Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 19
Puesto que es antigua y arraigadísima costumbre el dirigir votos en estos momentos solemnes, elevémoslos por la union de los dos pueblos, por la union del pueblo de Italia y del pueblo de España. Olvidemos que unas veces vosotros habeis sido los conquistadores y nosotros los conquistados, que unas veces nosotros hemos sido los conquistadores y vosotros los conquistados, para acordarnos tan sólo de que siempre hemos sido hermanos por la identidad de nuestros orígenes, hermanos por la analogía de nuestras lenguas, hermanos por la comunidad de nuestras creencias, hermanos por la semejanza de nuestras regiones meridionales, hermanos por nuestras artes, por nuestras ciencias y por nuestra historia. No se puede saber qué sería del mundo, qué de la civilizacion, si los pueblos mediterráneos se suprimieran: aquella Andalucía, que enmedio de la barbarie feudal enseñó á Europa las matemáticas, y con ellas la astronomía de los cielos, las ciencias filosóficas y con ellas la astronomía del pensamiento; aquella Provenza, que con sus córtes de amor y con sus torneos poéticos fundó la literatura moderna, y fué lazo de union estrecha entre todos nosotros; aquella Grecia, que ha esculpido la forma humana con el buril de sus artistas, y le ha puesto en la frente el resplandor de lo divino con las ideas de sus filósofos; y esta Italia, que ha sido la Grecia de estos tiempos, nuestra Academia y nuestro templo, la musa de la moderna historia. (_Aplausos._) Registrad vuestros anales, registradlos, y veréis cuántas glorias, cuántas grandezas tenemos, que son y serán perpétuamente comunes entre vosotros y nosotros. Las escuelas de Córdoba y de Sevilla han contribuido al Renacimiento hasta en Italia, y han llevado la filosofía de Aristóteles hasta el seno de Sicilia. Las naves de vuestras repúblicas, las naves de Pisa, las naves de Génova han redimido y han emancipado ciudades tan españolas como Almería y como Mallorca. Los almogávares catalanes, invocados por los grandes patriotas sicilianos, vencieron las ambiciones de la teocracia y alzaron el guantelete de Conradino en Mesina, en Nicotena, en Catania, mezclándose en los anales de vuestra libertad y en los tercetos del Dante sus nombres con los nombres de los fundadores de vuestra libertad. La gloria de Colon es una gloria de España y de Italia; el nombre de Andrea Doria es un nombre de Italia y de España; las proezas del gran general Colonna son proezas de Italia y de España; las victorias de Filiberto de Saboya son victorias de España y de Italia; los versos de Garcilaso pertenecen tanto á vosotros como á nosotros; los pinceles del Españoleto ilustran la antigua Campania y la moderna Valencia; en la epopeya de Lepanto, en la ocasion más grande de la historia moderna, cuando detuvimos el fatalismo oriental y evitamos que todo el Mediterráneo fuera, como el Bósforo, un lago turco, las naves de Barcelona se consagraban, confundidas con las naves de Génova y de Venecia, á la obra eternamente gloriosa de salvar para siempre del mayor de sus riesgos á la civilizacion y la libertad en toda Europa. (_Ruidosos y prolongados aplausos._) Hasta recuerdos comunes tenemos en la historia de nuestras libertades. Cuando toda España ardia en la guerra sublime de su independencia, en la guerra de 1808, reunidos sus legisladores sobre el escollo de Cádiz, bajo las bombas del conquistador y bajo el azote de la peste, trazaron el Código democrático de 1812, que consagraba las grandes libertades modernas, y que ungia la frente de los pueblos con el sufragio universal. Pues ese Código invocó el Piamonte, invocaron las Dos Sicilias en 1821 al levantarse para pedir el régimen constitucional y las modernas instituciones democráticas. El recuerdo de ese Código era una religion, lo mismo entre vosotros que entre nosotros, la religion de la libertad. El nombre de Riego es tan popular en Italia como el nombre de Garibaldi, el gran Garibaldi, es popular en España.
