Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 17
No hé menester decir que yo escuchaba con atencion hasta las inflexiones de la voz del Príncipe, sin participar de ninguna de sus creencias, sin asentir á ninguna de sus ideas. Pero viendo mi religiosidad en escucharle, se exaltaba hasta el entusiasmo, y decia: «¡Y cuán merecedor era Pío IX de otra suerte! No conozco ni ha conocido la Historia un Papa más íntegro en materia de intereses. Pobre era su familia y pobre continúa. Este larguísimo pontificado no le reportará ni siquiera un miserable ahorro. El dia en que el Papa muera, le enterrará la piedad de los fieles, como la piedad de los fieles hoy le mantiene y alimenta. Vosotros, los liberales, exagerados en vuestros juicios, todos contrarios á los Papas, sabeis cuál ha sido la llaga del Pontificado; sabeis que ha sido el nepotismo. Las familias más poderosas y más ricas deben su poder, su nombre, su riqueza, su influencia, á contar en sus anales un papa. Mirad esos palacios del Renacimiento esparcidos en Roma, y que exceden á los palacios de los reyes en el resto de Europa; recorred esas villas en que la naturaleza compite con el arte, último refugio de los antiguos dioses, olimpos verdaderos de la escultura; todo pertenece á familias pontificias. Ese palacio Corsini, donde habeis visto cuadros de los principales maestros y admirado la Vírgen de Murillo y su resplandeciente color sevillano, que vence al color mismo de la escuela veneciana, lo fundó un Riario, sobrino de Sixto IV, y lo agrandó aquel cuyo nombre lleva, sobrino de Clemente XII. La villa de Albani, que despues de vender parte de sus esculturas al Louvre y otra parte á Munich, formando como la base de dos museos, todavía guarda las primeras estatuas del mundo, como la bellísima canefora griega, en cuya presencia os olvidais de todo lo que no sea su extática contemplacion, se erigió por familia que contára un papa Clemente en sus anales. Las ciencias y las riquezas de los Pignatellis ha llegado desde nuestras tierras de Nápoles hasta vuestras tierras de Aragon, y si no se han debido, se han aumentado al poder y al nombre de Inocencio XII. Clemente IX es el jefe de esos Rospigliosis, á cuyos jardines acudís para ver la Aurora de Guido Reni, pintada en los techos de sus casinos, donde parece haberse condensado un pliegue de la rosada túnica del alba, y en ese pliegue danzar las ninfas vestidas de gayas gasas, y rodar el carro del sol, presidido por la jóven y divina Íris, que invocára tantas veces en sus poemas Homero. Los Altieris han fabricado el colosal palacio de la plaza de Gesu, parecido á una ciudad, á la vivienda de un pueblo más que á la vivienda de una familia, y los Altieris han tenido un Clemente X á su cabeza. Cuando recorreis la villa Pamphili; cuando bajais á sus verdes valles; cuando subís á sus colinas cubiertas de flores y coronadas por pinos de Italia; cuando dejais errar la mirada por los jardines interminables y por los lagos azules, comprendeis que los paisajes de Claudio Lorena se han animado en Roma á los conjuros del arte, movido por poderoso motor de oro, y acaso no recordais cómo tan puros goces son debidos á la munificencia de un sobrino de Inocente X. El palacio Barberini truena allá en las alturas, en las sagradas colinas, como un nuevo Quirinal, como un nuevo palacio Vaticano, construido con piedras arrancadas al Coliseo y edificado por los parientes de Urbano VIII. Esa galería, alzada en los jardines de Salustio, donde brilla la colosal cabeza de Juno y donde quedan grupos encantadores de Menelao, es obra de la fortuna de los Ludovisis, y la fortuna de los Ludovisis, obra de su pariente Gregorio XV. La villa de Borghese realmente es el único paseo del pueblo romano; su galería de esculturas podria honrar una capital; de su galería de pinturas no hablemos, y todas esas fabulosas riquezas comenzaron bajo la proteccion de un papa Borghese, de Pablo V. Y ya sabeis cómo Julio II protegió á los Róveres, y Leon X á los Médicis, y Alejandro VI á los Borgias, y Martin V á los Colonnas, y Pablo III á los Farnesios. Principados, dinastías, grandezas de todas clases que han llegado hasta nuestro tiempo, que han conmovido á Europa hasta nuestros dias, débense á esa debilidad de los Papas por sus respectivas familias. Pío IX ha vivido para los fieles y para la Iglesia. Jamas pasó por las manos de un Papa tanto oro. El dia en que perdió sus rentas temporales, los productos de su monarquía, pagó con religiosidad á todos los empleados destituidos, satisfizo las obligaciones corrientes, mantuvo un ejército de 15.000 hombres, y pudo entregar al Tesoro pontificio 400 millones de reales, y negarse con toda entereza á percibir la suma votada para mantener su decoro y su autoridad espiritual por los Parlamentos italianos. Cuanto ha recibido de mano de los fieles, otro tanto ha pasado á manos de la Iglesia.
