Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación

canto XXVII.

Chapter 219,544 wordsPublic domain

* * * * *

Usted vé cómo, hasta ahora, son todos fraudulentos.

Usan unos del fraude para seducir mujeres y entregarlas a otros o gozarlas ellos mismos; otros usan todo género de fraudes para poder aplaudir y adular a los poderosos; luego los fraudulentos en simonía, que venden las ventajas de su encumbrada posición; los adivinos también, hijos del fraude, porque la adivinación, siendo imposible para los mortales, tenía que llevarlos a la mentira frecuente; nadie usa más del fraude que los intrigantes, pues de él se valen para vaciar su envidia o su ambición, que es soberbia; de los hipócritas no hay que explicar si son fraudulentos, pues ocultan invariablemente sus propósitos para parecer lo que no son; usan del fraude los ladrones, después; y los consejeros fraudulentos, más delictuosos que todos, pues se empeñan en hacer cometer su delito a los demás, aparecen representados por los dos grandes héroes troyanos Ulises Laertíada y Diómedes Tideida, unidos en la expiación como fueran unidos en el delito.

Es en este asombroso canto XXVI, donde Dante tiene la maravillosa intuición de la llama parlante, que la física habría de realizar muchos años después. Los condenados están enteramente envueltos en una llama que termina en punta, siendo mayor la de Ulises, el ingenioso, de linaje divino, que la de Diómedes, por ser aquél el director de las intrigas comunes y el autor único de muchas intrigas propias, y por ser, como usted dice, el que instigara a otros honestos a cometer delito de fraude; Diómedes, más heroico, más grande en la guerra, invicto siempre, vencedor de los propios dioses en los combates troyanos, merecía más consideración que el que arrancara a Aquiles de los brazos de Deidamia, para llevarlo ante los muros de Ilión.

No; Dante no podía olvidarse de ningún héroe ni personaje considerable de la guerra de Troya, porque la fundación de Roma--que era para el sumo poeta la máxima grandeza de la tierra--fué debida a linaje troyano y a la caída de la ciudad de Príamo.

Así Electra, madre del fundador de Troya, está en el Limbo, con Héctor y Eneas, padre de Silvio; entre los lujuriosos, Elena y Aquiles y Paris; Diómedes y Ulises ya citados; ni deja de recordarse de Príamo y Hécuba, Agamenon (I. XXX, 15; I. XXX. 16; Par. v. 69), Orestes su hijo (Purg. XIII, 32) y otros atridas más.

Pero Dante tenía un interés fundamental en ocuparse del esposo de la honesta Penélope, pues debía apartarse de la tradición homérica que no daba al fin del Laertíada un carácter tan trabajado y difícil, como el que él debía asignarle. Ulises estaba destinado, antes de morir, a salvar los límites del Mediterráneo y fundar Lisboa en la costa atlántica, para caer después sepultado en el anchuroso mar.

A la invocación gentilísima del mantuano, la más alta de las llamas que formaban el grupo de los héroes comienza ya a agitarse murmurando--como la que el viento al mover fatiga--así la punta aquí y allá llevando--cual si fuera una lengua la que hablase--lanzó sus voces fuera y dijo: “Cuando--... y habla de tal modo el ingenioso Ulises durante 52 versos del mayor poema.

Pero aquí no terminan los fraudulentos y, como aquéllos, está aquí Bonifacio VIII; después vienen los cismáticos: Mahoma, Rev. de Medicina y otros; falsarios de toda calidad, como los falsificadores de metales; de personas, como la incestuosa Mirra y la triste Hécuba; de monedas; de palabra, como la mujer de Putifar y Simón de Troya, que logró abrir la brecha de sus muros.

En el círculo noveno (canto XXXI) se castigan otras formas de soberbia; entre ellas la de los gigantes que quisieron escalar el cielo. Finalmente viene la mayor forma del fraude: la traición, para la que se destina el mayor castigo ideado por Dante. Los traidores de sus parientes, primero; luego los traidores a la patria; después los traidores de sus comensales; los traidores de sus benefactores; y, finalmente, los traidores a la divinidad y a la majestad: Judas y Bruto el asesino de César, y Lucifer mismo.

Discúlpeme, mi amigo, que ésta haya salido tan larga y cuente con su amigo affmo.

N. BESIO MORENO.

_Señor doctor José Ingenieros._

DEMOCRACIA INDIVIDUALISTA[25]

POR EL DR. CESAR REYES

Ex magistrado en La Rioja

I

Escribía hacia los años de la Revolución de Mayo Bartolomé Hidalgo, primer poeta nativo del Río de la Plata, en sus poesías gauchescas, haciendo hablar al paisano Chano, “capataz de una estancia en las islas del Tordillo”, en sus diálogos con el gaucho Contreras, “de la guardia del Monte”:

_Contreras_

Pues yo siempre oí decir Que ante la lay era yo Igual a todos los hombres.

_Chano_

Mesmamente, así pasó Y en papeletas de molde Por todo se publicó Pero hay sus dificultades En cuanto a la ejecución. Roba un gaucho unas espuelas, O quitó algún mancarrón, O del peso de unos medios A algún paisano alivió; Lo prienden, me lo enchalecan, Y en cuanto se descuidó Le limpiaron la caracha, Y de malo y saldeador Me lo tratan, y a un presidio Lo mandan con calzador; Aquí la lay cumplió, es cierto Y de esto me alegro yo, Quien tal hizo, que tal pague. Vamos, pues, a un señorón: Tiene una casualidá... Ya se ve... se _remedió_... Un descuido que a un cualquiera Le sucede, si, señor, Al principio mucha bulla, Embargo, causa, prisión Van y vienen, van y vienen, Secretos, almiración, ¿Qué declara? que es mentira, Que él es un hombre de honor. ¿Y la mosca? no se sabe, El estao la perdió, El preso sale a la calle Y se acaba la junción, ¿Y esto se llama igualdá? ¡La perra que me parió! En fin dejemos amigo, Tan triste conversación, Pues no pierdo la esperanza De ver la reformación.

Y en eso estamos, desde hace ya más de un siglo, en que nuestro humanista cuanto patriota, que fué militar de la Independencia, escribía:--manteniendo la esperanza de ver la reformación. ¿Hasta cuándo? Desde los albores de la independencia, desde antes, desde la dominación española, ya se decía en el papel que “todos éramos iguales ante la ley”. Este equívoco se ha prolongado hasta el presente en nuestras instituciones. Las leyes dicen una cosa; los hombres que las aplican y ejecutan, hacen otra cosa bien distinta.

Los magistrados y los funcionarios, hasta el presente, mienten cuando dicen que hacen la justicia igual para todos. Consciente e inconscientemente, la hacen en beneficio de la clase social a que pertenecen. Y como las aristocracias y burguesías, hasta el momento actual, en estos países, y en general en el mundo, dominan a la clase obrera, a la clase pobre, a los que ha dado en llamarse despectivamente, en ciertas regiones de América, _chinos_, _negros_, _mulatos_; y no obstante ser éstos los más, las clases dominantes disponen de magistrados y funcionarios que les pertenecen, y éstos, naturalmente, tienen que abogar por su propio gremio.

La reacción democrática--si ella ha de ser una verdad en la práctica, y no sólo una farsa en el papel--tiene que venir del mismo pueblo, y no del Estado, porque sin contadas excepciones los aristócratas o burgueses--de los cuales, como digo, están constituídos hoy los gobiernos--no pueden renunciar a su privilegio de casta para levantar a los que sufren, al pueblo obrero. Se necesita de hombres que por temperamento tengan un exquisito sentimiento humanista, que sean altruistas o filósofos, un conde León Tolstoy, un Roberto Owen, por ejemplo, de los cuales en este mundo de egoísmo y superficialidad apenas se contaría una docena. Cuando el pueblo se instruya y adquiera cierta independencia económica por sí mismo principalmente,--y también en segundo orden, por los que tímidamente, mezquinamente, le dé el Estado--, podrá reivindicar sus derechos, llevando a los puestos públicos por el voto en los comicios genuinos representantes de sus filas, con instrucción sí, y cultura moral, pero que no renieguen de su origen una vez que se encuentren encumbrados, aunque esto es difícil en ellos, puesto que obra el recuerdo de la infancia y la tradición de sus manes en cuanto han sufrido. Así se han de inclinar más a favorecer a los que sufren, al pueblo obrero, y no a las clases gobernantes, extrañas a sus dioses lares. Mientras el pueblo no tenga netos representantes de su estirpe, mientras obedezca a mandatarios de clases antagónicas a las suyas, va perdido; son mandatarios infieles que no han hecho más que traficar con el nombre de la democracia, pero cuyos intereses y sentimientos tienen tanto de demócratas como los españoles que vinieron a civilizar y enseñar el evangelio a los indios, exterminándolos por avaricia. Fuera de esa condición, _sine qua non_ para que triunfe evolutivamente la democracia, se necesita esta otra: que el Estado constituído por los privilegiados, nobles, capitalistas, y sus secuaces sacerdotes y militares, no obstaculice por la fuerza la participación en el gobierno de la clase _pleveya_, porque entonces todo esfuerzo del pueblo sería ineficaz, y su reacción no podría venir sino por la revolución, oponiendo la fuerza a la fuerza. En nuestra república tenemos conseguido ya el libre voto--por lo menos en el papel, que en la práctica dista mucho aún de ser una realidad--; es posible, pues, el triunfo de la democracia, siempre que las clases trabajadoras, que son la mayoría votante, tengan en el gobierno _genuinos_ representantes obreros, o hijos de obreros levantados con sus propios esfuerzos y que no desconozcan a su estirpe. Es verdad que, en ciertas provincias, al pueblo argentino le falta instrucción e independencia económica para poder comprender y buscar en la práctica legal su prosperidad individual y social; ahí, pues, debe tender la prédica: a que se instruya, a que trabaje en condiciones más ventajosas, solidarizándose, por ejemplo, en las huelgas para hacerse oir del capitalista; por otra parte, hoy la ciencia no es patrimonio de los ricos, pues pueden adquirirse libros de celebridades mundiales por exiguo precio, al alcance del obrero. La cuestión económica y la instrucción se complementan; por más que haya capacidad intelectual, no puede haber libertad de obrar sin base económica; el estómago manda; a la inversa, con algunos ahorros que tenga el hombre, si no tiene instrucción, va expuesto a dejarse explotar por otros más instruídos, o a perder su dinero en malos negocios. Buscar la independencia económica no es buscar la usura. Los capitales al alcance de todas las necesidades sociales, y no reconcentrados en pocos millonarios; deben, además, ponerse en circulación para favorecer intereses sociales, especialmente de las clases que más los necesitan, y no guardarse en las cajas de fierro o en Bancos, de donde sólo se los puede extraer con intereses crecidos y con garantía hipotecaria o firmas fuertes. En Norte América, donde la organización social se acerca algo a la democracia de verdad, no ha surgido el capital de las explotaciones de los gobiernos sino por la obra propia de trabajadores esforzados, quienes después donan grandes cantidades a sociedades de beneficencia, hospitales, institutos científicos y de trabajos prácticos, pero no las dan a las manos muertas de las iglesias y conventos, como entre nosotros, único caso en que aquí ocurren donaciones. En este país se han adquirido las fortunas, casi en tu totalidad, por las mercedes que los reyes españoles primero, y los gobiernos patrios después, hicieron de extensos territorios a los pocos españoles y argentinos de la burocracia, desheredando a los demás del pueblo, que, como los pobres indígenas, vinieron a quedar parias en el propio suelo que los vió nacer. No hay más que ver los títulos de esas mercedes, que aun circulan en los expedientes judiciales, para convencerse; así, por ejemplo, he visto títulos de tierras de la familia Arias que a su antepasado, Juan Manuel, le entregaron los gobiernos patrios casi la tercera parte de los Llanos. Después la tierra se ha valorizado por obra de la inmigración--compuesta casi en su totalidad de elemento obrero--que crea pueblos y cultivos, y por los ferrocarriles, resultando que de la noche a la mañana esos propietarios de extensas zonas de campo, antes sin mayor valor relativo, por mercedes o compras, han visto centuplicados el precio de sus tierras y han resultado algunos archimillonarios. ¿No es justo, pues, que estos señores contribuyan al bienestar social, poniendo a disposición de los que no tienen, lo que han recibido directa o indirectamente de la sociedad y del trabajador? Y si el enriquecido por el trabajo de todos se niega a retribuir al obrero, a compensar a la sociedad por lo que ha obtenido de ella, el Estado, haciendo justicia, una vez que esté constituído por representantes netos de la clase popular, lo ha de conseguir con una política socializadora, sin necesidad de expoliaciones, las cuales sólo se justifican cuando el monopolio raya al extremo, como sucedía con las manos muertas de curas y nobles en Francia, cuando la revolución, que vivían en el derroche, al paso que, como dice La Bruyére (“Los Caracteres”) andaban gentes pasteando por los campos de Francia a duras penas de poderse distinguir si eran hombres; como actualmente en Rusia, que millares o millones de pueblo pagaban con la miseria, en los calabozos de Siberia, y en las guerras externas interminables, el derroche, el libertinaje y las locuras de dominio de sus zares, nobles y militares.

Política de justicia se necesita, tendiente a elevar el pueblo trabajador, haciéndolo participar de derechos económicos, científicos, sociales y morales, que al presente le están restringidos, lo cual se conseguirá con darle independencia económica, con instruirlo, con educarlo. Se comenzará a darles base económica, legislando la materia de los contratos obreros, para que no sean explotados por patrones, fijándoles el mínimum del salario y el máximum del jornal, los accidentes en las fábricas a costa del capitalista, el derecho a la huelga; dándoles en enfiteusis tierras fiscales, en este país, donde, como ha dicho Sarmiento, “el mal que tenemos es la extensión”, para que las pueblen y no sufran hambre también ellos; para que poblado el desierto haya prosperidad social, por el aumento de producción, porque, como dice bien Alberdi, la riqueza no la da la tierra pelada sino el trabajo del hombre aplicado al suelo (“Estudios Económicos”).

Mejor todavía que en enfiteusis, la tierra se debe dar al que la trabaja, para que se radique en ella definitivamente y la ame formando su hogar, pero darla solamente a los que la necesitan y son capaces de hacerla producir, prohibiendo su negociación privada para que no se rehagan los latifundios de los señores feudales.