Todavía se conservaba esa religion en nuestros tiempos; todavía Palermo sublevado significaba á sus enemigos y á sus tiranos que no cesaria en su lucha como no le concediesen el código de sus libertades, el resúmen de sus derechos, el objeto de su culto, la Constitucion española de 1812. Por consecuencia, señores, si tantos son nuestros recuerdos, tantas nuestras glorias, si vuestros opresores han sido nuestros opresores, y vuestros enemigos nuestros enemigos, brindemos todos por la union de la España liberal y de la Italia liberal en la obra civilizadora y humanitaria del progreso y de la democracia.
Yo he oido decir aquí á grandes pensadores y políticos, que no creen, que no pueden creer en la raza latina. Yo, por lo contrario, creo en la existencia de esta raza, y creo que las razas, como las nacionalidades, responden á la ley de variedad y de unidad que impera así en las sociedades humanas como en el universo. Pero ni deseo el panlatinismo como los escritores de otra raza desean el dominio universal, ni predico esta idea de raza por oposicion ó por ódio á raza ninguna de la tierra, y ménos de nuestra tierra europea. Creo que así como la familia completa al individuo, y la nacionalidad completa la familia, la raza completa las nacionalidades, y la idea de humanidad completa y contiene todos estos elementos de vida. Las razas diversas son necesarias, son indispensables, y sirven á la naturaleza como los planetas y los soles al cosmos, como las fuerzas contrarias á la mecánica y al equilibrio universal; como el oxígeno, el ázoe y el carbono al aire; como el oxígeno y el hidrógeno al agua, elementos que á primera vista parecen opuestos, y que, en realidad, componen las armonías de la vida y el conjunto de la naturaleza. Descended á vuestra conciencia, tocad vuestro corazon, examinaos en la ciencia y en la historia, y veréis cómo, siendo vuestro espíritu una evolucion de la vida superior á la naturaleza, y siendo arte, Estado, nacionalidad, encarnaciones várias de vuestro espíritu, en todo cuanto os rodea á vosotros y nos rodea á nosotros hay un elemento esencial, un elemento latino que ha formado desde nuestras artes, expresion del sentimiento, hasta nuestras lenguas, expresion de las ideas, y que si este elemento latino en otros tiempos de fatalidad nos ha unido por los impulsos de la fuerza en el seno de mutuas conquistas, hoy, en estos tiempos de razon, debe unirnos á todos los latinos, pero especialmente á los españoles y á los italianos, en el seno de la libertad y de la democracia. He dicho. (_Ruidosos y repetidos y prolongados aplausos. Los asistentes saludan calurosamente al orador y le felicitan con entusiasmo._)
LA ISLA DE CAPRI.
Dos veces he visitado á Capri en mi vida: una vez por la primavera de 1868, y otra vez por el estío de 1875. Durante este larguísimo intervalo cogí en más de una ocasion la pluma para bosquejar mis emociones, mis recuerdos, mis ideas, y la solté desesperando de igualar jamas al maravilloso cuadro original donde se mezcla tanta gracia con tanta grandeza. En deliciosa mañana bajaba desde la fonda llamada Sirena, en Sorrento, á las playas por una de esas galerías abiertas en la roca viva, merced al trabajo de los romanos, y contemplando las atrevidas bóvedas, las ciclópeas paredes, los tortuosos recodos, las ámplias escaleras y las subterráneas vías, exclamaba á cada paso, que no extrañaban ya las empresas mitológicas de Hércules ni la apertura del gaditano Estrecho, ni las columnas puestas por límites al mundo, pues un pueblo relativamente moderno daba el aspecto de montañas á sus monumentos y abria á su arbitrio los senos de la tierra como si guardára en su hogar el fuego primitivo ó tuviera en sus manos la fuerza creadora, algo semejante al genio mismo de la Naturaleza.
