Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)
Part 2
Pronto tuve ocasión de comprobar la exactitud de la noticia. En efecto, el tribunal, salvo alguna excepción, constaba de amigos y clientes del que por entonces ejercía omnímoda é irresistible influencia en la provisión de cátedras de Medicina. En descargo del aludido personaje, debo, sin embargo, declarar que M. había sido un brillante discípulo suyo, que adornaban á éste prendas relevantes de carácter y talento, y además que en asegurar el triunfo del novel anatómico puso todo su empeño el Dr. Fernández de la Vega, catedrático de Anatomía de Zaragoza, pariente del ilustre Presidente del tribunal y condiscípulo y fraternal amigo de M.[6].
[6] La devoción y el afecto que D. Salustiano sentía por M. eran tan hondos, que desde un pueblo de Navarra le trajo á Zaragoza, le alojó en su propio domicilio, le nombró su ayudante y le instruyó rápidamente en los estudios anatómicos. ¡Y, sin embargo, estos Pílades y Orestes de la amistad más cordial acabaron por regañar, en testimonio de que todo es pasajero en este pícaro mundo, hasta los afectos inspiradores de las grandes generosidades!...
Á su tiempo[7], verificáronse las oposiciones. En ellas tuve la suerte de hacer patentes los progresos de mi aplicación. Mis conocimientos histológicos proporcionáronme ocasiones de lucimiento; y la lectura de las Revistas y libros alemanes, ignorados de mis adversarios, prestaron á mi labor un colorido de erudición y modernismo sumamente simpáticos.
[7] Efectuáronse en 1880.
Sólo había un contrincante que contrarrestaba y soslayaba habilísimamente mis asaltos, si no por la superioridad de su preparación anatómica (que era nada vulgar), por la claridad y agudeza de su entendimiento y la hermosura incomparable de su palabra. Aludo al malogrado é ilustre maestro D. Federico Olóriz, quien, estrenándose en aquella contienda, dió ya la medida de todo lo que valía y podía esperarse del futuro catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid.
Entonces, D. Federico, que figuraba en mi trinca, atacábame reciamente, persuadido quizás de que yo era el único adversario serio con quien tenía que habérselas. Y cuando, platicando campechanamente en los pasillos de San Carlos, le saqué de su error, pronunciando el nombre del afortunado candidato oficial, reíase de lo que llamaba mis pesadas bromas aragonesas.
--¡Pero si no pasa de ser un joven discreto que denuncia á la legua al primerizo en los estudios anatómicos y en el arte de la disección!
--Pues ese anatómico improvisado será catedrático de Granada, y usted, con todo su saber y talento, tendrá que resignarse al humilde papel de ayudante suyo, á menos de cambiar definitivamente de rumbo...
--¡Imposible!...
Pero el imposible se cumplió. Los amigos del Presidente dieron una vez más pruebas de su inquebrantable disciplina, y el pobre Olóriz, asombro del público y de los jueces, tuvo que contentarse con un tercer lugar en terna (yo obtuve el segundo).
Con todo lo cual no quiero expresar que M. fuera un mal catedrático. El dictador de San Carlos no solía poner sus ojos en tontos. Dejo consignado ya que M. era un joven de mucho despejo y aplicación y que, si se lo hubiera propuesto de veras, habría llegado á ser un excelente maestro de Anatomía. En aquella contienda faltáronle preparación teórica suficiente y vocación por el escalpelo. Así, en cuanto se le proporcionó ocasión, trasladóse á una cátedra de Patología médica de Zaragoza, donde resultó, según era de presumir, un buen maestro de Clínica médica. Más adelante, con aplauso de muchos --incluyendo el mío muy sincero--, ascendió, por concurso, á una cátedra de San Carlos.
