Reglas y consejos sobre investigación científica (Los tónicos de la voluntad)
Part 15
A causa de los citados inconvenientes y de otros menos graves de carácter administrativo, estimamos que la obra de nuestra renovación debe encomendarse principal, aunque no exclusivamente, al método del pensionado. Abrigamos la firme convicción de que si se le aplica con fe y perseverancia; si, huyendo de tacañerías, son enviados anualmente a los grandes focos de producción intelectual e industrial del extranjero, cuatrocientos o quinientos jóvenes aprovechados, escogiendo de preferencia profesores y auxiliares, y lo más granado y culto de los funcionarios técnicos del Estado (militares, ingenieros, científicos y pedagogos, sin olvidar algunos eclesiásticos, acaso los más necesitados de europeización)[46]; si los organismos seleccionadores del candidato a pensión, desoyendo la sirena del favoritismo y procediendo austeramente, proponen exclusivamente hombres adornados de sólida preparación técnica y con una historia de trabajos serios, más o menos importantes, y en todo caso reveladores de vocación firme y decidida hacia la investigación científica, tenemos por indiscutible que, dentro de algunos lustros, todas las clases directoras y docentes de nuestro país se habrán transformado profundamente.
Y la espléndida floración de verdades científicas, de invenciones útiles, de aplicaciones fecundas a la agricultura, a la industria y a la gestión política y administrativa del Estado, afirmará enérgicamente nuestra personalidad espiritual ante el mundo y preparará una España del porvenir que nos consuele de cuatro siglos de estancamiento y haga olvidar a Europa la España del pasado.
[Ilustración]
ÍNDICE
Págs.
PRÓLOGO DE LA 2.ª EDICIÓN, costeada por la generosidad del Dr. Lluria. V
PRÓLOGO DE LA 3.ª EDICIÓN. XII
PRÓLOGO DE LAS ÚLTIMAS EDICIONES (4.ª, 5.ª y 6.ª). XV
CAP. I.--Consideraciones sobre los métodos generales. -- Infecundidad de las reglas abstractas. -- Necesidad de ilustrar la inteligencia y de tonificar la voluntad. -- División de este libro. 1
CAP. II.--Preocupaciones del principiante. 13
CAP. III.--Cualidades de orden moral que debe poseer el investigador. 43
CAP. IV.--Lo que debe saber el aficionado a la investigación científica. 79
CAP. V.--Enfermedades de la voluntad. -- Contempladores. -- Bibliófilos y políglotas. -- Megalófilos. -- Organófilos. -- Descentrados. 113
CAP. VI.--Condiciones sociales favorables a la obra científica. -- Los medios materiales. -- El investigador y la familia. -- La compañera del hombre de ciencia. 131
CAP. VII.--Marcha de la investigación científica. --Observación. -- Experimentación. -- Hipótesis directriz. -- Comprobación. 161
CAP. VIII.--Redacción del trabajo científico. 183
CAP. IX.--El investigador como maestro. 199
CAP. X.--Deberes del Estado en relación con la producción científica. -- Nuestro atraso cultural y sus causas pretendidas. Explicaciones físicas, históricas y morales de la infecundidad científica española. -- El remedio de nuestro atraso. 219
CAP. XI.--Órganos sociales encargados de nuestra reconstrucción. -- La Junta de Pensiones y sus Laboratorios y Seminarios. -- Resultados obtenidos del Pensionado en el extranjero. 269
Instituciones complementarias del Pensionado. 282
Importación del personal docente. -- Ventajas e inconvenientes del método de injertación cultural. 286
NOTAS
[1] Claudio Bernard nos parece exagerar algo cuando, a guisa de ejemplos probatorios de su tesis, afirma que «no sabremos nunca por qué el opio tiene una acción soporífera, y por qué de la combinación del hidrógeno con el oxígeno brota un cuerpo tan diverso en propiedades físicas y químicas como el agua». Esta imposibilidad de reducir las propiedades de los cuerpos a leyes de posición, de forma y de movimiento de los átomos (hoy diríamos de los iones y electrones), es real, pero no parece que lo sea en principio y para siempre.
[2] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la desarrollada por Schopenhauer (desconocida de nosotros al redactar la primera edición de este discurso) en su libro _El Mundo como voluntad y como representación_, t. I, páginas 98 y siguientes. Al tratar de la lógica, dice «que el lógico más versado en su ciencia abandona las reglas de la lógica en cuanto discurre realmente». Y más adelante: «querer hacer uso práctico de la lógica es como si para andar se quisiera tomar antes consejos de la mecánica». Parecido sentir expresa modernamente Eucken, cuando afirma «que leyes y formas lógicas no bastan a producir un pensamiento vivo».
