Recuerdos de un anciano

Part 36

Chapter 363,947 wordsPublic domain

Al salir del salón la comisión nombrada para llevar a S. M. el mensaje en el que el Congreso, sin irreverencia en la forma, le hacía una súplica apremiante, que él miraba como nuevo exceso contra su persona, y mientras diputados y espectadores, con rostros en que se pintaban, ya cólera, ya pena, ya inquietud, seguíamos con la vista a nuestros compañeros, y sobre todo, al presidente de la comisión, el general don Cayetano Valdés, cuya figura, severa y desabrida, era como una imagen de las circunstancias, pasé yo de mi asiento al de enfrente, inmediato al que ocupaba Argüelles, con el cual entré en conversación sobre el gran negocio que nos estaba ocupando. Vivía yo entonces en trato amistoso con el célebre orador y repúblico asturiano, particularmente desde que juntos habíamos sustentado acaloradas lides en defensa de las respuestas dadas a las notas de los soberanos aliados y la resistencia a poner la Constitución y la suerte de nuestra patria a merced de los extranjeros, o del Rey mismo. Tanto Argüelles cuanto yo (créase o no esto último) sentíamos dolor vivo y aun repugnancia a tomar un partido violento; pero él igualmente que yo, preferíamos un golpe violento a dejar perecer la ley fundamental del Estado, y lo que es uso llamar la libertad, a la cual amenazaba en aquella hora muerte segura y próxima, y muerte que vendría indudablemente acompañada de horrorosas convulsiones, o digamos, variando la imagen para expresar mejor la idea, que al desplomarse el edificio político, todavía en pie, a más de una víctima, y estas de distinta especie, habría de hacer polvo y confundir en sus ruinas. Menos dispuesto Argüelles que yo a pensar lo peor, conservaba esperanza de que cediese el Rey, como había cedido en Madrid, y así me lo expresó, a lo cual repliqué con dolor que yo esperaba una respuesta arrogantemente desfavorable. «_Pues entonces, ¿qué ha de hacerse?_», me dijo. «_¿Qué?_», respondí: «_nombrar una regencia_». «_¿Y ha pensado usted en las consecuencias tristísimas de tal acto?_», volvió a preguntarme. «_Sí_», le dije, «_y no me excede usted en sentimiento al vernos obligados a tal cosa; pero ¿hay otro medio? Si le hay, dígamele usted, y yo estoy por él_». Meditándolo un poco: «_No veo otro_», repuso, «_y yo apoyaré lo que usted proponga. Pero_», añadió, «_¿no será bueno, si hemos de pasar a nombrar regencia, suspendiendo al Rey en el uso de su poder, que solo lo hagamos interinamente, y para el acto de trasladarse el Gobierno con las Cortes a Cádiz?_». Fue nueva para mí la idea, y me dio golpe, y así, aun no contando con que necesitaba el apoyo de Argüelles y los que le seguían para dar el paso atrevidísimo a que iba a arrojarme, aprobé y adopté el pensamiento de mi poderoso colega, por lo mismo que era menos violento el acto; porque, lo repito, no tenía deseo de atentar a la persona o dignidad real, contra la cual, si procedía, lo hacía obrando en defensa de las para mí sagradas leyes. Convenidos, pues, mi antes antagonista y ahora amigo político y yo, contaba con que sus palabras sostendrían mi propuesta. En esto aparece la diputación de vuelta de Palacio, tristes y cabizbajos todos cuantos la componían, y sobre todos ellos el Presidente, muy venerador de sus reyes, aunque constitucional celoso. Lo que dijo consta en el acta y es público, de modo que no es posible negar que el Rey nos arrojaba el guante, siéndonos forzoso, o recogerle y entrar en fatal lid, o abandonar el campo y entregarnos a la fuga. La cara y el acento de Valdés eran tanto cuanto melancólicos, solemnes; en los demás diputados y en el auditorio era igualmente lúgubre en cierto grado el aspecto, y en no poca parte de gravedad en el silencio, parecido a la calma precursora de las más recias tormentas. Entonces me levanté conmovido, tanto más cuanto que la agitación sentía en mí crecida la calentura, y, apoyadas las manos en el respaldo del banco que delante de mí tenía, comencé en un breve discurso a explanar y sostener mi proposición, clavando todos en mí los ojos, atentos los oídos, llenos de ansia los semblantes, y como colgados