Creo que fué en Marzo de 1879 cuando se me nombró, en virtud de oposición, _Director de Museos anatómicos_ de la Facultad de Medicina de Zaragoza. De aquellos ejercicios, á que concurrió, entre otros jóvenes, cierto discípulo muy brillante de la Escuela de Valencia --por cierto apasionadísimo de Darwin y de Häckel--, sólo quiero recoger un dato revelador de las grandes _simpatías_ con que me distinguían mis paisanos y maestros. Acabado el último ejercicio, los dos catedráticos zaragozanos votaron sin vacilar al opositor valenciano; y precisamente los tres profesores forasteros, que acababan de ganar por oposición sus cátedras, y eran, por tanto, ajenos á las ruines rencillas de campanario, me otorgaron sus sufragios. Uno de estos varones rectos, á quienes debo eterno agradecimiento, fué D. Francisco Criado y Aguilar, actual decano de la Facultad de Medicina de Madrid[8].
[8] Aquel resultado fué decisivo para mi carrera. Si cualquiera de los jueces forasteros que tuvieron la bondad de apoyarme hubiera atendido las voces rencorosas de ciertos profesores aragoneses, mi vida hubiera corrido por cauce diferente. Porque mi padre, algo desilusionado á causa de mi derrota en Madrid, había resuelto, en caso de nuevo fracaso, convertirme en médico de partido. Y de seguro lo hubiera conseguido, aunque no el que yo abandonase mis aficiones predilectas hacia la investigación micrográfica.
[Ilustración: El autor allá por los años de 1878 ó 1879, enfermo todavía del paludismo contraído en Cuba.]
Transcurridos cuatro años (1883) publicáronse dos nuevas vacantes á proveer en turno de oposición: la de Madrid, producida por el fallecimiento del caballeroso y buenísimo Dr. Martínez Molina, y la de Valencia, debida á la muerte del Dr. Navarro. Apocado como siempre en mis aspiraciones, firmé exclusivamente las oposiciones de Valencia: con mejor acuerdo, Olóriz solicitó ambas plazas.
En aquella ocasión demostróse una vez más el adagio vulgar: «del exceso del mal viene el remedio». El escándalo provocado por la injusticia cometida con Olóriz en sus oposiciones á la cátedra de Granada (1880), repercutió desde la Universidad á las esferas del Gobierno. Y ocurrió que el Sr. Gamazo, á la sazón Ministro de Fomento, resuelto á evitar nuevos abusos, designó, ó influyó para que se designase, un Tribunal cuyo saber é independencia estuvieran al abrigo de toda sospecha. La presidencia del nuevo Jurado fué otorgada al Dr. Encinas, quien, con la ruda franqueza proverbial en él, expresó al Ministro:
--Donde yo esté no valdrán chanchullos. Á fuer de caballero, prometo desde ahora que, ó no habrá catedrático, ó lo será por unanimidad. Y eso lo mismo en la cátedra de Madrid que en la de Valencia.
Y así acaeció.
Gracias á la imparcialidad de este Tribunal, donde, según tengo entendido, no figuraba ningún juez de los anteriores, Olóriz y yo, infelices provincianos desprovistos de valedores, conseguimos al fin honrarnos con la toga del maestro. Como teníamos descontado, el brillante discípulo de la Escuela de Granada triunfó sobre sus contrincantes por voto unánime de los jueces. Y el mismo Tribunal, salvo el Presidente, que, por motivos de salud, fué sustituído por el gran Letamendi, tuvo también la bondad de proponerme, _nemine discrepante_, para la cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina de Valencia. Yo rendí siempre al genialísimo maestro catalán culto fervoroso; pero desde entonces, á la ingenua admiración intelectual, juntáronse las cálidas y leales ofrendas del afecto y la gratitud[9].
[9] Pasadas aquellas oposiciones, trabé intimidad con el eximio catedrático de Patología general de San Carlos, acudiendo casi diariamente á su casa, donde había instalado un Laboratorio de micrografía y bacteriología. Letamendi tenía empeño en ilustrar su obra, en vías de ejecución, _Curso de Patología general_, con microfotografías, y yo me presté á ejecutar algunas pruebas y á enseñar á los ayudantas del maestro la fabricación de las placas ultra-rápidas al gelatino-bromuro, entonces poco ó nada conocidas. ¡Qué ratos deliciosos pasábamos junto aquel hombre cuyo ingenio, vibrante de gracia y de agudeza, proyectaba vivísima luz sobre las cuestiones más abstrusas y que, cuando no convencía, sabía al menos hacer pensar!...