II

La Revolución de Mayo no resolvió el problema social argentino; ella, como la Revolución de Julio en Francia, ha sido el triunfo de la burguesía y no del pueblo, si bien el pueblo fué el que las hizo triunfar; pero no estando preparado ni económica, ni intelectualmente, resultó suplantado, dominado; con esas campañas, de que nos enorgullecemos tanto, se desalojó dos plagas sociales, la nobleza y el clero (en nuestro caso forasteras todavía), pero se levantó una tercera, los burgueses semiinstruídos y capitalistas, o sea la clase media. Es decir, en el caso de la Argentina, los criollos que se dedicaron al comercio y la ganadería--pues los españoles desdeñaban como oficio propio de negros y villanos--y se instruyeron en los escasos colegios y universidades de Córdoba y Chuquisaca, fueron los que constituyeron la burguesía. Porque en la colonia del Río de la Plata, y en toda Sud América, a excepción del Perú, nobles no había ni para remedio, salvo los mandatarios de orden superior que nos enviaban y regresaban a Europa sin dejar familia, como que les estaba prohibido el radicarse; según enseña la historia, la inmigración española a América era la ley de la población peninsular. Mas, andando el tiempo, estos españoles, plebe allí, comenzaron a considerarse nobles aquí, en relación con el indio; y tenían razón, a su modo, porque físicamente e intelectualmente esa raza estaba más adelantada. Expulsados los españoles, los hijos de éstos continuaron esa aristocracia _ad hoc_, nacida aquí en el medio, y también los mestizos que económica e intelectualmente--por ambas fuerzas y por la de las armas en las guerras de la independencia--se levantaron dominando, avasallando, al _gaucho_ del campo y al _cholo_ de las ciudades[26].

No es otro el origen de toda aristocracia, burocracia y gobierno en general: el dominio por la fuerza, la subyugación de una clase social, para explotarla. Con la evolución de las sociedades la lucha de raza a raza, de tribu a tribu, de clase a clase, de grupo a grupo, externa e interna, se atempera, por la adquisición de sentimientos sociales, del principio de justicia, pero no desaparecen del todo. Siempre hubo vencedores y vencidos; y la teoría de que no haya ni vencedores ni vencidos, pasará a ser una realidad en un porvenir aun bastante lejano, según lo hace ver el resultado de la actual guerra europea, que, no obstante el humanismo y la democracia decantados por Wilson, y en gran parte ciertos, los aliados se están _achureando_--como diría un criollo--el ex imperio alemán, hoy nación democrática, bajo el pretexto de que fué una teocracia.

Con la historia en la mano se puede constatar que el proceso de los Estados en el mundo fué ese, la clase “_dominante_” vencedora resultó gobierno, la clase “_dominada_”, vencida, quedó pueblo explotado. Los que lo niegan son precisamente los interesados en que ello no aparezca y en poder seguir así explotando al pueblo sin que se aperciba, bajo la carátula de protectores del mismo, vestidos con la piel del cordero.

Nos bastaría citar la opinión de eximios sociólogos, y filósofos, que han estudiado la cuestión política, libres de las banderas de los partidos y del espíritu de clase.

Mientras, pues, las luchas de clases no estén eliminadas o poderosamente atemperadas, lo cual pensamos se conseguirá en un porvenir no remoto, la clase democrática, los explotados, los obreros, deben estar prevenidos para llevar al gobierno sus representantes _netos_, que miren por propios intereses, para elevar su condición social, y no los “domestiquen”, mirando por desemejantes intereses.

III

Estando ya las clases trabajadoras en el poder, ¿de qué modo reivindicarán sus derechos acaparados por los burócratas y los parásitos? ¿Por la _democracia individualista_, sistema norteamericano? ¿Por el _minimalismo_, o programa mínimo del socialismo, como el del partido socialista argentino y los similares europeos? ¿O, finalmente, por el _maximalismo_, como el actual gobierno ruso, o programa máximo socialista?

Desde luego, débese eliminar el minimalismo, como tercera cuestión, porque está comprendido en el maximalismo, que es el verdadero socialismo, o comunismo de Estado, tal como lo pensaron y crearon Saint Simon, Owen, Fourier, Marx, Engels, la Internacional, etc., puesto que el programa mínimo--o sea la mejora obrera en el trabajo, con disminución de horas y aumento de jornal, prohibición del trabajo de los niños y mujeres en las fábricas y garantía de los accidentes--sólo ha sido ideado, como lo confiesan los socialistas, transitoriamente, para hacer posible la lucha obrera con el capital en las condiciones actuales sociales, y hasta que por su libertad económica y su instrucción el obrero esté en capacidad de obtener que el Estado socialice la propiedad privada. Los socialistas minimalistas nunca pierden de vista el verdadero programa, aunque más remoto del partido, o sea la socialización de los medios de producción. A este verdadero socialismo, que ha triunfado hoy en Rusia--pues como bien lo hace ver Kantor, la constitución que se ha dado dicho gobierno ruso no es más que la aplicación de los principios proclamados por la Internacional Socialista--ha dado en llamarse _maximalismo_, nombre que viene de programa máximo, y se tiene a Carlos Marx como su verdadero fundador.

El maximalismo no entraña, pues, como cree el vulgo, fatalmente la revuelta y el desorden; se puede conseguir con la evolución mediante la conquista del poder por el voto libre de la mayoría socialista de una nación, o mediante la revolución armada en casos extremos. En Rusia se hizo por la revolución, pues allí los hechos la justifican plenamente--no tenía garantía del voto el obrero, era sacrificado en las guerras y en las cárceles siberianas, moría de hambre en el rico territorio que él cultivaba para otros; con la evolución jamás se hubiere levantado ese pueblo, era insoportable su situación, peor, muy peor, a la que pasaba el pueblo francés en 1789, cuando se sublevó contra los nobles y el clero en la revolución de que tanto se vanagloria la humanidad. Con el triunfo del maximalismo en Rusia, se evitaron las horribles matanzas de millones de obreros rusos en la guerra externa con Alemania, donde a los paisanos reclutados se los llevaba sin armas, mal alimentados y casi descalzos, a pelear en esas fronteras rocallosas y heladas, contra soldados bien pertrechados, a servir de carne de cañón; y así durante esa guerra entre Alemania y Francia, hecha “de arriba” por el pueblo ruso, perdió éste más de 3 millones de obreros. Se evitaron también los estragos no menos inhumanos que los zares y nobles cometían sobre la plebe, en el orden interno, con la emancipación de esta clase domesticada. Es verdad que hubo excesos; los hay en toda revolución, y ellos se justifican plenamente ante la necesidad del triunfo de la causa salvadora. Rodaron unas cuantas cabezas de nobles y jefes de ejército, explotadores sistemáticos del pueblo, pero se economizó derramar mucha sangre popular en holocausto a los dioses zarinos, en la guerra europea y en los calabozos de la Siberia. No fueron tantos los desórdenes como pinta la prensa interesada en desprestigiar la causa por el único cablegrama parcial que nos viene, el aliado, y hay que dudar de la verdad de esas comunicaciones. Aun así mismo, de ser ciertas las noticias, los desmanes cometidos por la célebre revolución francesa, que tanto ponderamos, fueron inmensamente superiores a los ocurridos hoy en Rusia, cuando no había día en que no se hiciera rodar del cadalso la cabeza de algún dirigente. Y la tal _libertad_, _igualdad_ y _fraternidad_ que proclamó quedó letra muerta; fué libertad para los burgueses, igualdad y fraternidad entre los miembros de esa sola clase social. Siquiera la revolución social rusa, crea una libertad, igualdad y fraternidad mucho más extensa, una libertad, fraternidad e igualdad para la gran masa obrera, y no sólo de Rusia sino del mundo entero, puesto que dicha constitución maximalista tiene una cláusula por la cual se tiende a organizar la humanidad bajo una confederación de estados, formados todos de modo semejante al gobierno actual ruso.

Es claro, pues, que los países en que la situación del obrero no sea extrema, como fué en Rusia, pueden llegar al maximalismo por la evolución política, y allí no habrá ni los pocos excesos que en Rusia fueron inevitables.

Por lo demás, el socialismo máximo no es, como se dice por algunos, una simple utopía, un sueño de filósofos. Fuera de que ya lleva más de un año de práctica en lo que fué imperio absoluto de los zares, existió, como sabemos, en varios pueblos. Así, por ejemplo, en el gran imperio del Perú al arribo de los españoles se vivía en un régimen algo comunista, en ciertas cosas más acentuado que el establecido por los maximalistas rusos, y sin embargo, el imperio floreció y las gentes vivían cómodas; no había ricos (fuera de la clase sacerdotal y de la aristocracia imperial--que ellas siempre han sido pudientes en todas partes--mas eran clases reducidas en comparación con la gran masa popular) pero tampoco había miseria; la propiedad del suelo pertenecía al Estado, y él era quien asignaba al individuo que llegaba a la adolescencia un lote para que lo trabajara, y todos estaban obligados a hacerlo, pues eran fiscalizados directamente por empleados del Estado. Ni el producido del trabajo pertenecía al operario, sino que iba a almacenes y graneros públicos, de donde se repartía a la población en cada aldea o pueblo, por cabeza, y había justicia relativa allí, puesto que todos trabajaban fiscalizados y no existían haraganes que “vivieran de arriba”. Estudiándolos dice el Dr. Luis Jorge Fontana: “Cada ciudadano nacía libre para la ley que fijaba los deberes y derechos de cada individuo ante la patria, la religión, la familia y para con sus semejantes... La agricultura, hoy embrionaria y empírica en América, como que recién empezábamos a fundar escuelas, constituía la principal fuente de recursos nacional en otra época. Cada hombre al llegar a la edad de la pubertad recibía del Estado un terreno ubicado y delineado oficialmente para que lo cultivase y formase hogar y familia. Desde el emperador hasta el último de sus súbditos cultivaban la tierra, él removía el suelo en cierto período del año con un azadón de oro y los ciudadanos con herramientas de un metal compuesto, una aleación de bronce tan duro como el acero. Regaban los campos por medio de acueductos sacados de ríos y de lagos y por canales menores, acequias, el agua era llevada a largas distancias y levantábanla hasta la cumbre de las montañas. Su distribución y servicio tenían reglamentación admirablemente estudiada; construían puentes y calzadas de dimensiones colosales, y el ejército en tiempo de paz era ocupado en la construcción de las obras públicas” (“Ab Ovo”, págs. 36 y 47). El Dr. Ernesto Quesada escribe: “Pero lo que es admirable--y es esto cabalmente lo que más nos interesa en el presente curso--es su organización social. Era una sociedad basada en un comunismo perfecto y en una burocracia técnica, que gobernaba un monarca autocrático, pero inspirado siempre en el bien de la comunidad. Durante siglos funcionó tal organización con el éxito más completo y realizando lo que las actuales doctrinas socialistas no han soñado siquiera en imaginar; el individuo era un sencillo rodaje de la comunidad y sus actividades se ejercían como simples funciones sociales, reglamentadas y vigiladas por el órgano de dicha comunidad, constituída por la burocracia imperial. Nunca ha registrado la historia en parte alguna del mundo una organización tan perfecta, dentro de esa orientación, y con un resultado más completo en cuanto a la prosperidad nacional y al funcionamiento del sistema; las misiones jesuíticas lo imitaron con análogo éxito durante el período de la Colonia. La comunidad por el órgano del gobierno, interviene en todos los actos de la vida, reglamentándolo todo y cuidando de que todo marche armoniosamente. Y eso que se trataba de un extenso imperio, englobando poblaciones de origen étnico distinto y de diverso grado de cultura” (“El Desenvolvimiento social hispanoamericano”, Revista de Filosofía, Noviembre de 1917, pág. 461). Foustel de Coulanges, en su obra célebre “La ciudad antigua”, trae: “Se sabe de algunas razas que jamás han llegado a establecer la propiedad privada, y de otras que sólo la han establecido tarde y penosamente. No es, en efecto, problema fácil el saber si en el origen de las sociedades puede el individuo apropiarse el suelo y establecer tan recio lazo entre su ser y una parte de la tierra, que puede decir: “Esta tierra es mía; ésta es como una parte de mí”. Los tártaros conciben el derecho de propiedad cuando se trata de los rebaños, y no lo comprenden cuando se trata del suelo. Entre los antiguos germanos, según ciertos autores, la tierra no pertenecía a nadie; la tribu asignaba todos los años a cada uno de sus miembros un lote para cultivar y cambiaba el lote al siguiente año. El germano era propietario de la cosecha, pero no de la tierra. Todavía ocurre lo mismo en una parte de la raza semítica y entre algunos pueblos eslavos” (pág. 70, edic. Madrid). Sigue el autor haciendo notar que en Grecia y Roma y en la India, es decir, en la raza aria, de donde nosotros tomamos esa civilización, la propiedad del suelo fué desde un comienzo privada, y como consecuencia del culto a los muertos y al hogar, familiares, que estaban adscriptos al suelo y no podían dejar abandonado su culto y sus muertos. De modo, pues, que sólo por una razón de orden religioso e histórico es que los actuales pueblos de raza aria son individualistas en la propiedad del suelo, según esto. Es de advertir que a propósito he citado autores que nada tienen de socialistas; y si cabe duda todavía al respecto léase el capítulo “La Reglamentación Comunal”, de la obra del individualista Spencer, “Instituciones industriales”, donde trae innumerables ejemplos de pueblos que han sido comunistas; en algunos el origen, la razón de nacer del comunismo fué el matriarcado, o parentesco por la línea femenina.

IV

Los que nos hayan seguido hasta aquí creerán, acaso, que estoy convertido en un maximalista declarado. Sin embargo, como lo explicaré en seguida, es lo contrario; sólo he querido demostrar hasta aquí que el maximalismo no es un sistema utópico, ni siempre revolucionario, y aunque revolucionario en algunos casos no anárquico, como se lo pinta por los que no lo conocen y por los que tienen interés en desfigurarlo. Pero es el caso que con ese sistema social el individuo puede quedar aniquilado, se debe enteramente a la sociedad; todos son iguales, malgrado las diferencias naturales; se puede crear así una _igualdad artificial_ en vez de la _igualdad natural_, la cual consiste, como se ha dicho bien, en respetar las desigualdades naturales. Con este sistema de coacción pública, donde todo está reglamentado por la sociedad de antemano, que se ha erigido en Estado--confundiendo así dos hechos sociológicos que son bien distintos--se mata toda iniciativa individual, se destruye toda diferencia innata o adquirida, se hace imposible, en una palabra, la selección, y con ella el mejoramiento individual y social rápidos, desde que se pone trabas a la lucha por el triunfo de los más fuertes, de los más capaces, de los más laboriosos.

Además, este comunismo de Estado destruye la libertad, y el ideal de las civilizaciones modernas es aumentar la libertad individual, no siendo más el Estado y la sociedad sino un medio para adquirirla, para que el hombre viva bien, pudiendo satisfacer libremente sus necesidades naturales, siempre que respete iguales necesidades por parte de los demás.

