Realidad: Novela en cinco Jornadas

Part 7

Chapter 74,032 wordsPublic domain

Pues verás. Tú me conoces bien; tengo, no sé si por dicha mía ó por desgracia, una imaginación exaltada. El peligro mismo me atrae, y aun eso que llaman disparate me seduce también. Eso de que siempre han de pasar las cosas con arreglo á pliego de condiciones, como si la vida fuera una continua subasta, me carga.

FEDERICO.

Veo en ti algunas de las ideas de tu padre.

AUGUSTA.

Mi padre tiene mucho talento, y se anticipa á su época.

FEDERICO.

También tú.

AUGUSTA.

Yo apetezco lo extraño, eso que con desprecio llaman novelesco los tontos, juzgando las novelas más sorprendentes que la realidad. ¿Por qué me enamoraste tú, grandísimo tunante? Porque eres una realidad no muy clara, porque no veo tu vida cortada por el patrón de este puritanismo inglés que aborrezco, porque llevas en ti el gustillo ese del disparate, que á mí me sabe tan bien.

FEDERICO.

Y ahora pretendes destruir todo ese encanto que, según dices, tengo, y cortarme á patrón y ponerme la marca ordinaria. Si me amas por absurdo, ¿á qué combates mi desequilibrio, que, según tú, es una cosa tan bonita?

AUGUSTA.

Ven acá, tonto, mamarracho; es que te quiero locamente: á nadie he querido ni quiero sino á ti, y este amor primero y último hace una revolución en mi naturaleza y en toda mi alma. ¿Que desmiento mi carácter? ¿Que me contradigo? Bueno. Deseo hacerte burgués, vulgarizarte. ¿Que destruyo ese encanto, esa poesía, llamémosla así, de tu pobreza disfrazada? Mejor; por eso no dejaré de quererte. Es el gran paso, que yo no he dado hasta ahora en el proceso, ó como quiera que eso se llame, de los afectos; el paso del período soñador al período práctico, del noviazgo al matrimonio; la gran crisis del amor; el tránsito de la época legendaria á la época clásica. ¿Qué tal? Esto se llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes? Es que me transformo, es que aspiro á fundir la ilusión con la razón, á hacerte feliz en todos los terrenos, á establecer tu vida junto á la mía en condiciones de estabilidad. ¿No lo entiendes, grandísimo gaznápiro? (_Le da muchos besos._)

FEDERICO.

Lo entiendo..., en principio lo entiendo. Pero veo que no cuentas con la realidad. Esa aspiración tuya es un sueño. Olvidas que estás ya casada.

AUGUSTA.

Es cierto. Con esa idea me traes á la vida real. Iba yo por los espacios imaginarios, como las brujas que vuelan montadas en una escoba. Pero, en fin, el que no podamos hacer vida normal no estorba para que yo intente mejorar tu existencia y librarte de ciertos suplicios. ¿Te lo digo más claro? Pues guardando las formas y respetando lo que debo respetar, quiero que participes de los bienes materiales que yo disfruto. La desigualdad entre mi bienestar y tu malestar me mortifica. Hay que repetirlo cien veces: es preciso que nos volvamos muy prosaicos, muy caseros. (_Sonriendo._) Sin duda esto es efecto de la edad. Ya voy siendo vieja.

FEDERICO, _con exaltada pasión_.

¡Vieja tú! Eres la juventud eterna, la gracia infinita y la tentación del mundo entero.

AUGUSTA, _riendo y abandonándose_.

¡Borrico!

_Intermedio largo._

ESCENA X

La misma decoración.

_Los mismos personajes._ FEDERICO, _en el gabinete, reclinado en la silla-larga_. AUGUSTA, _dentro de la alcoba. No se la ve al principio de la escena. Es de noche. La lámpara está encendida._

FEDERICO, _mirando el reloj_.

Yo creí que era más tarde: las siete menos diez.

AUGUSTA, _desde la alcoba_.