»Pero no hay que dudarlo; su extrema movilidad de artista nos ha traido grandes males, se los ha traido á nuestra Roma. Durante su juventud, le poseia la idea utópica de un pontificado democrático. El libro de Gioberti sobre el primado de Italia por virtud de la Iglesia, corria por todas partes y acaloraba muchas imaginaciones exaltadas. Aliar la democracia con el cristianismo; rejuvenecer la conciencia religiosa con la idea liberal; concluir la obra del Evangelio, deduciendo sus últimas consecuencias políticas y sociales; llamar desde la antigua ciudad de los tribunos y desde el sacro altar de los mártires los pueblos oprimidos al goce de los derechos políticos; reconstituir por el progreso la tutela pontificia ejercida en otros siglos por la autoridad; aliarse con los débiles y anatematizar á los fuertes como Cristo en la montaña; todo este conjunto de propósitos era un ideal que trastornaba la mente del prelado Mastai y absorbia sus sentidos en la hora misma en que imprevista eleccion colocó sobre sus caldeadas sienes la tiara con las tres coronas reales y le entregó el dominio mayor que un mortal puede ejercer: el dominio sobre la humana conciencia.
»Los liberales de toda Europa, en cuanto advirtieron sus inclinaciones, le rodearon completamente en espesa nube de incienso. El flaco de Su Santidad es el amor al aplauso. Por aquella pendiente se hubiera deslizado hasta el fondo de insondable abismo sobre la muelle almohada de la popularidad, si no viene la demanda de la guerra contra el Austria á demostrar palpablemente á su honradez la incompatibilidad entre sus ideas de patriota liberal y sus deberes de Pontífice Máximo. Entónces volvióse de cara á la reaccion, y los reaccionarios del mundo le rodearon de las mismas alabanzas y del mismo incienso que los patriotas italianos. Y en esta nube envuelto, extremó la reaccion religiosa sin extremar la reaccion política. Y el mismo que no quiso excomulgar _nominatim_ á Víctor Manuel, corrió los riesgos de un Concilio ecuménico para declararse á sí, en persona, infalible. Y esta declaracion extraña coincidió casi con las victorias de Prusia. Y Prusia, que hubiera opuesto su veto á la entrada en Roma, como solemnemente prometieran Emperador y Canciller al arzobispo de Posen, su amigo entónces, dejaron que el atentado se consumára en ódio á las últimas decisiones eclesiásticas. Y cuando solamente le quedaba al Papa el rayo de la excomunion para defenderse, acaso para salvarse, no lo ha esgrimido. Al contrario, todo el mundo sabe que está en los mejores términos con Víctor Manuel, y que expoliador y expoliado se escriben frecuentemente. Víctor Manuel insinúa que el poder real, como á una gran parte de sus antecesores, le abruma, y que preferiria á las alturas del trono las cimas de las montañas, siendo en él más poderosa y vivaz la naturaleza de cazador que la naturaleza de monarca, y la vocacion de campesino que la vocacion de político. Pero dice francamente que su hijo Humberto, nacido y criado en tiempo de revoluciones, con ideas muy avanzadas, con profundas creencias de libre pensador, enemigo irreconciliable del Pontificado, sería gravísimo peligro para la Iglesia, y le ofrece hasta como un homenaje al Vaticano su presencia en el Quirinal. Y de esta suerte, todo se conjura para demostrar la inutilidad completa de los poderes temporales y políticos á la autoridad religiosa de los papas, en contra de lo que dijéramos siempre y á mano armada sostuviera Roma. Y ese Papa, hoy prisionero, que no puede salir de su Vaticano, cuando la Iglesia universal le pertenece, hubiera vencido á sus enemigos con sólo excomulgarlos, con sólo blandir los rayos de que todos se rien y á que todos temen. El arma no está hoy tan embotada como vosotros imaginais, y sus efectos en Italia hubieran sido terribles, y para el Papa incalculables sus ventajas.»