[3] Hoy creo menos en el poder de la selección natural que al escribir, treinta años hace, estas líneas. Cuanto más estudio la organización del ojo de vertebrados e invertebrados, menos comprendo las causas de su maravillosa y exquisitamente adaptada organización.
[4] En reciente libro, Ostwald corrobora esta reflexión, haciendo notar que casi todos los grandes descubrimientos fueron obra de la juventud. Newton, Davy, Faraday, Hertz, Mayer son buenos ejemplos.
[5] La brillante serie de descubrimientos eléctricos que siguieron al encuentro de la pila de Volta, a principios del pasado siglo; la pléyade de trabajos histológicos provocados por el descubrimiento de Schwann acerca de la multiplicación celular, y la repercusión profunda que el no muy alejado hallazgo de los rayos Röntgen ha producido en toda la física (encuentro de la radioactividad, descubrimiento del radio, del polonio, del fenómeno de la emanación, etc.), son buenos ejemplos de esa virtud creadora, y en cierto modo automática, que posee todo gran descubrimiento, el cual parece crecer y multiplicarse como la semilla arrojada al azar sobre terreno fértil.
[6] La opinión vulgar aquí combatida ha sido repudiada elocuentemente por casi todos los sabios. No resisto, sin embargo, a la tentación de copiar una comparación presentada bajo diversas y brillantes formas por nuestro incomparable vulgarizador científico D. José Echegaray, cuya desaparición ha dejado a la ciencia española huérfana de un gran talento:
«La ciencia pura es como la soberbia nube de oro y grana que se dilata en Occidente, entre destellos de luz y matices maravillosos: no es ilusión, es el resplandor, la hermosura de la verdad. Pero esa nube se eleva, el viento la arrastra sobre los campos, y ya toma tintas más obscuras y más severas; es que va a la faena y cambia sus trajes de fiesta, digámoslo así, por la blusa del trabajo. Y entonces se condensa en lluvia, y riega las tierras, y se afana en el terruño, y prepara la futura cosecha, y al fin da a los hombres el pan nuestro de cada día. Lo que empezó por hermosura para el alma y para la inteligencia, concluye por ser alimento para la pobre vida corporal.» -- _Academia de Ciencias_, sesión solemne del 12 de marzo de 1916.
[7] Esto se escribía en 1896. Actualmente, la fábrica de instrumentos ópticos de Jena cuenta al frente de sus secciones nada menos que 33 investigadores matemáticos, ópticos, mecánicos y químicos, todos de primera fuerza. Legiones de químicos trabajan también en las grandes fábricas de productos químicos alemanas, demostrando que el único medio de que la industria evite la rutina y el estancamiento es convertir el laboratorio en antesala de la fábrica.
[8] «Es el sentido común trabajando a alta tensión», según la frase gráfica de nuestro Echegaray.
[9] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la clasificación en _clásicos_ y _románticos_ (talentos de reacciones lentas y talentos de reacciones rápidas), dada por Ostwald en su reciente e interesante libro sobre _Los grandes hombres_.
[10] Este ingenuo optimismo ha sufrido actualmente, con la horrenda guerra internacional iniciada en 1914, franco y rotundo mentís. Todo hacía creer, cuando esto se escribía, que la era de las grandes contiendas europeas había pasado. Ferrocarriles, telégrafos, periódicos, congresos, conferencias internacionales, difusión de idiomas, etc., parecían órganos destinados a realizar, tarde o temprano, la generosa aspiración de solidarizar y aproximar cordialmente a las naciones europeas.
Espectáculo consolador era contemplar cómo por encima de las fronteras se apretaban efusivamente las manos filósofos, sabios y obreros. Por desgracia, Gobiernos militares y logreros insaciables actuaban en sentido contrario, y ahogaban de continuo, merced a inoculación intensa iniciada desde la escuela, la semilla del amor con el veneno del odio. Al siglo XXI tocará comenzar nuevamente la obra, acaso quimérica, de la reconciliación definitiva de los Estados de Europa, y de someter definitivamente al derecho atávicas codicias y desapoderadas ambiciones territoriales.
(Esta nota se escribió en 1916. Hoy, firmada la paz, arruinada Europa, visto el fracaso de la candorosa concepción wilsoniana de la _Sociedad de las Naciones_, enconado el odio de los pueblos vencidos, que sueñan ya con próximos desquites, miramos con amargo escepticismo todo intento jurídico de paz perpetua. ¡Triste es reconocerlo!; pero todo pueblo, modelado en monarquía o en república, se hace ferozmente imperialista en cuanto puede serlo. ¡Ay de los débiles o de los antipatriotas!)