¿Qué? ¿Deseas que corra el tiempo? ¿Tienes prisa de que me vaya?

FEDERICO.

Al contrario; cuento los minutos, y si pudiera, pondría por delante los que ya están á la espalda.

AUGUSTA.

Esta noche podré estar hasta las ocho menos cuarto; pero ya sabes que no has de entretenerme cuando llegue la hora de marcharme. Llegando á casa á las ocho, ocho y quince, no hay temor. Resultará que he pasado la tarde en casa de la tía Serafina. Para saber lo que debo decir, he mandado á Felipa á que se entere de lo que ha ocurrido esta tarde allá.

FEDERICO.

¿Y si tu marido ha ido á ver á la enferma?

AUGUSTA.

Casi nunca va.

FEDERICO.

No te fíes, no te fíes.

AUGUSTA, _apareciendo en la puerta de la alcoba_.

Veo que eres tú más receloso que yo.

FEDERICO.

Pues digo, si pudiera realizarse lo que antes me proponías, todas las precauciones serían inútiles y el disimulo absolutamente imposible.

AUGUSTA.

No es imposible... Monín, déjate guiar por esta loca. (_Acercándose á él._) Lo dicho, dicho. Acábese el romanticismo, y empiece la época positiva, positivista ó como quieras llamarla. Es menester, amigo de mi alma, que nos pongamos en prosa. Yo pienso mucho en ello, y se me ocurren mil planes.

FEDERICO.

Cuéntamelos. Me gusta oirte divagar con tanto donaire sobre lo imaginario y lo imposible, y admiro en ti la voluntad más independiente que existe en el mundo.

AUGUSTA, _sentándose junto á Federico en una banqueta, y reclinando su cabeza sobre el pecho de él_.

Te contaré una cosa interesante. Esta mañana me dijo el Santo: «Tengo un proyecto para modificar la vida de ese pobre Federico y librarle de la plaga de sus acreedores.»

FEDERICO, _agitado_.

Por Dios, no me hables de eso. No sabes el daño que me causas.

AUGUSTA, _vivamente_.

Considera que si algo hacemos por ti, no es él quien lo hace, sino yo.

FEDERICO.

No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me amas, impide por cuantos medios estén á tu alcance los favores de ese hombre, á quien yo, por mil motivos, debería reverenciar... (_con mucha inquietud_), de un hombre á quien tú y yo ofendemos gravemente. (_Augusta da un suspiro y cierra los ojos._)

AUGUSTA, _después de una pausa_.

¿Sabes que me dormiría yo aquí tan ricamente? Siento el latido de tu corazón, ¡pum, pum!, y el chiqui-chiqui de tu reloj. Con ambos arrullos y el sueño que tengo, me quedaría como piedra en un pozo. ¡Ay qué gusto, si el tiempo maldito no me aguijonara el pensamiento para mantenerme en vela!

FEDERICO, _para sí, meditabundo_.

Alma ambiciosa de lo desconocido, de lo ilegislado, no puedo seguirte en tu vuelo. En ti no hay idea moral, al menos la idea mía, elemental y rutinaria, la que á mí me argumenta sin descanso. Hay entre tú y yo algo inconciliable, irreductible, y la tremenda muralla se alza cuando menos lo pienso. La belleza, la gracia de esta mujer me trastornan. Por ese lazo nos unimos. De la conciencia de ambos parte lo que eternamente nos separa. ¿Cómo decírselo sin ofenderla?

AUGUSTA, _suspira otra vez y levanta la cabeza_.

Habíamos convenido en no hablar nunca de mi falta, ó lo que sea. Legalmente no tengo disculpa. ¿Pero no habíamos hecho nosotros, en la embriaguez primera, un código, de estos que hacen todos los amantes, unas _Tablas_ muy monas, en que derogábamos toda la legislación que anda por esos mundos?

FEDERICO, _para sí_.

