Riverita

Chapter 14

Chapter 143,917 wordsPublic domain

--Mira, vamos a sentarnos al sofá y podremos hablar lo qué queramos... Lo haremos con disimulo; aguarda un poco.

Y después de acercarse al balcón y echar una ojeada a la calle, dijo en voz alta:

--Miguel, tú no has visto los retratos que nos hemos hecho últimamente mamá y yo, ¿verdad?

--Como no hubiera ido a casa del fotógrafo, es difícil...

--Voy a enseñártelos ahora mismo: verás también los de nuestros parientes de Sevilla... Tengo unas primas muy guapas: a ver si te conviene alguna.

Y salió corriendo de la sala.

--¡Qué chiquilla tan viva!--exclamo Miguel volviéndose a su madrastra.

--Sí, muy viva y muy insufrible--repuso ésta con mal humor.

--Es la edad--dijo Miguel, a quien parecía imposible que la brigadiera no hallase graciosa y amable a su hija.

--Nada de eso: ya ha cumplido diez y seis años, y cada día está peor.

Julia entró con un álbum en la mano.

--Ven aquí, al sofá, Miguel, y ten ánimo para ver nuestra colección de fieras.

--Enséñame primero tu retrato y el de mamá para que me infundan valor.

--Aquí los tienes--dijo sentándose al lado de su hermano.--Mira a mamá ¡qué bien está!--Tan guapetona como siempre--añadió guiñando un ojo y apuntando con los labios a su madre, que estaba sentada de espaldas a ellos.--¿No te apetece darla un beso?... Vamos, dáselo...

Miguel acercó, riendo, los labios al retrato. Julita quería desagraviar a su mamá. Ésta, sin levantar la cabeza, y en un tono entre alegre y displicente, exclamó:

--¡Ah, aduladora! Ya sabes que me empalaga el dulce.

Julita hizo otra mueca, se rió, y presentando con extraordinaria viveza su retrato a Miguel, le dijo:

--Eh, ¿qué tal?

--Admirablemente.

--¿No es verdad que con esta mantillita blanca y estos rizos por la frente y estos ojillos entornados, soy capaz de dar el opio a cualquiera?

--Sí, a cualquier cadete--repuso su hermano por lo bajo.

Julita quedó un segundo suspensa, y se puso otra vez encarnada; pero reponiéndose en seguida, le dio un pellizco, diciendo:

--¡Ah granuja! ¿Qué correo de gabinete te ha venido a dar la noticia?

--¡Y yo que soñaba para ti lo menos con un coronel!--siguió en voz baja y reprimiendo la risa.

--¡Ya llegaremos allá!

--¡Diablo! es menester que se pronuncie antes siete veces lo menos; y te lo pueden escabechar fácilmente.

--¡Pobrecillo de mi alma!--exclamó Julita poniendo la cara triste.

--¿Pero le quieres de veras?

--Un poquito.

--Pues él también te quiere a ti: al entrar en esta casa hace un momento, me vino a preguntar con semblante fosco si yo te galanteaba.

--¡Qué tonto!--exclamó la niña roja de placer.--¿Y tú qué le dijiste?

--Que no podía aunque quisiera, porque era tu hermano.

--¿Y él que ha dicho?

--¿De veras es V. hermano de esa joven?

--Y tú, ¿qué dijiste entonces?

--Y tan de veras, aunque de padre nada más.

--Y él ¿qué dijo a eso?

--¡Chica, no me acuerdo!--manifestó Miguel soltando a reír.--¡Qué graciosa estás con eso de _qué dijiste y qué dijo_!

Julia estaba tan interesada y pendiente del relato de su hermano, que no se había dado cuenta de aquellas repeticiones. Quedose un poco cortada; pero concluyó en seguida por reírse de sí misma.

--Mira el retrato de tío Joaquín--dijo en voz alta.--Vivíamos en Sevilla muy cerquita de su casa. Es fiscal de la Audiencia y tiene las tres hijas que vas a ver... ésta es la primera, Sofía.

--¡Uf qué fea!... Dispénseme VV., no he podido remediar este grito...

