Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 10

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Pero, ¡oh dolor!, la recia musculatura de nuestros rudos persecutores no se fatigaba todavía; y, en cambio, nuestras piernas comenzaban a flaquear; el corazón palpitaba vertiginosamente; las fauces secas por el potente resoplido pulmonar demandaban refrigerio imposible; en fin, sudores de angustia invadían nuestro ser. ¡Y a todo esto la distancia disminuía terriblemente! Las trancas de nuestros enemigos volaban por el aire y golpeaban furiosamente nuestras piernas, anunciándonos la proximidad del temido desenlace. Oíase cercano el vibrar de los puños y el resuello de los pulmones. Paralizado por el cansancio, cae uno de los camaradas; sus ayes y alaridos llegan a nosotros, sirviéndonos de supremo acicate. La rendición del compañero sirviónos de tregua, permitiéndonos respirar y cobrar alguna ventaja. Renació la esperanza; pero, ¡ah!, para desvanecerse pronto, porque nuestros enemigos, indignados por tanta obstinación y deseosos de atraparnos a ultranza, dividieron sus fuerzas: uno de ellos continuó corriendo en línea recta; el otro marchó en dirección contraria. ¡Íbamos a ser cogidos entre dos fuegos!...

No había tiempo que perder. Tenía yo mi plan, madurado en los cortos instantes en que, al doblar las esquinas, perdía de vista a los persecutores y podía explorar a mi sabor las tapias y árboles del paseo. Aprovechando, pues, una de esas pausas, en un supremo esfuerzo, salté a las ramas de un manzano, desde el cual gané la tapia y me puse en franquía. Gran oportunidad, porque segundos después sonaban gemidos desgarradores. Eran mis pobres compañeros de infortunio que, agarrados por los feroces guardianes, mordían el polvo bajo lluvia de golpes. Indignado por el abuso de que juzgaba víctimas a mis amigos, tuve todavía la desfachatez de encaramarme en la tapia y de disparar cuatro o cinco gruesos guijarros sobre los sañudos vapuleadores, en los cuales debí hacer blanco, porque se volvieron airados hacia mí. Tuve, naturalmente, la prudencia de no esperarlos.

Así acabó aquella famosa aventura de las _rosas de Alejandría_. El molimiento fué tal, que mis compañeros faltaron a clase varios días: una de las víctimas, si mal no recuerdo, cayó enferma de cuidado. A la verdad, la paliza fué formidable, y aun yo, que salí relativamente bien librado del lance, me resentí por mucho tiempo de las contusiones causadas en mis espaldas por las estacas volantes.

* * * * *

Más sabor cómico que dramático tuvo otro episodio desarrollado en los jardines de la estación del ferrocarril. Cultivábanse allí unas preciosas rosas de té, cuyas elegantes formas y suavísima fragancia excitaban diariamente mi codicia. No pudiendo resistir la tentación de completar mi colección de dibujos con la reproducción de tan exquisitos ejemplares, cierta tarde, aprovechando la ausencia del guarda, salté el vallado y apoderéme de las rosas. Quiso mi mala estrella que, traspasada ya la empalizada, me sorprendiese el guardafreno, quien, escopeta en mano y en actitud resuelta, echó a correr en pos de mí. En vano dióme el alto, ordenándome me rindiera a discreción para evitar una perdigonada. No le hice caso y continué mi carrera a campo traviesa, sin cuidarme de mirar atrás.

Pocos minutos después me creía salvado, cuando quiso mi mala estrella que, al saltar una ancha acequia bordeada por bancos de cieno, cuya desecación superficial fingía a la vista sólida margen, cayese en la opuesta orilla y me hundiese en el légamo hasta medio cuerpo. Forcejeé ansiosamente por salir del atasco; mas cada contorsión contribuía a clavarme más en el barro, donde quedé cogido como pájaro en liga. Por fortuna, unas pobres mujeres que lavaban no lejos de allí, acudieron en mi ayuda. Sacáronme del lodazal hecho una lástima. Estaba absolutamente impresentable. Desnudeme, pues, para lavarme la ropa; mas no lo consintieron mis caritativas salvadoras, que, apoderándose de mis prendas, limpiáronlas cuidadosamente. Durante esta operación tuve que permanecer escondido, acurrucado y en camisa bajo una mata de mimbres. Se me olvidaba decir que antes de esto llegó el furioso guarda, quien, al verme de aquel talante y no sabiendo por donde asirme sin detrimento de su limpio uniforme, acabó por soltar el trapo. En realidad, mi coraza de pestilente légamo hacíame invulnerable.