Como han hecho notar bien los escritores de derecho político, con el comunismo la sociedad se vuelve más gregaria, el hombre es menos libre que el soldado, y se retrograda así al régimen del estatuto, del mando, de la coacción, propio de las sociedades primitivas en donde por razón de las continuas e ininterrumpidas guerras externas e internas, se hacía necesaria mucha subordinación en el pueblo y un régimen fuerte de mando por el gobierno. Pero con la civilización se ha impuesto el régimen contrario, o sea el del contrato, el de la voluntad, que regla todos los actos de los hombres libres y civilizados. En el siglo pasado, Inglaterra y Norte América--naciones respetuosas de la libertad individual--fueron las más avanzadas en el progreso del mundo; los árabes, donde la ley de Mahoma les regla todo, son los más atrasados hoy. Una sociedad en tales condiciones progresa hasta un limitado estado, y de ahí no puede pasar, vive por siglos estacionaria; no habiendo iniciativa individual, hombres que se hagan a sí mismos, y no resulten hechos por el estado, no puede haber innovación, cambio, _progreso_; habrá _orden_ cuando más y por el tiempo que se quiera, pero faltará el otro elemento del _desarrollo social_, desde que éste se forma, como bien lo explica Comte, del _orden_ y del _progreso_ sociales. Por esto, estamos en contra del socialismo maximalista o comunista; y del llamado minimalista también, porque, como queda dicho, no es más que la introducción del socialismo, desde que sus adeptos jamás pierden de vista al ir consiguiendo esas ventajas mínimas, las _máximas_, a las cuales se les apuntan ya francamente, cuando les llega la ocasión de dar el golpe, ya sea en los comicios o por la revolución. Ahora, es claro que el programa mínimo del socialismo, puede ser sostenido y practicado en su generalidad, y aun avanzando, por cualquiera que tenga ideas liberales, que desee la mejora obrera, que sea demócrata verdadero. La democracia individualista norteamericana, con el presidente Wilson a la cabeza, desarrolla ese programa, y no solamente para Estados Unidos sino para el mundo entero, propiciando el sistema de organizar las naciones formando una liga de ellas, para unir las gentes y evitar las guerras. Filósofos individualistas como Spencer y pensadores como Alberdi, lo sostuvieron también en obras célebres anteriormente. ¡Hay que leer ese “crimen de la guerra” del pensador argentino, la obra más sesuda que se ha escrito contra la guerra, para convencerse de la elevación de miras del gran humanista argentino--que no tiene una estatua en su tierra y vivió y murió como paria, pues no supieron comprenderlo,--adelantándose más de un siglo a su tiempo! En su obra “Instituciones Industriales”, escrita por el año 1890, Spencer desarrolla la idea, cómo, sólo con el obrar individual y democrático, es decir, con que el individuo ejercite sus libertades naturales a condición de respetar iguales derechos por parte de los otros, tanto en el interior como en el exterior de los países, y que los Estados se concreten a hacer respetar y nada más esas _igualdades_ en las _libertades_ en vez de desatender la función de justicia que es su fin primordial y de ocuparse de otros asuntos que son del rol individual, como ocurre hasta ahora, y es lo que obstaculiza el progreso; creándose además, con la disminución de las guerras, por el comercio, por las industrias, por el tráfico, por la inmigración, por las ciencias, una confederación de Estados mundial, Estados que no serán imperialistas sino más reducidos y más iguales en lo futuro--así opinaba Spencer que debía crearse la democracia universal siguiendo el desarrollo de los pueblos. Y a mi juicio dió en el clavo de la cuestión, como lo cree también el sociólogo Vaccaro, y lo está practicando con éxito indiscutible Norte América y su presidente demócrata individualista Wilson.

Pero es el caso que muchos años antes, Alberdi propuso lo mismo, en la obra que cito, allá por el año 70, con motivo de los preludios de la guerra francoprusiana.

Haciendo honor al pensador argentino, vamos a transcribir los siguientes párrafos; dice hablando de la libertad interna: “En mi opinión la ruina de la supremacía militar de la Francia no es hija de los contrastes y reveses de su reciente guerra con Prusia, sino que esos reveses son resultado de la ruina que ya existía, sin manifestarse, de esa supremacía. Ha muerto a mano de otros progresos de la Francia en el camino de la civilización. Un gobierno sin libertad, un país sin industria aventajada, son más capaces de preponderancia militar que un país libre y rico por la preponderancia noble de su industria. En este sentido la Prusia y Rusia son más capaces de preponderancia militar que la Inglaterra. El ejército perfeccionado es la expresión de un gobierno en que la subordinación prima a la libertad”. Y en otra parte, hablando de la cuestión externa, dice: “El mayor obstáculo para llegar a la organización del mundo en una vasta sociedad de naciones es la existencia de lo que hoy se llama _grandes poderes_ o grandes aglomeraciones nacionales; pues lo primero que exige en nombre de su grandeza uno de esos poderes, cuando se trata de decidir la contienda que le divide con otro, es que nadie intervenga ni se mezcle en esa decisión. Ese _nadie_ es la sociedad general, el mundo neutral, es decir el juez natural de los pleitos internacionales. Remover ese obstáculo es propender sistemáticamente a la subdivisión de las grandes naciones, es decir, a la disminución de su poder para que ninguna de ellas sirva de resistencia invencible a la formación de la Nación suprema y definitiva, compuesta de todas las naciones del mundo, hoy dispersas, errantes y anarquizadas entre sí. Los grandes Estados son lo que eran los grandes señores como obstáculos y resistencias al establecimiento de la sociedad política y de la autoridad nacional de cada país. De modo que en lo internacional, como en lo interior de cada nación, se llega a la unidad general por la división de las unidades parciales que aspiran a realizarla... “Unidad que no depende de la multitud, es tiranía: multitud que no se reduce a la unidad es confusión”, ha dicho Blas Pascal”. (Páginas 321 v 284, _Obras Post_.).

V

Así, pues, en resumen, pensamos: Que con una democracia individualista en lo interno y externo de las actuales naciones, es decir, con el obrar amplio por el individuo, haciendo uso de su libertad, pero respetando iguales libertades por parte de los demás, o sea la _igualdad_ de las libertades naturales, y con la garantía real, verdadera, por parte de los gobiernos de esas libertades en el obrar para el individuo, sin mayores restricciones que las que imponen el ejercicio de las mismas por parte de los demás, es como la sociedad humana tiende a evolucionar en lo futuro para ser feliz el hombre y progresar él y la sociedad. La humanidad necesita así, para constituirse definitivamente, de la Confederación de naciones _en donde todas entren como iguales_, para que haya la fuerza pública necesaria a castigar las violaciones a la justicia de los Estados, cometidas por alguna o algunas naciones que pretendieran hacer uso de sus libertades abusivamente, es decir, desconociendo iguales derechos de vida por parte de las otras. Con sólo, pues, el principio de justicia, individualista: _la libertad, igual para todos_, o sea la igualdad _natural_ en el obrar, se ha de organizar la humanidad democrática del porvenir. Por el respeto de ese principio, en virtud del convencimiento que la ciencia aporte a las gentes a medida que el pueblo se vaya instruyendo, y se vaya haciendo hábito dicho principio de justicia a fuerza de vivirlo cada vez más ampliamente por el tráfico en aumento siempre entre los pueblos, y sobre todo, sabiendo, como deben saber, que detrás de su violación está el poder de la comunidad para castigar al individuo abusivo que se toma las libertades ajenas, creyéndose privilegiado en el mundo, se creará la _libertad_, la _igualdad_ y la _fraternidad_. No es con palabras, mentidas en los comicios, ni con letras de molde en las leyes, ni tampoco con oraciones en los conventos donde el amor al prójimo a nombre del Dios es predicado por explotadores de los “fieles”; a esta altura del discurso, si obligado estuviera a pronunciarme entre Norte América, democrática individualista, y Rusia actual, socialista maximalista, entre Wilson y Lenine mi predilección no se haría esperar; optaría por los Estados Unidos y Wilson, sin que por esto pensare que todo lo realizado por ellos sea perfecto, y sí solo sostengo el sistema, la tendencia, que allí mismo se ha de perfeccionar, pues dista mucho de alcanzar el ideal democrático individualista.

Jóvenes amigos; señores. Mientras las luchas de clases, de tribus, de naciones, no se atemperen por el respeto recíproco de las gentes al principio de justicia que dejo explicado, desconfiad siempre de esos protectores de clases desemejantes que os quieren ayudar desde el poder--“proteccionismos” que día a día se ven fracasar en los individuos y en las naciones.--Mas, tal desconfianza, tal precaución, no debe ser nunca un obstáculo puesto al advenimiento de una confraternidad de miras democráticas, igualitarias _naturales_, porque esto implicaría formar clases cerradas y naciones guerreras que han sido fatales para el progreso de los pueblos y la humanidad. Los aristócratas o burgueses que adoran tanto al pueblo y quieren pasar por demócratas, traten de conseguirlo, pero haciendo primero los sacrificios de sus privilegios injustos, antes de que el pueblo, desengañado, cambie el tono de sus reclamaciones. A tiempo están de abdicar tantos privilegios económicos, sociales y políticos de que gozan. ¡Que se hagan ver!

LA CRÍTICA Y EL ARTE

POR OCTAVIO MENDEZ PEREYRA

De Panamá

Si el arte es uno de los objetos más elevados de la actividad humana y la forma de trabajo más difícil, es, por lo tanto, de lo que merece despertar en nosotros más interés y más simpatía. He aquí porqué la crítica de arte ha podido alcanzar en nuestros tiempos un gran desarrollo y llegado a ser una de las ciencias más complejas, una ciencia que es sociología, historia, psicología, estética, lógica, óptica, acústica, geometría y cien ciencias más a la vez. No ejercen, pues, el verdadero apostolado de la crítica los que aun se empeñan en la pueril tarea de constituirse en árbitros para juzgar, por sí y ante sí, sin la preparación y la disposición requeridas, lo que es producto de elementos heterogéneos que es preciso conocer y estudiar, si se quiere emitir un juicio exacto, justo e interesante.

Taine ha llegado a establecer, en una reacción unilateral exagerada, que “para comprender una obra de arte, un artista, un grupo de artistas, es preciso representarse con exactitud el estado general del espíritu y de las costumbres, del tiempo a que pertenecen”[27]. Aunque fuera posible aplicar tan rigurosamente esta regla del maestro de la Filosofía del Arte, siempre quedarían por considerar el temperamento personal del autor y, sobre todo, la obra misma, en cuanto a la cantidad de vida independiente que pueda contener, porque el verdadero objeto del arte es la expresión de la vida.

Y como la vida no es sino una gran complejidad, resulta verdad que la crítica de arte tiene por fuerza que ser una de las labores más complejas del espíritu humano y, por esto mismo, una ciencia muy amplia y liberal, que acepte con simpatía e interés todas las manifestaciones de la inteligencia, todas las creaciones de la fantasía y todos los temperamentos y particulares predilecciones. Mientras más numerosos y contrarios sean éstos, tanto mejor para la solidez de los estudios y la seguridad de los principios, tal como, en el campo de las ciencias naturales, acontece al botánico o al zoólogo con las infinitas manifestaciones de la vida vegetal o animal. El único deber del crítico es “exponer hechos y mostrar cómo se han producido esos hechos”; dejarse emocionar, y comunicar después sus emociones y las ideas que encierra la producción. No es confesar preferencias, pedir genio, exigir profundidad, señalar errores, imponer preceptos, absolver, condenar, amonestar...

Por otra parte, conviene tener presente que la verdadera obra de arte no puede ser analizada en detalle, con la sequedad del químico, porque entonces deja de ser obra de vida y se convierte en un cuerpo frío e inexpresivo, en una especie de mecanismo sin influencia emocional y educativa. La obra de arte sólo es fecunda y eficaz en los momentos en que actúa como una fuerza viva sobre nosotros, en que influye con entusiasmo sobre el individuo y desarrolla en su alma armonías sensibles, emociones hondas, calor y simpatía. Y es que la emoción estética no es la consecuencia de un análisis, de una disección detallada; es algo que se apodera de nosotros en bloque como si entre el alma del artista y la nuestra un fuego divino hubiese producido misteriosa fusión. Antes de juzgar la razón, juzga nuestro sentimiento, y muchas veces aquélla es incapaz, como observa Gauckler, de fallar por otra cosa que por la impresión sentida. “Si durante los últimos siglos--dice--se ha tratado de proscribir del arte la imaginación y de buscar lo bello en las propiedades exteriores de las obras exclusivamente, ha sido porque entonces la filosofía, eminentemente racionalista, ha sido la expresión de una reacción contra el gran movimiento sentimental que caracterizó a la época del Renacimiento”[28]. Una cosa es, pues, la emoción de arte y otra es la habilidad técnica, muy apreciable, sin duda, pero menos significativa y menos importante en los dominios complejos de la estética. Lo primero que debemos buscar en la obra de arte es su expresión, su significado, su razón de ser, la que no puede menos de estar relacionada con una manifestación de vida, sea ésta un pensamiento, una pasión, un sentimiento o una necesidad. Sólo después de haber descubierto el sentido oculto bajo las formas, la sangre que las vivifica, estamos capacitados para juzgar hasta qué punto el artista ha logrado traducir fielmente su idea, o expresar correctamente su sentimiento. La forma da, sin duda, valor y carácter al fondo, pero no es, en definitiva, sino una envoltura, un mero estuche que vale mucho más por lo que contiene, cuando contiene algo.

En todo caso, hay que tener en cuenta que para gozar enteramente de una obra de arte es preciso ser apto para comprender la pasión, el sentimiento que la informa y la idea que la encarna y le da vida. Es preciso también, muchas veces, encontrar en la obra una manifestación de lo mejor de nosotros mismos, darle algo de nuestra propia alma, o ser capaces de animarla con nuestros propios sentimientos y una emoción espontánea y honda.

“Para comprender bien una obra de arte--dice Guyau--es preciso penetrarse tan profundamente de la idea que en ella domina, que se vaya hasta el alma de la obra o que se le dé una, de tal modo que adquiera a nuestros ojos verdadera individualidad y constituya algo como otra vida en pie al lado de la nuestra”[29]. Es decir, hay que revestir de cierta unidad y de cierta vida la obra para armonizarse con ella, como si por un acto de la inteligencia y el corazón la hubiésemos antropomorfizado, le hubiésemos dado calor de humanidad. Sólo entonces habremos dejado de ser fríos y pasivos ante la obra artística y estaremos en aptitud de fraternizar con ella y perdonarle los pequeños defectos, para admirar mejor lo que tenga de bello y de bueno.

