Chapter 2
Y un momento después, el señor obispo con toda su comitiva se dirigía a casa del señor cura, donde la viejecita, que era una gran cocinera y una de esas amas de gobierno que convierten en monedillas de cuarenta reales los ochavos morunos, había hecho prodigios para recibir dignamente a tan ilustre y santo huésped.
IV
Los señores curas de los pueblos inmediatos, así que acompañaron al señor obispo a su hospedaje, trataron de despedirse de él para volverse a sus pueblos; pero el señor cura de Tomillarejo se dirigió a su ilustrísima, diciéndole:
-Señor obispo, si vuestra ilustrísima quiere honrar a estos señores convidándolos a quedarse en Tomillarejo hasta la tarde y sentarse a la mesa de vuestra ilustrísima, los más honrados de todos seremos mi señora madre y yo, que no deseamos otra cosa y, gracias a Dios, tenemos prevención para todos, aunque no tan delicada como vuestra ilustrísima y estos señores se merecen.
El señor obispo dio las gracias muy complacido al señor cura por aquella advertencia, y, en efecto, convidó a quedarse a comer con él a los señores curas forasteros, que aceptaron el convite muy agradecidos al señor obispo y al dueño de la casa.
Mientras llegaba la hora de comer, el señor obispo determinó ir a ver la casa de su ahijado el alcalde. Brindáronse a acompañarle todos los demás señores, pero rehusó cortésmente su compañía, diciéndoles:
-Muchísimas gracias, señores; pero no quiero que ustedes se molesten, porque esta es una visita puramente de confianza, o como si dijéramos, de familia, pues ya saben ustedes cómo trato desde muy antiguo a este mala cabeza de Macario, que si se hubiera dejado desasnar como yo intenté cuando me lo llevé a Sigüenza, en vez de ser hoy un honrado paleto con el riñón un poco cubierto, seria un respetable sacerdote, aunque viviese en la pobreza que Cristo amó y sienta muy bien a los de nuestro hábito.
En efecto, el señor obispo se fue, sin más compañía que el alcalde, a ver la casa que Macario había levantado con su habilidad, como decía el tío Rogativas, para rebañar de aquí, de allá, y de acullá.
Su ilustrísima quedó muy complacido de la visita, y rió no poco de lo palurdamente que le hizo los honores de la casa, no la Resalada, que era lista como un demonche, sino Macario, que no sabía abrir la boca sin decir mú.
-Ea -dijo su ilustrísima a la Resalada al despedirse -, éste se viene a comer conmigo y aquellos señores.
-¡Señor! -exclamó la Resalada-. ¿Qué es lo que vuestra ilustrísima dice? ¿No ve que Macario es un pobre destripaterrones que no está acostumbrado a mesas de tanto cumplimiento, y se va a poner en ridículo, incurriendo en mil groserías delante de tantos señores como comen hoy con vuestra ilustrísima? ¡Por Dios, señor, deje su ilustrísima que coma en casa a lo tío Diego, como acostumbra!
-No puede ser, Resalada -contestó el señor obispo-; que siendo alcalde del pueblo, y además ahijado mío, sería mal visto que hoy no me acompañase en la mesa.
-Pues ya que vuestra ilustrísima se empeña en ello, le voy a pedir un favor, y es, que si nota que Macario hace alguna cosa impropia de una mesa donde comen personas finas, se lo advierta con disimulo, porque en estos pueblos todo se sabe, y los de Retamarejo, que son capaces de burlarse de un entierro, no pasarían el día de mañana sin plantar a mi marido un mote que hiciera reír a toda la Alcarria, si hoy mi marido cometiera alguna imprudencia en la mesa adonde asiste el señor cura de Retamarejo.
- Bien, Resalada, queda tranquila -contestó el señor obispo reventando de risa-, que si Macario trata de hacer alguna de las suyas, yo le advertiré con un buen pisotón que se vaya con tiento.
La Resalada se tranquilizó con esta promesa del señor obispo, y el señor obispo y Macario volvieron a casa del señor cura, donde la viejecita había dispuesto ya una mesa, digna, no ya del obispo de Sigüenza y sus acompañantes, sino del mismo apostolado con Cristo a la cabeza.
La comida empezó, estando sentados en la cabecera de la mesa el señor obispo, y el señor cura y el alcalde de Tomillarejo a su lado, uno enfrente de otro.
