Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada actualmente.
* Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a la grafía de mayor frecuencia.
* Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de interrogación.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
RECUERDOS DE ITALIA.
RECUERDOS DE ITALIA
POR D. EMILIO CASTELAR.
SEGUNDA PARTE. 3.ª edicion.
MADRID: OFICINAS DE LA ILUSTRACION ESPAÑOLA Y AMERICANA, CALLE DE CARRETAS, NÚM. 12, PRINCIPAL MDCCCLXXXIV.
Queda hecho el depósito que prescribe la Ley, para los efectos de la propiedad literaria.
EST. TIPOGRÁFICO DE LOS SUCESORES DE RIVADENEYRA, impresores de la Real Casa.—Paseo de San Vicente, 20.
PRÓLOGO.
Publico hoy el segundo volúmen de los _Recuerdos de Italia_, escrito con el mismo método y los mismos procedimientos del primero. Donde quiera que un monumento, una ciudad, una persona ilustre, un territorio célebre han herido mi atencion, heme parado á contemplarlos y describirlos, dando en bosquejo fugaz, no sólo idea concreta de ellos, sino cuenta exacta de la serie de ideas que me han inspirado sus celajes, sus líneas, sus recuerdos, sus ruinas, su destino en la historia, su misterio en la poesía y en el arte. Muchas veces la personalidad histórica que de un paisaje se levanta, lo borra con su luz como el sol á las estrellas y lo supera con toda la superioridad que tiene el espíritu sobre la naturaleza. Esta consideracion me ha llevado á unir el nombre de Virgilio á Mantua, el nombre de San Francisco á Asis, el nombre de Tasso á Sorrento. En cambio no me atreví á recordar casi que hay una tiranía horrible unida á la isla de Capri, que hay un nombre abominable ligado con aquellos hermosos promontorios, el nombre de Tiberio; porque, decidido á elevar la conciencia humana como una hostia consagrada hácia lo infinito en pos del ideal, no quiero recordar ni sus desfallecimientos ni sus eclipses, ni sus sombrías noches, sobre todo cuando estudio y describo paisajes, épocas, monumentos á mi arbitrio.
Deseoso de dar á alguno de mis amigos pruebas verdaderas de afecto, les he dedicado en su dia y vuelvo á dedicarles ahora alguno de estos trabajos. Al señor D. Alfredo Adolfo Camús, mi antiguo catedrático en letras clásicas, varon ilustre de extraordinaria ciencia, á quien debemos ya várias generaciones la iniciacion segura en el templo de la antigüedad, le he dedicado un escrito á lo antiguo consagrado; el estudio conocido con el nombre de _Mantua y Virgilio_, pálido reflejo de la multitud de ideas recogidas en su sábia enseñanza, lejano eco de las admirables lecciones de su cátedra, pobre desquite de la ingratitud con que ha pagado la pública Administracion cuarenta años de no interrumpidos servicios á los grandes ideales literarios y á la ilustracion de la juventud española. Compañero en la visita á los claustros y á las iglesias de Asis, guía ilustre mio en aquel inmortal cenobio que se eleva como la tumba de Cristo en la cima de las edades; gran artista, honra de la Pintura española, el Sr. Casado del Alisal, cuyos consejos, cuyas advertencias, cuyas ideas en mis paseos por Roma y sus alrededores no olvidaré jamas, ha recibido con afecto la dedicatoria del Monasterio franciscano y de sus riquezas artísticas. Lo mismo ha hecho mi fraternal amigo el Sr. D. Buenaventura de Abarzuza respecto á la parte de este trabajo consagrada á referir cómo la vida del Santo se convirtió en leyenda y cómo la leyenda influyó soberanamente en la transformacion de las ideas por aquellos tiempos creadores, por aquel siglo décimotercio, de tanto y tan decisivo influjo en la humanidad y sus destinos. Profundo talento político el talento del Sr. Abarzuza, conocedor como pocos de la misteriosa manera con que los puros ideales penetran en la realidad y la transforman, ha aceptado este pobre recuerdo que yo debia á quien tanta luz me ha dado en difíciles circunstancias con sus profundas consideraciones, y tanta experiencia con sus admirables puntos de vista sobre los movimientos de esta máquina social tan complicada y tan compleja.