Yo, con el respeto debido siempre á la sinceridad de las creencias honradas, opuse alguna observacion á mi interlocutor. El efecto de las excomuniones, en estos tiempos de crítica religiosa é histórica, debe calcularse por el que produjeron allá en los tiempos de exaltacion y de fe. Otros Papas hubo más perseguidos, á la verdad, que Pío IX, y más armados de esos rayos, cuya virtud no depende tanto del arbitrio de quien los lanza como de la fe de quien los recibe. No podeis negarme que media una gran distancia moral, mayor que la distancia temporal, entre aquellos siglos en que los Reyes de Inglaterra venian bajo la égida de Gregorio Magno á visitar la tumba del Apóstol en Roma, con las manos llenas de ofrendas, como los reyes magos á la cuna del Salvador en Belen, y estos tiempos, en que Inglaterra pertenece casi por completo á la herejía. Entónces recibian sobre las gradas de la basílica los reyes cristianos sus albos trajes de catecúmenos como la mayor de las recompensas y colgaban las largas cabelleras rubias y las pesadas coronas de oro en esas paredes donde hoy sólo se ven los sepulcros de los últimos Stuardos errantes, destronados, perseguidos por su devocion á la Iglesia. En el siglo undécimo, puede el Papa conseguir que todo un Emperador de Alemania, excomulgado, le pida de rodillas perdon como un esclavo á su señor. Pero en el siglo décimotercio no puede conseguir otro papa que Aragon ceda en la guerra de Sicilia, á pesar de las excomuniones, y se da el caso de que los santos de los altares hacen milagros á favor de los excomulgados. ¿Qué quereis? Yo creo que el Papa ha hecho perfectamente en no darse á las aventuras de una resistencia extrema y al aparato de una excomunion mayor. Quizá no contára con el clero italiano, parapetado tras la idea de que el asunto era un puro asunto político. En Italia el clero es eminentemente social, y por lo mismo, absorbe por todos sus poros el espíritu de esta sociedad. Á quien se le dijera que Nápoles ha renunciado casi desde 1860 á su procesion del Córpus, no lo creeria. Ignoro si cayó la fiesta del Córpus en tiempo del canton allá por nuestra bella Valencia, pues el canton hubiera celebrado las procesiones, fiesta indispensable á los valencianos. He oido á gente del pueblo quejarse en Roma de que el Papa haya suspendido las ceremonias en San Pedro; pero no por carecer de esta expansion religiosa y de ese alimento espiritual, sino por carecer de las materiales ventajas que reportaba á su salario la presencia de tantos extranjeros como acudian al cebo de los espectáculos. Es frecuente ver aquí, en capillas donde está expuesto el Santísimo, á curas que enseñan en voz alta y con ademanes de irreverente olvido, cualquier obra de arte á sus amigos. Eso sería imposible en España.
Nuestras gentes no me creerian si les anunciase que el custodio cercano á las cien lámparas encendidas en torno del sepulcro de San Pedro lleva hoy mismo, bajo las bóvedas de la primera entre todas las iglesias del mundo, la gorra puesta. En el alma de vuestro clero hay, lo mismo que en el alma de vuestra nacion, un fondo de escepticismo. La idea pagana se ha conservado siempre, y ese grano de la sal del naturalismo antiguo os preserva de los excesos y violencias á que todavía se entrega por la causa religiosa una parte de nuestro clero y otra parte de nuestro pueblo, allá en las montañas del Norte. Italia no ha sido, ni en los tiempos de fanatismo, una nacion fanática. En España el fanatismo está de tal suerte arraigado, que cambia de creencias sin cambiar de naturaleza. Es el defecto de raza tan enérgica, tan tenaz, tan valerosa como la nuestra, que todavía conserva, con su exceso de vigor físico, su exceso de vigor moral. Vosotros los italianos conoceis mejor que nosotros la realidad, la vida, y os amoldais á sus exigencias. Aún me dura el estupor grandísimo que me causó el saber, hace dias, la existencia real y efectiva de curas elegidos por el pueblo en várias ciudades y regiones italianas, curas que se creen ya tan curas como si los hubiera elegido su prelado. La excomunion mayor les alcanza desde los piés hasta la cabeza, y sin embargo, administran los sacramentos como si estuvieran libres de toda irregularidad. Id con esas á las gentes de nuestra nacion y de nuestra raza. Hablábame una señora ecuatoriana ayer mismo de su patria y mentaba al arzobispo de Quito. Decíame que era liberal, muy liberal, y que habia venido al Concilio con la idea principalmente de recabar la supresion de los conventos. Y como yo le preguntase con quién habia votado en el asunto de los asuntos, me respondió, extrañando mucho mi conducta, que con los partidarios de la infalibilidad. En Italia el clero es ménos inflexible, y no sigue al Papa. El Rey se queda con la excomunion y con los sacramentos. Ya hubieran hallado los curas italianos alguna puerta falsa por donde meterlo en la Iglesia.