--Di lo que gustes--manifestó la brigadiera.--Hace ya tiempo que estamos todos en ello.

--Mira la tercera, Gertrudis.

--Pues ésta es más fea aún.

--Aquí está la segunda, Lola.

--¡Demonio, esta es verdaderamente horrible!

Julia se echó a reír diciendo:

--En Sevilla las llaman «las tres circunstancias agravantes.» A la primera Premeditación, a la tercera Alevosía, y a la segunda Ensañamiento, por orden de fealdad.

--Tiene gracia... Cualquier día me voy a Sevilla por una de ellas. ¿Y son esas las primas de que me hablabas?

--No, hombre no: éstas son tías... primas segundas de mamá... Por supuesto, te lo digo en reserva, porque si ellas supieran que yo ando propalando este secreto, serían capaces de asesinarme, ¿no es verdad, mamá?

--Pues que quieran o no--respondió la brigadiera,--son tus tías, y la menor pasa ya de los treinta.

--Oyes, Julia--dijo Miguel hablando otra vez en voz baja.--¿Se te ha declarado ya _ese_...?

--El otro día me puso una carta en la mano; pero yo la dejé caer.

--¿Pues?

--Es un tío lila, ¿sabes?

--¿Pero no acabas de decirme que le quieres?

--¡Qué sé yo si le quiero!--dijo alzando los hombros con displicencia.

--Pues eres la más interesada en el asunto.

--Desde un día en que le vi de paisano con unos pantalones muy cortos, se me ha quitado bastante la ilusión.

--No te apures por eso, chica; es que está creciendo aún... debes alegrarte.

Siguió la conversación todavía un buen rato. Miguel prometió traer al día siguiente sus maletas. Julia, brincando de alegría, le enseñó el gabinete donde iba a dormir en tanto que no se buscase una casa más capaz, como acababa de convenirse entre ellos. Al fin se despidió lleno de gozo, prometiendo venir a buscarlas de noche para llevarlas al teatro.

Al poner el pie en la calle, cortó repentinamente el hilo de sus risueños pensamientos el ver apostado en la acera de enfrente, y en actitud de espera, a lo que podía sospecharse, al cadete enamorado de su hermana.--«Vaya, me parece que voy a tener que andar a pescozones con este majadero»--se dijo. Pero muy contra lo que presumía en aquel momento, el cadete salvó rápidamente la distancia de una acera a otra y arremetió con él con los brazos abiertos, la cara sonriente y rebosando de júbilo.

--Déjeme V. que le abrace, D. Miguel--y lo hizo sin aguardar el permiso.--Acabo de saber, por la portera, que es V., en efecto, hermano «de esa chica,» y me pesa muchísimo de haber tenido con V. esa cuestión...

--¿Qué cuestión?

--La que tuvimos, antes de entrar V... ¡Caramba, si yo lo hubiera sabido!... ¡Cómo había de atreverme! Por Dios, me dispense V.

A Marte, al decir esto, se le había suavizado notablemente la expresión del semblante: la voz tampoco era tan profunda.

--No tengo por qué dispensar a V.--contestó Miguel, zafándose de sus brazos y mirándole entre risueño y admirado.

--¡Y yo que pensaba que era V. mi rival! Le estuve a V. esperando más de dos horas: no quería marcharme a casa sin darle una satisfacción... He perdido la academia por ello.

--Lo siento mucho y se lo agradezco; pero no había necesidad.

--Ahora voy a pedir a V. un favor--dijo vacilando un poco.

--Usted dirá.

--Que venga V. conmigo a beber una botella de cerveza al Suizo.

--No me gusta la cerveza.

--Quien dice cerveza, dice cognac, marrasquino, chartreusse..., en fin, lo que V. guste.

--No tengo inconveniente en ello: lo que sentiré es que, por mi causa, pierda V. alguna otra clase.

--No señor, ya las he perdido todas.

--Pues vamos allá.

Y se emparejaron caminando en dirección al café Suizo. El cadete le dejó respetuosamente la acera.

--Mozo, una copa... ¿de qué, D. Miguel?

--De agua.