de mis labios los oyentes, no, cierto, para oír de mi un discurso entretenido, sino por lo que contenían mis palabras. Cesé de hablar, y, por algunos segundos, nadie siguió, ni hubo murmullo en las tribunas. Pero, a poco, pidiendo la palabra en contra de mi proposición dos o tres diputados, y en pro también uno u otro, y entre estos el que importaba más que todos, el mismo Argüelles. Impugnó mi proposición, con un calor que parecía delirio, el diputado Vega Infanzón, oficial de marina, cuyo hermano, muerto en Cádiz en 1813 de la fiebre amarilla, había representado uno de los principales papeles en las Cortes de 1810, al lado del conde Toreno, con quien asimismo dos años antes había pasado a Inglaterra, como representantes ambos de la junta de Asturias en el levantamiento de España contra Napoleón. No tenía el diputado de 1823 las calidades de su hermano; pero era honrado, de mediano saber, y de condición suave, por lo cual se extrañó más su acaloramiento en este debate. Como el tiempo apremiaba, y todos cuantos hablábamos lo hacíamos en pocas frases, y Vega, al revés, divagaba, repelía muchas veces no solo sus ideas, sino aun sus expresiones, y gritaba, ya con voz de ira, ya con acento de dolor, entró en muchos la sospecha de que intentaba alargar la discusión con algún fin torcido; acusación en mi sentir injusta, pero a la cual daba motivo saberse que se estaba conjurando contra el gobierno constitucional, y que en la dilación ponían gran parte de sus esperanzas los conjurados. Lo cierto es que empezaron murmullos en las tribunas, y aun en los bancos, intentando hacer callar al difuso orador; yerro gravísimo que procuré yo con otros pocos impedir, yéndome de banco a banco a recomendar la prudencia, y reclamando que guardasen orden los concurrentes a las tribunas. No dejó de costarnos trabajo conseguir nuestro intento, porque aun en el salón, un diputado eclesiástico llamado _Sáenz de Buruaga_, hombre de más celo que talento o saber, y en quien el amor, que él creía serlo de la libertad, era furibunda intolerancia, con voces y ademanes quería imponer silencio al Vega, no sin dar muestras de tratar de pasar de las palabras a las obras; ejemplo que había sido seguido; y por otra parte el diputado, general Álava, se quejó de que desde una tribuna amenazaba al Congreso un espectador con un sable desnudo. Pudo, no obstante, impedirse todo desmán, y, si solo la amenaza puso miedo en algunos diputados a punto de influir en sus votos, peligro poco más lejano y harto más seguro retraía de votar mi proposición. Esto hizo notar con sentidas frases y nobleza en su breve discurso Argüelles, respondiendo a Vega, su paisano y amigo, que blasonaba de su firmeza en defender al Rey en aquella hora. Por fin tuvo término el discurso de Vega, y reducidos los que siguieron a dos o tres sentencias, declarado el punto suficientemente discutido, hubo de procederse a la votación. Ocurrió a algunos el desatino de pedir que fuese nominal, lo cual, entre mayores inconvenientes, tenía el de la pérdida de tiempo, cuando cada minuto parecía precioso. Logré yo disuadir de la pretensión a quienes la tenían, y tuvo efecto la votación según el método ordinario, levantándose los que aprobaban, y quedándose sentados los de parecer contrario. Muy pocos fueron los que no se pusieron de pie, pues vimos hasta con sorpresa levantados aprobando la atrevida propuesta a aquellos pocos diputados cuya moderación rayaba en desafecto a las nuevas leyes y en adhesión a la antigua monarquía. Algunos, bien que no muchos, se ausentaron del todo; otros, asimismo en reducido número, amedrentados y vergonzantes andaban entre los bancos y la pared, no atreviéndose a votar en pro o en contra, y ni siquiera a salirse porque no se les achacase a falta haberse ausentado. Así y todo, a bulto, contamos sobre 90[84] o poco menos levantados; mayoría crecida en aquel Congreso en que rara vez eran más de 120 los votantes. Hubo, después, quien hiciese constar su voto contrario y se le consintió, a pesar de que ninguno había dado; pero esto fue ya en Cádiz, llevándose a exceso la condescendencia, por no pasar la mayoría por tirana.