Su valor es tan grande como su pasión. Defiende sus faltas como si fueran méritos. ¡Con qué brío se lanza por ese camino de vértigo y de sofismas! Mis ideas son claras; pero sin duda alcanzan poco. Me gustaría deslumbrarme como ella, y poder seguirla hasta los abismos del disparate, que sin duda están llenos de flores.

AUGUSTA.

Pero no necesitas decirme nada para que yo respete al hombre cuyo nombre llevo, para que le profese un cariño fraternal. Él se merece más: yo le doy lo que puedo. La equidad es letra muerta en cosas de amor.

FEDERICO, _con sequedad_.

Está bien. Pero no me hables á mí de favores de ese hombre, porque no puedo admitirlos.

AUGUSTA.

¿Ni míos tampoco los admites?

FEDERICO.

Tampoco.

AUGUSTA.

De modo que la pared vuelve á alzarse, y tú la haces más fuerte y más gruesa, recordando que somos pecadores. ¡Qué moral está el tiempo, querido mío!

FEDERICO.

Te diré... Si he sacado á relucir la cuestión moral, no ha sido por petulancia ni por gazmoñería. Me propuse no ocuparme de ella; pero desde el momento en que me hablas de generosidades de tu marido hacia mí y de sus proyectos de favorecerme, la cuestión moral se me impone, y plantea un dilema que tanto tú como yo debemos mirar con la mayor seriedad.

AUGUSTA, _inquieta y malhumorada_.

Ya, ya veo venir el sermoncito. El otro día apuntaste algo..., sí, y ya me esperaba yo hoy un chubasco de moral. ¿Es verdadera virtud, ó simplemente falta de valor?... Bueno, déjame á mí el pecado entero y coge para ti los escrúpulos. No me importa; tengo fuerza para cargar toda la culpa, con tal de verte contento, tranquilo y hecho un varón santo. Tú no me quieres, y por no quererme me das la leccioncita de buena conducta. Yo estoy enamorada, y por eso no podré quizás entenderla. Te contaré todo lo que pasa en mi interior, y luego vengan sermones. (_Se dan las manos._) Yo siento á veces en mi conciencia tumultos de reprobación, pero en seguida salen, por aquí y por allá, mil ideas que me absuelven. Conforme á la ley, yo no debiera quererte. La religión manda que combata y ahogue este loco amor. Y las fuerzas para combatirlo y ahogarlo, ¿dónde están? Yo no las tengo, ni me parece que las tendré nunca. Es como si al que carece de vigor muscular le mandan que levante un peso de tantos quintales. Reconozco como nadie el mérito de mi marido, y en cuanto á su bondad, sólo yo, que á su lado vivo, sé bien toda la extensión de ella. Me inspira un cariño acendrado y puro, una gran admiración; pero Dios ha establecido la diferencia entre el amor que debemos á la divinidad, á la perfección moral, y el amor terreno, el que tenemos á nuestro igual, al semejante á nosotros por el pecado y la impureza. Yo reverencio á Tomás, le rezaría, ¿sabes?...; pero te amo á ti. Me casé sin saber lo que es amor, y no lo supe hasta que tú no me lo enseñaste. Todavía no me he convencido de que esto sea una cosa muy mala, rematadamente mala. Qué quieres; soy muy torpe, y quizás de condición perversa. Lo que sí te digo es que cuando me sermonees, no necesitas hacer el panegírico de la persona que conozco mejor que tú y mejor que nadie. Bien sé que no hay otro que se le asemeje, aunque... te diré una cosa que hasta ahora no he querido decirte.

FEDERICO, _para sí_.

¿Qué será ello?

AUGUSTA.

Pues de algún tiempo á esta parte, noto en la bondad de mi marido cierta exaltación de mal agüero, algo así como... vamos, que la virtud ha llegado á ser en él una manía, un _tic_.

FEDERICO, _irónicamente_.

¡Qué salida! Eso lo dices por rebajarle á tus propios ojos, por disminuir la inmensa diferencia de talla que entre él y nosotros hay.

