Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)

Part 10

Chapter 103,721 wordsPublic domain

Á la edad de veinticuatro ó veinticinco años, terrible enfermedad le sobrecoge y le lleva á las puertas del sepulcro. Pero sale triunfante de esta prueba, y en la convalecencia extrañas visiones se dibujan confusamente por sus retinas caldeadas de ardentísima calentura é hinchan su corazon de amores hasta entónces desconocidos, como si toda su alma se desprendiese de las terrenales ligaduras y sobrepuesta al cuerpo se recreára en contemplarse á sí misma y en contemplar á traves de sus ideas, como á traves de claro vidrio, la imágen de Dios. La fuerza de la costumbre, sin embargo, le llevaba á sus antiguos placeres, cual si en ellos se encerrase toda su vida y lo confundia con sus antiguos amores, cual si no pudiese sin ellos pasar por este mundo. Un dia siente la ciudad estrecha, la tierra árida, sus amistades insípidas, sus amores vanos, la campiña de Asis como un desierto, el cielo como un pálido crepúsculo, sus ambiciones como fantasmas y se propone desasirse del mundo y perderse en ideal superior á la vida. Para llegar desde el torbellino y el huracan de todos los placeres á este rudo ascetismo, habia necesitado pasar por muchos y muy crueles tormentos. Lo que más le apenaba en tan suprema crísis, era el horror que sentia hácia sí mismo, el menosprecio de todo su sér, el remordimiento por su pasada vida, sus locos placeres, sus locas ambiciones. Aparecia deforme y monstruoso á la mirada más escudriñadora y más segura; á la mirada de su propia conciencia. Queriendo combatirse á sí mismo, se lanzaba al torrente de sus antiguas alegrías á ver si en el ruido y en el movimiento ensordecia su interior hasta no oir esas voces de reconvencion y de angustia que le trastornaban. Pero las fiestas públicas aumentaban su tristeza, el canto le sonaba á carcajada histérica, el vino le sabía á vinagre, los manjares á hiel, la hermosura á frio esqueleto, el amor á hastío, la amistad mundana á mentira, y sobre los trasportes del placer oia la salmodia de invisible entierro que llevaba á sepultar en lo pasado toda su existencia tal como hasta entónces habia sido. La soledad se convirtió en su única compañera. Allí, apartado del mundo, se veia frente á frente á sí mismo y analizaba sus pasados afectos y argüia contra sus ambiciones como contra sus pecados. Muchas veces los amigos le asaltaban, le sacudian para arrancarlo de aquel sueño, le llevaban á las fiestas; pero él, deseoso de no desmerecer á los ojos mundanos de aquellas gentes y no revelar las interioridades del alma, pretextaba buscar un tesoro, é iba á encerrarse en oscura caverna donde, entre ayunos, maceraciones y penitencias, se alejaba de toda su vida pasada y prometia y juraba abrazar otra vida contraria. Cuando entraba en la caverna semejaba un hombre de este mundo, y cuando salia semejaba un hombre de otro mundo, como si bajase de alguna region sobrenatural, como si trajese en su retina y en su frente resplandores de lejanos cielos, como si se trasparentára su recóndita alma. Habia perdido toda idea del tiempo y del espacio en que estaba, y tomado alas sobrenaturales y trasportádose á la tarde suprema del Calvario, donde veia las tinieblas en los cielos y los terremotos en la tierra; las piedras rompiéndose de dolor y las estrellas disipándose en cenizas, la ciudad proterva iluminada por el relámpago y el pueblo deicida iluminado por la ira; fuera los esqueletos de su sepulcro y velados los ángeles en las nubes; las santas mujeres confundiendo sus sollozos con los bramidos del huracan y el discípulo amado y la Vírgen Madre al pié de la cruz en cuyos brazos pendia el Hijo del Hombre sacrificado en desagravio al Eterno por rescate de todas nuestras culpas, con la cabeza caida sobre el pecho, las sienes traspasadas por espinas goteando sangre, abierto el costado, desgarradas las manos y desgarrados los piés, próximo á lanzar aquel último suspiro y aquel último gemido que llevó hasta la eternidad el eco de nuestros dolores y la sombra de nuestras acerbas tristezas en aquella última hora de la consumacion de todas las profecías por el holocausto de la divina víctima y del milagro de nuestra costosa redencion por el dolor y por el martirio. Y cuando habia visto todo esto con los ojos y tocádolo con las manos, sus sienes se taladraban, se abria su costado, llenábase de sangrientas nubes su vista, caíasele sobre el pecho la cabeza, llagábanse sus manos y sus piés, sentia en el alma todas las angustias como en el cuerpo todos los dolores del divino mártir, y salia por calles, por encrucijadas, por campos vertiendo lágrimas, pues aunque todos los seres creados llorasen por toda una eternidad la muerte de Cristo, no llegarian al dolor que tan sublime sacrificio debe merecer á la humanidad regenerada. Y la transfiguracion de Francisco es como la transfiguracion de Sócrates, como la transfiguracion de Cristo, como todas las grandes transfiguraciones, en el dolor y en el martirio.