El señor cura no era rencoroso; pero al ver enfrente al alcalde y tocar con sus pies los de aquel bribón de siete suelas, se le renovó la memoria del atroz sonrojo que por su culpa había sufrido aquella mañana, y la sangre volvió a repudrírsele en el cuerpo.
La comida era tan rica, que Macario tenía frecuentes tentaciones de chuparse los dedos.
Dicho se está que en una mesa a que se sentaba un señor obispo y varios señores curas, la conversación giraba principalmente sobre asuntos religiosos o eclesiásticos. Hablándose de la Sagrada Escritura, el señor obispo hizo un gran elogio de las parábolas de Jesús y de lo que se presta el estilo parabólico a la expresión de ciertas ideas.
Macario, que hasta entonces no había hecho más que comer, pensando que oveja que bala bocado pierde, creyó que la cortesía le obligaba a decir algo que, aunque fuese poquito, fuese bueno, y como el señor obispo continuase hablando de parábolas.
-¡Para bolas -exclamó Macario con la boca llena, interrumpiendo a su ilustrísima- las que tenemos en el juego de bolos de Tomillarejo!
Una tremenda y general carcajada, iniciada por el señor obispo, acogió aquella salida de pie de banco del alcalde, a quien el señor obispo tuvo que explicar que parábola viene a ser un modo de decir lo que no se dice.
La comida continuaba con buen apetito y alegría por parte de todos menos por parte del señor cura de Tomillarejo, que, por más que lo disimulaba, no podía digerir el entripado que debía al alcalde.
Ahora parece que en las mesas de tono no se sirve como antiguamente, trinchando en la mesa misma y haciendo plato a los demás el más servicial o más diestro de los comensales, sino que los criados acercan las viandas, ya trinchadas, a los señores, y éstos se sirven por sí mismos lo que tienen por conveniente. En aquella mesa el servicio se hacía a la antigua: la fuente o lo que fuese se colocaba en medio d la mesa, el amo de la casa trinchaba, si había qué trinchar, y hacía platos a todos, y luego el que quería repetir pedía que le sirviesen o se servía por sí propio.
Sirvieron una menestra riquísima, que era el plato en que había echado el resto la madre del señor cura, y gustó tanto a todos, incluso el alcalde, que todos repitieron, de modo que la fuente quedó poco menos que limpia.
Macario, que era el primero que había repetido, fue también el primero que dio fin al segundo plato, y entonces, tomando un migón de pan, exclamó:
-Más vale una vuelta por aquí que cien por la plaza.
Y se puso a rebañar con el pan la fuente.
El señor obispo, sorprendido y disgustado con aquella grosería de su ahijado, alargó el pie por debajo de la mesa para darle un pisotón reconviniéndole por ella; pero cate usted que por pisar el pie del alcalde pisó el del señor cura.
Y el señor cura, que comprendió la equivocación del señor obispo, y vio como llovida del cielo la ocasión de desahogarse un poco, aunque fuese parabólicamente, se encaró con su ilustrísima y le dijo con mucho retintín:
-Debo advertir a vuestra ilustrísima que no soy yo el que rebaña.
El señor obispo se echó a reír, y todos menos Macario comprendieron lo que había pasado, y soltaron también el trapo.
Pero de repente se puso serio el señor obispo, pensando si sería parábola la advertencia del señor cura de Tomillarejo.
Aquella misma tarde, después que despidió a los señores curas que habían ido a saludarle y el alcalde se fue a dar una vuelta por su casa, llamó aparte al señor cura e hizo que le confesara ce por be todo lo que pasaba en Tomillarejo con el alcalde.
Y mientras al día siguiente se ocupaba el señor obispo por la mañana en ajustar cuentas muy estrechas al alcalde, y por la tarde en confirmar a los chicos de Tomillarejo y los pueblos inmediatos, nosotros los de Retamarejo nos ocupábamos en confirmar a Macario, poniéndole el sobrenombre de Rebañaplatos, con que es conocido en toda la Alcarria.
Dí las gracias al viejecito por la complacencia y claridad con que me había advertido que también se arrastraban víboras entre aquellas flores que rodeaban a Retamarejo y Tomillarejo, y continué mi camino diciéndome con honda pena:
-¡Ay, Señor' ¡No son la retama y la ruda las plantas más amargas e inodoras que crecen entre el romero y el tomillo que embalsaman y embellecen a las rústicas aldeas!
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