Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 15
Al reves, el Tasso canta un hecho, la toma de Jerusalen, que conmovió á Europa en el siglo undécimo y en el siglo duodécimo, pero completamente ajeno á su tiempo, y mucho más á los tiempos posteriores. ¡Guárdeme Dios de ignorar ó desconocer toda la belleza contenida en el gran movimiento religioso que levanta nuestras razas occidentales, aisladas por el feudalismo, y las junta y las arroja sobre el Oriente! Al convertir hácia las cruzadas los ojos, veis, entre arreboles de poesía, los pobres ermitaños que, con severo sermon en los labios y el tosco crucifijo en las manos, suscitan la guerra santa y divierten el ánimo de las luchas feudales para llevarlo á otras empresas más altas; las públicas invocaciones á Dios, que suben á los siervos desde el terruño y bajan á los señores desde el castillo; las hileras de mondados huesos que se extienden de Europa al Asia, fecundando el suelo y la conciencia; la antigua Constantinopla, aparecida en medio de nosotros con sus resplandores y sus recuerdos; el Egipto y sus misterios, resucitados á la voz y al rumor de aquellas legiones sin número, movidas por una idea y realizando la contraria, movidas por la idea teocrática y abriendo su iniciacion á la democracia; las deliciosas orillas del Oriente y del Cidno, sembradas de penitentes, á un tiempo en oracion y en armas; los jardines de Dafne, impregnados de paganismo y cantados por los poetas de la naturaleza junto á las abrasadas arenas del desierto, reveladoras de la unidad divina á los sacerdotes del espíritu; las flotas de Venecia, y de Pisa, y de Génova trayendo sus vientres henchidos por los productos del comercio, y sus velas hinchadas por la brisa de la libertad; Antioquía, con sus altos muros y sus quinientas torres; Damasco, embriagada con los aromas de sus floridos bosques; los cedros del Líbano, bendecidos por el profeta, que sirvieron á Tiro para sus naves, á Salomon para su templo, á Alejandro para el lecho donde debia juntar los dioses de Grecia con las ideas de Oriente; la Palestina, la tierra de los patriarcas, con más ánsia buscada por los nuevos cruzados que por los antiguos israelitas, y libertando, como á los unos del cautiverio de los Faraones egipcios, á los otros del cautiverio de los caballeros feudales; el torrente Cedron, donde corrieron las lágrimas de David, y el monte Olivete, donde manaron los sudores de Cristo, y el Calvario, donde se consumó el sacrificio de la Redencion, y el sepulcro, donde estuvo entre los átomos de la tierra el que ahora está entre los ángeles del cielo; la toma de Jerusalen, cuyas mezquitas se empaparon tanto en sangre que llegaba hasta la cincha de nuestros caballos; las elegías de los árabes, á quienes sólo quedaba, si vivos, el lomo de sus camellos para huir, y si muertos, el estómago de los buitres para enterrarse; la figura mística de Godofredo de Bouillon, el rey-vírgen que no puede ceñirse una corona de oro allí donde Cristo llevára una corona de espinas; la figura poética de Tancredo, en el cual se personifica el genio de la caballería; las órdenes militares, con sus cruces rojas sobre sus túnicas blancas, y las órdenes monásticas que resucitan por un momento la antigua fecundidad moral de la Tierra Santa: grandiosa epopeya donde verdaderamente el espíritu moderno sufre una de sus más bellas metamórfosis y la humanidad una de sus más admirables trasfiguraciones.