Los citados episodios, y otros que no cuento por no ser demasiado difuso, parecerán inverosímiles en los actuales tiempos. ¿Qué mozalbete o señorito expondría hoy el pellejo por el placer de contemplar una rosa y de enriquecer un álbum?

[Ilustración]

CAPÍTULO XIII

Las vacaciones. -- Pinturas fúnebres. -- Descubrimiento de una biblioteca de novelas. -- Se recrudece mi furor romántico. -- El Robinsón y el Quijote.

Se ha dicho hartas veces que la felicidad y la monotonía son cosas incompatibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo de percepciones y emociones antagonistas o al menos ligeramente diferentes. La ley del contraste o de los colores complementarios, que tanto contribuye al deleite artístico, impera igualmente en la esfera intelectual. Porque el reposo (que es el cero en la escala de la sensibilidad) no constituye verdadero placer. Gozar es sentir correr libremente nuestros impulsos y ejercitar sin cortapisas nuestras capacidades psicológicas y fisiológicas dominantes; y del mismo modo que el horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes del llano o del mar, la tensión excesiva del estudio, invita a expandir sin trabas las actividades del espíritu.

Esta conocida ley de los contrastes da cuenta del placer delirante de las vacaciones estudiantiles, tras la tiranía del horario escolar.

Ocúrrenseme las precedentes reflexiones, al recordar el jovial y bullicioso entusiasmo con que solemnicé el verano de 1864, después de los exámenes de Junio en los que, si no merecí honrosos diplomas, tampoco tropecé con las temidas calabazas.

A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué ponerme al habla con mis viejos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis aventuras y mostré mis dibujos y monigotes.

Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas correrías por el lugar, llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución de que, dejándome de fútiles pasatiempos y de ridículos desvaríos artísticos, consagrase toda la canícula al estudio, repasando desde luego las asignaturas recientemente aprobadas, pero medianamente aprendidas, para acometer en seguida los textos del futuro curso. En su concepto, este anticipado ejercicio facilitaría notablemente las tareas del año siguiente. Semejante decisión fué un jarro de agua fría arrojado sobre mi cabeza, enardecida por el ansia de dar rienda suelta a mis instintos.

No tuve más remedio que allanarme al consejo paterno y aun creo que me propuse sinceramente cumplirlo; pero, el demonio nunca domado de la indisciplina y mis tenaces y empalagosas inclinaciones artísticas, dieron al traste con tan razonables propósitos.

Ocurre muy a menudo a los muchachos desobedientes, aunque buenos en el fondo que, deseosos de ahorrar disgustos a los padres, transfórmanse en redomados hipócritas. A pretexto de que mis asíduas lecturas exigían silencio y recogimiento absolutos, imposibles en el gabinete de estudio, solicité y obtuve del autor de mis días el permiso de habilitar como cuarto de trabajo el palomar, habitación situada junto al granero, una de cuyas ventanas daba al tejado de vecina casa, y desde cuya puerta podía yo atisbar cómodamente a las personas que pretendiesen vigilar mi conducta. El ardid salió a pedir de boca conforme vamos a ver.

Así y todo no me consideraba completamente seguro. Por refinamiento de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea al abrigo de las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza, una especie de confesionario u hornacina bajo cuyo asiento escondía el contrabando de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando y con el fin de disimular, retornaba al palomar (sobre todo cuando oía ruido de pasos) y poníame muy seriamente a traducir el Cornelio Nepote o a estudiar la psicología de Monlau y el álgebra de Vallín y Bustillo.

Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la jaula del tejado, donde me entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No recuerdo detalladamente los temas profanados por mi pincel durante aquel verano; sólo sé que por aquellos tiempos cultivé de preferencia el registro lúgubre y melancólico.

Notorio es que, en las volubles aficiones de los chicos, desempeñan papel importante la sugestión y la imitación. No sé quién (creo que fué en Huesca) habíame prestado cierto cuaderno de composiciones funerarias y elegiacas, entre las cuales recuerdo los manoseados y chabacanos versos atribuídos gratuitamente a Espronceda, titulados _La desesperación_, y las famosas _Noches lúgubres_, de Cadalso.

Inducido por tan desesperadas lecturas, creí inexcusable deber mío ponerme a tono con el sombrío humor de los protagonistas, afectando en mis palabras y en mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi pincel, que marcaba las oscilaciones de mi enfermiza sensibilidad como la aguja del galvanómetro señala la dirección de las corrientes eléctricas, se complacía morosamente en los paisajes grises, en los desiertos desolados, en las angustias de los náufragos y en las macabras escenas de cementerio.

Acude a mi memoria, entre otros diseños de menos pretensiones, una acuarela donde aparecía valle rocoso cercado de abruptas y peladas montañas, semejantes a bordes de cráteres lunares; sus cimas pardas, como calcinadas por la erupción de un volcán, destacaban por claro en el fondo cárdeno del cielo, al cual prestaba carácter acentuadamente melancólico, enorme luna verdosa, medio velada por densos nubarrones; sobre las rocas del primer término, veíanse algunos buhos y lechuzas, que juzgué inexcusables para extremar el tinte lúgubre de la estrafalaria composición.

* * * * *

Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel verano ocurrió un suceso que tuvo decisiva influencia en la orientación de mis futuros gustos literarios y artísticos.

Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían libros de recreo. Ciertamente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento; pero recatábalas, como mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; pues en su sentir, durante el período educativo, no debían los jóvenes distraer la imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi madre, a hurtadillas de la autoridad del jefe del hogar, y a guisa de premio de nuestra aplicación y docilidad, nos consentía leer alguna novelilla romántica que guardaba en el fondo del baúl desde sus tiempos de soltera. Eran, lo recuerdo bien: _El solitario del monte salvaje_, _La extranjera_, _La caña de Balzac_, _Catalina Howard_, _Genoveva de Brabante_ y algunas otras, cuyos títulos y autores se han borrado de mi memoria. Ocioso es decir que tanto mis hermanos como yo, las leíamos entusiasmados, de un tirón, a hurtadillas de la vigilancia paterna.

Fuera de las citadas novelas, mis lecturas recreativas habíanse reducido hasta entonces a algunas poesías de Espronceda, de quien era yo ardiente admirador, y a cierta colección de romances clásicos e historias de caballería andante, que por aquellos tiempos vendían a cuatro cuartos los ciegos y los tenderos de estampas, aleluyas y objetos de escritorio.

Tan mezquino pasto intelectual no bastaba a mi ansia de lances arriesgados y narraciones maravillosas. Imaginaba, además, que debía haber algo más artístico y primoroso; porque, oyendo a las personas mayores, advertí que celebraban las amenas y entretenidas novelas de Dumas (padre), de Eugenio Sué (entonces en predicamento), de Víctor Hugo y de nuestro romántico Fernández y González. Naturalmente, ardía en deseos de saborear estos prodigios de la imaginación humana; por desgracia, las personas graves del pueblo, dueñas de tan valiosos tesoros, se hubieran guardado bien de prestarlos a un travieso rapazuelo. Veíame, pues, condenado a ignorar, quién sabe hasta cuándo, las más altas y sublimes creaciones de la fantasía novelesca.