He mezclado, como en el primer tomo, á las consideraciones filosóficas, históricas, literarias y artísticas, consideraciones políticas: que al cabo la política no es otra cosa sino la cristalizacion de todas las ideas, y su resultado social. Así es que, no sin intento deliberado, he puesto junto al espectáculo que ofrece y á la enseñanza que da la democracia de los Grisones, el espectáculo que ofrece y la enseñanza que da el despótico reino de Monaco. La libertad ha hecho fecundas las áridas crestas de unas montañas envueltas en el sudario de perdurables inviernos, y la tiranía ha manchado las playas hermosísimas donde la naturaleza y el espíritu brillan con sus más bellos resplandores. É igual idea de libertad me ha llevado á encarecer la democrática ciudad de Florencia, ese faro del espíritu moderno, y á publicar el discurso que pronuncié en el banquete dado en mi obsequio por los representantes de la prensa y de la tribuna progresistas en su Ateneo de Roma. Eternamente vivirán en mi memoria aquella velada y aquellos obsequios. Los promovió mi amigo, el gran orador Mancini, asociándose todos los representantes más ilustres del partido que mantiene la libertad en Italia. Mi gratitud por tantas distinciones, será eterna. Y en prueba de ella voy, despues de un año, sin auxilio de ningun apunte, sin consultar ningun periódico, á describirla, y de su descripcion resultará su importancia. De dos cosas prescindiré por completo: primero, de la parte de elogios consagrados á mí, elogios naturales en fiestas de esta clase, que yo omito por razones de delicadeza, pero que no pagaré jamas con la moneda de un olvido ingratísimo; y segundo, de la parte de etiqueta y de ceremonia, propias de todos estos festejos, y á mis lectores poco interesante. Lo que en realidad interesa á todos, el número de ideas principales vertidas en aquella fiesta, queda en estas páginas con su inextinguible resonancia, como queda en mi corazon y en mi memoria. El primero en hablar fué el ilustre repúblico Depretis, que preside actualmente el Consejo de Ministros. Sus palabras tuvieron grande importancia, como inspiradas en esta idea capital: en la union de Italia y España. Efectivamente, si hay naciones que puedan reunirse en comunidad de ideas son estas dos grandes naciones mediterráneas. Tenemos nombres que son españoles é italianos, como Colon, Doria, Farnesio y Ribera. Los agravios mutuos, como nuestras sendas conquistas, pueden olvidarse y perdonarse fácilmente, que medios de relacion eran al cabo en los duros pasados tiempos. Pero nosotros no podemos olvidar la influencia de Italia en sucesos como las conquistas de Mallorca y Almería en artistas como Juanes y Velazquez, en escritores como Garcilaso y como Cervántes. Y los italianos jamas olvidarán que nosotros convertimos en verdadero paraíso sus campos partenopeos desecando las lagunas infectas; que nosotros amparamos aquella democrática república de Génova, tan española como cualquiera de nuestras más españolas regiones; que nosotros emprendimos con esa misma Génova y Venecia la inmortal hazaña de Lepanto.
Despues del Sr. Depretis se alzó el Sr. Crispi. Gran conocedor de nuestra historia y de nuestra política; su discurso tuvo un sentido práctico, propio de quien ha defendido tan prácticamente y con tanto tacto la libertad en Italia. Narró el estado de marasmo en que habia caido Europa ántes de nuestra revolucion de Setiembre. Todo el mundo creia en Italia imposible coronar la obra de la unidad con la reivindicacion de Roma, y en Francia sustituir al Imperio la forma natural de aquella democracia, la República. Y estalló nuestra revolucion y sembró tantas ideas en las conciencias, que hasta los ánimos más apocados se movieron á la esperanza y hasta los pueblos más oprimidos pensaron en su resurreccion. El Imperio, viéndose perdido, pasó de la libertad á la guerra para evitar un inevitable naufragio. Y el espíritu inmortal de la libertad entregó á Francia su República y á Italia su capital. Atronadores aplausos, consagrados á la revolucion de Setiembre y á sus representantes, resonaron en aquel salon lleno de ilustres defensores de la libertad italiana.