Y en esta creencia me fortaleció uno de los primeros estadistas italianos, cuya conversacion tambien quiero contaros.
«Nosotros, me dijo, nada adivinamos ni queremos adivinar respecto á la eleccion del nuevo Papa. Dicen unos que será elegido el cardenal de Siena; dicen otros que será elegido el cardenal de Nápoles: nadie puede averiguar quién será el elegido. Nos apartamos de todo intento de influjo, porque las cosas imposibles no se deben jamas intentar, y nos reducimos á mostrar prácticamente que el Cónclave tendrá entre nosotros una libertad y una autoridad imposibles fuera de Roma. Yo me rio de cuantos proponen sistemas varios en las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Poned el padre Pasaglia en el Vaticano y procederia como procede Pío IX; poned á vuestro amigo Ferrari en el poder y procederá como procede el Gobierno. Nuestra nacion ni puede, ni quiere, ni debe renunciar á la presencia del Papa en su privilegiado suelo. Esta presencia constituye una capitalidad religiosa, á la que no hay medio de sustraerse en el estado de la civilizacion universal. Y cuando Italia entró en posesion de Roma, ó tenía que despedir ó tenía que conservar al Pontífice. Despedirlo equivalia á demostrar nosotros mismos la tésis de nuestros enemigos, la incompatibilidad del Pontificado é Italia. Conservarlo equivalia á destruir la tésis de la necesidad del poder temporal, en el ejercicio de la magistratura religiosa. Conservando al Papa, no hay más remedio que darle una completa libertad. Ningun gobierno, ni el gobierno demagógico, se atreveria á llevar una Encíclica al jurado, ni un papa á la cárcel. Hay cosas que se dicen muy fácilmente en los discursos, y que muy difícilmente se hacen desde el Gobierno. El Papa ataca una cosa, ya fuera de debate en Italia, ataca nuestra independencia y ataca nuestra nacionalidad, como si atacára al sol, al cielo, á los astros, á cuanto está léjos del dominio de su voluntad y del alcance de sus manos.
»Miéntras tanto, con esos ataques pertinaces, con la absoluta libertad de palabra, con la franca recepcion de los peregrinos enviados por todas las reacciones conjuradas contra Italia, se ve, se toca, se palpa la absoluta libertad religiosa y moral de los pontífices. Y resulta que desde el dia de la pérdida de su poder político, léjos de disminuir, crece su autoridad espiritual. Esta conducta de Italia es amargamente criticada por las dos negaciones entre que rueda siempre toda afirmacion. Los unos quisieran que la política de este pueblo emancipado consistiese en esclavizarse de nuevo, reedificando el poder más contrario á su emancipacion; el poder temporal. Los otros quisieran que creáramos un Estado omnipotente contra la Iglesia, y la deshicieramos bajo las ruedas de ese Estado. El Parlamento italiano, cohibido por fuerzas mayores, no seguirá ni una ni otra política. No se echará á los piés del Pontífice, porque eso equivaldria al suicidio; no oprimirá al Pontífice, porque eso equivaldria á la demencia. Ni irémos á Canosa con cilicio y sayal, como los emperadores penitentes de la Edad Media; ni entrarémos á saco en la jurisdiccion religiosa, como los reyes filósofos del pasado siglo. La sumision al Pontífice riñe con el espíritu de esta edad, pero tambien riñe la tiranía sobre el Pontífice. No puede ejercer hoy sobre la Iglesia Víctor Manuel de Saboya la jurisdiccion que ejercia ayer Cárlos III de Borbon. Y miéntras tanto, el poder de los Papas va perdiendo carácter político y tomando carácter espiritual; el Pontificado va dejando de ser una institucion puramente italiana, para pasar á ser una institucion verdaderamente católica.
»El partido ultramontano de todo el mundo, que no comprende esto, se aferra á su política intransigente y se empeña en una reaccion por la cual podemos llegar, el dia ménos pensado, á la guerra europea. Y en su intransigencia le sorprenderá el suceso de los sucesos, la muerte de Pío IX, que, gracias á Dios, goza hoy de salud excelente. Y la muerte de Pío IX tendrá inmensa trascendencia. Por esa monotonía y uniformidad de la Historia, que mirada desde ciertas alturas parece una colmena donde se reproducen á la contínua los mismos trabajos y se obtienen los mismos productos, el problema está planteado, poco más ó ménos, como en la Edad Media; los gibelinos de Italia, los enemigos del poder temporal, se apoyan resueltamente en Alemania; y los güelfos de Italia, los amigos del poder temporal, resueltamente se apoyan en Francia. El asunto de las relaciones entre la Iglesia y el Estado va siendo todo el asunto europeo. Desde vuestra desastrosa guerra civil presente, hasta la futura guerra internacional, todo se enlaza con ese problema. Si en el dia de las grandes catástrofes los güelfos predominan; ¡ah! no sé qué podrá suceder á nuestras libertades y á nuestra nacionalidad; pero si predominan, como hoy, los gibelinos, por no haber querido la libertad, se encontrará la Iglesia con el predominio y quizá con la tiranía del Estado.»
