Realidad: Novela en cinco Jornadas
Part 8
Y aunque no nos los debiera... ¿Pero tú crees que puede vivir sin nuestras reverendísimas personas? Le somos tan necesarias como el aire.
BÁRBARA.
No encontraría otras que le soportaran. Es un niño mimoso, y seríamos tontas si hiciéramos caso de sus rabietas. Yo, mientras no le pase esta calentura, me guardaré de ponérmele delante, porque francamente, si me dice _pitos_, le contesto _flautas_. No tengo la paciencia que tú para aguantar sus desvergüenzas, y me desboco. Ayer no quise venir en todo el día, porque temo á mi dignidad, que no se anda en chiquitas; y hoy me marcharé antes de que su señoría se levante.
CLAUDIA.
Hoy debe de estar más aplacado, porque el señorito Infante pasó ayer con él toda la tarde y le sermoneó de firme, diciéndole unas verdades como puños. Yo le escuchaba, poniendo la oreja en el agujero de la llave, y te aseguro que le leyó bien la cartilla. (_Enumerando por los dedos._) Que él era el causante de todo por tener á su hermana abandonada y fuera de su _alimento_...
BÁRBARA.
De su elemento diría.
CLAUDIA.
Eso es, de su elemento... Que la chica no es de palo, y que á alguien había de querer, porque la edad, el sexo, la ilusión, etcétera... Pero el otro, más orgulloso que D. Rodrigo en la horca, no se daba á partido, y dijo que jamás haría á Santanita el honor de mirarle. ¡Anda!
BÁRBARA.
¡Palabrería! Esas bravuras se convierten en humo. Al fin tendrá que apencar con el hortera y llamarle su hermano; y llegará día, acuérdate de lo que te digo, en que se vuelvan las tornas, y este señorito tan orgulloso irá á pedirle á su cuñado un pedazo de pan. Los muy soberbios acaban siempre á los pies de los humildes.
CLAUDIA, _con incredulidad_.
Me parece á mí que eso no lo veremos. Primero se muere él de hambre en un rincón que rebajarse. No es como su papá, no...
BÁRBARA.
¿Y cuándo dices que llegó el señor?
CLAUDIA.
Anoche. Parece que el demonio lo hace. Figúrate que oigo llamar á la puerta; salgo creyendo que era el carbonero, y me encuentro con D. Joaquín. Pegué un grito como si me viera delante un toro de Miura. No sé por qué me da miedo ese hombre, que es amable y la trata á una como á señora... Me acuerdo de lo que padeció por él nuestra pobrecita ama, y sus zalamerías me ponen carne de gallina.
BÁRBARA.
¡Ay, qué hombre! Créete que no viene á nada bueno. ¿Y qué hablaron hijo y padre? ¿Cómo le recibió Federo? Cuéntame... Pero me sentaré, que ahora estamos solas y podemos charlar todo lo que queramos. Mi Vicente me espera para almorzar; pero déjalo que aguarde, que bastantes plantones me ha dado él á mí en esta vida.
CLAUDIA.
Pues cuando le vió entrar, quedóse más blanco que el papel. Se abrazaron. Luego cerró Federo la puerta, y yo más lista que él, arrimé la oreja y oí... D. Joaquín preguntó por la niña, extrañando no verla, y el otro, mascando mucha hiel, le contó la ocurrencia. ¿Crees tú que el padre se remontó, echando los pies por alto? No, hija; lo tomó con calma, con mucha calma. Yo me hacía cruces oyéndole decir que si los chicos se quieren, no hay razón ninguna para oponerse al casorio, y que él es partidario de que no haya clases, porque eso de las clases es un _maricronismo_.
BÁRBARA.
Ana... cronismo me parece que se dice; pero no estoy segura... Pues ese hombre será un tarambana; pero lo que es talento, ¡vaya si lo tiene!
CLAUDIA.