[Ilustración]
CAPÍTULO II
Caigo enfermo con una afección pulmonar grave. -- Abatimiento y desesperanza durante mi cura en Panticosa. -- Restablecimiento de mi salud en San Juan de la Peña. -- La fotografía como alimento de mis gustos artísticos contrariados. -- Contraigo matrimonio y comienzan las preocupaciones de la familia, que en nada menoscaban el progreso de mis estudios. -- Vaticinios fallidos de mis padres y amigos con ocasión de mi boda. -- Mis primeros ensayos científicos.
El deseo de juntar en un solo capítulo cuanto se refiere á mis fracasos y éxitos como opositor, me han llevado á alterar el orden cronológico de la narración. Necesito, pues, retroceder ahora en la corriente de mis recuerdos y referir algunos hechos ocurridos en el lapso de tiempo mediante entre 1878 y 1884, fecha de mi toma de posesión de la Cátedra de Anatomía de Valencia.
Allá por el año de 1878, hallábame cierta noche en el jardín del café de la Iberia, en compañía de mi querido amigo D. Francisco Ledesma --abogado de talento y á la sazón capitán del Cuerpo de Administración Militar--, jugando empeñada partida de ajedrez. Cuando más absorto estaba meditando una jugada, me acometió de pronto una hemoptisis. Disimulé lo mejor que pude el accidente, por no alarmar al amigo, y continué la partida hasta su término. Con la preocupación consiguiente, retiréme á casa. En el camino cesó casi del todo la hemorragia. Nada dije á mi familia; cené poco; rehuí toda conversación de sobremesa y acostéme en seguida. Al poco rato me asaltó formidable hemorragia: la sangre, roja y espumosa, ascendía á borbotones del pulmón á la boca, amenazándome con la asfixia. Avisé á mi padre, que se alarmó visiblemente, prescribiéndome el tratamiento habitual en casos tales.
La palidez y emaciación progresivas que había notado en su hijo desde algunos meses atrás, en complicidad con los efectos del paludismo, jamás completamente extirpados, le habían llevado á sospechar que se preparaba gravísima infección. Naturalmente, mi padre no me expresó de modo explícito su convicción, ni sus pesimísimos pronósticos; pero yo los adiviné fácilmente, al través de su minucioso interrogatorio y de sus frases artificiosamente confortadoras.
Además, un médico rara vez se hace ilusiones sobre su estado. Estaban demasiado frescos en mi memoria los síntomas del terrible mal aprendidos en los libros, así como las tristes imágenes de infelices soldados que, después de su repatriación, morían en los hospitales ó en el seno de sus familias, víctimas de la tisis traidoramente preparada por el paludismo. Por otra parte, mi _hábito exterior_ no era para ilusionar á nadie: la fiebre alta consecutiva al accidente hemorrágico, la disnea, la tos pertinaz, los sudores, la demacración..., todos los rasgos de mi dolencia coincidían punto por punto con aquellas deplorablemente exactas descripciones de las obras patológicas. ¡Cuánto hubiera yo dado entonces por borrar las nociones científicas aprendidas! ¡Qué pena ser médico y enfermo á la vez!...
Ello es que caí en un abatimiento y desesperanza que no había conocido ni en los más graves episodios morbosos de mi estancia en Cuba. Contribuyó también, sin duda, á mi desaliento el recuerdo, harto vivo y punzante, de mi vencimiento en Madrid.
Me era imposible desterrar de mi espíritu la angustiosa idea de la muerte. Aferrábase á mi sensibilidad exasperada con una obstinación que rechazaba, _á priori_, los planes terapéuticos é higiénicos mejor encaminados. Consideraba fenecida mi carrera, frustrado mi destino, pura quimera el ideal de contribuir con algo al acervo común de la cultura patria.