Porque la admiración necesita de constantes perdones y el estudio de constante simpatía para ser fecundos, de la misma manera que el hombre necesita ser amado, o, por lo menos, ser simpático, para ser perdonado y ser comprendido. En arte--ha dicho el mismo Guyau[30] “basta con demasiada frecuencia el no querer ser conmovido para no serlo, pues uno es siempre más o menos libre de negarse a sí mismo, de encerrarse en su yo hostil y hasta de perderse en él”. Y “lo triste es--agrega--que el que quiere hallar lo feo lo encontrará casi siempre y perderá por el placer de la crítica el de ser _conmovido_ que, según La Bruyère, vale aún más”. Otro autor, Emilio Henniquin[31], ha llegado a escribir, por este mismo camino, que “una obra sólo tendrá efecto estético sobre las personas que poseen una organización mental análoga e inferior a la que ha servido para crear la obra, y de la que puede ser deducida”. Y ello parece efectivo porque es evidente que existen, por otro lado, egoísmos intelectuales, prejuicios razonados, segundas intenciones, temperamentos hoscos e insociables a los cuales una obra, por meritoria que sea, produce siempre una antipatía que ciega el corazón a las bellezas y el cerebro a todo entendimiento. Sólo por esto se comprende a Lope cuando insulta a Cervantes, a Víctor Hugo cuando niega a Goethe, a Voltaire cuando rebaja a Shakespeare, ese mismo Voltaire que convenía en reconocer _un placer en no tener placer alguno_, acaso obedeciendo a la convicción íntima de que “rebajar a otro es elevarse a sí mismo”. A pesar de esto, siempre será más humana, más elevada y más educativa la crítica serena e imparcial de las bellezas y los defectos, que la crítica sistemática de los defectos. “Puede ser útil descubrir un defecto en un diamante; es mejor encontrar un diamante en la arena”.

La obra de arte, cuando es sincera, es la más elevada pretensión del hombre y merece nuestro respeto cariñoso por imperfecta que ella sea. “Grano de arena arrojado en este mundo en trabajo, tiene la ambición de detener su evolución perpetua, de dar duración a lo que pasa, de retener lo que huye, de inmortalizar lo que muere... Y así es como el sentimiento estético, que no es el arte, conduce a él”[32].

Amarlo todo, admirarlo todo, comprenderlo todo, he ahí la verdadera filosofía del hombre sano y fuerte. Una indulgencia inagotable para todas las debilidades humanas, un vasto perdón para todas las vanidades y utopías y esa _amable y piadosa filosofía de la buena sonrisa_ para todos los defectos y errores, he ahí la mejor coraza del crítico y el más genuino temperamento del hombre culto. No impidamos, pues, con críticas estrechas, que cada cual haga su ensayo de volar como las mariposas, como las avecillas o como las águilas; cada vuelo llena su misión en la naturaleza, tiene su explicación, encierra su dosis de belleza y constituye una necesidad de la armonía universal. ¿Qué sería del cóndor si al intentar sus primeros ascensos le cortásemos las alas rudimentarias? ¡Cuántas veces el ave que escaló las nubes y embriagó sus pupilas de sol no cayó antes, en sus primeros revuelos, de la copa del arbusto o de la cima de la roca escarpada!

Seamos generosos, seamos sensatos, y dejemos también nosotros que las energías de nuestro ser contribuyan a las puras construcciones del arte; que el esfuerzo noble e idealista triunfe sobre las barreras del materialismo y las pasiones bastardas; que nuestra alma, en fin, trate de elevarse a la suprema belleza humana y ensaye comulgar con las infinitas armonías de la naturaleza. Esa belleza y esta comunión, lejos de aminoramos, nos harán, con sus misteriosos secretos, más fuertes, más grandes y más virtuosos.

Por la obra de arte renovamos y sostenemos nuestros goces más delicados y, “si es verdad que la Ciencia no tocará jamás con el dedo el gran Desconocido que persigue, el Arte nos consolará de su impotencia haciéndonos entrever en las armonías pasajeras, cuyo secreto nos entrega, la imagen de esa armonía superior, causa y fin de toda materia, de todo movimiento, de toda vida”[33].

No cerremos, pues, el corazón y el cerebro a los grandes misterios y palpitaciones de la vida. Que cada palabra bella, que cada esfuerzo sincero, que cada pensamiento noble, que cada gesto original, que cada paso recto, produzca en nuestro espíritu una vibración afectuosa y caiga en su seno como abono de luz para nuevas germinaciones... Que nuestra alma, abierta al cielo cómo una flor inmensa, recoja en su seno todos los perfumes, todas las armonías, todos los colores, todas las caricias, para transformarlos en néctar precioso de belleza, de bondad y de vida. Y así habremos llenado la más alta misión en la tierra.

LAS IDEAS FILOSÓFICAS DE AMEGHINO

POR JOSE INGENIEROS

Profesor en la Universidad de Buenos Aires

I. Su orientación filosófica inicial.--II. El transformismo y la paleontología filosófica.--III. “Mi Credo”; los cuatro Infinitos; la vida y la muerte.--IV. Noción de Dios y noción de Espacio.--V. Filogenia del lenguaje.--VI. El origen de la Vida.--VII. Otros aspectos.

I.--SU ORIENTACIÓN FILOSÓFICA INICIAL

La índole misma de sus estudios científicos impuso a Ameghino el examen de ciertos problemas filosóficos. Dotado de un temperamento imaginativo y revolucionario, se inclinó, desde muy joven, a generalizar los resultados de la experiencia y a trascender sus dominios técnicos mediante hipótesis de cierto vuelo.

En la Memoria presentada en 1876 a la Sociedad Científica Argentina, sobre la geología de la formación pampeana, adviértese que está impregnado de Lyell y Darwin. Es transformista. Con vigorosa pujanza juvenil defiende su posición filosófica y embiste a los que en nombre de la teología y de la rutina se oponen a la investigación de la Verdad. En esa época pasaba por aguda crisis el llamado “conflicto entre la Religión y la Ciencia”; son, sin duda, un reflejo de ella los párrafos preliminares de su Memoria, bastante significativos acerca de su pensamiento inicial, pues el autor tenía veinte y dos años de edad.

Su tesis es profundamente subversiva. Considera que los teólogos, o sabios de antaño, habían subyugado a las gentes sencillas enseñándoles mentiras que ellos mismos no creían; para apuntalar el despotismo necesitaban mantener al pueblo en la ignorancia, inculcándole ideas retrógradas y supersticiosas; una de ellas era la leyenda bíblica de la catástrofe diluviana con que un Dios vengativo había castigado a la humanidad. Los tales sabios de antaño pretendían ahora explicar los hallazgos de fósiles, suponiendo que la legendaria catástrofe los había enterrado inesperadamente; pero la hora había llegado de que terminaran esas patrañas, pues los restos fósiles no son antediluvianos y pertenecen a especies que vivieron y evolucionaron durante el vasto período de tiempo en que fueron sedimentándose los terrenos llamados diluvianos, cuya progresiva estratificación no acredita la hipótesis tradicional.

* * * * *

“¿De dónde han venido (los restos fósiles, en general)? ¿Qué mano, qué fuerza, qué poder inmenso es el que ha llevado sus despojos a las cumbres de las montañas a miles de pies de elevación, ha rellenado con ellos su interior, los ha transportado al centro de los continentes a grandísimo número de leguas de los mares actuales, y los ha enterrado en las entrañas de la tierra a centenares y aun a millares de metros de su superficie? ¿Qué mano misteriosa es la que ha dejado en la superficie de la tierra un monumento imperecedero tan elocuentísimo de su inmenso poder?

“Estas preguntas hacía el pueblo a los sabios de antaño. Estos, después de haber estudiado la cuestión y encontrado una explicación satisfactoria y conveniente para ellos,--puesto que mediante ella trataron de afianzar y aun consolidar el inmenso castillo bamboleante y sin cimientos que habían fabricado sus antecesores sobre la ignorancia del pueblo, al cual tenían subyugado a su capricho (ignorancia que trataron siempre de mantener y aun fomentar, inculcando en el pueblo ideas retrógradas y supersticiosas, para de este modo asegurar mejor su despotismo),--se apresuraron inmediatamente a contestar diciendo que todos esos restos de seres organizados que se encuentran dispersos y enterrados en todas partes del globo, son los restos de los desgraciados seres que vivían cuando ocurrió el diluvio universal, que habían sido víctimas de dicha catástrofe. Y que sus restos, habiendo sido acumulados, enterrados y dispersados en todas direcciones del modo más confuso, venían a ser, por consiguiente, la prueba más evidente y convincente de la gran catástrofe, por medio de la cual la irritación del Todopoderoso hacia la concupiscente raza humana de entonces, hizo devastar al mundo entero destruyendo a hombres y animales. ¡Como si estos últimos también hubiesen sido culpables!

“Esta fué la respuesta de los sabios o, más bien dicho, de los teólogos de antaño, puesto que casi todas las ciencias eran antes enseñadas por el clero; y aunque hubiese habido alguna persona que hubiera dudado de la posibilidad de dicha catástrofe, se habría guardado muy bien de revelar su opinión, pues ahí estaba pronto el despotismo de la teocracia para ponerle un freno a la lengua cada vez que hubiera tratado de poner en discusión cualquiera de las falsas hipótesis de la ciencia teocrática. Pero al dar esa respuesta, creían que nadie les había de probar lo contrario, y muy lejos estaban de creer que llegaría un día no muy lejano en que se probaría por medios evidentes y hechos irrecusables, no tan sólo que los numerosos restos organizados que se hallan enterrados en las entrañas de la tierra no son el resultado del diluvio universal, sino que hasta se llegaría a demostrar que es imposible que esta misma catástrofe haya tenido lugar...”

En efecto, el agua que se encuentra en nuestros mares es insuficiente para cubrir toda la superficie de la tierra, hasta los picos más elevados. Para sostener la existencia del diluvio universal se debería suponer que las aguas provienen de algún punto exterior al planeta, o que Dios las creó de la nada y después de haber conseguido su objeto las volvió a la nada. Tal hipótesis le parece imposible, geológicamente hablando, pues de todos los fenómenos que se han verificado en nuestro globo, desde sus orígenes, no se conoce ninguno debido a causas sobrenaturales; “por consiguiente, el diluvio universal, explicado por causas agenas a las leyes naturales y que no caen bajo nuestros sentidos, es un absurdo, es un imposible geológico. Casi todas las montañas, aun las más altas del globo, presentan en su superficie bancos de coral, conchas marinas de diferentes especies, etc., que los partidarios del diluvio universal atribuyen a dicho cataclismo, suponiendo que las aguas los llevaron y depositaron en las cimas de las montañas; pero ¿cómo explicar el hecho de que muchas de esas montañas, desde su base hasta su cima, están en su interior completamente llenas de dichos despojos puestos por capas sucesivas; que cada una contiene sus fósiles característicos de los cuales no se encuentran vestigios en las otras capas; y que cada una denota pertenecer a períodos de millares de años durante los cuales se fueron modificando lenta pero progresivamente los seres animales que durante ellos vivían? ¿Cómo explicar el hecho de que algunas de esas capas están compuestas de animales marinos y otras de fluviales? Nunca consiguieron los teólogos explicarlo satisfactoriamente.

“Sólo a los ateos, según los llaman ellos, les estaba reservado poder explicarlo satisfactoriamente, como han probado de un modo evidente los geólogos que dichas montañas no son otra cosa que terrenos formados lentamente en el fondo de los mares y los lagos, que más tarde fueron sublevados por efecto del calor del horno central de la tierra, que careciendo, comparativamente a la gran intensidad de su calor, de suficientes válvulas de seguridad (volcanes), los formaba en los puntos menos resistentes de la corteza terrestre sublevando inmensas capas de terreno, cuya mayor parte yacían en el fondo de los mares de aquella época, y que son los que constituyen nuestras montañas actuales”.

Los partidarios de las viejas tradiciones creyeron defenderlas reconociendo esos acontecimientos geológicos, pero agregando que habían ocurrido antes del diluvio legendario; los efectos de éste debían buscarse en los terrenos móviles o poco coherentes (sedimentarios) que descansan sobre los anteriores y a los que se dió el nombre de _diluvium_ o terrenos diluvianos. “Por consiguiente, la cuestión no se reduce más que a saber si realmente los terrenos, a cuyo conjunto se ha dado el nombre de _diluvium_, son el producto de una gran catástrofe. Casi todos los geólogos modernos, fundándose en hechos, pruebas y razones convincentes, se han declarado por la negativa.”

* * * * *

Lo que Ameghino se propone, en suma, no es simplemente describir observaciones estratigráficas ni colecciones de fósiles; desea intervenir en uno de los grandes conflictos trabados entre la Ciencia y la Religión, poniendo al servicio de la primera sus observaciones personales. En efecto, “los terrenos que ocupan la superficie de las pampas argentinas hasta una profundidad de veinte metros y más, a cuyo conjunto se ha dado el nombre de _formación pampeana_ o terrenos pampeanos, corresponden por su situación geológica a los que en Europa se han llamado diluvianos. En estos terrenos se han encontrado, lo mismo que en sus análogos europeos, los huesos de un gran número de mamíferos conocidos generalmente con el nombre de _antediluvianos_. En estos terrenos se han encontrado huesos humanos y objetos de su industria, a los cuales, por estar como están, mezclados con huesos de mamíferos extintos llamados _antediluvianos_, habría también que aplicarles dicho calificativo. Ahora bien: el término _antediluviano_ ha sido introducido en la ciencia para designar cualquier cosa que fuera anterior al supuesto diluvio universal, cuya existencia era antes casi generalmente admitida. Si conservásemos dicho término para designar los animales que se encuentran en el terreno pampeano y los huesos humanos que se han encontrado junto con ellos, sería lo mismo que si dijéramos que los animales a que pertenecieron dichos huesos fueron anteriores a la supuesta catástrofe diluviana, es decir, a una supuesta fecha o punto de partida, puesto que el diluvio, como nos lo quieren hacer entender los defensores de las erróneas tradiciones bíblicas, no ha sido más que una gran inundación simultánea sobre toda la superficie de la tierra.

“Por eso es que para nuestros fines nos resulta de suma necesidad saber si los terrenos pampeanos han sido formados momentáneamente por efecto de una gran inundación, o son, por el contrario, el producto de la reunión de un gran número de causas, que estuvieron en actividad durante un largo número de años.

“Si lo primero es exacto, los animales cuyos restos encontramos en ellos deben haber vivido con anterioridad a la catástrofe que los formó y de la que fueron víctimas; y en ese caso el calificativo de _antediluviano_ les sería bien aplicado.

“Si fuese lo segundo, el término _diluvio_ o _diluviano_ ya no indicaría una data o fecha, sino una época o un gran período de tiempo, durante el cual habrían tenido vida los numerosos seres organizados cuyos restos se encuentran en los terrenos que durante él se formaron; y, en consecuencia, el término _antediluviano_ sería mal aplicado, porque equivaldría a decir que tuvieron vida anteriormente a una catástrofe que jamás ha tenido lugar y podría substituirse por el de _diluviano_, que equivaldría a decir que tuvieron vida durante la época o período así llamado.

“Vamos a tratar de resolver la cuestión no con simples hipótesis o argumentaciones sin fundamento, sino con razones, pruebas y hechos, cuya exactitud podrá comprobar cualquiera”.