--¿Cómo de agua?--dijo sorprendido y un tanto amostazado.

--Es lo único que me apetece en este momento.

--¿Pero?...

--¿No quería V. antes darme una satisfacción?

--Sí señor.

--Pues deme V. ahora la de dejarme beber agua, puesto que tengo sed.

--Bueno; si V. se empeña...--Y dirigiéndose al mozo con voz ronca de mando:

--Con azucarillo y gotas, ¿entiendes? A mí una copa de ron. Tráete además los cigarros, para que escojamos.

Se habían sentado uno frente a otro. El cadete, siempre galante, había obligado a Miguel a sentarse en el diván, mientras él se había acomodado en una silla. Examinábale aquél atentamente sin quitarle ojo, mostrando en el semblante tal gravedad, que a leguas se adivinaba que era forzada. Realmente el cadete era un ser curioso en su aspecto físico. Por su delgadez parecía montado en alambres; tan rubio, que casi daba en albino; el cuello largo como el de las girafas, y con una nuez... Miguel no había visto jamás nuez tan desmesurada: de todo el individuo era lo que preferentemente llamaba su atención.

Vino el mozo con el servicio y los cigarros. Utrilla, que así se llamaba el cadete, se empeñaba en que Miguel escogiese uno.

--No puede ser, querido: esas brevas son demasiado fuertes para mí; yo gasto unos cigarros más flojos... aquí tiene V... si V. gusta...

--Muchas gracias: yo necesito que pique un poco el tabaco; lo flojo no me sabe a nada...

--¡Milagro será--pensó Miguel--que tú te tragues esa copaza y esa breva!

--Pues como le iba diciendo, Sr. Rivera--manifestó Utrilla, comenzando a pegar feroces chupetones al cigarro,--no sabe V. lo que a mí me alarmó verle pasear la calle de su hermanita. En seguida se me subió el tufo a las narices... Los militares somos así... Y dije para mí, entonces: Hay que cortar esto por lo sano y jugar el todo por el todo: o tú o yo. ¿A qué vienen esas rivalidades en que los dos se están odiando, y sin embargo, se aguantan un día y otro sin decirse una palabra? Eso lo puede hacer muy bien un paisano, pero un militar... creo yo... V. bien me comprende. Así que ¡zás! en cuanto vi la cosa seria, me fui derecho al bulto y me aboqué con V...

--Y si yo no hubiera sido hermano de Julia y la galantease, ¿qué hubiera V. hecho?

--Pues nada... hubiéramos ido al terreno.

--¿A qué terreno?

--Al del honor. Nosotros, los militares, estamos más comprometidos que VV., los paisanos, cuando llegan estos casos. A nosotros el uniforme nos obliga a no transigir...

--Con que una muchacha prefiera a otro, ¿verdad?

--No señor, no es eso; entre nosotros hay ciertas leyes... Lo que en otro cualquiera no es cobardía, pongo por caso, en uno de nosotros lo es... Luego hay el espíritu de cuerpo... Si los compañeros saben que V. no ha quedado encima en cualquier cuestión, le dejan de saludar y le obligan a salirse del cuerpo... La verdad es que la milicia es una cosa muy seria, y que no se puede jugar con ella.

--Mucho--afirmó Miguel gravemente, lanzando al aire una bocanada de humo.--¿Y cuánto tiempo hace que es V. militar, Sr. Utrilla?

--En la academia--respondió el cadete después de vacilar un poco y toser--no llevo más que seis meses... pero me he estado preparando antes dos años con un comandante del cuerpo... y en realidad, desde que uno entra en la academia preparatoria, ya se le considera como militar.

--Mucho--volvió a afirmar Miguel inclinando la cabeza.