AUGUSTA.

No; no me juzgues así. Lo digo porque es verdad. Como quiera que sea, la exageración no destruye lo extraordinario, lo excepcional de su bondad. (_Dando un gran suspiro._) Él es un santo, y yo te quiero á ti. Ahí tienes las dos verdades capitales. No creas que trato de buscar entre ellas una componenda hipócrita. Dejo los hechos como están. Tú eres cobarde, y huyes. Yo soy valiente, y me quedo delante de estas dos verdades mirándolas cara á cara.

FEDERICO, _para sí_.

Me abruma con su admirable tesón.

AUGUSTA, _después de una pausa_.

No tienes nada que contestarme, ó necesitas pensar mucho tus argumentos. ¡Ay, qué sesudo se me ha vuelto mi borriquito, y qué gran moralizador!

FEDERICO.

Vamos á cuentas, vida mía. ¿No has dicho que estamos en la gran crisis, que salimos del período soñador para entrar en el práctico? ¿No quieres tú regularizarme?

AUGUSTA.

¡Ah, pillo, y te vengas ahora, proponiéndome á mí la regularidad! ¡Ingrato! Quita allá. (_Le rechaza cariñosamente._)

FEDERICO.

No, alma mía. Te expongo esta idea, como una mirada al porvenir. Supón tú que, por unas ú otras causas, esto no pudiera continuar sin escándalo. No habría más remedio entonces que sacrificar nuestras relaciones.

AUGUSTA.

Por mí nunca las sacrificaría.

FEDERICO.

No lo digas tan pronto. Eso no se puede afirmar tan de ligero. Yo te quiero demasiado para llevarte al escándalo y á la deshonra. A ti te corresponde, como mujer, la pasión irreflexiva; á mí la serenidad. Si hablo de esto, si suscito la grave cuestión moral, tú has tenido la culpa, hablándome de favores que piensa hacerme tu marido, de protecciones que sólo se dispensan á un hijo, á un hermano. Eso pone la cuestión en el terreno de lo insoluble. Si no le impides que esos propósitos se manifiesten, te dejo...; no puedo tolerar situación tan degradante, tan vergonzosa. ¿No lo comprendes? ¿Es posible que no lo comprendas?

AUGUSTA, _con exaltación_.

No; debo de ser tonta. Siento rabia de que te empeñes en hacérmelo comprender. Para mí la situación es otra. Tú me perteneces; yo te amo más que á mi vida, y quiero que participes de los bienes materiales que yo poseo. Soy rica. ¿Cómo he de soportar que vivas en la miseria y que te veas sujeto á mil humillaciones? Yo quiero compartir contigo mi bienestar, á la faz del mundo, si es preciso. No me avergüenzo de ello.

FEDERICO.

¿Y pretendes que no me avergüence yo?

AUGUSTA.

¡Debilidad, tonterías! ¡Si otros lo hacen!...

FEDERICO, _exaltándose también_.

Pues si insistes en eso, he de hablarte con claridad, como no lo he hecho nunca. ¡Hace tiempo que yo siento una pena, un sobresalto..., más claro: un remordimiento por el ultraje que infiero al hombre más generoso, más digno que existe en el mundo!... Quisiera que fueses siempre mía; pero las cosas de la vida, ¿van por ventura al compás de nuestros deseos?... ¿Ya no hay ley, ya no hay principio alguno que deba ser respetado? Todo tiene su límite, y yo sería un miserable si no te dijese ahora que intentes, que lo intentes siquiera, consagrar á tu marido todos los afectos de tu corazón. Ya sé que el amor es extravagante. Ya sé que cabe en lo humano, mejor dicho, que es muy humano no amar á un hombre de grandes cualidades y prendarse de un cualquiera. Pues bien: protestando de que me gustas hoy lo mismo que ayer, tengo el valor de incitarte á que me sacrifiques, á que entres en la ley, á que vuelvas los ojos á aquel hombre tan superior á mí..., superior á mí hasta físicamente, para colmo de lo absurdo.