Mas el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros malos deseos. Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente al vecino confitero[7] y contemplé ¡oh gratísima sorpresa! al lado de trastos viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas, copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias, poesías y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad, el tan celebrado _Conde de Montecristo_ y _Los tres Mosqueteros_, de Dumas (padre); _María o la hija de un jornalero_, de E. Sué; _Men Rodríguez de Sanabria_, de Fernández y González; _Los mártires_, _Atala y Chactas_ y el _René_ de Chateaubriand; _Graziella_, de Lamartine; _Nuestra Señora de París_ y _Noventa y tres_, de Víctor Hugo; _Gil Blas de Santillana_, de Le Sage; _Historia de España_, por Mariana; _Las comedias de Calderón_, varios libros y poesías de Quevedo, _Los viajes del capitán Cook_, el _Robinsón Crusoe_, el _Quijote_ e infinidad de libros de menor cuantía de que no guardo recuerdo puntual. Bien se echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles.

[7] Llamábase R. Cuiduras y era persona culta, que educó perfectamente a sus hijos, con quienes mantuve siempre excelentes relaciones.

Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de la buena fortuna, me dí a imaginar el proyecto más adecuado de explotación de aquel inestimable tesoro, evitando al mismo tiempo las sospechas del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. La más elemental prudencia me obligó a respetar, por el momento, los exquisitos y apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que, si el pastelero echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas, cerraría o enrejaría la ventana, dejándome a la luna de Valencia. Tras madura reflexión, decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, reponiendo cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería.

Gracias a tales precauciones, a mi serenidad y buena estrella, saboreé, libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca, sin que el bueno del repostero se percatara del abuso, y sin que mis padres sorprendieran mis ausencias del palomar.

¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo me deleité con aquellas sabrosísimas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y alegría que me olvidaba de todos los vulgares menesteres de la vida material.

¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables novelas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me revelaron! Las descripciones brillantes de los bosques vírgenes de América, donde la vida vegetal desbordante, parece ahogar la insignificancia del hombre, en _Atala_; los tiernísimos y castos amores de Cimodocea, en _Los Mártires_; la gentil y angelical figura de _Graziella_; la pasión exaltada y casi monstruosa de Cuasimodo en _Nuestra Señora de París_; la nobleza, magnanimidad y valor puntilloso de los incomensurables _Artagnan_, _Porthos_ y _Aramis_, en _Los tres Mosqueteros_, y en fin, la fría, inexorable y meditada venganza del protagonista del _Conde de Montecristo_, cautiváronme y conmoviéronme de modo extraordinario.

Al fin, aunque por medios incorrectos, trabé conocimiento con los épicos entes de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones más que humanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por entonces pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos héroes parecen forjados expresamente para subyugar a la juventud, siempre sedienta de lances extraordinarios y de aventuras maravillosas.

Y llevando mi atención a otro aspecto de la inspiración artística, me asombré del poder casi divino del poeta y del novelista, que desdeñando toda representación plástica de los personajes y del ambiente físico en que se agitan, sin más recursos que la palabra escrita, evocan en la mente del lector representaciones de tal modo vivas, coloreadas y conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece pálida y borrosa imagen, indigna casi de nuestra atención.

Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no apartarme mucho de la verdad declarando que hirieron con más viveza mi imaginación que ningunas otras las amenísimas y caballerescas creaciones de Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor Hugo, que diputé entonces superiores al _Fausto_, al _Gil Blas de Santillana_ y hasta --rubor me da confesarlo-- al asombroso _Don Quijote_.

Hay cierta psicología de la niñez y mocedad, acaso insuficientemente estudiada por los especialistas[8]. Si se conociera bien, nos extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la gente joven, de la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El adolescente adora lo hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra, amplifica y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales. Prefiere lo particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a la palabra. Sedúcenle las cadencias y sonoridades del verso, la pompa de las imágenes y el ruido de los epítetos explosivos y altisonantes. Y del mismo modo que en el orden científico antepone las ciencias objetivas a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del arte abomina de reflexiones y moralejas y déjanle frío los análisis sentimentales del psicologismo. Como si contemplara el mundo al través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado y nimbado de irisaciones; al revés de la vejez, que parece ver las cosas al través de una lente divergente que todo lo achica y envilece.

