Chapter 11
Cuando bajaron al comedor, estaba ya reunida la familia. Como era costumbre, todos aguardaban en pie al jefe de ella, quien después de saludarles grave y cortésmente, se sentó y les invitó a sentarse con un ademán tan imponente y señorial, que Miguel no pudo menos de sonreír. Nadie más que él sonrió: los demás, incluso Valle, que era ya un personaje político, aceptaban aquella severa etiqueta, persuadidos de que practicándola, se alejaban del vulgo y ganaban en prestigio y respetabilidad. Miguel, exagerando un poco el desdén que le inspiraba tal farsa, decía para sí:--«¡Pero, señor, esta es una familia de sainete!» Durante el almuerzo se habló de varios asuntos políticos y domésticos, pero siempre con el mayor orden, sin que bajo ningún pretexto se quitasen la palabra unos a otros; después que todos expresaban su opinión, D. Bernardo solía resumir y dar la suya, y en su defecto, lo hacía Valle, como segunda persona de la casa. Casi siempre coincidían todos en el modo de ver las cosas; cuando así no era, se mostraban tal deferencia los unos a los otros para contradecirse, que concluían por estar conformes. Alzar la voz para discutir se consideraba allí como la manifestación más acabada del mal gusto; sólo en las tabernas se disputaba a gritos. A veces había también sus rasgos de ironía, sus chistes; Carlitos y Valle se autorizaban algunos; entonces todos sonreían con benevolencia y hasta se reía suave y discretamente, nunca con fuertes o sonoras carcajadas. En casi todos los asuntos que en la mesa se trataban, manifestábase claramente el desdén que la mayor parte de las cosas y personas inspiraba a aquella privilegiada familia, y el íntimo convencimiento que todos profesaban de su indiscutible superioridad. Esta superioridad era el dogma de la casa.
Enrique tomaba muy pocas veces parte en la conversación; no se consideraba a la altura de sus hermanos, conocía su genio sulfúrico y temía desafinar. Desde que se sentaron a la mesa, la transformación que acababa de operar en su rostro había llamado la atención de todos, hasta de su padre, que no se dignaba reparar sino en muy contadas cosas: habíale dirigido durante el almuerzo cuatro o cinco miradas largas y escrutadoras, y él, por no soportarlas, bajaba la vista y se hacía el distraído; estaba avergonzado, y hubiera dado cualquier cosa por ponerse de nuevo los pelos que se había quitado. Nadie se atrevió, sin embargo, a hablarle de ellos. Cuando concluyeron de almorzar se procedió a hacer el café sobre la misma mesa, tarea en que de antiguo se placía la familia de Rivera, y a la cual concedía extremada importancia. En esta ocasión, la importancia era mucho más grande porque se trataba de ensayar una nueva maquinilla que Carlitos había encargado a París. Todos se prepararon con ansiedad a ver funcionar el aparato. Carlitos se había encargado de armarlo; desgraciadamente, apesar de su reconocido talento mecánico, no había logrado encajar algunas piezas en su verdadero sitio; el café salió tan revuelto y malo, que fue imposible atravesarlo. Entonces se produjo en la familia de Rivera un movimiento de sorpresa dolorosa; pero nadie osó dirigir cargo alguno al causante de la desgracia; sólo por medio de rodeos y perífrasis, Valle declaró que el café pudiera estar más claro aún, lo cual no sabía si debiera achacarse a la calidad del mismo café, a la deficiencia del aparato o a alguna ligera imperfección en la manera de armarlo. D. Bernardo tosió dos o tres veces, lo cual indicaba siempre que iba a decir algo, y era la señal preventiva para que todo el mundo se callase. En efecto, guardaron silencio.
--Para que sepamos cuál es la causa de lo que ha ocurrido, y si Arturo ha acertado en alguna de las diversas indicaciones que acaba de hacer, precisa, ante todo, que se lave el aparato, se le desarme y lo volvamos a armar con detenimiento.... A ver, Raimundo, llévate esa máquina, que se lave bien, y después de secarla, la traes.
Mientras Raimundo estuvo por allá, apenas se habló en la mesa, como si estuvieran todos bajo el peso de alguna grave preocupación: se esperaba su vuelta con mal disimulada impaciencia. Cuando llegó y dejó de nuevo el aparato sobre la mesa, los ojos se volvieron anhelantes hacia el jefe de la familia, quien, después de toser otras dos o tres veces, dijo solemnemente, dirigiéndose a su hijo Carlos:
--Carlitos, ten la bondad de desarmar el aparato, a fin de que sepamos, si es posible, dónde reside la falta.
