Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)
Part 21
Bella debe ser, bellísima; pero con toda su hermosura vence y anonada al hombre. Qué diferencia de los mares serenos, cuyas olas parece que esculpen las islas; de las costas armoniosísimas que se abren sin recelo á los vientos y á las aguas; de los olmos, graciosas columnas, entre las cuales se mantienen las parras con sus flexibles sarmientos y sus recortados pámpanos; de la flora artística de las orillas del Mediterráneo, flora llena de bálsamos, el jazmin entrelazado con la pasionaria, la verbena al pié del mirto, en el hondo valle el olivo, el granado, la higuera, el limonero, la viña; al borde del torrente la adelfa; en la montaña la salvia, el tomillo, el romero, la manzanilla, el árnica, todas llenas de remedios y de consuelos; sobre las flores las mariposas en su inocente jugueteo, la abeja en su trabajo, y por los aires dulces, suaves, templados al sol en los inviernos, templados á las brisas en los veranos, el coro eterno de nuestras pintadas, nerviosas é inocentes avecillas. El género humano amará eternamente esta naturaleza graciosa, bellísima, que le sostiene con su calor suave, que le alimenta con sus sabrosos frutos, que le regala con sus aromas, que le refresca con sus brisas, que le bruñe y le sana con su sol, que le recrea con los cambiantes de sus mares, y el tono rosado de sus altas montañas, y los cuadros de sus horizontes, y la arquitectura de sus cordilleras; naturaleza en la cual vive como el fauno en su gruta de hiedra y se baña como el silencio en la linfa de sus fuentes.
Nosotros nos sentimos todos parte integrante del universo. Conocemos el estrecho parentesco que existe entre la naturaleza y el alma. Los minerales nos dan la base de nuestro esqueleto. El hierro penetra en las venas, colora y enciende la sangre. Con sólo mirar el cuerpo humano se ven sus relaciones y sus armonías con las plantas. La relacion es mayor en las esferas superiores de la vida. Todas las especies animadas tienen afinidades físicas, químicas, fisiológicas con este cuerpo humano, que las resume, las corona y las completa. Por todas partes nos sentimos unidos con el universo, y en relacion, así con la estrella lejana, perdida en los abismos del cielo, como con la humilde florecilla hollada por nuestros piés. Somos unos con todos los seres. ¿Y no reconocerémos el estrecho lazo que nos liga á nuestra propia especie? ¿Será más fácil y más grato sentirse unos con el mineral, con el vegetal, con los animales inferiores que con el resto de los humanos, en cuyas frentes centellea el espíritu? Y si nos reconocemos unidos á los demas hombres por identidad fundamental de la naturaleza, ¿cómo explicarémos, cómo, la guerra y la esclavitud? ¿Cómo la sed de corromper, de esclavizar, de combatir, de exterminar, que aqueja á tantos seres humanos, en detrimento, en ódio á aquellos que son de todo en todo sus iguales? Y en esta sonriente tierra de Nápoles nos recuerda la historia el orgullo de unos, la tiranía engendrada por este orgullo; y de otros la esclavitud, la degradacion, la miseria moral y material. Pues qué, ¿no veo á mi espalda el golfo de Bayas, donde Neron en su crueldad asesinó á su madre, donde Calígula en su demencia llamó á la luna á compartir su lecho, y veo á mi frente el cono del Vesubio, donde Espartaco citó á los gladiadores para que, en vez de volver las espadas contra sus propios corazones, las esgrimieran en el corazon de sus tiranos?
Pero entreguémonos á la contemplacion de este bellísimo cuadro, de la campiña, de la ciudad. Parece que lo estoy viendo ahora mismo. Son los últimos dias del mes de Abril. Las hojas verdes y tiernas cubren las ramas. Los cielos sonrien y sonrien los mares. En el Este, dibujando sus crestas coronadas de nieve en claro cielo esmaltado de azul, los montes Apeninos, que á los toques del éter se pierden, se desvanecen; adelantándose hácia las playas, al Nordeste, la pirámide truncada que forma el Vesubio, y en cuyas laderas compuestas de lavas, de riscos casi metálicos, de oscuras cristalizaciones, la luz se rompe en matices violáceos, celestes, lilas, que son verdaderamente mágicos; desde el Vesubio al cabo Campanella, sobre colinas bellísimas, al borde del mar, entre bosques de olivos y limoneros, de robles y de higueras, de laureles y mirtos, Castellamare, Sorrento, blancas como palomas; hácia la curva central de este grande anfiteatro, primero las ruinas solitarias de Pompeya, los barrios luégo henchidos de vivientes, como Portici, como Torre del Greco, rodeados todos de maravillosas quintas y de floridos jardines por leguas de leguas; más hácia el Oeste Nápoles, entre aquellos muelles del comercio, donde las naves se agrupan á centenares, las barcas á miles, y este otro muelle de la contemplacion, del arte, llamado Chiaja, y lleno de alamedas, de estatuas maravillosas, de templos marmóreos, bordado de larga fila de palacios grandemente pintorescos por sus azoteas y sus balcones; tras todos estos palacios, quintas, villas, ciudades, un collar de pequeños conos volcánicos, que forman como graciosas ondulaciones, como series de colinas sobre cuya cúspide brillan iglesias, monasterios, castillos, monumentos de diversas clases, y á cuyos piés se extienden florestas contínuas en armoniosa gradería; hácia el Oeste la gruta de Pausilipo remata por la tumba de Virgilio, genio que reposa en aquella region como en su nido; más al Oeste aún el cabo Miseno, cantado por los poetas, eternamente querido de los artistas; todo el conjunto inundado de aquellos arreboles que dan aspecto fantástico, así á las nieves de los Apeninos como á las humaredas del Vesubio, y entonando por aquel mar de un celeste casi indescriptible, segun lo claro y lo bello, en el cual se bañan las islas de córtes verdaderamente arquitectónicos, y que parecen alzarse allí como sirenas para velar, para arrullar, para hermosear á la diosa de las sirenas, á la divina Parthenope.
FIN.
ÍNDICE.
_Páginas._
Al que leyere v
Llegada á Roma 1
La gran ruina 33
Los subterráneos de Roma 63
La capilla Sixtina 89
El Cementerio de Pisa 137
Venecia 171
En las lagunas 201
El Dios del Vaticano 223
El Gueto 317
La gran ciudad 343
Parthenope 369