Es que se hace cargo de la razón de las cosas, y no lleva en la cabeza tanto viento como el hijo. ¡Buena está la familia para gastar humos! El padre hecho un judío errante por esas tierras; Federo sin una mota, viéndolas venir y comido de deudas. (_Suena la campanilla._) ¡Ay!, llaman otra vez. Espérame un momento. (_Sale._)
BÁRBARA, _sola, abanicándose_.
Bien merecido le está á ese botarate lo que le pasa; pero muy bien requetemerecido. ¡Empeñarse en que ha de haber clases, cuando la realidad ha dispuesto que no las _haiga_! ¡Cabeza más dura! Y que no las hay, no las hay, aunque lo pida el _Sursum corda_. Lo que dice mi Vicente: «Con la libertad todos somos todo, y nadie es nada.» Ese tonto de Federo bien sé yo lo que pretende: vivir él como un duque y que Clotilde sea su esclava. Bien sabe él ponerse su frac todas las noches para ir á comer á las casas grandes... Y la niña hecha un pingo, sin tratar con personas finas. Eso es, como dijo el otro, abrir un abismo... Anda, fachendoso, para que vuelvas otra vez á jugar con abismos. Ó hay igualdad ó no hay igualdad. Santanita vale tanto como tú ó más que tú, porque sabe la partida doble, y tú no entiendes más libro que el de las cuarenta hojas.
CLAUDIA, _entrando_.
Otra fiera. Esto no es vivir. Ya no sé qué decirles. Pero al fin, éste lleva cuerda para veinticuatro horas... Pues, como te decía, el padre está blando, pero muy blando. Dijo que pensaba ver á Clotilde mañana mismo (por hoy), y Federo, sacando la voz de los talones, le contestó: «Véala usted si quiere. Para mí es como si se hubiera muerto.»
BÁRBARA.
¡Habrá pillo!... ¿Y tú has visto á Clotilde?
CLAUDIA, _en voz muy baja_.
Sí que la he visto. Cállate la boca. Cuidado cómo te das por entendida. Anoche dí un salto á casa de la viuda de Calvo, donde está depositada, ¿sabes?, aquella señora tan vieja y tan acartonadita que parece de caoba. Según dicen es muy sabia, pero muy sabia, y más antigua que Jerusalén. Vive ahí en la calle de Atocha. Rabiaba yo por ver á la niña y decirle que ha llegado su papá, que viene tierno y que le dará el consentimiento. No pude hablar con ella más que dos palabras, porque la de Calvo estaba presente y me ponía una jeta que daba escalofríos. Pero, en fin, allá le soplé lo que más importaba. El papá debe de estar allá. Salió muy temprano..., serían las ocho..., y dijo que vendría á almorzar. Anoche estuvo Federo hasta las tantas escribiendo cartas. Cosas de mujeres, y líos mil que trae siempre entre manos. Hombre de más _enreditis_ no creo que exista, y lo mismo se aplica á las altas que á las bajas.
BÁRBARA.
¿Qué es eso de altas y bajas? Todas somos iguales. El arrastrar terciopelos ó ajustarse una mala saya de tartán no significa diferencia más que en lo de fuera. Como no salgan diferencias en el honor, créete que en los trapos no la hay... ¿Y dices que escribió muchas cartitas? ¡Valiente trapacero! ¡A quién engañará ahora!
CLAUDIA.
Vete á saber.
BÁRBARA.
Si se acostó tarde, no se levantará en todo el día, y podré estar aquí. Francamente, temo encararme con él.
CLAUDIA.
Pues mira, hija, me parece que... (_Acércase á la puerta del foro y aplica el oído._) ¿Sabes que me parece que anda ya por ahí?
BÁRBARA, _levantándose azorada_.
¡Ay, hija, no me lo digas!
CLAUDIA.
Bien puedes echar á correr. Levantado está.
ESCENA II
_Las mismas._ FEDERICO, _que entra por el foro_.
BÁRBARA, _tratando de escapar por la derecha_.
Por aquí me escabullo.
FEDERICO.
