allí veía a Maximina, a la cual estaba ligado por una simpatía irresistible. Y lo que más le entusiasmaba era que ésta había aceptado sus amores sin aquella reserva que el temor de ser engañadas obliga a manifestar a las muchachas, cuando un joven de condición superior se dirige a festejarlas. Maximina fue su novia sin que tuviese necesidad de vencer escrúpulos y prevenciones que el cálculo o la malicia introduce en el pensamiento de aquéllas. Le entregó su corazón con inocencia, como una cosa natural o que no podría ser de otro modo. Lo único que la había hecho vacilar al principio fue la sorpresa de que se dirigiese a ella con preferencia a otras jóvenes que pasaban en el pueblo por mucho más bonitas; una vez convencida de que aquél tenía el mal gusto de encontrarla bella o al menos simpática, no consideró poco ni mucho la diferencia de fortuna ni se imaginó que todo aquello podría ser nada más que un puro y frívolo pasatiempo por parte del joven forastero. Abrió su espíritu al amor con la inocencia que la flor abre su cáliz a los rayos del sol. Y aquella niña tímida, melancólica y reflexiva, en algunos días había experimentado notable trasfiguración; la alegría que rebosaba de su alma comunicó a su rostro atractivos que antes no tenía, gracia a sus movimientos, sonoridad a su risa, brillo a su palabra. Este cambio no pudo pasar inadvertido a nadie, pero menos a Miguel. Observolo con placer, con el placer del artista que contempla la obra salida de sus manos; fue un aliciente más para seguirla enamorando sin calcular las fatales consecuencias que aquel devaneo honesto podría traer consigo.
Cuando se hubo alejado de casa de la generala, cerca ya de la orilla donde Úrsula le aguardaba con su esquife, echó una mirada al ramo que llevaba en la mano, reflexionó que era grande y molesto para llevar a la iglesia, y diciendo:--¡A dónde voy yo con esta carga de hierba!--lo arrojó al suelo, y siguió rápidamente su camino sin más pensar en él. La novena de San Ramón atraía mucha gente a la iglesia de San Pedro. Era un templo grande, sucio y tenebroso hasta de día: por la noche, con cuatro o cinco lámparas de aceite colgadas aquí y allá a largas distancias, ofrecía un aspecto siniestro. Mas ahora el rosetón de luces que ardía en torno de la imagen alegraba un círculo muy ancho donde resaltaban las cabezas de las beatas que se colocaban en primera fila. Miguel acostumbraba a introducirse en la iglesia por la puerta de la sacristía, y desde ésta, sacando un poco la cabeza, veía toda la parte iluminada del templo.
Maximina y su tía se acomodaban allá enfrente, cerca de un banco para sentarse en los intervalos de descanso. La niña, penetrada de un vivo sentimiento religioso, no osaba mirar hacia Miguel; creía profanar la majestad de la casa de Dios. No obstante, alguna que otra vez, de raro en raro, se autorizaba el levantar los ojos y clavarle una rápida y grave mirada, arrepintiéndose inmediatamente de haberlo hecho. A nuestro joven le hacía gozar más aquella tímida y rapidísima mirada que las ardientes y prolongadas que otras mujeres más bellas y más vistosas le habían echado en el curso de su vida.
Aunque a larga distancia, observó aquella tarde que el semblante de Maximina no era el mismo de otros días; la melancolía, siempre esparcida sobre él, se había convertido en profunda tristeza; sus miradas eran más frecuentes y más largas, y en torno de sus ojos un círculo levemente encarnado acusaba claramente el llanto vertido. ¿Qué le habrá pasado? se preguntó con inquietud. ¿La habrá reñido su tía? Y deseó que se concluyese pronto la novena a fin de enterarse.
Era noche cerrada cuando salieron de la iglesia. El joven forastero acostumbraba a esperar a doña Rosalía y su sobrina en el pórtico, ofrecerles agua bendita y acompañarlas a casa en unión de otras vecinas, lo cual le permitía emparejarse con su novia y sostener con ella conversación aparte. Todo esto respiraba un sentimiento idílico, de suave felicidad, que, como contraste a sus refinados amores cortesanos, le causaba un gran deleite. Después de haberla dirigido algunas preguntas insignificantes, a las cuales contestó la niña con dulce y apagada voz, un poco más apagada que otras veces, la preguntó bruscamente:
--¿Qué tienes?... Parece que estás triste y has llorado (la tuteaba en secreto desde hacía algunos días: ella no se atrevía a hacerlo sino alguna que otra vez, cuando el joven se lo exigía con vehemencia).