Pero el Tasso canta este hecho con el espíritu de la Edad Media. Compañero de los cruzados, su poesía hubiera sido maravillosa entre los espejismos del desierto y los dolores de la guerra. Despues de tres ó cuatro siglos que las cruzadas se han interrumpido, y San Luis ha muerto, y Cárlos de Anjou ha despojado, á guisa de pirata, los últimos cristianos dispersos, y la órden de los Templarios se ha disuelto por las maquinaciones de los reyes, y la rápida victoria de Federico II se ha malogrado por la invasion de los tártaros, y las huestes de Juan de Brienne han retrocedido á las inundaciones del Nilo, y los que iban resueltos á reconquistar Jerusalen se han contentado sólo con establecer un Imperio latino en Constantinopla, y los mismos pueblos cristianos han reclamado que los libertáran de los cruzados por temor á las depredaciones, y Felipe Augusto y Ricardo Corazon de Leon sólo han sabido luchar entre sí, más que luchar con sus comunes enemigos, y Federico Barbaroja ha muerto en las fatales aguas del Cidno, y Conrado III ha vuelto casi solo, y Luis VII casi deshonrado de la segunda cruzada, y Saladino, despues de derrotar á los francos en Tiberíades, ha reconquistado á Jerusalen y destruido la obra de Godofredo, entregando la ciudad á los árabes; francamente, despues de todo esto, la epopeya del Tasso es una pura epopeya erudita, académica, arqueológica, cual esos poemas latinos consagrados en los albores del Renacimiento, por Petrarca, á Escipion y al África.
El Tasso pertenece á un período de reaccion religiosa y política, al período en que los Papas restauran, merced á la energía de Pío V, su poder quebrantado, miéntras Felipe II extiende su sombra letal en Francia por medio de los Valois, sometidos á su yugo, y en Alemania por medio de los Austrias, desgajados de su familia, exacerbándose la Inquisicion en todas partes y viéndose persecuciones y matanzas como la inolvidable de aquella noche triste en que una poblacion entera fué cazada por las calles de París, cual alimañas feroces por montes y por selvas, al toque de la campana, cuyos religiosos acentos debieran recordar la caridad y la mansedumbre de Cristo á los crueles cristianos. Ya la libertad ha muerto en las ciudades italianas; los titanes se han tristemente encerrado en su sepulcro; el arte ha caido en la exageracion y en la extravagancia; los jesuitas han levantado sus abigarradísimos templos faltos de toda inspiracion religiosa. Las escuelas decadentes de Nápoles y de Bolonia han reemplazado á las bellísimas escuelas de Roma, de Venecia, de Umbría, de Florencia; la escultura ha trocado en monstruos las piedras ántes cinceladas por Sansovino y Buonarroti; las asambleas de los pueblos se han sustituido con las artificiosas córtes de los príncipes; y en aquella universal degeneracion, la obra del Tasso no podia ser más que una obra de reaccion y por consiguiente, de decadencia y de muerte. La misma aparatosa decoracion de una arquitectura teatral y la misma falsedad de un cincel exagerado, y la misma hipérbole de una pintura convencional, y la misma naturaleza contrahecha en los jardines de los príncipes, y la misma falsa mitología de la última época de Julio Romano, y la misma falsa religion de los Carraccios, y los adornos riquísimos de las mundanas iglesias de los jesuitas, que nada dicen ni al corazon ni á la conciencia, y el decaimiento universal de Italia esclava: todo eso encuentro en la epopeya del Tasso, unido á un esplendor de forma, á una armonía de versos, á una belleza de lenguaje, que no bastan á ocultar todo el artificio de su fondo y toda la pobreza de su idea.