Despues de haber recorrido aquellas cavernas, aunque circula libremente el aire en sus espacios y no falta en verdad la luz, respirais mejor bajo el claro cielo y á orillas del mar. Los marineros nos aguardaban solícitos en una barca, y nos recibian con esos gratos saludos propios de esta clase eminentemente expansiva y social, sobre todo en nuestras regiones meridionales. Miéntras unos apercibian los remos, y otros aparejaban las velas, y éstos recogian lonas y redes, y aquéllos desamarraban los cables, dos entonaban á porfía la _Mandolinata_, esa suavísima cancion parthenopea que reproduce todo el gozo y toda la inquietud de estos griegos tendidos sobre sus lechos de rosas á las faldas de ese Vesubio, en cuya cima resuella eternamente la muerte. Conforme íbamos costeando la ensenada sorrentina y recorriendo casi hasta el cabo Minerva, último extremo de la bahía de Nápoles, destacábase en el mar la isla de Capri, comparada por Juan Pablo Richter á una esfinge, y por Gregorovius á un antiguo sarcófago. En efecto, el declive de su longitud desde Occidente á Oriente; la altísima eminencia del Solaro y sus aristas semejantes á graciosas estrías arquitectónicas; el córte de sus caprichosas playas; los esponjosos y oscuros escollos cincelados por las blancas, férvidas espumas; las escarpadas dunas, en cuyas cimas se abrazan las vides con los olivos y en cuyos piés se abren temerosas cavernas; el prodigioso esmalte dado á todos los objetos por el reflejo de la luz en las aguas; la trasparente superficie del mar y la clara bóveda del cielo, entre cuyos resplandores parece flotar la isla aérea y eteriforme como un templo de cristal azul engarzado sobre una estrella de oro; todas estas bellezas indecibles os trasportan á las regiones de la poesía y de la magia, en cuanto abrazais con la vista y con el pensamiento uno de los clásicos paisajes gratos á los antiguos poetas y á los antiguos dioses, pero, sobre todo, el paisaje de Capri.
No olvidaré jamas este dia. Serena la mañana, espléndido el horizonte, dormido el mar, fresco y cariñoso el aire; las ciudades del golfo dibujándose inciertamente en el éter como neréidas fabulosas, y Sorrento perdiéndose á nuestra espalda en la meseta de sus abruptas rocas, ceñidas de azahar, miéntras surgia cada vez más encantadora á nuestros ojos, Capri, con sus montañas ceñudas y sus alegres verjeles, con sus rosáceas dunas y sus negras cavernas, con sus blancos pueblos, ora agrupados al borde de las playas, ora suspensos en la falda de las montañas, y sus ruinas bruñidas por el sol y dispersas en las inaccesibles alturas; con las cúpulas de sus iglesias y los techos de sus cabañas; con sus labradores cavando en los huertos plantados sobre los abismos, y sus marineros recogiendo el copo lleno de peces en la ensenada; con sus escollos que parecen vomitados por erupciones volcánicas, y sus blancas casas, sobre cuyos pintorescos terrados se tienden fresquísimas guirnaldas; con aquella doble vida del campo y del mar, en que se mezclan las algas con las flores, las emanaciones salinas con los aromas silvestres, la nota dulcísima de la alondra con el grito agudo de la gaviota, á manera que en la poesía de Homero, de Teócrito y de Virgilio.