Su propósito no es, como se vé, simplemente descriptivo; si observa terrenos y colecciona fósiles, persigue fines ideológicos más elevados. Tiene, ciertamente, a los veinte y dos años preocupaciones que merecen el nombre de filosóficas. Reaparecen ellas en _La Antigüedad del Hombre en el Plata_ (1880), verdadero resumen de todos sus escritos precedentes, y persisten en _La Edad de la piedra_ y en el _Homenaje a la memoria de Darwin_, verdaderos eslabones que articulan su pensamiento juvenil con las ideas científicas de su vida entera.

II.--EL TRANSFORMISMO Y LA PALEONTOLOGÍA FILOSÓFICA

El ciclo de su obra viril se inicia con _Filogenia_ (1884), obra que por su método y orientaciones pertenece al género de la llamada _paleontología filosófica_.

Después de Goethe, Oken y Buffon,--los precursores,--el transformismo fué enunciado, con firmeza creciente, por Lamarck, Saint-Hilaire y Darwin. Las obras de este último, concordantes con las expuestas por Lyell en otros dominios, revolucionaron la zoología; a poco, mientras Haeckel y Huxley le aportaban comprobaciones valiosas, cundió entre los paleontólogos el transformismo y primaron en el estudio de los fósiles los trabajos de reconstrucción filogenética. Neumayr delineó la de los invertebrados, Cope la de los vertebrados; ambos introdujeron en la paleontología el transformismo, más darwinista en el primero y más lamarckiano en el segundo. Al mismo tiempo daba a luz Gaudry sus leidísimos volúmenes sobre “los encadenamientos del mundo animal”, coronados más tarde por su “ensayo de paleontología filosófica”.

Durante la estancia de Ameghino en Europa (1878-1881) esa orientación filosófica de la paleontología estaba en pleno auge; refléjase ella ampliamente en _Filogenia_ (1884), obra que tiene, junto a sus muchos méritos, los apresuramientos propios de esa época, que justificaron la prudente voz de alarma lanzada por Zittel.

El prólogo de _Filogenia_, en su parte final, es de un optimismo fervoroso. Ameghino se propone restaurar el árbol filogenético para dar la demostración irrefutable del transformismo; confiado en su juventud, sólo pide tiempo para ello. Declara que una empresa de tal magnitud y responsabilidad científica no puede esperarse de hombres que tienen ya una reputación hecha y temen arriesgarse a comprometerla; las obras revolucionarias están reservadas a los jóvenes. “Reconozco la necesidad imperiosa de proceder cuanto antes a bosquejar este ensayo de clasificación genealógica, y voy a acometer la empresa sin disimularme las dificultades que para ello tendré que vencer, los deberes que me impone, los sinsabores que quizá me reserva y la acerba crítica con que sin duda será acogido por todos los que no tienen fe en el porvenir y en las innovaciones, y ven detrás de cada revolución un caos, sin reflexionar que después del fuerte rugir del trueno y de la obscuridad que momentáneamente produce el encapotado cielo, la bóveda celeste se muestra más límpida y azul, y el sol aparece más brillante y más hermoso”.

_Filogenia_ es un simple punto de partida, la fijación del método para llegar al fin; así lo expresa el subtítulo: “principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas”.

Nunca olvidó Ameghino esa orientación filosófica inicial. Pasó los más de sus años siguientes en clasificar las cuatro grandes faunas paleontológicas de las formaciones pampeana, paranaense, hermosense y patagónica, determinando a la vez sus condiciones geológicas; pero de tiempo en tiempo volvió a lanzar una mirada sinóptica a su obra, conexionándola con sus propios orígenes y proyectándola sobre el porvenir[34]. Ya en plena madurez, acicateado por algunos descubrimientos, renacieron en él con nuevos bríos las inclinaciones antropogenéticas que había revelado en el capítulo final de _Filogenia._ Ocupó sus últimos años en perfeccionar la serie de los ascendientes del hombre, problema de la mayor trascendencia filosófica. Sostuvo, como Darwin y todos los darwinistas, que los antecesores del hombre no deben buscarse entre los actuales monos antropomorfos, sino entre los monos ya extinguidos que dieron origen a ambas ramas; pero a todos los excedió en el empeño que puso en acabar una demostración tan inútil. No la necesita ya ningún transformista; nunca parecería suficiente a quien desee creer en el origen sobrenatural del hombre y en la invariabilidad de las especies.

III.--“MI CREDO;” LOS CUATRO INFINITOS; LA VIDA Y LA MUERTE

En 1899 publicó Ameghino tres artículos sobre _Los Infinitos_: espacio, materia y movimiento[35]. Sus conceptos fundamentales reaparecieron en la conferencia _Mi Credo_, pronunciada el 4 de agosto de 1906, en la Sociedad Científica Argentina; en este conocido trabajo renovó su adhesión a los principios del naturalismo filosófico, cuyas hipótesis más corrientes expuso en forma sencilla y con visible originalidad en ciertos detalles.

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Concebía el Cosmos como un conjunto de _cuatro infinitos_: el inmutable _infinito espacio_, ocupado por el _infinito materia,_ en _infinito movimiento_ en la sucesión del _infinito tiempo_.

“Materia y espacio tienen la relación de contenido y continente. El espacio existe, es una realidad, puesto que en el Universo es lo único inmóvil, perenne, inmutable, sirviendo de receptáculo a la materia. Concebir algo que sea menos que el espacio o que se encuentre fuera de él, es un imposible.

“La materia es la substancia palpable que llena el Universo, y no podemos figurárnosla sino ocupando espacio; es evidente que la porción del espacio ocupada por un átomo de materia no puede ser a la vez ocupada por otro.

“La materia no tuvo principio, ni tendrá fin. Que es indestructible, es evidente, puesto que no es concebible la posibilidad de sacarla fuera del espacio.

“Como inseparable del espacio tenemos el intangible infinito tiempo, que podemos definir como la sucesión infinita de la nada corriendo paralelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la materia.

“Como inseparable de la materia tenemos el infinito movimiento, que aunque inmaterial, a diferencia del infinito tiempo, es sensible y tangible.”

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Dejando los infinitos intangibles, espacio y tiempo, se detiene Ameghino a examinar los dos infinitos tangibles: materia y movimiento.

Acepta el atomismo para explicar la constitución de la materia. El movimiento no existe independiente de la materia; es sinónimo de fuerza o energía.

La evolución de la materia obedece a dos movimientos opuestos, de igual intensidad: concentrante y radiante, es decir, de atracción y repulsión. La evolución concentrante es progresiva; la radiante es regresiva.

Un principio fundamental rige la universalidad del movimiento: “la intensidad del movimiento está en relación inversa de la densidad de la materia”. Hay mundos en formación y mundos en disolución: ese equilibrio es eterno.

La materia presenta numerosos estados, desde el etéreo que llena los espacios estelares, hasta el pensante que constituye el cerebro en actividad. La estructura de esos estados es variadísima, correspondiendo a cada uno de ellos un agrupamiento molecular distinto. La transición entre esos estados es necesariamente progresiva. “La infinita variedad de aspectos bajo los cuales se presenta la materia, como todos los fenómenos físicos y químicos, se reduce al predominio (localizado en el tiempo y en el espacio) del movimiento concentrante o del movimiento radiante, que modifican la materia variando a lo infinito su grado de elevación jerárquica y la complejidad de los agrupamientos moleculares. Todos los elementos de la materia son múltiplos del átomo único fundamental: el éter.

Los cambios de estado de la materia se acompañan de absorción o emisión de calor.

Si los átomos son impenetrables, las moléculas son penetrables; los distintos estados de la materia coexisten contenidos los unos en los otros.

Las diversas formas de energía se transforman entre sí en proporciones siempre equivalentes.

Los fenómenos físicos consisten en variaciones de la composición molecular de la materia; los fenómenos químicos son disociaciones y reagrupaciones de los elementos moleculares.

Las leyes naturales, con excepción de las muy pocas que rigen los infinitos, no son eternas ni inmutables; son modos de equilibrio entre el movimiento concentrante y el movimiento radiante: a cada modificación de las condiciones de equilibrio corresponde una variación de las leyes naturales.

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“No hay diferencia de substancia entre los cuerpos orgánicos y los cuerpos inorgánicos, entre el cuerpo vivo y el cuerpo muerto”; entrando en la composición de ambos los mismos elementos, su diferenciación es secundaria y no primitiva, datando de una época relativamente recientísima. Los organismos se formaron sobre la tierra cuando su condensación fué suficientemente avanzada y la temperatura suficientemente baja para que no se coagularan los albuminoides: “los organismos son el resultado de la transformación de los inorganismos”. La vida es una modalidad complicada del movimiento: todas sus manifestaciones se reducen a formas de movimiento que ya encontramos en los inorganismos.

La cantidad de materia viviente es invariable en las actuales condiciones de equilibrio de la tierra y no variaría en cuanto ellas persistiesen; está determinada por la cantidad de nitrógeno disponible que existe sobre la tierra, que no puede sufrir aumento o disminución sin producir un desequilibrio en el estado dinámico periférico de nuestro globo.

Los primeros organismos se constituyeron por generación o evolución espontánea, al transformarse la materia inorgánica. Actualmente la generación espontánea no existe. No puede existir porque ya no hay nitrógeno libre, cuya totalidad está acaparada por el mundo orgánico existente, que representa la cantidad máxima de materia susceptible de vivir.

La formación espontánea de la materia viviente se efectuó una sola vez y no volverá a producirse; fué una etapa en la evolución de la corteza terrestre, cuyas condiciones no se repetirán. La vida continuará sin discontinuidad mientras duren las actuales condiciones de equilibrio de la corteza terrestre. La materia de la corteza de los otros planetas ha pasado o pasará por la misma etapa, lo que implica la posibilidad de que sobre ellos aparezcan organismos vivientes.

Si la cantidad de materia viva es invariable, el aumento numérico de algunos organismos debe implicar la disminución de otros; esa es la causa última de la concurrencia vital o lucha por la vida. Siendo limitada la cantidad de materia asimilable, ese es el límite natural de la reproducción en los organismos: unos seres tienen que sucumbir para que los demás puedan vivir.

Colocado en condiciones favorables del medio, el protoplasma, o los seres vivos elementales, serían inmortales; la muerte es un desequilibrio entre el ser vivo y su medio.

Los organismos más complicados son colonias de organismos elementales, entre quienes se dividen las funciones necesarias a la vida del conjunto; su muerte es un desequilibrio en esa división del trabajo.

La diversificación, complicación y perfeccionamiento de los organismos se efectúa por una constante adaptación al medio, el cual también evoluciona constantemente.

En la evolución individual cada organismo atraviesa las etapas recorridas por sus antecesores en la evolución de las especies: la ontogenia repite la filogenia, en sus fases generales.

Los hábitos adquiridos en la evolución de la especie, aparecen en el individuo como instintos; siguiendo ese proceso, que nada puede interrumpir, el hombre de las edades futuras nacerá con todos nuestros conocimientos actuales involucrados potencialmente en su instinto.

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Los seres vivos mueren cuando la disimilación es mayor que la asimilación; el organismo se mineraliza progresivamente y sus funciones se entorpecen hasta hacer imposible el equilibrio total.

El hombre podrá algún día retardar su muerte, “poco menos que indefinidamente”. El término de duración de la vida no es fijo; debemos dilatarlo el mayor tiempo posible. “No creo que la muerte deba ser siempre una consecuencia inevitable y fatal de la vida”. Los organismos unicelulares, en determinadas condiciones, son teóricamente inmortales; los policelulares mueren porque sus células se mineralizan y dejan de funcionar, lo que se efectúa en época fija e invariable. Aunque la masa total de materia viviente sea invariable, ella puede estar dividida entre un número variable de individuos. “Puede, pues, concebirse, sin que sea un contrasentido ni esté en contradicción con las leyes naturales en vigencia, la posibilidad de que pudiera existir cierto número de organismos inmortales, que vivieran constantemente a expensas del mundo orgánico”.

Para alcanzar una longevidad indefinida es necesario que el funcionamiento orgánico no sea obstruído por la acumulación de sedimentos inertes. La tendencia evolutiva hacia una mayor longevidad es general y está muy acentuada en los organismos superiores; el hombre podría conocer las condiciones que la determinan y adaptar su propia evolución en ese sentido, “darle dirección y colocarse resueltamente en el camino de la inmortalidad”.

A nuestros lejanos descendientes “dotados de una longevidad de miles de años; con el saber innato de sus antecesores, heredado bajo la forma de instinto; con órganos de los sentidos mucho más perfectos que los del hombre actual; con una materia pensante infinitamente superior, les seria posible resolver los grandes problemas del Universo que se nos presentan todavía en forma de lejanas nebulosas”. La especie humana actual, salida de las precedentes, engendrará a su vez una especie más perfecta, próxima al concepto que el hombre se forma de la divinidad. En nuestros futuros descendientes, podría quedar cumplida la profecía bíblica: ellos serían a imagen y semejanza de los dioses[36].

IV.--NOCIÓN DE DIOS Y NOCIÓN DE ESPACIO

La concepción del Cosmos como conjunción de cuatro Infinitos, se encuentra explicada con mayor detenimiento en los artículos ya citados, anteriores a _Mi Credo_. La concepción panteísta está desenvuelta en su breve artículo _Noción de Dios y noción de Espacio_[37], destinado a contestar la pregunta: “¿Hay algo que en verdad exista, o que cuando menos pueda ser concebido en sana lógica como existente, que esté más arriba que el espacio y la materia?” Y después de reconocer la universalidad de la creencia en “un ser superior que gobierna el Universo y es autor y origen de todas las cosas”, da su respuesta decisiva: “la existencia de un ser superior, creador del Universo, es incompatible con la noción de la existencia y la eternidad del espacio y la materia”. Trata de probar con múltiples razonamientos lógicos la incompatibilidad de las nociones de Dios y de Espacio, terminando con las siguientes conclusiones explícitas:

“La idea de Dios es una idea primitiva, simple, sencilla, infantil, hija del temor que engendra lo desconocido y de la ignorancia, que sólo tiene ojos para ver las apariencias. Idea nacida con el hombre desde el estado salvaje y que ha ido modificándose poco a poco a medida que el hombre se civilizaba y cultivaba su inteligencia, hasta hacer de tal idea una concepción puramente metafísica, dotada de atributos no menos metafísicos, sirviéndome de esta expresión en su acepción más vulgar, que quiere que sea metafísico todo aquello que no se comprende. Y en efecto: nada hay, por consecuencia, tan metafísico como la noción de Dios y de sus atributos, puesto que todo ello es lo más incomprensible.

“La noción de espacio es, por el contrario, una idea compleja, que sólo ha podido presentarse en espíritus elevados y afirmarse como resultado del conocimiento previo del Cosmos.

