Chapter 13
Averiguó que su madrastra había venido a vivir a Madrid para cobrar más puntualmente la viudedad, y que habitaba un cuarto tercero en la calle del Barco; esto le hizo sospechar que la hacienda de su pobre hermana había sufrido fuerte menoscabo, si es que no había volado enteramente. Tan luego como supo el domicilio de ellas se constituyó en asiduo paseante de la calle y comenzó a espiar los balcones de la casa con el celo y la insistencia del más rendido galán; pero los balcones permanecían herméticamente cerrados como los de un convento; por más que hizo nunca logró ver a Julia. Apeló entonces a los medios que suelen emplear los tenorios callejeros; sobornó a la portera y pudo cerciorarse de que su madrastra habitaba allí en efecto hacía tres meses; pero su hermana había ido a pasar una temporada al campo con unos amigos por no encontrarse bien de salud. Renunció por entonces a pasear la calle aguardando su regreso. Y al cabo de algún tiempo sucedió lo que vamos a ver.
Cierta tarde de verano hallábase Miguel sentado en una de las sillas del Prado con el cigarro en la boca disfrutando voluptuosamente de la amenidad del sitio y de la temperatura, que no podía ser más agradable en aquella hora. El vasto salón arenoso comenzaba a poblarse de los que como él salían después de comer a gozar del fresco. Nuestro joven, con mirada indiferente veía cruzar por delante de él grupos de señoras unas veces, otras paseantes solitarios, niños con sus ayos o niñeras; la disposición de su espíritu no era hacía ya algunos días tan alegre como antes; el encuentro con su madrastra le había perturbado bastante, inclinándole a los pensamientos serios y tristes. Los cuatro años de vida placentera le habían hecho olvidarse de entrar en sí mismo, recordar su historia, meditar sobre lo presente y lo porvenir. Al tropezar con aquellos restos de su familia despertaron súbitamente en su alma mil recuerdos dolorosos y alegres de la infancia, presentimientos y dudas que le tuvieron por algún tiempo melancólico. Hallábase, pues, enfrascado en tristes cavilaciones, como ordinariamente le acaecía siempre que estaba solo, cuando acertó a ver a lo lejos dos señoras, cuya figura le trajo a la memoria en seguida a su madrastra y hermana. Según fueron acercándose, pudo cerciorarse de que no eran otras. Le dio un salto el corazón, y vaciló un instante entre marcharse antes que llegasen o permanecer en su sitio. Optó al fin por esto último y aguardó. Pronto le divisaron, porque había pocas personas sentadas; la brigadiera arrugó la frente en testimonio de desagrado y pasó sin dirigirle una mirada. Julia también cruzó sin mostrar que reparaba en él; mas a los pocos pasos volvió la cabeza, y a espaldas de su madre le envió una sonrisa y le hizo una serie de muecas y saludos afectuosísimos, aunque reprimidos; después con rápido y gracioso ademán acercó la mano al pecho, arrancó un clavel que llevaba y lo tiró al suelo. Miguel corrió al instante a recogerlo; al bajarse sintió unos pasos precipitados detrás y vio frente a sí al levantarse a un cadete de Estado Mayor, flaco y larguirucho como una espina, quien le dirigió una mirada torva y colérica y hasta tuvo conatos de abocarle; pero después de vacilar un instante siguió caminando aunque volviendo a menudo la cabeza para mirarle de arriba abajo con expresión nada pacífica. Miguel, sin hacerle caso, cambió todavía de lejos una sonrisa con su hermana y llevó el clavel a los labios.