Mirad lo que verdaderamente ennoblece al Tasso; lo que sobre todo le eleva es aquello mismo destruido por vuestra erudicion, la cual será, si quereis, grande, pero tambien inoportuna; lo que le eleva y le ennoblece es su desgracia, su inmensa desgracia, ó mejor dicho, su vida, su tormentosa vida. No apagueis esa aureola al soplo frio de la crítica. Ya ha pasado al mundo como la personificacion más augusta en la historia de las tristezas y de los dolores del ingenio y del amor. Yo le quiero tal como le presenta la tradicion poética en sus ensueños de gloria y lo detesto en vuestras disecciones de embalsamador. Dejadme creer que ha sido como nosotros lo ideamos y no como vosotros le habeis puesto. Byron expresó admirablemente, en esa misma elegía tachada de ampulosa, el dolor de Tasso, cuando puso en sus labios estas palabras: «Me han condenado porque tú eres bella y yo no soy ciego.» Admiro al autor de _La Jerusalen Libertada_ en el calvario que ha levantado la tradicion y véole allí en la verdadera gloria que le ha ceñido de inmortal diadema las sienes. Paréceme descubrir en los jardines de Ferrara, entre los bultos de los poetas, á la sombra de los árboles, bajo coronas de laurel y en altares de mirto, los versos pareados que tallaba en los troncos, celebrando misterios de la poesía y del amor. Paréceme que veo las jóvenes princesas, vestidas de pastoras como en las églogas y en los idilios, tejer guirnaldas con flores todavía humedecidas del rocío para coronar la frente de los genios inmortales, y departir en diálogos platónicos, dignos de Hipatia, sobre si el amor de los poetas abraza todas las cosas creadas é increadas en su ideal, ó se fija sobre un solo sér, porque esa religion no puede admitir más que un solo Dios. Oigo á unas decir que Tasso recibe en su seno los efluvios del amor universal y canta á la lejana estrella, enardecido por una pasion imposible; y decir á otras que el ruiseñor tiene su nido en la tierra y ama algun sér más hermoso, y más animado, y más semejante á él, y más cerca de su corazon y de sus labios que la lejana estrella de la noche. Nos acostumbramos á fingir los poetas, serenos como sus estatuas, envueltos en sus túnicas blancas como las nubes, ceñidos del laurel de la inmortalidad, ocultos en bosques de mirtos al borde de la Castalia fuente, acompañados por los Elíseos Campos de coros que entonan odas sin fin de admiracion y culto á su estro y á su gloria. Pero el genio es una hoguera, el amor en él, un tormento; las nobles aspiraciones, una pasion sin esperanza; las obras en que encarna su sér, un parto homicida; y la corona que ciñe á sus sienes algo abrasador y letal como los rayos de un sol demasiado vivo que, encendiendo la sangre en el cerebro, al cabo produce la muerte. El genio ve su idea en lo infinito, y sus medios de expresion en lo finito. Ve una luz ideal, divina, inefable, y tiene que encerrarla en el tosco barro de la forma. Esta desproporcion entre lo que piensa y lo que expresa, le causa tormentos indecibles. Y si concluido su trabajo lo contempla, al verlo cuán léjos está del ideal, se vuelve airado contra sí mismo, contra sus obras, contra los pedazos de su corazon y de sus entrañas, contra los hijos del alma, siempre en el potro de indecibles tormentos, abrumado por la inmensa pesadumbre de su triste superioridad, y enardecido por la llama invisible y ardiente de su genio. Creedlo, su corona de gloria es una corona de espinas, el licor de la inmortalidad un brevaje de hiel y vinagre, la luz que sobre los demas proyecta una llama, en la cual se abrasa tristemente sin consumirse jamas. Tal es el genio, tal sus dolores y sus tormentos. Y por eso Tasso, que los personifica en tan alto grado, es mayor á causa de su vida tormentosa que á causa de su correcta obra.