“Una no deja lugar para la otra; y así como todo pueblo inferior se aniquila, desaparece y se extingue al estar en contacto con uno superior, así también la noción de Dios se disipa ante la concepción mucho más grandiosa, a la par que real y positiva, de la eternidad de la infinita materia, en movimiento infinito, que llena el infinito espacio”.

V.--FILOGENIA DEL LENGUAJE

Nunca osaron pensar Lamarck y Darwin, que la Anatomía Comparada y la Paleontología podrían corroborar el transformismo explicando las variaciones morfológicas que han permitido la evolución del lenguaje. Ameghino lo intentó en su escrito póstumo “_Origen poligénico del lenguaje articulado_”, en cuyo texto parece alterado el orden natural de los problemas y no están bien distribuídos los materiales[38].

Fácil es separar en esta monografía los elementos relativos al estudio de cuatro cuestiones distintas: 1.ᵒ Filogenia General del Lenguaje; 2.ᵒ Restauración filogenética de los órganos del lenguaje articulado; 3.ᵒ Origen poligénico de las lenguas humanas; 4.ᵒ Seriación de los elementos fonéticos del lenguaje articulado.

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La primera cuestión--Filogenia General del Lenguaje--parte de que, en la evolución de las especies animales, el lenguaje va convirtiéndose de mímica emotiva en lenguaje articulado. Para ello pasa por cuatro etapas progresivas:

1.ª Lenguaje animal o emotivo, propio de los animales, constituído por gritos vocales acompañados de expresiones musculares (gestos) para determinar mejor su significado.

2.ª Lenguaje exclusivamente vocal o prehumano, propio de los antecesores del hombre.

3.ª Lenguaje semiarticulado, constituído por vocales y semiconsonantes, sonidos intermedios que participan a la vez de la vocal y de la consonante. Corresponde a los primeros representantes del género humano, cuya mandíbula carecía, todavía, de apófisis geniglosa.

4.ª Lenguaje articulado, en el que los órganos bucales entrecortan el sonido vocal para constituir sílabas distintas. Este ha comenzado con la formación de la apófisis geniglosa, y ha alcanzado independientemente distintos grados de desarrollo.

(La parte mímica, expresiva o emotiva, ha ido disminuyendo a medida que iba en aumento el significado de las voces).

Ameghino analiza cada una de esas cuatro etapas, deteniéndose, especialmente, en la última, o sea el lenguaje articulado.

“No quiero invadir terreno extraño a mis conocimientos. Sin embargo, se me permitirá que exprese mi opinión, según la cual considero el estudio y clasificación de las lenguas del mismo modo que el estudio y clasificación de las especies en historia natural. Las lenguas deben ser tratadas como se tratan las especies. Schleiger ya había entrevisto este paralelo entre la lingüística y la historia natural, reconociendo que el lingüista debía abordar el estudio de las lenguas en la misma forma que el botánico estudia las plantas; pero no llevó el parangón a términos más precisos. Esta es la vía que debe seguirse.

“Las lenguas representan para mí las especies, y los dialectos las variedades de esas especies; las lenguas madres representan las familias y varias familias afines constituyen los órdenes de lenguas.

“Las especies lingüísticas están constituídas por tres sistemas de órganos: 1.ᵒ Los sonidos son los caracteres más fundamentales, los órganos (sonidos) duros de las lenguas, los que forman su armazón o esqueleto, equivalentes a los huesos en los vertebrados; son, como éstos, los que varían y se modifican con mayor lentitud, y, por consiguiente, los que deben servir para la distinción de los grupos principales, como los órdenes y su origen. 2.ᵒ Las voces o palabras, equivalen a los órganos blandos que varían con mucha mayor facilidad y sirven para determinar o definir las especies (lenguas) y variedades (dialectos). 3.ᵒ Las construcciones y formas gramaticales son sistemas de órganos que sirven para determinar las relaciones que hay entre las especies (lenguas) y agruparlas en géneros y familias. Entre esos órganos los hay primitivos, recientes, atávicos, perfectos, etc.”

“En las lenguas, como en las especies en historia natural, hay numerosísimas variedades, especies, géneros y familias extinguidas. Para llegar a resultados definidos hay que estudiar las lenguas desde el punto de vista filogenético, el mecanismo de los sonidos en sí y en sucesión en el niño, es decir, aplicando el método de los paleontólogos para establecer las líneas filogenéticas de los distintos grupos lingüísticos. Hay, pues, que hacer la filogenia de las formas desaparecidas y de cada uno de los órganos (es decir, de los sonidos), determinando la época de aparición relativa o sucesiva, y las modificaciones que esos sonidos han debido experimentar desde su primera aparición hasta nuestros días”.

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Nada más lógico que la segunda cuestión--Restauración filogenética de los órganos del lenguaje articulado--para el autor de _Filogenia_. El lenguaje articulado es una función desempeñada por órganos. Prescindiendo de su aspecto psíquico, vinculado a la anatomía e histología cerebrales, Ameghino se detiene a estudiar los órganos indispensables para que el lenguaje vocal se convierta en semiarticulado y en articulado.

Examina, en primer lugar, la variación progresiva de los huesos y órganos que intervienen en la fonación y en la articulación de los sonidos; bien observada, esta parte del trabajo resulta una nueva (y, en verdad, inesperada) aplicación del _procedimiento de la seriación_ a los órganos del lenguaje, para restaurar _su filogenia_. “Los representantes actuales de la clase de los mamíferos y lo que la paleontología nos enseña sobre los que los han precedido, nos permiten rehacer el camino de la evolución de estos órganos desde los mamíferos más primitivos hasta el hombre”; los analiza, deteniéndose en los monos y en los antropomorfos, advirtiendo que “en la naturaleza actual no hay formas de transición entre esa conformación propia de los cebinos y los catarrinos, y la del hombre. Pero los primeros hombres que aparecieron sobre la tierra, muestran a este respecto una conformación completamente intermedia, y en algunos casos puede decirse que idéntica a la de los monos”.

Atribuye una importancia especial en la función del lenguaje articulado a la morfología de la apófisis geniglosa, eje principal de los movimientos linguales en el hombre. Carecen de ella todos los mamíferos; en los antropomorfos, que se consideran tan cercanos al hombre, la dificultad de hablar depende, no sólo de la ausencia de la apófisis geniglosa, sino de la disposición de la dentadura y de los labios. En los antecesores inmediatos (especies o razas) del hombre actual, falta esa apófisis; de ese hecho puede inferirse lógicamente que ellos no pudieron poseer un lenguaje netamente articulado. Parécele evidente que esta clase de lenguaje fué primitivamente simple y limitado a muy pocos sonidos; el uso desarrolló los músculos linguales y el crecimiento de la apófisis geniglosa, permitiendo esta última una grandísima amplitud de movimientos en todas direcciones, correlativa a la creciente complicación del lenguaje articulado.

Fácilmente se adivina que las observaciones sobre dicha apófisis han sugerido a Ameghino sus hipótesis generales sobre filogenia del lenguaje.

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La tercera cuestión planteada en este bosquejo--origen poligénico de las lenguas humanas--está muy someramente expuesta. ¿La adquisición de la función del lenguaje articulado se ha efectuado en una sola región de la tierra o en varias a la vez, ha tomado origen en una sola raza o en varias por separado? Para dilucidar este problema se resuelve “a examinar las mandíbulas antiguas que del hombre se conocen en las diferentes partes del mundo, para poder determinar si todos se han desenvuelto sobre el mismo plan y seguido un mismo camino, o si obedecen a distintos planes y han seguido distintos caminos. En el primer caso, habría probabilidad de un origen único, siempre que ese camino no hubiera sido emprendido independientemente en las distintas regiones. Pero si el modo de desarrollo obedece a más de un plan y un camino, entonces es evidente, que el origen es independiente y poligénico”. De ese estudio infiere: 1.ᵒ Que el lenguaje articulado tiene diversos orígenes independientes. La apófisis geniglosa es un carácter poligénico y no monogénico. Esta apófisis empezó a delinearse, en el fondo de la fosa geniglosa, independientemente en las grandes regiones de la tierra y también en pueblos de una misma región; empezó por pequeñas rugosidades que representaban, entonces, un carácter profético. El estado en forma de fosa geniglosa sin rugosidades ni apófisis, fué la característica del hombre al concluir la época terciaria. 2.ᵒ Todo induce a creer, además, que la facultad del lenguaje, no solo las razas humanas la han adquirido independientemente, sino también en épocas distintas y algunas en tiempos geológicos relativamente muy recientes”.

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La cuarta de las cuestiones--Seriación de los elementos fonéticos del lenguaje articulado--es la que ha alcanzado un desenvolvimiento menos incompleto (Cap. V, titulado “sonidos consonantes”). También es, ciertamente, la parte más constructiva y original, aunque se advierte a cada instante que el autor no conoce los estudios modernos de fonética experimental y comparada; esto le habría facilitado su obra y sus resultados serían más valederos.

Es imposible resumir los análisis que le llevan a reconstruir ciertos “phylae” de evolución de los sonidos lingüísticos fundamentales. El _procedimiento de la seriación_, establecido en _Filogenia_ para los caracteres de los huesos fósiles, aparece aquí aplicado a seriar los elementos fonéticos (fonemas) del lenguaje articulado. No se sabe qué admirar más, si el ingenio, si la lógica, si algunos resultados cuya evidencia resulta de la imposibilidad de lo contrario. Es un bosquejo, sin duda; el propio Ameghino reconoce y lamenta su ignorancia de las disciplinas filológicas corrientes. Pero lo importante es la indicación de un _nuevo método_ para el estudio comparado de las lenguas, que contribuiría a la formación de una _filología genética_ realmente integral.

Las ideas generales que dominan en este escrito póstumo contienen todo lo útil que podía esperarse de la obra completa: una orientación para otros. Ameghino carecía de nociones rudimentarias de fonética y de filología; había llegado a una edad en que no pueden emprenderse estudios enteramente nuevos[39].

VI.--OTROS ASPECTOS

Algunas ideas de _Mi Credo_ están desenvueltas en un escrito póstumo de Ameghino: _El Origen de la Vida_[40]; son breves notas sobre el origen de los seres, la primera aparición de la vida, la generación espontánea en el origen de la misma, su improbabilidad actual, las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida, etc. Carecen de originalidad, desarrollando las ideas más corrientes entre los partidarios de la teoría físico-química.

Fácil es advertir que Ameghino, en el _Credo_ que hemos sintetizado con fidelidad, da por planteados y resueltos los problemas filosóficos de “origen” y de “genealogía”. Sobre el origen del cosmos, de la vida y del pensamiento, adhiere estrictamente al naturalismo filosófico; pertenece a la corriente de pensadores que en el siglo pasado contó con grandes nombres, desde Darwin hasta Ostwald, convergiendo a una _concepción del mundo fundada en las ciencias naturales_. Justo es advertir, sin embargo, que sus ideas se limitaron a generalizaciones poco definidas, no alcanzando la forma del monismo energético, que ha sido la expresión más sistemática de esa tendencia.

En cuanto al problema “gnoseológico”, piedra de toque para clasificar a un filósofo, Ameghino admite, de hecho, que la experiencia es el fundamento de todo conocimiento, iniciándose como observación empírica, coordinándose como ciencia y proyectándose en lo desconocido como hipótesis fundada en la experiencia. Nunca trató en particular este problema de lógica, ajeno a sus dominios científicos; pero siempre que a él se refirió incidentalmente, su obsecuencia al método científico fué absoluta y se esforzó por practicarlo, en cuanto ello le fué posible.

Su posición moral fué netamente optimista. Se dejó llevar por la imaginación en sus previsiones relativas a la futura longevidad humana, que llamó “inmortalidad” en términos metafóricos, más propios de la poesía que de la ciencia.

Rindió culto a la Verdad con derechez ejemplar y virtud pocas veces igualada. Y, sin salir de la Naturaleza, imaginó un Dios nacido de la Naturaleza misma: el Hombre perfeccionado de la humanidad futura.

ÍNDICE DEL VOLUMEN IX

Págs.

_Agote, Luis_ --El Helenismo de Alejandría 28

_Blanco, Julio Enrique_ --Sobre el origen y desarrollo de las ideas teleológicas en Kant 223

_Besio Moreno, Nicolás_ --Ulises en el infierno dantesco 437

_Bianchi, Alfredo A._ --La huelga sangrienta 304

_Bustos, Zenón_ --La Revolución Social que nos amenaza 136

_Culturales, Asociaciones_ --La huelga sangrienta 318

_Donoso, Armando_ --La conversión de Brunetiére 206

_Ferreyra, J. Alfredo_ --Emile Corra y los ejércitos invisibles 239

» » --Acotaciones a Montaigne 358

_González, Joaquín V._ --La Paz Internacional y el Derecho de las Naciones 279

_Giusti, Roberto F._ --La huelga sangrienta 304

_Guardia, Ernesto de la_ --La unidad en la estética 253

_Ingenieros, José_ --Psicología de los celos 83

» » --La significación histórica del movimiento maximalista 146

» » --La moral de Ulises 264

» » --La huelga sangrienta 315

» » --Las ideas filosóficas de Ameghino 462

_Kantor, Moisés_ --El problema social y la revolución rusa 114

_Korn, Alejandro_ --La Reforma Universitaria 1

_Laub, J._ --¿Qué son espacio y tiempo? 386

_Lobos, Eleodoro_ --La Reforma Universitaria 16

_Lugones, Leopoldo_ --La huelga sangrienta 311

_Maupas, Leopoldo_ --La lógica formal 56

» » --Lógica inductiva 406

_Méndez, Julio_ --La Reforma Universitaria 24

_Méndez Pereyra, Octavio_ --La crítica y el arte 457

_Mercante, Víctor_ --Marcos Sastre y “El Tempe Argentino” 46

_Peña, David_ --Alberdi, Sarmiento y Mitre 161

» » --Alberti, Sarmiento y Mitre 332

_Reyes, César_ --Democracia individualista 442

_Rivarola, Rodolfo_ --Discurso de apertura de la Universidad de La Plata 321

_Senet, Rodolfo_ --Origen de los sentimientos morales 187

» » --Los sentimientos morales, estéticos y religiosos 367

_Zeballos, Estanislao S._ --La Reforma Universitaria 6

LA REVISTA DE FILOSOFÍA aparece bimestralmente en volúmenes de 150 a 200 páginas.

Estudia problemas de cultura superior e ideas generales que excedan los límites de cada especialización científica. No edita artículos literarios, políticos, históricos ni forenses.

Desea imprimir unidad de expresión al naciente pensamiento argentino, continuando la orientación cultural de Rivadavia, Echeverría, Alberdi y Sarmiento.

Procurará contribuir a la renovación de los géneros clásicos de la filosofía (psicología, ética, lógica, estética y metafísica) mediante las conclusiones más generales de la experiencia científica (ciencias físico-naturales, biológicas y sociales), cuyo conocimiento es la premisa natural de toda elaboración filosófica.