Maximina siguió caminando en silencio.
--¿Te ha reñido tu tía?
--No.
Volvió a guardar silencio. Al cabo de un instante, acercando más el rostro, observó que algunas gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
--¿Estás llorando?... ¿Por qué?--preguntó con zozobra.
--No lloro... no es nada--contestó ella levantando hacia él sus ojos sonrientes, pero nublados por las lágrimas.
--Lloras, sí, y quiero saber por qué. Me parece que tengo derecho para ello... si es que me quieres, como dices.
Todavía le costó algún trabajo arrancarle su secreto. Al fin la niña desahogó el pecho oprimido y dijo con voz cortada por los sollozos:
--Hoy han estado en casa Paulina y Segunda y me llevaron a la tienda de Joaquina antes de venir a la novena... y allí comenzaron a burlarse de mí... ¡Me dijeron unas cosas tan malas!
--¿Qué te han dicho?
--Que V. se estaba riendo de mí y sólo aparentaba quererme por divertirse un rato... Que cómo podía figurarme yo que un joven rico y elegante se había de casar conmigo...
--¿Todo eso te han dicho?--exclamó Miguel con sorda irritación.--¿Nada más?
--También me dijeron que V. tenía una novia... una señora que vive ahí en el camino de Francia, y que la iba V. a ver todos los días... ¡Parece que vinieron a buscarme apropósito para darme esta puñalada!
--Pues no te han dicho más que la verdad.
La niña le miró con ojos suplicantes.
--Sólo que hay una pequeña dificultad para que esa señora, a quien visito muchos días, sea mi novia... y es que esa señora está casada.
Miguel había penetrado perfectamente el alma de la niña: por eso le presentó esto como una dificultad insuperable. En efecto, Maximina abrió más los ojos manifestando gran sorpresa; exigió que el joven se lo jurara, y una vez hecho el juramento, un rayo de alegría iluminó su semblante.
--¡Pero qué malas son esas chicas!--exclamó cruzando las manos.--¿No tendrán miedo que Dios las castigue?
Miguel se esforzó en persuadirla a que no creyese nada de cuanto la dijeran acerca de él, le hizo mil protestas sinceras de cariño, y logró que antes de llegar a casa se disipasen las nubes que velaban su rostro. Al llegar, despojose Maximina inmediatamente de la mantilla y se fue a la cocina, donde nuestro joven la siguió. Era una hora ésta muy ocupada para la niña: la cena de los chicos y del huésped exigía bastantes preparativos: la criada se encargaba únicamente del condimento de los manjares; doña Rosalía de atender al estanquillo. Maximina encendió la lámpara del comedor y puso el mantel sobre la mesa: Miguel la seguía con la vista: ella levantaba de vez en cuando la suya y le enviaba una sonrisa para mostrarle la confianza que tenía en sus palabras y lo feliz que la había hecho con ellas. Una vez puesta la mesa, volvieron a la cocina.
--Hay que limpiar esa vajilla--dijo la criada con el tono agrio que siempre usaba.
--¿La ha fregado V. ya?
--Si no la hubiera fregado, ¿cómo se había de limpiar? ¡Vaya una salida!
--No se incomode, Rufa--dijo un poco acortada la niña.
Y cogiendo un paño, se sentó con calma a secar los platos. Miguel se sentó cerca de ella.
--Voy a contarles a VV. un cuento--dijo aquél tomando otro paño y poniéndose a secar platos también.--Viajando un amigo mío por la China, hace ya bastantes años, me contó que había llegado por la noche a un pueblo llamado Cerdópolis. En cuanto estuvo dentro de él, ya no le extrañó el nombre que tenía; no se veían más que cerdos por todas partes; en las huertas, en las calles y hasta dentro de las casas; en fin, no se podía dar un paso sin tropezar con alguno de estos animaluchos.
--¡Qué olor habría allí, madre mía!--exclamó Maximina.