¡Eh!... ¿Quién es esa que huye de mí? Bárbara.
CLAUDIA.
Quédate, mujer, que no te comerá.
BÁRBARA, _medrosa y turbada_.
Mi marido me espera.
FEDERICO.
Tu conciencia no te permite ponerte delante de mí.
BÁRBARA.
¿Mi conciencia? Yo no tengo culpa de nada. (_Temblando._) Bastante le dije á la niña que no hiciera locuras.
FEDERICO.
¡Valiente hipócrita estás tú! Entre las dos me habéis jugado una partida serrana. Debiera poneros en la calle, después de daros una mano de azotes.
CLAUDIA.
¡Pues no dice que nosotras...! ¡Josús! ¡No me incomode..., después que...!
FEDERICO.
Silencio. Ya sé que me aborrecéis. ¡Bien merecido lo tengo por lo bien que me he portado con vosotras!
BÁRBARA.
¡Aborrecerle! Eso sí que no, aunque usted no nos puede ver.
FEDERICO.
¿Cómo está Vicente?
BÁRBARA.
Mejor; pero no puede seguir en la ambulancia. Es preciso que le asciendan, llevándole á la central. Usted puede hacerlo.
FEDERICO.
¡Yo!
BÁRBARA.
Sí, usted. Pero no se interesa nada por quien bien le sirve. Que vivamos ó que nos muramos, lo mismo le da.
FEDERICO, _con desvío_.
¡Así reventarais!... Efectos de contagio. Hablando con ellas, me siento también grosero.
BÁRBARA, _para sí_.
Está de buenas. Aquí que no peco. (_Alto._) Asciéndame usted á mi marido.
FEDERICO.
¡Que te le ascienda yo!
BÁRBARA.
Si usted quiere, bien podrá hacerlo; pero lo dicho, no nos hace caso, y es todo _ingratituz_. Conque me le empuja, ¿sí ó no? Basta con que le pida una recomendación al Sr. de Orozco, que es tan amigo del director de Correos.
FEDERICO, _con desabrimiento_.
¿Y qué tengo yo que ver con el Sr. de Orozco?
BÁRBARA.
Toma; que son ustedes uña y carne.
FEDERICO.
Vete al diablo, y déjame en paz. (_A Claudia._) ¿Quién ha venido hoy?
CLAUDIA.
Los del jubileo de todos los días. _Inglesitis._
FEDERICO.
¿Ninguno se ha roto la crisma al subir ó al bajar?
CLAUDIA.
Ninguno. Yo sí que ya no tengo crisma de tanto calcular las respuestas que debo darles.
FEDERICO.
¿Y papá ha salido?
CLAUDIA.
Sí, señor; pero viene á almorzar.
FEDERICO.
Pues vete á la cocina, que es tarde. Ea, dame acá ese chiquillo. (_Toma de los brazos de Claudia el niño, y le mima y zarandea._) Ven acá, Fefé, ángel de Dios. ¡Qué gusto tener un amigo inocente y puro, que no se permite otra malicia que tirarnos de las barbas! (_El chiquillo suelta la risa._) Bien, bien, eres feliz conmigo. Esto consuela.
CLAUDIA, _al chiquillo_.
Sol del mundo, soberano pontífice, regente del reino..., no le beses, que es muy malo. Pégale, pégale.
FEDERICO, _besando al niño_.
Me quiere más que á ti. Lo que él dice ahora con esos gruñiditos es que desea estar solo conmigo, y que os larguéis pronto.
CLAUDIA.
Gloria patri, ¿verdad que no?
BÁRBARA, _para sí_.
Acariciando al niño, nos engatusa este perro y hace de nosotras lo que quiere.
CLAUDIA, _para sí_.
Es un buenazo. ¡Lástima que no tenga dinero! Es lo único que le falta.
FEDERICO.
¿Qué rezongáis ahí? A la cocina, tarascas, y dejarme en paz con mi amigo Fefé.
BÁRBARA, _para sí_.