Ha publicado artículos de _Florentino Ameghino, José M. Ramos Mejia, Agustín Alvarez, Joaquin V. González, Paul Groussac, Rodolfo Rivarola, Angel Gallardo, Pedro N. Arata, Jorge Duclout, José N. Matienzo, Ernesto Quesada, Camilo Meyer, Carlos O. Bunge, Francisco de Veyga, J. Alfredo Ferreyra, Víctor Mercante, Julio Méndez, Enrique Martinez Paz, Gregorio Araoz Alfaro, Carlos Ameghino, Alvaro Melián Lafinur, Cristóbal M. Hicken, Lucas Ayarragaray, Rodolfo Senet, Alberto Williams, Francisco F. Fernández, Alberto E. Castex, Raquel Camaña, José Oliva, Eduardo Acevedo, Julio Barreda Lynch, Salvador Debenedetti, Juan W. Gez, Ricardo Rojas, Maximio S. Victoria, Alfredo Colmo, Alicia Moreau, Emilio Zuccarini, Augusto Bunge, Vicente D. Sierra, Raúl A. Orgaz, Teodoro Becú, Ramón Melgar, Julio Cruz Ghio, Ernesto Nelson, Nerio A. Rojas, Alberto Palcos, Félix Icasate Larios, Horacio Damianovich, Leopoldo Maupas, E. Herrero Ducloux, Julio Noé, Alcira Villegas, etc._

Su sección bibliográfica tiende a constituir una base de información retrospectiva y contemporánea de la cultura americana, y especialmente de la argentina.

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FOOTNOTES

[1] A este preciso momento se refiere Sarmiento en la siguiente carta que me escribió en enero de 1888, año de su muerte, con motivo de la aparición del diario _La Epoca_ que fundé y dirigí en la ciudad de Rosario. La valiosa comunicación del grande hombre fué como el _Programa_ de mi hoja. Escrita toda ella de su puño y letra, el original no presenta ni una simple enmendatura. Esta carta fué reproducida por la _Revista de Derecho, Historia y Letras_ en junio de 1899.

He aquí esa carta, que acaso pueda ser considerada como el último aliento espiritual de Sarmiento:

“Señor don David Peña--Rosario.

“Mi jóven amigo:

“Con el primer mes del año 1888 me anuncia un amigo aparecerá en el Rosario un diario dirigido por usted. Apenas asome las narices a la luz pública, encargo a usted lo salude con el sacramental: HAPPY NEW YEAR y le eche sobre los hombros como blandos pañales o sobre la cabeza, como la imposición de las manos de los ancianos, a guisa de bendición, las palabras que siguen, puesto que quiero que, como retoños de viejo roble, se reconozcan como descendientes felices los diarios del Rosario, de la alocución que dirigí a sus habitantes en 1852 al pasar por sus desiertas y apenas trazadas calles, con la _primera página impresa_ que vió la luz en Rosario, aun antes de existir una imprenta.

“Traíala ambulante el Ejército Grande, y hubo de lanzar desde el Rosario, como que entraba en campaña, su primer boletín.

“No había de montarse la prensa por pesada, ni adiestrádose el personal de cajistas e impresores, para echar a volar mil hojas sueltas en una hora.

“Un jefe de Estado Mayor preside la operación del tiraje. Al principio, la tripulación de aquel barquichuelo se encoge de hombros y se ríe del propósito de hacer milagros con tan exigüos medios: una escobilla para entintar la forma, que está negra y muda sobre un banco, a guisa de yunque donde el Vulcano de nuestro siglo, ha de descargar sus repetidos martillazos, hasta que entrando en calor el metal, tome la forma que el arte, la ciencia y la voluntad humana le imprima. Esta es la prensa.

“¡Atención! manda el sañudo jefe, vamos a imprimir una carta a los vecinos del Rosario prometiéndoles la victoria de Caseros. (Una concurrencia de pueblo, inmensa, toda la platita labrada del Rosario que cabía dentro de una sala en 1852, se había reunido para felicitarnos y desearnos feliz y gloriosa campaña contra el tirano).

“¡Atención! ¡Numerarse por la derecha! 1, 2, 3, 4, 5, 6. Número uno, pone tinta a la forma con el entintador a guisa de tapón; núm. 2, pone la hoja de papel; núm. 3, impone encima la frasquetita de papel; núm. 4, golpea con la escobilla hasta que se impriman las letras del otro lado; núm. 5, levanta la frasqueta; núm. 6, retira la hoja impresa y luego, el núm. 1, entinta la forma; núm. 2, pone el papel; núm. 3, impone la frasqueta, etc. _Da capo_. El que retira el papel va a leer lo impreso, para ver si está bien. ¡Alto ahí!, grita el jefe que manda la maniobra. Ese movimiento no está en la táctica de imprimir al vuelo, se pierde tiempo, se para la rueda. Al fin y tirados los ejemplares, se van apartando los malos.

“La operación sigue, los artilleros se adiestran a cargar aquel formidable obús, una página impresa que tantas murallas, torreones y barreras ha hecho caer; y que, como el otro día me mostrasen en la estupenda fábrica de cerveza de Mr. Biecker, un obrero que hace catorce años está llenando botellas de cerveza, y sus manos corren de una a otra como se ven las alas del picaflor agitarse hasta desaparecer, yo me decía, sin sorprenderme, patarata ¡si hubieran visto imprimir en el Rosario mil hojas de una carta impresa, al aire libre, rodeados seis obreros inteligentes, de una forma, haciendo volar hojas y más hojas!...

“Este es el origen de la imprenta en el Rosario, y aquella escena su más claro timbre de gloria. ¿Conservará alguien algún ejemplar de aquella carta a los ciudadanos? Sería un buen pergamino que ostentase ese diario de ud. para demostrar que es Fijodalgo, y no un cualquiera, sino de muy noble alcurnia, lanzado a la calle, a la de Dios que es buena.

“Ahora, el Rosario es la primera ciudad de la República Argentina, por el número de sus habitantes y su asombroso movimiento, sus muelles, su red de ferrocarriles, de circunvalación y subterráneos, pues Buenos Aires es la capital, y no entra en las ciudades de provincias. La Plata, ha ya destronado a Córdoba. El Rosario es el Chicago del Río de la Plata, al que los ascensores colosales envían torrentes de trigo y lino que van a desembarcar a Inglaterra, pues los granos se embarcan a sí mismos cayendo dentro de las bodegas de los vapores que los trasportan.”

Pero el Rosario, es además, la boca y los oídos por donde entran los alimentos y los espíritus y los rumores de la civilización. El Rosario es la capital del pueblo argentino transformándose de raza, de instintos, de ideas, y es allí donde debe estar, para el servicio de los pueblos nuevos, aquel banco, a guisa de yunque, para amartillar ideas, que unos pocos vecinos vieron funcionar en 1852:--la imprenta. Sea ese diario de ud. el yunque. La barra de hierro agrio, frío, duro, que tenemos por delante es la _nacionalización de residentes_, y esos residentes están en el Rosario, en la Esperanza, en cien colonias, felices y afincados, sin haber declarádose propietarios orgullosos de la patria que han conquistado con el sudor de su frente, para legar a sus hijos con la República libre, y no para mandar de regalo a algún príncipe pseudo de allende los mares.

Le he descrito la manera de imprimir boletines en seis tiempos, y dejar atrás las prensas a vapor. Tomo de “Viajes por Europa, Africa y América”, la receta que me enseñó un gran maestro, y he aplicado con grande e infalible éxito a enfermos que los médicos habían declarado incurables; oiga usted:

“En Barcelona encontréme con Juan Tompson, uno de esos pobres emigrados argentinos que en cada punto de la tierra se encuentran en mayor o menor número, como aquellos griegos de Constantinopla cuando los Hunos se apoderaron de ella. El Facundo había caído en manos de Merimée, el académico francés, que estaba allí; la Revista de Ambos Mundos acababa de hacer su complaciente _Compte-rendu_ del librote, y heme aquí, que sabiendo mi llegada a Barcelona, M. Lesseps, el célebre cónsul general que se había ilustrado al resplandor de los bombardeos de aquella ciudad, andaba a caza del bicho raro que tan raro libro había escrito.

Amigos a las dos horas de conocernos, Cobden, que a la sazón estaba en Barcelona, tuvo los honores de un te, durante el cual debía serle yo presentado. ¿Os imagináis a Cobden, un O’Connell vivo, cáustico, entusiasta, ardiente en la polémica, rápido, inspirado en la réplica? ¡Cuánto os engañáis, mi pobre Victorino! (Lastarria). Es un papanatas, fastidiado como un inglés, reposado como un axioma, frío, vulgar, si es posible decirlo, como las grandes verdades.

Hablamos casi los dos solos toda la noche; contóme algunas de sus aventuras, de sus luchas, mostróme sus medios de acción, la estrategia de su palabra, los cuentecillos con que era preciso entretener al pueblo para que no se durmiera, escuchando. Lamentóse de la casi insuperable dificultad que oponían las masas por su incapacidad de comprender, por sus preocupaciones; dióme una tarjeta por si alcanzaba él a estar de regreso en Mánchester a mi paso por aquella ciudad y no nos separamos sino en la puerta de mi hotel, quedando yo abrumado de dicha, abismado de tanta grandeza y tanta simplicidad, contemplando medios tan nobles y resultados tan gigantescos. No dormí esa noche, tenía fiebre: parecíame que la guerra iba a caer en ridículo, cuando generalizándose aquel sistema de agregación de voluntades, de justa posición de masas, fuese puesto en práctica, para destruir abusos, gobiernos, leyes, instituciones. ¡Qué cosa más sencilla!

Hoy somos dos, mañana cuatro, el año siguiente mil, reunidos públicamente en un mismo gobierno. ¿Resiste el gobierno?

Es que aún no somos muchos, es que quedan en favor del abuso mucho más.

Sigue la predicación y los folletos, y los diarios, y la asociación y la Liga. El Gobierno o las Cámaras saben el día y la hora en que están vencidos y ceden; íd. ¡a poner en planta tan bello sistema en América!

Cobden había destruído o atacado, antes de comenzar su obra, todos los grandes principios en que reposaba la ciencia gubernativa. El _equilibrio europeo_ él lo declaró manía de entrometerse en asuntos ajenos por desaburrirse los ministros. Las _colonias_ eran sólo el medio de proporcionar empleo a los hijos menores de los lores. La _balanza comercial_, el resumen de la ignorancia en economía. La política con todas sus pretensiones de ciencia, el charlatanismo de bobos o de pillos.

La _protección_ a las industrias nacionales, un medio inocente de robar dinero al vuelo, arruinando al consumidor y dejando en la calle al fabricante protegido. En cambio de todas estas verdades fundamentales él sustituía el buen sentido, el sentido común de todos los hombres, más apto para juzgar que la ciencia interesada de lores y ministros.

Ahora parto para Africa. Llevo cartas para el mariscal Bugeaud, y una casi orden al cónsul de Mallorca para que me haga conducir a Argel por el primer vapor de guerra que se presente.”

Ya conoce usted la receta, y la historia ha probado que es infalible; pruébela usted en el Rosario aunando voluntades, pueblos, patriotismo, intereses en uno común: la República Argentina independiente, culta y libre.

Yo siento que me flaquean las fuerzas, que el cuerpo es débil y que debo emprender otro viajecito luego. Pero, estoy preparado precisamente porque se necesita poco equipaje; con lo encapillado sobra; pero llevo el único pasaporte admisible, porque está escrito, en todas las lenguas: “servi a la humanidad”. De pobre que era, en unos países, le mostré caminos y mares que conducían a otros más felices, y un millón me debe en parte haber ahorrado a sus hijos las más duras penas de la vida, que son la destitución y el hambre. Habían vendas espesas de ignorancia y barbarie en el pueblo y traté de arrancarlas; oí el ruido en torno mío, el ruido de cadenas que no estaban aún rotas y me junté a quienes forcejeaban por quebrantarlas. Hoy trato de reunir muchos egoísmos, muchos dialectos en una sola masa homogénea: el pueblo, y pudiera ser que un misil me alcance, y tenga que dejar caer de la mano la espada, que, como lo ha visto, es la pluma que usted empuña. Guárdela del orín del negocio, suprimiendo o avanzando ideas, según sopla el viento. Le aseguro que por todas partes nos es favorable; con Wilson caen los negociantes, en favores; con Cleveland se robustece la moral en la política. Con la nacionalización de residentes habremos engrandecido la Patria. Las colonias de Santa Fe, el Rosario con cien mil almas luego, son apenas bosquejos de bellos cuadros de bienestar y libertad que no hemos de ir a buscar en Europa, dejada a los que en ella moran.

Saluda a usted su affmo. amigo

D. F. SARMIENTO.

[2] Ocupándose Sarmiento de la primera parte de este episodio en casa del presidente Avellaneda, se apoyaba en él para elogiar al general Urquiza en forma extraordinaria. Pero antes de referir a mi manera el juicio, prefiero transcribir la página que lo contiene, del _Número Único_ que se publicó en homenaje de Urquiza en la ciudad de Buenos Aires en mayo de 1901 y que dice textualmente así:

URQUIZA JUZGADO POR SARMIENTO

“Habiendo hecho conocer don Marco Avellaneda del doctor David Peña un juicio de Sarmiento sobre Urquiza, consignado en un interesante libro de recuerdos personales, en el que se hallan entremezclados impresiones y juicios de otra época, recogidos por el actual Ministro de Hacienda y por él salvados del olvido en esta forma íntima, empeñóse el doctor Peña con amistosa insistencia, en obtener una copia de esa página, que textualmente reproducimos:

“En tiempo de la presidencia de mi hermano Nicolás, nos encontrábamos reunidos una noche en su casa particular, varias personas, entre las que estaba el general Sarmiento.

Se hablaba del talento militar del general Paz, y dirigiéndose mi hermano a Sarmiento, le dice: ¿Cuál de los militares que usted ha conocido tenía más talento? Urquiza--contestó sin trepidar--y ante la exclamación de sorpresa con que fué recibida su respuesta, agregó--“¡Sí! Urquiza tenía genio militar y también genio político.

“Yo lo he tratado en la campaña contra Rosas, nos dijo. Voy a referirles algunos rasgos suyos en apoyo de mi opinión.

“Desde que atravesamos el Paraná, el general Urquiza principió a preocuparse del militar a quien Rosas confiara el mando del ejército--recorría los nombres de todos los que a éste acompañaban y se detenía siempre en el del general Pacheco. Era el único que le inspiraba recelos, y se propuso anularlo.