Cierto, no dejaba de ser interesante la situación de ambos hermanos, obligados para testimoniarse su cariño a esconderse como dos amantes contrariados y a emplear toda la astucia y disimulo que éstos usan. Miguel sabía apreciarla y la gustaba, y hasta se placía e interesaba en ella, por más que la deplorase con interminables lamentaciones cuando se hallaba entre amigos. Comenzaron a escribirse por medio de la portera, se hacían señas desde el balcón y la calle respectivamente, citábanse para las casas conocidas, y burlando la vigilancia de la terrible brigadiera, se daban besos apasionados en los corredores. ¡Cuántas veces en sus cartas se hizo mención de aquel día infausto en que Miguel dejó caer a su hermanita sobre el borde de la cuna! ¡Cuántas hablaban de la particular afición que Julita tenía a despeinarle! Miguel le escribía: «Aún siento, picaronaza, tus manos entre mis cabellos y aún me duelen los tirones que me dabas. Media hora por lo menos tardaba tu doncella Rosalía en ponerme la cabeza como la de un querubín; y tú ni un segundo siquiera en dejármela como una selva enmarañada! ¿Conservas fidelidad a los gatos? Si la raza felina no te ha hecho apurar la copa del desengaño, te proporcionaré cuando quieras un variado concierto: aún mayo con bastante afinación.» Julia le contestaba: «Si piensas que se me ha quitado la manía de despeinarte, te equivocas. Cuando te veo en los salones tan perfumado y elegante, hecho un dije de reloj, ¡no sabes lo que daría por achucharte, por chafarte la camisa, por meter las manos entre esos pelos tan rizaditos y engomados ¡simploncillo! y ponerlos tiesos como un escoba! Eres tonto de remate; como sabes que eres guapo no hay quien te sufra...»
Al fin Miguel halló el medio de reconciliarse con su madrastra. El cariño cada día más grande a su hermanita le hizo pensar que la había despojado de una parte considerable de fortuna: su padre no había obrado con toda justicia al mejorarle: las mujeres necesitan siempre un dote proporcionado a su educación, porque no pueden vivir de su carrera como los hombres. «Después de todo, se decía, aunque mi padre me quisiera mucho, no hay duda que al redactar el testamento ha obedecido en cierto modo al deseo de venganza. ¿Y qué culpa tiene mi pobre hermana del carácter altivo y dominante de su madre?» Por otra parte, le dolía verla en un cuarto tercero viviendo con relativa estrechez mientras él gozaba de todos los atractivos del lujo. Estas imaginaciones fueron labrando en su cerebro una decisión que al cabo formuló por escrito en carta a su madrastra: escribiole sin decir nada a Julia suplicándole le concediese una entrevista «para tratar de asuntos que a ella y a su hija interesaban mucho.» La carta, aunque seria, era afectuosa y dejaba traslucir intentos generosos y deseos vivos de reconciliación. La brigadiera le contestó muy atenta citándole para el día siguiente a las tres de la tarde en su casa. Aquella noche apenas pudo dormir nuestro joven bajo la obsesión de mil pensamientos afanosos y cambios súbitos de temor y de alegría: los nervios se le desbocaban fácilmente y no era poderoso a sujetarlos.
Después de almorzar, o de haber intentado hacerlo, porque apenas pudo pasar bocado, después de haberse vestido con pulcritud, después de haber estado algunos minutos en el café tomando maquinalmente una copa, de _chartreusse_, se encaminó con paso vivo a la calle del Barco, imaginando lo que había de decir a su madrastra y gozando con la grata perspectiva de la reconciliación. Al llegar a la esquina de la calle de la Puebla procuró refrenar el paso y tranquilizarse: mas al doblar la del Barco alcanzó a ver a lo lejos aquel cadete desgalichado que tan ferozmente le había querido interrumpir cuando recogió en el paseo el clavel de su hermana. Ya le había tropezado otras muchas veces en la misma calle con los ojos puestos en el balcón de Julia.
El cadete, al verle pasear la misma calle y al parecer con los mismos intentos, le arrojaba miradas provocativas, cencellantes, cargadas del tradicional desprecio que el elemento militar ha sentido siempre hacia el civil tratándose de empresas amorosas. Pero Miguel, con la imprevisión temeraria de la juventud, hacía caso omiso de este desprecio, y solía contestar a aquellas miradas con una sonrisa dulce y un si es no es burlona que iba amontonando la cólera en el pecho del feroz cadete. La tempestad rugía ya sobre la cabeza de nuestro joven, y él seguía tan sosegado como si estuviese bajo un cielo azul y sereno. Como caminaban en sentido contrario no tardaron en acercarse y pasar uno al lado de otro, repitiéndose la misma torva mirada por parte del militar y la idéntica sonrisa por la del paisano. Miguel cruzó a la acera de enfrente para entrar en casa de la brigadiera; mas antes de efectuarlo oyó una voz cavernosa a su espalda:
--Cabayero; oiga V.