Carlitos se apresuró a tomar la máquina, y con mano un poco temblorosa, comenzó a desarmarla, bajo la mirada fija y atenta de su familia. Según iba sacando las piezas, dejábalas esparcidas a granel sobre la mesa.
--¡Alto allá!--exclamó D. Bernardo extendiendo las manos.--Las distintas piezas no pueden ni deben dejarse de este modo confundidas, exponiéndonos a que después no sepamos para qué sirven. Coloquémoslas ordenadamente, a derecha e izquierda, según vayan saliendo, y no habrá más tarde dificultades.
Carlitos comenzó a alargar las piezas a su padre, y éste a colocarlas en diversos parajes de la mesa, no sin vacilar antes algún tiempo y pensar bien el pro y el contra de cada sitio.
--Esta tapadera de cristal la colocaremos aquí junto a Eulalia, ¿no es eso?... El recipiente superior lo pondremos delante de Vicente, ¿qué tal?... Bien; queda colocado... acordarse bien... queda colocado delante de Vicente... El pasador aquí a mi derecha... no olvidarse... El recipiente de la leche, ¿dónde colocaremos el recipiente de la leche?... Aguárdate un instante, hombre... lo colocaremos, si no os parece mal, aquí delante de Arturo... acordarse bien, delante de Arturo...
Una vez desarmado el aparato, Carlos principió a encajar de nuevo unas piezas con otras, con seguridad y desembarazo, como el que conoce bien el terreno que pisa. Su padre, no obstante, a quien disgustaba siempre la prisa, le atajó en seguida.
--Alto ahí, Carlos; eso no es resolver la dificultad... Hay que tomar las cosas con más calma; si no, obtendremos el mismo resultado. Antes de proceder a la colocación de una pieza cualquiera, es necesario cerciorarse si la anterior está bien colocada; esto es, si ajusta perfectamente con la otra... Nada de precipitarse... ¿A qué conduce la prisa?... ¿No tenemos sobrado tiempo?... Caminemos con cautela... ¿No es eso?...
D. Bernardo echó una mirada en torno buscando la aprobación, que todos le concedieron sin vacilar. Después, tosió dos o tres veces, en testimonio de hallarse satisfecho.
Apesar de la cautela y del espacio que Carlitos se tomó para armar la máquina, y a despecho de los graves y sensatos consejos que su padre le iba dando, y que él respetuosamente seguía, cuando de nuevo se hizo el café, salió tan malo como la vez anterior. Fue necesario apelar a la antigua maquinilla. La familia tomó el café pensativa y silenciosa. Miguel se puso a jugar con sus sobrinitas, las niñas de Eulalia. D. Bernardo se levantó al fin de la mesa, encendiendo un cigarro habano. Aunque su continente era frío y grave, como siempre, adivinábase que no estaba de buen humor: el negocio del café le había excitado un poco la bilis. Antes de salir se volvió hacia Enrique, que aún continuaba sentado, y le dijo severamente:
--¿Por qué te has dejado esas ridículas patillas de torero?
--Me estorbaba la barba--contestó el alférez humildemente, un poco ruborizado.
--Y porque la barba te estorbase, ¿había razón para poner la cara como la de un chulo o un chispero?... ¿No sabes que eres hijo de una familia respetable, y que debes imitar a las personas decentes, lo mismo interior que exteriormente?... A ver si te quitas inmediatamente esos adornos... ¡No quiero chulos o picadores en mi casa!... Tiempo hace que me estás disgustando con tus groseras inclinaciones... Ya sé que tienes por amigos a unos cuantos toreros o granujas de la calle, olvidando lo que debes a tu familia y lo que debes a ti mismo... que no tienes otros placeres, que ver encerrar y apartar los toros... Me hiere profundamente tener un hijo tan insensato... ¿De dónde has sacado esas aficiones?... ¿No ves a tus hermanos, de quien nadie tuvo que decir jamás una palabra?...
Hizo aquí una pausa larga el irritado señor de Rivera, y dijo después en tono perentorio, saliendo del comedor:
--¡Que no te vuelva a ver esas patillas!
Enrique recibió la reprensión de malísimo talante, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza metida entre las manos en señal de protesta. Cuando su padre volvió las espaldas y estaba un poco lejos, dejó repentinamente aquella postura, y agitando frente a él los puños con frenesí, exclamó con voz sofocada a fin de que no le oyese:
--¡En mi cara mando yo!
Todos guardaron silencio, incluso doña Martina, ante la cólera del alférez. Sólo Eulalia se atrevió a decir solemnemente:
--Eso, Enrique, está muy mal hecho: papá tiene razón...