[11] Tal estado de cosas ha variado algo en la actualidad. El tipo de inventor que trabaja por afán de lucro abunda mucho hoy en Alemania y, en general, en las naciones más adelantadas. La lucha por la patente y la fiebre de la competencia industrial, han turbado la calma augusta del templo de Minerva. ¿Es un mal o un bien?
[12] Actualmente, en virtud de una emulación creciente, los focos de producción biológica se multiplican por doquier. Italia, Francia, Inglaterra y singularmente los Estados Unidos compiten y en muchos puntos sobrepujan a la hace algunos lustros insuperable labor de las Universidades alemanas.
[13] Aunque, merced a plausibles iniciativas, figura la lengua alemana en nuestro cuadro de asignaturas del Instituto, por desgracia el fruto obtenido hasta hoy por nuestros escolares ha sido casi nulo, tanto por la insuficiencia del tiempo destinado a tal estudio, cuanto por el vicioso método de enseñanza. Cuando falta el tiempo indispensable para dominar una lengua difícil, lógico sería no empeñarse en enseñar _todo el alemán_, sino el _alemán científico_, es decir, la suma relativamente escasa de reglas gramaticales y el caudal no muy cuantioso de voces necesario para traducir las monografías científicas. Lograr esto es obra de seis u ocho meses de labor asidua. Al aficionado a los trabajos biológicos le aconsejamos que se suscriba desde luego a una Revista alemana de su especialidad, por ejemplo, a un _Centralblatt_ cualquiera. La lectura, al principio muy trabajosa, de las monografías científicas, le resultará cada día más accesible. El placer de obtener desde el principio algún fruto de sus afanes, aumentará progresivamente su afición al trabajo.
[14] Si los celos internacionales lo consintieran, fuera mucho más sencillo y práctico convenir en el empleo de una lengua viva, el _francés_, por ejemplo, como idioma científico. A los entusiastas del esperanto cabría preguntarles: Cuando viajéis por Francia, ¿os resignaréis a no hablar francés?
(Conforme era de presumir, hoy --1920-- el flamante _volapück_ ha sido definitivamente olvidado. Presagiamos que le ocurrirá lo mismo al _esperanto_.)
[15] Cuando los españoles asisten a un Congreso científico, deploran que nuestra lengua tenga que eclipsarse ante el alemán, francés o inglés. Estos patriotas inoportunos harían bien, antes de formular sus quejas y provocar la sonrisa de los sabios, en meditar estos tres irrebatibles asertos: 1.º Nuestra producción científica es, cualitativa y cuantitativamente, muy inferior a la de las cuatro naciones que gozan del privilegio de usar su lengua en los Congresos. 2.º A consecuencia de esto, el castellano es desconocido de la inmensa mayoría de los sabios. Si inspirándonos en un patriotismo quijotesco nos empeñáramos en usarlo en los Congresos internacionales, provocaríamos la deserción en masa de nuestros oyentes. 3.º En fin, naciones como Suecia, Holanda, Dinamarca, Hungría, Rusia y Japón, cuya producción científica supera con mucho a la española, jamás tuvieron la inmodestia de imponer en dichos certámenes su lengua respectiva; sus sabios son harto avisados para desconocer que, siendo ya excesiva la tarea de dominar las cuatro lenguas citadas, resultaría tortura insoportable aprender una o dos más.
[16] Hoy no suscribiría yo, sin algunas restricciones, este concepto mecánico, o si se quiere estrictamente físico-químico de la vida. En ella (origen, morfología de células y órganos, herencia, evolución, etc.), se dan fenómenos que presuponen causas absolutamente incomprensibles, no obstante las jactanciosas promesas darwinianas y los postulados de la escuela bioquímica de Loeb.
[17] Conocemos algunos que no se contentan con cerrar los armarios del laboratorio, sino que los precintan y lacran al ausentarse.
[18] Existen actualmente (1923) laboratorios en España tan suntuosamente dotados que los envidian los sabios más grandes del extranjero. Y sin embargo, en aquellos se produce poco o nada. Es que nuestros ministros y corporaciones docentes se han olvidado de dos cosas importantes; que no basta declararse investigador para serlo y que los descubrimientos los hacen los hombres y no los aparatos científicos y las copiosas bibliotecas.
[19] Esto se escribía hace muchos años. Claro es que hoy (1923) después de la guerra mundial habría que aumentar estos modestos presupuestos en más de una mitad.