--Dentro de quince días nos examinamos del primer semestre; si salgo bien, me faltarán cuatro años y medio nada más para salir a teniente del cuerpo...; por supuesto, si no pierdo algún semestre. Hacen falta oficiales; de modo, que lo más probable es que no aprieten mucho... Además, estos quince días pienso estar _empollando_ el álgebra. Soy un hombre muy especial. ¡Caramba, si no fuera su hermanita, algo mejor andaría yo de ella! En dibujo estoy bastante bien... ¡claro, como que mi padre me ha hecho dibujar desde los diez años! En topografía tampoco ando mal. Al único que tengo miedo, es al tío del álgebra... ¡Es un tío más marrajo y más seco! Sale uno al encerado a exponer un teorema, y a lo mejor se equivoca, porque es muy fácil equivocarse... ¿V. cree que se lo advierte? ¡Nada! El muy perro se queda serio como un poste, y V. no sabe que se ha equivocado hasta el fin, después de una hora...

Miguel le escuchaba distraído, pensando en su hermana y en su madrastra, echando cálculos alegres sobre la vida feliz que iba a hacer en su compañía, recordando con placer los pormenores de la entrevista que con ellas acababa de tener.

Cuando el cadete hizo una pausa, le preguntó por hablar algo:

--¿Y V. es natural de Madrid?

--Sí, señor; he nacido aquí, y aquí me he criado... Mi padre tiene una fábrica de bujías esteáricas en las afueras, cerca de los Cuatro Caminos... acaso V. la haya visto... ¿no?... pues si V. va por allí algún día de paseo, no tiene V. más que preguntar por mí, y le dejarán pasar a verla. O mejor será, que el día que V. quiera ir allá, me avise, y le acompañaré, con tal que sea después de los exámenes. Mi padre es viudo, y tiene tres hijos; el último de ellos soy yo; mi hermano primero es el que corre ahora con la fábrica; mi hermana Eugenia está casada con un agente de Bolsa... A mí también quería meterme mi padre en estos líos, pero yo soy un hombre muy especial; basta que me manden una cosa, para hacer la contraria. A mí siempre me gustó mucho la vida del militar; hoy aquí, mañana allí, unas veces con mucho dinero, otras veces sin una peseta.

--¿De modo, que a V. le gustaría viajar, conocer países?

--Sí, señor, muchísimo; yo soy un hombre muy especial en eso.

--¿Y qué necesidad tiene V. de hacerse militar para ello? ¿No se puede viajar de paisano?

--Claro; habiendo dinero... Pero a mí me gusta viajar de cierto modo; estando en un pueblo quince días, en otro un mes... y luego que siendo uno militar, en todas partes se le recibe con los brazos abiertos... Las chicas se mueren por el uniforme... ¡Es una tontería, por supuesto!--añadió sonriendo y dejando bien traslucir que no la tenía por tal, sino por una prueba grande de sabiduría.--Mire V., a mí no me gusta el uniforme; soy un hombre muy especial. Los primeros días, me lo ponía con entusiasmo; pero ahora ya me apesta... Además, como uno tiene que saludar a todos los oficiales, ¡y hay tantos en Madrid!...

El cadete siguió todavía bastante rato hablando de sí mismo con voz de bajo profundo, contándole cien mil cosas que no le importaban nada, y afirmando a cada instante que era un hombre muy especial. Miguel no podía adivinar en qué consistía esta especialidad, como no fuese en la nuez, que, en efecto, cada vez le parecía más especial. Observó también que estaba un poco más pálido que al principio, lo cual le movió a preguntarle por dos veces si se sentía mal, pero el cadete afirmó rotundamente que se encontraba admirablemente. No obstante, allá a lo último, se puso en pie, confesando que la atmósfera del café estaba algo pesada y que sería bueno dar una vueltecita entre calles, a lo cual accedió muy gustoso su compañero.

Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero éste, sea porque juzgase a Miguel con más edad y carácter para el caso o por otra causa que no es fácil adivinar, rechazó el dinero que el cadete le ponía en la mano y tomó la moneda que aquél le ofrecía. ¡Aquí fue Troya! El cadete se indignó con esta acción, de un modo indecible, se puso aún más pálido de lo que estaba, echó tres o cuatro ternos redondos con la voz más cavernosa que halló entre sus registros, y amenazó con estrangular al mozo acto continuo. Esfuerzos inauditos costó a Miguel sosegarle, y solamente lo consiguió con la promesa de que vendría otro día a tomar cualquier cosa para que él la pagase. Apesar de esto salió del café taciturno y sombrío; aquello de que Miguel hubiese pagado siendo él quien le invitara, parecíale el colmo de la humillación. Todavía cuando iba en dirección a la puerta cruzando por entre las mesas, se volvió dos o tres veces para lanzar una mirada de desafío al mozo, que ya estaba sirviendo a otros parroquianos sin hacer caso.