No pudo concluir: su hermano se le echó encima convertido en basilisco.
--¡Ya me extrañaba a mí que tú no metieses la cucharada! ¿Quién te pide a ti consejo, ni qué se me da a mí que tú lo encuentres malo o bueno?... ¡Es decir, que mamá se calla, y que esta tontuela ¡mentecata! se ha de meter siempre en mis cosas!... Yo hago lo que me parece; ¿sabes?... Me dejo las patillas o me las quito; ¿sabes?... Y tú te callas; ¿sabes?...
Nadie protestó; el mismo Valle, que era a quien correspondía poner correctivo a aquellas palabras, se las tragó; el alférez pudo seguir gritando cuanto quiso.
--¿Sabes--le dijo Miguel cuando estuvieron solos en el cuarto--que no es precisamente la dulzura lo que te caracteriza cuando tienes que dirigirte a tu hermana?
Enrique encogió los hombros en señal de desprecio.
X
El hotel de Puerto Rico, donde tío Manolo se alojaba, no era, en realidad, más que una mediana casa de huéspedes. Nada de cuanto caracteriza a los hoteles se encontraba en él; ni movimiento de criados, ni entrada y salida de viajeros y equipajes, ni ruido de ninguna clase. Lo único en que remedaba un poco la manera de ser de aquellos establecimientos, era en los números pintados (con tinta de escribir) sobre la puerta de los cuartos y en los impresos con la cuenta que a fin de mes repartía una criada entre los huéspedes. Por lo demás, éstos eran fijos y no pasaban mucho de una docena. Entre ellos, el más antiguo un Marqués diplomático retirado del servicio hacía veinte años, seco, avellanado, fruncido, sin pizca de dientes y enteramente sordo (soltero). Otro de los que llevaban más tiempo en la casa, era un mayor del Consejo de Estado, buen mozo, muy dado al aseo y a los perfumes, gastrónomo, abonado perpetuo a la ópera, animal dañino entre el bello sexo, disimulando sus cuarenta y cinco años con arte diabólico (soltero). Un ex-diputado carlista aniquilado por el reuma, viviendo de sus rentas, pasando los días húmedos en la cama, los secos en el café de la esquina, jugando al dominó, entrado ya en días, gran narrador de cuentos verdes, silencioso en todos los demás asuntos, hombre dulce y servicial (separado de su mujer). Un oficial de marina, joven, terrible discutidor de cuantos problemas o cuestiones se suscitasen, por especiales y técnicos que fuesen; todo lo sabía, todo lo analizaba, los asuntos religiosos como los financieros, lo perteneciente al orden físico y lo que tocaba al espiritual; con todo eso, hablaba poco de barcos; asistía invariablemente a los estrenos de los dramas, y emitía su opinión a gritos en los pasillos de los teatros, y después, en la mesa de la fonda (soltero). Este oficial constituía el tormento y la penitencia de un médico anciano que ya no ejercía, y que también se hospedaba en el hotel; hombre ilustrado y meticuloso, que jamás aventuraba una opinión sin haberla meditado con gran espacio. Vivía allí disfrutando de un capital que había juntado en su larga carrera profesional, procurándose, con escrúpulos de monja, cuantos goces higiénicos, cuantos cuidados y regalos puede inventar una imaginación experta y dedicada exclusivamente a tan grata tarea; los razonamientos, o por mejor decir, la charla insustancial del oficial de marina, le ponía fuera de sí, le alteraba la bilis, era su única cruz en esta vida.
--¡Pero, hombre de Dios! ¿Sabe V. por ventura obstetricia?
--¡A mí qué me importa la obstetricia! Lo que le sé a V. decir, es que una mujer puede concebir de un animal, y que está probado.
--¡Cómo ha de estar probado semejante disparate!
--Dispénseme V., D. Agustín, dispénseme V.; no es un disparate, ni mucho menos. Hay un médico alemán llamado Grotte...
--No conozco semejante médico.
--Usted no lo conocerá; pero el que V. no lo conozca, no prueba nada... Digo, que Grotte, que es el médico de más reputación que existe en Alemania, y que ha escrito infinidad de libros, afirma terminantemente que una mujer puede concebir de un mono, y hasta de un perro...
--¡Jesús, qué barbaridad! ¡No estará mal mono sabio ese señor Grotte!
--¡Dispénseme V., D. Agustín; dispénseme V.! Grotte goza de reputación europea, es miembro honorario de la Academia de Ciencias de Berlín y de la de París, director de uno de los hospitales más importantes, médico del Emperador...