AUGUSTA, _con rabia_.

¡Qué manera tan suavecita de decirme que no me quieres ya! Ningún hombre enamorado sugiere á su querida la idea de volver al deber. Dímelo, háblame claro, porque esa moralidad tuya de última hora es ridícula y hasta poco delicada.

FEDERICO.

No, porque yo, al proponerte con honrada convicción lo que te propongo, estoy dispuesto, si no lo aceptas, á ir contigo hasta donde quieras, menos á la ignominia de recibir beneficios materiales de tu marido.

AUGUSTA.

Está bien. (_Llorando._)

FEDERICO, _con súbito arranque_.

Me revelo á ti con absoluta ingenuidad. Te diré que me creo bastante indigno, y no quiero serlo más.

AUGUSTA.

¡Indigno tú! Recurres al argumento de sensación para apartarme de ti. No, no; tú no eres indigno.

FEDERICO, _amargamente_.

No sabes lo que dices; no me conoces. Por algo te oculto las miserias de mi vida. Si conocieras ciertos oprobios que hay en mí, quizás no tendría yo que hacerte ningún argumento para que me dejaras y volvieras á la ley.

AUGUSTA, _arrojándose á él_.

¡No; dejarte, nunca! Porque si fueras el último de los bandidos, te querría lo mismo que te quiero.

FEDERICO, _con cierto desvarío_.

Yo no te merezco. Regenérate huyendo de mí, y entregando los tesoros de tu alma al hombre más digno de poseerlos.

AUGUSTA, _con exaltación sublime_.

No me da la gana. Cuéntame tus cosas. Unámonos resueltamente en todas las esferas de la vida. Todo lo mío es tuyo.

FEDERICO.

Eso jamás.

AUGUSTA.

Arreglaremos nuestras entrevistas con un misterio tal, con un arte tan soberano, que sólo Dios pueda saberlas.

FEDERICO.

No puede ser. Orozco las descubrirá; ya verás cómo las descubre. Y cuando pienso en esto, la terrible muralla se levanta entre nosotros más fuerte, más alta que nunca.

AUGUSTA, _estrechándole en sus brazos_.

Pues yo la destruyo, yo la hago pedazos, la rompo con mil y mil besos. Y si tú eres un presidiario, yo seré una presidiaria; si tú eres un pillo, yo seré una bribona; seré lo que tú quieras que sea, menos...

FEDERICO, _para sí, confuso_.

Nada puedo contra este corazón monstruoso. Las ideas morales se estrellan en él, como migas de pan arrojadas contra el blindaje de un acorazado...

AUGUSTA.

¿Qué piensas?

FEDERICO, _con pasión_.

Pienso que no hay nada mejor que condenarse contigo. (_Para sí._) ¡Y qué hermosa la muy...! Toda la legalidad del mundo no vale lo que sus ojos.

AUGUSTA.

¿No me quieres ya?

FEDERICO.

¿Y tú á mí?

AUGUSTA.

¡Borricote!

JORNADA TERCERA

ESCENA PRIMERA

Sala en casa de Federico.

CLAUDIA, BÁRBARA, _la primera con un chiquillo en brazos, la segunda con manto, como si entrara de la calle_.

BÁRBARA.

Cuéntame, mujer. Es particular que todos los lances gordos han de ocurrir siempre en los días que yo estoy fuera.

CLAUDIA.

Pst... chitito... Habla bajo... Federo no duerme, aunque está en la cama. Además, ha venido el papá.

BÁRBARA.

¡El señor!

CLAUDIA.

Anoche entró por esa puerta. La semana pasada, cuando empezamos á ver en el cielo la estrella con rabo, me dijo Pepe: «Alguna desgracia vendrá sobre el universo mundo.» Y ya ves cómo no se equivocó. Pepe tiene mucho talento, y también anunció lo de Clotilde. «Esa niña--me decía--os va á dar un disgusto.»