Una vez en la calle, Utrilla se mostró mucho menos locuaz. Miguel se vio precisado, para sostener la conversación, a hacerle preguntas a las cuales contestaba cada vez con más concisión. Al poco rato se detuvo repentinamente y manifestó que no se sentía nada bien. Decir esto y arrimarse a un portal y echar los hígados por la boca, fue todo uno.

--¿Le habrá hecho a V. daño el cigarro?--le preguntó Miguel.

--¡Cá, no señor!... No comprendo lo que pudo ser... Acaso el ron que me dieron estaría malo.

--Sin embargo, el cigarro... V. escupía mucho...

--No señor, no; estoy acostumbrado.

Viéndole aún bastante pálido y desfallecido, Miguel llamó a un coche de punto, le hizo subir a él y le condujo a su casa, situada en la calle del Sacramento. El cadete, apesar de su mal estado, quería descoyuntarse dándole las gracias.

FIN DEL TOMO I

* * * * *

RIVERITA

NOVELA DE COSTUMBRES

POR

ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ Libertad, 16 duplicado 1886

TOMO II

I

Miguel no fue tan feliz como había imaginado viviendo con su madrastra. Aunque Julita le proporcionaba con su alegría infantil y cándido donaire gratísimos momentos, estaban amargamente compensados éstos por el malestar que le producía el carácter rígido, inflexible, de la brigadiera. Este carácter no tenía ocasión de manifestarse con él, porque evitaba escrupulosamente todo motivo de choque o disgusto; pero se mostraba en toda su violencia y a cada hora del día con su hija Julia. No podía hacer la pobre niña nada, fuese tuerto o derecho, que mereciese su aprobación; era un ordenar constante de la mañana a la noche, primero una cosa, después otra, a menudo cosas contrarias, lo que producía disgustos, conflictos y escenas ruidosas. Julia tenía ocupados todos los minutos del día; cinco horas de piano, dos de bordado, dos de estudio, etc. Por nada en el mundo podía infringirse este régimen despótico: la menor infracción costaba muchas lágrimas. Si por impaciencia, o arrastrada de su genio vivo y desenfadado, contestaba alguna cosa que oliese de cien leguas a falta de respeto, ya podía prepararse: la brigadiera se erguía como una fiera, la llenaba de insultos, y olvidándose a menudo de lo que debía a su propia dignidad, y apesar de los años de Julita, la pellizcaba cruelmente, la abofeteaba y la tiraba de los cabellos:--«¡A su madre no se contesta jamás; se obedece y se calla, aunque no tenga razón!»--Eran las palabras que siempre salían de su boca en casos tales. La brigadiera tenía de la patria potestad la misma idea que los romanos; no había límites para ella. Cuando se efectuaba alguna de estas escenas, y por desgracia eran demasiado frecuentes, siempre concluían del mismo modo: Julita se iba a llorar la reprensión, los pellizcos o las bofetadas a su cuarto; su madre no volvía a hablar con ella, ni a dirigirle siquiera una mirada: para que hubiese reconciliación, era necesario que Julia fuese a ponerse de rodillas delante de ella, y cruzadas las manos en el pecho, como estaba acostumbrada desde niña, la pidiese perdón. Sólo así lograba entrar en su gracia.

Poco tiempo después de haberse trasladado Miguel, fue testigo de una de las más repugnantes escenas de este género. Cuando terminó con el piano una mañana, Julita se fue al comedor, y _motu propio_, por su extremada inclinación al aseo, sacó toda la vajilla de los armarios y se puso a limpiarla esmeradamente y a colocarla de nuevo en su sitio. Empleó en la tarea mucho más tiempo de lo que había imaginado: cuando tornó al gabinete donde su madre se hallaba, ésta le preguntó con la aspereza acostumbrada si había cosido un vestido que se le había roto el día anterior.