Á las diez del dia nos acercábamos ya al término de nuestro viaje, y la isla parecia desierta. ¡Grata y serena soledad! Proyectábase sobre el mar la luz con esplendor indecible. Las aguas miraban al cielo, como unos ojos enamorados miran á otros ojos en cuya retina encuentran el amor correspondido. Por toda la inmensa extension caia á plomo el sol, ya cercano á su zenit. Pero en el sitio donde estaba nuestra barca, al Norte de la isla, se extendia la sombra espesa de los altos montes. Así el Mediterráneo lucia con azul tan claro que tiraba al ópalo, y nuestra zona se teñía de azul tan oscuro que tiraba á violeta. Ningun pincel, ni siquiera el pincel de Pablo Verones, mojado en los matices de las lagunas venecianas, podria trasladar al lienzo aquella fiesta de colores; aquel cielo de un esplendor incomparable, aquellos léjos de rosados tintes donde nadaban los blancos pueblos, aquellos puntos de luz producidos por los rayos solares al quebrarse en la rizada superficie de las aguas, aquel violáceo tono del Vesubio brillando en sus cimas y en sus faldas como si estuviera cuajado de oscura y deslumbradora pedrería, aquella nube de humo despedida por el cráter y disipada en los aires como una gasa; aquella zona de azul oscuro en que nosotros estábamos, juego mágico de las sombras inexplicable por la humana palabra y en cuya contemplacion nos abismábamos como si fuese el comienzo de un mundo ideal guardado por un genio desconocido en el fondo de los mares.
Es verdad. Los pueblos que atraviesan el desierto bajo un cielo de bronce, sobre una tierra abrasada; en la uniformidad de los infinitos inmóviles océanos de arenas, deben afirmar y confirmar la idea de la unidad de su Dios creador; pero aquí, en el seno de esta contínua primavera que junta las flores con los frutos; en los reflejos de estos horizontes, cuya rica variedad es incomparable; en la orgía de estos colores que descomponen todos los matices de la luz; entre estas movibles olas, entre los juegos y arabescos de las sombras; entre las estelas del agua y los espejismos del aire; en las refracciones de los rayos solares y en la reverberacion de los nocturnos astros; en las guirnaldas de espumas, en la palpitacion contínua de ese movible seno, á cada instante aparecen las sirenas y neréidas del antiguo mar, cuna eterna de la religion pagana, sirenas y neréidas dibujando su cuerpo de alabastro en las espumas, sus negras cabelleras en las algas, sus palpitaciones amorosas en la rizada superficie, y sus huellas en los surcos de luz sobre la celeste inmensidad, donde brotan con los múltiples vapores múltiples ideas, y con las múltiples ideas innumerables dioses.
Acercámonos á tierra sin cansarnos de contemplar el conjunto de colores, el azul clarísimo de las aguas apartadas, el azul oscuro de las aguas cercanas, el tono violeta de las montañas y de las dunas, las tintas de primaveral vegetacion rica en toda suerte de flores. Varios chiquillos nadaban como tritones y nos pedian que les echáramos cuartos al agua, por cuya consecucion luchaban allá en el fondo, como los peces por su alimento. Como nuestra embarcacion seguia á la gruta Azul, tuvimos que trasbordarnos. Innumerables barcas nos circuian, y en ellas jóvenes marinos ofreciéndonos sus servicios y saludándonos con la palabra: ¡Felicidad! Una de estas barcas iba dirigida por hermosísima capriota de ojos negros y cabellos rubios como la Salomé del Ticiano, y que, desnudos los brazos y desnudos los piés, mal envuelta en traje de vistosa indiana, y bien peinada, con las trenzas recogidas sobre la nuca y traspasadas por una aguja de plata, remaba, empleando el mismo empuje y la misma celeridad de consumado marinero, sin que tanto esfuerzo le quitára aliento para entonar la cancion entónces al uso, _La Bella sorrentina_. Preferimos, como era natural en nuestra galantería española, esta barca tan hermosamente tripulada, y encaminámonos al muelle, de cuyas toscas piedras nos separaban algunas brazadas de mar y algunos movimientos de remo. Pero la llegada fué horrible: los mendigos nos asaltaban; los muchachos nos recogian nuestro equipaje, disputándoselo como si les perteneciera á ellos en vez de pertenecer á nosotros; las muchachas nos arrojaban á las manos pedazos de coral, conchas pintadas, piedrecillas de las ruinas, pidiéndonos en cambio dinero; los mozos de los diversos albergues se disputaban nuestras personas, como los pilludos de la playa nuestras maletas; este marinero nos presentaba sus robustos brazos para subir la empinada cuesta, aquel gañan su bíblico asno ó su jaco matalon; y todos nos cortaban el paso con vocerío infernal, como si se hubieran propuesto compensarnos con el disgusto producido por horribles gestos, agudos gritos y groseros asaltos, del encanto experimentado al abordar á la encantadora isla. Por fin pudimos desasirnos de todos ellos y trepar alegremente por los agrios senderos, entre áloes y nopales del Oriente, admirando aquellas casas parecidas á los aljibes árabes y que nos recordaban nuestras casas de Elche, con sus escaleras de madera en lo exterior, sombreadas de parras para subir al terrado cubierto de macetas, en las cuales florecen olorosos geranios.