BÁRBARA.

Francamente, no la creí capaz de una resolución tan fuerte. Cuéntame... ¡Pobre niña! Ni pensé que la apretaran tanto las ganas de marido. ¿Es cierto que no está ya en la casa?

CLAUDIA.

Chist... (_Vigilando las puertas_.) Pues voló. ¡Valiente chasco nos ha dado! Yo tampoco la creí con alma para arrancarse así. Federo, rabioso, te echa á ti la culpa.

BÁRBARA.

¡A mí! En el nombre del Padre...

CLAUDIA.

Dice que tú le has dado alas, y que cuando el chiquillo ese empezó á hacerle garatusas, con la pluma en la oreja, desde el entresuelo de enfrente, tú y yo debimos cerrar los balcones y no permitir á la niña que se asomase. Claro, quería que fuéramos _verdugas_ de la infeliz señorita.

BÁRBARA.

Verdugos se dice... Es un egoísta, un tirano, y no se hace cargo de que Clotilde, por vivir aquí sin trato con sus iguales, no había de librarse de la regla de amor. Llegada la edad en que el corazón hace cosquillas, las mujeres necesitamos querer y que nos quieran; y si no se presentan duques, apencamos con lo que sale, aunque sea un suda-tinta. No sé para qué quiere el señorito el talento que tiene, si no le sirve para hacerse cargo de una cosa tan sencilla.

CLAUDIA.

Eso no tiene vuelta de hoja. Pero no lo entiende. Ayer nos ha puesto á ti y á mí que no había por donde cogernos... Que si tú le traías las cartas á Clotilde, que si... ¡Josús!

BÁRBARA.

Pues no me pesa..., ea. ¿A quién, como no fuera de bronce, no se le partiría el alma viendo las miradas de pólvora que se echaban los pobrecitos de balcón á balcón? Era una contracaridad dejarles consumirse sin el consuelo de un papelito. Francamente, yo no he nacido para ver padecer á nadie. Traje la primer carta..., y la segunda y la tercera. Por cierto que tiene una letra preciosa, y que pone la pluma con muchísima sal.

CLAUDIA.

Pues de mí dice que merezco la horca y el presidio y hasta el infierno, porque le abrí la puerta al otro para que entrase á ver de cerca á su novia... Que se ponga en mi caso. Los chicos, con el carteo y las miradas, estaban tan babosos, que no se les podía aguantar. Ella ni dormir, ni comer, ni hacer cosa ninguna al derecho. Intenté quitarle de la cabeza su locura, y me puse ronca de tanto predicarle. Pues como si hablara con esta mesa. «Clotilde, mira que tu hermano no consiente esto..., mira que...» Mientras más le chillaba, peor. Cosa perdida. ¿Qué íbamos ganando con cerrarle la puerta al jovencito ese?

BÁRBARA.

Nada; que no pudiendo entrar por la puerta entrase por la ventana. Un hombre ciego de amor es temible. Hasta pudo suceder que pegase fuego á la casa para poder entrar disfrazado de bombero. Se han dado casos.

CLAUDIA.

Esa misma cuenta echéme yo. Pero á Federo no le entran razones, y lo que es yo bien tranquila tengo la conciencia, porque si abrí... (_Suena el timbre de la puerta_.) Llaman. Debe de ser alguna fiera. Aguarda un momento. (_Sale_.)

BÁRBARA, _sola_.

¡Ay!, qué egoístas son estos hombres. Todo lo bueno ha de ser para ellos, y para nosotras, las del bello sexo, trabajos, hambres de amor y el no gozar de nada. Ellos se divierten con cuanta mujer encuentran, y á nosotras, si un hombre nos mira ó le miramos, ya nos cae encima la deshonra, y empieza el run run de si lo eres ó no lo eres... ¿Pues qué quería ese tonto? ¿Que mientras él se daba la gran vida su hermana se pudriera en casa como una monja? No; la chiquilla, aunque parece tan para poco, tiene el moño muy tieso, y ha demostrado que sabe dejar bien puesto nuestro pabellón. ¡Ay, bello sexo! ¡Qué falta te hacen muchas así, resueltas y con garbo para darle el quiebro á la tiranía!