Ahí te quedas. No hay quien le sufra. Y sin embargo, ni él puede vivir sin nuestros mordiscos, ni nosotras sin sus rasguños. (_Vanse las dos._)
ESCENA III
FEDERICO, _con el chiquillo en brazos_; _después_ JOAQUÍN VIERA.
FEDERICO.
¡Qué noche he pasado! Esta vileza de mi hermanita ha concluído de anonadarme. (_Se pasea.) _¿Tendrá razón Infante sosteniendo que toda la culpa es mía? Pues aunque cien veces lo sea, no transijo con ese cursi maldito. ¿No es verdad, Fefé, que debo mantenerme inflexible? Tú estás en lo cierto. Yo soy como soy, y no puedo ser de otra manera... (_Confuso._) Y en verdad que no puedo entender por qué causa me es insoportable este vilipendio, mientras que acepto otros y los llevo conmigo, acostumbrándome á su peso como al peso de la ropa que me cubre. Lo que llamamos dignidad, ¿será función social antes que sentimiento humano? ¿Será ley de ella escandalizarnos de la ignominia que se hace pública y apechugar con la que permanece secreta?...
VIERA, _entrando por la izquierda_.
Bien por los hombres madrugadores. ¡Levantado á las doce del día! Yo pensé que almorzaría solo, y almorzaremos juntos. _All right_. (_Se sienta en un sofá._) ¡Pero, chico, qué cambiado está nuestro viejo Madrid! Hasta pisos de madera me le han puesto. El lugareño con botas de charol. He salido á dar una vuelta, y el plum-plum de las caballerías sobre el entarugado, el sordo ruido de los coches y el olor de la creosota me daban la impresión de Londres ó París.
FEDERICO.
Sí; ha cambiado algo por fuera en los últimos tiempos. Pero por dentro está como tú lo dejaste.
VIERA.
Siempre es el perdido de buena sombra y de muchas trazas, que se contenta con las apariencias del vivir, viviendo en realidad muy mal... ¿Sabes lo que pareces tú ahora? Un San Cristóbal, de esos que hay en las catedrales. Y el nene es precioso. ¿A quién sale, siendo su padre más feo que su madre, que es cuanto hay que decir?... No (_observando al chiquillo_), no puede ser obra de Pepe. (_Alzando la voz, mira hacia la puerta de la derecha._) ¡Ah, Claudia, Claudia, veo que siguen los descuidos!... (_A Federico, que se pasea meditabundo._) Dame pronto de almorzar, que tengo muchísimo que hacer. Y te advierto que mi primera diligencia es ir á ver á Clotilde. No, no te enfurruñes. No puedo seguirte por el camino de la intolerancia caballeresca. Cada uno obra según su carácter y el medio en que respira. ¡Vivimos en atmósfera tan distinta! Yo en un país democrático y rico, donde los apellidos y las posiciones aparentes no suponen nada; tú en un país sin dinero, donde la exterioridad lo suple todo, y donde las posiciones oficiales hacen las veces de riqueza. Nunca aspiré á que mi hija se casara con un noble, con un millonario. Modestísimo en mis pretensiones, y conociendo el país, me ilusionaba con verla esposa de un capitancito de Artillería ó Ingenieros, ó con un abogadillo de chispa, que andando el tiempo se hiciera diputado, y quizás ministro. A ti, que hacías veces de padre, te correspondía el arreglarlo de este modo. ¿Pero qué pasó? Que dejaste á la niña entregada á sí misma, y la pobre tuvo que elegir entre lo que veía. Si en vez del capitancito de Artillería nos ha resultado un chico de mostrador..., es sensible; pero ya no tiene remedio. Claro que no me gusta; pero yo no forcejeo con la realidad. ¿Qué? ¿Hemos de abandonar á la pobre niña? ¿Estamos en el caso de hilar muy fino, muy fino? ¿Quién sabe si el joven ese saldrá listo y trabajador, y poseerá el arte de estos tiempos, que consiste en traer legalmente á las arcas propias el dinero que anda por las ajenas? ¡Quién sabe si Clotilde habrá labrado, sin saberlo, su porvenir, y el tuyo y el mío, y estará en estos instantes preparándonos una vejez decorosa y tranquila! Ea, no seamos intransigentes ni pesimistas. Aceptemos la realidad, y dentro de ella, saquemos el mejor partido posible de los hechos que no dependen de nuestra iniciativa.