V.

Los padres de Francisco se inquietaban mucho de los trasportes de su hijo, ellos que no se habian inquietado tanto de sus placeres. Parecíales que en tal estado perdia la salud y arriesgaba la vida. Lo que más les apenaba era ver el demacrado rostro, la rugosa piel, los ojos vidriosos, las manos huesosas, la frente surcada, los pómulos caldeados, trémulos todos los músculos, ahuyentado el sueño de sus párpados enrojecidos, ocupada la mente de visiones, fuera de su cauce natural la vida, como si perteneciese á otro mundo. Las tradiciones refieren que un dia se fué á comunicar la vocacion de penitente al padre desconsolado. Temblaba en los labios de Francisco la palabra y crujíanle los huesos en las rodillas. Apénas acertaba á proferir una frase, porque preveia cuánta amargura iba á derramar en las paternales entrañas. Su familia habia soñado para aquel hijo querido con una posicion desahogada, con un comercio agrandado, con provechosos viajes allende los montes, con un matrimonio de conveniencia, con un influjo político en aquellas repúblicas donde ya comenzaba á sopreponerse la nobleza del trabajo á la nobleza del combate. Imaginaos cuánta sería su pena al oirle que despreciaba toda aquella fortuna aglomerada con tantos desvelos para él; que la queria repartir entre los pobres; que iba á darse á la soledad y á la contemplacion de las cosas eternas; que tosco sayal bastábale para sus carnes manchadas por el pecado, grosera cuerda para sus maldecidos ríñones, las hierbas del campo para alimento, las cavernas para vivienda y para reparar sus fuerzas, por toda licor el agua que la lluvia deposita en las líneas de las peñas, donde las aves se embriagan y toman fuerzas para perderse en lo infinito y henchirlo de cánticos que son verdaderas alabanzas al Criador.

Los padres no quieren jamas una carrera demasiado vertiginosa para sus hijos, un ministerio que pudiera traerles mucha gloria, pero tambien muchos dolores. Sublimemente egoistas, por preservarlos hasta del tormento de las humanas grandezas y del vahido de las inaccesibles alturas, los llaman á la felicidad vulgar que se encierra siempre en las doradas medianías de la vida. El padre de Ovidio no queria que su hijo cantase, como si adivinára que los cantares le habian de arrastrar al destierro y le habian de entristecer toda la existencia; el padre de Petrarca no queria tampoco oir que fuese, aquél á quien habia consagrado para sacerdote de la Iglesia, amante de las Musas, como si temiera dolores tan agudos en gloria tan grande cual un amor sin esperanza; el padre de Miguel Ángel le vedaba el buril, los pinceles y le arrancaba de los talleres, adivinando aquel genio aislado en su gloria como el Dios semítico en la eternidad, dolorido por las desproporciones gigantescas entre las ideas y los medios de expresion, sin precedentes y sin posteridad, sin mujer y sin hijos, sin familia y sin amigos, sólo con el peso de sus pensamientos, grande, muy grande despues de su muerte, pero desdichado, muy desdichado en la vida. El buen comerciante Bernardone queria para su Francisco el hogar y no las cavernas, el amor y no el tormento, la fortuna y no la miseria, la felicidad y no el combate, un lecho mullido en invierno y no la lluvia y el viento, un abrigo contra las tempestades y no el deshecho oleaje de embravecido mar de lágrimas, la felicidad vulgar y no la penitencia, la vida ordinaria y tranquila, pero no el dolor y el martirio, aunque luégo le valiesen la inmortalidad. Así es que, ciego de cólera, le castigó duramente. Todavía se enseña en Asis el sitio donde le encerró y le ató para que no se escapase á emprender sus vocaciones celestes. Todavía se ve en una Iglesia el fondo de la oscura mazmorra, la efigie del santo en oracion, su cuerpo atado con duras cuerdas, mustia luz iluminándole en aquel tormento aceptado con resignacion como una nueva prueba de su amor á Dios. La madre, la madre cariñosa, amante, con las entrañas desgarradas, fué á soltar al pobre pajarillo enjaulado, á dejarle todo el aire y todo el cielo por que suspiraba, áun á costa de verlo llevarse en aquel vuelo desde el sacro nido al frio claustro su corazon á pedazos. El santo corrió á su arbitrio por montes y por valles, se hincó en las alturas y se encerró en las cavernas; predicó á las aves del cielo y á los hijos del hombre; se armó contra todas las pruebas que pudieran aguardarle de estas dos ideas, de que el dolor debia tomarse como un presente del cielo y la muerte misma tenerse despues de sus horrores y de sus tristezas como una perfecta vision de Dios. Pero su familia no podia creer en esas extraordinarias vocaciones. El refran evangélico de que nadie puede ser profeta en su patria, se confirma siempre. La familia, los amigos, ven demasiado cerca las enfermedades del niño, las pasiones del jóven, las faltas del hombre, las miserias de la vida diaria para creer que pueda trasformar una edad, redimir un mundo, torcer la corriente de los tiempos, levantarse á las alturas donde brillan y truenan los héroes y los dioses de la historia. No saben los seres vulgares, allá en su órbita estrecha, de cuánto poder está dotada una fe profunda y de cuántas maravillas es capaz una virtud incontrastable. En aquellos predestinados á renovar el espíritu, á purificar la tierra, suele poner la previsora Providencia facultades en armonía con sus maravillosos fines, como la naturaleza da órganos en proporcion con sus respectivos destinos en la vida universal á todos los seres orgánicos. Una vocacion extraordinaria, un trabajo hercúleo, una elocuencia maravillosa, un amor incomprensible al combate y al martirio, una inspiracion febril, suelen, desequilibrando las facultades, dar al predestinado, juntamente con inmarcesibles glorias, irremediables desgracias y defectos. Al fin, toda verdadera grandeza se resuelve en verdadero martirio, y algo hay por necesidad que quitar de todo cuanto favorece á la familia y al hogar, en aquellos destinados á servir desde los resplandores de la gloria, esa hoguera voracísima y martirizadora, á toda la humanidad y á toda la tierra.