Capri orna la parte oriental de la incomparable bahía parthenopea, y se avecina al cabo de Minerva. Su largo es de tres millas, su ancho de una y media, su circuito de nueve. Las montañas tienen tan abruptos y tan agrios costados que diríanse cortadas á pico, y dos mezquinas calas abrigan á las barcas de los contrarios vientos, pues casi todas sus rocas salen del mar á guisa de lisas paredes, y la privan por tanto de hospitalarias costas. La tierra vegetal se conserva con dificultad y á duras penas se acrecienta. Arrástranla al mar las lluvias; espárcenla por el aire los huracanes. Al fecundo elemento, donde las raíces se agarran y la vida vegetal brota y se nutre, suceden peñas desnudas, frias, estériles, como duros metales. Así los campos griegos, cantados por los antiguos poetas á causa de su amenidad y de su hermosura, han sido arrastrados al mar y se han trocado en áridos desiertos. Conmueven profundamente los cuidados que toman estos buenos isleños por preservar su tierra vegetal de todo cuanto pudiera perderla ó disiparla; los muros que levantan, los setos que fabrican, las hierbas que siembran, las excavaciones que ahondan, el arte y el culto con que guardan esos átomos donde el jugo de la savia se encierra. Veríaislos agitarse y conmoverse como si les arrancáran una parte de su sér, cuando las ráfagas vienen á estrellarse en su peñon y á elevar en los giros de sus torbellinos espesas nubes de polvo. Así, jamas siembran el escaso trigo producido por sus campos arrojándolo sobre el surco, sino abriendo para cada grano un agujerito que luégo tapan á fin de defenderlo contra el viento.
El clima es dulcísimo, tibio el invierno, fresco el verano. Fuera de la parte que mira á Nápoles, y donde está la llamada Marina, abierta y expuesta al Norte, el resto de las regiones habitables de la isla recibe seguro abrigo de las altas montañas. Por aquel territorio montuoso y pedregosísimo; ¡cuántos valles alegres y de indecible deleite! En cualquier arruga del terreno, ó declive dulce, ó umbría plácida; en el recodo de los cabos, en las ligeras planicies de las estrías, en las rotondas de las cimas, en la espina dorsal de los montes, la vegetacion brota váriamente á guisa de canastillos de frutos y de flores que se hubieran dado allí al olvido. Las naranjas y los limones brillan y huelen á porfía entre las brillantísimas verdes hojas. El oscuro olivo se entrelaza con las claras vides. Las frondosas moreras producen frutillas de un sabor agridulce incomparable, y hojas para alimentar en alguna cantidad los gusanos de seda. Entre moreras y naranjos, alzándose airosas sobre los cactus de los áloes y los nopales, vense las higueras, cuyos higos compiten ciertamente con los higos de Esmirna. El vino es de corta cantidad, pero de larga reputacion. En Nápoles suelen falsificarlo, pues la isleta no da tanto como pide el gusto, ni siquiera como consumen sus sobrios moradores. La próvida atencion y cuidado de amigos que, á Dios gracias, tenemos en todas partes, nos procuraron gustar, así el tinto como el blanco, y los encontramos deliciosísimos. ¡Dios mio! ¡Cuán próvida es la agricultura en las regiones meridionales, y cuán vária! Yo no quisiera ser labrador, por ejemplo, en la bien cultivada Normandía, donde sólo se cogen las cosechas de heno y de trigo, y sólo se tienen algunas escasas frutas y muchos y buenos ganados. Desde el punto y hora en que concluís la siega, ya nada teneis que hacer. Para el pastoreo basta con los frescos