[8] Cuando se escribía esto, mi cultura psicológica era bastante deficiente. Datos valiosos, aunque no siempre coherentes acerca de este interesante punto, se encuentran en los estudios de Stanley Hall, Ribot, Ferrier, Dewey, James, Hutchinson, etc.

Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera decir algo de la impresión que me causaran el _Robinsón_ y _Don Quijote_.

El _Robinsón Crusoe_ (que volví a leer más adelante con verdadera delectación) revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fué el noble orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse, gracias a los milagros de la voluntad y del trabajo inteligente, en deleitoso paraíso. «¡Qué soberano triunfo debe ser --pensaba-- explorar una tierra virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y flora originales, que parecen creados expresamente para el descubridor como preciado galardón de su heroísmo!»

En mi entusiasmo infantil por el bárbaro individualismo, casi sentía que mi héroe hubiera logrado evadirse del islote para retornar a su amada patria. Hubiera preferido que la muerte le hubiera sorprendido en su misterioso retiro. «¡Ahí es nada tener por sepulcro isla perdida en las brumas del Océano; por epitafio, un nombre repetido eternamente por los vocingleros papagayos; por panegírico, la obra del espíritu patente en la transformación de plantas y animales, y en la destrucción de fieras y alimañas!» ¡Qué desvaríos!...

Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en todo su altísimo valor la inestimable joya de Cervantes, mucho me solacé también con las épicas aventuras de Don Quijote y con los sabrosos coloquios de caballero y escudero. Mas, a fuer de ingenuo, debo declarar que me desagradó la filosofía que se desprende de la genial novela. ¡Cómo había de gustarme su sentido hondamente realista si venía a contrariar mi incorregible idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de Don Quijote; y, así, llegábame al alma lo malparado que el esforzado caballero quedaba en casi todos sus lances y aventuras.

Además --¿por qué no decirlo?-- aquella melancólica derrota de Barcelona a manos del prosaico y ramplón Sansón Carrasco prodújome viva decepción. «¡Eso no!... --exclamaba en mis arrebatos románticos--; el héroe manchego no mereció ser vencido. Bueno que en el mundo real triunfen los vulgares campeones del sentido común; pero en la obra de arte destinada a levantar el corazón y sublimar la virtud, el protagonista debe flotar sobre las ruindades del ambiente moral y alcanzar gloriosa apoteosis.»

Pero mi desconsuelo llegaba al paroxismo al ver cómo el loco sublime terminaba en cuerdo. A mis ojos aquel trivial arrepentimiento le degradaba, desautorizando lastimosamente su obra casi divina de paladín de la virtud. ¡Qué desencanto!...

Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la idea central de la grandiosa concepción cervantina: desterrar las locuras y disparates de las novelas caballerescas para fundar la obra artística sobre los sólidos cimientos de la experiencia; que, al fin y al cabo, sólo las narraciones de sucesos verosímiles, ingeniosamente tejidas con elementos de la vida real, alcanzan la suprema virtud de enseñar, edificar y deleitar.

Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis emociones de la adolescencia y juventud, comprenderá el lector que el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más tarde, curado o por lo menos aliviado (porque restablecido no creo haber estado nunca) del empalagoso romanticismo que padecía, aprendí a gustar del espíritu del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don Quijote y Sancho; personajes que --según se ha dicho muchas veces-- con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y universales concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas del sentir y del pensar humano.

Pero dejemos de reflexiones ociosas y reanudemos el hilo de la narración.

[Ilustración]

CAPÍTULO XIV

En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería. -- Mi hermano Pedro. -- El Sr. Acisclo. -- Majos y conspiradores. -- Las pedreas. -- Escaramuza con la fuerza pública. -- El placer de los dioses. -- Alarma del público con ocasión de las pedreas.

Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si, mediante enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo del inconsciente, muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla solitaria en cielo encapotado: el hecho emergido suele situarse bien en el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque.

A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad de que el 65 interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su hijo carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que los principales, si no todos los sucesos de que vamos a ocuparnos en este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de España, el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en la segunda enseñanza en virtud de una disposición transitoria.