A D. Agustín le retozaban las ganas de decir: «¡Todo eso es una patraña, y V. un mentecato sin pizca de sentido común!» Pero se contenía por educación, y cortaba las discusiones diciendo en tono sarcástico preñado de cólera:
--Bueno, hombre, bueno; tiene V. razón... V. lo sabe todo... Conoce V. la fisiología, la anatomía, la obstetricia... para eso es V. marino... Yo no sé una palabra de esas cosas... para eso soy médico... Nada, nada, tiene V. razón... dejemos eso.
Estas retenciones de bilis le producían a don Agustín algunos disturbios en el estómago; estuvo tentado algunas veces a dejar la casa, pero le dolía en el alma abandonar un gabinete muy gentil al mediodía, que él había amueblado con particular esmero. Nuestro D. Manuel Rivera, por sus prendas personales, por sus relaciones con la alta sociedad madrileña y por los años que llevaba en la casa, representaba también papel principal en ella.
Los demás huéspedes eran figuras secundarias, que presenciaban riendo las disputas de la mesa redonda, aventurando pocas veces su opinión y aceptando resignadamente la oligarquía de los seis que hemos enumerado, los cuales gobernaban la fonda a su talante, dictando al cocinero los platos y al dueño las horas de las comidas; los criados, que se renovaban a menudo, poníanse muy pronto al tanto de la existencia de este primer estamento, y empezaban a servir siempre por aquella parte de la mesa en que se situaba, lo que hacía montar en cólera a una señora viuda, ajamonada, que en las discusiones daba siempre la razón al oficial de marina.
Cuando éste comía en casa, era sabido que habría gran calor en la mesa, mucho ruido, gritos desaforados: el dueño de la fonda, el cocinero y el pinche, cuando la algazara subía de punto, asomaban disimuladamente las narices por la puerta un poco asustados; mas al instante se tranquilizaban oyendo palabras que no comprendían, y se retiraban de nuevo a la cocina. Pero el oficial comía con frecuencia fuera de casa; entonces la mesa redonda languidecía, quedaba sumida en un letargo triste y silencioso; se oía el ruido de los platos y el de las mandíbulas; el mayor del Consejo de Estado era el encargado de animar la escena, y lo hacía llamando la atención del Marqués, que comía abstraído, y dándole siempre la misma broma: el diplomático había prestado cinco duros a un tunante llamado Laguna, que vivía del juego y la estafa, y como es natural, no había vuelto a echarle la vista encima.
--D. Lorenzooo--gritaba el atusado mayor.
D. Lorenzo seguía comiendo tranquilamente.
--D. Lorenzoooo--tornaba a gritar.
--¿Cómo?--decía aquél levantando la cabeza y poniendo la mano por detrás de la oreja.
--Que hoy he visto a Lagunaaa.
--¡Hum!--gruñía el viejo bajando de nuevo la cabeza y dándose ya por enterado de la broma.
--Me ha dicho, que es V. una persona muy simpáticaaa.
--¿Sí, eh?--refunfuñaba D. Lorenzo sin levantar la vista.
--Muchooo... y que probablemente vendrá un día de estos a hacerle a V. una visitaaa.
Esta noticia producía siempre risa entre los comensales, que estaban perfectamente enterados de todo.
--No lo creo.
--Pues créalo V.; está muy agradecidooo.
--Eso sí lo creo--murmuraba con sorna.
--Dice, que a ninguna persona pedirá él cinco duros con más libertad que a V... en caso de necesidaaad.
--¡Hum!
--Que ha sido V. para él un padre...
--¡Ya, ya!
--Me ha preguntado qué formalidades se exigían para la adopcióoon... Desea que V. le declare hijo adoptivo.
--Mejor sería hijo pródigo.
La ocurrencia levantaba algazara en la mesa. El mayor volvía a la carga.
--¿Cuánto piensa V. darle para sus gastos particulares cuando sea su hijooo?
--Nada... le dejaré letra abierta en todas las tabernas y _chamizos_.
--Eso está bien; ¿pero y los gastos imprevistos?
--Habiendo aguardiente de Chinchón, está todo previsto...
El Marqués hablaba pausadamente, dejando trascurrir un espacio regular entre la pregunta y la respuesta; de este modo, su ironía causaba más efecto. Y la broma se prolongaba al través de la comida con grandes intervalos de silencio. Al día siguiente, si el marino no llegaba a sazonarla con alguna discusión científica o literaria, se repetía la vaya con leves variantes: los comensales encontraban muy donoso al mayor, y cuando se descuidaba en embromar al Marqués, le guiñaban el ojo excitándole a hacerlo; la charla del marino los mareaba y aburría un poco; pero siempre se encontraban dispuestos a confesar su talento y sus conocimientos poco comunes.