prados y con tres ó cuatro pastores. En el Mediodía no sucede así; para cada mes hay su trabajo y su cosecha. Ya se abre el surco y se siembra el trigo; ya se poda y se cava la viña. En el hogar, bajo la grande chimenea, las ramas inútiles de los olivos, los haces de sarmientos, los rebujos de la aceituna, brillan y chisporrotean durante las largas veladas del invierno. Apénas llega Febrero, cuando os da la Providencia el cardo y otras hortalizas. En Marzo florece el almendro, y Abril colora las rojas cerezas que semejan flores. ¡Cuántas frutas de Mayo, azucaradas y sabrosísimas! El azahar os embriaga. Los albaricoques, las perillas, las primeras brevas os alimentan. Ya viene el trabajo de cuidar los gusanos de seda y el placer de verlos hilar sus plateadas hebras. Ya se abre la gomosa almendra y se desprende sobre el campo. La siega es temprana y da vagar bastante para las otras ocupaciones campestres. Apénas se acaba la siega, cuando empieza la recoleccion de los otros frutos. Aquí se cosecha la almendra, allá la nuez y la avellana, más allá la sandía y el melon de las viñas se ven bajar á las playas mujeres en coro que llevan sobre la cabeza los cestos circulares cargados de uvas para la pasa. Junto á los racimos de ámbar, sobre largos cañizos, los verdinegros higos, todos endulzados á los rayos del sol. Ya comienza la vendimia y se oye por todas partes el cántico de los que pisan en el lagar y se perciben los vapores del mosto. Ya viene el maíz, cuyas largas mazorcas se amontonan junto al trigo en los altos graneros. Ya se prensa el aceite que sazona la comida y alimenta la lámpara. Esta tierra no se cansa jamas de producir. Estos habitantes viven á la contínua en faenas del campo. Su atmósfera tibia y su campiña fecunda, les ofrecen delicias indecibles en ejercicios moralizadores y sanos. ¡Campos queridos de la luz, en vuestro seno, y sólo en vuestro seno, se celebran verdaderamente las nupcias del espíritu con la Naturaleza!
En la isla de Capri, meridional por excelencia, os dan los pájaros un concierto y os perfuman las flores. ¡Cómo deleita oir, al rumor de las ondas estrellándose en las cavernas, y pareciendo con su tono unísono á solemne acompañamiento de una orquesta invisible, el arrullo de la tórtola y de la paloma, el gorjeo de los jilgueros, el agudo cántico del mirlo, la oda de la alondra al sol en las alturas, y la endecha amorosa del ruiseñor en la enramada! ¡Cómo os animan y os alientan las picantísimas emanaciones marinas confundidas con el aroma del lentisco que huele á selva; del tomillo, que calma los nervios y endulza los aires; de la salvia, que despide como inefable incienso; del mirto, cuyas esencias os despiertan ideas poéticas, viendo al mismo tiempo los pinos salir casi de las aguas con sus copas vibrantes, la zarza-rosa entrelazarse con el áloe, el almendro y el limonero resaltar entre los olivos y las hayas y las encinas en armoniosos y suavísimos contrastes! Una dama inglesa que con nosotros venía, y que llevaba en una mano su cartera de dibujo y en otra mano su álbum de botánica, nos iba enseñando las flores más preciadas y diciéndoles el nombre más científico: el _thymo_, de suave olor; la _passerina hirsuta_, que busca la aridez y el calor; la _scilla marítima_, que se mece dulcemente en las moles ruinosas; la _cineraria_, con sus florecillas de oro; la _orque piramidal_, y otras muchas de tejidos tan multiformes y tan numerosos como no puede idearlos jamas el pensamiento.