CLAUDIA, _entrando_.

Lo que dije: era un _inglés_..., el de las alfombras. Le he dado el jabón que usamos aquí... ¡Qué _tronitis_ en esta casa! Pues te decía que si abrí la puerta á ese mocoso ha sido con la mejor intención del mundo, y si se vieron algunos ratitos fué delante de mí. Otra cosa no hubiera yo consentido. ¿Qué pudo pasar? Que cuando yo me distraía ó daba una vuelta á la cocina, se pegaban de besos; pero como yo estaba con mucho ojo, y... Ya sabes cómo las gasto. Les reprendía, les ponía cara muy dura, diciéndoles que no me comprometieran, y el chico tan agradecido... «Doña Claudia--me decía,--cuando nos casemos usted será nuestra segunda madre.»

BÁRBARA.

¡Pobres criaturas! No les entenderá quien no sepa lo que es un primer amor. ¿Qué sabe Federico de esto, si él no ha tenido primer amor, y todos los que gasta son segundos? Yo me acuerdo de cuando me emperré por Valeriano el cochero, que me dió palabra de casarse conmigo... ¡Qué amarguras y qué dulzuras!... Pero esto no viene al caso. Cuéntame lo de la fuga. Yo me imagino que se engolosinaron con la besuquina, y con verse las caras de cerca..., es cosa que marea..., y que resolvieron morir ó casarse.

CLAUDIA.

Así debió de ser. Los pícaros la tramaron por cartas, pues delante de mí nunca hablaban más que soserías, como si tuvieran vergüenza el uno del otro. Pues señor, anteanoche sentí á Clotilde levantada. Como suele velar para coserse la ropa, no me extrañó. La bribona, según después comprendí, estaba recogiendo y empaquetando en dos ó tres líos sus vestidos y la poca ropa blanca que tiene. Por la mañana temprano, la sentí andando con pisadas de gato por los pasillos, y me alarmé. Díjele á Pepe que aquellos andares me olían á escapatoria, y Pepe, que es muy largo, rezongó: «¡Cuando digo yo que...!» Levantéme; pero por pronto que acudí, ya el pájaro había salido de la jaula. Echábame yo la enagua; cuando la sentí descorriendo el cerrojo con mucho cuidado, como lo descorren los rateros. Salí al pasillo..., y ya iba ella echando chispas por las escaleras abajo. Se llevó la ropa en tres paquetes grandes.

BÁRBARA.

¿Y cómo sabes que fué en tres?

CLAUDIA.

Porque me lo dijo la portera que vió salir á Santanita, primero con un paquete, luego con dos, y después con Clotilde: total, cuatro paquetes... Yo me quedé como puedes suponer. Pero me tranquilicé pensando: «Lo que había de ser, que sea de una vez.» Sobre la mesa del comedor dejó la chiquilla una carta para su hermano; pero éste no se enteró de la fuga hasta la hora de almorzar. ¡Qué mal rato pasé, hija! Nada, que me eché á llorar, y de la medrana que sentí, se me fijó un dolor de clavo en la sien, ¡ay!, que no se me ha quitado todavía. No te quiero decir cómo se puso el hombre al leer la carta. Tuve que salirme y dejarle solo: la cama retemblaba de la fuerza de los aspavientos que hacía. Y después de despotricarse contra mí, la emprendió contigo, y á esta quiero á esta no quiero, nos zarandeó bien. Pues nada, que inmediatamente nos habíamos de plantar en la calle, porque éramos unas... alcahuetas, _etcétera_...

BÁRBARA, _riendo_.

¡Qué bobo! Sí; cualquier día nos echa á nosotras, debiéndonos, como nos debe, tres mil y pico de reales.

CLAUDIA.