Reconocí, lleno de amargura, que el disparatado romanticismo adquirido durante mi adolescencia con las lecturas de Chateaubriand, Lamartine, Victor Hugo, Lord Byron y Espronceda, me había asesinado. Á causa de ellas, había consumido sandiamente todo el rico patrimonio de energía fisiológica heredado de mis mayores. En mi desesperación, volvíme misántropo y llegué á menospreciar las cosas más santas y venerables...
Dos meses después pude, sin embargo, abandonar el lecho, pero sin alegría y sin ilusiones. «Esto es una tregua --me decía--, no una resurrección. Volverán nuevos ataques y con ellos el ineluctable desenlace...»
Sólo la religión me hubiera consolado. Por desgracia, mi fe había sufrido honda crisis con la lectura de los libros de filosofía. Ciertamente, del naufragio se habían salvado dos altos principios: la existencia del alma inmortal y la de un ser supremo rector del mundo y de la vida. Pero la especie de estoicismo á lo Epicteto y Marco Aurelio, que yo profesaba entonces (si verdaderamente profesaba alguna filosofía), no transcendía del mundo del pensamiento á la esfera de la voluntad. El instinto vital, esencialmente egoísta, se revelaba contra las consecuencias prácticas de una concepción filosófica, que pone la dicha en la serena resignación al destino y en la ciega obediencia á las leyes naturales.
«Admito --me decía-- que el viejo, y más si es filósofo, muera impasible y resignado; la muerte llega en sazón, cumplido el fin primordial de la vida, labrado un modesto sillar en el luminoso templo del espíritu.» Por lo cual comprendía bien que Epicuro anciano, atormentado por el mal de piedra, y sobreponiéndose á sus torturas, escribiera á su amigo Idomeneo estas palabras, donde resplandece noble y consolador orgullo: «Hallándome en el feliz y último día de mi vida, y aun ya muriendo, os escribimos así: tanto es el dolor que nos causan la estranguria y la disentería, que parece no puede ser ya mayor su vehemencia. No obstante, se compensa de algún modo con la recordación de nuestros inventos y raciocinios»[10].
[10] _Diógenes Laercio_: Traducción de Ortiz y Sanz, 1887.
¿Dónde estaban mis invenciones para consolarme? Ni ¿cómo aceptará resignado la muerte quien, por no haber en realidad vivido, no deja rastro de sí ni en los libros ni en las almas? Esta idea de la irremediable inutilidad de mi existencia sumergíame en angustiosa zozobra.
Más sereno y alentado que yo, mi padre concibió esperanzas de curación, al advertir en mi dolencia los primeros tenues signos de alivio. Para promoverla y consolidarla, me envió, llegado el verano, á los tan acreditados baños de Panticosa. Deseaba que, una vez tomadas las aguas, permaneciera yo un mes ó dos, en compañía de mi hermana, instalado en la cima del famoso Monte Pano, en San Juan de la Peña, donde existe un convento semiarruinado, habitado por pastores y rodeado de bosques seculares. El programa, como vamos á ver, cumplióse en todas sus partes.
En Panticosa comencé á reaccionar algo contra mi desaliento. Sin embargo, de vez en cuando, sufría crisis de negra tristeza á lo Leopardi. El sentimentalismo de mi adolescencia tuvo por aquel tiempo peligrosos retoñamientos. Unas veces, escribía versos henchidos de necios é impíos apóstrofes; otras, inspirado en ideas casi suicidas, ascendía renqueando y febril á los picachos próximos al balneario, y me abismaba en la contemplación de aquel cielo azul, casi negro en fuerza de la pureza del aire, y en donde en breve --pensaba yo-- habría de perderse para siempre mi alma errante. Recuerdo que una tarde, presa de mis raptos macabros, escalé cima elevada, á la que llegué sin resuello y casi desfalleciente; y tumbado sobre una peña, concebí el propósito de dejarme morir de cara á las estrellas, lejos de los hombres, sin más testigos que las águilas, ni más sudario que la próxima nevada otoñal. ¡Qué delirios!...