Imagínese el efecto que produjera entre el vulgo ver convertido en penitente al galan, y sus cánticos en sermones, y sus brocados en sayal, y sus amores fáciles en heridas profundas, y sus orgías en penitencia, y su vida ligera en muerte anticipada por el sacrificio y por el martirio. Unos se reian á hurtadillas, pero otros á mandíbulas batientes y en su cara. Los más le tenian por loco. Tirábanle los chiquillos de la calle piedra y barro; azuzaban los perros para que le mordieran; seguíanle en tropel como á un bicho raro, mofándose de él, escarneciéndole, insultándole, entre la pública algazara. Pero contra todas estas amarguras tenía el pobre solitario su incontrastable resignacion. No hay sino leer el capítulo octavo del libro titulado: _Fioretti di San Francesco_, que se encuentra á cada paso por las librerías de Italia. Andaba el santo en compañía de un su hermano en Cristo llamado Leon desde Peruza á la Vírgen de los Ángeles, por mal camino y agrio tiempo. El viento era huracanado, y el frio intensísimo. Viendo Francisco tiritar á Leon, propúsole una especie de problema, á saber: que acertára dónde estaba la verdadera alegría. Leon no podia acertar, y San Francisco le dijo: ¿Pues no es verdadera alegría volver el oido al sordo, el movimiento al paralítico, la vista al ciego, la vida al muerto; ni saber todas las lenguas, ni profesar todas las ciencias, ni descubrir todos los misterios de lo pasado y los secretos de lo porvenir, ni conocer las cosas divinas y humanas, ni predicar de tal manera que se convirtiesen por un solo sermon todos los infieles á la fe? encontraríase la verdadera alegría en que, al llegar á nuestro convento, calados por la lluvia, transidos de frio, exhaustos de fuerzas, muertos de hambre, y llamar á la portería, el portero nos preguntase quienes éramos, y dándole nuestros nombres, nos desconociese y nos creyese dos malhechores errantes por el mundo en acecho de las ajenas haciendas, y saliera y nos agarrára por la cogulla y nos derribára al suelo, y arrastrándonos sobre el barro helado, nos diese con nudoso palo tal paliza, que nos quedáramos ambos por muertos, amoratados de los piés á la cabeza; que entre los dones del Espíritu Santo el mayor es vencerse á sí mismo y soportar todas las injurias y todos los dolores y todas las tribulaciones por la gloria de Cristo. Así, al principio de su conversion, viéndole triste y cabizbajo sus amigos, preguntábanle si se fijaba al cabo en alguna dama y padecia de amor, á lo cual contestaba en el estilo caballeresco propio de los libros más leidos entónces, que el amor le metia en su fragua y lo abrasaba y lo enrojecia como á hierro candente, trastornándole por una dama cuyo recuerdo tenía siempre en la memoria, y el nombre en los labios, y la divisa en el pecho; la más noble, hermosa y buena que podia soñarse, á saber: la pobreza, hija del cielo y tendida sobre los estercoleros de la tierra, pero con poder bastante á desasirlo de todas las miserias terrestres y elevarlo á la vision de Dios y á la compañía de los ángeles, pues recibió á Cristo en el establo y lo condujo hasta el Calvario, y cuando sus discípulos le abandonaban y corrian á ocultarse de las iras de los tiranos y de las furias de los elementos y la Vírgen Madre no podia llegar hasta su divino cuerpo desde el pié de la Cruz, la pobreza, invisible, pero presente en lo alto, le abrazaba y le veia más cerca que nunca como la esposa inseparable del Redentor, tanto en vida como en muerte.