Su apoteósis está en su desgracia. La naturaleza ha dado al Tasso todos sus dones; le ha puesto inspiracion inagotable en la mente, lira inmarcesible en las manos, corazon pronto al amor en el pecho, corona de genio en las sienes, vista para alcanzar las ideales formas sobre las formas reales de los seres en los ojos, palabra tan armoniosa como un cántico en los labios, fuerza bastante á contener con la idealidad eterna la realidad pasajera, con las cosas los arquetipos, con la luz del pensamiento la llama de las pasiones; y luégo, cuando ha venido con esos dones de otro mundo superior á este bajo mundo, se ha estrellado contra todos los límites de la universal contingencia, se ha herido en todas las espinas de nuestras selvas de abrojos, se ha asfixiado en esta atmósfera cargada con las cenizas de la muerte, y el recuerdo de su patria ideal y el resplandor de sus lejanos cielos sólo han servido para aumentar las tristezas de su destierro. Así ha nacido poeta y grande poeta en una edad en que se han agotado, sobre el suelo de su Italia esterilizada por los tiranos, todas las fuentes de poesía. Sobre los tiempos que cantaba habian pasado cuatro siglos; y el Sepulcro, cuyo rescate celebrára, estaba en manos de los infieles, guardado por los perros de Mahoma. La libertad sufria eclipse no ménos triste y no ménos largo que el arte y la conciencia. Como todos los sacerdotes del pensamiento, habia nacido para las libres asambleas de los pueblos, y su negra estrella le lanzó en las esclavas córtes de los príncipes. Así no hay sitio por donde haya pasado el mártir que no esté oscurecido por uno de sus dolores y regado por una de sus lágrimas. En las sombrías paredes del Louvre, á las orillas del Sena, se ve su sombra triste como las nieblas del rio, comparando el resplandor que da en el mundo la corona de poeta, tejida por la mano de los ángeles, y la corona de monarca, forjada por la mano de los hombres. En los jardines de Ferrara, á la sombra de aquellos bosques, se ven sus ojos que buscan los ojos de una princesa, apartada de su corazon por los abismos insalvables de las supersticiones seculares y de sus artificiosas jerarquías tan opuestas á las jerarquías naturales en el universo. Los edificios de la risueña córte de los Estes se hallan oscurecidos por aquellos tormentos del genio que rayaron en locura y por aquellos recelos del tirano que rayaron en crueldad. Aquí en Sorrento respira todo alegría; la vegetacion que enriquece este suelo bienhadado; la luz que brilla en esos horizontes diáfanos; el labriego y el marinero que fecundizan las tierras y las aguas; los pueblos que conservan el antiguo genio de Grecia; todo, ménos la tristísima sombra del Tasso, que se pasea por estas orillas y que evoca el momento de su vuelta, solitario y receloso como un bandido, á presentarse con la pobre túnica de tosco pastor á las puertas del hogar. En Roma, en el monasterio de San Onofrio, sitio de su muerte, el recuerdo de la agonía del poeta cuadra á todos los fúnebres objetos que os circundan. ¡Cuántas veces allí, á la sombra de un cipres fúnebre, recostado sobre los restos de una columna rota, junto al cenobio triste como oscuro panteon, al eco de la campana, perdido en los solitarios claustros y del rezo murmurado por los penitentes monjes, últimos huéspedes de aquellos lugares desiertos, he contemplado la lejana Vía Apia con sus hileras de sepulcros amontonados como las generaciones en el juicio final, las colosales ruinas por cuyas grietas vagan, como fuegos fatuos, las ideas muertas; los templos solitarios, sin culto y sin ceremonias, habitados por los cuervos en vez de ser habitados por los dioses; los campos de batalla henchidos todavía de sangre, engendrando con sus letales vapores eternos remordimientos en la conciencia humana; las lagunas pontinas, semejantes á inmensos depósitos de lágrimas, despidiendo en nubes de extraña forma y sombríos matices el hálito de la muerte; los ángeles exterminadores levantándose de tantos seculares despojos para vagar por esta necrópolis del mundo, por esta catacumba de todas las creencias, por este sombrío Josafat de la historia! Entónces, toda la vida del poeta subia tristemente á mi memoria. Veíale tierno, y desposeido á los primeros años de su madre, libre, y obligado al oficio de cortesano; inspiradísimo, y buscando la fuente de sus inspiraciones allá en las cenizas de los recuerdos; filósofo, y caido en el infierno de la intolerancia religiosa; católico, y en pos de figuras ménos que paganas, figuras mágicas, surgidas al conjuro de los sortilegios de Oriente; poeta, y en vez de adelantarse á lo porvenir, descaminándose y perdiéndose en lo pasado; brillante de genio, y eclipsado entre los ornamentos de un palacio; henchido de amor, y sin saber ni él mismo, ni la posteridad siquiera, á qué mujer amaba; destinado á embellecer, tanto la lengua como la literatura patria, y oscurecido por todas las sombras, y ahogado en todas las penas, y puesto en el potro de todos los tormentos; nacido para dominar, y dominado; para lucir, y perseguido; para consolar, y desgraciado; para encantar, y siempre entre angustias; adorando, como Reinaldo, la magia de una hechicera que toma mil formas y que le trastorna el seso, imágen de un deseo jamas realizado; hiriendo de su propia mano la poesía que le consolaba, como Tancredo á Clorinda; próximo á recoger en la cima del Capitolio, al ocaso de su vida, la corona de mirtos y laureles con que soñara á todas horas, é interrumpiéndole en aquel momento, al instante de su triunfo, la muerte, para que ni siquiera en el sepulcro tuviera reposo alguno su eterna inquietud, ni alivio y consuelo sus dolores.