[20] El que esto escribe, el más humilde de los profesores españoles, pecaría de ingrato si no hiciera constar un hecho que habla muy alto en pro de la generosidad de nuestros Gobiernos. Bastó la mera noticia telegráfica de que el premio _llamado de Moscú_, otorgado por el Congreso internacional médico de París (1900), había sido adjudicado a un español, para que _incontinenti_ se nos buscara en el rincón donde laborábamos en silencio y se pusiera a nuestra disposición espléndido laboratorio. La medalla de Helmholtz, y el premio Nobel, nuevos dones de nuestra buena estrella, obtenidos después (1908), sin contar las altas distinciones recibidas de las principales Corporaciones científicas del mundo, nos proporcionaron la satisfacción de pensar que el modesto sacrificio hecho por el Estado español no había sido estéril para la Ciencia.
Y nuestro caso, afortunadamente, no es único. Todo el que en nuestro país ha sido consagrado por la ciencia extranjera, consigue, sin desearlas ni buscarlas, honra y prebendas. ¡A veces, hasta demasiadas!... Sepan, pues, los egoístas que anteponen siempre el galardón al merecimiento, que también en nuestra patria --y estoy por decir que mejor que en el extranjero-- el cultivo serio de la ciencia constituye razonable negocio.
[21] Conocida es la frase célebre de Bonaparte pronunciada ante el Consejo de Estado cuando era Cónsul: «Si el hombre no envejeciera, desearía que se pasase sin mujer».
[22] Aludimos aquí especialmente a los efectos de la concentración mental y del trabajo intensivo, capaces de convertir al sabio en perpetuo distraído, tan flojo y descuidado en la educación de sus hijos como en la administración de sus bienes.
[23] Podríamos citar más de veinte jóvenes de gran capacidad y excelente preparación cuya labor inquisitiva, apenas empezada, naufragó con el matrimonio. Actualmente, y por lo que toca a la biología, casi todos nuestros mejores productores son célibes.
[24] Citado por el notable profesor Pou y Orfila en un excelente folleto donde trata del estudio de la Anatomía: _Observaciones sobre la enseñanza de la Medicina_. Montevideo, 1906.
[25] El culto a la consecuencia, que en política pasa por virtud, en ciencia resulta casi siempre señal inequívoca de orgullo o de cortedad de luces. La variabilidad es uno de los rasgos que mejor traducen la honradez del investigador. En nuestro concepto, quien no sepa abandonar una opinión falsa se declara a sí mismo necio, viejo o ignorante; porque, en efecto, solo los tontos, los decrépitos y los que no leen, se obstinan en el error. Los consecuentes a ultranza parecen declarar con su olímpico desdén a toda novedad científica: «valgo y sé tanto, que todo cuanto la ciencia descubra no me hará corregir en un ápice mis opiniones». El cerebro es un árbol cuyo ramaje se desarrolla y complica con el estudio y la meditación; pretender, pues, que en materias opinables no cambie, es querer que el árbol futuro no pase de arbusto o no críe jamás ramas torcidas. La ciencia nos enseña que el hombre, en el transcurso de su vida, se renueva material y mentalmente muchas veces; que en la vida individual hay diversos _avatares_ que llegan casi a interrumpir la continuidad de la conciencia y el sentimiento de la propia personalidad. Las nuevas lecturas y la mudanza del medio moral e intelectual cambian y mejoran continuamente el ambiente interior y depuran y refinan nuestros juicios. Transcurridos los cincuenta años, ¿quién se atreverá a defender sinceramente todas las concepciones de su personalidad de los veinte, es decir, del pensar de la juventud inexperta y generosa?
[26] Piadosa con los viejos, la naturaleza ha otorgado al cerebro el excelso privilegio de resistir más que ningún órgano al implacable proceso de la degeneración.
[27] Hoy nos preocupamos de la autonomía universitaria. Está bien. Mas si cada profesor no mejora su aptitud técnica y su disciplina mental; si los Centros docentes carecen del heroísmo necesario para resistir las opresoras garras del caciquismo y favoritismo extra e intrauniversitario; si cada maestro considera a sus hijos intelectuales como insuperables arquetipos del talento y de la idoneidad, la flamante autonomía rendirá, poco más o menos, los mismos frutos que el régimen actual. ¿De qué serviría emancipar a los profesores de la tutela del Estado, si estos no tratan antes de emanciparse de sí mismos, es decir, de sobreponerse a sus miserias éticas y culturales? El problema central de nuestra Universidad no es la independencia, sino la transformación radical y definitiva de la aptitud y del ideario de la comunidad docente. Y hay pocos hombres capaces de ser cirujanos de sí mismos. El bisturí salvador debe ser manejado por otros.