Llevado de estas inspiraciones, fundó sobre aquel férreo mundo feudal la órden de su nombre, que se alzaba en estas tres virtudes capitales: en la castidad más pura, en la pobreza más grande y en la obediencia más ciega, como holocaustos ofrecidos á la pasion y á la memoria de Cristo. Y despues de haber consumido su vida en la caridad; despues de haber organizado su Asociacion, compuesta de pobres y humildes; despues de haber sido un ideal viviente de penitencia, á los cuarenta y cuatro años, atormentado por todo género de enfermedades, absorto en toda suerte de éxtasis, perteneciendo á este mundo por los últimos eslabones del tiempo y de la vida, y á otro mundo mejor por los llamamientos de su inquieto deseo, San Francisco entró en agonía y al comprender que no le quedaba en este bajo mundo cosa alguna por intentar, y que se iba á otra vida, apretóse sayal y cilicio, amontonó como lecho propio de su cuerpo desgarrado frias cenizas, hincó las rodillas y plegó las manos, puso los ojos en el crucifijo, llamó á los monjes sus compañeros para que en torno suyo entonáran al són del órgano la poesía y los cánticos compuestos en las horas de místico deliquio, los cuales encerraban el _Te Deum_ consagrado por todas las cosas creadas desde el sol hasta la luciérnaga á su Creador, y recibiendo la muerte en sus párpados como si recibiera tranquilo sueño, volóse el alma en pos de lo infinito, á la manera de una melodía religiosa, de una nube de incienso, de una amorosa plegaria, de una etérea llama.

La muerte es verdadera trasfiguracion. El sér más vulgar crece y se vuelve un sér sagrado en el sepulcro. Encierran los cadáveres en su ataud sus errores, sus faltas y sus vicios, como si fueran los gusanos de la podedumbre y sólo exhalan los aromas de la virtud, como si la virtud solamente fuera el alma inmortal. No debiamos pintar la muerte como un esqueleto, con los ojos cavernosos, huecos, vacíos, y la guadaña en las huesosas manos despojadas de venas, fibras, nervios y piel; debiamos pintarla como divino ángel, sonriente, gozoso, luminoso, que recoge las almas en sus blancas inmaculadas alas y á traves de lo infinito, entre los coros de las estrellas, se las lleva para engarzarlas allá en la inmensidad de los cielos. El sepulcro vacío, oscuro, silencioso, donde todo acaba, es un océano de luz y de vida. El problema de nuestra existencia no está en vivir, sino en morir; no está en pasar por este mundo, donde todos combaten, quieran ó no; está en llegar al puerto seguro de la muerte, donde todos descansan. La creencia general no se engaña cuando afirma que nuestra tumba es cuna, nuestro ataud lecho, y el cadáver podrido para este mundo un recien nacido para otro mundo mejor. Así, en cuanto el pobre penitente de la Porciúncula se perdió en las tinieblas de la muerte, comenzó á brillar en sus sienes la aureola de la inmortalidad. Todo cuanto habia de vulgar en su vida, de desordenado en sus palabras, de extraño en su proceder, de original y hasta insensato en sus maneras y en sus costumbres, todo se perdió, y sólo quedaron los resplandores de su alma en los cielos, las cadencias de sus cánticos en los aires, las huellas de sus virtudes en la tierra, el eco de su predicacion religiosa en los oidos, las llamas de su caridad en los corazones, las historias de su vida y de su muerte trasformadas por la fe en una religiosa leyenda. El calavera de los juegos y de las jácaras, el rey de los festines orgiásticos, el ambicioso de principados y castillos, el pobre loco á quien su padre ataba en una prision, el extravagante insensato, á quien los pilluelos tiraban piedras, muerto, enterrado, envuelto en esa tierra del sepulcro donde todas las grandezas acaban, pasó á ser el santo de los santos, el nuevo Cristo con sus manos y sus piés y su costado abiertos por la fe, el intermediario privilegiado entre el cielo y la tierra que debe estar durante toda la historia de rodillas en alturas inaccesibles para interceder con Dios á favor de la Humanidad, el ángel del Apocalípsis, entrevisto por San Juan desde su isla de Pátmos, que ha de venir, cuando los soles se apaguen, y se pulvericen los mundos, y se enrollen los cielos como un pergamino abrasado, á recoger las almas justas y guiarlas á las serenas alturas y á la incomunicable presencia del Eterno.