FEDERICO.
No me decido á conceder que tengas razón, ni afirmaré que no la tienes. Sea lo que quiera, yo no transijo. Es cuestión de temperamento. Ciertas ideas me dominan á mí, antes que yo pueda ni aun siquiera formar el propósito de dominarlas.
VIERA.
Ya hablaremos de eso más despacio.
FEDERICO, _para sí_.
Ha perdido toda idea del decoro de su nombre. (_Se sienta, y pone al niño sobre sus rodillas._)
_Entra Bárbara y da una carta á Viera._
VIERA, _examinando el sobre_.
Es de Tomás. Conozco su letra jesuítica. (_La abre._) Me cita para las tres. Eso sí: no es de los que huyen el bulto.
FEDERICO, _malhumorado_.
Bárbara, llévate este chiquillo, que molesta.
BÁRBARA, _aparte_.
Tan pronto se entusiasma con las criaturas como se cansa de ellas. ¡Ay!, de todo se cansa. (_Tratando de coger al chiquillo, que grita, patalea y se resiste á pasar á sus manos._)
FEDERICO.
Fefé, no seas malo. Vete con tía Bárbara.
VIERA.
Prefiere estar con nosotros. El angelito gusta de la sociedad. Ea, dámele acá. (_Le toma en brazos._) Conmigo. ¡Qué bien! Mira qué contento. Tú eres de casta de señores. Bárbara, puedes marcharte y que nos den pronto de almorzar. Dispongo de poco tiempo, y hay mucho que hacer esta tarde. (_Sale Bárbara._)
FEDERICO.
¿Qué ocupaciones son esas, dí? Por Dios, yo te suplicaría..., yo te agradecería mucho que dejases en paz á Orozco. Es un hombre excelente.
VIERA, _zarandeando al niño y haciéndole cabalgar sobre sus rodillas_.
No niego su excelencia; pero que me la pruebe pagando lo que debe... Anda, caballo...; agárrate, valiente.
FEDERICO.
¿Pero qué crédito es ese? Sin ofenderte, yo dudo mucho que sea un crédito real y efectivo.
VIERA, _con socarronería_.
Buena idea tienes de mí. Aquí no entendéis de negocios, y rendís homenajes demasiado serviles á la delicadeza, madre del no comer y amparadora de la insolvencia. Los negocios son negocios, y se tratan con la crudeza que enseñan los números, lo cual nada quita á las efusiones de la amistad.
FEDERICO, _inquieto_.
Cuéntame, ¿qué diantre de negocio es ese?
VIERA.
Una deuda.
FEDERICO.
Orozco no tiene deudas. Como no hayas descubierto alguna póliza olvidada y prescrita de la _Humanitaria_...
VIERA.
Eres más inocente que este niño que galopa en mis rodillas, y se cree que monta á caballo. ¿Me juzgas tú á mí capaz de presentarme á Orozco sin refuerzo de documentos legales? ¿Por quién me tomas?
FEDERICO, _con embarazo_.
Es que... me causa pena recordarlo; pero debo decirte que en otras ocasiones, Tomás te ha dado dinero por conmiseración y por evitarse disgustos. Los hombres de orden temen á los pleiteantes enredosos y sin ningún derecho más que á los que de buena fe reclaman su propiedad.
VIERA, _enérgicamente_.