Hasta aquí mis dos interlocutores. Yo, en mi calidad de historiador, ni quito ni pongo una palabra. Sólo se me ocurre decir que el estado de los ánimos y el progreso de las ideas anuncian que las soluciones definitivas de estos problemas serán soluciones favorables á la libertad.
UN DISCURSO.
DISCURSO pronunciado por D. Emilio Castelar el dia 12 de Mayo, en el banquete dado en su obsequio por diputados, escritores y estadistas liberales, en el Círculo progresista de Roma.
Señores: Permitidme que, profundamente conmovido, principie volviéndome como en espíritu hácia Occidente, y evocando la sombra, la imágen de mi patria. Santa madre de mi espíritu, hogar sagrado de mi corazon, templo de mi conciencia, el afecto inmenso que por ella siento crece con sus desgracias y toma en el extranjero la solemnidad y la grandeza de un culto. Vuestros elocuentísimos loores, vuestras ardientes invocaciones á la noble España, han penetrado hasta el corazon de este su hijo y lo han llenado de inextinguible agradecimiento. Si en el calor de las improvisaciones, si en la amistad fervorosa hácia mí, alguna palabra sobre desvío, ú olvido, ó ingratitud se ha deslizado, sólo me toca protestar contra esa palabra tan amistosamente como ha sido amistosa la insinuacion; pero tan enérgicamente como cumple á mi deber y á mi conciencia. España nada me debe á mí, yo todo cuanto soy se lo debo á ella, y la siento latir en mi corazon, y arder y brillar en mi mente, penetradas de su jugo mis venas, de su calor toda mi vida. Sobre los errores de los partidos y de los gobiernos, se levanta España inmaculada, como la humanidad sobre los errores de los individuos. España podrá proceder como quiera con sus hijos; pero sus hijos no dejarán jamas ni por un momento de adorarla, como la personificacion de todo cuanto han amado sobre la faz de la tierra.
Y ahora, ¿qué responder á tantas muestras de entusiasmo? Sentir grandes afectos, fácil cosa es en esta ocasion gratísima con sólo dejar abierto el corazon á la electricidad de vuestros sentimientos; pero decirlos en toda su verdad, difícil, muy difícil, porque así como á cada paso encontramos asuntos propios de la esfera de un arte, y á la esfera de otro arte imposibles, por los medios varios de la expresion artística, así ante el espectáculo de esta reunion brillantísima, ante este enjambre de ideas que se eleva á lo infinito, entre los acentos de vuestras espléndidas oraciones; ¡ah! no le queda recurso alguno á mi palabra, y pareceria lo más natural dejar la gratitud vagando á su arbitrio en la interna inmensidad de nuestro sér, mayor si cabe que la externa inmensidad del espacio, y ántes que verterla en formas indignas de su grandeza, aumentarla con el misterio y la solemnidad de un religioso silencio.
Mas siendo deber de cortesía, de afecto recíproco, de agradecimiento, hablar en la ocasion ménos favorable, cuando la voz se anuda en la garganta, considerad cuanto por mí pasará al verme, oscurísimo resto de un reciente naufragio, enmedio de vosotros, ayer esclavos y hoy libres, ayer víctimas de los tiranos y hoy representantes del pueblo, ayer en la soledad del destierro y hoy en el regazo de la patria, legisladores de esta Italia, que parecia descoyuntada para siempre en el potro de sus tormentos de quince siglos; que parecia enterrada para siempre, como los huesos de sus primeros padres los romanos, bajo la pesadumbre abrumadora de sus recuerdos y de sus ruinas, y que ha resucitado en trasfiguracion superior á las sublimes trasfiguraciones trazadas por sus pintores, enseñando una enseñanza consoladora: como ántes puede perderse en este nuestro planeta el calor central que el calor de la libertad, y ántes extinguirse en lo infinito la luz de los astros, que en los corazones de los desdichados y de los oprimidos la esperanza en una saludable y definitiva redencion. (_Ruidosos aplausos._)