Un senador, el general Fabrizi, habló despues del Sr. Crispi, y recordó su afecto filial á España y los servicios prestados á la libertad en la penúltima guerra civil por él y otros compañeros cuyos corazones laten todavía como en la juventud al recordar y evocar nuestras gloriosas libertades. Efectivamente, la amistad de ambos pueblos aparece tan estrecha, que la Constitucion de 1812 goza igual renombre en Italia y en España; y los más ilustres generales italianos, como Fabrizi, como Fanti, como Cialdini, han derramado bajo nuestras banderas su sangre por la libertad de la antigua España á la manera que el inmortal Garibaldi la ha derramado tambien por la emancipacion de la jóven América. Despues hablaron los dos diputados, Sres. Nicotera, hoy ministro de la Gobernacion, y Bertani, representante de la democracia más avanzada en el Congreso italiano. El primero pronunció un discurso en que resaltaba el más profundo sentido político sobre la regla y la medida á que deben someterse los pueblos latinos para fundar instituciones libres que resulten duraderas en el suelo de nuestras históricas penínsulas meridionales sembradas de tantas y tan pasmosas ruinas. El segundo, antiguo defensor de la más avanzada democracia, al lado de sentimientos generosos y de ideas levantadas, dirigió algunas reconvenciones á la nacion española por lo que él llamaba ingratitud á mis servicios, palabras que explican las protestas de mi discurso; pues agradeciendo la exaltada amistad que las proferia, ni por un momento era dado tolerar cosa alguna que directa ó indirectamente cediera en desdoro de nuestra amada patria. En todo cuanto se refirió al espíritu de libertad que animó á Italia y á España durante el siglo estuvo el Sr. Bertani en lo cierto y habló con elocuencia inspirada por ideas de justicia.
Dos discursos se pronunciaron despues igualmente notables; uno del jóven príncipe Odescalchi y otro del gran historiador y filósofo Ferrari. Quien conozca á Roma no puede ménos de conocer á Odescalchi, y quien admire á Italia no puede ménos de admirar á Ferrari. El primero visita los talleres de todos los artistas; estudia las piedras de aquel suelo donde por todas partes encontrais grandes pensamientos petrificados en maravillosas ruinas; reune y clasifica museos que en pocos años crecen y se abrillantan, merced á la riqueza artística de tan privilegiada tierra, miéntras el segundo, maestro sin rival de la historia en los tiempos modernos, digno sucesor de Maquiavelo y de Vico, posee la astronomía digámoslo así, de las sociedades humanas, como Galileo poseyera la astronomía de los cielos. Por desgracia una enfermedad terrible, y en su juventud y en su robustez bien extraña, ha herido al príncipe, y la implacable muerte nos ha arrebatado al filósofo. Imposible decir aquí cuánto dolor he sentido al saber una y otra nueva, porque tambien es imposible decir el afecto que ambos me profesaban y á que correspondia como correspondo á todos los afectos, con usura. Italia ha perdido en el príncipe un sacerdote entusiasta del culto de la patria, y en el escritor uno de sus más profundos y más grandes pensadores; yo dos fraternales amigos. Odescalchi habló con el calor propio de sus años y con la belleza propia de su lengua; habló largamente del genio artístico de nuestras dos naciones, y Ferrari habló de una manera maravillosa de nuestra historia, del saber de nuestros andaluces, del nacimiento de nuestro idioma; de las obras científicas que dábamos al mundo en el siglo décimotercio, del esmalte oriental que traiamos á la poesía moderna; de la libertad de los municipios castellanos y del sentido popular de nuestro derecho foral; del genio dramático que poseyeron nuestros poetas, y del sentimiento de pundonor que despertaron en la Europa feudal nuestros caballeros; de todas las virtudes y de todas las glorias, en fin, de esta España á quien la humanidad debe la revelacion y el conocimiento de nuestro hermosísimo planeta.
Á tantas muestras de entusiasmo como iban mezcladas con estos profundos pensamientos filosóficos, literarios, políticos é históricos, pude corresponder y correspondí con mi discurso, pálido entre tanta luz, y pobre entre tanta profusion de talento y de ingenio. Pero hablo de todo esto en el prólogo porque el discurso resume la idea práctica que me ha movido á escribir así mis libros sobre Italia como mis libros sobre Francia, reservándome para más tarde publicar, si tengo tiempo y fuerza, alguno tambien sobre Portugal. Y esta idea, es la union de los pueblos latinos en espíritu que prepare para mañana, para dias mejores, una confederacion que será ornamento de la humanidad y de su historia. Sembremos con los ojos puestos en este grande ideal; sembremos cuanto podamos. No nos curemos de qué tiempo ni qué generacion recogerán esta siembra. Como vivimos en las generaciones pasadas vivirémos en las generaciones futuras participando, dada la inmortalidad del humano espíritu, de sus grandezas y de sus glorias.
LOS GRISONES.