[28] El relato de los extranjeros que visitaron España en la época de su grandeza o en el comienzo de su declinación, y los testimonios de nuestros escritores de los siglos XVI y XVII, demuestran que nuestra preponderancia en Europa fue meramente militar y no cultural. Ciencia, Industria, Agricultura, Comercio, todas las manifestaciones del espíritu y del trabajo eran en la época de los Reyes Católicos y de Carlos V sumamente inferiores a las del resto de Europa. Citando un caso entre mil, Simón Abril, en sus _Apuntamientos a Felipe II_, se lamentaba ya de que careciéramos de matemáticos, «con afrenta de la nación y gran perjuicio de la república, pues España debe ir a buscar los ingenios a extrañas naciones, con daño grave del bien público». Avergüenza saber que casi todos nuestros generales y almirantes de las guerras de Italia y Flandes fueron extranjeros. Cristóbal de Villalón, que escribió también en el siglo de oro de nuestra historia, se lamenta, amén de los defectos del carácter nacional, de la mediocridad de nuestros gramáticos y humanistas, muy inferiores a los extranjeros. (Véase su _Viaje de Turquía_.)
[29] En la cuenca del Ebro (Aragón especialmente), la columna del pluviómetro rara vez alcanza 300 milímetros, y en Murcia y Almería es raro el año en que se eleva a 250. En cambio, en todo el litoral cantábrico pasa de 1.500; a veces sube a 2.000.
[30] La cifra de 40 millones supuesta por algunos, y sobre todo por Macías Picavea, representa pura fantasía. Si hoy, no obstante el florecimiento industrial de algunas regiones, el ensanche creciente de las ciudades, el progreso notable de la agricultura y de la minería, etc., nuestro territorio no produce mantenimientos ni aun para los 20 millones de habitantes que lo pueblan, ¿por qué arte milagroso pudo antaño mantener 40 millones (no los tiene todavía la riquísima Francia) con un suelo en gran parte sin roturar y con ciudades --salvo alguna excepción-- reducidísimas, según atestiguan todavía las murallas subsistentes de las más populosas?
[31] Antes de Buckle fueron muchos los extranjeros que atribuyeron nuestra decadencia a la exaltación del principio religioso y al desprecio de las artes útiles. Recuérdese, entre otras, la observación de Montesquieu: «Mirad una de sus bibliotecas (las de España): las novelas por un lado, y la escolástica por otro, ¿no es verdad que todo ello parece obra de algún secreto enemigo de la razón humana?» Gráfica es también esta frase de Voltaire: «La Inquisición y superstición perpetuaron aquí (en España) los errores escolásticos; las matemáticas fueron tan poco cultivadas de los españoles, que en sus guerras emplearon siempre ingenieros italianos». Juicio análogo dejamos estampado ya de nuestro Simón Abril, escritor de la época de Felipe II.
[32] Recuérdese la célebre polémica sostenida entre Sanz del Río, Revilla, Perojo, etc., por un lado, y los tradicionalistas, reforzados con el valioso apoyo de Menéndez Pelayo, por otro. Los krausistas sostenían que el espíritu español se había desarrollado solo parcialmente, desdeñando la razón y el entendimiento, y que, no habiendo existido ciencia ni filosofía españolas, la historia de estas disciplinas podía hacerse sin citar otros nombres que los de los marinos heroicos que descubrieron las Américas y dieron la vuelta al mundo. Al contrario, los tradicionalistas afirmaban que durante el siglo de oro habíamos creado ciencia y filosofía altísimas y originales, y que ello se debió, en gran parte, al fervor religioso y al despotismo paternal de los reyes. En cuanto a mi humilde opinión, formada después de pesar serenamente los argumentos de entrambas escuelas, coincide casi completamente con el juicio de un escritor francés imparcial de nuestros días. Dusolier, que siguió con interés los incidentes de la famosa controversia, afirma: «Contrariamente a los asertos, demasiado modestos o demasiado desdeñosos, de la escuela krausista, creemos _que ha existido, en efecto, una ciencia y una filosofía españolas; pero pensamos también que todo el talento de Menéndez Pelayo no basta para probar que esta filosofía y esta ciencia hayan sido muy importantes_». Dusolier: «Aperçu historique sur la Médecine en Espagne», etc. París, 1906. Con relación a las matemáticas, el mayor de nuestros actuales geómetras, el señor Rey Pastor, hace notar, en bien documentado discurso, que nuestros geómetras del siglo de oro y siguientes trabajaron a menudo sin conocer suficientemente las grandes conquistas matemáticas del Renacimiento, singularmente las debidas a los sabios italianos, franceses e ingleses.