El genio es mortal para aquel que lleva su voraz llama en la frente. Un grande artista, un grande poeta, un grande filósofo dobla en los demas los goces de la vida, y en sí mismo solamente dobla de la vida las penas. Los que están alrededor del genio se alumbran con su luz y se animan con su calor; pero él se consume, y se disipa, y se desvanece. Esa luz ó esa lumbre del hogar, ¡cuán grata es para los que en torno de su llama se juntan; pero cuán devoradora para la pobre mecha ó para la pobre tea que lo produce! La corona que tiene sobre las sienes el verdor del laurel, tiene sobre las almas el reflejo del martirio. Acontecimiento lejano, dolor extraño, astro apartadísimo, aereolito errante, chispa eléctrica perdida, vapor disipado en los aires, lágrimas evaporadas de las mejillas, ideas muertas, ensueños febriles, todo aquello que en el vulgo de los mortales no ejerce ningun género de influjo, apena al sér extraordinario en cuya alma individual penetra con el espíritu de la humanidad el espíritu de la naturaleza. Un sér que padece por todos los seres, no puede eximirse del dolor que le trae la propia grandeza. El amor será en él como una pasion que nunca se satisface, la verdadera pasion de lo infinito. Ya adore á la Beatriz ideal que ha pasado como una primavera por la tierra y se ha ido entre los astros del firmamento; ya á la hermosa Laura, asentada en otro hogar, esposa de otro hombre, madre de hijos que no son hijos del poeta; ó ya á la mágica Armida, engañosa como la serpiente, este amor tendrá en parte la levadura de tosca realidad, pero en su parte mayor la esencia de lo ideal. Y este ideal, como un fuego sutil, abrasará su sangre y calcinará sus huesos, y devorará su existencia, no habiendo para ellos ni más consuelo, ni más remedio, ni más narcótico que el veneno de la muerte. Imaginaos á Tasso, que ha soñado toda su vida un triunfo semejante al triunfo de Petrarca, con una palma y un laurel en la cima del Capitolio, eterno templo de la gloria. En el penoso trabajo de la creacion contínua, le ha sostenido esa esperanza. En las tristes amarguras de la realidad, le ha consolado ese espejismo. Y llega la hora, y se acerca el momento. Y en su fiebre ve el triunfo. La colina sagrada del Capitolio está pronta; el palacio de los senadores, engalanado como para una fiesta de la antigua historia; las escalinatas que conducen á la cima, henchidas de pajes y de alabarderos, en cuyas armas y en cuyas preseas se refleja el sol de la Ciudad Eterna; el pueblo romano, en las calles que avecinan, anhelante por aclamar y aplaudir; procesion de jóvenes vestidos de escarlata le precede; el Senado le acompaña, el Papa le aguarda en su trono, las músicas entonan himnos, y el laurel va á tocar á sus sienes, y cuando ve, y toca, y palpa todo esto con verdadera ánsia, muere, y sólo recibe el frio contacto de la guadaña y el triste asilo de una oscura tumba fria y desolada, cuyo único ornamento está por muchos siglos en las dos sencillas palabras de su nombre. ¿No os parece una imágen de la humanidad, y de sus dolores sin tregua, y de sus esperanzas sin realizacion, y de sus aspiraciones sin término, y de su eterno prolongado martirio? La grandeza del Tasso está toda entera, más que en la hermosura de sus poemas, en la inmortalidad de sus dolores. Aquel laurel, que no puede ceñir á sus sienes, ha brotado de su tumba, y crece hasta llenar la eternidad, regado por las lágrimas de cien generaciones. Su miseria es su gloria, y sus tormentos su triunfo, y sus dolores su Tabor. La humanidad preferirá siempre á todas las glorias la gloria del martirio.