[84] En la sentencia a pena capital dada por la Audiencia de Sevilla contra los que votaron la suspensión del Rey, resulta ser el número de los que aprobaron mi proposición muy inferior al que este artículo afirma. Pero la sentencia no está fundada en la verdad, aunque lo esté en que como tal aparece en el proceso. Muchos de los que votaron aprobando, arrepentidos después o medrosos, aseguraron no haber votado o hécholo en contra. La Audiencia y aun el Gobierno tenían poco deseo de cebar su saña en diputados que no habían figurado en primer término, y así se prestaban a admitir justificaciones bien o mal fundadas. Asimismo, por razones de política, venía bien que apareciese haber sido una minoría del Congreso lo que apareció mayoría en aquel acto. Si no fuese algo fea acción bajar a personalidades, podía aquí citarse más de un nombre de diputados que votaron el sí y habiendo después probado con falsedad lo contrario no fueron incluidos en la proscripción que cayó sobre todos sus compañeros, aunque de ellos solo en el pobre _Riego_ fue ejecutada la sentencia.

El gran voto estaba dado, y restaba convertirle en hecho. Nombrada la regencia en pocos minutos, su presidente don Cayetano Valdés hizo un discurso brevísimo, pero muy notable. _He sido vencido más de una vez_ (dijo), pero he cumplido siempre con mi obligación, y esto prometo ahora. Daba realce a estas sencillas palabras el aspecto de quien las pronunciaba, de rostro desfigurado por efecto de las viruelas, de andar desgraciado, de desaliño sumo, si bien no de desaseo, en el vestido y en el modo de expresarse; con apariencias de vejez, aunque apenas entrado en ella; modelo de patriotismo, cubierto de heridas[85] gloriosamente ganadas en mar y tierra, leal servidor de sus reyes y observante de la ley militar y civil, y en quien se notaba entonces el dolor del trance en que se veía, a la par con su firme resolución de proceder a ejecutar lo que él mismo, si bien con amargura, había votado.

[85] Fue gravemente herido en el combate naval de Trafalgar y en la batalla de Espinosa en noviembre de 1808. Ya en el combate del 14 de febrero de 1797 (el del cabo de San Vicente) fatalísimo para nuestra marina, se había distinguido por un excesivo arrojo acompañado de tino, salvando, o dígase rescatando, del poder del enemigo al navío general _La Trinidad_ que había arriado la bandera y volvió a izarla.

Iba ya entrando la noche. En esto anunciaron haber sido sorprendidos en una reunión o conciliábulo unos cuantos que estaban tratando de dar un golpe decisivo que acabase con los constitucionales. Fueron presos en el acto los conjurados, a quienes presidía el general Downie, escocés venido al servicio de España en la guerra de la Independencia, alcaide a la sazón del alcázar de Sevilla, hombre estrafalario por demás, y que, puesto en libertad al restablecerse el poder absoluto, fue recompensado medianamente, y hubo de dar que pensar y que sentir a sus favorecedores por sus rarezas, las cuales, yendo en aumento, vinieron a ser demasías insufribles, con ribetes de actos de locura.

