Recuerdos de un anciano

Part 45

Chapter 451,870 wordsPublic domain

Singular principio habían tenido en aquella hora las hostilidades, si tal nombre merece el suceso que voy a referir, trágico y horroroso en extremo. Mientras se apresuraba Valdés a penetrar en España seguido de unos 1000 hombres y poco más, como para dar ejemplo a Mina, poniendo patente lo que en él culpaba de indecisión, y mientras Mina se preparaba a seguirle, no de buena gana, porque veía cuán locamente precipitada era la agresión, pero resuelto a no dejar de exponer su vida, un hombre impelido por el fanatismo más ciego posible se arrojó casi solo a representar el papel de restaurador de lo llamado libertad en su patria. Con haber dicho antes cuáles eran los pensamientos, afectos y situación extraña de Chapalangarra (o digamos de De Pablo), fácil es adivinar que era el sujeto de quien voy hablando en el momento presente. Fiado en su gloria y renombre, y en el influjo que se figuraba tener entre sus paisanos, lleno de los recuerdos de la guerra de la Independencia, y olvidado de lo ocurrido desde 1820 a 23, pensó que su presencia y voz conocidas bastarían para inducir a millares de navarros a seguirle.[104]

[104] He entendido que alguien acompañaba a Chapalangarra. Pero él solo se lanzó a la muerte.

No había andado largo trecho por el suelo patrio, cuando dio con una cuadrilla o partida de gente armada, que era, según es probable, parte de un cuerpo de voluntarios realistas. En vez de huir el desalumbrado constitucional, se fue en derechura a los que juzgaba que podía hacerse amigos, y comenzó a predicarles, trayéndoles a la memoria sucesos de la guerra contra Napoleón; cómo seguían entonces a Mina, y aun al mismo De Pablo los navarros; ser una misma la causa que él venía a sustentar, y que tenía esperanzas de ser oído con tanto favor que encontrase en ellos auxiliadores para la obra de dar libertad a la patria. Hubieron de quedarse atónitos y suspensos los oyentes al oír las extrañas frases que el predicador les dirigía, frases para muchos incomprensibles, si bien para otros abominables, y más hubo de causarles pasmo ver que un hombre, no seguido de fuerza, osase pon tanta serenidad ponérseles delante, cuando los principios que proclamaba declaraban ser su enemigo. Pero no duró mucho la admiración, sucediendo a esta pasiones de muy otra clase, y, disparando uno un tiro al predicador como en respuesta al sermón, el ejemplo fue seguido, y cayó el infeliz Chapalangarra cubierto de heridas. Ni se contentaron sus matadores con verle muerto, sino que arrojándose sobre su cadáver, le destrozaron, llevándose algunos de sus miembros por trofeo; hecho atroz repetido en otra ocasión por gente igualmente bárbara, pero proclamando otras doctrinas, y propio proceder de la plebe feroz por su ignorancia, y cruel, sea cual fuere la voz que apellida o la bandera que sigue.

Debió el triste fin de Chapalangarra haber dado que pensar a los constitucionales, no porque la temeridad de aquel infeliz, víctima de su fanatismo y arrojo, pudiese tener buen término, sino porque indicaba, por las circunstancias anejas a la desgracia, cuál era el espíritu de las poblaciones donde esperaba la inminente agresión encontrar amigos. Pero nunca emigrados comprenden la situación del pueblo que se han visto obligados a abandonar y de que han estado ausentes por no breve plazo. Así es que coincidió con la muerte de Chapalangarra la entrada de los de Valdés, A los cuales siguieron muy pronto los de Mina, no sin que antes, según me han referido personas dignas de todo crédito, hubiesen estado a punto de venir a las manos unos con otros. No se quedó Mina en Francia; pero por causas que ignoro, hubo de entrar separado del grueso de su gente, pues solo acompañado de dos o tres fieles secuaces, corrió gravísimos peligros, de que escapó como por milagro.

No tengo datos para contar por menor o con exactitud las ocurrencias de la guerra de dos o tres días, de que hubieron de volver los constitucionales vencidos, sin mengua de su honra, y habiendo tenido pérdidas lastimosas. Al segundo o tercer día de estar en España vinieron sobre ellos fuerzas respetables de las que mandaba el general Llauder, entre las cuales se contaban tropas de la Guardia Real, a la sazón muy lucida. Resistir a tal poder era imposible, y fue fortuna que todos cuantos habían penetrado en el territorio español no hubiesen quedado en él para bañar el suelo patrio con su sangre; pues el Gobierno del rey Fernando a ningún enemigo político perdonaba la vida. Porque las tropas reales, en vez de embestir desde luego a sus contrarios, se encaminaron como a cortarles la retirada a Francia, lo cual notado por los constitucionales, retrocedieron estos a buscar el abrigo del Estado vecino; pero aun así no habrían hallado franco el paso a no habérsele abierto con una carga dada por unos pocos de a caballo de su mando el antes capitán de carabineros reales don N. Cía, recién venido a la emigración. Cedió con tal flojedad la infantería de la Guardia Real a tan pobre fuerza, que merece algún crédito lo que después aseguraron varios realistas pasados a ser sostenedores del trono legítimo y constitucional de Isabel II, y es que adrede dejaron pasar a los que se retiraban, sabiendo que de no hacerlo así, sería horrorosamente ensangrentada la victoria. Pero si hubo tal humanidad en aquella hora, no la hubo en la inmediatamente posterior, que fue la del alcance. No habiendo señales visibles que demarquen en los despoblados de la frontera teatro de aquellos sucesos el territorio del uno y otro Estados vecinos, dentro de Francia fueron muertos, o cayeron prisioneros para perecer con cortísima demora bastantes de entre los constitucionales.