Antes de entrar en Italia, miremos un instante esta region de la Engadina, suiza por la historia y la geografía y la política, italiana por la lengua, derivada del antiguo latino.
Cuando habitais un pueblo que ha sabido aliar el órden con la libertad, la autoridad social con la democracia individualista, la libertad en el pensamiento con la sensatez en la conducta, la eleccion de las autoridades todas con el respeto y la obediencia, no os canseis de verlo, de estudiarlo, de admirarlo, como no me canso yo de ver, de estudiar, de admirar esta nobilísima Suiza. Lo primero que salta á vuestra vista es la ausencia completa de ese elemento demagógico tan opuesto al órden regular y al desarrollo legítimo de la autoridad como al progreso y al afianzamiento de todas las libertades. En seguida veis que los pueblos libres son pueblos pacientes, que detestan las improvisaciones, que no entienden la palabra revolucion, gratísima á los oidos de nuestros pueblos latinos, los cuales en su inexperiencia sacuden la parálisis para moverse en la embriaguez, y despiertan de la embriaguez para caer nuevamente en la parálisis. ¿Sabeis cuánto tiempo le ha costado á Suiza llegar á la reforma de 1848? Diez y siete años. ¿Sabeis cuánto tiempo le ha costado desde que se inició hasta hoy su última reforma constitucional? Diez años. Presentada al pueblo, fué puesta en tela de contradictorio juicio, discutida largamente, desechada várias veces, y despues de maduras reformas y de prudentes pactos, votada por unos, combatida por otros; mas en cuanto tuvo la sancion legítima de una mayoría constitucional, obedecida y acatada por todos.
El poder manda, dentro de la órbita de sus facultades legítimas, con grande imperio, y se oculta en el seno de la sociedad, como Dios en el seno de la naturaleza y de la conciencia. El plebiscito es casi continuado, no ese plebiscito impuesto en medio del silencio por un césar omnipotente á un pueblo siervo, sino el plebiscito libre en sus discusiones, lleno de conciencia, que despide y recoge las ideas despues de haberlas hecho pasar sucesivamente por várias esferas y haberlas visto en diversas apelaciones, para que maduren y puedan ser aceptables y aceptadas en la viviente realidad.
Yo me encuentro en el canton de los grisones, el más grande y el ménos poblado de toda Suiza. Estamos á cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Estos pueblos, perdidos en sus montañas inaccesibles, no tienen ni la cultura ni la riqueza que los grandes pueblos, Ginebra y Zurich. Sin embargo, no encontraréis ni un pobre siquiera que os pida limosna. No veréis ningun campesino desnudo, ninguno descalzo, ninguno con el vestido remendado ó á jirones. Hablan aquí, en la parte que se llama la Engadina, donde yo habito, una especie de lengua romana que ellos presentan como la más pura y la más antigua de las lenguas neo-latinas, inmediatamente derivada de _sermo rusticus_, usual en las provincias del antiguo imperio. Y siendo éste su lenguaje nativo, todos hablan aleman, muchos aleman é italiano, algunos aleman, italiano y frances Si vais á un caserío, encontraréis un maestro de escuela pagado en parte por el comun de vecinos y en parte por el presupuesto del Estado. Recorreis estos desfiladeros; las montañas inaccesibles se amontonan sobre vuestras cabezas; las nieves eternas bajan hasta vuestros piés; las selvas inexploradas se tienden á vuestra vista; el oso aulla en vuestros oidos; el águila grita junto á su nido; os envuelven los vapores de las nubes en formacion; os aturden las cataratas derretidas de los grandes ventisqueros, despeñadas por los altos riscos; y en medio de soledades donde imaginais encontraros salvajes tribus, el telégrafo tiende su hilo misterioso para llevar en sus chispas los acentos de la humana palabra y unir entre sí con su red, verdadero nervio de la cultura moderna, estos apartados y diversos pueblos.