Quedaron las Cortes en sesión permanente, que duró hasta entrar la noche del día 12. Pero, no habiendo qué hacer o qué decir, era la única señal de continuar el Congreso en sesión, que ocupaban la silla el presidente y su lugar en la mesa los secretarios. No muy alumbrado el salón, con poca, aunque alguna, gente en las tribunas, y en los asientos solo algunos diputados que se remudaban; interrumpido de cuando en cuando el silencio por unas pocas breves razones a que los incidentes que ocurrían daban margen, presentaban la sala de sesiones y quienes en ella figuraban un aspecto de tristísima solemnidad.

De afuera menudeaban los oficiosos que acudían con avisos o consejos, de ellos los más, o poco útiles, o impertinentes. En aquella suspensión de las leyes, no pocos hubieron de figurarse que, siendo yo el autor de la proposición aprobada, había venido a ser un ente a modo de cabeza interina del Congreso y del gobierno, y así no puede decirse a qué punto me veía molestado a cada momento con comunicarme noticias de poca importancia o con insinuarme lo que debía hacerse, como si hacerlo estuviese en mi mano. No limpio aún de calentura, aunque no agravado, me sentía rendido, y así me eché y aun me entregué por cortos ratos al sueño, tendido en un hueco que quedaba entre la espalda del dosel y la pared, y teniendo por cabecera un cojín, en que ponían la rodilla los diputados al jurar, mientras que, fiel yo al método _Broussaísta_, bebía copiosos tragos de agua de limón con goma, absteniéndome de probar otra cualquiera sustancia aun líquida. Ello es que así me puse bueno enteramente al llegar la mañana.

Todo el día 12 fue día de vivas ansias. El Rey se había sujetado sin resistencia a la decisión del Congreso; la conjuración en su favor estaba descubierta en su parte principal, y presos los principales conjurados; y, con todo esto, estábamos en no leve peligro, siendo el mayor que tan atrevido golpe como el que acabábamos de dar llevaba trazas de ser golpe en vago. La regencia no encontraba desobediencia, pero tampoco obediencia, haciendo la inercia lo que podría haber hecho la resistencia más viva. Poco se adelantaba en la disposición del viaje. Se escondían aquellos a quienes tocaba recibir o ejecutar órdenes. Tardó tiempo en encontrarse un general[86] que mandase las tropas que habían de ir escoltando y guardando al Rey, a la par que monarca, preso.

[86] Un general se disculpó de admitir el desabrido encargo alegando que no tenía faja, porque había enviado fuera su equipaje.

Hasta la guardia del Congreso desamparó casi toda su puesto, yéndose a sus casas, o a disponerse a acompañarnos a Cádiz los milicianos nacionales de Sevilla que la formaban, hasta el punto de quedar casi solas las pocas centinelas. Si no hubieren sido cobardísimos los realistas sevillanos, con suma facilidad nos habrían disuelto, y preso o muerto, pero esperaron al día siguiente para dar prueba de su número, de su previo concierto y de su furia; prueba que se desahogó en robar, en saquear equipajes, y en dar de palos a constitucionales de poca monta, entre ellos a los dependientes del Congreso.

Adelantada la tarde del 12, llegó a creerse que el Rey no se pondría en camino. Hubo entonces proyectos extremados de hacerle salir violentamente. Por fortuna, al ponerse el sol, cuando varios desesperaban de ver terminado aquel conflicto en paz y en orden, se supo que Fernando estaba fuera de las puertas de Sevilla, con su familia y séquito de viaje.

Entonces se levantó la sesión fríamente.

Por la noche hubo orden de iluminar la ciudad, y, lo que bien podía temerse que no sucediese, la orden fue puntual y aun escrupulosamente obedecida. Ardían hachas en todos los balcones y ventanas, y a una claridad como la del día acompañaba una suma soledad en las calles; cabizbajos, afanados o inquietos los pocos que por ellas transitaban; extrañísimo contraste el de las luminarias, siempre señal de bullicio y alegría, con una situación de terror y pena de que daba muestra el melancólico silencio.