Volviose y se encontró frente a frente del cadete.
--¿Qué se le ofrecía a V.?--le preguntó sonriendo.
El cadete vaciló un instante, puso sus ojos sanguinarios en el suelo y dijo con voz bronca de adolescente que está en la muda:
--Cabayero, quisiera saber si V. está «en relaciones» con esa chica del número quince...
--¿Del número quince?--dijo Miguel, más risueño aún.
--Sí señor, cuarto tercero.
--Pues en efecto, estoy en muy buenas relaciones; sí señor.
Hubo unos segundos de silencio. El hijo de Marte, apesar de su innata ferocidad, quedose un poco turbado. Al fin rompió a trompicones diciendo:
--Pero bien... esas relaciones... yo hace tiempo que la hago el oso... quisiera saber si es V. novio...
--¡Ah! eso es otra cosa: para que yo sea novio de ella hay una pequeña dificultad; y es que soy su hermano.
El cadete levantó los ojos, donde se pintaba el asombro, la alegría, la duda y algunas otras emociones secundarias que sería prolijo enumerar.
--¿Pero de veras es V.?...
--De padre nada más; no se asuste V.
Al cadete no le hizo efecto esta rectificación; siguió expresando con los ojos los mismos sentimientos, con idéntica viveza. Después, acometido súbito de una idea, la de que aquel paisano «se estaba quedando con él» se puso otra vez fruncido y enfoscado y volvió a sacar la voz de las profundidades de su pecho.
--Cabayero, yo no consiento que nadie se _guasee_ conmigo.
--Hace V. perfectamente; aplaudo esa decisión.
--Es que... yo no creo que V. sea hermano de esa señorita...
--También está V. en su derecho; si le repugna creerlo, nada, nada, por mí no se violente V.
--Es que yo...
--Siento en el alma no traer la fe de bautismo en el bolsillo; pero si V. no tiene cosa más urgente que hacer, puede pasarse por la sacristía de la iglesia de San Ginés y allí le enseñarán el libro parroquial donde consta mi nacimiento y el de mi hermana... Si V. desea una tarjeta para el sacristán se la daré... ¿No la quiere V.?... Bien, pues V. me dispensará, caballero; me aguardan en este momento... Miguel Rivera, para servir a V....
Y giró sobre los talones y se metió pugnando por no reír en el portal de la casa de su madrastra. Una vez dentro de él, quedose repentinamente serio al pensar que antes de tres minutos iba a encontrarse frente a ésta. Era un momento solemne. Subió lentamente la escalera, creciendo su emoción a cada peldaño que iba salvando. Cuando llegó arriba estaba tan conmovido que no se atrevió a que le viesen en aquel estado: descansó algunos momentos procurando serenarse, y después que lo hubo conseguido a medias, cogió el llamador con mano temblorosa, tirando de él suavemente. Esperó un rato sin que nadie viniese: cuando ya iba a tirar segunda vez, oyose una voz adentro que decía con tono imperioso:
--¡Que han llamado!
Le dio un vuelco el corazón: era la voz de su madrastra. Al instante se abrió el ventanillo y le preguntaron:
--¿Qué deseaba V.?
--¿La señora viuda de Rivera?...
--Sí señor--dijo la criada abriendo la puerta.
En aquel momento Miguel estaba, sin saber por qué, completamente sereno.
--¿Cómo es su gracia?
--Miguel Rivera.
--Voy a avisar: tenga V. la bondad de aguardar un instante.
En cuanto nuestro joven se quedó solo, oyó unos pasos vivos y menudos, y divisó en la esquina del corredor a Julia que asomó la cabeza nada más para ver quién era «la visita.» Al encontrarse con su hermano, descubrió todo el cuerpo y se quedó pasmada, estática, mirándole fijamente con marcada expresión de susto. Esta actitud hizo comprender a Miguel que la brigadiera nada le había dicho de la carta ni de la cita. Después avanzó lentamente hacia él manifestando siempre la misma sorpresa mezclada de terror, sin hacer caso de la sonrisa tranquilizadora de su hermano: cuando éste la tuvo cerca, avanzó también algunos pasos, y cogiéndola por la cintura, la dio un par de sonoros besos en las mejillas. Entonces el susto de Julia llegó a su colmo: se arrancó con extraordinaria violencia de los brazos que la sujetaban, se puso terriblemente pálida y se llevó el dedo a los labios, diciendo con voz de falsete:
--¡Por Dios, Miguel, por Dios... que está ahí mamá!