Hace pocos dias estuvimos en Guarda, una aldea de doscientas ochenta almas, en medio de los desfiladeros, con vistas admirables sobre los picos de las altas nevadas montañas. Tiene un camino general que pasa á corta distancia de sus casas. ¿Creeis que se ha contentado con eso? No; ha abierto un camino vecinal suyo, en zig-zags, sobre la montaña abrupta, con su suelo firme como una roca y cómodo como una sala, con sus contrafuertes semejantes á grandes fortalezas, con sus alcantarillas para el desagüe de las cascadas que bajan de otros montes más altos, con sus puentes, con sus barandas erigidas sobre abismos insondables y en territorios que parecen verdaderamente inaccesibles. Pues no se han contentado con esto. En cada encrucijada de la aldea advertiréis una especie de tapadera ó portezuela de hierro con su correspondiente cerradura, por donde pasa la distribucion de las aguas, acomodada de suerte que pueda subir á todas partes, no sólo para la limpieza, sino tambien para apagar los incendios. El maestro tiene poco sueldo, cuatrocientos francos que le da el humilde Municipio; doscientos que le da el canton por seis meses de trabajo: pero este sueldo precario le basta para enseñar en dos lenguas las nociones primeras de la instruccion indispensable á la vida. La insignificante aldea, perdida como un nido de águilas en el corazon de los Alpes, tiene su correspondiente estacion telegráfica, cuando en España no la tienen pueblos de dos mil vecinos, como por ejemplo, Villajoyosa, en la provincia de Alicante. Son de ver, al toque de la campana, las reuniones de este pueblo, que no sólo nombra sus alcaldes y sus magistrados, no sólo administra sus bienes de propios, no sólo se dirige á sí mismo en su vida municipal, sino que nombra representantes encargados de proponerle leyes, y se reserva el derecho de admitirlas ó rechazarlas, el supremo derecho de sancion.
Esta aldea tiene crédito, y apela á su crédito como cualquier Estado. Necesita una obra de utilidad general, y encuentra inmediatamente á mano los medios de realizarla, pues recurre á un empréstito, cuyos intereses paga con religiosidad, cuyo capital amortiza con presteza. El campesino, que vota los impuestos; que interviene en la direccion no solamente del Municipio, sino tambien del Estado; que discute y examina por sí los ingresos; que se reserva decidir sobre la admision de las leyes; que vive ocupado en la cosa pública, á la manera de los antiguos ciudadanos de Aténas, acaba de sacudir de su mente toda utopia, por apreciar el valor de las ideas, por conocer las dificultades de la realidad, por adquirir la madurez de los hombres de Estado; y léjos de precipitarse á subvertirlo todo, se refrena, se domina y viene á ser conservador, y conservador cuidadoso de las instituciones que tantas ventajas le reportan. Comparadlo con el ganado de siervos que pide en Bretaña la restauracion de Enrique V; con el guerrillero homicida que desgarra las entrañas de su patria para sostener á Cárlos VII; con el elector ciego que vota al candidato del Imperio nacido en el perjurio del 2 de Diciembre y muerto en la infamia de Metz; con el demagogo de nuestras ciudades que, ébrio de vino y de ódio, vocifera en los clubs pidiendo que se corten trescientas mil cabezas para reformar la sociedad; y luégo decidme si es provechosa ó no la larga educacion que procura la práctica constante de seguras y nunca interrumpidas libertades en el seno de verdadera democracia.
La libertad religiosa es completa, absoluta. Habia penetrado tan poco el catolicismo en sus conciencias, que en el siglo XVI cambiaron los grisones de religion por medio de disposiciones municipales. Un consejero de Estado me contaba que en uno de estos pueblos pasó escena bien singular y bien dramática. Los aldeanos quisieron adherirse á la reforma y se lo comunicaron así á su cura. El cura era un sacerdote virtuoso, anciano, muy querido universalmente, y dijo que por nada en el mundo cambiaria de religion, resuelto á morir en la que sus padres le habian enseñado y él contínuamente habia creido y profesado, bendiciendo á unos, casando á otros, sirviendo en sus dolores y en sus tribulaciones á todos.
Los buenos campesinos, que habian visto al santo varon desligado de todos los lazos terrenales, atento sólo á sus deberes religiosos, caritativo con el pobre, próvido con el enfermo; en la próspera como en la adversa suerte tranquilo y sonriente; sin más móvil que su fe purísima y sin más fin que el cumplimiento de sus deberes sacerdotales, no quisieron amargar sus últimos dias y juraron aguardar á su muerte para convertirse oficialmente al protestantismo. En efecto; continuaron yendo á la misa católica, practicando los deberes de su antiguo culto, como si todavía lo llevaran entero en el alma, decididos á esperar la extincion natural de la vida del anciano, que tocaba en su ocaso. Al morir le enterraron segun los antiguos ritos, le depusieron en la tumba con oraciones y responsos católicos, y cumplido este deber y observado el compromiso, abrazaron unánimes en su concejo municipal, por medio de un voto solemne, la religion protestante.