Pero aquella muerte poética y romántica que yo apetecía (ó fingía apetecer, por puro diletantismo morboso, porque realmente de aquellos nebulosos estados de conciencia no me doy cuenta ahora claramente) no acababa de llegar. Y cosa singular, cuantas más atrocidades cometía menos grave me encontraba. Cesaron las hemoptisis; disminuía la fiebre; abonanzaba el estado general; en fin, mis pulmones y músculos, sometidos á pruebas bárbaras, funcionaban de cada vez mejor. Estaba visto, que no se muere cuando se piensa. Á lo mejor, el caballo que creíamos apocado y débil resulta más animoso que el jinete, á quien suele dar elocuentes lecciones de discreción y cordura. Poco á poco, la convicción de la vida se abrió paso en mi corazón y en mi espíritu.
Aparte la incuestionable mejoría, contribuyó no poco á darme ánimos el sugestivo y admirable espectáculo de la tranquilidad de los tuberculosos. Sabido es que el valor y la alegría son esencialmente contagiosos. Ninguno de aquellos tísicos, la mayoría jóvenes como yo, confesaba su mal; antes bien, afirmaban, impertérritos, ser simples catarrosos ó padecer del estómago. Algunos decían acudir al balneario sin necesidad, por puro agradecimiento á las milagrosas aguas; palabras de seguridad que resultaban amargamente irónicas al contemplar el amoratado círculo de los hundidos ojos y las febriles rosetas de las mejillas. Aun los postrados en el lecho, mostrábanse en su mayoría satisfechos, pareciendo abrigar la firme creencia en próxima curación.
Recuerdo á este propósito la respuesta de una señorita muy discreta de Cervera, á quien conocía yo por haber sido, durante mi estancia en Cataluña, varias veces alojado en su casa. Sorprendido al contemplar los estragos que la traidora enfermedad había causado en su hermoso rostro, la pregunté, harto indiscretamente, cómo iba de salud.
--Yo, muy bien, gracias á Dios --contestó--. Por fortuna no tengo nada. Si vengo á estas aguas es por acompañar á mi padre, que padece un catarro crónico. Tan buena me encuentro, que dentro de dos meses pienso casarme con L. (un propietario muy honorable de la localidad).
Meses después supe que la valerosa doncella, cuya boda parecía tan próxima, había fallecido por consunción. Y es que la mujer tiene para la enfermedad una entereza de que carecemos los hombres. El instinto le da increíble fortaleza. Sabe ó adivina que la belleza es el resplandor de la salud, y oculta con exquisito pudor, y á veces con sutilísimos ardides, sus íntimas dolencias.
[Ilustración: Monasterio viejo de San Juan de la Peña. La famosa cueva contemplada á vista de pájaro (fotografía hecha por el autor con placas de su fabricación).]
[Ilustración: Bosque de pinos situado en la cima del Monte Pano, en donde convalecí de la tuberculosis (fotografía hecha por el autor).]
La afabilidad de los tuberculosos y, sobre todo, el tranquilo valor de la tísica de Cervera, acabaron por avergonzarme. Resolví desde entonces no estar enfermo. Sobreponiéndose autocráticamente á mis pulmones, mi cerebro decretó que todo era aprensión injustificada. Se acabaron para mi las meticulosidades del régimen, las prescripciones de la higiene y de la farmacopea. En mi desprecio por la terapéutica, suspendí definitivamente la bebida de la famosa agua nitrogenada, é hice vida absolutamente normal. Ciertamente, mis pulmones refunfuñaban algo; pero yo juré no hacerles caso. ¡Allá ellos! Y me entregué al dibujo, á la fotografía, á la conversación y al paseo, como si tuviera ante mí un programa de vida y de acción inacabable.
Cuando, de regreso del balneario, pasé por Jaca y me instalé con mi hermana en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, hallábame sumamente animado y con todos los signos de una franca convalecencia. Lo apacible y pintoresco del lugar; una alimentación suculenta á base de carne y leche; giras diarias por los bosques circundantes; interesantes visitas al viejo monasterio de la Cueva, donde duermen su eterno sueño los antiguos monarcas de Aragón; excursiones fotográficas á los alrededores de la montaña y á la cercana aldea de Santa Cruz de la Serós, etc..., acabaron por traerme, con la seguridad de vivir, el vigor del cuerpo y la serenidad del espíritu. Héteme, pues, reintegrado al cauce de la existencia, con sus inquietudes y batallas. ¡Aún no era tiempo!...
Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones del dolor, nos libran de nuestras ideas, á veces más virulentas que el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes.
Considero que la fotografía, de que era yo entonces ferviente aficionado, cooperó muy eficazmente á distraerme y tranquilizarme. Ella me obligaba á continuado ejercicio, y, proponiéndome á diario la ejecución de temas artísticos, sazonaba la monotonía de mi retiro con el placer de la dificultad vencida y con la contemplación de los bellos cuadros de una naturaleza variada y pintoresca.
Estas aficiones al arte de Daguerre habían nacido años antes, en la época del _colodion_ heróico, y su cultivo vino á ser como una compensación feliz, destinada á satisfacer tendencias pictóricas definitivamente defraudadas por consecuencia de mi cambio de rumbo profesional. Porque sólo el objetivo fotográfico puede saciar el hambre de belleza plástica de quienes no gozaron del vagar necesario para ejercitar metódicamente el pincel y la paleta.
Más tarde, casado ya, llevé mi culto por el arte fotográfico hasta convertirme en fabricante de placas al _gelatino-bromuro_, y me pasaba las noches en un granero vaciando emulsiones sensibles, entre los rojos fulgores de la linterna y ante el asombro de la vecindad curiosa, que me tomaba por duende ó nigromántico. Esta nueva ocupación, tan distante de mi devoción hacia la Anatomía, fué consecuencia de las insistentes demandas de los profesionales de la fotografía. Desconocíanse por aquella época en España las placas ultrarrápidas al gelatino-bromuro, fabricadas á la sazón por la casa Monckoven, y que costaban, por cierto, sumamente caras. Había yo leído en un libro moderno la fórmula de la emulsión argéntica sensible, y me propuse fabricarla para satisfacer mis aficiones á la fotografía instantánea, empresa inabordable con el engorroso proceder del _colodion húmedo_. Tuve la suerte de atinar pronto con las manipulaciones y aun de mejorar la fórmula de la emulsión; y mis afortunadas instantáneas de lances del toreo, y singularmente una, tomada del palco presidencial cuajado de hermosas señoritas (tratábase de cierta corrida de beneficencia, patrocinada y presidida por la aristocracia aragonesa), hicieron furor, corriendo por los estudios fotográficos y alborotando á los aficionados. Mis placas rápidas gustaron tanto, que muchos deseaban ensayarlas.
Sin quererlo, pues, me ví obligado á fabricar emulsiones para los fotógrafos de dentro y fuera de la capital, instalando apresuradamente un obrador en el granero de mi casa y convirtiendo á mi mujer en ayudante. Si en aquella ocasión hubiera yo topado con un socio inteligente y en posesión de algún capital, habríase creado en España una industria importantísima[11] y perfectamente viable. Porque, en mis probaturas, había dado yo, casualmente, con un proceder de emulsión más sensible que los conocidos hasta entonces, y por tanto, de facilísima defensa contra la inevitable concurrencia extranjera. Por desgracia, absorbido por mis trabajos anatómicos y con la preparación de mis oposiciones, abandoné aquel rico filón que inopinadamente se me presentaba.
[11] Todas las fábricas que se han instalado después en España sobre la base de grandes capitales, con ingenieros extranjeros al frente, han fracasado lastimosamente. Estas iniciativas, laudables en principio, puesto que tiran á rescatar para España las docenas de millones de francos que nos cuesta la compra en el extranjero de placas fotográficas, han venido demasiado tarde. Sin fábricas nacionales de cristal ni de productos químicos, y lo que es más grave, sin patentes de invención de ninguna especie, se ha querido luchar con las excelentes marcas extranjeras de Lumière y Jougla, casas que, en virtud de incesantes trabajos de investigación, han elevado sus placas al último grado de perfección y fijado precios sumamente moderados.