La criada apareció en aquel instante por el otro extremo del corredor.
--Puede V. pasar cuando guste, señorito.
Miguel hizo una mueca risueña a su hermana, le dijo adiós con la mano y se dirigió con paso firme a la sala, precedido de la criada, quien al llegar a la puerta levantó la cortina y le dejó el paso.
La brigadiera Ángela, que estaba sentada en una butaca, se levantó al ver a Miguel, pero no avanzó a su encuentro. Tenía la misma figura gallarda y arrogante, mas el rostro estaba notablemente ajado; dibujábase en torno de sus ojos un círculo grande azulado, y surcaban su frente dos profundas arrugas, señales que acreditaban la violencia y soberbia de su genio: los negros y sedosos cabellos que Miguel admiraba en otro tiempo, blanqueaban ya por tantos sitios, que eran más grises que negros: vestía una bata de seda, también ajada, y ajados estaban también los muebles de la sala, y ajadas las cortinas y la alfombra. Todo lo advirtió el hijo del brigadier de una sola pero intensa mirada, y no sin pena, recordando el antiguo esplendor de su casa.
--¡Oh, mamá! ¿cómo sigue V.?--dijo avanzando con efusión hacia ella.
--Bien, ¿y tú, Miguel?--contestó tendiéndole una mano.
Miguel, que iba decidido a abrazarla, se detuvo ante aquella actitud y se contentó con tomarle la mano y apretarla contra su pecho. Y reteniéndola aún entre las suyas, exclamó:
--¡Cuánto tiempo!...
--¡Mucho, sí!... Trae una silla y siéntate.
Pero Miguel, sin hacer caso, siguió en pie, y volvió a exclamar, arrasados los ojos de lágrimas:
--¡Pobre papá!
La mano de la brigadiera tembló un poco dentro de las suyas; pero soltándose en seguida, le señaló de nuevo una silla.
--Siéntate, Miguel, siéntate.
Obedeció, colocándose al lado de la butaca de su madrastra, y metiendo las manos entre las rodillas y la barba en el pecho, guardó silencio: algunas lágrimas le resbalaron lenta y calladamente por las mejillas.
--¿Hace mucho tiempo que has concluido la carrera, Miguel?--le preguntó en tono natural la brigadiera al cabo de un rato.
--Hace dos años nada más--repuso secándose los ojos con el pañuelo.
--¿Y qué te haces ahora?
Esta pregunta seca y hecha en un tono más seco aún, cortó la tierna emoción que embargaba a nuestro joven en aquel momento y le dejó un poco embarazado.
--Poca cosa... Me divierto lo más que puedo.
--Sí, sí, ya lo he sabido, que eres un joven a la moda.
--Las modas duran poco; pasaré como han pasado las trabillas y las corbatas de suela...
La conversación iba a tomar un sesgo demasiado frívolo, y Miguel lo cambió preguntando con interés:
--¿Y VV. qué tal se encuentran en Madrid, mamá?
--A mí me sienta bien este clima... a Julia no tanto.
--¡Pobrecilla!... acostumbrada al calor de Sevilla, el frío de este pueblo no le hará mucho provecho seguramente.
--Yo también estaba acostumbrada al calor cuando vine hace años, y sin embargo no me ha hecho daño;... depende de las naturalezas...
--¿Pero Julia se ha puesto mala aquí?--preguntó Miguel, aunque ya lo sabía.
--Ha tenido un catarrillo pertinaz, pero la he mandado a Mejorada unos días con mi prima Rafaela, y se ha puesto buena.
--Es una chica muy graciosa... ¡Caramba cómo se ha desarrollado, y qué monísima se ha puesto!
--Tus flores no tienen gran valor en este caso--dijo la brigadiera sonriendo nada más que con el borde de los labios.