En la misma noche nos embarcamos los diputados en el barco de vapor que por entonces solo iba a Sanlúcar de Barrameda. Lo que después ocurrió está ya fuera del argumento del presente artículo.

Bien será con todo añadir una circunstancia. Recelábase que al llegar Fernando VII a la isla gaditana, dueño ya otra vez del poder, se resistiese a encargase de él, protestando así contra la violencia de que había sido víctima. Había, por lo mismo, dudas sobre qué habría de hacerse para proveer al gobierno del Estado. Pero aquel Rey, a menudo singular en sus actos y modos, al decirle el presidente de la regencia interina que, nombrada esta solo para el acto de la traslación del gobierno a Cádiz, había cesado en su cargo, y entregaba el gobierno a sus reales manos, solo dijo prestándose a reinar y gobernar como antes: «_Pues qué, ¿no estoy ya loco?_». Nada respondió, ni podía responder el presidente, quien se contentó con hacer una demostración de respeto, y pasó S. M. a ejercer sus facultades y prerrogativa, según la Constitución, en Cádiz del modo y para los fines que mostraron sucesos posteriores.

Tales incidentes trajeron y acompañaron el célebre acto de las Cortes en Sevilla, en que fue suspenso un rey, como podía haberlo sido el último empleado.

La historia le ha juzgado, y casi con unanimidad, desfavorablemente.

El pobre individuo que esto escribe tiene, con todo, el atrevimiento de creer tal fallo injusto. Dispuesto y aun acostumbrado a arrepentirse de muchas acciones de su vida política, y siendo apóstata confeso, como es, si bien no en el grado que suponen quienes le han pintado como sedicioso tribuno, de lo que hizo en Sevilla en el día 11 de junio, no está arrepentido.

Esto no es decir que aquel acto de las Cortes fue bueno. Ninguno podía serlo en aquellas circunstancias. Fue acaso del mal el menos; pero el menos era ya mucho, cuando la elección había de ser de uno entre varios gravísimos males. Pensar que habría muerto pacíficamente la Constitución en Sevilla, como vino a morir poco después en Cádiz, es un desatino en que solo pueden creer quienes no vieron o no se representan bien la situación de las cosas y de los ánimos, en la hora en que el Rey provocó a las Cortes y a todos los constitucionales, intimándolos rendirse a discreción dentro de un brevísimo plazo. De seguro la contrarrevolución en Sevilla habría sido desordenada y sangrienta.

Pero esta es disputa larga, y a que, solo de paso, ha sido casi forzoso aludir en este breve escrito. Lo que en él se ha pretendido es pintar el suceso de Sevilla, en la parte en que los documentos de oficio ni le pintan ni pueden pintarle.

XIV.

DOS VIAJES QUE NO SE PARECEN EL UNO AL OTRO.

Los lectores que tengan paciencia para leer lo que sale a luz procedente de mi pobre cabeza, tal vez van a ser puestos a dura prueba leyendo en los renglones que siguen cosas que solo tocan a mi persona. Pero, al cabo, la persona de un viejo tiene la particularidad de ser imagen de tiempos pasados: en un hombre que en su larga vida física y política ha hecho un papel superior a su valor, y más señalado por reveses que por triunfos, y por censuras que por alabanzas, despierta la curiosidad la relación de lo ocurrido en sus primeros años; y los sucesos de una vida se enlazan con las costumbres de los tiempos en que pasaron. Si he de decir verdad, aunque parezca blasfemia y tal vez lo sea, la fama de la elocuencia de Néstor está fundada en gran parte en que hablaba como viejo, y sacaba a plaza las cosas de sus mocedades. No soy yo un Néstor, por cierto; pero me parezco a él en la edad, y en referirme a antiguallas, y por esto reclamo, no en todo, pero sí en parte, la indulgencia que con él han tenido lectores de todas las edades.