En primer lugar, nadie da dinero por conmiseración, ni aun en este país tan estúpidamente platónico. En segundo lugar, yo vengo aquí á sostener un derecho claro y terminante, no á poner una trampa de derechos ilusorios para que caigan en ella los incautos. Y te diré de paso que tienes de Orozco una idea equivocada. ¿Crees tú que en él no hay más que bondad y mansedumbre, y que lleva su abnegación hasta el extremo de dejarse explotar? ¡Qué tonto eres! Bajo aquella dulzura de carácter, se esconden todas las marrullerías de un ingenio vividor. Posee el arte de hacerse pasar por generoso, cuando se ve en el caso de transigir con el derecho ajeno.
FEDERICO.
Me parece que le conoces más por referencias del vulgo que por propia observación. Tomás no es así.
VIERA.
Le he conocido niño, le vi crecer y hacerse hombre. Su padre y yo éramos como hermanos. ¡Ah!, Pepe Orozco, grande hombre para los negocios, sin entrañas, duro y económico en su vida interior hasta la sordidez, también algo zorro y de doble fondo como su hijo. Créeme á mí, que he visto mucho mundo, y he asistido al paso de una generación á otra...; gran enseñanza. Tomás se ha encontrado la fortuna hecha, y le ha sido fácil sentar plaza de virtuoso, de varón justo y magnánimo. (_Con sarcasmo._) El otro trabajó como un negro, sacrificó á las ganancias su reputación, para que ahora éste se haga pasar por santo. Los padres se condenan para que los hijos puedan labrarse un huequecito en el cielo. La suerte que no hay cielo ni infierno, pues si existieran esos... locales, sólo servirían para hacer eterna la injusticia.
FEDERICO, _tristemente_.
Estás desvariando, y no te puedo seguir.
VIERA.
Te has pasado al enemigo. Mírame cara á cara. (_Observándole con suspicacia._) Noto en ti no sé qué... Me sorprende mucho ese interés por una persona con quien no tienes más que relaciones superficiales, de esas que se establecen entre un estómago agradecido y el anfitrión que convida martes y jueves.
FEDERICO.
Le debo mil atenciones. Bien sabes que somos amigos de la infancia.
VIERA.
¿Te ha señalado dietas por hacerle la rueda á su mujer? ¿Cobras á tanto la frase, á tanto la anécdota y el chascarrillo?
FEDERICO, _conteniendo su ira_.
No me hables de ese modo... No puedo tolerarlo.
VIERA, _riendo_.
¡Cándido! Déjame á mí, déjame, que si le saco á tu anfitrión este platito de lentejas realizaré un acto de justicia, por dos razones: primera, porque es de ley que me dé lo que reclamo; segunda, porque sus bienes fueron mal adquiridos, y deben volver á la masa, al despojado imponente á quien representamos en este instante nosotros, los desfavorecidos de la fortuna.
FEDERICO.
Me hacen padecer horriblemente tus sofisterías. Haz lo que quieras, y no me comuniques ni tus planes ni el resultado que obtengas. Nada pretendo saber. Tratándose de esto, no quiero que haya entre nosotros ni la confianza natural entre hijo y padre.
VIERA.
Gracias. Tu tontería me anonada, porque yo pensaba pagarte tus deudas si salía bien de este negocio...; quiero decir, siempre que tus deudas se limitaran á una cifra razonable.
FEDERICO.
Cuídate de las tuyas. (_Para sí._) Dios mío, ¡qué hombre! No hace ni dice cosa alguna que no sea para humillarme y herirme en lo más delicado. ¡Es fuerte cosa que no podamos aborrecer á un padre sin atropellar las leyes de la Naturaleza!
VIERA.
No te pareces á mí más que en la figura. Eres un sonámbulo, un cata-humos, y te pasas la vida mirando á las estrellas, viendo la fortuna pasar, rozándote las puntas de los dedos, sin que se te ocurra oprimir la mano y atraparla. Podrías sacar partido inmenso de tus relaciones, de tu buen parecer, de tu arte social, que no debe servirnos sólo para divertir á los ricos, como los bufones antiguos divertían á los reyes, sino para compartir con ellos el imperio del mundo. La opulencia está en el deber de compartirse con el ingenio, y cuando no lo hace de grado, hay que llamarse á la parte, como el galleguito del cuento, diciéndole: «¿cuánto voy ganando?»