--¿Por qué? ¿Porque soy su hermano?... No crea usted que influye tanto en mi juicio esa circunstancia; la juzgo desapasionadamente, como un extraño... como un joven a la moda--añadió devolviendo irónicamente a su madrastra el calificativo que le había dado. Y por si esto pudiera ofenderla, dijo después:
--Usted, mamá, debe escuchar con gusto que Julia es guapa, porque además de ser su hija, se le parece notablemente.
--Tampoco admito esa flor encubierta... ¡Te has vuelto muy galante, Miguel!--repuso la brigadiera dignándose sonreír afablemente.
Más había de galantería que de verdad en lo que aquél acababa de decir. Aunque la brigadiera había sido bella, acaso más que su hija, ésta no se le parecía sino en la forma de la frente, estrecha y delicada, y en la boca. Los ojos de Julia eran más chicos que los de su madre, pero más vivos, y de un mirar suave y halagüeño, que nunca los de ésta habían tenido; la nariz no era tampoco aguileña, sino recta y fina. En la figura aventajaba mucho la madre a la hija, y en el color también, para los que prefieren las blancas a las morenas. Julita era una muchacha más bien baja que alta, pero muy bien proporcionada; tenía el talle esbelto y airoso como pocos; todos sus ademanes eran vivos y resueltos y estaban impregnados, si vale la palabra, de una gracia singular; el color tostado en demasía, acercándose mucho al de las gitanas, con las cuales guardaba más de este punto de semejanza; los cabellos idénticos a los de su madre cuando tenía su edad, negros, sutiles y lustrosos, y cayéndole en rizos sobre la frente. No era la hermana de Miguel un dechado de belleza, o lo que es igual, no poseía la pureza y corrección de líneas generadoras de la armonía (la cual es más aparente que real algunas veces); pero en cambio llevaba en sus ojos, en su garbo, en su sonrisa, el brillo y la sal de Andalucía.
Miguel no sabía cómo dar a la conversación un giro elevado y noble, acomodado a los sentimientos que agitaban su alma. Hubiera querido hablar de su padre, de su bondadosísimo padre, a quien tanto había amado; de buena gana hubiera recordado también los pormenores de su infancia, por más que en ella la brigadiera no desempeñase un papel muy grato; dispuesto estaba a olvidar todas las heridas, todos los desdenes y acordarse únicamente de los cortos momentos de dicha que había disfrutado; hasta los castigos de su madrastra adquirían, con la velada luz de los años, y al través de la súbita ternura que se había apoderado de él, un aspecto maternal que borraba su injusticia; por su gusto se reiría, trayéndolos a cuento como hacen algunas veces los hijos cariñosos después que llegan a hombres. Pero la actitud reservada, aunque atenta y afable de la brigadiera, le imponía respeto y le cortaba los vuelos para desahogar el pecho. Por otra parte, deseaba también entrar en la cuestión de intereses y no se atrevía, temiendo ofender su orgullo. Después de hablar algunos minutos todavía en el mismo tono indiferente, más propio de una visita de amigo que de una entrevista tan grave y solemne como debía ser aquella, procuró encauzar la conversación hacia lo que quería, hablando mucho de sí mismo, de sus tristezas y de su porvenir.
--No son todo flores en la vida, mamá: aunque me encuentre en una posición desahogada y pueda disfrutar de los placeres que ofrece la corte a los jóvenes, no soy tan feliz como el mundo supondrá seguramente. Tengo muchísimos momentos de murria, de tristeza, acordándome de que vivo solo, que me falta el calor de la familia, el cual no puede reemplazarse con nada... Mi tío Manolo, ya sabe V. como es... muy bueno, muy cariñoso... pero... ocupado exclusivamente en divertirse... Y el hombre no vive sólo con el recreo de los teatros, de los cafés y de los bailes. Cuando hay un poco de corazón, se apetece otra cosa...
--¿Por qué no te casas?--dijo la brigadiera secamente y sin levantar la cabeza.
--El casarse no es un acto tan libre como parece a primera vista... Se casa uno cuando llega la hora y una porción de circunstancias se han juntado para ello... Casarse porque sí, por una determinación de la voluntad, sin haberse enamorado antes de una mujer y sin juzgarla digna de llamarla esposa, me ha parecido siempre insensato... Además, en Madrid, en las sociedades que yo frecuento, se encuentran muchas jóvenes bonitas, elegantes, que tocan el piano admirablemente, y cantan a veces como las tiples que se _chichean_ en el Real, y a veces pintan acuarelas y paisajes al óleo demasiado verdes, y escriben cartas a los novios con bastante ortografía... pero buenas esposas y buenas madres de familia, ¿cree V. que se encuentran con tanta facilidad?