--¡Atroz! me dijo que no se podía respirar. Pues sucedió que fue a alojarse a casa de uno de los principales del pueblo; pero la mayor parte de las casas, aun las de los ricos, no tenían más habitaciones que la cocina y los dormitorios. El dueño le presentó a sus hijas, unas chicas bastante feas, con los ojos torcidos y los pies muy chiquitos... en fin, VV. ya habrán visto a algún chino. Parecían amables, y mi amigo quedó muy satisfecho del recibimiento que le hicieron. No quedó tan contento de la madre, esposa de nuestro chino. Era una vieja que estaba al lado del fogón picando cebolla, así como está ahora Rufa.
Maximina levantó los ojos hacia la cocinera y luego los volvió hacia Miguel con una expresión entre cándida y maliciosa, sospechando alguna broma.
--Cuando mi amigo se dirigió a ella preguntándole cómo estaba de salud, no le contestó más que ¡hum! sin levantar la cabeza siquiera. Mi amigo miró con sorpresa al marido y a las hijas, como diciendo: ¿Qué le he hecho yo a esta señora para que me reciba de este modo? Pero lo mismo él que ellas, en vez de avergonzarse, levantaron los ojos al cielo, con un gesto de resignación que le sorprendió todavía más. Se pusieron a cenar, y mi amigo durante la cena y después de ella trató de captarse las simpatías, o por lo menos la benevolencia de la señora, prodigándole muchas atenciones y dirigiéndole a menudo la palabra. Todo fue inútil: la china contestaba con su gruñido acostumbrado, o a todo más, con algún monosílabo que revelaba su mal humor. El marido y las hijas se contentaban con hacer aquel gesto de resignación y dolor, que cada vez iba maravillando más al viajero. Después de estar algún tiempo de sobremesa, retirose a descansar. Cuando por la mañana se levantó, encontró a toda la familia muy triste y como consternada. Les preguntó en seguida con interés qué les pasaba de malo.
--¡La pobre madre!--exclamó una de las niñas.
--¿Qué le ha pasado? ¿Está enferma?--preguntó.
--Ahí la tiene V.
--¿Dónde?--dijo mirando a todas partes, sin ver rastro de china.
--Ahí.
--¿Pero dónde?
--Esa marrana que tiene V. delante.
--¡Cómo!--exclamó mi amigo, creyendo que el chino se había vuelto loco.
--Sí, señor; ya sabíamos en casa que de esta semana no podía pasar. Usted, señor, por lo visto, no sabe lo que ocurre en este pueblo...
El chino le explicó entonces que en aquella villa había una enfermedad, por desgracia muy común, que se llamaba _cerdofalgia_, y que consistía en la trasfiguración del hombre en cerdo. De ahí la inmensa cantidad de cerdos con que tropezaba en las calles. El primer síntoma de esta enfermedad era el mal humor: en este primer grado, los enfermos podían curarse como los tísicos, y al efecto siempre que alguno era atacado, se empleaban para volverle a la salud mil clase de fiestas y regocijos, en las cuales tomaba parte toda la familia. Algunos salvaban, pero la mayoría pasaban al segundo período, llamado «del silencio,» porque hablaban muy poco: todavía en este grado, salvaba uno que otro. Pero si desgraciadamente entraban en el período de los «gruñidos,» entonces era cosa perdida: al cabo de algún tiempo, venía la trasfiguración. Su señora hacía ya dos meses que estaba en el tercer grado.
Mi amigo quedó pasmado y comprendió por qué cuando gruñía el ama de casa hacían todos gestos de resignación.
Al terminar Miguel su cuento, Maximina hacía esfuerzos sobrehumanos para contener las carcajadas que se le escapaban de la boca, viendo lo amoscada que se había puesto Rufa.
En aquel momento entró doña Rosalía con otra señora de su misma traza. Miguel al verlas dejó apresuradamente el paño y el plato que tenía en las manos, para que no le viesen ocupado en tarea tan poco varonil. Después de cambiar algunas palabras, Maximina, sin darse cuenta de lo que hacía, le alargó dos platos diciendo:
--Ya no nos quedan más que siete.
Pero el joven, avergonzado y con muy mal humor, se los rechazó.
--Deje V... Deje V. eso.
La niña ruborizada y confusa exclamó con voz débil:
--¡Como hasta ahora me había ayudado!...
XV