He aquí el medio de que se valió: Le escribió cartas en términos amistosos, casi confidenciales. Leí una de ellas en la que le anunciaba que su primer acto, después de vencer a Rosas sería nombrarlo gobernador de Buenos Aires, conteniendo además, frases como éstas: “como usted sabe...” “de conformidad a lo que le comuniqué...” que indicaban que procedía de acuerdo con él. La correspondencia era conducida por _chasques_ a puntos en donde debían ser tomados por agentes de Rosas. Tres o cuatro gauchos fueron degollados, pero logró su objeto. Pacheco fué separado del ejército de Rosas. En el combate entre las vanguardias que tuvo lugar el 31 de enero, las tropas de Urquiza entraron a la pelea vivando a Pacheco.

En seguida Sarmiento refirió los siguientes hechos: “El día de la batalla de Caseros, el general Urquiza, al frente de su ejército, recorría con su anteojo de campaña la línea enemiga hasta que llamó a un joven oficial de su escolta, diciéndole: “--Ayúdeme a buscar las tropas del jefe N. que derrotamos el día 31”. Una vez que fueron encontradas, inició el ataque llevando el ataque contra ellas, que dió por resultado la completa dispersión de esas fuerzas, que, desmoralizadas ya por la derrota anterior, ni siquiera intentaron resistir.

Pocos momentos antes de principiar la batalla, se acerca a gran galope un ayudante del general Virasoro, que le dice: “--El jefe del estado mayor manda prevenir a V. E. que ha olvidado indicarle cuál será el punto de reunión en el caso de una contraste”--“Contéstele usted que no hay mas punto de reunión que el campo de batalla”.

“Estas palabras, continuó Sarmiento, habían sido pronunciadas cuarenta años antes por Napoleón; pero yo estoy seguro de que Urquiza no las conocía, porque no era hombre para plagiar a Napoleón ni a nadie.

“Lo que he referido me basta para pensar que el general Urquiza tenía genio militar, y creo que también tenía genio político.

“Su programa de fusión de olvido del pasado; su llamamiento a los federales de posición social que no se habían manchado con crímenes, como los Anchorena, los Carreras, el doctor Lorenzo Torres, etc., no tenía por objeto, como se ha creído vulgarmente, ofender a los unitarios y satisfacer sus pasiones de partido, sino que, por el contrario, eran el fruto de un hábil y bien meditado plan político, porque creyó con razón, que no era posible fundar un gobierno solamente con nosotros, los unitarios, que éramos llamados advenedizos, porque no teníamos ni fortuna, ni familia, ni relaciones, ni vinculaciones de ningún género con la sociedad de nuestro país. Pero, en lo que demostró más habilidad política fué en convocar a los gobernadores al acuerdo de San Nicolás.

“Derrotado Rosas, no dejaba ninguna institución, ningún poder; nada quedaba en pie, sino esos gobernadores de provincia, semibárbaros todos, y asesinos y ladrones en su mayor parte.

Eso era lo único que podía servirle para formar un Congreso que constituyera el país. Ahora estoy perfectamente convencido de ello.

¿Qué habría sucedido si Urquiza deja que las provincias derrocasen a sus gobernadores, antes de que se reuniese el Congreso Constituyente? Significa decir que se hubiera encendido la guerra civil, porque no hay que olvidar que muchos de ellos tenían elementos para defenderse. Si pensamos en el aislamiento en que vivían los pueblos, en el desierto que los rodeaba, en las dificultades casi insuperables de comunicación, lo probable es que hubiéramos vuelto al año 20, y que habrían transcurrido largos años sin constituirse la Nación”.

Mucho tiempo después de oir esta conversación que me causó sorpresa por las opiniones anteriores de Sarmiento sobre Urquiza, se la referí a Pedro Goyena, quien me manifestó que le habían asegurado que el general Mitre pensaba ahora como Sarmiento respecto al Acuerdo de San Nicolás.

Buenos Aires, julio 31 de 1892.

MARCO AVELLANEDA.

[3] En unos apuntes relativos al doctor don Carlos Tejedor, que me fueron facilitados por su esposa, figura el dato de que en aquellos primeros días de su reincorporación a la ciudad, el doctor Tejedor se pasaba sentado largas horas de la noche solo y reflexivo, junto a la pirámide de Mayo.

[4] Obras completas, t. XIV, pág. 69.

Es sensible que esta carta no figure entre las editadas por el Museo Mitre. La carta que se inserta en el libro editado por don Alejandro Rosa no es igual a la presente.

[5] Conversación íntima de Rosas con don Santiago Vasquez, representante del gobierno de Montevideo, el mismo día que ocupa el mando por primera vez (diciembre de 1829). (Revista del Río de la Plata, tomo V, pág. 599).

Rosas se adelanta y coincide en la clasificación científica de los elementos sociales: _La foule et la élite. (La cité moderne, por Jean Izoulet_).

[6] SARMIENTO-MITRE. Correspondencia 1846-1868. Págs. 33-34 y 35. (Edición de Museo Mitre).

[7] Esta publicación contiene literalmente las conferencias que he dado en la Facultad de Filosofía y Letras. He tratado en lo posible de consultar las obras originales; no he podido, sin embargo, hacerlo siempre.

[8] A. Einstein: Zur Elektrodynamik der bewegten Korper, Annalen der Physik, 1905.

[9] Más tarde pienso tratar de la misma manera los otros conceptos fundamentales de física, como masa, energía, etc.

[10] Espacio lo identifican siempre con el espacio “vacío”.

[11] No cabe duda que en la formación de la noción _idea_ influyen en el espíritu de Platón los conceptos fundamentales de geometría (formas), que no representan los objetos del mundo empírico (objetos de la naturaleza) y tienen únicamente la existencia en nuestro pensamiento, pues, por ejemplo, el punto, la línea, la superficie, no existen de hecho en el mundo físico y son una abstracción de nuestro espíritu. Además el origen psicológico de la idea platónica hay que buscarlo en las leyes lógicas y en las normas de ética.

[12] Esta obra es también una especie de resumen de toda la filosofía platónica.

[13] Muchos representantes de la filosofía idealista ven en este hecho una cierta contradicción de Platón y hasta quieren negar la autenticidad de la parte de Timeo en que se trata del espacio _eterno_. A nosotros nos parece muy plausible que el fundador de la teoría de dos mundos distintos introduzca también un modelo para el espacio.

[14] Influencia sobre Kant y Schopenhauer. Recuerdo que Schopenhauer empieza una de sus obras con las palabras: “Platón el divino”, etc.

[15] Por _forma_ entiende Aristóteles no sólo la forma corporal, sino también el conjunto de las propiedades que caracterizan a un cuerpo, (color etc.).

[16] “No la _esfera_, no el _metal, sino la esfera metálica_ se _forma_”.

[17] “Categorías” es una obra no sólo de carácter lógico gramatical, sino también una especie de introducción a la _metafísica_ aristoteliana. Pues aunque en el primer momento aparecen como una clasificación de palabras--la obra empieza: “Las _palabras_, cuando están aisladas, sólo pueden expresar una de las cosas siguientes, etc.”--en el fondo las 10 categorías corresponden a los _distintos modos de ser_, contenidos en las palabras.

[18] Es ya una conclusión de la definición.

[19] Desde Galileo y Newton sabemos que efectivamente todos los cuerpos caen en el vacío con la misma velocidad.

[20] Véase página 398 en el número de noviembre de 1918 de esta Revista.

[21] A esta clase de generalización, que se suele llamar inducción aristotélica, conviniendo todo el mundo en que no es inducción, pertenecen las que Stuart Mill califica de generalizaciones no dependientes de causalidad; pero tal vez sin advertir su naturaleza no inductiva.

[22] Véase en Wundt. LOGIK en el tomo primero la interesante exposición que hace de la evolución del concepto de Causalidad.

[23] Véase la exposición de esta cuestión en el _Traité de Logique Générale et de Logique Formelle_, de REVOUVIER, T. II, Cap. XXXVIII. Letra D. _Du principe du calcul des probabilités_. Véase también la definición del azar en el libro de Poincaré, _Calcul des Probabilités_.

[24] Sr. D. Nicolás Besio Moreno.--Mi querido amigo:

Estoy más asombrado que usted, si cabe, del desatino aparecido en mi artículo “La moral de Ulises”. La explicación, sin embargo, es sencilla. Obligado a abreviar el texto para que cupiese en las 24 paginitas de la colección “América” que lo editó, le hice varios cortes, en pruebas de imprenta que no volvieron a mis manos.

Cayó en los cortes un largo párrafo relativo a Ulises en Dante; y para restablecer la continuidad del texto, donde decía “_No en vano_, releyendo esa parte del poema dantesco, buscamos entre los fraudulentos al divino Ulises, arquetipo clásico de todos los simuladores. _Y habría sorprendido_ la ausencia...”, tuve el poco tino de corregir: “_En vano_, etc.,... _Y sorprende_ la ausencia”. Esta modificación, sugerida por mi propio corte al texto, resultó disparatada con relación al texto del poema (cuyo Infierno aprendí de memoria en la niñez y del que aun puedo recitar cantos enteros).

Con las mismas pruebas de imprenta, ya corregidas (!) por mí, se compuso el texto publicado en la _Revista de Filosofía_, que acaso yo no habría vuelto a leer, ni habría rectificado nunca, sin la oportuna advertencia de usted, que muy sentidamente le agradezco.

Como no tengo pequeña vanidad literaria, ni me avergüenzo de esta _gaffe_--que no es la primera ni será la última en mi obra escrita--le ruego me autorice a publicar su interesante carta en el próximo número de la _Revista_.

Muy afectuosamente le saluda, su amigo.--_José Ingenieros._

[25] Conferencia pronunciada, bajo los auspicios del “Centro Liberal”, en La Rioja, el 20 de febrero de 1919.

[26] Los que descendemos de fundadores de la independencia argentina--como Rodríguez Peña; los que pertenecemos a familias que desde sus más remotos antepasados han gozado del concepto social de lo que se llama aristocracia, tenemos sobrada autoridad para hablar de este modo, y hacemos esta manifestación con el solo propósito de evitar el seguro argumento de los “aristócratas”, empedernidos, que nos tratarán de parciales suponiendo somos “mulatos”.--C. R.

[27] Taine, _Filosofía del arte_.

[28] Gauckler, _Lo bello y su historia._

[29] Guyau, _El arte desde el punto de vista sociológico._

[30] Guyau, _El arte desde el punto de vista sociológico._

[31] Henniquin, _La crítica científica._

[32] E. Marguery, _La obra de arte y la evolución_.

[33] E. Marguery, _La obra de arte y la evolución_.

[34] Ver “_Una rápida ojeada a la evolución filogenética de los mamíferos_”, 1889; “_Visión y Realidad_”, 1889; “_La Argentina al través de las últimas épocas geológicas_”, 1897; “_Sinopsis_”, 1898; “_Sinopsis_”, 1910.

[35] En la revista “La Pirámide”, editada en La Plata.--Con el título _Espacio_, _Materia y Movimiento_, fueron reimpresos en la “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Enero de 1918.

[36] El texto de _Mi Credo_ dice literalmente, en términos _deliberadamente_ equívocos: “y sólo entonces se habrá cumplido lo que dice el profético versículo de la Biblia . . . que el hombre sea la imagen y semejanza de Dios”. Es sabido que la palabra Dios equivale en labios de Ameghino a Naturaleza, como en todos los filósofos panteístas.--Sobre la analogía intrínseca entre el ateísmo y el panteísmo, ver mis escritos _Hacia una moral sin dogmas_ (Capítulo III) y _Proposiciones_, Cap. II, “La hipocresía de los filósofos”.

[37] Publicada en “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Noviembre de 1917, con la siguiente nota:

“Hace algunos años, una delegación de una biblioteca de Chivilcoy fué a visitar al eminente sabio, que ya era director del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, y le invitó a colaborar en un número único que esa institución se proponía editar.

“El sabio accedió, y, para no escribir una página de paleontología, escribió _Noción de Dios y noción de espacio_, que completa otros tres trabajos breves (“Los infinitos”, “El infinito materia” y “La constitución de la materia y el infinito movimiento”) que había escrito, accediendo a colaborar en una revista intitulada “La Pirámide”, que se editaba en La Plata.

“La biblioteca chivilcoyana debió estremecerse ante el presente griego que le resultaría el trabajito enviado por el sabio, y, sin duda, para no hacerlo público sin ofender al director del Museo, renunció hasta hoy a publicar el número único.

“Así es cómo quedaron inéditas hasta ahora estas pocas páginas que el señor Alfredo J. Torcelli, compilador de las obras de Ameghino, entrega a la publicidad por intermedio de esta _Revista_”.

[38] Publicado en los “Archivos de Pedagogía y Ciencias Afines”, La Plata, Octubre de 1911, con la siguiente advertencia: “Trabajo póstumo y sin terminar, escrito a fines de 1910 y a principios de 1911”.--Los originales (acaso no enumerados por el autor) no han sido bien ordenados para esa publicación, que aumentaría en interés y claridad con una ordenación distinta.

[39] El editor de las _Obras Completas_ prestaría un servicio a los lectores de Ameghino si al reimprimir este bosquejo variase la disposición de sus párrafos y la distribución del material, buscando una ordenación más lógica.--En la forma actualmente conocida, el trabajo es de difícil intelección.

[40] Publicado en “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Marzo de 1918, con la siguiente nota del editor de sus _Obras Completas_:

“_Origen y persistencia de la Vida_” es un trabajo que Ameghino había empezado a redactar antes de su salida del Museo de La Plata.

Parecería que el sabio condensó el propósito de esa obra en este pensamiento, que después fué más claramente expuesto en “_Mi Credo_”:

“Yo no pretendo haber encontrado la causa del movimiento: el Movimiento en sí mismo es un Infinito comparable al Infinito Tiempo y al Infinito Espacio; es comparable a la Materia en que es como ella transformable, pero no extinguible.--Lo que creo haber encontrado es la ley a que obedece: esto es, que la cantidad de Movimiento está en relación inversa de la masa”.

Entre los papeles del sabio han sido hallados dos planes de la obra: uno, que parece previo y comprende nueve títulos; y otro, más amplio, que comprende quince títulos. El capítulo que hoy se entrega a la publicidad es el undécimo.

La continuación sistemática y metódica de _Origen y persistencia de la Vida_ debió ser dejada de mano por Ameghino, sin duda esperando disponer alguna vez de tiempo y de tranquilidad para conducirla a término. Pero a través de los años ha ido depositando en las tapas de los cuadernos que le servían de carpetas esbozos de ideas y hasta simples títulos de asuntos.

De las apuntaciones de pensamientos que existen en la carpeta denominada “Prólogo”, resulta que era propósito del autor escribir su obra en francés, tratando la evolución en conjunto.

“Quien crea en los dogmas--dice--y profese como artículos de fe la creencia en la existencia del alma, en la inmortalidad futura y en la muerte como fin o término de todo ser, tiene bastante con lo que sabe y no tiene necesidad de aprender más: está en posesión de toda la ciencia que es capaz de asimilarse. No precisa leerme. Que sea feliz con su saber”.--ALFREDO J. TORCELLI.