LOS GÜELFOS Y LOS GIBELINOS DE ROMA.
La nacionalidad italiana, hasta ahora, ha cambiado la superficie, pero no ha cambiado el fondo de la Ciudad Eterna. La idea que en Roma domina es la sublime idea de la muerte, y su necesario complemento, la idea de la eternidad. En vano las instituciones modernas brotan sobre las moles de los tiempos antiguos; como los festones de hiedra sobre las ruinas, sólo sirven para acrecentar la solemnidad y la tristeza. ¡Ah! Lo presente nada vale aquí donde las generaciones comparan á cada instante y á cada paso la propia fugaz brevedad con los momentos eternos. Los celajes de lo porvenir se cierran á la vista. La idea de lo porvenir habita esas regiones de América, del Nuevo Mundo, sin historia, y con la naturaleza vírgen, exuberante, furiosa, espaciándose en selvas inexploradas, en floras gigantescas, en legiones de animales innumerables, como un verdadero incendio de vida, como el comienzo ígneo de un nuevo planeta recientemente desprendido del sol. Pero entre tantos sepulcros, sobre estos montones de huesos, en los océanos de cenizas que á la Ciudad Eterna rodean, ni cabe la esperanza ni el presentimiento de lo porvenir, tan ligados como á la juventud de nuestra vida individual, á la juventud del Universo. Despues de abrazar de una sola ojeada innumerables centurias esculpidas sobre columnas que el tiempo separa con siglos y el espacio reune en el mismo sitio; despues de ver que ciertas inspiraciones y ciertas grandezas no se han repetido, os atrae bien poco lo porvenir terrenal, sujeto á las mismas luchas y á las mismas derrotas que lo pasado; y os sobrecoge el deseo impaciente de penetrar en otros horizontes nunca vistos, en otras esferas nunca alcanzadas, en otros cielos superiores á nuestros cielos, en las sombras infinitas de la eternidad. Luégo, la naturaleza se ha complacido en formar aquí una necrópolis en rivalidad con la Historia. El árbol por excelencia de Roma, es el cipres; las plantas por excelencia de toda ruina, la ortiga y la cicuta. Los rios, de suyo alegres, tienen aquí la tristeza de los rios del infierno pintados en los frescos de la Edad Media. Las lagunas pontinas exhalan miasmas de corrupcion y siembran la campiña de muertos, y dan á los campesinos, en todas partes más robustos que los ciudadanos, la verdosa amarillez de los cadáveres. Esta amenaza de la fiebre, presente siempre á los ojos, sonando como el llamamiento del sepulcro en los oidos, esparcida hasta en el aire que os anima y os refrigera, enseña cómo sobre Roma solamente han quedado la sombra de los gladiadores pidiendo venganza; los manes de los mártires de tantas causas ó vencidas ó vencedoras; los ángeles del juicio y del exterminio ideados por los antiguos Apocalípsis; las tristezas sublimes de todas las ciudades nuestras.