--Todavía no--contestó Julita tranquilamente.

--¿Y qué te has hecho toda la mañana? ¡holgazana! ¡más que holgazana!--exclamó la brigadiera con ira.

Julia, que estaba muy ufana de su labor y que pensaba dar una sorpresa agradable a su madre, le dijo riendo:

--¿Mamá, tiene V. vergüenza para llamarme holgazana?

Nunca lo hubiera dicho. La brigadiera, sin oír más, se lanzó sobre ella, la cogió por un brazo y la sacudió tan fuertemente, que la chica perdió el equilibrio y cayó al suelo, dando con la cabeza sobre un pie del piano: lanzó un grito y se llevó la mano a la cabeza, de donde corría un hilo de sangre. La brigadiera, terriblemente asustada, pálida como una muerta, se arrodilló cerca de su hija, la incorporó, y empezó a besarla frenéticamente, mientras Miguel iba corriendo a su cuarto en busca del frasco del árnica. Pusiéronla inmediatamente una compresa, sujetándola con una venda, y gracias a esto la herida quedó pronto cerrada. Julia no tardó en serenarse: su madre también se calmó poco a poco. Pero todavía mientras la quitaba la sangre de la cara con un paño mojado, no podía menos de dar suelta a su genio exclamando:

--¿Lo ves? Esto te ha sucedido por desvergonzada.

La brigadiera, aunque parezca extraño después de lo que acabamos de decir, amaba a su hija; pero la amaba a su manera, mortificándola sin cesar para plegarla de un modo incondicional a su voluntad. La voluntad era la facultad dominante, característica de su espíritu; todas las demás, el entendimiento, la sensibilidad, la memoria, estaban avasalladas por ella, hasta poder dudarse algunas veces de si existían. Ante el capricho más insignificante, la ternura y hasta el amor maternal huían a esconderse; pero sería injusto afirmar que estaba desprovista de ellos. La prueba es que en el momento en que su hija se ponía enferma, no se apartaba de ella un instante, ni de día ni de noche. Verdad es que, aun en tal estado, su voluntad no dejaba de seguir activa, haciéndole tragar las medicinas con terrible exactitud, no consintiéndole sacar un brazo fuera, ni dar tantas vueltas, etc., etc. Esto era irremediable. Además, para vestir a Julia con elegancia, para proporcionarle una educación brillante, no le dolía gastar todo su caudal, ni aun sacrificar sus propias comodidades. Mientras estuvo en Sevilla pudo competir en vestidos y sombreros con las hijas de las familias más aristocráticas. A esto se debía, por supuesto, la gran merma que sobrevino en la hacienda que el brigadier la había dejado.

No obstante el régimen severo en que su madre la tenía aprisionada y el feroz despotismo que sobre ella ejercía, Julia no era tan desgraciada como pudiera presumirse. La naturaleza la había dotado de un carácter alegre, bondadoso y algo tornadizo, y este carácter la salvaba de una desdicha cierta; las impresiones en ella duraban poco y se sucedían con pasmosa rapidez; pasaba con increíble facilidad del llanto a la risa, y de la risa al llanto; era incapaz de meditar sobre las injurias que la hacían, ni menos de guardar por ellas el más leve rencor. Además, como estuvo toda su vida bajo el poder y la vigilancia de su madre, no pensaba que hubiera más vida, y estaba tan acostumbrada a sus filípicas que, cuando no eran extraordinarias, las escuchaba como un ruido enfadoso, y se autorizaba una que otra vez, si el temporal no era muy recio, ciertas salidas graciosas, aunque atrevidas.

--Mamá, me ha dicho una persona bien enterada que en el purgatorio acaban de suprimir los pianos. Hasta allí se van mejorando las costumbres.--Mamá, ¿será faltarte al respeto decirte que hoy te has echado muchos polvos de arroz?--Mamá, si yo tuviese una hija, por lo menos un día a la semana, la dejaría dormir cuanto quisiera.

Estos donaires, cuando subían de punto, solían costarle bastante caros.