Entretanto, quedaba en España Mina, no ignorándolo sus enemigos, esto es, los servidores del gobierno español. Hacerse con su persona para quitarle con alguna solemnidad, aunque escasa y sin dilación, la vida, vino a ser empeño vivo en unos, tibio en otros, pero igual en sus efectos, de todos los vencedores. Registraron los lugares más fragosos del Pirineo, ayudándose con perros de caza. Apenas quedó monte, valle o cueva en que no se hiciese escrupuloso registro, Pero el caudillo navarro estaba en su elemento cuando trataba de escapar indemne de una persecución aun la más tenaz, y oculto, ya en cuevas, ya en medio de la intrincada maleza, más de una vez sintió o vio pasar a su lado y casi tocándole, a los que le buscaban ansiosos de su prisión y suplicio. Dos o tres días hubo de durar este peligro, corridos los cuales, pisó Mina de nuevo el territorio francés volviendo a su situación de emigrado, de la cual no había de salir sino en virtud de una amnistía traída por posteriores y entonces inesperados sucesos.

No tuvieron tan trágico fin las tentativas hechas por los confines de Aragón y Cataluña, las cuales vinieron a parar en nada, recogiéndose los invasores a Francia sin pelear, viendo que no tenían fuerzas para empeñar una lid contra sus poderosos enemigos.

De allí a muy poco, el gobierno francés, habiendo logrado del de España que, si bien con visible mala voluntad, reconociese a Luis Felipe por rey de los franceses, mandó, como era de esperar, dispersarse a los españoles reunidos en la frontera. Grande indignación nos causó este hecho, que, bien mirado, era un acto de rigurosa justicia. Bien es verdad que porque los franceses nos habían quitado la libertad en 1823 los juzgábamos obligados a devolvérnosla en 1830, tan trocadas ya las cosas que en Francia dominaban los que más habían vituperado la invasión del ejército del duque de Angulema. Pero no pueden las naciones regirse por leyes que obliguen a la restitución de lo que no es un objeto material o físico, ni cabe una reparación tal que subsane todos los daños y perjuicios hechos en época no inmediata.

Desparramáronse los emigrados por Francia, no viniendo a ser París su centro, como poco antes lo era Londres. En las tentativas hechas en el Mediodía, que produjeron la muerte de Torrijos, no pudieron tomar parte más que llorando a las víctimas y maldiciendo a los sacrificadores. Uniéndose con emigrados de otras naciones uno u otro de los nuestros, bien que en cortísimo número, fueron participantes en empresas encaminadas a derribar otros gobiernos que el de España. Hasta se distinguieron por más pacíficos que otros emigrados, y particularmente que los polacos, en no mezclarse en los negocios del pueblo francés, a la sazón por demás inquieto.[105]

[105] Es de notar que al solemne entierro del general Lamarque, donde se presentaron con banderas los emigrados de todas las naciones, concurrieron poquísimos españoles de los que vivían en París. Por supuesto, no fue allí Mina. Al difunto general, más ansioso de los triunfos y gloria de las armas francesas que del establecimiento de la libertad en pueblos extraños, solo debían mirar los españoles como a un devastador de su patria, que lo había sido en la guerra de nuestra independencia.

Con harto mayores motivos para tener alegres esperanzas que los que debíamos tener en Inglaterra, acaso teníamos menos, sobre todo al empezar 1832, viendo cómo triunfaba el gobierno español cuando era combatido.

Sin embargo, los sucesos de Portugal, cuando el exemperador del Brasil don Pedro de Braganza tremoló el pendón constitucional en Oporto, fueron como una aurora nuncia del cercano día de nuestra redención y victoria. Pero el día vino sin traérnosla, y fue nublado, y con presagios de acabar fatalmente. Por otro lado, sin embargo, se nos abrió el camino a nuestra patria. A ella volvimos casi todos mal corregidos de nuestros yerros, pero firmes en nuestros principios y con honra. Perdidos en el seno de la nación, nuestra historia cesó en 1834, y algunos solo hemos figurado con más o menos lustre, y diferentemente juzgados por diversas y opuestas doctrinas e interés, en los anales de la España nueva.

FIN.

ÍNDICE.

Caps. Págs.

I. Cádiz en los primeros años del siglo presente. 9

II. Cádiz en los días del combate de Trafalgar. 27

III. Madrid en los días del reinado de Carlos IV. 43

IV. Madrid de 1806 a 1807. 63

V. Madrid desde fines de mayo hasta fines de agosto de 1808. 83

VI. Madrid y alguna provincia a fines de 1808 y en 1809. 105

VII. Un tumulto en una ciudad de provincia en 1809. 125

VIII. Cómo se pasaba bien el tiempo en una ciudad sitiada. 141

IX. Cómo cae un mal gobierno. 207

X. El 10 de marzo en Cádiz. 291

XI. Las sociedades patrióticas de 1820 a 1823. 329

XII. Sociedades secretas de España desde 1820 a 1823. 367

XIII. Deposición del rey por las Cortes en Sevilla el 11 de junio de 1823. 421

XIV. Dos viajes que no se parecen el uno al otro. 443

XV. Recuerdos de una emigración. 455

XVI. La emigración constitucional en la frontera y en campaña. 529

CORRECCIONES Y ERRATAS.

PÁGINA. LÍNEA. DICE. DEBE DECIR.

67 28 _baetus_ _battus_

88 24 esforzados forzados

113 5 empezaban empeoraban

218 32 1810 1819

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