FEDERICO, _para sí_.
No le contesto, porque perderé la serenidad.
CLAUDIA, _entrando_.
Señores..., _almuercitis_. (_Cogiendo al chico de los brazos de Joaquín._) Ven con tu madre, rey de los cielos y la tierra, ángel de amor, hijo pródigo, patriarca de las Indias.
VIERA.
Lo que es éste no pasa, Claudia. Es muy bonito para ser de tu marido.
CLAUDIA, _soltando la risa_.
¡Qué cosas tiene el señor! Por estas cruces le juro que es de Pepe.
VIERA.
Vamos, que estás tú buena pieza... A la mesa. Tengo sobre mi cuerpo toda el hambre española. (_Vase._)
FEDERICO, _abrumado_.
¡Que este hombre sea mi padre! ¡Ay!, me dió su rostro, me puso el sello de su casta para que ni un momento pueda dejar de avergonzarme de ser su hijo.
ESCENA IV
Comedor en casa de Orozco.
AUGUSTA, OROZCO, INFANTE, MALIBRÁN _y_ VILLALONGA, _sentados á la mesa, almorzando_.
OROZCO.
¿Pues qué quería ese terco de Federico? ¿Que viviendo Clotilde como vivía, fuese á pedir su mano un Hohenzollern ó un Habsburgo? Anoche le vi tan excitado, que no quise contradecirle por no aumentar su pena. Tuve con él la consideración de apoyar débilmente sus quejas; pero ahora que no está presente, declaro que no tiene razón.
AUGUSTA.
Creo lo mismo. Mil veces le hablé de su hermana augurándole lo que ha pasado. Mal que nos pese, somos arrollados por... la ola democrática. ¿Qué tal la figura? Lo que hay es que nos gusta más verla reventar en la cabeza del vecino que en la propia.
MALIBRÁN.
Como figura del género balneario, no está mal. Eso lo aprendió usted este verano en Arcachón... Pues volviendo á Federico, opino que es un desequilibrado de marca mayor, aristócrata por las ideas y los gustos, sin los medios materiales de que toda idea necesita disponer para manifestarse dignamente. Absolutista por temperamento, reniega de verse gobernado por el parecer de la multitud, y su orgullo tropieza á cada instante con las garrulerías de la igualdad. Es una contradicción viva, una antítesis...
AUGUSTA, _interrumpiéndole y burlándose_.
¡Jesús de mi vida, qué sabios venimos hoy!
MALIBRÁN.
Quiero decir que por efecto de esa radical contradicción entre la época y el hombre, todos los actos de éste resultarán incongruentes, no dará un paso que no sea un tropezón, y será al fin envuelto por la ola de que antes nos hablaba usted, ya que no se decide á sortearla, como hacemos los demás.
INFANTE.
Pues yo, sin meterme en filosofías, voy á dar noticias concretas. Esta mañana se presentó en mi casa el trovador de Clotilde.
AUGUSTA, _con viveza_.
¿Y cómo es?
OROZCO.
Según me han dicho, atrevidillo, y no peca de corto.
INFANTE.
Simpático; pero muy simpático, y parece despejadísimo. En cuatro palabras me ha contado su historia. Es huérfano, tiene veintitrés años, y desde los diez y seis se bandea solo. Es sobrino de un tal Santana, tendero en la calle de Lope de Vega, y de otro en la Plaza Mayor, que le llaman Jáuregui, y de otro cuyo nombre y señas no recuerdo. En fin, que cuenta media docena de tíos, detallistas de comestibles. Sabe al dedillo la partida doble, y escribe cartas comerciales en francés; tiene título de perito mercantil, y se ganó un premio de Economía política.
AUGUSTA, _con animación_.
¡Ángel de Dios!... Señores, es preciso que le protejamos entre todos.
INFANTE.