VI.

Conocido el San Francisco de la historia, precisa conocer el San Francisco de la leyenda. Por poco que ésta se estudie, obsérvase desde luégo un empeño preestablecido de aproximar la vida del Santo á la vida de Cristo. La leyenda os dirá que se presentó hermoso ángel á su madre en la preñez para decirle todo el precio de la criatura engendrada en sus entrañas y para mandarle que pariera en pobre establo. El guía que nos acompañaba por el intrincado laberinto de las pendientes calles de Asis, decíanos en la Chiesa Nuova levantada sobre el sitio que ocupaba la casa de San Francisco, enseñándonos una puerta: «Por aquí entró el ángel enviado de Dios y por aquí salió la santa madre á dar á luz su hijo en la cuadra y prepararle por toda cuna un pesebre.» Francisco tiene doce apóstoles y entre estos apóstoles un Júdas que lo vende y se ahorca. De sus discípulos, uno fué arrebatado hasta el tercer cielo como San Pablo; otro tocado en sus labios por carbones encendidos para que cantára eternamente celestes alabanzas como Isaías; éste, trasportado á ver cara á cara á Dios y á departir con él amistosamente como Moises; aquél, suspendido de alas tan potentes como las alas del águila de San Juan Evangelista, y el de más allá canonizado por Dios mismo en la gloria, ántes de ser canonizado por el Papa en San Pedro. Leed el capítulo primero de las _Fioretti di San Francesco_.

Cierto dia, el más noble y el más rico de los caballeros de Asis, viendo la piedad de Francisco y la entereza con que soportaba todas las injurias, llevóselo á su casa para examinar de cerca tanta virtud. Acostáronse ambos amigos en el mismo cuarto, y Francisco no se atrevia á rezar, temeroso de que Bernardo arguyera de farisáicas sus devociones. Pero como fingiera éste haberse dormido pronto y roncára con fuerza, el mendigo se hincó de rodillas y estuvo toda la noche invocando á Dios para que socorriera á la desfallecida humanidad. Al dia siguiente Bernardo pidió á Francisco que le admitiera en su compañía y le dejára vivir su misma vida. Convino éste, pero á condicion de ir juntos á misa y de consultar juntos el Evangelio. Tres veces le abrieron y tres veces toparon con las máximas que prescriben dejar todos los bienes de la vida para abrazar la cruz y no llevar al viaje de este mundo ni sandalias, ni zurron, ni báculo, y repartirlo todo entre los pobres, sin desvelarse por el vestido ó por el alimento, pudiendo estar seguros los buenos de que les sostendrá quien sostiene á las aves del aire, las cuales ni siembran ni cosechan, y de que les vestirá quien viste á los lirios del valle, los cuales ni hilan ni tejen. Y las mayores riquezas de Asis, que eran las riquezas de Bernardo, pasaron de sus manos á manos de los pobres. Y un avaro llamado Silvestre, como viera repartir tanto dinero á los franciscanos, reclamó el importe de unas piedras entregadas al Santo para erigir piadosa iglesia. Y como si los tesoros de Bernardo no hubieran de agotarse, díjole Francisco al avaro que fuera á sus cajas y tomase cuanto le pidiese el gusto. Sacó el avaro á su arbitrio las monedas que debian satisfacerlo, y se encontró ménos satisfecho que nunca. Y vió en sueños á San Francisco y de sus labios saliendo inmensa cruz, cuya cima tocaba al cielo y cuyos brazos á Oriente y á Occidente. Y se convirtió y fué uno de los doce apóstoles, predicando el desprecio de todas las riquezas y el amor á Dios.