En año de 1802 se casó por la vez primera el entonces príncipe de Asturias, que después reinó con tan varia fortuna llamándose Fernando VII, con una princesa de Nápoles. Fue destinada a traer a España la real novia desde la capital del reino de las Dos Sicilias una división, que hoy sería escuadra, compuesta de tres navíos, el _Príncipe de Asturias_, de 120 cañones; el _Bahama_, de 74, y el _Guerrero_, del mismo porte; de dos fragatas, la _Sabina_ y la _Atocha_ de 36 y 40, y de un buque menor. Mandaba mi padre el _Bahama_, cuyas tablas de hermoso cedro, que fueron admiración de los napolitanos, le tocó tres años después manchar con su sangre, cuando en Trafalgar perdió gloriosamente la vida. Quiso entonces el ilustre marino de quien me glorío de ser hijo, llevarme consigo, no para acostumbrarme a la vida de marino, pues al revés, no quería que siguiese yo su carrera, no obstante saber de mí que tenía afición loca al cuerpo de la Armada y a las cosas de la mar, sino para contribuir a lo que se llama formarse viendo el mundo. Contaba yo a la sazón trece años de edad, vestía el uniforme de cadete de Reales Guardias Españolas desde los siete años, y había empezado a ser cadete efectivo a los doce, pero vivía en mi casa con real licencia hacía un año. Fuimos en aquella expedición dos individuos pertenecientes al ejército, pero de diferentes grados, que el uno era mariscal de campo y yo cadete, siendo el primero don Francisco Solano, de quien más de una vez he hecho mención en los recuerdos de mi juventud, y al cual tocó representar distinguido papel en el teatro de nuestros sucesos políticos, papel trágico al fin para él, pero propio para realzar su memoria, por la no común fortaleza con que llevó la muerte violenta de que fue víctima.

Zarpamos de Cádiz en los días primeros de junio de 1802, yendo con nosotros el navío _Reina Luisa_, de 120 cañones, destinado a ir Livorno para traer a España a la entonces reina de Escocia, hija querida de la reina María Luisa, cuyo destino fue tan desgraciado, que hasta de compasión vino a ser indigna; blanco del odio de los españoles, y habiendo pasado, destronada y desterrada, a figurar como principal acusada en un proceso criminal por estafa ante los tribunales franceses. En el Estrecho, un abordaje del _Bahama_ con el _Príncipe_ estuvo a pique de acabar con ambos navíos, siendo casi milagroso que escapasen solo rozándose por los costados, y haciéndose una ligera avería. Después pasamos a ponernos a la vista de Argel, con el objeto de ajustar diferencias pendientes con el Dey. De allí fue comisionado nuestro navío con solo la fragata _Sabina_ a pasar a Túnez, con igual objeto. Tres días pasamos en el último puerto fondeados, pero sin ir a tierra, para evitar cuarentenas a nuestra vuelta, que había de ser al puerto de Cartagena de Levante.[87] Séame lícito decir que era yo instruido para mi edad, y que la vista de la Goleta y los lugares inmediatos, teatro de antiguas glorias, seguidas de reveses, hizo grande efecto en mi ánimo casi de niño.

[87] Así se decía entonces para distinguir la otra Cartagena que era española, y a la cual se daba el nombre de Cartagena de Indias.

Llegados a Cartagena, y habiendo pasado allí más de un mes, salimos para Nápoles, entrado agosto. La navegación fue larga, porque sopló con frecuencia el Levante. Llegó al cabo el ansiado día de avistar a la famosa Nápoles, y entramos en su puerto con ostentación y ufanía, porque la España de entonces, aunque decaída hasta lo sumo, todavía era considerada como potencia poderosa por los napolitanos.

Navegaba nuestra escuadra con viento favorable y bonancible; en el centro el navío general, a los dos costados de este, de modo que los baupreses hiciesen línea con las aletas de babor y estribor al buque del centro,[88] el _Bahama_ y el _Guerrero_: algo más atrás las fragatas.