Desde la última vez que le vimos, D. Manuel Rivera había envejecido bastante en realidad, en apariencia muy poco; el vientre le había crecido, las patas de gallo se habían acentuado, el cabello y la barba estaban poblados de canas. Mas como acudía, casi tan pronto como su compañero el mayor del Consejo, al reparo de estos mandobles del tiempo, amortiguaba su fuerza y la herida apenas se mostraba. Hacía algunos años que usaba constantemente justillo de gamuza (en verano de hilo), que recogía y aprensaba el abdomen; jamás se lavaba sin frotarse después con una llamada «agua de Circasia para refrescar y embellecer el cutis;» todos los meses daba una vuelta por casa del dentista para limpiar la dentadura y orificar los muchos agujeritos que iban pareciendo en ella; en cuanto a las canas, ahí estaba su fuerte; las tinturas que usaba, traídas por él todos los años de París, eran la envidia del mayor por lo finas y exquisitas. Sin embargo, por las mañanas antes que el barbero llegase, cuando tío Manolo envuelto en su bata le esperaba sentado en la butaca leyendo los periódicos, tenía todo el aspecto de una ruina venerable: aun después de salir fresco y rozagante del cuarto, un ojo experto y curioso podía notar en ocasiones, en que andaba la tintura descuidada, ciertas vislumbres de plata en la raíz de la patilla. Esto en cuanto a lo corporal; por lo que toca al espíritu, nuestro D. Manuel no necesitaba componer ni aliñar absolutamente nada; teníalo tan fresco, tan vivo y juvenil como a los veinte años. Y eso que por efecto de sus constantes prodigalidades, padecía con frecuencia serios disgustos en el orden económico; hacía ya bastante tiempo que tenía vendidas o empeñadas las fincas que sus padres le dejaron; esto no le impedía vivir holgadamente y recrearse con el mismo sosiego que si estuviese recién heredado. Nunca había retrocedido ni pensaba retroceder ante los gastos indispensables a un hombre que frecuenta la buena sociedad, que es galán y divertido. El cómo proveía a ellos nadie lo sabía, ni el mismo Miguel, que después de la muerte de su padre se fue a vivir con él en el Hotel de Puerto Rico. Tenía noticia por sus primos y por algunos amigos del mal estado de la hacienda de su tío; pero se asombraba de que éste nada le dijese ni hallase en sus actos algo que acusase la ruina de que se hablaba.
Como el pez en el agua se encontró nuestro mancebo en el hotel de su tío; aunque muy joven para ello, formó inmediatamente parte del primer estamento o directorio, en atención quizá a los méritos de aquél, en parte también a los suyos propios; pues muy pronto se mostró en la mesa como muchacho de entendimiento, alegre y despejado. El médico D. Agustín halló en él poderoso auxiliar contra las afirmaciones disparatadas del oficial de marina, y desde que se vio secundado, se las tuvo tiesas en todas las discusiones, y no quiso retroceder ni humillarse ante ninguna cita de autor exótico. Perdió terreno el oficial de día en día y comenzó a decirse entre los comensales que formaban el público, que tenía una ciencia superficial y que el sobrinito de D. Manuel le ponía muchas veces las peras a cuarto. Hasta la viuda ajamonada que le daba siempre la razón comenzó a quitársela y apoyar con vivas cabezadas lo que Miguel manifestaba; pero esto, según se supo después, fue porque la viuda le propuso un cambio de habitaciones, fundándose en que el oficial paraba muy poco en casa y le bastaba un cuarto más pequeño; no tuvo aquél la galantería de aceptar el trueque, y se captó para siempre su antipatía.
Pocos días después de vivir juntos, dijo D. Manuel a su sobrino:
--¿Sabes quién tiene muchos deseos de verte?... Aquella señora del intendente Trujillo, a cuya casa te llevé yo una noche cuando eras chico... ¿No te acuerdas que cantó unos dúos de ópera conmigo?... Ha quedado viuda la pobre hace ya dos años... Es una buena señora, muy amable y obsequiosa...
--¿Y aquella hija que tenía y también cantaba?...
--Se murió antes que su padre... Anita se ha quedado completamente sola. Cuando sucedió tu desgracia me preguntó con mucho interés por ti, y me hizo prometerle que te llevaría alguna noche por su casa... No es tertulia formal; nos reunimos solamente tres o cuatro amigos, de modo que puedes venir sin inconveniente.