--¡Bah!
--No lo crea V., mamá... En fin, a mí no me ha llegado aún la hora... Y mientras que me llegue, lo estoy pasando mal. Me sobra gran parte de la renta que tengo, y si no hago mal uso, no sé qué hacer de ella...
Miguel guardó silencio un instante, y después de vacilar, dijo tímidamente:
--Si V. me lo permitiera, la partiría de buena gana con mi hermana...
--Bien--dijo la brigadiera con voz un poco temblorosa.
--¿Y consentiría V. que me viniese a vivir con ustedes?
--¿Por qué no?
--¡Oh mamá!--exclamó Miguel enternecido;--me hace V. feliz con esa respuesta. ¡Tengo unos deseos tan vivos de vivir con VV.!...--Y apoderándose al mismo tiempo de una mano de la brigadiera, la besó con efusión repetidas veces, mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.
--¡Vamos, que no me negará V. que tengo un corazón muy sensible!--dijo riéndose de su propia emoción, como tenía por costumbre.
A la brigadiera no le pareció bien esta salida y se quedó seria. Ni era fácil que penetrase jamás el verdadero carácter de Miguel, y lo que aquellos arranques significaban. No obstante, se mostró después todo lo amable y expansiva que le consentía su naturaleza, lo cual pudiera muy bien achacarse, sin ser mal pensado, a la promesa que Miguel acababa de hacer respecto a su fortuna, por más que ella en la apariencia no le hubiese concedido ninguna importancia. Mas el hijo del brigadier era tan dichoso con aquella reconciliación y con la perspectiva de vivir en la misma casa de su hermana, que prefirió creer que también su madrastra se enternecía y se gozaba en tenerle nuevamente por hijo.
Cuando más embebido se hallaba en la conversación, sintió que unas manos chiquititas le sujetaban la cabeza por detrás, y se la despeinaban con furia. Era Julia que había entrado de puntillas sin ser notada.
--¡Al fin has caído en mis manos! ¡Abajo los peluqueros!
--¡Y tú en las mías! ¡Arriba las niñas sevillanas!--dijo Miguel sujetándola para darla un beso.
--¿De dónde sacas tú, fatigoso, que yo soy de Sevilla?--repuso Julita con marcado acento andaluz, y comiéndose más de la mitad de las letras.--Yo soy gata, y muy gata, y porque soy gata, te araño y te arranco estos ricitos tan cucos de donde cuelgas los corazones.
--¿Hay alguno colgado?--preguntó Miguel riendo y dejándose sobar pacientemente.
--Vamos, basta, Julia--dijo la brigadiera sonriendo también.
--¡Oh, no!--contestó aquélla, siguiendo con más ardor en su tarea.--¿Tú te has figurado que se puede echar impunemente flores a una chica que no hace tres meses siquiera que ha llegado de Sevilla? ¡Y qué flores, Virgen del Amparo, qué flores tan cursis! ¡Que me he desarrollado! ¡Que soy muy mona!... Anda, tonto; ¿te figuras que sólo en Madrid se desarrolla la gente?
--¿Y cómo sabes tú que te ha estado echando flores?--le preguntó su madre, clavándola una mirada terrible.
Julia se puso encarnada hasta las orejas.
--Lo he oído por casualidad al cruzar por el pasillo...
--¿Casualidad, eh?--dijo la brigadiera con sonrisa sarcástica.--Pierde cuidado, que ya me encargaré yo de que no se repitan esas casualidades.
Julia se turbó ante la amenaza de su madre: quedose un momento pensativa y triste; pero en cuanto aquélla bajó la cabeza para continuar su labor, hizo un mohín gracioso y alzó los hombros en señal de indiferencia. Colocada en pie al lado de su hermano, siguió acariciándole los cabellos y la barba. Miguel se había quedado también repentinamente serio. Al cabo de un momento, Julia, metiéndole la boca por el oído, le dijo muy quedo: